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Capítulo 12: Venganza, dolor, esperanza

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"Yo…yo te amo…"

Todos se hicieron respetuosamente a un lado, intentando disimular el horror que la imagen les provocaba. Soldados y aprendices, todos se apartaron asombrados del camino de Michiru, senshi de Neptuno.

Su paso era lento, resignado, pero aún así mantenía la cabeza en alto, con la vista fija hacia adelante. Entre sus brazos, a la vista de todos los reunidos en la entrada del Santuario, el cuerpo de su gloriosa amiga descansaba. La miró durante un breve instante, luchando contra la punzada de dolor que la golpeó en el pecho. Con los ojos cerrados, los labios ligeramente entreabiertos y una expresión de tranquilidad en el rostro, Haruka casi parecía dormida.

Pero no lo estaba.

Y todos aquellos que le abrían paso lo sabían, perplejos y aterrados por igual. Michiru no les prestó atención. Lentamente dejó atrás el nivel inferior del Santuario, encaminándose hacia las largas escaleras que ascendían colina arriba. La noche anterior había llovido. Gotas aún frescas cubrían los escalones y las columnas de mármol, dotándolos de un brillo cristalino bajo los pocos rayos del sol que se filtraban entre las nubes. Durante un breve instante, aquella tenue luz matutina bañó el rostro de Haruka. Michiru se obligó a contener las lágrimas, forzando su marcha por las largas escaleras.

En la entrada al Templo de Mercurio, Amy abrió grandemente los ojos al verla llegar. Michiru no le devolvió la mirada. Continuó su lento avance hasta ingresar al primero de los doce templos, ignorando el horror en el rostro del hermano de Amy, el cual se llevó ambas manos a la boca, perplejo. La senshi de Mercurio no pudo más que inclinar la cabeza en señal de respeto, dejándola pasar.

El templo vacío de Ceres solo le regaló el eco de sus pasos a través de los inmensos muros de piedra. Intentó no pensar en que, a partir de ese momento, el Templo de Urano estaría exactamente igual. Vacía… Lo intentó, pero no pudo evitarlo. Y eso la destruyó.

Hotaru, sentada de brazos cruzados, ni siquiera la miró cuando pasó junto a ella en el Templo de Saturno. Michiru tampoco se dignó a observarla. Las palabras frías y las miradas indiferentes de Hotaru era lo último que necesitaba. Solo siguió caminando.

El templo de Némesis la recibió en silencio, más frío y silencioso que nunca. Lo atravesó intranquila, sintiendo algo extraño en el aire. Aún sin su guardiana, era como si la presencia helada e invisible de la muerte aún rondara por allí…

Del otro lado, Allana apretó los puños al verla atravesar la entrada de templo del Sol. Sus grandes ojos color ambarinos se llenaron de lágrimas; lágrimas que resbalaron por sus mejillas cuando corrió hacia ella a preguntarle qué había sucedido. Michiru ni respondió ni se detuvo. Continuó caminando lentamente, dejando a una aturdida Allana a sus espaldas.

—Haruka…—la escuchó murmurar.

Michiru bajó la cabeza.

Sentada en posición de loto, con la capa blanca cubriéndole un hombro a modo de túnica, Setsuna la siguió atentamente con la mirada cuando ingresó al sexto templo. La senshi de Plutón cerró sus ojos de rubí, entrelazando ambas manos en una plegaria silenciosa. La reacción de Minako no fue tan solemne. La senshi de Venus golpeó uno de los grandes muros de su Templo, enfurecida, sin intentar disimular las lágrimas que se acumularon en sus ojos. Michiru se esforzó en no dejar que el nudo en su garganta la asfixiara, atravesando en silencio las inmensas habitaciones.

No se sorprendió de encontrar vacío el Templo de Júpiter, pues Makoto aún se estaba recuperando de sus heridas; sin embargo, le extrañó un poco no toparse con Asteria en el templo siguiente. Michiru atravesó los pasillos, con sus altas columnas, sin que nadie saliera a su encuentro.

El siguiente era el de Urano.

Con un dolor atroz, infinito, Michiru pasó a través del templo de la que fue la mejor su mejor amiga. Sus ojos azules no se despegaron del suelo en ningún momento, sintiéndose incapaz de observar aquellas columnas, aquellos muros entre los cuales Haruka había vivido. En silencio atravesó su propia casa, la de Neptuno, y luego el templo vacío de Marte. Una vez más, Reí no estaba allí. En otros tiempos le habría interesado saber el por qué de la ausencia de Asteria y Reí, pero en ese momento todo carecía de importancia. A decir verdad, ya pocas cosas importaban para Michiru.

Las grandes puertas dobles de las habitaciones del patriarca se abrieron ante ella, revelando el largo pasillo alfombrado que conducía hasta el trono de ébano del pontífice. Allí estaba Magno, de pie en mitad de la habitación, con ambas manos entrelazadas detrás de la cintura. Allí estaba la señorita Selene, sentada en el soberbio trono, con el báculo de Lunar descansando en su diestra. Michiru no prestó atención al gemido ahogado que escapó de los labios de la chica cuando la vio entrar; no prestó atención a la magnánima aura que se encendió por reflejo, en forma emocional, un aura cargada de un dolor tan grande como el suyo.

No prestó atención a nada de eso.

Se acercó a Magno en cambio, mirándolo fijamente a los ojos. Sin decir nada, sin dejar de observarlo, depositó el cuerpo a los pies del hombre al que Haruka había considerado un segundo padre. El patriarca cerró los ojos, abatido. No hacía falta que dijera nada. Michiru lo sabía. Sabía cómo se sentía Magno, porque ella se sentía del mismo modo. Había una diferencia, sin embargo. Magno lloraría la muerte de su pupila, de aquella a la que había elegido como su digna sucesora, del mismo modo en que había llorado la muerte de Pandora, de Sakura y de todos los demás guerreros que la guerra se había llevado. Luego, con el paso del tiempo, lo aceptaría, visualizando el sacrificio de Haruka como el de una senshi que cayó cumpliendo con su deber.

Para ella no sería así de simple. Para ella…aún había algo que hacer.

Silenciosa como una tumba, Michiru dio media vuelta, encaminándose hacia las puertas de entrada. Magno la observó en silencio, alzando un brazo para detener a Selene cuando la joven intentó echar a correr tras ella.

Michiru continuó alejándose, de espaldas a ellos. De haber podido verle la cara, habrían notado el fuego helado brillando en sus ojos. Su expresión se oscureció cuando, apenas moviendo los labios, susurró el nombre.

—Alpha…

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Amy se cruzó de brazos, fijando su mirada en el horizonte. Se encontraba en la entrada de su templo, de pie al borde de la gran plataforma de mármol que separaba las escaleras. La brisa le agitaba la capa y los cortos cabellos. Frente a ella, hasta donde la vista alcanzaba, el Santuario se extendía como un conjunto de barracas, campos de entrenamiento, coliseos y avenidas de tierra. Más allá, recortándose contra el horizonte, podía divisar la lejana silueta de Magellan y las montañas.

Una muy leve llovizna le pellizcó el rostro, haciéndole desviar la mirada hacia el cielo. La noche anterior se había desatado una fuerte tormenta. Ahora, el cielo alternaba entre una espesa capa de nubes y breves rayos de luz matutina, los cuales impregnaban de destellos su armadura celeste. Amy bajó la vista, intentando no pensar en Haruka. Le resultó imposible.

"Haruka…tú también…"

Hacía menos de una hora que Michiru había pasado por las puertas de su templo, llevando el cuerpo sin vida de la senshi de Urano entre sus brazos. Michiru no había dicho ni una sola palabra, pero Amy se daba cuenta de lo que había sucedido… Ya no solo se trataba de Pandora y de su gran amiga, Sakura, los guerreros de Chaos también se habían cobrado la vida de Haruka, una joven que con su gran poder y su cálida personalidad se había ganado el cariño de todos en el Santuario.

"Esos malditos centinelas…" se dijo a sí misma, apretando fuertemente los puños.

Cuando era joven, estaba convencida de que no podía existir nadie más poderoso que las legendarias senshis. La simple idea le resultaba ridícula. Y durante mucho tiempo, incluso cuando su entrenamiento estaba a punto de concluir, siguió creyendo ciegamente en esa idea. Las senshis eran invencibles. No podía ser que hubiera alguien más fuerte que Magno, o que su propio maestra, la sabia de Pallas.

Amy cerró los ojos.

Ella había descubierto la verdad años antes de que el primer centinela, Jasón, se presentara en el Santuario. Claro que, recién ahora, comprendía que ella también formaba parte del plan maldito del Dios de la Destrucción. Si cerraba los ojos, aún era capaz de ver la sangre manchando las rocas… Aún podía ver los cuerpos inertes sobre el suelo, con los ojos en blanco y la piel terriblemente pálida. Podía ver esas escalofriantes sombras moviéndose entre las rocas, en el aire, como si tuvieran vida propia…y podía verlo a él, el hermoso joven de negro de pie en el centro de la oscuridad, con el blanco inmaculado de su rostro cubierto de sangre. Si ella y Tristán aún seguían con vida era porque él la había dado por muerta, como sin duda habría ocurrido si la hubiera enfrentado directamente. Había caído derrotada sobre las rocas, abrazando a su hermano para cubrirlo con su cuerpo y susurrarle que guardara silencio. Poco después, cuando ya nadie quedaba para oponer resistencia, la oscuridad se fue.

Nunca más volvió a saber de ella.

Jamás ni ella ni nadie en el Santuario pudo explicar quien le había arrebatado la vida a la sabia de Palla.

Y ahora, luego de diez años, por fin lo sabía.

—Erebo…—murmuró entre dientes, entrecerrando sus afilados ojos celestes.

Su maestra, Pandora, Sakura y ahora también Haruka… Ya no solo se trataba de defender a la humanidad de las garras de Chaos, o de proteger a la señorita Selene en su lucha contra las fuerzas que amenazaban al mundo. No era solo eso. Las almas de los caídos exigían ser vengadas. Y ella se encargaría…

—Amy…

La senshi de Mercurio miró por encima del hombro. Había pasado un tiempo considerable desde la última vez que escuchó esa voz, pero aún así la reconoció al instante. De pie detrás de ella, cubierto por su soberbia armadura, Asteria le sonrió.

—Hacía mucho tiempo que no te veía, alquimista. ¿Qué tal has estado?

Amy le devolvió la sonrisa, dándose vuelta con los brazos aún cruzados.

—Mejor que tú al parecer. Tienes un aspecto terrible.

Asteria sacudió la cabeza, ampliando su sonrisa. Mientras se acercaba hacia ella, Amy pudo notar que la senshi de la Tierra ocultaba su antebrazo derecho detrás de la cintura, haciendo difícil ver qué era lo que escondía. Amy frunció el ceño, pero no dijo nada.

—Me alegra verte de nuevo—sonrió Asteria, deteniéndose a solo unos pasos de distancia— ¿Cuándo fue que regresaste?

—Ayer por la noche—respondió Amy—Me tomé un tiempo en reparar las armaduras de algunos generales y luego los traje a todos hasta aquí. Mi hermano y yo nos quedaremos.

—Es lo mejor. Recién vi a Tristán en el interior del templo. Ha crecido mucho.

Amy hizo una mueca.

—Lo sé. Minako no deja de resaltarlo a cada instante.

Asteria se echó a reír.

— ¿Minako? ¿La descarada aún sigue coqueteando con él? Hay que ser valiente para hacerlo, lo admito.

—Si…—Amy esbozó una media sonrisa—Al principio creí que solo lo hacía para molestarme, pero al parecer va en serio.

—Minako apenas tiene diecinueve años. ¿Recuerdas como éramos nosotros a esa edad? Y en cuanto a Tristán… ¿Cuántos tiene?

—Dieciocho

Asteria asintió.

—Por eso mismo. Son jóvenes aún. Déjalos.

Amy puso los ojos en blanco, haciendo un vago ademán con la mano.

—Tu alumno también estaba allí, en Pallas—Lo mejor era cambiar de tema. Ya tenía suficiente con aguantar a Minako como para encima estar hablando de ello—Se ha vuelto un chico muy fuerte.

Asteria desvió la mirada hacia el suelo, ensombreciendo levemente su expresión. Amy lo notó, como también notó el tenue movimiento con el que ocultó aún más el brazo tras la cintura.

"Interesante"

—Desafortunadamente los generales no fueron los únicos en visitarme—continuó Amy, sin despegar la mirada del brazo de su amiga. Asteria alzó la vista hacia él nuevamente.

— ¿Centinelas? ¿En Pallas?

La guardiana de Mercurio asintió, entrecerrando los ojos.

—El estaba allí, Asteria… Es uno de ellos…

La senshi de la Tierra abrió grandemente los ojos, asombrada.

— ¿Acaso te refieres a…?

—Si…

Las dos guardaron silencio, con la mirada fija en las baldosas. Durante un segundo, Amy pudo ver de nuevo la sangre escurriéndose entre sus pies…

—En aquel entonces, hace ya casi diez años, ni siquiera Magno fue capaz de decirme quien fue el responsable de la muerte de mi maestra… El hombre que estuvo a punto de eliminar la estirpe de los alquimistas de la faz de la tierra… Ahora lo sabemos…

—Si es como dices, el debe haber sido uno de los primeros esbirros de Chaos en despertar…—reflexionó Asteria—Tal vez el primero.

Amy asintió.

—Los fantasmas del pasado se unen a los del presente…—murmuró con tristeza—Mi maestra, Sakura, Pandora y ahora…ahora también…

—Haruka…—completó Asteria, entornando la mirada—Esta guerra ya se ha cobrado demasiadas vidas…demasiadas…

El silencio volvió a hacerse entre ambas. No solo se trataba del dolor por sus compañeras caídos, o por el sufrimiento que la gente inocente padecía bajo las garras de Chaos, sino también por la sensación que les provocaba saber que el día del enfrentamiento definitivo estaba a punto de llegar. La guerra ya se había llevado muchas vidas, era cierto, pero más sangre correría antes de que todo terminara. De ambos lados. Lo sabían muy bien…

—Amy…—susurró de repente Asteria, mirándola con los ojos entornados—Hay algo que deseo mostrarte. Después de todo, necesito la opinión de una experta…

Amy asintió.

—Claro. ¿De qué se trata?

