Un capítulo algo corto, pero espero que lo disfruten.

CAPÍTULO XII

Personajes: Asmita, Shaka, Deuteros, Aspros, Saga, Kanon, Aiolia, DeathMask, Afrodita, Kardia, Manigoldo

Género: Yaoi, Romance, Angst, Lemon, Comedia

Resumen: Trabajar en una agencia de modelaje durante el día, y ser stripper en un club nocturno durante la noche no era difícil... al menos hasta que, por primera vez, un par de ojos azules hicieron que la vergüenza se apoderase de ellos. De haber sabido que conocerían a alguien así, habrían elegido el trabajo hacía ya mucho tiempo.


—A partir de ahora, Defteros, te encargarás de los negocios de la familia mientras yo salgo en un viaje — Youma tenía tantos planes para su hijo, tantas cosas que hacer. Y si separándole de Ariadne lograba algo, entonces lo haría sin pensarlo dos veces. Doblegando al moreno, lograría acabar con sus obstáculos.

—Youma, es insensato arrebatarle a su hija así como así.

—Me temo, señor Hansen, que es lo más sensato —acotó —. Hilda la ha herido física y psicológicamente, ¿sabe que por eso puede ir directo a la cárcel?

—¡No me vas a quitar a mi hija!

Defteros estaba tenso, y no podía pensar en nada, ni siquiera en la manera de alejar a su pequeña de las garras de su padre. Si él se la quitaba, lo tendría comiendo de sus manos, y si alejaba a Ariadne de su lado, durante el juicio sería factible que Hilda se quedase con ella; la preferencia hacia la madre siempre era primordial.

Sin embargo, si se quedaba con Youma, no tendría escapatoria.

Y temía que fuese a lastimarla a ella como hizo con él y con su hermano en su tiempo.

Como hizo más de una vez con Aspros.

¿Permitir que Ariadne pasara por eso? Ni pensarlo.

—Entonces, Defteros, espero que seas capaz de cumplir con lo que te exijo —Y cual si se tratase de un animalito sumiso, tan solo bajó la mirada, en un claro gesto de resignación. Minos conocía las leyes, y estaba seguro de que Youma ya estaba incurriendo en una grave falta al estar chantajeando a su hijo. Sin embargo, conocía por igual las habilidades de Aiacos como fiscal, sabía muy bien que era un hombre de temer, junto con su mujer, ambos verdaderos monstruos en el ámbito legal.

Muchas veces resultaban ser sus mejores aliados para deliberar, dictar veredictos a los acusados. Y al ser Minos un amante de la justicia, aquel que la hacía valer, no podría simplemente deliberar a favor de su yerno con tal de dejarle a la niña en un posible juicio, sería poco ético, y causaría muchos más problemas de los que tenía previstos.

Youma había planeado todo meticulosamente, hasta el más mínimo detalle cuidadosamente orquestado.

—¿Qué es lo que quieres que haga?

—El dueño de un parque de diversiones a las afueras de la ciudad está buscando a alguien que pueda diseñar una nueva atracción, y serás tú quien lo haga.

—...Pero ni siquiera conozco al dichoso dueño —Youma ignoró su reproche.

—Te he arreglado una cita con su asistente personal, él te va a recibir y te canalizará con el dueño, así que prepárate, tienes que estar presente a más tardar las diez de la mañana.

Resignación.

Obedecer a Youma con tal de salvar a su hija, de mantenerla a su lado y evitarle así el sufrimiento. Quizás era la única manera de mantenerla a salvo de las garras de su padre, fuese a saber para qué deseaba quitarle a la niña, no tenía ganas de ahondar ahora mismo en el asunto.

Y sí, resultó cierto. Defteros asistió a una cita que, en efecto, su padre agendó el día anterior con el asistente personal del dueño en ese parque de diversiones, precisamente el lugar donde llevase a su hija, y donde creyese haber visto a Asmita no mucho tiempo atrás. Los recuerdos le atormentaban, en especial aquel donde, sin esperarlo, Hilda alejase a la persona que más amaba. Y al atravesar la puerta de entrada, su corazón dio un vuelco.

Cabello rubio, liso, tan brillante como el sol, y bellos zafiros escondidos detras de anteojos de montura cuadrada. Era un muchacho joven, y le calculaba alrededor de 25 años —aunque su verdadera edad fuese de 32—; además, su presencia era difícil de ignorar, como si un aura de control le rodease, incapaz siendo el moreno de desviar su vista.

No era en sí ese porte lo que le sorprendía, sino el parecido inmenso que tenía con Asmita, a quien creía fallecido. Y de no ser por el cabello corto, habría jurado que estaba viendo al mayor de los Zavijah ahí, vivo, frente a él, y no una simple halucinación como ya comúnmente ocurría con él; no quería siquiera tener la remota idea de que Asmita continuaba con vida, o seguiría torturándose, buscando el insomnio en noches de cansancio en que solamente su hija lograba brindarle consuelo.

