Yo sé que no tengo perdón alguno, he tardado demasiado en actualizar y sé que por eso muchos pierden el hilo de la historia, pero en serio que han sido meses de trabajo imparables, por lo cual solo me queda disculparme con ustedes, y decirles que aunque lo parezca, esta historia no quedará jamás abandonada, es mi proyecto más ambicioso en FanFiction hasta el momento y a mí más que nadie me interesa completarla, para eso faltarían cuatro capítulos aproximadamente después de este, y claro que serán publicados, no piensen que quedará inconclusa, solo me tardo mucho por causa de las ocupaciones y como ya fue demasiado de explicaciones, no me queda más que agradecer que sigan acá, leyendo esta historia; agradezco también sus siempre motivadores comentarios, me pesa mucho leerlos y no poder actualizar pronto cuando me escriben por el próximo capítulo, quisiera poder complacerlos pero, es difícil u_u
Por lo demás, espero que este les resulte interesante, intento mejorar cada vez aunque mi cabeza es un lío y al final, esto es lo que sale. Cualquier pregunta, siempre las respondo por acá o por privado, un abrazo a todos \(n_n)/
Frozen no me pertenece, es de nuestro querido Disney n_n
#GiveElsaAGirlfriend
Nota: En capítulos anteriores la inmunda de yo… puso otro apellido a Hans, eso pasó porque ignoraba que tuviera un apellido conocido, así que una vez me enteré, a partir de este capítulo, el apellido de ese desgraciado cambia de Southern, a Westergard, el original.
Soy la peor escritora del mundo :'I
Capítulo XII
Hans Westergard
— ¿Puedes dejar en paz ese teléfono?
Los ojos azules se giraron hacia la chica rizada que aguardaba con los brazos cruzados desde varios minutos atrás, mirando el ir y venir de la rubia dentro de la habitación, con los pies descalzos sobre la alfombra de terciopelo claro, a medio vestir. La empresaria le hizo una seña para que guardara silencio —Por supuesto, señor Baptiste, no es necesario que su presentación sea tan elaborada si considera cada uno de los rubros que señala la cláusula para evaluar su proyecto, tome la opción que usted ha creído conveniente pero no pase por alto estos puntos.
Mérida puso los ojos en blanco y continuó limándose las uñas. Estaba muy guapa, perfectamente ataviada con un largo vestido verde botella que hacía resaltar su voluminoso pecho, el cabello rebelde suelto sobre un pronunciado escote en la espalda; era una de esas chicas sobre las que cualquier mortal volvería la cabeza a su paso, y que representaba un honor llevarla cogida de la mano en una noche de gala como la que se llevaría a cabo en la casa de los de Arendelle; pero esa guapa mujer de cabello encendido, llevaba tiempo eclipsada por la gallarda figura de su jefa, aquella rubia quien por su parte, estaba perdida de amor por otra mujer, una que definitivamente no era como Mérida.
—Como ha dicho, no hemos parado de trabajar, las labores no se han detenido ni siquiera por la… muerte de mi padre —suspiró—; solo… debemos esperar a cubrir el porcentaje total de inversionistas para que el proyecto comience su primera etapa.
Los ojos de Mérida siguieron la esbelta silueta de la rubia mientras hurgaba los cajones por las prendas que ya tenía colocadas sobre la cama, no era la primera vez que veía a Elsa actuar de ese modo, de hecho, era una de las cosas por las que le gustaba estar despierta la mañana siguiente que la empresaria se quedaba a dormir en su departamento, el espectáculo de verla andar, perdida entre sus ocupaciones y preocupada por vestirse, era digno para grabar en los más oscuros de los recuerdos.
—Eso es seguro. Sí, con toda certeza vamos a tener tiempo de discutirlo esta misma tarde… Es un placer… no tiene qué agradecer nada, señor Baptiste. Hasta luego —. Finalmente el teléfono aterrizó sobre la almohada.
—Todo tuyo —le dijo a Mérida. Se dejó caer sobre la cama mirando el tiradero que había dejado por todos lados de la habitación: las prendas salidas de los cajones y la joyería sobre la silla y el tocador desorganizado.
― ¿Podrías presentarte tú sola a la reunión de esta tarde?
—No.
—Voy a concederte todo mi poder, te lo juro, serás mi representante, todos esos sujetos de corbata amadores del dinero te respetarán, tu voz será lo único que deberá escucharse al final de cada discusión.
—Bueno, ¿sabes? Pasé toda la mañana eligiéndote un bonito vestido que pudieras usar hoy, y Eugene fue más una carga que ayuda, así que por consideración a toda la paciencia que tuve, levántate y ayúdame a terminar de vestirte.
— ¿Qué haría yo sin ti, Mérida?
—Volverte loca, pero eso lo discutimos en un aumento más tarde.
—No, en serio —dijo la rubia, sujetándola firmemente por los hombros y clavando su intensa mirada azul en los ojos de su secretaria — ¿Qué haría yo sin ti?
La pelirroja barboteó —Me gustaría que… hicieras algo conmigo… aquí —siseó, guiñándole un ojo.
La atenta mirada de la pelirroja se desvió de nuevo a la silueta etérea que le dio la espalda, Mérida se recargó contra el respaldo de la cama admirando de nuevo los contornos pálidos de la joven rubia, mientras la bata de baño de Elsa caía al piso; largas y hermosas piernas terminaban de adornar la delicada cadera que para Mérida resultaba una perdición, un suspiro se le escapó en el aire; la escocesa había dormido con muchas mujeres, pero ninguna le había cautivado la expresión como la chica de Arendelle.
Elsa estaba consciente de eso, pero había depositado tanta confianza en Mérida que no le causaba ninguna incomodidad pasearse semidesnuda delante de los orbes esmeralda que la escrudiñaban con morbosa intensidad. Se colocó las medias y subió el vestido hasta la cintura, contoneando sus caderas para que éste resbalara por su nívea piel, era un hermoso vestido negro que se ajustaba perfectamente a cada una de sus finas líneas corporales.
La platinada sintió las manos de la pelirroja en su espalda cuando ésta se acercó para ayudar a subir el corpiño del vestido y atar las cuerdas que dejarían al descubierto una espalda demasiado tentadora, y Fritz no se distinguía por controlar su recato, así que estiró sus largos dedos para trazar con las yemas líneas imaginarias que sabían a sangre, como aruñazos que dejan una marca de días; la empresaria ni se inmutó, concedió el permiso con un concentrado silencio mientras se ocupaba de acomodar las finas telas del vestido, el gesto le fue apreciado por la chica detrás, quien solo se mordió el labio y continuó atando las suaves cuerdas de la prenda, eso era todo a donde podía llegar en ese momento.
Cuando Elsa dio la vuelta para mirarla de frente, lo único que deseaba Fritz era besarla. Los ojos azules de la chica la miraron profundos, venenosos, malditos, y Mérida tuvo qué hacer gala de su máximo esfuerzo para centrar su atención en el corpiño que aun debía ajustar, si conseguía evitar clavar su mirada en el hermoso rostro que adornaba un flequillo rubio desordenado, ya podía sentirse la mujer más poderosa del mundo. Pero no fue así, perdió, se dejó vencer por tiernos labios de color escarlata. Mérida siempre había pensado que Elsa era un diseño divino, no era capaz de asimilar que esa muchacha de mirada tímida llegara a la tierra como cualquier infante, la escocesa estaba segura que la chica había sido esculpida como una pieza de arte excepcional por el más prestigioso de los escultores europeos. ¿Dios? ¿Un talento humano? Quien sabe, bien podría tratarse solo de un lindo accidente de la naturaleza.
—Lista —dijo al fin, y se permitió un tiempo adicional para contemplar la belleza que tenía delante, ahogando otro resoplido —Por Dios, Elsa… estás hermosa.
La rubia se distrajo poniéndose las zapatillas mientras miraba a su secretaria —Gracias. ¿Crees que deba recogerme el cabello?
