¡Sííiííí por fiiiiiiiinnnnn! *tono de villana de Disney* ¿Qué tal estáis? Sé que he tardado mucho en actualizar, me disculpo por eso; en contraposición, este capítulo es por lo menos un 50% más largo de lo habitual, así que espero que la tardanza se vea compensada (al menos un poquito *risas*). De algún modo, este fic logró superar el umbral de los setenta reviews desde que actualicé por última vez hasta ahora, y no podéis ni imaginar lo que eso significa para mí; de verdad, de verdad, muchísimas gracias de todo corazón. A veces me cuesta sentarme a seguir con esto, pero cuando leo y releo vuestras palabras (porque sí, lo hago cuando estoy triste o necesito ánimos), me nace una sensación genial que me impulsa a seguir. Así que gracias, una vez más. Para no ser más pesada, que lo que importa de verdad es el fic *risas*, contestaré a un par de comentarios y me callo de una vez.

Ly chan: ¡Hola! ¡Muchísimas gracias por tu review! No te preocupes por atrasarte algún capítulo, es decir, yo tardo meses en actualizar, jajajaja. Leer que pudiste sentir las notas salir del violín y que incluso te llegó la felicidad, el agobio o el impacto por lo de Feliciano es muy importante para mí, dado que un objetivo principal de este fic es lograr transmitir sensaciones y sentimientos. ¡Tus comentarios me hacen tan feliz! Espero que este capítulo esté a la altura y también consiga dejarte inmersa, y prometo seguir esforzándome en el futuro *inclinación elegante*. ¡Por cierto! Aprovecho para agradecerte aquí también tu review a uno de los one-shot de SnK, ver que leíste otro de mis fics me hizo mariconear harto *risas*.

108LB: ¡Ya estoy aquí! ¡Me invocaste! Gracias de todo corazón por leerme, aunque así de breve tu review con la petición de que volviera me hizo muy feliz. ¡Espero que te guste como sigue!

Y con esto, a leer:

Los personajes históricos que aparecen en esta historia han sido mencionados siempre desde el respeto.

Disclaimer: Hetalia Axis Powers y sus personajes son propiedad de Hidekaz Himaruya.


Künstlerleben: Es war so wunderschön

Capítulo Duodécimo

Era ya mediodía cuando se apareció en el salón de música; transcurrida una semana desde que finalmente sucumbiera a los dulces y melifluos brazos del sueño al salir el sol tras su largo departir con el señor Edelstein en la nocturnidad, esos últimos días dedicaba su tiempo a practicar por la tarde, siendo que Feliciano Vargas ocupaba el tiempo del anfitrión por la mañana. El hecho de que a esto se le sumara el factor de que los visitantes aprovechaban las tardes para salir hacía de ese tiempo tranquilo el mejor a ojos del suizo, quien no gustaba de tener a nadie ajeno inmiscuido en sus quehaceres. Cenaban todos juntos por las noches, y no tardó en formarse un aura de familiaridad que el rubio trataba de mantener discretamente apartada; toda aquella gente se conocía de antes y él sentíase más extranjero que nunca rodeado de alemanes, húngaros o italianos. El señor Vargas no parecía discriminar a conocidos de desconocidos, hablaba abiertamente y en abundantes casos sin meditar mucho sus palabras, lo que le valía continuos reproches de Ludwig Beilschmidt. El castaño bajaba la cabeza y juntaba mucho los labios, mas inefablemente acababa aflorando a su rostro una sonrisa que precedía a una nueva conversación apasionada. Contra todo pronóstico, era Feliciano el hombre con el que más a gusto se sentía nuestro héroe, no sabiendo ni él mismo el porqué. Lo encontraba en todos los aspectos una persona encantadora, y su inocencia no traslucía sino benevolencia. Parecíale increíble tener que considerarlo como un rival, si bien, de vez en cuando, un fuerte latir agitaba su corazón al darse cuenta de que la persona que tenía delante era la misma que había tocado tan magníficamente en el salón. Se preguntaba si tenía derecho a codearse con esas personas, y la presión le oprimía el pecho; es ésta pues una sensación repentina, momentánea, que nos acucia cuando vemos al mundo transcurrir en perfecto orden y con maravilloso hilo de los acontecimientos sin estar nosotros haciendo nada para que esto sea así. Tal es el espanto, tan innecesario se siente uno, que termina por concienciarse de que no es una presencia necesaria para nadie. Nota el pulso en la garganta, la urgencia de salir corriendo; no lo hace, porque sería darse la razón. Como Vash, uno calla discretamente y se dedica a escuchar.