La senshi de la Tierra la observó fijamente durante unos segundos, sin decir nada. Entonces, muy lentamente, alzó el brazo que ocultaba tras la cintura, enseñándoselo. Amy abrió los ojos hasta casi desorbitarlos. No podía creer lo que estaba viendo.

— ¿Pero…pero cómo puede ser posible?—murmuró asombrada, incapaz de despegar los ojos del antebrazo de su amiga— ¿Cómo fue que ocurrió esto?

Asteria le dio la espalda, volviendo la vista hacia el horizonte cargado de nubes. La llovizna apenas si llegaba a mojarle la piel. No era como la noche anterior, cuando la lluvia torrencial bañó con fuerza la arena del antiguo coliseo.

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Los rayos dibujaban formas retorcidas en el cielo, iluminando la arena de un blanco eléctrico y fugaz. A través de la gruesa cortina de agua, Endimión podía divisar las formas del antiguo coliseo. Allí era donde todo había empezado. Allí había visto descender la estrella de sangre desde el cielo, en una noche que parecía haber ocurrido una eternidad atrás. Delta, centinela de la Tercera Legión Caótica, lo había derrotado con una facilidad pasmosa en esa misma arena. Endimión debió haber muerto esa noche, lo sabía. Pero algo había detenido el puño del centinela…algo que jamás había llegado a comprender.

Fijó su mirada hacia adelante. Del otro lado de la arena, sereno como una estatua en medio de la lluvia, Asteria lo observaba desde el fondo de sus ojos marrones. Endimión sabía que su maestra había sido testigo de aquel momento, el momento en que el enemigo le perdonó la vida. Durante unos instantes se preguntó si ella sabría el por qué…

Pero en realidad no importaba. Lo único que a Endimión le importaba de aquella noche eran las consecuencias que había terminado por provocar. No solo se trataba del inicio de la guerra, la cual le había arrebatado a muchos de sus amigos y compañeros frente a sus ojos…No era solamente eso. Aquella noche, Endimión había sido plenamente consciente de su debilidad. Jamás había sentido antes un poder tan avasallador como el del centinela en carne propia. Era un poder que desafiaba incluso al de las senshis.

"Tú no eres una de las senshis"le había dicho una vocecilla conciliadora en el interior de su cabeza "¿Cómo podrías haberle hecho frente?"

Pero eso no era una excusa. Él no había sido testigo de la muerte de su propia familia, de la destrucción de su pueblo y el de Serena, para luego ser incapaz de imponerse ante el enemigo. No le importaba el hecho de ser solo un general de plata. Él debería haber sido capaz de derrotar a Delta y a Zell cuando los enfrentó… Era la consciencia de su propia debilidad, la certeza de saberse incapaz de proteger a Serena con su nivel actual, lo que lo había llevado a la situación en la que ahora se encontraba. De pie en el centro del antiguo coliseo, bajo la tormenta. Listo para desafiar a una de las doce sagradas senshis.

— ¿Estás listo para esto, Endimión?

La voz de Asteria le llegó a través del estrépito torrencial de la lluvia. Endimión la miró con atención. Incluso bajo la tormenta, con el agua escurriéndose en pequeñas cascadas por los pliegues de su armadura, Asteria seguía viéndose tan imponente como una diosa. La lluvia le alisaba la alborotada cabellera castaña, cayéndole sobre el rostro en pequeñas lenguas plateadas. Sus ojos, no obstante, brillaban a través de la lluvia como dos carbones al rojo vivo. Endimión lo pensó. ¿Estaba listo? Si…lo estaba.

—Estoy listo—exclamó, separando ligeramente las piernas. Sus pies se hundieron en la arena empapada casi hasta los tobillos.

Asteria asintió, sin variar en lo más mínimo su postura.

—Te diré algo antes de empezar, Endimión. El poder de los centinelas de Chaos es tan grande o incluso mayor al de nosotras, las doce senshis... Cuando enfrenté a Delta, me di cuenta de que él me igualaba en velocidad y destreza, incluso su energía se encontraba al nivel de la mejor de nosotras. Si quieres tener una oportunidad ante semejantes enemigos…entonces debes ser capaz de enfrentarme a mí. De lo contrario nunca lo lograrás. Por eso volveré a preguntártelo. ¿Estás listo?

Endimión asintió firmemente, alzando esta vez ambos brazos por delante del cuerpo. Sus manos se movieron entre la lluvia.

— ¡Estoy listo!

— ¡Entonces atácame!—exclamó Asteria— ¡Atácame con todas tus fuerzas!

Endimión no se hizo repetir. Sus pies levantaron grandes nubes de agua cuando corrió en línea recta hacia su maestra, haciendo estallar su energía.

— ¡Cometa Lunar!

El cometa de Endimión era una técnica sencilla. Consistía en acumular el aura en el centro de su puño, haciéndolo estallar en varios cientos de veloces proyectiles por segundo, abarcando un rango muy amplio de alcance. Hacía tiempo que Endimión había dominado a la perfección esta técnica, llevándola más allá de sus límites. Ahora, era capaz de ejecutarla a una gran velocidad, lanzando miles de golpes por segundo. Sin embargo aquello no pareció afectar en lo más mínimo a su maestra. Tal como había ocurrido cuando enfrentó a Zell, la centinela de la Quinta Legión Caótica, los cometas parecieron atravesar de lado a lado a Asteria como si fuera un fantasma, sin provocarle el más leve rasguño. Endimión abrió grandemente los ojos, asombrado.

—Tendrás que hacerlo mejor que eso—exclamó la senshi— ¿Esta es toda la velocidad que puedes lograr? Puedo ver tus golpes venir hacia mí sin ninguna dificultad. Puedo ver el trazo que dejan al atravesar el agua y el aire. Podría esquivarlos con los ojos cerrados…

Endimión frunció el ceño, elevando su aura al máximo. Los cometas brotaron de su puño al triple de velocidad y poder, dibujando múltiples estelas azuladas en el aire. Era como una auténtica lluvia naciendo de su cuerpo. Asteria, no obstante, no pareció notarlo. Alzó lentamente el dedo índice, mientras los golpes pasaban a su alrededor sin llegar a alcanzarla. Entonces, con una increíble velocidad, comenzó a mover la mano por delante de su cuerpo, describiendo rapidísimos círculos en el aire.

Endimión no podía creerlo. Asteria había pasado de simplemente eludir sus meteoros a detenerlos con la punta de su dedo índice… Eran miles de golpes a la vez, cada uno tan poderoso como para derribar un muro de acero. Y aún así, Asteria los estaba bloqueando…con uno solo de sus dedos. Endimión bajó el brazo, aturdido. El aura azulada que lo rodeaba menguó poco a poco, dejando solo el sonido de su respiración agitada bajo la lluvia. De haberse sentido capaz de alzar la mirada, habría visto que Asteria lo observaba fijamente.

— ¿Sabes por qué ha ocurrido esto, Endimión?

El joven general no contestó. Permaneció en silencio, con la cabeza gacha, dejando que el agua se escurriera entre sus cabellos, cubriéndole los ojos. Él…él había atacado con todas sus fuerzas. Había empleado toda el aura del que era capaz en la técnica de cometas más veloz y poderosa que hubiera ejecutado antes. Y, aún así, ni siquiera había sido capaz de hacer que Asteria retrocediera un paso. Aún más. Un solo dedo de su maestra había bastado para contener todo su poder.

"Zell y Delta hicieron lo mismo…"se dijo a sí mismo.

No podía. No tenía el poder suficiente para dañarlos…

—Tomaré eso como un no—suspiró la senshi, interpretando su silencio—Pero déjame decirte algo. Tu ataque fue tan poderoso…pero aún no es suficiente para dañar a una senshi.

Asteria guardó silencio, esperando que sus palabras hicieran efecto en Endimión. El joven alzó lentamente la mirada, observándolo a través de la lluvia.

— ¿Qué…qué es lo que debo hacer entonces?

Su voz fue apenas un susurro en la tormenta, pero Asteria lo escuchó perfectamente.

— Cualquier guerrero es capaz de despertar su aura para llevar el cuerpo humano hasta límites insospechables—explicó—Eso lo sabes muy bien. Sin embargo, hay algo que debes entender… Existe una enorme diferencia entre simplemente saber usar tu aura y comprender la esencia definitiva de la misma. Es por eso que los ataques del más poderoso general plateado jamás podrían dañar a una senshi. Para poder hacerlo debes despertar el poder de la esencia del aura…

Endimión alzó ambas cejas.

— ¿La esencia del aura?

—Así es… Es la esencia del universo, el poder final, la verdadera compresión de la materia que compone nuestros cuerpos y todo lo que nos rodea. Es el sentido que va más allá de los cinco básicos que posees, los cuales has fortalecido y ampliado a lo largo de años de entrenamiento—Asteria cerró los ojos—Todos los seres vivos poseen un fragmento de la creación en su interior, su propio universo interno del cual los guerreros extraen la energía necesaria para hacer las cosas que hacen. La esencia del aura, es la comprensión y armonía final de ese universo, la capacidad de encenderlo hasta el infinito. Eso es lo que diferencia a las senshis de cualquier otro guerrero: el control pleno sobre el aura final.

Endimión lo entendió. Finalmente entendió aquello que Minako y Amy habían intentado explicarles en Pallas, aquello que, inmerso en su ignorancia, no había sido capaz de dilucidar. Ahora lo sabía. La esencia, el control total de la fuente del aura. ¿Pero cómo…?

—Esto es algo que no puede ser enseñado o transmitido—prosiguió Asteria, avanzando un paso hacia él—Si no te mencioné antes esta habilidad durante tu entrenamiento, fue porque esperaba que pudieras comprenderlo por ti mismo. ¡Y ese momento ha llegado! Si en verdad quieres plantar cara a los guerreros de Chaos, si en verdad quieres el poder necesario para proteger a Selene, entonces debes encender tu aura hasta el infinito… ¡Debes despertar el poder dormido en tu interior!

Asteria alzó un puño hacia él. Endimión contempló maravillado como la energía del universo tomaba forma entre los dedos de su maestra, encendiendo la noche en un increíble fulgor azulado. Aquel era el poder del que le hablaba…aquel era el poder que los centinelas de Chaos también dominaban… ¡Ese era el poder que él mismo debía alcanzar!

— ¡Si quieres vencer a los centinelas entonces deberás ser capaz de hacerme frente a mí primero!—exclamó Asteria, envuelta en un impresionante fuego azulado— ¡Observa Endimión, la esencia del aura! ¡METEORO ATOMICO!

Una gota de agua en medio del océano. Eso era su cometa en comparación con el poder omnipotente que lo golpeó de lleno, inundándolo en un mar de luz azulada. Durante un segundo, Endimión experimentó lo mismo que sintió cuando Delta y Zell lo golpearon, haciendo uso de sus monstruosas energías. Entonces, del mismo modo, la oscuridad lo engulló.

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—Si…yo la vi. Era la señorita Michiru. Entró al pueblo llevando el cuerpo de la señorita Haruka entre sus brazos. Ella…ella estaba muerta…

Luna llenó otro de los grandes sacos de trigo, intentando ignorar el fragmento de la conversación que acababa de escuchar. Aquello era algo difícil. Desde la primera hora de la mañana, nadie en el pueblo de Magellan había estado hablando de otra cosa. Ella no había llegado a verla, a diferencia de muchos de los campesinos y granjeros que se levantaban para iniciar otra jornada de trabajo. Michiru había ingresado silenciosamente al pueblo, brotando de entre la niebla matutina como si fuera una aparición. Entre sus brazos llevaba el cuerpo sin vida de Haruka, la senshi de Urano. Nadie se había atrevido a preguntarle qué había sucedido, mientras la observaban marchar indiferente en dirección al Santuario, pero aún así todos lo sabían. Ella misma lo sabía.

"Los guerreros de Chaos…" pensó, sintiendo una punzada de pánico en el pecho.

Ella había estado allí la noche en que uno de ellos atacó el pueblo. Endimión y los demás le ordenaron que huyera hacia el Santuario, mientras ellos se encargaban de la amenaza. Poco después, había escuchado las historias… Diez soldados de plata murieron en las puertas de Magellan, combatiendo a las huestes de una de las centinelas del Dios de la Destrucción. Esa misma centinela fue derrotada después, pero llevándose la vida de Pandora a cambio.

El hecho de que una de las senshis hubiera sido asesinada generó un miedo casi primitivo entre las gentes del pueblo. Las senshis eran vistas como diosas invencibles. La idea de que pudieran ser derrotadas desafiaba toda lógica. Pero así había ocurrido… Y no solo Pandora, aquella noche Sakura también murió, deteniendo a otro de los centinelas en las puertas del Templo de Ceres.

—Fueron los esbirros de Chaos…—escuchó susurrar a otro par de personas que pasó caminando a su lado—Ellos fueron los que asesinaron a la señorita Haruka…

—Incluso las senshis caen contra este enemigo… Si ellas no pueden hacerle frente… ¿Qué será de todos nosotros?

Luna cerró la bolsa de tela con un cordón, echándola en la carreta junto a las demás. Estaba en una de las calles adoquinadas que llevaban hacia el centro de Magellan, llenando sacos con el trigo recién sembrado. De pie allí, cargando la carreta con los alimentos que luego llevaría hasta el Santuario, podía escuchar las inquietudes de todas las personas que iban y venían desde el campo hacia el pueblo, y desde el pueblo hacia el campo. Todos estaban perplejos. Todos estaban asustados. Todos temían la suerte que correrían si el Santuario llegaba a caer. Arrojó otra bolsa al montón, limpiándose el sudor de la frente. Todos eran egoístas. Ninguno pensaba que si el Santuario era derrotado, todo el mundo correría la misma terrible suerte, no solo ellos. Nadie tenía en cuenta lo que las senshis restantes podían llegar a sufrir durante la batalla. Eso era en lo único que ella podía pensar…en el destino que debería enfrentar uno de los generales de Selene.

"Artemis…"

Si alguien se lo hubiera preguntado, no habría sabido decir cuando fue que se enamoró de él. Lo conocía desde que tenía memoria. Un niño huérfano, como ella, tocando la lira en medio de las calles de Atenas, arrancándole a las cuerdas melodías que eran capaces de hacer llorar al más duro de los hombres. La gente lo escuchaba embelesada, echando monedas a sus pies, maravillándose con el talento de aquel jovencito de aspecto tranquilo y mirada serena. Ella, como todos los demás, había quedado cautivada con su música. Aún recordaba lo mucho que le había costado acercarse a hablar con él, luego de que terminara una de sus sesiones vespertinas con su lira. Pero cuando lo hizo, se encontró con la calidez del más gentil de los hombres que jamás conoció. Tal vez fue en ese preciso instante que los sentimientos en su corazón despertaron.