—No, por ésta vez déjalo suelto, se te ve divino —y la pelirroja volvió a suspirar.
xxx
Detrás del cristal que su padre mandara construir para escudriñar visualmente a todos sin ser él mismo previsto por nadie, Elsa observaba a las personas que se reunían en el salón; desde ahí la pequeña rubia conoció a los más allegados socios de Agdar, cada uno con un sobrenombre que él mismo se inventaba para entretener y divertir a su joven heredera mientras el empresario aguardaba para hacer presencia en cualquiera de aquellos actos a donde pocas veces había llevado a la menor, la muchacha se retiraba a la cama siempre a las ocho en punto, guiada por Idun; luego venía un cuento nórdico y la pregunta frecuente: ¿por qué no podía Elsa estar en aquella reunión? El rostro de Idun y el gesto que expresaba para responder seguían siempre el mismo patrón: cuando seas mayor querrás venir a acurrucarte en esta cama en lugar de estar allá afuera. Y qué tino tuvo la mujer, porque eso era justo lo que Elsa quería en esos momentos. Sin embargo las palabras de su madre fueron proféticas: ella era la cara de la familia ahora, y el deber estaba desfilando por sus ojos.
Varios de los primeros socios de su padre ya no llegaron a esa reunión, se quedaron en el camino antes que lo hiciera Agdar; pero otros, aunque ya entrados en años, hicieron acto de presencia. Y ahí estaban: el "señor escarabajo de puertas abiertas", el noruego que tenía las orejas más grandes que la pequeña Elsa haya visto jamás; la "señora me pesa todo", que jamás sostenía nada, ni siquiera su propio bolso; el sueco "ojo de gusano", un viejo que caminaba tan jorobado que siempre miraba al suelo; y por supuesto, el que no faltaría nunca a una reunión de semejante índole, el socio mayor de ArendCorp: Weselton, o como lo llamara su padre, Weseltonio, un viejo de baja estatura, canoso y calvo a quien Agdar comparaba frecuentemente con las comadrejas.
—Parece que vienen todos, ¿no?
Mérida depositó los documentos sobre la larga mesa de pino y echó un vistazo hacia abajo, donde un elegante e irreconocible Eugene recibía a cada persona que entraba a la sala —Es de esperarse, ArendCorp pasa por la mejor temporada de su vida y nadie quiere perderse la oportunidad de hacer negocios con la empresa.
―Eso, o que todos quieren llevarse una tajada ahora que la cabeza principal ya no está presente.
Los ojos esmeralda la contemplaron con incertidumbre.
―Prácticamente soy nueva en el negocio, seguro hay quiénes solo están esperando que de un mal paso para devorarme como cuervos hambrientos.
―No lo eres.
―Claro que sí, Mérida; el hecho de que lleve tiempo dirigiendo una de las empresas más grandes de mi padre no me convierte en la experta para ocuparme de todo el Consorcio, es… enorme, quizá demasiado para una chiquilla de veintiún años que seguramente apenas ha dejado atrás los berrinches de la adolescencia.
Una sonrisa divertida se dibujó en los labios de Fritz ―No eres inexperta, lo sabes, Arendelle, y no acabas de dejar atrás los berrinches de la adolescencia, aun sigues siendo una mocosa encaprichada de veintiún años que solo lleva puesta una máscara de: mírenme, soy una perra; tú no, tú no me mires, no eres digno de poner tus ojos en mí.
Elsa se pasó una mano por la frente, haciendo caso omiso del comentario mordaz de su secretaria, un comentario que sabía bien la estaba divirtiendo por dentro, porque era verdad después de todo.
— ¿A cuántos vamos a rechazar hoy, Mérida?
—A los necesarios, cariño, no te preocupes por nimiedades —le guiñó.
Elsa bajó la mirada a los documentos que recién habían sido abandonados en la mesa, los observó hablando en un tono más bajo —Pérsil Vartok tenía solo una vaca cuando conoció a mi padre, en un comedor cerca de la montaña del norte, llevaba la leche que extraía de ella y de la cual también elaboraba quesos; no tenía nada más que a su vaca y sus manos para trabajar, y mi padre solo… puso oro en sus manos y el hombre en un par de años ya tenía un negocio bastante rentable. Ahora puedes verlo ahí, es el viejo del bastón plateado, camina del brazo con una de sus nietas, la heredera de su negocio nacional.
—Bonita historia.
—Más que la historia… se debe al hecho de que mi padre le dio la oportunidad de crecer; decir que puso oro en sus manos es solo una metáfora, él solo le dijo que llevara su vaca a los establos que pertenecían a la familia, ahí podía obtener la comida gratis para el animal, también podían preñarla, así que en poco tiempo la vaca se convirtió en una docena, y él pudo invertir los ahorros de la comida del animal en la renta de una granja que pronto pudo comprar y hacer fructificar con otros animales. Tiempo después Vartok invirtió en las empresas de mi padre y entonces, ya te harás una idea del resto. Me siento un poco… rara estar aquí, donde tantas veces vi cómo Agdar movía la cabeza afirmativamente, dando la oportunidad a todos, por mínima que esta fuera. ¿Seré capaz de… ver en una empresa lo que mi padre vio en una vaca?
Ya entendía, el mensaje implícito en la reflexión estaba claro —Tú… —le acarició el platinado cabello —no eres tu padre, y no tienes que serlo, así que ese no es tu problema. Todo es tuyo ahora, tú sabes cómo lo conduces, tú sabes a quién decirle sí, y a quién decirle no y si tu padre no supiera lo buena que eres para hacer negocios, no te habría dejado a cargo de todo lo que él construyó. Ahora anda allá y diviértete ―le guiñó.
Elsa respondió con un bufido —Ya qué —suspiró, resignada.
Pero entonces se detuvo, su vista vagando entre las catorce personas que irrumpieron en la sala, elegantes, pelirrojos.
—No puede ser.
—¿Qué sucede?
— ¿Ves eso? Todos los Westergard están ahí.
— ¿Qué? ¿Viene Hans? ―asomó.
—No lo sé, no lo veo. No lo creo, espero que no, la última vez me encargué de ser lo suficientemente clara con él para que entendiera que no debería estar molestando. Se fue tan indignado como toda una señorita de alcurnia y no he vuelto a saber nada de él desde entonces.
― ¿Por qué no supe de eso?
―Discusión a puertas cerradas, nadie se enteró, por supuesto.
—Creí que lo habías terminado.
—Yo no tengo nada con Hans, solo… frecuentábamos salir.
—Nunca desmentiste que fuera tu pareja.
—Pero tampoco dije que lo era.
—Bien, pues, Elsa, no es así como la forma correcta de hacer las cosas, ¿sabes? Hay un orden.
— ¿Eso importa? —Preguntó la rubia, como si fuera natural lo que ella pensaba al respecto.
—Elsa, escúchame ―Mérida lanzó un suspiro exagerado, haciendo notar que el mensaje que daría debería ser tomado como una importante lección de vida ―, no todas las personas tenemos la firme voluntad de hielo que posees tú como para pensar que podemos catafixiar nuestros sentimientos; no conocemos lo que estás pensando, carajo, parece como si no tuvieras corazón.
—Haz dicho que tengo sentimientos de hielo.
—Solo… solo es una forma de decirlo. Ahg… Si no… si no niegas algo —manoseó en el aire—, es que entonces eso es.
—Mérida, eso es ilógico, no puedes…
—Sí, sí, sí… la gente no funciona como funcionan las leyes físicas universales, cerebro, en el ser humano las cosas no siempre cuadran o… se alinean siguiendo un mismo patrón por ley…
—Pero psicológicamente…
—No me exasperes ahora, Arendelle, ahí está la cabeza pelirroja que buscabas.
—Maldita sea, ¿por qué el imbécil de Hans no capta a la primera mis lindos mensajes?
—No me refiero a Hans, sino a ESA pelirroja.
Olsen y Eridan caminaban tomados del brazo y Rapunzel cogía la mano de Érick, pero los ojos azules se detuvieron atentamente en la menor del recién llegado grupo, en la del vestido verde botella, en la de las pecas.