No era tanto Feliciano Vargas como los dos militares el motivo de su incomodidad. La agitación que pudiera producirle el italiano era fácilmente disipada, puesto que según para qué menesteres necesitaba una concentración que le arrancaba de sus miserias. Sin embargo, los alemanes eran hombres serios y de aspecto inteligente, con apariencia de llevar gran bagaje cultural a sus espaldas. El menor era hombre parco en palabras, aunque el suizo sentíase a menudo solidario para con él. Tratando de imponer orden y educación, sufría mucho tratando de controlar los extraños caminos que tomaba el trayecto vital del italiano; claro era que estaban muy unidos, notábase entre ellos un vínculo especial. Solía reprender también al austrida, sabiendo de buena mano que era el señor Edelstein en ocasiones demasiado ocioso. Tratando de ocultar su risa, Vash siempre se ponía de parte del alemán cuando surgían conflictos, a lo que el anfitrión hacía gesto de traición y le aseguraba ir a "acordarse de aquello, Vash". El alemán, por su parte, solía agradecerle sus intervenciones; no obstante no sabía Vash cuáles eran sus pareceres, porque, en lo concerniente a sí mismo y muchas de sus opiniones, Ludwig Beilschmidt era convenientemente reservado. Con todo, lo más implicado para con su persona que le escuchó decir fue que él, desgraciadamente y con la consiguiente disculpa, no tenía una gran sensibilidad artística y musical, con lo que manteníase de este modo al margen de lo que a Vash atañese. Se veía muy autosuficiente, una gran aspiración del suizo que, por encima de todas las cosas, le hacía sentirse inferior.

El mayor de los Beilschmidt, un militar intrínseco de cabellos muy claros y ojos de un perturbador color violáceo que se acercaba mucho al rojo, era el que más incomodaba a nuestro violinista con diferencia. Su mirada era fija y contundente, tanto o más que sus opiniones. Disgustaba profundamente a Vash la jocosidad de la que hacía gala en ocasiones, pues tenía la sensación de que todo lo que decía no tenía ni un ápice de broma; parecía que el señor Edelstein le resultaba antipático en muchas formas, así que no terminaba el suizo de comprender el hecho de que permaneciera en la casa en tan larga visita. Sabía que eran conocidos desde su más tierna infancia junto con la señora Edelstein, quien, por cierto, parecía a menudo violentada por la presencia del coronel. Se reivindicaba siempre como prusiano y dejaba lo de ser alemán para su hermano, a pesar de haber participado él en su adolescencia en la guerra por la creación del Imperio. Vash sabía que en aquellos años la armada de su país se movió para protegerse tanto de Francia como de Prusia, así que aunque a menudo le viniera la idea a la cabeza, rápidamente descartaba la vía militar como la causa por la que él pudiere suscitar tanto interés en aquel hombre, amén que de buena tinta sabía que en adelante no habían surgido más conflictos. Era otras veces frío como el acero, sentía esa mirada como la que le debiera corresponder en el juicio final, evaluando cada una de las acciones emprendidas; le inundaba, siempre y además, la sensación de que cuanto hacía era algo que no debiera haber acometido, la sensación de que, cuanto abordase o tratase de hacer, era siempre lo incorrecto. Pudiera ser este un parecer infundado, pero bien era cierto que ante el descaro del que siempre hacía gala Gilbert Beilschmidt, no solía decir nada en cuanto concerniese a Vash. Daba la impresión de que ese hombre se sintiera superior a todo el mundo, y ya fuese por azar o voluntad, lograba en ocasiones que pareciera realidad. Se mostraba sin embargo, y para mayor resalto de la percepción del helvético en cuanto a ser persona non-grata, muy familiar tanto con su hermano como con Feliciano.

Sintió el misántropo rubio que el señor Edelstein dábase perfecta cuenta de su incomodidad; al principio no creyó que fuera más que un espejismo, puesto que era él en ocasiones quien le ponía en las situaciones más incómodas, pero la última noche fue consciente de que, tal y como había leído su mente en otras ocasiones, lo había hecho en ésta. Gustaba de acompañarle hasta su habitación algunas noches, yendo un poco después si se daba que no coincidían sus horarios de retiro, para departir un poco. Roderich Edelstein se daba en esas ocasiones la confianza de tutearle, mientras que Vash tendía a llamarle por su nombre con mayor frecuencia; sin percibirlo, el austriaco, junto con todas sus rarezas, había pasado a ser una presencia tranquilizadora. La última noche se extendió un poco el coloquio, dado que de algún modo había decidido el anfitrión subir un par de copas y una botella de coñac.

Se sentaron a beber en sendos sillones en un aparte de la habitación; Herr Edelstein ofreció sus disculpas por presentarse tan de seguido y anunció que le invitaría a su alcoba con gusto, pero que no llevaba a cabo tal acto dado que la compartía con su esposa y, como cabía en la psique de cualquier hombre razonable, aquello era poco juicioso, elegante y sobre todo, considerado. Vash negó con la cabeza y le invitó a pasar al punto; no permitiría si estaba en su mano que nadie perturbase a la encantadora señora Edelstein. Departieron en francés; el austrida traía un pequeño librito en mano que le enseñó tras conversar con su invitado brevemente en su alemán natal acerca de lo comprensible que era sentirse incómodo al lado de Gilbert Beilschmidt. "Es notar su aura cerca y ya se embosca uno. Pero no se preocupe, a día de hoy creo haber colegido que le ocurre a todo el mundo." El rubio dispuso rápidamente de una excusa sintiéndose tan descubierto como culpable, preguntándose si sería para todo el mundo tan obvio su aquejamiento. No obstante, un pensamiento le asaltó de súbito.