Durante mucho tiempo, las monedas de la música de Artemis fueron el principal sustento para ambos. Él sabía muy bien lo dura que era la vida en las calles, y como podía ser peor aún para una niña. Casi sin darse cuenta, él la tomó bajo su protección, compartiendo con ella lo que ganaba a diario con su música. Luna pasó de sentir fascinación a admiración por aquel niño. La admiración se transformó pronto en devoción. Al final, la sola idea de imaginarse una vida sin él le resultaba inconcebible. No podía asegurar cuando…ella siempre lo había amado.

Y Artemis le correspondía. Aún podía recordar el día en que Magno se presentó ante él en la calle, luego de haberlo escuchado tocar su lira ante un grupo maravillado de personas. Luna no entendió bien la conversación que tuvieron en su momento, pero pudo sentir que el amor que tenía por Artemis se inflamaba aún más en su pecho cuando éste aseguró que solo aceptaría ir a ese lugar, al Santuario, si ella venía con él. Y así había sido. Artemis no tardó en convertirse en un general de plata, el más poderoso de ellos, mientras que ella consiguió un lugar estable donde vivir en el pueblo de Magellan, sin la amenaza del hambre y la pobreza. En todos esos años, los sentimientos que compartían se hicieron más y más fuertes. Tanto ahora, como entonces, la idea de una vida sin él le parecía sencillamente imposible.

Y sin embargo…

—El ataque se llevará a cabo dentro de poco…—susurró un anciano que pasó junto a ella, hablando con un joven que seguramente era su nieto—El patriarca ha ordenado que todos los guerreros marchen a hacer frente a ese monstruo…

El saco en sus manos cayó pesadamente al suelo. Luna sacudió la cabeza, luchando por evitar que las lágrimas escaparan de sus grandes ojos rojizos. Ella lo sabía. Sabía que eso ocurriría tarde o temprano…pero no estaba preparada. No soportaba pensar que él marcharía junto a los demás hacia aquel terrible destino…no soportaba la idea de que él…que él…

Alguien se arrodilló frente a ella, levantando la bolsa que se le había caído al suelo. Luna parpadeó varias veces, saliendo por fin de su ensimismamiento. Delante de ella, un joven alto y delgado le sonrió con gesto afable. Iba vestido simplemente con un pantalón y una camisa de manga larga, ceñida a la cintura con un gastado cinto de cuero. Tenía el caballo largo y lacio, de color blanco. Sus ojos verdes la observaron llenos de bondad y cariño.

—Por favor Luna, sonríe… Sabes que no me gusta verte triste.

—Artemis…

Luna intentó sonreír, pero sus labios se congelaron en una mueca de preocupación. Guardó silencio, apretando contra su pecho el saco que él acababa de recoger.

— ¿Ya…ya te vas?—preguntó con un hilo de voz.

La expresión de Artemis se suavizó, aunque ella pudo notar la tristeza oculta en su mirada.

—Dentro de dos días.

— ¿Por qué?—susurró Luna, agachando la cabeza— ¿Por qué no puedes quedarte? Tengo entendido que algunos soldados permanecerán aquí durante el ataque. ¿No puedes ser uno de ellos?

Artemis negó con la cabeza, aún con ese brillo de tristeza en sus ojos.

—Debo ir… Makoto y Hotaru permanecerán como protectoras del Santuario. Son dos senshis menos. El patriarca y mis compañeros me necesitarán ahí con ellos a cambio…

Luna lo abrazó tan bruscamente que el joven tuvo que retroceder un paso para no caerse.

—Y yo te necesito aquí…—murmuró con voz ahogada—Por favor no vayas, Artemis… Tengo miedo…tengo miedo de que jamás regreses. Quédate conmigo. Vámonos a donde nadie pueda encontrarnos, lejos de esta inútil guerra entre dioses que solo provoca dolor y desgracias…—el egoísmo; el egoísmo que tanto había despreciado en la gente del pueblo afloró en ella, impulsado por el terror que sentía en lo más profundo de su ser. Artemis marcharía a la batalla para defender a la humanidad de las garras de Chaos. Era su deber como general, lo sabía. Pero lo que ella sentía por él era aún más fuerte—Yo no puedo perderte… —sollozó—No puedo, no puedo…

Artemis la observó con una tristeza infinita, acariciándole la larga cabellera oscura.

—Es por eso que debo ir, Luna… Por ti—ella lo miró, con las lágrimas empapando sus tupidas pestañas—Mientras Chaos y sus ejércitos no sean derrotados, mientras su amenaza no desparezca, tú y yo jamás estaremos a salvo… Si quiero protegerte, si quiero evitar que la destrucción se extienda por el mundo, alcanzándote a ti y a todos, entonces debo partir con mis hermanos—Artemis cerró los ojos—Debo poner un fin a todo esto.

Luna enterró el rostro contra su pecho, sacudiendo los hombros en un llanto silencioso.

—Lo sé…lo sé…—murmuró con voz entrecortada—Sé que jamás abandonarías a tus compañeros, sé que tu honor y tu deseo de protegernos a todos te obligan a marchar hacia la batalla, pero yo…yo ya no podré vivir si te pierdo.

Artemis la tomó suavemente por los hombros, sonriéndole con todo el rostro.

—No me perderás, Luna… Sé que tú me estarás esperando aquí, deseosa de volver a verme, y por eso ningún enemigo podrá derrotarme. Yo regresaré a tu lado…tú eres mi razón para volver.

Luna bajó la mirada, insegura. Una parte de ella le advertía que Artemis, por no lastimarla, solo le decía lo que quería escuchar. Pero aún así necesitaba oírlo, oírlo de sus labios.

— ¿Me…me lo prometes?

Artemis la atrajo tiernamente hacia él, uniendo sus labios con los suyos. Durante unos maravillosos segundos, Luna olvidó su inminente partida, las guerras entre dioses, y el temor que la carcomía por dentro. Durante ese breve instante, el mundo quedó reducido solo a ellos dos, como cuando eran pequeños, como tantas, tantas, otras veces. Artemis la abrazó con fuerza, apoyando el mentón en el hueco entre su cuello y su hombro.

—Te lo prometo…—le susurró al oído, mientras ella le devolvía el abrazo como si la vida se le fuera en ello—Regresaré. Tú solo espérame.

Ella asintió con la cabeza, sin decir nada.

En esos instantes, mientras acariciaba la oscura cabellera de la muchacha, Artemis en verdad creyó en sus palabras. Debía hacerlo. De lo contrario, jamás habría encontrado el valor de dejarla para marchar hacia la batalla.

. . .

Michiru entrelazó ambas manos a la altura del rostro, apoyando la frente sobre ellas con gesto cansado. La ondulada cabellera verdosa se desparramó sobre las hombreras de su armadura cuando inclinó la cabeza, presionando aún con más fuerza contra sus dedos. De pie ante ella, Magno la observó con una seriedad inusual. El gran patriarca siempre había sido un hombre recio de carácter, el cual miraba el mundo con una expresión ilegible en su rostro. Sin embargo, en esos instantes, Michiru pudo notar una seriedad mortal en esos ojos marrones que la observaban. Magno estaba preocupado. Y no era para menos.

— ¿Kunzite?—preguntó el patriarca— ¿Estás segura?

Detrás de ambos, de pie a un costado de la habitación, Setsuna guardó silencio, expectante.

—El mismo…—contestó Michiru—Uno de los cuatro malditos Generales del Negaverso.

Ella, Magno y Setsuna se encontraban al interior de los muros de su templo, el de Neptuno, rodeados a izquierda y derecha por altas columnas de mármol. Michiru estaba sentada en una simple banca de piedra, masajeándose la frente con los dedos como si sufriera un fuerte dolor de cabeza. Magno, impecable en su túnica negra, la observaba con los brazos cruzados tras la cintura. Setsuna, silenciosa como una tumba, aguardaba tranquilamente a un costado, atenta a la conversación.

— ¿Cómo fue que se encontraron con él?—continuó el patriarca, dejando entrever la preocupación en su voz. Evidentemente, le estaba resultando difícil asimilar una noticia como esa.

—Nos estaba esperando en la ciudad, junto con las otras centinelas, aunque al principio nos enfrentó él solo. Su poder…no era normal. Fue capaz de contenernos a Haruka y a mí a la vez sin ningún problema…

Michiru sintió un escalofrío y un estallido de ira al recordar la monstruosa fuerza del general. Magno, en cambio, la escuchó sin decir una palabra, con la mirada fija en el suelo.

—Kunzite…—murmuró—Uno de los Cuatro Generales está aquí. Eso solo puede significar que Metallia,…ella está a punto de…

—No.

Magno y Michiru se volvieron hacia Setsuna con el ceño fruncido. La senshi de Plutón negó tranquilamente con la cabeza.

—La Reina del Negaverso aún no ha despertado de su sueño—aseguró—Lo sé.

El patriarca miró a Michiru, quien asintió con un leve movimiento del mentón.

—Setsuna está en lo cierto. El mismo espectro lo aseguró. Al parecer ni Metallia ni su ejército ha despertado aún. Kunzite es el primero, y al aliarse con Chaos se está asegurando de limpiarle el camino a la maldita de su ama.

—Eso quiere decir que aún tenemos algo de tiempo…—susurró Magno, pensativo—Aunque las cosas son mucho peores de lo que nos imaginábamos. Si Metallia despierta antes de que logremos derrotar a Chaos, la tierra estará condenada...

Setsuna paseó la mirada de uno a otro.

—Aún podemos hacer algo para evitar la resurrección de la Reína del Negaverso—declaró en tono calmo.

Michiru entrecerró sus ojos azules, escéptica. Como siempre, la guardiana del tiempo mostraba una comprensión inusual y anticipada de las cosas. Al hablar con ella, uno no podía evitar sentirse siempre un paso por detrás. Por algún motivo, sabía que Metallia no había resucitado aún. Por algún otro, parecía entrever un modo de evitarlo. Sacudió la cabeza, enfocándose en la conversación.

— ¿A qué te refieres?

—Es exactamente lo mismo que tenemos pensado hacer con Chaos—explicó la senshi de Plutón—El verdadero objetivo de marchar hacia su castillo es impedir que rompa el contenedor que lo aprisiona. Si lo hace, su renacer en el mundo será inevitable… Sin embargo, aún podemos utilizar uno de los sellos de la señorita Selene. Un sello escrito con su sangre e insuflado con su poder será suficiente para reforzar la prisión de Metallia por unos cuantos siglos más.

Michiru esbozó una media sonrisa. La maldita estaba en lo cierto.

—Eso es lo que siempre ha hecho Selene, al final de cada guerra… Los dioses son inmortales, eliminarlos totalmente sería prácticamente imposible, incluso para ella. Encerrarlos con la ayuda de un sello contenedor, en cambio, es mucho más plausible—Michiru amplió su sonrisa—Si…aún podemos reforzar el sello de Metallia antes de que despierta por completo…

—No, no podemos…—Michiru se volvió extrañada hacia el patriarca, el cual observaba el mármol del suelo con el ceño fruncido—Al menos no aún…

— ¿A qué te refieres?

—La última guerra contra la Reina del Negaverso se libró hace más de tres siglos—explicó Magno en tono ausente, como si estuviera pensando en voz alta—Asteria y yo hemos revisado muy bien los archivos de la biblioteca…los archivos que lograron sobrevivir…

Setsuna ensombreció su expresión, mirando fijamente a Magno. Michiru, en cambio, no comprendía.

— ¿Los archivos que aún conservamos? ¿Qué tiene que ver eso con impedir el despertar de Metallia?

Magno sacudió el cabeza, consternado.

—Es mucho más complicado que eso… Tras la guerra con Metallia, los sobrevivientes de nuestra orden plasmaron sus vivencias en numerosos escritos. Sabían que con el paso de los siglos, hasta la siguiente reencarnación de la Reína del Negaverso, ese importante conocimiento podía llegar a perderse. Por eso dejaron todo debidamente archivado—Magno cerró los ojos—Sin embargo, algo ocurrió… En una guerra contra la Luna Negra, hace dos siglos, el tramo final de la batalla se trasladó hacia el Santuario. Fue un combate brutal.

— ¿Y?

—Parte de los archivos fueron destruidos…—concluyó Setsuna.

Magno asintió.

—Sí, así fue… En consecuencia, perdimos el conocimiento acerca de las ubicaciones exactas de los sellos de Metallia y Chaos, los manuscritos que nuestros antecesores plasmaron para evitar una situación como esta en el futuro. Si ahora sabemos del castillo en Elysion y el sello oculto en su interior, es gracias a Makoto. El sello de Metallia, en cambio…

—No tenemos ni la menor idea de donde está…—murmuró Michiru, irritada—Así será imposible reforzarlo…

—Aún queda una posibilidad.

Michiru miró a Setsuna, alzando una ceja.

— ¿Cuál?

—Selene.

La senshi de Neptuno parpadeó varias veces, confundida, pero Magno entendió muy bien adonde quería llegar la senshi del Tiempo.

—Si…tienes razón. Si las memorias de la señorita Selene, sus recuerdos de las guerras pasadas, despiertan a tiempo, entonces aún tendremos una posibilidad de contener a Metallia. De lo contrario…

—Esta guerra se convertirá en una de dos frentes…—completó Setsuna, tan impasible como siempre.

Los tres guardaron silencio, pensativos. En las últimas semanas, habían perdido a tres senshis y a gran parte de los soldados de plata. El mundo, a su vez, se veía envuelto en una vorágine de muerte y destrucción impulsada por Chaos y sus centinelas. Pueblos y ciudades enteras masacradas, rencor y desconfianza general en todo el imperio y sus alrededores, lo cual comenzaba a desencadenar las primeras guerras y confrontaciones internas. Chaos sembraba sus semillas en la tierra, poco a poco, volviendo a los hombres unos contra otros, aprovechándose de su sed innata de guerra y sangre. No parecía que las cosas pudieran empeorar aún más, pero eso era exactamente lo que estaba ocurriendo. Kunzite, uno de los Cuatro Generales del Negaverso, había despertado de su letargo, vaticinando el renacer de su señora. El Santuario no estaba en condiciones de hacer frente a dos fuerzas tan terribles…

Pero aún había esperanza. Y Magno fue el encargado de dejarlo en claro.