—Andando ―la empujó.
El cuarto de estudio tenía un acceso interno al salón, pero había un protocolo qué seguir, así que las dos muchachas se dirigieron al jardín de la casa donde la prensa aguardaba para capturar las imágenes que al día siguiente engalanarían las primeras planas de la sección de sociedad y economía.
Elsa estaba acostumbrada a eso, y eso era una de las cosas que más odiaba de la vida, ¿no podía acaso una muchacha de veintiún años amante de la soledad permanecer en el anonimato de los curiosos? Si tan solo fuera invisible en aquellos momentos donde los flashes le inyectaban unas severas ganas de golpear con su puño a la primera persona que tocara su hombro, por lo pronto esa persona era Mérida y ella no tenía la culpa de su inherente irritabilidad. "Hay que tomar al toro por los cuernos", le decía Agdar. Miró su reflejo en los cristales de las ventanas y suspiró, ahora debía enfrentar al mundo sin la cercanía siempre ventajosa de su padre. "Deberías estar aquí, papá", pensó la rubia.
—Señorita de Arendelle, ¿es cierto que no piensa renovar la sociedad con el Duque de Weselton?
"¿Por qué habré imaginado que eso sería lo primero que me preguntarían?", cuestionó para sus adentros —Todavía no se decide, estamos en el proceso medio, para eso es esta reunión, precisamente.
—Todos se preguntan por qué quiere dejar fuera a tan importante socio de sus empresas…
—No quie… no se ha mencionado tal cosa al respecto, se dijo que se someterían los viejos proyectos a evaluación de calidad continua porque es una norma de las nuevas políticas industriales, pero eso no quiere decir que dejaremos fuera a Industrias Weselton justamente.
—¿Qué la ha llevado a interesarse esta vez por la farmacéutica? —"¿Acaso no leen?" Volvió a preguntarse la rubia.
—ArendCorp siempre ha estado interesada en la farmacéutica, mi padre, Agdar de Arendelle, adquirió la franquicia de varios hospitales y laboratorios desde hace… mucho tiempo atrás, nosotros solo… estamos renovando proyectos, como ya he mencionado en otras entrevistas.
—¿Es verdad que ha negado su apoyo a la empresa que Aurora Paulsen quería iniciar dentro de la Cosmetología?
Elsa clavó su mirada en la reportera, preguntándose cómo esa información había llegado tan pronto a los medios y, a menos que Aurora lo revelase, no podía pensar en otra persona que haya traicionado a la rubia.
—Eso es algo que…
Su respuesta fue interrumpida, porque en ese preciso momento un joven alto y de ojos verdes se abrió paso entre la multitud, con una arrogancia dibujada en la cara; sonrió a las cámaras y tomó a una desprevenida Elsa por la cintura.
De inmediato las entrevistas se vertieron hacia la pareja, era la primera vez que a la joven soltera más codiciada de Noruega se le veía con alguien que pudiera nutrir las noticias rosas con un posible compromiso en puerta.
Elsa se paralizó.
— ¿Continúan saliendo?
—Señor Westergard, ¿es verdad que habían terminado?
— ¿Qué representa en la vida de Elsa de Arendelle?
— ¿Van a casarse?
Las preguntas bombardearon la cabeza de Elsa. Estaba construida para soportar cuestionamientos sobre negocios, finanzas, inversiones, hasta política, pero definitivamente no sentía la necesidad de ventilar sobre su vida privada; una pregunta más sobre su intimidad y la reina de hielo explotaría.
Hans se aclaró la garganta —Elsa y yo no hemos terminado nuestro roman…
—¡Caballeros! En éste momento se ha dispuesto la entrada al auditorio para efectuar la conferencia de prensa previo a la reunión de asociados, sus célebres invitados están por tomar su lugar a la mesa, les recomiendo que ocupen sus puestos justo ahora si quieren obtener las primicias del evento. ¡Adelante!
Una más que se añadía a la larga lista de deudas pendientes con Mérida, si las cosas seguían así, no habría manera de pagarle tantos buenos favores. La pelirroja del cabello alborotado le hizo un guiño y de inmediato los vigilantes llevaron a Elsa dentro del auditorio. La empresaria no era creyente, pero agradeció a dios por tener a esa secretaria de su lado.
Intentó, y todos los ángeles sabrán que así fue, hacer de su llegada la cosa menos llamativa al salón de eventos ―terminada la audiencia―, lo intentó de todas las maneras que pudo traer a su mente, pero le fue imposible; apenas puso un pie dentro, las miradas se cernieron en ella, no había una sola persona en esa sala que no supiera quién era aquella rubia mujer de etérea imagen, y más tarde darían fe todos los involucrados, que no se exageró en la narración de los hechos que las revistas y programas del corazón emitieron para llamar la atención de cualquier sector de sus audiencias.
Lo que resultaba peor, es que definitivamente tendría qué vivir con la incertidumbre respecto descifrar si ser una de las mujeres más poderosamente bellas en cualquier lugar donde se hiciera presente, era una maldición o una bendición. Y no es que Elsa se sintiera de ese modo, era tan solo el hecho de conocer que su composición física, aun siendo europea, resultaba llamativa.
Llevó la mirada azul cobalto al suelo, unos breves segundos antes de suspirar y recordar que ella no estaba hecha para mirarse los pies, Agdar le había enseñado algo completamente diferente, le había enseñado a ser estoica, y un poco de esta enseñanza y otro poco que ella era, terminaron convirtiéndola exactamente en lo que su padre asentiría mientras aguardaba al pie de la escalera para tomar su mano y presumirle a todos los presentes que ella era su hija, impasible y digna. Por algo eran otras personas quienes bajaban la mirada ante su paso, por algo Aurora la había llamado "perra", y por algo los diarios informativos estaban comenzando a emitir las primeras imágenes de la chica en sus medios digitales con el título de siempre: la reina de hielo.
De los pies a la cabeza, sería un mentiroso quien se atreviera a encontrar una sola imperfección en aquella muchacha. Enfundada en unos tacones —que aumentaban su ya de por sí sobresaliente estatura— del mismo color que su vestido: negro, haciendo resaltar la palidez de esa piel que a simple vista, parecía de la más fina porcelana europea; el vestido largo hacia el suelo con una abertura en la pierna derecha que llegaba más arriba de la rodilla; un corsé delineando su espectacular y esbelta figura, el rubio cabello platinado cayendo suelto y revuelto por su espalda y los ojos… los ojos… los ojos más azules y fríos que cualquier mortal pudiera admirar en su vida estampaban una figura de ensueño.
Y si Anna hubiera sido una escritora de aquellas revistas, su descripción habría ahondado más profundamente en aquella belleza. Por ejemplo, habría descrito el tamaño y la profundidad de su hoyuelo izquierdo cuando sonrió para los invitados, y un aproximado de cuántos cabellos le caían por los hombros semidesnudos; también hubiera profundizado sobre la tonalidad del azul de sus ojos en esa noche, o de las pecas que por esta vez le estaban siendo muy visibles; y por si no fuera suficiente, Anna habría descrito a la perfección lo largo de aquellas excelsamente torneadas piernas níveas, y los centímetros que medía la circunferencia de su estrecha cintura, y la talla que debía ser el sostén que ella usaba; porque todo eso fue capaz de observar la pequeña pelirroja, oculta a varios metros de distancia entre la multitud. Fue ella una de las tantas personas que quedaron boquiabiertas con la angelical imagen de la chica de Arendelle en medio del palpable silencio que había inundado el salón por algunos segundos, los suficientes para que se notara lo incómoda que debía haberse puesto la anfitriona; entonces algunos caballeros rodearon a la dama y la menor de los Von Bjornson tuvo qué beberse de un trago la copa que había robado al mesero a su paso.
— ¿Estás bien, Anna?
—Hm-hm —carraspeó —… completamente, padre —dijo con la voz más elegante que se hubiera propuesto jamás, se acomodó el flequillo y suspiró.