—No parecen llevarse muy bien, ustedes dos. Es un hombre más parecido al señor Héderváry… Aunque supongo que quizás sólo lo piense porque ambos ostentan cargos militares.

—Oh sí, se parecen; se llevan muy bien. El problema con Gilbert es que es un hombre de acción; tiene una mente brillante, pero pocas veces le da por utilizarla de manera no unidireccional. En el fondo es buena persona, aunque haga todos esos esfuerzos por ocultarlo. Qué le vamos a hacer, no tiene él la culpa de ser prusiano. ¿Le apetece leer?

Acercó entonces el austrida su silla a Vash; bebieron un par de tragos de coñac mientras comentaban algunos de los títulos de la biblioteca del señor Edelstein ya leídos por el suizo, desviando así el tema anterior. Habló el moreno con gran gozo de las novelas de misterio a cada poco más habituales, encontrando en ellas un gusto afín con su invitado, a pesar de las corrientes modernas más al tanto de movimientos como el realismo. Finalmente, se ajustó el Herr las gafas, se deshizo de la casaca y se abrió los botones del chaleco a fin de encontrarse lo más cómodo posible; a Vash, que generalmente a esas horas ya se hallaba en mangas de camisa, este gesto familiar le aplacó los nervios. Abrieron el anhelado Le Tour du Monde en quatre-vingt jours de Julio Verne. Visto que el explicarse, y más a esas horas, resultaba tarea poco dinámica, propuso el suizo que su anfitrión leyera en voz alta mientras él, a su lado, trataba de seguir el ritmo. Era posible que quizás de este modo pudiese deducir conocimientos varios, pues siendo cierto que el idioma lo dominaba con holgada soltura, de a poco que no quedaba más que asociarles a las letras los sonidos.

Quedó pronto atrapado por la narración; acaeció la noche profunda casi sin darse cuenta. Si bien no leyeron mucho, la fantasiosa novela que se planteaba pronto disparó las imaginaciones del suizo. No es que simpatizase el rubio en exceso con el señor Fogg, le resultó en un inicio un tipo un tanto pretencioso (al que por cierto le encontraba no pocas similitudes con el hombre a su derecha); no obstante encontró mayor desagrado en los caballeros del Reform Club, y se ubicó inmediatamente de parte del flemático británico que había arriesgado la mitad de su fortuna. "Nunca te fíes de la gente que asevera que algo no puede hacerse", le dijo una vez su padre mientras leían los viejos cuentos que les había regalado. Quizá lo ambicioso del señor Fogg le resultaba más llevadero que el escepticismo del resto. Con todo y sin saber cómo, su mayor aprecio había ido a desembocar hacia Jean Passepartout. Se presentía un relato cautivante. Marchó el señor Edelstein tarde, tiempo después de que el último sirviente se hubiese acostado; se asomó Vash a la puerta para asegurarse de que llegaba bien a su destino, pues aunque no se hallaba ebrio, bien era cierto que no habían bebido precisamente poco. Algo torpemente pero sin sustos, escuchó por fin cerrarse la puerta del dormitorio principal.

Lo último que recordaba haber pensado tras la marcha del caballero fue que quizás lo más conveniente fuere levantarse, mas cuando abrió los ojos de aquel largo pestañeo el sol ya se alzaba alto en el cielo. Traspuesto, saltó de la cama y con dudosa estabilidad se dirigió hacia el cuenco de plata sobre la mesa de la esquina, que contenía el agua para asearse cambiada seguramente por alguna de las doncellas en la mañana. Decidió que era tiempo de afeitarse, quizás a fin de que de este modo el aspecto descuidado que presentaba esta mañana se aplacase un poco. Una vez medianamente compuesto, salió de su alcoba sin realmente desearlo a enfrentarse a la realidad que de seguro le esperaba en el piso inferior. Tuvo la fortuna de topar en el pasillo con Eirene, quien a pesar de ser consciente de que no faltaba mucho para la hora de la comida, cedió a la necesidad de alimentar a los jóvenes que empiezan a adquirir las mujeres de edad. Llevóselo consigo a la cocina donde le sirvió algo de chocolate y unas pocas pastas, que el suizo no encontró fuerzas para rechazar. Trató de permanecer en la cocina el máximo tiempo posible y huir así felizmente de la realidad, pero lo inevitable que había de ser el reencuentro con todos los visitantes de la pasada velada agudizaba la espera. Fue entonces cuando, vencido, se decidió a asomarse por el salón de música.

Como era habitual en aquella gran sala no había nadie; recordaba su confusión del primer día al acudir a ella en vez de a la sala de música, teniendo que venir el anfitrión en su ayuda. Paseó las manos por los atriles y se acercó hasta la mesa en la que dejaba su violín, siendo que, a pesar de su equivocación primera tiempo ha, había terminado por tomarle especial aprecio a ese lugar. No sabía por qué, en ese salón podía sentir la presencia de la música en su mayor plenitud; podía sentir a Wagner, podía sentir a Liszt, podía sentir al mismo Offenbach e incluso al fallecido Strauss. No es que hubiera dispuesto de salas como ésa en muchas ocasiones, pero los instrumentos y atriles allí dispuestos desprendían una calidez y familiaridad que sentía incluso llegaban a abrigarle. Sentóse en la silla más cercana al piano, abriendo la tapa de su estuche de interior azul aterciopelado y sacando el arco y la resina para preparar las cerdas del mismo. Probó a cambiar la tensión de las hebras; era esto en él un detalle habitual, bien fuera porque su pasión de ejecución hacía que se destensasen al final del día, bien porque gustaba de probar el efecto que diferentes aplicaciones de tensión generaban en las piezas que tocaba. Para él era una diversión sencilla, no dándose cuenta de que la intriga es el primero y más importante paso hacia el conocimiento.