—Esto no ha terminado aún—declaró con su habitual tono solemne, recuperándose de la frustración que lo había aquejado momentos atrás—Debemos aprovechar que Chaos tampoco ha renacido. Ahora, más que nunca, estoy convencido de que esta arriesgada ofensiva debe realizarse. Dentro de dos días, atacaremos su castillo en Elysion y venceremos a sus tropas. Yo mismo me encargaré de fortalecer su sello cuando hayamos obtenido la victoria. Mientras tanto, la señorita Selene, a salvo aquí en el Santuario, deberá evocarse por completo en despertar sus antiguas memorias. Sé que lo logrará a tiempo… Y cuando lo consiga, encontraremos el sello de Metallia para neutralizarla definitivamente—Magno sonrió, observando a las dos senshis—A partir de ahora comienza la verdadera lucha contra las fuerzas que quieren destruir nuestro mundo. Ya muchos han caído enfrentándolas, y nosotros nos encargaremos de que no haya sido en vano… ¿Cuento con ustedes?

Setsuna y Michiru sonrieron, la primera cerrando los ojos y la segunda cruzándose de brazos.

—Hasta el final, su excelencia.

. . .

Makoto se llevó ambas manos a la cintura, respirando el aire fresco de la mañana con la cabeza echada hacia atrás. Descalza, podía sentir como el viento enfriaba su piel por debajo de los múltiples vendajes que la cubrían. Su larga cabellera, generalmente atada, le caía libre ahora hasta casi media espalda. Tenía el pelo del color del café, entre lacio y ondulado, lo cual resaltaba el verde intenso de sus ojos. Sonrió con ganas, paseando la mirada por los nubarrones que cubrían el cielo.

Luego de un tiempo considerable, más teniendo en cuenta que se trataba de una de las doce sagradas senshis, por fin se sentía con fuerzas suficientes para hacer lo que estaba a punto de hacer. Amplió su sonrisa, fijando la mirada en lo que tenía adelante. Estaba de pie sobre el techo de la modesta cabaña donde Motoki, día tras día, había estado cuidando de ella. Por delante se extendía un vasto suelo de piedra, con varias columnas y bloques de roca desparramados aquí y allá, vestigios de las antiguas ruinas del Santuario.

Makoto alzó un brazo, extendiéndolo hacia un lado. Una extraña energía verdosa comenzó a formarse en torno a su mano. Dando un fluido paso hacia el frente, Makoto abanicó el brazo con un revés horizontal, como si blandiera una espada. En forma inmediata, casi como si obedecieran el movimiento de su brazo, dos de las columnas cayeron al suelo en una gran nube de polvo, separadas en dos mitades. A simple vista, parecía como si una guillotina gigante las hubiera cercenado por la mitad. Makoto sonrío, señalando hacia otra de las columnas con el puñal en que se había transformado su mano. Cinco agujeros del tamaño de una canica estallaron en la lejana piedra de la columna, dejando una estela verdosa en el aire. Todo el pilar estalló en mil pedazos cuando Makoto se cruzó de brazos con gesto arrogante, mirando de reojo hacia atrás.

—Así que por la espalda, eh—susurró para sí misma, sin dejar de sonreír.

La senshi de Júpiter, aún cruzada de brazos, dio un corto salto hacia adelante, justo a tiempo para evitar un golpe de garra que la habría noqueado de no haberse movido. Motoki, la miró con gesto desafiante.

—Bueno…más allá de tus payasadas habituales, veo que tus reflejos siguen igual que siempre. Ya estás prácticamente recuperada.

—Así es—afirmó Makoto, guiñándole un ojo—Me siento más fuerte que nunca. Magno debería permitirme ir con los demás hacia Elysion… No veo por qué quiere que me quede aquí estando también Hotaru.

—No olvides que la señorita Selene estará más expuesta que nunca durante el ataque. Cuantos más se queden a cuidar de ella, mejor.

Makoto asintió distraídamente, observando en dirección a los Doce Templos, un lejano conjunto de estructuras extendiéndose colina arriba. Magno había ordenado que ella y la senshi de Saturno permanecieran en el Santuario durante el ataque. Un grupo reducido de soldados plata habían sido escogidos para quedarse. Lo que el decía era cierto. La señorita Selene debía contar con la máxima protección posible, teniendo en cuenta la distribución de las tropas. Con ella y Hotaru debería bastar para garantizar su seguridad.

"Sobre todo con esa demente de Hotaru… Los dioses saben que la maldita podría destruir todo el Santuario si se lo propusiera…"

—Makoto…—el joven se volvió hacia su compañera—Hay algo que debo decirte.

—Dime.

—Michiru regresó hace unas horas al Santuario…

La expresión de la senshi de Júpiter se iluminó en una sonrisa.

— ¡Genial! Hacía tiempo que se habían marchado. Iré ya mismo a verlas, me interesa mucho saber que fue lo que…—Makoto calló. Algo no estaba bien—Espera un momento… ¿Dices que Michiru regresó al Santuario? ¿Solo Michiru? ¿Qué…sucedió con Haruka?

Los ojos verdes de Motoki se llenaron de lágrimas cuando la miró.

—Lo siento tanto, Makoto…

. . .

Nataku empujó lentamente el carro lleno a rebosar con los productos de la granja. Quesos, leche, carne, pan…el Santuario pagaría un buen precio por la canasta completa, más en tiempos de necesidad como los que corrían. Nadie en Magellan ignoraba que la marcha de las senshis hacia el refugio de Chaos era inminente, y el no era la excepción. Telas, tejidos, herramientas, alimentos, la demanda del Santuario para con los comerciantes de Magellan se había disparado en las últimas semanas, asegurándose de contar con los suministros necesarios para el viaje que se avecinaba. Un viaje del que muchos no regresarían…

Trató de no pensar ello.

Avanzó lentamente a través de la calle cubierta de adoquines, ignorando las miradas de reojo que le echaron al pasar. No era para menos. A pesar de no ser más que un simple campesino, Nataku era un joven difícil de pasar por alto. Delgado y esbelto como un cisne, de ojos grises y piel inmaculada, no eran pocas quienes lo pretendían. Tenía el cabello corto de un rubio rojizo poco común entre los griegos.

¿Era extranjero? Si. ¿Era hermoso? Mucho. ¿Ignoraba a sus pretendientes con indiferente frialdad? Definitivamente. La verdad era que solo una mujer le había interesado en toda su vida. Pero hacía tiempo que ella lo había abandonado.

Sacudió la cabeza, empujando el carro con un poco más de fuerza. Ella no lo había abandonado en realidad. Ambos se habían abandonado mutuamente luego de lo que sucedió. Al principio él había intentado buscarla, acercarse a ella, pero en los diez años desde que él se instalara en Magellan y ella en el Santuario, se habían visto muy pocas veces. No dependía tanto de él en realidad, pues su acceso al refugio de Selene estaba restringido. Y ella…ella se había vuelto tan fría, tan lejana. Las pocas veces en que bajó al pueblo a verlo, Nataku se dio cuenta de que ya no era la misma. Se había vuelto increíblemente poderosa con su entrenamiento, tanto que le provocaba temor, pero era su forma de ser lo que le hacía sentir que estaba frente a una persona diferente.

El recordaba a una niña callada pero increíblemente noble y amable. Era demasiado consciente de que habría muerto mil veces de no haber sido por él. Sonrió tristemente, recordando las cosas que siendo un niño había hecho por ella. Solía desviar la atención de los amos cuando se acercaban con sus látigos, recibiendo él el castigo en su lugar. Solía darle parte de su ración cuando la jornada era tan agotadora que apenas podía continuar a causa del hambre. La defendía, cuando los mayores intentaban sobrepasarse con ella. Y él jamás le exigió nada a cambio. Ese era su recuerdo. La mujer en que se había transformado, no obstante, distaba mucho de aquella niña que el protegió. Algo en ella se había roto, y él era incapaz de arreglarlo. Aquello le dolió muchísimo más de lo que se hubiera podido imaginar.

"Dale un poco de tiempo…" le había dicho la señorita Sakura, con aquella mirada tan cálida y comprensiva "Ella lo superará"

Pero se equivocaba. Jamás lo superó, lo sabía. Después de todo, hacía más de tres años que no la veía… ¿Había dejado de importarle? ¿Estaba decidido a romper cualquier conexión con el pasado, un pasado que ambos compartían? ¿Acaso importaba algo de eso ahora? No, no realmente.

Ya no.

Nataku continuó caminando, mitigando poco a poco aquellos lejanos recuerdos. Sus manos eran grandes, como las de cualquier joven, y eran tantos los callos que las cubrían, producto de años de trabajo, que apenas podía sentir la presión de la madera al empujar el carro. Continuó ignorando las miradas, avanzando a paso decidido por la calle, pero no fue capaz de ignorar los murmullos de asombro que sonaron de repente a sus espaldas. Nataku se detuvo. Había escuchado algo…

Detrás de el, la gente se hizo a un lado, maravillada, abriéndole el paso a alguien que se acercaba lentamente. Nataku cerró los ojos. Habría sido capaz de reconocer esos pasos sin importar cuanta gente lo rodera, aún luego de tantos años. Se dio vuelta, observando con atención. La gente se apartaba del camino de una joven ataviada con una armadura del color de los rubíes casi tan esplendorosa como ella. Era alta, esbelta, de hermosos rasgos y larga cabellera negra. Sus ojos violetas, dos trozos opacos de amatista, se clavaron en él cuando se detuvo a solo unos pasos de distancia. Nataku torció los labios en una mueca despectiva, sosteniéndole la mirada.

—Reí…

Reí, senshi de Fuego se acercó hacia el a paso tranquilo, con la capa blanca hondeando a sus espaldas. Pasó de largo a su lado, mirándolo apenas de reojo.

—Caminemos—le ordenó.

Nataku frunció el ceño, entre sorprendido e indignado. Hacía tres años que no la veía, y no porque él no hubiera querido. La gente de los pueblos cercanos al Santuario no tenía permitido pisar el suelo sagrado. Si durante esos diez años se habían visto tan pocas veces, a pesar de todo lo que habían atravesado juntos, era porque Reí había optado por no visitar Magellan. No visitarlo a él. Ahora, sin embargo, ella estaba allí... De no haberse sentido tan ridículamente feliz y furioso de volver a verla, no habría echado a caminar junto a ella como lo hizo, arrastrando el carro de mala gana.

Durante unos cuantos segundos, ninguno de los dos dijo una sola palabra. Reí caminaba con la elegancia de una reina, arrancando exclamaciones de asombro de todas las personas con las que se topaban. Nataku pudo notar como los chicos suspiraban maravilladas al verla, incluso como las ventanas de algunas casas se abrían, asomándose la gente de su interior para mirarla al pasar. Podía entenderlo. Después de todo, las senshis eran vistas casi como semi-diosas entre la gente del pueblo. Que una de ellas bajara del Santuario hasta sus propias calles no era algo que sucediera todos los días. Además, Reí…bueno, si alguien le hubiese dicho que existía otra mujer más hermosa en el imperio, el no lo habría creído.

"Una mujer que pese a todo lo que hemos vivido me ha abandonado"

Aquel pensamiento le hizo odiar el modo en que lo ignoraba; como caminaba en silencio sin siquiera dignarse a mirarlo.

—Hacía años que no venías a verme—soltó de improviso, en un tono mucho más brusco de lo que hubiera deseado.

Reí lo miró de reojo, por fin, sin alterar la inexpresividad de su rostro.

—He estado ocupada.

— ¿Ocupada? ¿Eso es todo lo que tienes para decir?— Nataku negó con la cabeza— No voy a negar que he pensado en ti durante todo este tiempo…pero cada vez me cuesta más ver en ti a la persona que conocí alguna vez.

Ella no dijo nada. Aquello lo enfureció aún más.

—Ya no hablas, ya no sonríes, ya no eres tú misma. He escuchado lo que se comenta de ti en el Santuario, Reí… No abandonas nunca el Templo de Marte, no tienes amigos, nadie allí te conoce a pesar de que ha sido tu hogar durante los últimos diez años. Ni siquiera Sakura pudo…

—No metas a Sakura en esto.

Reí le advirtió aquello con la misma inexpresividad indiferente, pero aún así hubo algo en su tono de voz que lo alarmó.

— ¿Qué no la meta?—recriminó—Siempre actuaste como si no le debiéramos nada, como si no tuviera derecho a ocupar un lugar en nuestras vidas… ¡Ella nos salvó, Reí!

—No. Fui yo quien nos salvó—la expresión de la senshi era indescifrable—A ambos.

Nataku volvió a negar con la cabeza, sintiendo que la rabia lo consumía.

— ¿Crees que habríamos tenido una oportunidad si ella no nos la hubiese dado? ¿Solos en el medio de la nada, bañados en sangre?—El joven la observó casi con desesperación, como si no pudiera soportar que ella se negara a reconocerlo—Sakura nos trajo al santuario, ella te convirtió en la senshi de Marte y evitó que yo muriera de hambre, dándome un lugar aquí en Magellan para vivir. Y sin embargo tú…tú eres tan fría, tan distante. ¿Es que acaso nunca sucedió nada para ti aquella noche?

Reí se detuvo, mirando fijamente hacia el suelo. Nataku vaciló, algo apenado por lo que acababa de decir. Tal vez se había sobrepasado, pero… ¡necesitaba decirlo! Necesitaba sacarla de aquella burbuja de apatía en la que se había encerrado.

—Te equivocas—susurró Reí—No lo he olvidado. No pasa un solo día sin que lo recuerde.

— ¿Entonces por qué…?

—No niego lo que hizo Sakura—lo interrumpió ella— ¿Pero tú has olvidado quien fue el que me protegió durante todos aquellos años, antes de que ella nos encontrara? ¿Olvidas quien estuvo a mi lado día y noche, asegurándose de que pudiéramos vivir un día más?

Nataku apartó la mirada, llevándose una mano hacia el pecho. Podía sentir a su corazón latir acelerado, dolido. Por supuesto que no lo había olvidado. Jamás podría.

—No lo he olvidado, Reí…—susurró—Pero antes eras diferente. Gracias a ti fue que pude hacer todo eso, pero tú eras la que nos daba fuerzas a ambos… ¿En qué te has transformado ahora?