Kristoff acercó una servilleta a la comisura de sus labios y secó el líquido invisible, luego le cerró la boca. La pelirroja lo miró enojada —Perdóname, si no supiera que estabas bebiendo VODKA —enfatizó —, pensaría que te estaba chorreando la baba y, si seguías con la boca abierta, pronto tendríamos una laguna a nuestros pies.
— ¿Qué? Tú estás mal, Kristoff.
— ¿Yo estoy mal? Sé que tienes esa… particular admiración por Elsa pero, ¿no te parece demasiado cortar la respiración ante su presencia?
—Yo no corté la respiración.
— ¿Y la baba?
— ¡No estaba babeando!
—Por supuesto, pequeña, lo que tú digas.
—Oh, te has puesto molesto ahora —frunció las cejas —, regresaré cuando te hayas hecho un lavado de cerebro.
Alisó su bonito vestido de pliegues y se encaminó apresurada para situarse oculta entre la multitud y las grandes macetas que adornaban la sala, satisfecha de haber encontrado el lugar más apropiado para pasar la velada inspeccionando cada detalle de la escultural rubia a quien no dejaban de rodear las personas, finos hombres de corbata y caros pantalones. Anna se preguntaba cuántos de ellos conseguían totalmente llamar su atención, Elsa no se distinguía por ser particularmente sociable sino todo lo contrario, esa era una de las cosas que la hacían sentir especial: su pase libre hacia Elsa. Imaginó caminar a mitad del salón, firme y segura, contoneando sus caderas juveniles y haciendo sonar sus tacones de manera seductora, hasta llegar al círculo de hombres maduros que rodeaban a la empresaria, mirarla fijamente a los ojos, con una media sonrisa tentadora dibujada en los rojizos labios, arrastrar su mano por el pálido brazo hasta el tirante que colgaba del ligero escote de su vestido y atraerla hacia sí, y sin más, plantarle un beso que hiciera temblar a toda la sala, y después, salir huyendo en motocicleta y perderse entre las calles que atravesaban los fiordos para pasar el más romántico de sus cumpleaños. Al volver en sí se preguntó si Elsa le prestaría su atención por encima de las personas que la rodeaban, y la tentación por comprobarlo le carcomía los deseos. Afortunadamente no tuvo que tomar una decisión para ejecutar su plan.
— ¿Es bonita la vista?
Gotas carmesí se derramaron sobre el vestido verde seco de la deportista, las sacudió con la mano y alzó los ojos verde azules para mirar a Eugene.
—Siempre he… admirado el buen gusto de los de Arendelle. Este salón, principalmente, me recuerda a los bailes que mi padre me cuenta se suscitaban por parte de la familia real, es como… un sueño de princesas.
—Sí, claro, el salón ―dijo Eugene, echando un vistazo alrededor ―No, preciosa, yo no me refiero a eso, aunque, la vista de las curvas son lindas ¿no? Tiene bonitas montañas al frente.
Anna se sonrojó como nunca en su vida — ¡Eugene!
—Ahora sí estaba hablando de los montes allá afuera, pequeña —bromeó. Anna lo miró fijamente —Claro que no, hablo de Elsa. Esa rubia puede provocar un paro cardiaco a cualquier persona, ¿no te parece? Pero tú deberías tener cuidado, eres muy joven para eso. ¿Te conté que quise llevármela a la cama? ―soltó, bebiendo de su copa.
— ¿Qué?
—Oh, perdóname, eres menor de edad, olvidaba ese detalle.
—En unas horas cumpliré dieciocho —sonrió la joven, orgullosa de sí misma.
— ¿En serio? Yo te sigo viendo de doce, hasta pareces un gnomo… verde.
—No tengo doce. Y no parezco un gnomo verde.
—Lo sé, preciosa —le guiñó, y agregó luego de un par de segundos —. Nunca lo logré.
— ¿No lograste qué?
—Elsa no dejó que la llevara a la cama.
El sonrojo volvió a invadir las mejillas de la pecosa.
—Al parecer, siempre ha estado encantada por alguien que no soy yo, cosa rara, soy hermoso.
— ¿Estás enamorado de ella? — la deportista se encontró preguntando con un hilillo de voz.
Pero el chico ya no pudo responder, su mirada quedó fija en la pareja que se acercó hasta ellos, con unos tímidos ojos verdes brillando como las estrellas de esa noche.
— ¡Eugene! ¿Cómo has estado, amigo? —Éric extendió la mano para saludar de forma muy familiar al puertorriqueño, y además le dio un abrazo sincero que el otro joven supo apreciar en medio de su dificultad para captar al resto de las personas que no tenían tímidos ojos verdes.
— ¿Qué tal? —respondió.
—No sé si ya estás enterado, supongo que Elsa te lo habrá dicho. Mañana es el cumpleaños de esta… pequeña pelirroja —informó Éric, abrazando a Anna por los hombros y besándola en el cabello —, así que hemos pedido el permiso —dado que ya será mayor—, para ir a celebrar esta noche la llegada de sus dieciocho primaveras, en un bar, y queremos invitarte. Solo que Rapunzel es demasiado tímida para pedírtelo, ¿qué dices, amigo? ¿Nos acompañas?
—Me encantará ir con ustedes. Eh, si Anna está de acuerdo, claro ―la pelirroja asintió, aun confundida por lo que Eugene le había soltado apenas hace segundos.
—Excelente, nos vamos en cuanto Elsa esté libre de toda esta… vanidosa recepción.
—¿Ustedes bailan?
—No es mi mejor cualidad, pero a Punzi se le da perfecto, ¿te gustaría guiarla en una pieza?
—Éric…
—Si me permites una pieza con ella.
—Eso debes preguntárselo a la dama.
Si Anna fuera hetero, estaba segura que querría a Éric como su pareja; el joven, pese a su fama de don Juan, no dejaba de ser un caballero, uno muy atento y educado, sin una pizca de duda, y le encantaba la manera como trataba a las mujeres, por eso entendía perfectamente todos los años que Rapunzel moría por sus atenciones, hasta ahora, porque si su intuición no le fallaba, Rapunzel se estaba poniendo demasiado nerviosa delante de Eugene, y eso era la prueba del por qué le brillaban los ojos, y cuando le brillaban los ojos, Rapunzel estaba exteriorizando sus sentimientos.
— ¿Usted qué dice, mi dama? ¿Querría bailar esta pieza conmigo?
Los orbes verdes se alzaron del suelo, hasta los morenos de Eugene, y luego Rapunzel aceptó la mano extendida, y ambos muchachos se alejaron hasta la pista de baile. Anna suspiró.
—¿Y ahora con quién bailarás tú?
—Pensaba raptarte un momento, princesa, pero primero debo subsanar esta inoportuna necesidad de mi padre, si me lo permites, regreso en dos segundos, luego que haya nockeado a esas feas personas.
Anna le sonrió a Éric, el muchacho le besó la mano y se retiró. La pelirroja tomó otra copa de las charolas andantes y bebió la mitad del contenido de un solo trago, y se aclara solo la mitad porque las frías manos que se posaron en sus descubiertos hombros la hicieron sobresaltarse de manera que de nuevo vertió líquido espumoso en su elegante vestido de noche.
—Lo siento, no pretendía asustarte.
Elsa tomó una servilleta de la mesa más cercana y limpió los labios de la pequeña deportista, luego se ocupó de las ligeras y poco preocupantes manchas de su vestido; con ambos gestos, Anna sintió calientes las mejillas.
—No debes preocuparte.
—Creí oportuno venir a prevenir de no beber una copa más esta noche.
— ¿Qué?
—Te he estado observando, y no eres todavía mayor para que acabes con la reserva especial de mis vinos, para los pequeños como tú tenemos gaseosa y jugo de limón —bromeó la rubia.
—Muy graciosa. Te recuerdo que no falta mucho para que den las doce y me convierta en una mujer.
—Uh, cierto, no vayas a olvidar tu zapatilla en las escaleras, princesa.
—No me parece nada divertido que hagas mofa de mí.