Sacó el violín y comenzó a afinarlo tañendo primero las cuerdas, y ajustando a posteriori más finamente las cuatro notas básicas a base de arco. Tenía buen oído, capaz de discriminar menos de un semitono respecto a la nota exacta, por lo que este proceso nunca se alargaba en demasía. Le ofreció el señor Edelstein en su día el libre uso del piano si aquello le pudiera servir para facilitar la tarea, mas, curiosamente, esto generaba en Vash más confusión que el carecer de cualquier otro instrumento con el que comparar. Con mucho, guardaba con cariño un diapasón que en su día le regalara Richard Wagner. Decidido a evadirse un rato, eligió algo de Vivaldi para dejarse llevar; siempre era agradable tocar algo de Vivaldi. Se detuvo, no obstante, al ver una figura asomada en la puerta.

—Disculpe, no quería detenerle —se disculpó sonriendo y llevándose una mano a la cabeza el joven de cabellos claros—; es molesto que le interrumpan a uno cuando lo está pasando bien.

—Oh, no, no se preocupe —contestó algo violentado el suizo bajando el instrumento—, sólo calentaba.

—¿Le gusta Vivaldi?

—Sí... Creo.

—¿Cree? —inclinó el italiano la cabeza hacia un lado— Es usted un tipo divertido, ve.

—Ah, bueno… —contestó trastabilladamente por culpa de la vergüenza— Es que no conozco muchos trabajos suyos, al margen de Las Cuatro Estaciones. Me encantan esas cuatro piezas, pero si me saca usted de ahí no sé qué decirle. Mi maestro tenía por costumbre, además y siempre que se acordaba, borrarme los nombres de los autores de las partituras para que no adquiriera aprecio o desestima por ninguno en particular.

—Oh, ¡vaya! Debe de tener entonces usted un oído estupendo, de cara a reconocer piezas de distintos autores —rió Feliciano—. Qué envidia.

—¿Envidia?

La incredulidad poseyó por momentos el espíritu del suizo; ¿envidia? ¿De él? ¿Cómo podía ser aquello? A él ese detalle siempre le frustró por sumirle en la incultura. Ciertamente, le resultaba altamente inverosímil que existiera la posibilidad de que alguien en el mundo pudiera envidiar alguno de sus atributos personales, es decir, cualquier cosa más allá de poseer qué comer y dónde dormir caliente. Que alguien como Feliciano Vargas envidiase una de sus cualidades era tan inconcebible que se quedó callado sin saber qué contestar ni qué hacer. El italiano se acercó hacia el atril y echó un vistazo a las partituras de Vash después de que al preguntarle el rubio asintiera levemente; exclamaba cosas o movía la cabeza; tarareaba o hablaba bajito para sí en algunos momentos; a veces se reía solo.

—…¿Sabe dónde se encuentra el señor Edelstein? —inquirió entonces el helvético casi sin percatarse, preguntando al italiano en cuanto le surgió la duda.

—Salió en la amanecida con Eli y Gilbert; iban a ir a ver a los señores —contestó sonriendo pero sin mirarle, mientras, ya sentado en una silla, aún miraba con especial brillo las partituras. Se dio cuenta entonces de que aquel joven no tenía por qué entender nada de lo que decía, y procedió a matizar—. Los padres del señor Austria; ellos viven en las afueras, al otro lado de la ciudad. Esta casa fue el regalo de bodas que de hecho hicieron a sus hijos.

—Oh, vaya, no tenía ni idea. Roderich no habla mucho de su familia, y jamás les he visto entre las visitas; claro que eso se deberá en gran parte a que no tiendo a mezclarme en sociedad ni eventos siempre que tengo la oportunidad de escapar.

Dióse entonces repentina cuenta de su franqueza y trató de corregirse inmediatamente.

—Quiero decir, no es que…

—Ya, ya, tranquilo —rió el castaño—; Lud es igual. Pienso que se llevarían bien ustedes dos… En cualquier caso no se preocupe, que el señor Austria tiende a no hablar mucho de su familia; antes discutían mucho —le confió haciendo un aspaviento despreocupado con la mano. Prosiguió entonces con tono jocoso—: De hecho antes de marchar se ha bebido un par de copas, asegurando que debía ir preparado para poder aguantar…

Una carcajada espontánea se vertió desde el interior de Feliciano Vargas y le impidió continuar; recordaba la mañana ajetreada que habían tenido los tres interesados, de un lado a otro sumidos en completo caos, y le sorprendía que al final los dos hombres y la mujer hubieran abandonado la casa bien vestidos y arreglados. Vash se sentó a su lado; no gustaba de mirar desde arriba a su interlocutor. Dejó el arco a un lado y tomó el trapo que guardaba en la funda de su instrumento, decidiendo que aquél era un buen momento para cuidar un poco a su Stradivarius y darle una concienzuda y esmerada limpieza.