Reí no le contestó. Se acercó a el hasta quedar a menos de un paso de distancia, casi cara a cara. Nataku agacho la cabeza, intentando encararla. ¿Por qué le resultaba tan difícil hacerlo?

—Dentro de dos días partiré hacia el castillo de Chaos—dijo ella de pronto, observándolo fijamente—Salgan mal o bien las cosas, las probabilidades de que todos regresemos son pocas. No soy tan estúpida como para negar el poder de las centinelas. Sé a lo que nos enfrentamos.

Nataku sintió una punzada en el pecho.

— ¿Y…has venido hasta aquí solo para decirme eso?

—He venido a despedirme.

Reí estiró lentamente un brazo, y, sin que jamás se lo hubiera podido imaginar, lo tomó de la mano. Nataku observó confundido como los delicados dedos de la joven se entrelazaban con los suyos durante menos de un segundo, pues cuando cayó en cuenta de lo que estaba sucediendo ella ya lo había soltado, dándole las espaldas.

—Adiós, Nataku —dijo con la misma voz fría, aunque esta vez el chico pudo haber jurado percibir un rastro de emoción en sus palabras—Por favor…recuérdame como aquella niña al que conociste en tu esclavitud. No como a esta mujer que ahora se despide.

Nataku no pudo contestar. Sintió que su garganta se cerraba en un nudo cuando la vio marchar, perdiéndose entre las calles de Magellan.

—Reí…

. . .

Desde el Templo de Urano el Santuario podía verse en casi toda su extensión. Hacia abajo, las escaleras descendían por la montaña como una inmensa serpiente de piedra, con cada uno de los templos sagrados alzándose como una pequeña isla en un mar de rocas. Por detrás, hacia arriba, el Templo de Marte se interponía como la defensa final antes de la recámara del patriarca.

Michiru contemplaba en silencio las nubes que se arremolinaban en el cielo, de pie a un costado de la plataforma donde su templo se levantaba. Faltaba poco para el mediodía, pero el aire era frío aún y el firmamento continuaba teñido de aquel gris plomizo que lo había recibido en la mañana, cuando atravesó las puertas de Magellan rumbo al Santuario. Una muy leve llovizna lo cubría todo, reflejando destellos azulados en su armadura y sus cabellos. Michiru cerró los ojos.

No estaba allí…

Se encontraba en otro lugar, lejos del Santuario; una pequeña ciudad en el norte, arrodillada sobre los adoquines del suelo. Delante de ella, Haruka la observaba. Estaba arrodillada, como ella, cubierta de sangre y heridas, pero aún con la sonrisa que tanto la había caracterizado en sus labios. Todo sucedió demasiado rápido. Michiru no pudo hacer nada para evitarlo. Aquella mujer apareció de repente a espaldas de su amiga, como si se hubiera materializado en el aire, asestándole un puñetazo con una fuerza aterradora. Poco pudo hacer la armadura de Urano. El golpe no había sido asestado en cualquier lugar. Su entrenamiento le había inculcado demasiados conocimientos sobre anatomía para ignorar el punto exacto en el que el corazón y los pulmones se superponen… De repente Haruka yacía derribada en el suelo, boca abajo, y aquella maldita reía y reía…

"Alpha…"

Michiru apretó el puño, enfurecida. Aún podía ver esa sonrisa enferma, esos ojos rojos observándola burlones. No pudo hacer nada, nada para evitarlo. Haruka había muerto ante sus ojos y ella no había sido capaz de reaccionar. Se odiaba…se odiaba a sí misma casi tanto como odiaba a aquella maldita. Su aura reaccionó a su ira. De improviso, la suave llovizna que la rodeaba se congeló en el aire, cayendo sobre el suelo y sobre su armadura como una fina capa de escarcha.

"Sabes muy bien dónde encontrarme, senshi de Selene. Si quieres vengar la muerte de tu valiente amiga ven a buscarme… Yo los estaré esperando"

Las palabras sonaron claramente en su cabeza, como si se las estuvieran susurrando al oído. Era en lo único que había estado pensando en los últimos días. Por supuesto que iba a buscarla… Ahora ya faltaba poco. Cuando el momento llegara, Michiru se cobraría con sangre aquella deuda. No le importaba si debía dejar la vida a cambio… Aquella miserable lamentaría lo que había hecho.

—Michiru…

La senshi de Neptuno parpadeó varias veces, observando por encima del hombro. No había sentido a nadie acercarse. Aquello no hablaba muy bien de su actual estado emocional… Sin embargo, se alegró de ver a Makoto al pie de las escaleras. Cuando eran pequeñas, Makoto solía sumarse a Haruka y a ella en sus prácticas, llegando a convertirse en una buena amiga para ambas. Se alegró de verla subir a buen paso por las escaleras, ya prácticamente sin rastro de sus heridas y con la espléndida armadura esmeralda de Júpiter cubriéndola otra vez.

—Veo que te encuentras mejor—comentó Michiru, volviéndose nuevamente hacia el horizonte.

—Si… Motoki hizo un buen trabajo cuidando de mí cuando no podía ni mantenerme en pie.

Michiru esbozó una media sonrisa.

—La verdad es que, conociéndote como te conozco, dudaba si sanarías bajo su cuidado o si el mismo terminaría de matarte.

Makoto se echó a reír, cruzándose de brazos, sin embargo aquel ambiente de distensión no duró demasiado. Michiru no tardó en ensimismarse de nuevo en el firmamento, con la misma expresión ausente en sus ojos. Makoto guardó silencio, pudiendo sentir casi en forma palpable el dolor de su compañera. La mayor parte de las senshis habían crecido juntas en el Santuario. Todas se conocían y se respetaban, y casi todas eran amigos. Bueno, tal vez con algunas contadas excepciones… Sin embargo, Michiru y Haruka habían sido prácticamente inseparables. No había nada que pudiera mitigar el dolor ante semejante pérdida.

—Michiru, yo…en verdad lo siento.

La senshi de Neptuno no respondió. Por su expresión, al parecer ni siquiera la había escuchado.

— ¿Cómo…fue que ocurrió?—se animó a preguntar Makoto.

Michiru continuó sin decir una sola palabra. Permaneció en silencio tanto tiempo que la senshi de Júpiter no pudo evitar suspirar resignada, dando media vuelta para marcharse.

—Primero nos enfrentamos a Kunzite—Michiru habló en forma mecánica, sin emoción alguna—Jamás conocí a nadie tan fuerte como ese sujeto. Su poder era descomunal…

— ¿Kunzite?—el asombro en la voz de Makoto era absoluto— ¿Uno de los Cuatro Generales del Negaverso? ¿Qué diablos hacía él allí?

Michiru no le prestó atención.

—Aún a pesar de su increíble poder, logramos hacerle frente entre ambas. No obstante…cuando él atacó a Haruka con todas sus fuerzas… Yo me interpuse para detenerlo. Aquello casi me cuesta la vida.

Makoto no dijo nada, intentando asimilar lo que estaba escuchado, pero Michiru continuó, tan impasible como al principio.

—Kunzite se marchó después de eso. En cambio, dos de las centinelas lo reemplazaron. Eneas, y…Alpha—Michiru ensombreció su expresión—Haruka las enfrentó a ambas a la vez, logrando contenerlas. Yo intenté ayudarla…pero apenas podía moverme… Al final, Haruka logró matar a Eneas, pero Alpha…—la voz de Michiru se convirtió en un susurro apenas audible—No pude hacer nada para evitarlo, Makoto, nada… Fue demasiado rápido. Observé inmóvil en el suelo como esa maldita la atacaba por la espalda con una velocidad imposible. Yo…yo…

Michiru guardó silencio, desviando la mirada hacia el suelo. Makoto no supo que decir. Podía sentir el dolor de su amiga tan claramente como sentía su energía, la cual ardía en furia y tristeza, congelando la leve llovizna a su alrededor. Ahora sabía lo que había sucedido… Alpha, la muchachita de ojos rojos y sonrisa cruel que había asesinado a Argus, Gávrel, Dorian y Bastia frente a sus ojos… Esa misma maldita miserable era la responsable de la muerte de Haruka. Pero, al igual que Michiru, no había nada que pudiera hacer para cambiarlo. Apoyó la mano sobre una de las hombreras verdosas de Neptuno. El aire helado que rodeaba a Michiru le quemó los dedos, incluso por encima de su armadura, pero no se apartó.

—Lo siento…—fue lo único que pudo decir.

Michiru asintió vagamente con la cabeza.

— ¿Has…has hablado con Zaid? ¿Alguien le ha dicho lo que sucedió con Haruka?

Michiru volvió a asentir.

—Fue lo primero que hice luego de llevar su cuerpo a la recámara del patriarca. Su hermano merecía saber de mi parte que fue lo que sucedió… Ahora el estará a mi cuidado, y juro por los dioses que no permitiré que nadie les ponga un dedo encima. Se lo debo a Haruka…

—Michiru… ¿Hay algo que pueda hacer para…?

La senshi negó con la cabeza, tajante. Makoto no insistió. La conocía desde hacía mucho tiempo, lo suficiente para saber que había llegado el momento de retirarse. Y eso hizo, dando media vuelta para descender por las escaleras. Necesitaba hablar cuanto antes con el patriarca, y no solo de la muerte de Haruka. Ya por si solo sabía que Alpha era sumamente peligrosa, pero la presencia de un general de Metallia no podía significar nada bueno…

Se encontraba a medio camino del primer escalón cuando escuchó el débil susurro.

—Me vengaré, Makoto…—el aura de Michiru creció hasta volverse descomunalmente grande—Por el alma de Haruka que me vengaré…

. . .

—Haruka ha muerto…

Allana, dejando por una vez su actitud burlona, paseó la mirada por todos los presentes en el Templo del Sol. Allí estaba Minako, apoyada de brazos cruzados contra uno de los muros. Vestía la armadura de Venus, con la característica capa blanca sobresaliendo bajo las hombreras. Tristán descansaba en un banco de piedra, cerca de ella, ataviado con vestimentas blancas. Tenía sus ojos color celeste clavados en el suelo, con la tristeza latiendo en su mirada. El había visto a Michiru atravesar el Templo de Mercurio, con el cuerpo entre sus brazos…

—La señorita Haruka…—susurró Dasha, abrazándose las rodillas—Es de lo único que se ha habla en el Santuario y en Magellan…

Estaba sentada junto a Tristán y Zander en el banco, vestida sencillamente con las ropas de entrenamiento. Dante, de pie a su lado, sacudió la cabeza.

—Haruka era una guerrera sumamente poderosa…—dijo más para sí mismo que para los demás—Ese brazo suyo podría habernos cortados en pedazos a todos antes de que tuviéramos tiempo de notarlo. Nadie podría matarla fácilmente.

Zander, sentado en el medio del banco, entre Dasha y Tristán, asintió pensativo. Al igual que Dante, iba vestido con las ropas de entrenamiento del Santuario: pantalones largos, casaca, cinto, sandalias y muñequeras de cuero.

—Dante tiene razón—asintió—Ni Haruka ni Michiru eran huesos fáciles de roer… ¿Qué demonios fue lo que sucedió exactamente?

Allana, de pie ante todo el grupo, soltó un largo suspiro.

—No conocemos los detalles exactos todavía. Michiru fue directamente hasta la recamara del patriarca cuando llegó. Al parecer, Magno y Setsuna hablaron con ella hace unas horas, pero aún no se nos ha informado al respecto.

—De todas formas, hemos oído los rumores—informó Minako—Todo parece indicar que Haruka se enfrentó a dos de las centinelas de Chaos a la vez. Logró acabar con una de ellas, pero el esfuerzo fue demasiado…

— ¿Contra dos de las centinelas?—preguntó Zander, admirado—Eso es como medirse contra dos senshis al mismo tiempo…

Dante asintió.

—Y aún así logró deshacerse de una de ellas. Lo dicho: Haruka era sumamente peligrosa.

—Y amable…—susurró Dasha—Ella y Sakura eran las más gentiles y bondadosas de todas las senshi. No se merecían ese destino…ninguna de ellas merecía morir así.

Las palabras de la joven provocaron un repentino silencio. Durante unos segundos, el chisporrotear de las antorchas ubicadas en los muros del Sol fue el único sonido que pudo escucharse.

—Por eso es que los hemos reunido a todos aquí—aclaró Allana. Sus cabellos naranjas se mecieron cuando inclinó la cabeza con gesto pensativo—Debemos hablar seriamente de lo que ocurrirá dentro de dos días, ya que todos nos veremos involucrados—volvió a pasear la mirada por toda la habitación, frunciendo el ceño—Y por cierto… ¿dónde diablos está Endimión?

Los generales se observaron entre sí.

—No lo sabemos—contestó Zander—No lo hemos visto desde ayer a la noche, cuando regresamos. Yo fui a buscarlo para venir juntos hasta aquí pero su barraca estaba vacía. Pensé que vendría directamente.

Allana sacudió la cabeza, encogiéndose de hombros.

—Como sea. Lo importante es que todos los aquí presentes, salvo tú, mi estimado Tristán, hemos sido escogidos para participar en el ataque al castillo de Chaos.

—Oye…—se quejó Tristán—He estado toda la noche y toda la mañana reparando armaduras. ¿No es así, Minako?

La senshi de Venus se encogió de hombros.

—Pues eso supongo. Una no puede acercarse demasiado cuando tienes a una hermana sobreprotectora vigilando a todo momento—los ojos de Minako se encendieron en una chispa de humor—Oye, ¿qué te parece si la mandamos al diablo y te vienes al Templo de Venus con todo el equipo repara-armaduras? Al fin y al cabo da lo mismo en qué lugar las restaures, ¿no crees?

—Siento interrumpir tu ritual de cortejo, Minako—advirtió Allana en tono aburrido—Pero tenemos temas más importantes que tratar ahora.

Minako asintió con una enorme sonrisa, a diferencia de Tristán, quien clavó la mirada en el suelo con el rostro tan encendido como las antorchas en las paredes. Los jóvenes generales intercambiaron miradas, entre divertidos y avergonzados.

—Bien, basta de payasadas—suspiró Allana—Dentro de dos días marcharemos hacia Elysion. No sé con qué nos encontraremos exactamente allí, pero todos somos conscientes del poder de esos malditos centinelas.

Todos guardaron silencio, atentos a las palabras de la senshi del Sol.