—Qué curioso, a mí sí me parece divertido —Anna le hizo un gesto grosero, que solo provocó la risa ligeramente audible de Elsa —Pensé que no vendrías.
—O querías que no lo hiciera.
— ¿Por qué no lo querría?
—No lo sé, eres tan Elsa que nunca se sabe lo que quieres en realidad. Un día pides una cosa, y otro día solo la deshechas.
— ¿Debo tomar eso como un reclamo?
—Tómalo como quieras.
Los ojos azules de la mayor se detuvieron fijamente en las facciones de Anna, por un momento, luego suavizó su voz para hablarle de la manera como solía hacerlo cuando eran niñas, y tan solo emplearlo, Anna se sintió derretir.
—Creí que estarías preparándote para ir de fiesta con tus amigos, por tu cumpleaños —Elsa acarició uno de los mechones sueltos del lacio cabello de Anna, y la delicada caricia, junto a la suavidad de su voz, comenzaron a destruir los nervios de la pelirroja.
—Pensé que… —tragó —estabas enterada que iremos a… un bar terminando esta reunión.
— ¿Así que estoy invitada?
—Aish —bufó la pelirroja —, tampoco creas que fue idea mía.
— ¿Entonces de quién?
¿Qué estaba haciendo Elsa? Su parte inteligente le gritaba que se alejara de ahí, que atendiera a los invitados que todavía necesitaban intercambiar asuntos de negocios con ella, que se mostrara digna, refulgente, autoritaria; pero la otra parte de su cerebro estaba siendo arbitraria, a la primera orden de acercarse a la deportista, allá fue ella; a la primera que le ordenó suavizarle la voz, eso hizo Elsa, y cuando las dos partes de su cerebro peleaban a golpes violentos, ella simplemente ignoró ambas y llevó su mano hasta el cabello de la estudiante, y ahora la estaba mirando como si fuera la escultura más admirable que haya visto en una galería jamás.
—De Rapunzel, es obvio.
—Pues estoy de acuerdo, quiero ser la primera en felicitarte.
Una ligera sonrisa se dibujó en el acalorado rostro de la pelirroja, y por más que se esforzó en mantener su vista en algún sitio alejado de la chica que estaba al frente, sus ojos no la obedecieron. Con discreción pasó la mirada por toda la delicada figura de la platina y se sonrojó todavía más cuando llegó al borde del corpiño de su impecable vestido, éste ceñía la parte de sus pechos y hacía notar las buenas proporciones que la acompañaban. Entonces su mirada se detuvo en la figura tan perfectamente geométrica de lo que parecía un copo de nieve justo donde se escuchan los latidos del corazón.
—Elsa —murmuró la joven, sin quitar la vista de la rojiza mancha o tatuaje de su compañera más alta—, deja de jugar con mis sentimientos, ¿está bien?
Eso fue suficiente para que sus sentidos se corrigieran de tal manera que casi se paraliza como una estatua de hielo delante de ella.
—Lo siento —esbozó —, no sé qué me pasa, te juro que no… quiero hacer esto pero… a veces solo no puedo controlarlo. Y te he visto aquí, sola, bebiendo como si se fuera a terminar el coñac en el mundo, y vestida de esta manera tan… Te ves hermosa, Anna.
"No más que tú", pensó la chica, pero en lugar de decírselo se mordió el labio, y ese gesto casi hizo que Elsa se lanzara encima de ella y la besara, lo hubiera hecho, así sin más, sin siquiera pensarlo; lo habría hecho de no ser porque fue justo el momento en el que Rapunzel, Eugene y Éric decidieron regresar.
— ¿Entonces qué? ¿Ya se armó la comitiva para el festejo? ¿Pasamos lista?
— ¿Por qué siempre tu necesidad de querer organizarlo todo? —Preguntó molesta Rapunzel, Éric se encogió de hombros.
—Porque nadie lo hace tan perfecto como yo y hoy, es el cumpleaños de nuestra princesa favorita y debemos darle la mejor bienvenida a la mayoría de edad que pueda recordar.
—Solo cumplirá dieciocho una vez, genio.
—Lo sé, pero los recordará como nunca. ¿Con quién más vienes, Elsa?
La rubia se quedó con la palabra en la boca, porque justo cuando iba a responder, el hijo menor de los Westergard apareció en medio de todos y acaparó el momento.
—Estaba procurando tener un tiempo a solas contigo, amor, pero en vista de que no estás un solo minuto sin amigos rodeándote, decidí venir a interrumpir, lamento ser imprudente —el muchacho besó la cabeza de Elsa y miró con altanería al resto de los jóvenes a quiénes ya les estaba cayendo de poca gracia.
El silencio incómodo que se produjo, mientras los concurridos se cuestionaban internamente quién era ese arrogante pelirrojo, obligó a Elsa a presentarlo.
—Disculpen, Hans Westergard, de las Islas del Sur.
—Tú eres…
—El novio de Elsa, claro.
El único par de ojos verde azules se abrieron como platos y la dueña de ellos comenzó a toser.
—Anna…
—Estoy bien… —tosía —estoy bien…
— ¿Anna?
—No pasa nada, no pasa nada.
Hans sonrió de manera altiva.
—Rapunzel Von Bjornson —la rubia le dio la mano, que Hans tomó con caballerosidad para besarla —y ella es mi hermana Anna, un placer.
—El placer me corresponde, mi apreciada dama. Pueden llamarme solo Hans.
— ¿Solo Hans? —Se rio la pelirroja —, es decir, ¿nombre y apellido? Solo Hans; hola, ¿cómo le va, señor Solo Hans? Bienvenido, Solo Hans. ¿Gusta una gaseosa de cola, señor Solo… Hans? —y continuó riendo desmesurada.
Rapunzel se cubrió el rostro —Lo siento, creo que ha estado bebiendo más de lo que le permitieron beber esta noche.
—Descuida —el ojiverde ignoró las risas burlescas de Anna y la miró ceñudo —. Así que Von Bjornson… ¿Anna Von Bjornson?
Su gesto dubitativo llamó la atención de Elsa, quien clavó su fría mirada en Hans, como si él le hubiese pinchado, ¿acaso conocía Hans a Anna? ¿De dónde? ¿Ella la habría mencionado alguna vez? Según recordaba, jamás lo hizo, ¿pero entonces por qué él la miraba como si la reconociera? Elsa se preocupó.
—Me parece que nos conocemos.
—No… no lo creo —dijo la muchacha, echándose aire con la mano, intentando terminar de sofocar sus risas —, Elsa nunca nos había presentado.
Su respuesta sonó a reclamo y la empresaria terminó de hacerse a la idea de que los problemas más graves con Anna comenzaban recién.
—Disculpen —dijo la pelirroja. Depositó la copa sobre la mesa más cercana y se apartó del grupo de muchachos retirándose lo más rápido que le fue posible.
—Ya regreso.
— ¿A dónde…? ―Westergard tomó el brazo de Elsa, quien se había movido para retirarse también; la rubia se volvió en un primer momento, con la mirada furiosa hacia el chico, pero la suavizó al instante, ya hablaría con él, ya tendría tiempo de mandarlo al demonio.
—Ya vuelvo, Hans… ya vuelvo —respondió, soltándose del brazo fuerte del joven, de una forma tan educada que para Hans representó el sonido agudo de una espada desenfundada.
Y Elsa de Arendelle salió tras Anna.
Logró darle alcance antes de que la pelirroja se perdiera en uno de los amplios jardines laterales que adornaban la complaciente mansión de la familia, por suerte la salida tenía barandales diseñados para una caminata lenta, por lo que la deportista no pudo huir a tiempo.
—Anna, quiero explicarte.
— ¿Explicarme qué, Elsa? No tienes qué explicarme nada.
—Es que no es…
— ¿Cómo me lo imagino? Siempre la misma historia ¿no? ¿Qué es, entonces? Escucharé tu historia, cualquier invento que estés armando en tu cabeza justo ahora.