El joven de movía de manera grácil, y sus ojos mostraban la misma pureza que el moreno recordaba haber conocido en aquel a quien considerase el amor de su vida. Y por más que buscase el cruce entre sus ocelos, no lo lograba, no más allá de lo estrictamente necesario, como si ese muchacho fuese quien rehuyese de su mirada.

La imaginación de Defteros volaba inmensamente, deseando poder tomarle del rostro, mirarle mejor, saber que no estaba volviéndose loco, y que aún tenía la cabeza en el lugar correcto, al menos como para no cometer estupideces.

—Tome asiento, se le atenderá enseguida.

La sala de espera le parecía inmensamente acogedora, y prefirió esperar, despejar su cabeza, mirando hacia la ventana, y de reojo hacia el escritorio del joven que se encargaba de la agenda de su jefe.

Su vista se fijó, entonces, en un portaretrato que le dejó helado, y con la respiración atorada en la garganta.

—Ha llegado la cita de las 10, ¿lo hago pasar?

Al otro lado de la línea, el jefe daba órdenes expresas al rubio, mientras que Defteros se perdía entre la melodiosa voz de éste, y la fotografía que reposaba en aquel perfectamente ordenado y pulcro escritorio, los ojos del joven vagando de vez en cuando a la pantalla de la computadora, el teléfono entre su mejilla y su hombro al liberar sus manos y escribir en el teclado alguna tarea que le fuese designada por su superior.

Colgó.

—Puede pasar, su reunión comenzará en breve.

Defteros se puso de pie, y muy a su pesar avanzó por un largo pasillo, dejando detrás de sí a la razón de sus desvaríos. Era Asmita, él no dudaba ni un segundo de ello, no parecía estar equivocado al respecto; la misma voz, el mismo rostro, los mismo ojos... que parecían tener un inmenso vacío detrás, cual si estuviesen incompletos.

Ignoró ese detalle, y se adentró en un extenso corredor, en el cual se apreciaban distintas oficinas, puertas de cristal, y varios más trabajando dentro de los cubículos. Pulcro, y ordenado por demás, donde Defteros sentía ganas de retroceder dos pasos por cada uno que daba; el ambiente no se sentía muy relajado, quizás eso solamente en la recepción, donde el muchacho rubio se encontraba.

Y terminó en una amplia oficina, con inmensos ventanales perfectamente pulidos que ofrecían una vista maravillosa de la ciudad, un escritorio bastante bien ordenado por encima, aunque dudaba muchísimo que los cajones tuviesen el mismo orden. Ese estilo le recordaba mucho a los gustos que tenía Aspros cuando ambos vivían juntos, hace más de cinco años. Los colores, la manera de disponer el inmobiliario, ese terrible gusto por el orden en el escritorio, superficial. Y además la luz de la ventana siendo suficiente para iluminar el lugar, al menos hasta que cayese la noche y fuese momento de encender las dos lámparas a cada lado del escritorio. Un sofá, dos sillas al frente, y una sala aparte para, suponía, las reuniones.

El lugar entero le recordaba a su hermano mayor.

Tomó asiento, y esperó, impaciente, inclusive sacando el celular para jugar Candy Crush, al menos entretenerse con un juego adictivo para no aburrirse mientras esperaba a su nuevo "socio". Estaba seguro de que Youma buscaba más que simplemente hacer que Defteros impresionase a alguien con sus diseños y su habilidad para la arquitectura y la ingeniería.

La puerta se abrió.

—Le ruego disculpe la tardanza—escuchó, helado por el tono de voz—, tenía una reunión importante que atender antes de esto.

Lo conocía, no podía confundirse. Elevó la vista tan solo unos segundos, se quedo completamente petrificado, inclusive dejando caer el celular al suelo. Aunque el hombre estuviese de espaldas, era fácilmente reconocible para el moreno, cuya memoria seguía siendo tan aguda como fuese desde pequeño, y su perspicacia siguiese intacta.

Cabello corto, pero que conservaba el color vivo, añil, tan llamativo como lo recordaba, y que contrastaba con piel clara, tan distinta a la propia. Y en cuanto giró, el tiempo pareció detenerse completamente, así como también su corazón, clamando por volver a la realidad.

O permitirle quedarse dormido por más tiempo, si es que ese era un sueño.

Lo parecía.

—Aspros... —Paladeó el nombre, como si diese un bocado a una comida que hace mucho tiempo no ingería, con sorpresa.

Y Aspros... Aspros sólo sonreía.

Exactamente la misma sonrisa que Defteros pudiese apreciar en el portarretratos visto en la recepción.


¿Review? :3