—Cada uno de ellos tiene la fuerza suficiente como para desafiarnos a nosotras, las senshis. Pandora, Haruka y Sakura murieron enfrentándolos…pero a la vez nos demostraron que no son invencibles. Delta, Zell, Cratos y una más de ellos cayeron ante nuestros amigos. Podemos vencerlos y lo haremos. Pero para lograrlo necesitaremos de la ayuda de todos ustedes…

Dasha y Zander asintieron enérgicamente.

—Será peligroso, no voy a mentirles…—continuó Allana—Quedan ocho de los doce centinelas y cada uno de ellos comanda su propia legión. Sin mencionar a Skotos y Nox, los hijos de ese infeliz de Chaos. Pero, aún así, sé que podemos hacerlo… Nosotros lo hemos hecho desde el principio de los tiempos. Cada guerra santa en el pasado fue librada y superada por las fuerzas de Selene… ¡Y esta vez no será la excepción! ¡Lo conseguiremos!

Minako dio un paso al frente, sería como jamás lo habían visto antes.

—Las fuerzas de Chaos solo buscan destruir—exclamó—Nosotros no somos como ellos, jamás lo seremos—miró a Tristán, sonriendo, miró a Dasha y a Dante—Nosotros tenemos mucho que proteger, amigos y seres queridos por los cuales luchar… Ese deseo siempre será más fuerte que el anhelo de destruir. No lo olviden, cuando estemos allí, en el campo de batalla, recuérdenlo. ¡Luchamos por todos aquellos a quienes deseamos proteger! ¡Luchamos por aquellos a quienes amamos! ¡Por Selene! ¡Y por eso venceremos!

Zander y Tristán asintieron, este último con los ojos brillantes de emoción. Dasha, sentada a poca distancia de Dante, comprendió desde el fondo de su alma a que se refería Minako. Lo que decía era verdad… Y por eso fue que extendió muy lentamente su mano, insegura, tomando la del joven. Para su sorpresa, Dante no la rechazó, sino que estrechó suavemente sus dedos entre los suyos, sin dejar de observar a las senshis. Dasha sonrió con los ojos cargados de lágrimas.

Minako y Allana tenían razón. El momento de luchar finalmente había llegado. Pero no lo harían para cumplir la voluntad destructiva de un dios vengativo y belicoso. No… Lo harían para proteger a aquellos a los que amaban. Lo harían por un futuro.

Después de todo…esa era la voluntad de la señorita Selene.

. . .

La habitación era muy amplia. Un pasillo increíblemente largo y ancho que unía la entrada con el gran balcón en el extremo opuesto. Alpha, primera centinela de las legiones de Chaos, avanzó a paso tranquilo a través de las inmensas baldosas de mármol negro. No había iluminación alguna en la habitación, pero no había necesidad de ello. El enorme ventanal que se extendía a su derecha, como si fuera una pared de cristal, dejaba pasar la pálida luz de la luna en cuarto creciente. A su izquierda, altas columnas se alzaban hasta un techo que apenas alcanzaba a ver.

Nada más poner un pie en el pasillo, Alpha pudo sentir como todas las miradas se clavaban en ella. Sentados en los elegantes sillones entre las columnas, o apoyados de brazos cruzados contra los muros, los otros centinelas la observaron al pasar. Pudo sentir la mirada hostil de Aeron atravesándola como si fuera un cuchillo de hielo. Aquel guerrero nórdico, alto, musculoso, de largos cabellos rubios, la había odiado desde el primer día en que se vieron las caras, y mucho más ahora, luego de todo lo que ella había hecho. Se encogió de hombros. ¿Qué importaba?

No demasiado lejos estaba Lyanna, la Divina Lanza, escrutándola con sus ojos azules y astutos. Al igual que muchos otros, ella tampoco confiaba en ella. Lo había dejado bien en claro el día en que Aeron y ella casi se matan el uno a la otra, y en ese momento pareció reafirmarlo cuando la miró al pasar, atravesándola con aquellos ojos que parecían dos trozos de hielo.

El galante Erebo, también estaba allí. Alpha le sonrió al pasar a su lado, inclinándose en una graciosa reverencia. El la siguió inexpresivamente con la mirada, sin evidenciar el más leve rastro de emoción en sus ojos oscuros. Alpha volvió a encogerse de hombros. Erebo era así, después de todo. Esperar algo de él aparte de una fría y total indiferencia era pedir demasiado.

El último al que atisbó antes de detenerse frente al balcón fue a Khal. Con el cabello de un rubio cobrizo y ojos de un marrón muy claro, casi amarillos, Khal era hermoso y elegante como un dios. Estaba sentado con las piernas cruzadas y uno de sus brazos extendidos sobre el respaldo del sillón. En su otra mano sostenía una copa de vino, la cual alzó hacia él con una sonrisa taimada. Alpha le sonrió de igual manera, paseando sus ojos rojos por la habitación. Solo ellos estaban allí. Reflexionando un poco, no era de sorprenderse que Enia no estuviera presente, pues no por nada Skotos y Nox la habían encerrado en las profundidades del castillo. Aún así, se preguntó donde estarían Cicno y Terea, los dos que faltaban. Después de todo, si los demás estaban ahí era porque los dioses hermanos habían decidido hacer público lo que fuera que le tuvieran preparado.

Skotos y Nox, los hijos de Chaos.

Pudo ver a Nox delante de ella, dándole las espaldas, con ambas manos cruzadas detrás de la cintura. La Diosa estaba parada en el balcón que sobresalía varios metros por fuera de la habitación, al aire libre, observando el despejado cielo nocturno. Vestida con una exquisita túnica roja, capa negra, y falda plisada de cuero. Sin embargo resultaba obvio que no se trataba de una mujer normal, incluso a simple vista. Tenía el cabello peinado prolijamente hacia atrás, rubio, con algunas delgadas trenzas sobresaliendo entre los rizos. Extraños tatuajes, muy finos e intrincados, le recorrían los brazos, trepando por los lados del cuello hasta casi las mejillas. De haberse dado vuelta, todos habrían contemplado un rostro anormalmente hermoso, con ojos del color de la amatista y unas pupilas de un blanco lechoso que a ella siempre le habían provocado repulsión. Alpha notó que estaba contemplando la luna llena, de espaldas a ella, y enseguida supo por qué. Era casi imperceptible, pero podía notarlo. La superficie blanca de la luna estaba cubierta por un muy leve tinte rojizo.

"Una luna sangrienta" pensó Alpha, torciendo sus labios en una leve mueca de desagrado.

Era de esperarse. Después de todo, Chaos estaba a punto de despertar. Si Skotos y Nox estaban allí de vuelta era porque su búsqueda había tenido éxito…

—Alpha, me alegra ver que ya te encuentras aquí.

La voz de Nox era extraña. No era una sino dos voces hablando al unísono. La que más se escuchaba era amable y gentil, la otra…no tanto.

Alpha se inclinó en una respetuosa reverencia.

— ¿A qué debo el honor de su llamado, señora Nox?

—Nuestro llamado, mortal insolente.

Alpha sintió la presencia a sus espaldas antes de escuchar realmente la voz…o las voces, pues Skotos compartía aquella extraña característica con su hermana. La presencia, sin embargo, no era la misma. Pudo sentir una fría y terrible oscuridad creciendo tras ella, la cual pareció engullir toda la habitación. De repente, pese a todo su gran poder, Alpha se sintió increíblemente pequeña. Se dio vuelta lentamente, con cautela, observando al ser que brotó de repente de entre las sombras. El Dios era un hombre alto y fornido, muy diferente a su elegante hermana. Vestía una polvorienta túnica negra de sacerdote, con la capucha echada sobre la cabeza. Aún así, pudo ver a la perfección el rostro pálido y afilado, con dos cortinas de pelo negro cayéndole a ambos lados de la cara. Al igual que Nox, los extraños tatuajes trepaban por la piel blanca de su cuello, formando glifos y runas ilegibles. Los ojos también eran los mismos: violetas y opacos, inhumanos. Alpha ocultó a la perfección su sobresalto cuando Skotos se acercó hacia ella con aire amenazador. Nox, sin embargo, lo notó al instante.

—No te exasperes, hermano—exclamó divertida—Pones nerviosa a Alpha, y deseo hablar en calma con ella.

La primera de los centinelas se volvió para observarlo, volviendo a inclinarse con más cautela que respeto.

—Estoy a su disposición, mis señores…

—Claro que si…—respondió Nox, con una sonrisa astuta en sus labios—Nos estábamos preguntando justo antes de que llegaras… ¿Qué tal te fue con las senshis de Neptuno y Urano? Espero que hayas obtenido la victoria… Después de todo, interrumpiste el combate de nada más y nada menos que Kunzite. Te diré que no estaba para nada contento con ello.

—Así es—Skotos la atravesó con una mirada que habría matado a un hombre normal—Pero Kunzite no es ningún idiota. Luego de todos los problemas que estuviste causando, sabe que hay que tirarle un hueso a los perros de vez en cuando…más cuando el perro es uno tan rabioso e impaciente como tú.

Alpha sonrió como si fuera el ser más inocente del mundo.

— ¿Problemas? Me temo que no lo sigo. ¿A qué se refiere exactamente, señor Skotos?

Nox dejó escapar una risita, divertida.

—No te hagas la inocente, Alpha. Todos aquí saben que fuiste tú la que provocó a Zell y a Cratos para que marcharan hacia el Santuario, y que desprecias a Kunzite incluso más que a nuestro enemigo en común. Después de semejantes antecedentes en verdad deseo que hayas hecho bien las cosas ahora.

Alpha se encogió de hombros.

—Haruka senshi de Urano está muerta.

— ¿Solo Haruka?—preguntó Nox, fingiendo curiosidad— ¿Qué sucedió con la senshi de Neptuno?

—La dejé ir.

Alpha pudo sentir como la oscura presencia a sus espaldas crecía hasta volverse inconmensurable. Skotos siempre estaba furioso, pero había momentos como ese en que su ira parecía ser capaz de engullir al mundo entero. Se quedó muy, muy, quieta, observando de reojo hacia atrás. Nox, sin embargo, seguía sonriendo.

— ¿La dejaste ir?—inquirió cordialmente— ¿Y a que se debió eso, si puedo preguntar?

La centinela volvió a encogerse de hombros.

—Kunzite la dejó casi muerta. Después del entretenido combate que ofreció la tal Haruka no encontré para nada divertido tener que matar así a la otra.

— ¿Y eso te parece motivo suficiente para desobedecer órdenes directas, mortal arrogante?—Skotos estaba furioso, incluso más que antes, pero Nox volvió a restarle importancia.

—Por todas las prisiones del infierno, Alpha—exclamó divertida—Si no te conociera como te conozco, diría que tuviste compasión de esa senshi. Supongo que me equivoco, ¿verdad?

—Por favor su señoría, me insulta.

En ese momento, Alpha notó que todos en la habitación la miraban con una extraña mezcla de cautela, atención y desprecio. Ella no pudo más que sonreírles con toda la falsedad de la que fue capaz. Acababa de corroborar por qué estaban todos allí. Skotos, como siempre, estaba de un humor de perros, y Nox, con su particular punto de vista de las cosas, consideraba curiosa hasta cierto punto su manera de obrar. Siempre supieron que solo había acabado con la senshi de Urano… Tenían la intención de reprenderla desde el principio, y al parecer todos debían ser testigos de su humillación. Amplió su sonrisa, esta vez de verdad. Nada de aquello, la desaprobación de los dioses hermanos y de sus compañeros, podría haberle importado menos. No teniendo en cuenta lo que planeaba.

—En fin—dijo en tono aburrido, como quitándole importancia a todo lo que se había dicho hasta entonces—Ahora tenemos la certeza total de que las fuerzas del Santuario atacarán nuestro castillo, ¿verdad? Luego de tantas órdenes conservadoras con Kunzite a la cabeza, es un placer tenerlos de vuelta, mis señores. Sé que ustedes nos llevarán por un camino más…adecuado.

Los ojos bestiales de Nox la atravesaron como si pudieran leerle el alma.

—Oh, Kunzite seguirá siendo tu superior, Alpha—declaró haciendo un gesto ambiguo con la mano—Nosotros delegamos en él por si no te habías dado cuenta. Por eso esperamos que de ahora en más, al menos que quieras sufrir realmente las consecuencias, hagas lo que se te pide.

Alpha frunció el ceño con una expresión que reveló más de lo que hubiese querido. Nox se echó a reír.

— ¡Qué cara! Cálmate por favor, mi querida centinela. Para que veas cual es el camino que seguiremos y te quedes más tranquila, te comentaré que es lo que sucederá cuando Selene nos ataque.

—La escucho, mi señora…

Nox se dio vuelta nuevamente, contemplando la luna llena.

—Como sabes, esperamos que el grueso de las fuerzas del Santuario invada nuestro castillo en la brevedad. Sé qué piensas que la mayoría de las senshis son solo basura, pero no debes cometer el error de subestimarlas.

—Ese fue el error que Zell y Cratos cometieron—intervino Skotos, hablando a todos los presentes con sus voces superpuestas—De ahora en más, esperamos que de verdad hagan valer sus títulos como centinelas de nuestro señor…de lo contrario, yo mismo me haré cargo de que lo lamenten.

Nox sonrió ante las palabras de su hermano.

—De cualquier modo, las senshis no serán capaces de atravesar la barrera que Skotos y yo hemos levantado. Lo que haremos será acorralarlos por la retaguardia contra esa barrera, sin darles lugar para escapar. Con todos ustedes, queridos centinelas, sus legiones, y nosotros mismos, si hace falta, las fuerzas de Selene no durarán mucho tiempo. Será una victoria segura. Tal vez no sencilla, pero sí segura. ¿Qué te parece?

Durante un segundo, Alpha pareció incómoda. Había olvidado la maldita barrera. Sin embargo no tardó en hacer una reverencia.

—Me parece perfecto, su excelencia…

—Claro que sí.

Nox intercambió miradas brevemente con su hermano, hablando en voz alta y clara a todos los generales.

—Como ya saben, el señor Chaos ha guardado silencio durante los últimos días, así que salvo que él ordene lo contrario ese será nuestro plan. Sin embargo, es menester que obremos con sumo cuidado cuando las fuerzas de Selene lleguen aquí…—los ojos antinaturales de Nox se encendieron—…pues un destino muy importante, el más importante, se cumplirá ese día…

. . .