—¿Puedo hacerle una pregunta… que me reconcome desde hace días? —preguntó el suizo.

—¿Eh? ¡Sí! Sí, claro, adelante.

El italiano pareció entusiasmado de que el rubio quisiese entablar conversación con él, cosa que Vash percibió al ver los esfuerzos que hacía por proseguir hablando de forma más calma.

—Perdone, es que de algún modo me hace gran ilusión que usted confíe en mí aunque sea para una pequeña pregunta. Le encuentro muy reservado y tampoco quería ser demasiado efusivo, ya que Ludwig me explicó que eso es violento para algunas gentes… Pero tenía ganas de que fuéramos amigos —contestó, erguido en la silla y mirándole con ilusión, mientras unía las yemas de sus dedos de manera intermitente; sus mejillas se veían ligeramente más sonrosadas que antes.

—… ¿Quiere que seamos amigos? —preguntó tan sorprendido que poco faltó para que se resbalara de sus manos lo más preciado que tenía en el mundo.

Feliciano asintió efusivamente, mirándole entusiasmado. Vash sintió cómo una especie de sentimiento abullonado comenzara a hincharse en su interior, suave, cálido, abrigado. No sabía responder, su cuerpo no sabía qué hacer o cómo actuar. Jamás en la vida había tenido un amigo. No es algo que hubiere lamentado, simplemente no se había dado la ocasión. No consideraba al señor Edelstein un amigo, por algún motivo. No era un amigo, no era un conocido; era… El señor Edelstein; de algún modo tenía una categoría para él mismo, como la tenía, por ejemplo, su hermana. No obstante, la sensación repentina de que alguien por su propia voluntad y decisión quería estar con él y compartir sus cosas, dicha o desdicha, completó un vacío desconocido que humedeció ligeramente sus ojos, obligándole a fruncir el ceño y frotar más fuerte la madera cubierta de resina. Pensó en la historia que le había contado su anfitrión respecto al veneciano y se preguntó si no se molestaría si aceptaba, y casi al mismo tiempo se sintió profundamente honrado de que alguien como el castaño, de su nivel e independencia, quisiera unir sus devenires con él.

—…Claro, me encantaría —asintió lentamente.

—¿De verdad? ¡Eso es genial!

Feliciano hizo amago de abrazarle pero algo debió de venirle a la mente en el camino, porque se detuvo a mitad de su intención y se corrigió tendiéndole la mano. Vash esbozó lo más parecido a una sonrisa que era capaz de formar su rostro; se limpió los restos de resina en el pantalón y aceptó la amistad de Feliciano Vargas.

—¿Y? Dígame, ¿cuál era la pregunta que quería formularme?

—Oh, cierto. Verá, el punto es… Que desde la primera noche que vino usted aquí no dejo de darle vueltas; ¿podría usted explicarme por qué es que llama a Roderich por el apelativo señor Austria?

—Oh, eso… Bueno, qué diablos, se lo contaré. Eirene, ¿nos traerías algo de beber? Un café, y algo del gusto de… ¿Puedo llamarle Vash?

El suizo asintió, y pidió una taza de leche con miel a Eirene que marchó a la cocina al punto.

—¿Qué no le parece a usted que Rode es el perfecto austriaco? —rió— Se adapta a casi todos los clichés que uno pueda tener de los austridas, es increíble. Aún a día de hoy me parece increíble que le adjudicara ese nombre con semejante tiento —pareció rememorar con cariño.

Vash calló un momento mientras sopesaba las palabras de su compañero, inclinando la cabeza y rememorando el último año y medio. Bien era cierto que el señor Edelstein era como la pura representación de lo que Austria, en sí mismo, emanaba: amor por el arte en todas sus formas, testarudez serena, preocupación por el dinero y el eco de descender de una familia con un gran pasado. Debió de percibir el italiano el ligero asentimiento que hizo acompañado de una pequeña sorpresa, pues interrumpió el cauce de sus pensamientos un alegre:

—¿Ve? ¿A que sí?

Rió mientras giraba a agradecer a Eirene el café, al que le dio un sorbo que pareció transportarlo al mejor de los paraísos.

—No se crea tampoco que ha cambiado mucho —asintió en un suspiro feliz—. Siempre ha sido diferente y destacado en abundantes materias… Siempre ha ido a contracorriente, en eso es un hombre valiente; actúa casi siempre guiado por los impulsos del corazón, ¿verdad? Fiel a sí mismo. Es como si le diera todo igual, e hiciera simplemente lo que viene en gana en cada momento.

—Ciertamente —concedió Vash.

—Eso está bien. A mí, esa personalidad suya me salvó la vida.

Feliciano dio un sorbo al café, y Vash imitó el gesto con su respectiva taza. No sabía si preguntar, disculparse o congratularse, no teniendo tampoco muy claro si era un sentido literal o figurado. Quedose mirando fijamente el líquido blanco que humeaba en la preciosa porcelana que tenía entre los dedos, dejando que el silencio obrase lo que él se sentía incapaz de hacer. Por suerte, no parecía el italiano incómodo ni reservado; se leía en su rostro un aire de nostalgia, si bien aún sonreía.