La rubia se quedó callada, mirándola y buscando las palabras que sonaran más convincentes, pero no había palabra que cumpliera ese propósito, porque aun siendo convincentes, no dejaban de ser mentira. ¿Qué iba a decirle Elsa a Anna? ¿Que se dejó envolver por Hans mientras superaba su amor por ella? ¿Qué no lo amaba? Lo cual era verdad pero, ¿Anna se lo creería? ¿Sería capaz de hacérselo ver si una vez más estaba rompiendo su corazón? ¿Qué cosa estaba buscando para explicarle?
—Es…
—Ah, está usted por aquí, Elsa.
El hombre de corta estatura y feo peluquín que tenía ese porte elegante y altanero justo como Anna podía recordar recientemente en Hans, llegó hasta las chicas y encaró a la muchacha platinada —La estaba buscando, hay algunos puntos que me parece conveniente tratar en privado con usted.
—Creo que fui bastante clara cuando le dije que puedo recibirlo mañana en mi oficina y…
—Mi vuelo sale muy temprano, Elsa, no tendré tiempo de pasar a su oficina, le ruego tenga la amabilidad de prestarme los minutos que le pido.
—Ahora estoy en algo muy importante, si me disculpa, Weselton…
—Elsa…
Cuando la rubia volvió la vista hacia donde había dejado a Anna, se dio cuenta que la pecosa había desaparecido. Frunció el ceño con severo disgusto y no le quedó de otra más que atender la petición de Weselton porque, de paso, conocía a ese hombre y sabía muy bien lo que podía estar chinchando hasta conseguir su atención. Decidió buscar a Anna más tarde, de cualquier forma, necesitaba calmarse los nervios y encontrar las palabras adecuadas con las que la encararía.
La chica pelirroja se desvió de la salida hacia la primera puerta que encontró dentro de la casa. En segundos se halló dentro de una biblioteca que estaba atiborrada de libros del suelo al techo, enorme y totalmente recubierta de madera, y a eso justamente olía; tenía los sillones forrados en piel y la pequeña resopló cuando sus manos tocaron libros de principio de siglo y quizá mucho antes. Era uno de los que tan celosamente guardaba Agdar, tenía indiscutiblemente su sello, Anna la había conocido de niña, Elsa la llevaba a ese sitio para leerle cuentos y mostrarle imágenes de las historias que tan fervorosamente le contaba.
Escuchó girar la perilla y enseguida le acompañó el chasquido de la puerta abriéndose, volvió la vista, preparada para debatirle a Elsa su innecesaria disculpa, pero apenas se volvió, se dio cuenta que no era la rubia la que acaba de entrar, sino un hombre, uno alto y fornido.
— ¿Te interrumpo? —preguntó el muchacho, con voz exageradamente educada.
—Hans —murmuró para sí misma —. No, no interrumpe usted.
—Usted… —el muchacho caminó por el interior, haciendo rechinar la madera del piso con la suela de sus zapatos, sigilosamente, como si estuviera preparando algún discurso; se detuvo cerca de una de las grandes ventanas, la única que permanecía abierta, la luz de la luna reflejaba su plateada silueta entre las sombras, hasta entonces Anna se percató que ninguno de los dos había encendido las luces al entrar, la poca iluminación venía de algunas tenues lámparas sobre dos pequeños burós a los lados del sofá más largo —No creo ser tan mayor, Anna, quizás solo te lleve por algunos cuántos años, un par o poco más, a lo mucho —Continuó hablando, vueltas sus espaldas a la chica —. Te vi entrar aquí, estaba siguiéndote la pista, y decidí venir a intercambiar algunas palabras contigo. Si no te molesta.
Volvió el perfil, anguloso, y la sombra que se proyectaba entre la oscuridad exterior y la media luz de las lámparas visualizaban una imagen que le pareció siniestra a la niña, ¿qué quería ese hombre? Entonces las imágenes vinieron a su mente, como un álbum pasando las hojas de prisa.
—No entiendo por qué —habló—, sé que nos topamos casualmente en el aeropuerto pero fuera de ahí…
—La ética de Elsa es muy distinguida, Anna, ¿sabías eso? —la interrumpió, y Anna vaciló, confundida —Creo que no lo habías notado —el chico estaba mirando de soslayo a Anna, pero fue solo un breve momento antes de regresar su vista a las oscuras aguas del lago que podía apreciarse en el jardín —. Es una ética impecable, un código de honor excelso que ha sido propio de los de Arendelle desde el principio de sus tiempos. Admirable, ¿no te parece?
—No entiendo a qué viene todo esto, señor.
—Mm… ya te dije que no me llamaras señor, tengo 23 años, Anna. Pero, volviendo al tema —fue entonces que el joven decidió por fin mirar de frente a la asustada muchacha, asustada pero temeraria; ella también lo miró —. Elsa no es de las personas que dejan un asunto importante a medio terminar nada más porque sí... Ella no recibe llamadas de nadie cuando está ocupada con asuntos de interés empresarial, ¿me explico?
—No, Hans, me temo que usted no está siendo claro.
—De nuevo el "usted".
—Si me permite, apenas nos conocemos, me disculpo si no puedo dirigirme… a usted —enfatizó —, de forma más relajada.
El muchacho hizo una mueca y caminó hacia otro lado de la habitación —Como quieras. El caso es que, el quién eres tú, me intriga.
—Creo que nos encontramos en la misma situación, y ni siquiera nos hemos dado la mano.
—Tienes razón. Ya te explico… Anna —Hans tomó asiento en uno de los elegantes sillones forrados en piel que se encontraban al centro de la biblioteca, y cruzó las piernas en una posición elegante para un varón de su clase —. Verás, el día que yo fui a visitar por primera vez a Elsa a su oficina, aquí en Arendelle, ella, mi hermano Hammer y yo, estábamos hablando de asuntos de negocios muy importantes. Yo he visto a Elsa en reuniones así, la conozco, es mi novia, conozco a su familia. Es tan profesional que atiende cada caso dándole la importancia que se merece —antes de que la pelirroja emitiera cualquier palabra, el joven lo impidió con un movimiento cortés de su mano —. Entonces, estábamos Hammer y yo ahí, cuando de repente entró… Mérida Fritz, la conoces, ¿cierto? —No esperó a que respondiera —Bien, pues Mérida le dijo que tenía una llamada; revoltosa es esa Mérida ―rio, un recuerdo local, seguramente que los implicaba a ambos―. Entonces Elsa se enojó y dijo que no podía atender el teléfono, como siempre suele hacer; pero entonces pasó una cosa, Anna —el joven hizo un gesto como si estuviera saboreando sus palabras —, sucedió que a Mérida se le ocurrió mencionar quién estaba al teléfono, y ella dijo, y créeme que no lo olvidé, porque desde entonces deseé saber quién era esta misteriosa interlocutora, quién era Anna Von Bjornson, el nombre de la persona por la que Elsa prácticamente había saltado de su silla y a quien se apresuró a responder el teléfono, dejándonos a mi hermano y a mí botados en esa oficina, como nunca antes había sucedido desde que tengo memoria. ¿Encuentras la contrariedad del caso?
Las cejas de la pelirroja se contrajeron; entendía las hoscas palabras de Hans, lo que no comprendía era el punto al que el muchacho quería llegar. Por suerte, no tardó en averiguarlo.
—Busqué tu nombre por toda la red, pero jamás llegué a una sola referencia que me llevara hacia ti, al menos no con ninguna de las personas que trabajaban cerca de ella, y además hubo muy pocas opciones, así que lo más preciso que tuve hasta el momento en que tu encantadora hermana Rapunzel se presentó, sorpresa, has sido tú, y estoy seguro que las probabilidades de fallo son groseramente mínimas, ¿cierto?
—Llamé una vez a Elsa cuando ella se encontraba trabajando, pero desconozco el resto de la historia, desconozco lo que estaba haciendo antes de responderme.
—Bueno, eso hacía, conversaba con mi hermano y conmigo… su novio.
La muchacha se miró los dedos antes de plantear su siguiente pregunta — ¿A qué ha venido todo su discurso?