Endimión cayó sobre el lodazal en que se había transformado la arena del coliseo, levantando una gran nube de agua. Allí, de espaldas en el suelo, de cara a la lluvia torrencial que no paraba de caer, pudo sentir en cada uno de sus músculos el verdadero poder de una senshi. Era increíble. En cuanto el puño de Asteria resplandecía, todo se volvía una confusa vorágine de luz y dolor. No podía ver a través de su ataque. Era imposible…

Los pasos resonaron claramente sobre el estrépito de la lluvia cuando Asteria se acercó hacia él. Endimión intentó incorporarse, sintiendo que el agua que le corría por el rostro se mezclaba con la sangre.

— ¿Esto es todo?—preguntó, implacable, la senshi de la Tierra— ¿Este es el poder con el que pretendes enfrentar a los centinelas de Chaos?

Endimión apretó los dientes y se obligo a levantarse, apoyando una mano sobre el suelo embarrado. Sus ojos azules escrutaron cautelosamente a la poderosa mujer ante él. Asteria lo observaba con la imponencia de una diosa, formidable en su armadura turquesa. Durante un segundo, Endimión se dejó perder en el espectáculo de las gotas de lluvia sobre el noble metal. El agua corría como pequeñas cascadas, arrancándole hermosos destellos multicolores. Era como si Asteria estuviera rodeada de cientos de pequeñas luciérnagas.

—Endimión… ¡Defiéndete!

Endimión abrió enormemente los ojos, intentando en vano hacerse a un lado. Sabía que era lo que venía, incluso llegó a anticipar el movimiento incipiente del brazo de su maestra. Aún así, en cuanto el puño brilló, nada pudo hacer para evitarlo.

— ¡Meteoro Atómico!

La fuerza de cientos de miles de descargas eléctricas lo alcanzaron a la vez, mandándolo a volar de espaldas contra las gradas inferiores. Endimión impactó brutalmente contra la roca húmeda del coliseo, haciéndola volar en mil pedazos. Su maestra no se estaba conteniendo en lo más mínimo a la hora de atacarlo… Aún así, con una agilidad que sorprendió a Asteria, se las arregló para salir de la montaña de escombros con un brusco estallido de energía. Las rocas y el polvo volaron en todas direcciones, dándole un segundo de vital cobertura para atravesar a toda velocidad la arena del coliseo. Sus ataques resultaban inútiles contra Asteria, así que concentró el poder de varios miles de ellos en un solo punto.

— ¡Cometa Lunar!

Aquella era por lejos su técnica más poderosa, la cual, utilizada con su aura al máximo, era capaz de superar por mucho el poder de un general. Sin embargo, sin siquiera inmutarse, Asteria contuvo todo el poder solo con la palma de su mano. El joven observó atónito como su maestra desviaba hacia un lado el ataque con un simple movimiento de muñeca, como quien descorre con desdén una cortina. Un segundo después, su brazo ya estaba alzado nuevamente en su dirección. Endimión se detuvo en seco, saltando hacia un costado justo cuando el puño de Asteria se encendió. Pero no logró anticiparlo a tiempo. La brutal presión del meteoro lo alcanzó de lleno en el hombro, lanzándolo violentamente hacia atrás.

Endimión volvió a sentir el sabor del lodo y la sangre en su boca cuando cayó de cara al suelo, arrastrándose por la arena embarrada. Lo había visto…había logrado ver el momento en que Asteria preparó su técnica, pero aún así no fue capaz de evitarla. El golpe era instantáneo… Era una acción-reacción inmediata, como si con solo alzar su brazo Asteria no necesitara nada más para mandarlo a volar por los aires. La realidad era mucho más simple. Velocidad. Simple, pura y aterradora velocidad. El Meteoro Atómico era tan veloz que Endimión ni siquiera llegaba a verlo…

— ¿Te preguntas por qué no eres capaz de eludir mis ataques?—preguntó de repente Asteria, como si le estuviera leyendo la mente—Es por la velocidad. No hay nada más veloz en este mundo que el ataque de una senshi. ¿Sabes por qué es eso?

Endimión volvió a levantarse con dificultad, sintiendo como si su cuerpo pesara una tonelada. En ese momento le pareció increíble que su armadura continuara entera. Luego de recibir impactos tan brutales, cualquier otra protección hubiera volado en pedazos. Su armadura, no obstante, era diferente.

"Fue bañada por la sangre de una senshi…" recordó.

La sangre de Minako había sido utilizada para restaurar su armadura. Eso, sumado al arte milenario de los alquimistas de Pallas, había hecho que la armadura adquiriera una resistencia fuera de lo común. No iba a romperse tan fácilmente, ni siquiera bajo los ataques de uno de las doce senshis.

— ¿Sabes a qué se debe?

La voz de Asteria volvió a sonar, fuerte e implacable bajo la lluvia.

—Al aura…—murmuró Endimión, limpiándose la sangre y el lodo del rostro.

—Exacto—concedió Asteria—El dominio del aura es lo que permite a las senshis atacar con la potencia y la velocidad en que lo hacen. El poder para destruir las mismísimas estrellas, la velocidad que solo la luz puede lograr… ¡Eso es una senshis!

Endimión puso todo su cuerpo en tensión al ver como su maestra volvía a acercarse a él. No mostraba señal alguna de agotamiento, pese a haber utilizado el Meteoro Atómico tantas veces en tan poco tiempo.

—Solo el control absoluto del aura te permitirá reaccionar ante ataques de este nivel—continuó Asteria—Solo a través de su comprensión podrás atacar con el mismo poder y velocidad. ¿Eres consciente de que los centinelas de Chaos poseen esta misma habilidad también? Deberás ser capaz de hacer lo mismo si quieres enfrentarlos…—Asteria se detuvo, mirándolo severamente— ¡Ahora muéstrame todo tu poder, Endimión!

Endimión gritó.

Tensando los brazos como si fueran cuerdas de acero y echando la cabeza hacia atrás, Endimión dejó escapar un feroz grito mientras su aura estallaba al máximo. No estaba seguro de poder lograrlo, no estaba seguro de ser capaz de quemar su poder, pero aún así puso absolutamente todo su ser en ese ataque. Su aura ardió como jamás lo había hecho antes, dotándolo de un poder que iba mucho más allá de lo que el más poderoso general podría logar. Cuando echó el hombro hacia atrás, con la mano empuñada, se sintió más poderoso que nunca en su vida.

— ¡Cometa Lunar!

Endimión arrojó un puñetazo que dispersó el agua de la lluvia como si fuera una ola. Su aura abrió un profundo surco en la tierra cuando su golpe avanzó hacia una impasible Asteria. Una Asteria que ya no estaba allí. Endimión observó incrédulo como su ataque impactaba de lleno contra el otro extremo del coliseo, levantando una increíble columna de polvos y escombros. Nuevamente, su maestra había sido demasiado rápida. Y él demasiado lento… No notó la presencia a sus espaldas hasta que ya fue muy tarde.

— ¡Meteoro Atómico!

Estaba completamente desprotegido, de espaldas a su atacante. Esta vez no pudo ni siquiera intentar prepararse para lo que venía. El poder de Asteria lo abrazó como una ola de calor hirviente, eléctrico, arrojándolo de cara contra la arena del coliseo. Endimión sintió como su cuerpo era arrastrado a través del lodo por una fuerza bestial, haciéndolo impactar contra los escombros que él mismo había provocado un segundo atrás. Como antes, su armadura no sufrió daño alguno, pero las cosas fueron distintas para él. De repente todo se tornó oscuro, y ya nada pudo ver, o sentir, aparte de la lluvia helada calándole los huesos.

Aquello era todo.

No podía hacerlo…

Lo había intentado pero había fracasado. No había manera alguna de que pudiera moverse a esa velocidad…no había manera de que pudiera concentrar semejante poder en sus manos. El aura de Asteria era inigualable. Su poder, algo inalcanzable. No volvió a moverse. Se sentía tan agotado, tan lastimado, tan abrumadoramente superado, que la perspectiva de rendirse a la oscuridad que poco a poco lo envolvía pareció lo mejor. Si…dormir. Dormir eternamente.

—Así que te has rendido…

La lluvia repiqueteaba estruendosamente en sus oídos, interminable, pero aún así pudo oír la voz de su maestra a la distancia. ¿Si se había rendido? No importaba… Solo quería dormir.

Silencio.

Si, mejor así.

Hasta que la voz sonó de nuevo.

—Veo que me equivoqué contigo, Endimión—un verdadero pesar inundó las palabras de Asteria—Cuando te conocí a ti y a Serena, hace ya ocho años, pensé que había algo especial en ti.

"Serena…"

—Eras tan pequeño…tal vez ya no lo recuerdes. Pero cuando yo irrumpí en el pueblo en llamas ese día, salvándolos a ambos de aquellos malditos asesinos, me di cuenta de algo…—Asteria hizo una pausa. Endimión apenas podía escucharlo—Tú mismo habrías podido destruirlos a todos si yo no hubiera llegado a tiempo, pues, durante un breve instante, menos de un segundo, pude sentir algo naciendo en ti. No eras más que un niño, pero aún así pude sentir la energía del universo brillando en ti. Me di cuenta de que habías despertado inconscientemente un aura de magnitudes gigantescas. Eso es algo que solo unos pocos logran sin entrenamiento, a una edad tan temprana. Por eso te traje aquí conmigo junto con Serena, aquella hermosa niña que creció para convertirse en nuestra Diosa.

—Serena…

Endimión se sorprendió de escuchar su propia voz. Era como si el simple hecho de hablar supusiera un esfuerzo sobrehumano. Asteria, no obstante, no lo escuchó.

—Era el destino, Endimión. Eso fue lo que me dije una y otra vez. Estaba destinado a hallarlos a ambos. Había encontrado a la mismísima Selene entre las cenizas de ese pueblo, y también a alguien…alguien que podría convertirse en mi sucesor como guardián del poder de la Tierra… ¡Alguien que tendría el poder suficiente para proteger a Selene!

Endimión movió apenas una de sus manos, cerrándola en un puño. Una muy cálida sensación, apenas un débil chispazo en la oscuridad, comenzó a formarse en su pecho.

—Pero veo que estaba equivocada—la voz de Asteria se volvió dura—Encontré a Selene, pero no a alguien lo suficientemente digno para protegerla. ¿Esto es lo que habría sucedido, Endimión? ¿Esto es lo que hubieras hecho si los centinelas del Dios de la Destrucción estuvieran aquí? ¿Te habrías rendido dejándoles el camino libre hasta nuestra diosa?

Endimión se incorporó. Lentamente, muy lentamente, hizo un inmenso esfuerzo para ponerse en pie, dejando que los escombros que lo cubrían cayeran hacia un costado. Solo unos segundos atrás le habría resultado imposible hacerlo, pero aquella extraña calidez, esa luz latiendo en su interior, le dio las fuerzas necesarias para hacerlo. ¿Si los habría dejado marchar hacia Serena? No. Jamás.

—No…—dijo con un tono de voz apenas audible, más para sí mismo que para alguien más. Pero lo necesitaba, necesitaba decirlo—No…

Asteria esbozó una muy tenue sonrisa, pero no se detuvo.

—Decías que querías tener el poder necesario para defender a Selene—acusó— ¿Pero crees que podrías hacerlo en estas condiciones? ¿Crees que serías un rival para Delta, o para Zell, quienes te derrotaron tan fácilmente en el pasado? ¡¿Sabes qué es lo que sucedería si solo tú estuvieras entre ellos y Selene?!

—Cállate…

Endimión apenas se escuchó a sí mismo pronunciar esas palabras. No quería aceptar lo que conllevaban. Era impensable. Él no lo permitiría. La luz latió con más y más fuerza, extendiéndose desde el centro de su pecho hacia sus extremidades, revitalizándolo. ¡No permitiría que nadie la lastimara!

—Moriría—las palabras de Asteria sonaron con la fuerza y la contundencia de un martillazo—Eso es lo que sucedería, Endimión. A pesar de todo tu discurso sobre jamás abandonarla, sobre ser más fuerte, sobre trascender, no serías capaz de defenderla. No así. Eso es lo que pasaría—la voz de Asteria se transformó en un susurro—Dejarías morir a Serena…

— ¡Silencio!

La luz estalló.

Endimión sintió que cada centímetro de su cuerpo era embargado por un poder inconmensurable, un poder tal que durante un segundo temió no ser capaz de soportarlo. Pero no fue así. La energía lo llenó como si fuera un río ardiente, inundando su cuerpo de una indescriptible sensación de omnipotencia. De repente, todo el dolor y el cansancio desaparecieron. Sus sentidos se agudizaron hasta volverse increíblemente agudos. El aura lo rodeó como si fuera una extensión más de él, ardiendo con una intensidad que solo había sentido al ver luchar a Pandora, guardián de Némesis. Y su armadura… Asteria lo notó antes que él mismo. Lo vio en sus ojos, que lo observaron sorprendidos.

La armadura del general brillaba como el oro.

Endimión se observó fascinado las manos, contemplando cómo cada una de las piezas brillaba con un inconfundible resplandor. ¡La plata se había transformado en oro!

—Bien, Endimión, muy bien…—Asteria lo observó fijamente a través de la lluvia, alzando su mano empuñada—Tu armadura, restaurada con la sangre de Minako, brilla como una armadura dorada, reacciona a tu energía. Eso significa que has logrado despertar el aura absoluto… ¡Veamos ahora si tiene el poder suficiente para proteger a Selene!—el descomunal aura de Asteria volvió a bailar a su alrededor, como si fuera un fuego dorado— ¡METEORO ATÓMICO!

Esta vez Endimión pudo verlo. Lo vio tan claro que se sorprendió de no haber sido capaz de verlo antes. El nuevo poder que lo embargaba, lo hizo reaccionar en forma automática, como si toda su mente y su percepción se hubieran ampliado. El aura estalló en su interior, acumulándose en un solo punto cuando lo liberó hacia afuera.

— ¡REVOLUCIÓN ESTELAR!