—Nací en una época tumultuosa para Italia, en pleno Risorgimento. Mi familia era del sur, de Nápoles, pero yo nací cerca de Milano, adonde se hubieron de mudar sintiendo el peligro de los conflictos por la unificación. Ese año fue coronado el rey, así que en ese aspecto todo indicaba la paz venidera. No obstante, había hambre y retazos de la guerra por donde uno pudiera mirar… Mi padre murió en la guerra, y madre murió poco después de que yo naciera; no podía alimentar a sus hijos y a su propio cuerpo, así que la falta de nutrientes la hizo enfermar hasta que no tuvo remedio. Se encargó entonces de mí y de mi hermano nuestro abuelo, con el que tuvimos que ir viajando a muchos lugares dado que era un reputado militar. Aquella época era divertida —rió—, mi hermano y yo lo pasábamos bien; él siempre se enfadaba por todo, ¿sabe? Llevaba el ceño fruncido a todas partes y se quejaba hasta del color del cielo si le dejaban, pero a mí me hacía mucha gracia. Se enfadaba conmigo y me daba patadas, pero en el fondo era un buen hermano, para mí era el mejor.

»Por desgracia, cuando yo tenía 5 años, comenzó una vez más en Italia la guerra. Era ya la tercera guerra de independencia, y tuvimos la mala suerte de estar o vivir en el lugar equivocado en el momento equivocado: Lombardía. Un día mi abuelo se marchó al frente obedeciendo órdenes, enfadado con La Marmora, un general a quien respetaba muy poco pero que desgraciadamente tenía un rango superior. A nosotros no nos quiso decir qué estaba ocurriendo, sólo nos dijo que tenía que ir al frente para arreglar los desastres que ese hombre haría si le dejase solo, y que volvería en pocos días. Recuerdo que mi hermano se enfadó mucho… En cualquier caso, con razón. No volvimos a ver al abuelo desde aquel día.

Vash escuchaba con pasmo la historia del italiano, incapaz de seguir ingiriendo nada. La vida del alegre Feliciano Vargas había sido muy dura desde los primeros momentos, perdiendo a su familia siendo muy joven. En cierto modo, empatizaba con su nuevo amigo; daba gracias, empero, de la familia de la que la Providencia le hubo dotado, sintiéndose un hombre afortunado, cosa que no a menudo había de sentir en su vida y que, cuando se percataba de ello, le abrigaba el corazón. Cierto era que el suizo, con todos los devenires que hubo de tomar el camino de la vida que decidió andar, jamás se había lamentado de su desgracia o desafortunado destino. Tampoco era un hombre resignado; era quizá hombre conforme, con la vista puesta en un punto tan lejano que no le permitía sentir el dolor que las esquirlas del camino creaban en sus pies.

Maravillábase de ser digno de que el talentoso violinista le estuviese hablando de su historia. Mientras contaba retazos de su vida, Feliciano siempre sonreía. Daba igual lo tan triste que resultaba su historia, sus ojos desprendían alegría, amor por la vida, tranquilidad, calma. El suizo empezaba a comprender por qué se sentía tan fascinado por ese hombre.

—Mi hermano, al ver que no volvía, se hizo responsable de los dos en la medida de lo posible. Estuvimos vagabundeando por el norte de Italia durante semanas. Queríamos tomar un tren que nos llevara a algún lugar mejor, quizá Suiza, o Francia, no lo sé. Estuvimos robando y ahorrando para tener algo en nuestro lugar de destino, y no obstante… No obstante un día unos hombres aparecieron; creo que nos buscaban para vendernos en el mercado negro. Salimos corriendo hacia la estación de tren. Allí mi hermano me infiltró como polizón en el vagón de carga, pero cuando se fue a meter él, el tren comenzó a moverse, y aquellos hombres de la mafia lo alcanzaron. Yo marché con el tren, y Lovino se quedó en tierra. Espero que se encuentre bien… —apuró el café— Me pregunto si se habrá casado —pareció ocurrírsele de golpe.

El rubio tragó saliva, al ver por primera vez un retazo de tristeza atravesar el rostro de Feliciano. No obstante, su sonrisa última traslucía de algún modo que, doquiera que estuviere o pasare lo que pasare, confiaba plenamente en la integridad de la salud de su hermano. Pensó en si su hermana se preocuparía por él de igual forma, y acordóse de que sería bueno escribirlas. No hablaban mucho, apenas habían intercambiado tres o cuatro cartas, pero seguro que les congratulaba recibir buenas noticias y algo de dinero, en cuanto le fuera posible.

—Se preguntará que por qué le cuento cosas tan tristes, lo siento mucho —se disculpó entonces el castaño con gesto de aprensión—; es que es importante para que comprenda lo mucho que aprecio al señor Austria, y que nunca quise hacerle daño al marcharme.