Hans provocó un silencio largo y se dedicó a mirar fijamente a Anna antes de responder —A que quiero saber quién eres tú, en la vida de Elsa.
—Somos amigas, o… lo éramos, algo parecido; lo que sea que fuéramos ya no tiene importancia.
—Hum ―sonrió el muchacho ―¿Las amigas se enfadan cuando una le presenta su novio a la otra? A menos que sea el novio de las dos —y luego soltó una carcajada —Pero no es el caso, ¿verdad, Anna? —Y entonces abruptamente su tono de voz se ensombreció — ¿Por qué huiste cuando supiste quién era yo? ¿Por qué te siguió Elsa? ¿Cuál fue la causa de que discutieran hace unos minutos? Y ahora, ¿qué te ha traído a ocultarte aquí, huyendo de ella, como quien anhela perderse de la traición de su amante?
Las cejas de Anna se enarcaron, pero entendió que si el joven estaba intentando jugar sucio y psicológicamente con ella, le costaría trabajo, el suficiente hasta que Anna perdiera la voluntad, de la cual ya no le quedaban grandes cantidades.
—No me gustan las reuniones, yo no pensaba venir…
—No, Anna, no me estás entendiendo… —el chico se levantó todo lo largo que era y se acercó a la joven deportista, lo más provocativamente que le fue posible — ¿Cuál es la relación que TÚ llevas con Elsa?
—Me parece que está usted insinuando cosas que no son.
—¿En serio? ¿Vas a decirme que me equivoco? ¿Te atreverías, Anna? —Sus verdes ojos penetraron, hurgaron y parecían manosear el rostro tímido y nervioso de la niña, que comenzó a sentirse muy incómoda y asustada —Conozco muy bien a Elsa, ¿sabes? La conozco muy bien, demasiado, para mi desgracia. Y sé que a ella no le vienen mal las chicas.
La pelirroja levantó el rostro lleno de pecas y observó escrutadoramente al joven —Como lo oyes. Mérida, esa chica que trabaja contigo, es su paño de lágrimas y su cama de consuelo.
Los ojos verde azules se abrieron como si acabaran de mirar el peor asesinato de una película psicópata —Ajá, cuando yo no estoy, nuestra querida rubia se consuela en los brazos de Mérida Fritz, ellas dos son amantes, Anna, ¿no lo sabías?
—Yo no…
—Tranquila, no tienes qué decir nada ahora. Yo solo quería ponerte al tanto de esto porque… —se acercó todavía más a ella, hasta que sus cuerpos se tocaron, Anna sintió los vellos de la piel erizándose de miedo —veo que eres muy joven, una niñita, y creo que Elsa te está corrompiendo —la pelirroja no podía pronunciar una palabra —. Y también porque quiero advertirte que, si bien puedo ser permisivo con mi novia, eso no significa que la vaya a dejar andarse siempre libre por ahí, así que tómate ésta amenaza, Anna Von Bjornson: mejor es que te alejes de ella, Elsa es como el rey Midas, si bien todo lo que toca lo convierte en oro, también lo deja inservible, sin vida. No vaya a pasarte eso a ti, no me gustaría, tienes un rostro precioso, odiaría que se viera marcado feamente por un "accidente" de gravedad.
El aliento a vino del joven, aunado a su advertencia, hizo que la joven tuviera ganas de vomitar. Pero no era nada más eso, Anna sabía que parte de su debilidad de ahora y los mareos repentinos que le sucedieron, se debía a esa verdad que se había revelado ante sus ojos esa noche: acababa de conocer la verdadera cara de Elsa, y ella era una mentirosa, algo que ya sabía, pero se negaba, pendiendo de un hilo, a creer por completo.
Ambos muchachos volvieron las miradas hacia la puerta, cabellos platinados brillaron detrás de la media penumbra, hermosos y malditos.
—Anna —se dirigió a la menor—, te estuve buscando por toda la…
Pero Anna no la dejó continuar, se acercó a ella y con toda su fuerza y coraje reunidos, la abofeteó, después salió huyendo. Hans se rascó la barbilla, mirando altivamente a Elsa que se pasaba una mano por la mejilla carmesí.
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Elsa no volvió a encontrarse con Anna durante el resto de la recepción, tanto como se escondía la niña, como que Elsa no tuvo otro momento libre de las personas que tenían algún asunto qué tratar con ella, y Weselton todavía cazándola a la mínima duda. Sabía que ese tipo de recepciones no la dejaban feliz al final de la velada, pero esta definitivamente se estaba llevando el título a la más desastrosa de todas.
La cabeza parecía a punto de reventarle cuando finalmente el último de los invitados incómodos se fue, hasta entonces se sintió libre para tomar la primera copa de vino tinto y beber un par de tragos mientras intentaba respirar aire fresco en uno de los balcones externos, justo el mismo donde no hacía muchos minutos había tenido un encuentro con su pelirroja favorita.
—Elsa —escuchó que la llamaban. Volvió la vista y sonrió animada, ¿no podían el resto de las personas ser tan agradables como estos dos? Se preguntó la rubia.
—¿Se retiran ya?
—Solo Eridan y yo. Rapunzel dijo que acompañarías al grupo a festejar el cumpleaños de Anna.
—Oh… sí.
—Por favor, Elsa, me es menester pedirte encarecidamente que veas por ellas solo por esta noche, Rapunzel no es precisamente la chica mejor portada que conozco y Anna… bueno, tú sabes cómo es Anna. No las dejes beber demasiado.
—¿Demasiado?
—Sí, bueno… —razonó Olsen—Eridan y yo podemos ser unos padres un tanto… "conservadores", pero esta noche mi esposa y yo iremos a casa, beberemos champagne, tendremos un momento a solas y entonces… dormiremos.
Las mejillas de Elsa se tornaron carmesí.
—No nos daremos cuenta de nada —le guiñó Eridan.
Elsa imaginó, por un momento, que esas serían las palabras que escucharía de los Von Bjornson el día que supieran del amorío secreto que la célebre y admirada heredera de la respetable familia de los de Arendelle, mantuvo con su hija menor —si acaso aquello llegara a ocurrir—; ¿la verían de la misma forma luego de eso? Por buenas razones que venían a su mente justo en el momento, la rubia deducía que no, y que ese 'no' significaba algo cero positivo en qué pensar ahora.
—Yo las cuidaré —sonrió, y luego emergió un hondo suspiro de sus fríos labios —. Muchas gracias por acompañarme, saben lo mucho que significa para mí y lo que significaría para mi padre que estuvieran presentes en este momento.
—Si te es útil que lo vuelva a repetir, Elsa, para nosotros, eres una hija más, prometimos a tu padre que veríamos por ti cuando él no estuviera, aunque no nos necesitaras. Y bueno, además ahora somos socios, ¿no? Es mi deber velar también por todo lo que he puesto en tus manos, el futuro de mis hijas pende de tus estrategias ahora, no defraudes a ninguna, menos a Anna porque te hará difícil cada día de tu vida si eso sucede.
Elsa rio jovialmente, sintiendo que algo se le desbarataba por dentro, velar por los intereses de Anna era algo para lo que había nacido y que tenía qué hacer desde la distancia. Sonrió para sus adentros mientras pensaba lo que ella podría ofrecerle a la pelirroja si no tuviera todos esos obstáculos ridículos de por medio; el sol era poco para la pecosa, ella merecía algo más grande, algo que iluminara más sus ojillos verde azules, podría darle lo que le pidiera, al fin que el dinero no le era ningún problema a la rubia, y podría conseguir más si tan solo supiera que sería con este que le sacaría más alegrías a la joven deportista. Y tan pronto como pensó en aquello, como que se le oprimió el corazón, no eran las riquezas lo que Anna pediría, seguramente; si se le concediera la libre oportunidad de preguntárselo, la pequeña querría otra cosa; ella querría el corazón y la compañía de Elsa, y eso era algo que por el momento y tal vez nunca, Elsa le podría dar.
—ArendCorp está complacida con nuestra asociación, Olsen. Espero que tengan una velada magnífica.