Una omnipotente esfera de energía brotó del puño extendido de Endimión, impactando contra la explosión de descargas eléctricas de Asteria. Durante unos instantes, el poder de ambos estuvo tensamente igualado, con la lluvia abriéndose en torno al choque de poderes en la forma de una inmensa esfera de agua. Endimión sintió como si estuviera intentando empujar contra un muro de acero solo con sus manos desnudas. Asteria era tan fuerte… Estaba seguro de que no estaba empleando toda su fuerza en el ataque, y aún así, su Meteoro Atómico comenzaba a ganar terreno, haciéndolo retroceder arrastrando los pies por el lodo. Todo el increíble poder que acababa de adquirir comenzó a menguar. Gritó cuando una descarga eléctrica escapó a la resistencia de su ataque, golpeándolo en la pierna. Endimión dobló una rodilla sobre el suelo, su armadura perdiendo poco a poco el espectacular brillo dorado que la había cubierto. No sería capaz de aguantar mucho tiempo…

"¿Qué es lo que sucedería si solo tú estuvieras entre ellos y Selene…?"

Aquello fue todo.

La última reserva del increíble poder latiendo en su interior estalló. Endimión gritó, gritó como nunca antes cuando absolutamente toda su aura, toda su vida, se acumuló en la punta de su puño. Su Revolución Estelar, aquella gran esfera de energía azulada, avanzó como si fuera impulsada por los mismísimos dioses, deshaciendo las descargas eléctricas que la contenían con escalofriante facilidad.

Asteria abrió enormemente los ojos cuando todo eso poder cayó sobre ella. Haciendo uso de toda su fuerza, alzó el brazo derecho para contenerla con la palma de su mano. Fue como sumergir el brazo en el mismísimo calor del sol… La energía generada por Endimión la hizo retroceder bruscamente sobre la tierra, a pesar de estar empleándose al máximo para contenerla. ¿Cómo era posible que hubiera liberado un ataque tan poderoso? Con una extraña mezcla de orgullo, fascinación y temor, Asteria comprendió que si no hacía algo pronto aquella increíble energía estallaría sobre ella, incapaz de ser contenida por más tiempo. No quería siquiera pensar en las consecuencias.

—Basta de juegos…—murmuró para sí misma.

Endimión apenas acababa de despertar todo su poder. Ella, en cambio, lo dominaba completamente desde hacía años. Era capaz de hacer arder su aura hasta límites que incluso otras senshis encontrarían difícil igualar. Y eso fue lo que debió hacer para contrarrestar el ataque de un general. Asteria soltó un grito desgarrador, presionando hacia adelante con absolutamente toda la fuerza de sus sentidos. Inmediatamente, la masa azulada en que se había transformado el ataque de Endimión retrocedió, repelido por su titánico poder. Asteria se preparó para alzar su brazo, dispuesta a empujar hacia arriba aquella destructiva acumulación de poder.

Entonces la energía estalló.

No sintió demasiado el dolor, al menos no tanto como el asombro que recorrió todo su cuerpo como si fuera un baldazo de agua helada. Asteria trastabilló, retrocediendo varios pasos con su mano izquierda sujetándose la muñeca. Todo el brazo derecho sangraba y humeaba desde la punta de los dedos hasta el codo. Sin embargo no fue aquello lo que la sorprendió hasta el punto de casi asustarla. Había algo más…algo tan increíble como alarmante.

Asteria alzó su brazo derecho, observándolo a través de la lluvia. Desde la muñeca hasta el codo, el brazal de su armadura había desaparecido.

Una sagrada armadura de senshi…destruida.

Por el rabillo del ojo pudo ver los fragmentos esparcidos por el suelo, casi enterrados entre el lodo. El ataque de Endimión no solo había superado al suyo, deshaciéndolo en pleno aire, sino que había logrado destruir su armadura. Una de las doce armaduras sagradas.

Sintió un escalofrío muy distinto al provocado por la lluvia cuando giró la cabeza hacia Endimión. El joven se encontraba boca abajo en el suelo, inconsciente.

Desconocedor de la magnitud de lo que acababa de hacer.

.

Amy observó en silencio a su amiga, como si evaluara si debía creer o no en lo que acababa de escuchar de sus propios labios. Hacerlo supondría reconocer algo inconcebible.

—Es la primera vez que veo una armadura de senshi destruida…—murmuró, examinando con atención el brazo derecho de Asteria—En realidad, es la primera vez que veo a una de las doce armaduras dañadas.

Asteria esbozó una leve sonrisa. A pesar de lo que acababa de contarle, no parecía para nada asombrada o intranquila.

— ¿Podrás repararla, verdad?

Amy le echó una larga mirada antes de responder.

—Debería ser capaz—declaró finalmente, soltándole el brazo—Como te acabo de decir, jamás había visto una de las armaduras sagradas dañadas. Nunca he intentado restaurar una… Aún así, los principios básicos siguen siendo los mismos—asintió, intentando ocultar el asombro que la embargaba—Debería poder repararla.

Asteria también asintió, soltando un largo suspiro. Durante un largo instante, no hicieron más que contemplar el paisaje del Santuario, silentes bajo la suave llovizna que las acariciaba.

—Eres consciente de lo que esto significa, ¿verdad?—soltó por fin Asteria, sin mirarla.

Amy lo pensó. Claro que era consciente. Pero aún así le costaba creerlo. A pesar de tener la prueba ante sus ojos, el mismísimo brazal despedazado, le costaba creer que Endimión…

—Al principio, cuando nuestros poderes chocaron, fue solo la fuerza de alguien que recién comenzaba a vislumbrar el aura absoluto—Asteria habló en tono calmo, sin despegar la mirada del horizonte—Durante los primeros segundos, pude haber contrarrestado sin problemas el ataque de Endimión. Había logrado hacer que despertara el poder final, aunque para ello debí recurrir a métodos muy bajos—Asteria sonrió tristemente—Endimión no va a estar para nada contento conmigo luego de todo lo que le dije para provocarlo. Pero era necesario…

—Creo que de haberlo contrarrestado cuando aún eras capaz, no estarías aquí en este momento pidiendo que repare tu armadura…

La senshi de la Tierra asintió, distraída.

—Quise ver hasta donde era capaz de llegar—explicó—Continué presionando hasta que él se dio cuenta de que no tenía oportunidad de superarme. Estaba a punto de deshacer mi ataque cuando ese…poder…brotó de Endimión como si fuera un volcán en erupción—la tranquila mirada de Asteria se endureció—Tuve que recurrir absolutamente a todo mi aura para evitar que me volara el brazo en pedazos, ¿puedes creerlo? Y aún así…

—Aún así fue capaz de hacerle esto a tu armadura.

Asteria no dijo nada. Amy la miró de reojo. Parecía tan pensativa como ella.

"Eres consciente de lo que esto significa, ¿verdad?"

La pregunta volvió a sonar en la mente de la senshi de Mercurio. Y no pudo más que contestarla.

—Las armaduras sagradas fueron construidas para perdurar eternamente—dijo en voz baja—Nada puede destruirlas. Teóricamente, temperaturas extremas, podrían llegar a romperlas tras un largo tiempo de exposición. Pero fuera de eso, nada salvo…salvo…

—Salvo el poder de un Dios.

Fue Asteria la que dijo lo que ella no se atrevía.

Y era cierto.

Solo los dioses eran capaces de destruir una armadura sagrada. Fuera de eso, el solo hecho de generar una simple cuarteadura supondría una hazaña increíble. Pero el brazal estaba hecho pedazos. Había sido destruido por el poder de Endimión. Amy volvió a mirar a su amiga. Se veía tan tranquilo…

—Asteria…esto quiere decir que…

—Que Setsuna estaba en lo cierto—Asteria sonrió—Durante un segundo, Endimión fue capaz de alcanzar un poder cercano al de los dioses…

. . .

Todo estaba muy, muy oscuro. Nada que no fuera una negrura absoluta podía verse en todas direcciones. No había suelo, no había techo ni cielo; no había muros. Nada. Estaba de pie en un espacio oscuro y vacío, infinito, como si flotara en medio de una noche sin luna ni estrellas. Endimión observó de un lado a otro, confundido. ¿Dónde diablos se encontraba? Lo último que recordaba era…era…

¿Qué?

Frunció el ceño, esforzándose por recordar. Podía ver una colisión, un brillante y poderoso choque de energías. Si…eso era. Él hacía un esfuerzo sobrehumano para no ceder ante la presión contraria, la cual caía sobre él como una avalancha. Era muy importante que lo hiciera. Era muy importante que controlara el poder que estaba utilizando para resistir ese choque. ¿Pero por qué?

—Asteria…—susurró, sorprendiéndose del estruendo de su propia voz.

Aquel lugar era tan oscuro y silencioso que incluso el más leve susurro se escuchaba como un grito. La oscuridad también era extraña. ¿Por qué, si todo lo que lo rodeaba era un vacío negro, podía verse las manos? Era como si su cuerpo brillara tenuemente en la oscuridad. Eso lo hacía todavía más extraño. Fuera de él mismo, no había absolutamente nada allí.

Volvió a centrarse en sus recuerdos. Ahora todo era un poco más claro. Había sido Asteria… Cumpliendo con su petición, su maestra lo había enfrentado en un combate real…solo así podría despertar la esencia final del aura. ¿Lo había logrado? No supo responder. Si lo había conseguido… ¿Qué hacía allí entonces? Ese lugar era como…la nada misma. Un escalofrío lo recorrió de pies a cabeza. ¿Acaso…? ¿Acaso había muerto?

Echó a andar a través de la oscuridad, sin estar seguro de que era lo que debía hacer. No parecía haber nada bajo sus pies y sobre su cabeza, aparte de aquella negrura infinita, pero el suelo se sentía solido. Así que caminó. Caminó durante lo que parecieron horas, con la extraña sensación de no estar avanzando, de no estar yendo a ningún lugar. Sus pasos no hacían sonido alguno. No había más que silencio allí; silencio y oscuridad. Por eso se sobresaltó cuando vio aquella delgada línea de luz en el horizonte.

Endimión se detuvo en seco, mirando con atención hacia adelante. En el medio de la nada, un finísimo haz de luz se elevaba hacia arriba. ¿De qué color era? Durante un segundo le pareció que era blanca. Luego pasó a ser dorada, y finalmente de un tono rojizo. Endimión echó a correr en aquella dirección, ansioso. Algo en su interior le decía que debía llegar a la luz. Era importante.

Tardó lo que parecieron otras largas horas en llegar, y lo que vio lo hizo detenerse por completo. Había algo clavado en el suelo de la oscuridad. Una vara larga y delgada de color negro, con una hermosa y ornamentada punta de oro. ¿Provenía de allí la luz que había visto antes? No lo parecía. Aquel objeto no emitía resplandor alguno, ni blanco, ni dorado ni rojizo.

De repente, casi sin proponérselo, Endimión se acercó lentamente. Era curioso. No habría sabido decir por qué, pero de pronto sintió unas ganas irrefrenables de tocarlo… Era importante. Estiró la mano muy lentamente…solo un poco más…

Endimión abrió los ojos. La luz de la habitación era tenue, pero aún así fue como si de repente lo hubieran puesto de cara contra el sol. Se echó una mano sobre el rostro, intentando cubrirse.

—Al fin despiertas…

Esa voz…

Endimión retiró la mano, topándose con un par de grandes y hermosos ojos azules.

— ¿Serena?

La reencarnación de Selene le sonrió dulcemente, asintiendo con la cabeza. Endimión notó que estaba recostado entre sus brazos. Miró a su alrededor, sorprendido. Serena estaba sentada en los pequeños escalones que llevaban hacia el trono del patriarca, el cual se alzaba imponente tras ellos. Endimión reposaba entre sus brazos, con la cabeza apoyada sobre sus piernas. Un leve rubor encendió su rostro al notarlo.

—Has dormido un día entero—susurró la muchacha, sin dejar de sonreírle—Estaba preocupada por ti.

Endimión tuvo problemas para responder. Durante unos cuantos segundos, no hizo más que observar el rostro de Serena. Siempre había sido sumamente hermosa. Sus ojos eran de un azul claro, con diminutas motas plateadas brillando alrededor de las pupilas. Los largos cabellos dorados enmarcaban un rostro ovalado y sonriente, con pómulos altos y nariz respingada. Endimión sintió que se quedaba sin aliento. Ella amplió su sonrisa.

—Te ves adorable cuando duermes, ¿lo sabías?

Endimión se sonrojó.

—Nunca me lo habían dicho antes…

—Murmurabas algo hace unos instantes. ¿Un mal sueño?

—Uno bastante extraño…—respondió distraídamente, observando de reojo la gran recámara del patriarca— ¿Qué hago aquí?

—Asteria te trajo ayer por la noche.

En ese momento Endimión volvió a la realidad.

— ¿Asteria?

—Si…no sé qué fue lo que sucedió exactamente, pero estabas muy lastimado…

Era cierto. Asteria lo había atacado una y otra vez con una de sus técnicas más poderosas. De no haber sido por la armadura que Amy le había reparado, habría muerto sobre la arena del antiguo coliseo… Sin embargo, no se sentía herido en absoluto. Tenía el cuerpo pesado y la cabeza le daba vueltas, pero fuera de eso parecía estar bien. ¿Acaso ella…? Sonrió.

— ¿Has sido tú quien ha curado mis heridas, Serena?

La joven se ruborizó, apartando levemente la mirada.

—Si…—afirmó titubeante—Asteria estaba preocupada, por eso te trajo directamente hasta aquí. He utilizado mi aura lo mejor que pude para sanarte.

—Y lo has hecho muy bien—sonrió Endimión—Como en aquella ocasión…

Ambos guardaron silencio. No olvidaban que ella había cuidado de él la noche que Delta invadió el Santuario. El centinela lo había dejado al borde de la muerte, y fue Serena, con su poder divino, quien lo trajo de vuelta a la vida. Endimión sonrió al recordarlo, tomándola suavemente de la mano.

—Gracias—susurró.

Dos veces lo había salvado, dos veces había cuidado de él. Sin embargo las cosas serían distintas ahora. Podía recordar a la perfección lo que había sucedido en el antiguo coliseo, en medio del lodo, la lluvia y los terribles ataques. Había superado la dura prueba impuesta por Asteria. Finalmente había despertado el aura final.

"Ahora, seré yo quien te proteja, Serena…" se juró a sí mismo, apretando suavemente la mano de la muchacha.

Serena le sonrió con todo el rostro, entrelazando los dedos con los suyos.

—Ahora y siempre, Endimión…

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Continuará…

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Mary Yuet: Como siempre muchas gracias, por seguir mi historia, tus reviews me hacen seguir adelante. Se acerca la gran batalla, y muchas cosas mas para Michiru y las demás.

malkav-iztli: Muchas gracias por tu review. Me encanta que te gustaran las sailor que invente. Siguen muchas cosas y batallas.