Vash agitó fuertemente la cabeza en una negativa. No era tan despistado el italiano como pudiere parecerlo, siendo que habíase dado perfecta cuenta de las intrigas que se removían en el interior del suizo de cara a la marcha del castaño. Él sabía que Vash era consciente de que se había marchado contra la voluntad del señor Edelstein, y confiábale esa información adicional a la inocente pregunta que él tan inintencionadamente había formulado.

—En absoluto; me honra que me profese tal confianza… Y lo siento mucho.

—Gracias —sonrió Feliciano—. Claro que siento confianza hacia usted, no sé por qué, parece una persona tan buena… Tal vez es porque se me antoja usted muy parecido a Lud, que es serio y correcto pero muy sensible y comprensivo. Seguro que usted cuida muy bien de las personas, ¡me alegro de que seamos amigos!

Sintió nuestro héroe una gran presión al haber ascendido tan rápidamente en la escala de aprecio de su interlocutor. No obstante, y volviendo de súbito a su memoria, detalles de los días anteriores aparecieron con claridad en su mente: cómo durante los últimos días Feliciano tenía gestos hacia su persona en la medida de lo posible, tratando de integrarlo en conversaciones, actividades, o facilitándole la convivencia con todos tratando de hacerla más cómoda para él. No supo por qué, pero sintió que, de verdad, ese joven le comprendía.

—… Yoí también —inclinó la cabeza.

Miró su taza distraídamente, con gran parte del dulce líquido blanco aún en el interior. Sin saber el porqué de su acción, ofrecióselo entonces a Feliciano, tendiendo los brazos a la altura de su vista perdida. El italiano pareció sorprenderse; con todo, apareció finalmente en su cara una gran sonrisa.

—¡Es usted muy amable! Gracias, la aceptaré con gusto.

Bebió contento, transformándose su cara en una muestra de placer al saborear el dulce líquido.

—En el tren me descubrieron y me expulsaron a mitad de trayecto; quedando sólo y perdido en Austria. Era lo único que sabía, que estaba en Austria, y no entendía una sola palabra de alemán. La gente me miraba con poco aprecio, siendo yo demasiado joven para comprender que el hecho de que yo fuera italiano me hacía ser poco deseable a sus ojos. No sé cuántos días pasé en las calles, mendigando, rogando por alguna moneda… Recuerdo que pensaba que iba a morir.

Oh, Vash recordaba bien ese sentimiento.

—Un día, cuando estaba a punto de desmayarme, apareció un chico mayor que yo, un estudiante, que se paró delante de mí. Me hizo algunas preguntas, a las cuales yo sólo sabía contestar Austria. Él respondía muy pacientemente "Sí, Austria" cada una de las veces. Me llevó a merendar, y más tarde a su casa. Los señores no querían tenerme allí, pero él se enfrentó a ellos; no sé muy bien qué pasaría porque me hicieron esperar fuera, sólo sé que, gracias a él, conseguí que me emplearan en la casa como sirviente, a cambio de dejarme un cuarto y garantizarme comida. Conocí también a Eli, Gilbert y otro joven, y a partir de entonces mi vida mejoró notablemente; perdí cosas muy importantes, pero la vida también trajo otras —sonrió, agitando efusivamente la mano para saludar al menor de los Beilschmidt, que se había asomado al salón y parecía haberse quedado más tranquillo al saber dónde se hallaba el italiano. Éste asintió a modo de respuesta y siguió su camino—. Desde el principio, le llamé Herr Österreich, puesto que no sabía decir nada más. Él me enseñó el idioma, y Eirene me enseñó a trabajar; me sentía muy bien siendo útil y teniendo gente a mi alrededor, lo que me hizo coger cariño a la mansión de los señores muy pronto. El señor Austria siempre tocaba música, lo cual me tranquilizaba el espíritu siempre que llegaba a escucharla. Se ofreció a enseñarme a tocar, y yo acepté encantado. Amé la música tan pronto… Es… Como la salvación. La música salvó mi vida. Siempre me siento bien cuando hago música. Y si me siento mal, cuando toco para expresar lo mal que me siento consigo que se vaya, se filtra por los dedos y escapa lejos de mí… Ojalá pueda tocar por siempre.

Dijo esto último abrazando la funda de su instrumento con mucho cariño.

—Si me permite el atrevimiento—continuó—, usted parece ser igual. No sabría explicarlo, se ve usted… Diferente.

Vash cerró los ojos y un pequeño gesto de dolor asomó a su cara, volviendo a su recta seriedad poco después. Asintió, lentamente.

—El problema del señor Austria es… Él no se da cuenta. Quizás ni siquiera tenga la culpa. ¿Sabe, Vash? Él siempre ha sido un hombre fascinante, como hemos dicho, fiel a sus impulsos, a su corazón. Y aunque esto es muy magnético al principio, cuando él se convierte en una figura tan importante para uno puede llegar a ser muy doloroso. Él demuestra cariño, afecto o preocupación a su manera, incluso no puede decirse que no sea normal, pero… no sé. Es como si uno no formara parte del señor Austria, y no pudiera llegar a hacerlo nunca. Siempre va corriendo por delante de uno, yo… Bueno, no sé explicarlo —sonrió.

Quedó el suizo perplejo, sin saber muy bien qué decir. La impresión que tenía del señor Edelstein era desconocida hasta para él. No parecía descuidado, siendo que siempre se daba perfecta cuenta de lo que el rubio necesitaba o estaba pensando, así que no podía añadir nada al pensamiento de Feliciano.

—De algún modo tuve que irme, ¡y ahora gracias al cielo puedo permitirme el lujo de viajar mucho! El señor Austria me prometió, cuando era niño, que él me haría famoso y me convertiría en alguien próspero y lleno de dicha, capaz de recorrer el mundo a voluntad si yo lo quisiera así. Cuando marché, prometí que no volvería a pedirle nada hasta que hubiera cumplido con ello. De hecho, sólo nos hemos visto tres o cuatro veces en cuatro años… Es increíble cómo pasa el tiempo sin que uno se dé cuenta.

—Sí… —afirmó recordando los años que vivió en la calle.

Feliciano pareció entrar en trance mas, de repente, una gran idea pareció haber venido a su mente, haciéndole dar un pequeño saltito en su silla.

—¡Oiga! ¿Y por qué no se presenta usted al Certamen de Invierno? —preguntó con emoción—. Creo que usted puede ganar, si se lo propone… ¡Tiene usted mucho talento!

—¿Qué? Pero, ¿no deseaba usted vencer este año?

—Oh, sí, pero no puedo evitar desear que se presente. Le derrotaré en el escenario —sonrió feliz, haciendo que aquella frase apenas pareciera el desafío que realmente representaba—. Y si tengo que perder, prefiero que sea frente a usted.

La turbación que se hizo con su ser en ese momento llevó a que sus manos se quedaran frías en pocos segundos. Por un lado, sentíase bien y tranquilo respecto a la voluntad y disposición de Feliciano a que él también se presentara al certamen, siendo que no parecía percibir en ello traición alguna sino todo lo contrario. Por otro, el no saber cómo salir de la situación y confesar que ya tenía intención de presentarse hacía aflorar sus nervios.

—Claro, así será. Llevo tiempo esperando, así que… Por qué no.

Tampoco era necesario herir o remover cosas sin un verdadero sentido final. Bastaba de ese modo, en el cual todo seguía en orden ahora sin disfraces; no quería decepcionar a su tan sentido nuevo amigo.

—¿De verdad? ¡Genial!

Estrecharon sus manos; poco después volvieron los señores Edelstein y el mayor de los Beilschmidt, alguno más cansado que otro, y el día quedó relegado a un arbitrario, tranquilo y sobre todo agradecido tiempo de descanso. Sorprendiose Roderich Edelstein al ver conversar con tranquilidad en la cena a Feliciano y Vash; cuando Feliciano contó alegre que Vash había decidido presentarse asimismo al Certamen de Invierno, apenas si pudo contener el pasmo. Ver al rubio asentir y relajarse al respecto, no obstante, hizo asomar al rostro del austrida una sonrisa feliz.

Al día siguiente, entrado diciembre, Vash Zwingli y Feliciano Vargas fueron juntos a completar su solicitud. Juntos, entregaron el sobre y volvieron a casa con las manos en los bolsillos de los gruesos abrigos, las narices enterradas en las bufandas, y los nervios cada vez más a flor de piel mientras paseaban sobre la nieve de Viena.

Y así, Vash pudo decir finalmente, con plena conciencia de ello, que tenía a quién llamar amigo. Era un sentimiento cálido. Cuando volvió a casa y encontró en ella al señor Edelstein, se puso de súbito buen humor. Y Roderich sonrió.

Capítulo Duodécimo - Fin


¡Disfruté escribiendo este capítulo! Es como... Que por fin ocurren cosas buenas, tranquilas para el alma. Las cosas van tomando rumbo y las relaciones van tomando forma. ¡Espero que os haya gustado, de verdad! Y espero que el que fuese tan largo no haya sido motivo de tedio...

Ha salido Vivaldi, es un músico que siempre me ha gustado. Es decir, creo que cualquier ser humano se convierte en una persona mejor si escucha a Vivaldi *risas*, esas canciones con esas subidas tremendas que le hacen retumbar a uno el corazón, ¡y todo sin instrumentos de metal! (eso dejémoselo a Wagner); quizá es porque al haber sido violinista Vivaldi me llega mucho al corazón dado el protagonismo de los violines y la cuerda en general en sus obras. Pero podría pasarme divagando sobre él mucho tiempo así que mejor lo corto aquí *risas*, a fin de cuentas, ¿quién no ha oído y se ha enamorado de El Invierno de Vivaldi?

Para terminar y haciendo algo que ya es costumbre, la recomendación musical del capítulo: en este caso es The Screamer, Screamer o Scream no hito (スクリームの人). Es un violinista japonés que toca en internet (su nick verdadero es el de scream no hito escrito en japonés); suele hacer versiones de canciones famosas de videojuegos o de algún anime, la verdad es que me gusta mucho como toca, hace vídeos divertidos y no sé por qué con los años le tengo una suerte de aprecio especial, de estos internáuticos *risas*. Como sea, si queréis escuchar algunas de sus canciones hay vídeos suyos en youtube fáciles de encontrar con el primer nick que he puesto.

¡Y con esto me despido, ahora sí! Muchísimas gracias por leer.

Bou.