—Diviértanse, Elsa.
Cuando los padres de Anna se retiraron, la empresaria dio la orden a Kai, su guardia personal, para que terminara de desalojar el salón, que estaba ya semi vacío, a excepción del grupo de muchachos que permanecían de pie alrededor de una de las mesas, conversando animadamente.
—Subiré a cambiarme la ropa, si me permiten, no tardaré más de cinco minutos —echó una mirada vaga a la joven pelirroja que miraba hacia otro lado, aparentemente distraída —Ya regreso.
A Anna le parecía una lástima que ese vestido tuviera qué desaparecer, le quedaba tan a la medida a Elsa. Se imaginó sus manos vagando por las líneas esbeltas de la rubia, se imaginó sus manos llegando a esas tiras de listón que impedían que el vestido se abriera por el frente y dejara al descubierto esos pechos que tanto luchaban por salir; se imaginó que esa noche sería de Elsa y Elsa sería suya, pero entonces comprendió que la realidad era totalmente distinta a sus deseos, que con unas copas encima, afloraban cada vez más intensos.
Así que se dedicó a esperar. Esperar a que los últimos invitados terminaran de marcharse; esperar asintiendo a todo lo que Kristoff y Aurora le decían sin entender de qué le hablaban exactamente, y sin que esto le importara; esperar hasta anunciar —sin meditar con certeza el siguiente movimiento—, que tenía la falsa necesidad de ir al baño. Entonces se puso de pie y se dirigió hacia el tocador para damas, pero pronto sus pasos se desviaron hacia aquél otro sitio donde había visto perderse unos minutos atrás a la rubia platinada. Sin saber si estaba consciente de lo que hacía o no, y sin importarle si alguien la miraba, Anna pronto se encontró vagando entre amplios pasillos rodeados de habitaciones y ventanales que proyectaban la única luz nocturna que se filtraba a través de la negrura de la noche: la de la fría luna.
Solo tres veces en su corta vida Anna había caminado por ese pasillo. La primera, tenía tal vez alrededor de cinco años, un Kai varios años más joven y menos corpulento la llevó de la mano para buscar a Rapunzel, que había quedado con Elsa para hacer una tarea, la ojiverde se encontró con la pequeña pelirroja antes de que terminara el recorrido a la habitación de la única hija de los de Arendelle.
La segunda vez, Anna estuvo ahí cuando Elsa la llevó, recordaba haberse detenido frente a una puerta blanca de madera, con algunos dibujos de plantas típicas del país, pero por más intentos que hacía, no lograba recordar qué había hecho pasando aquella puerta, todo quedó encerrado en un misterio que repentinamente comenzó a fastidiarla, porque ahora que tenía la oportunidad de pensar en esas cosas, más la inquietaba el hecho de ignorar todo lo que respecta a su rara amistad con la rubia, y que Elsa callara estaba comenzando por sacarla de sus casillas y a nadie le gustaba ver enojada a la pelirroja.
La tercera ocasión que vino a sus vagos recuerdos, fue por una invitación de Agdar hecha directamente a sus amigos Von Bjornson. Era el cumpleaños de Elsa e Idun quería su aprobación respecto colgar un par de pinturas mandadas a hacer especialmente para su joven cumpleañera, se colocarían en la habitación de la rubia como una sorpresa cuando esta fuera a la cama más tarde; Anna había quedado fascinada al ver plasmado en óleo el paisaje nevado que tanto había enamorado a la rubia una mañana en la que las dos niñas recibieron la puesta del sol, después de una noche de desvelo aguardando por la vista que ya Elsa le había contado con mucho entusiasmo a la pecosa; aparecía cuando la estrella de la mañana se iba poniendo sobre la nevada montaña del Norte, en invierno, los cientos de colores descritos por la platinada contagiaron a la pelirroja de la misma emoción. Y ahora estaba ahí, en el lienzo, la popular montaña erguida al frente, nevada de pie a punta y entre esta, densas nubes blanquecinas cubriendo justo donde la platinada imaginó que se posaba un castillo hecho todo de hielo, hielo azul, su color favorito, y el color favorito también de Anna, porque pensar en él era recordar los ojos de Elsa, y a la niña le encantaban los ojos de su amiga más grande. La joven Arendelle le permitió a la pelirroja añadir un trono en el salón de baile trasero, elegante, majestuoso, y en su puesto, la figura enervante de una preciosa reina de las nieves, alta y estilizada, y con una mirada congelante que eclipsada la voluntad de sus centenares de soldadillos de hielo, que en realidad eran muñecos de nieve pasmosos y simpáticos. Así fue como Idun mandó a hacer el cuadro, era la misma imagen que la niña rubia había dibujado en la habitación de aquél lúgubre hospital de investigaciones, pero eso era algo que la pequeña Anna no sabía, esa era una de las cosas que nadie podía conocer en su momento, así que la pecosa chilló de la emoción cuando el empleado colocó la pintura a la cabecera de la cama de su amiga, y no suficiente con eso, aportó la idea para que la puerta de la alcoba de la futura empresaria fuera adornada con copos de nieve, a los que el artista añadió unos toques elegantes que la hacían lucir hermosa e inspiradora, justo como la menor de los Bjornson miraba a la de los ojos cobalto.
Esa puerta es la que ahora tenía delante suyo, tal cual la recordaba, con los copos de nieve espigados, púrpuras y azules sobre un fondo blanco y liso; pasó sus delgados dedos por los estilizados dibujos y colocó su frente sobre la tallada madera, algunas cosas comenzaron a darle vueltas alrededor, como un carrusel frenético, escenas de una memoria perdida que giraban tan violentamente en su cabeza que no podía cazar alguna para examinarla con detenimiento, visiones y voces que la llamaban en sentimientos perdidos.
Suspiró hondo y se obligó a recobrar la compostura; abrió los ojos y antes de girar la perilla se dio cuenta que la puerta estaba ligeramente abierta. No iba a pedir permiso para entrar si ya había pasado el límite de no llamar antes, así que solo la empujó. La pálida espalda de Elsa le dio la bienvenida, se había quitado los zapatos y se probaba otro par de zapatillas negras, parecía cansada. Anna observó todos sus movimientos. Los orbes esmeralda perdidos en la cascada platinada que cubrió la media espalda semi desnuda de la rubia, que solo llevaba puesto el sostén. La pelirroja terminó por adentrarse en la alcoba y sin el menor cuidado cerró la puerta tras de sí, recargándose sobre esta.
―Déjalo suelto, o recogido en una trenza como sueles llevarlo, en ambos casos o con una simple coleta te verás genial, siempre te ves genial.
Elsa dio un saltito y la miró.
—Anna, ¿qué haces aquí?
Anna no respondió, su mirada vagó descaradamente por el cuerpo de la rubia, para quedarse detenida en el vientre unos instantes, y posteriormente subir al pecho. Elsa titubeó, nerviosa.
―Te hice una pregunta ―resolvió la rubia, desviando su vista a todos lados buscando la blusa de lino que había seleccionado momentos antes y que oportunamente había desaparecido delante de sus ojos ―, me gustaría que tuvieras la amabilidad de responder y, por si aún conservas un poco de la buena educación que se han esforzado en transmitirte tus amables padres, entonces sabrás que se toca a la puerta antes de entrar.
―¿Mérida la toca?
No era la respuesta que la hiciera feliz, pero es la que había esperado desde que se encontró con aquella escena en la biblioteca, con las dos personas que más había rogado no llegaran a conocerse jamás.
―Hans te ha puesto al tanto, ¿no?
¿Dónde estaba la maldita blusa? Sentía la mirada encendida de Anna sobre ella y la estaba poniendo muy vulnerable, ante escenas así, Elsa podría perder y detestaría si eso ocurría en aquél momento.
―¿Cuándo me lo ibas a decir? O mejor dicho, ¿me lo pensabas decir?
Elsa se detuvo, estaba teniendo suficiente de todos, pero era de Anna de quien de verdad le importaba. Cada palabra que la chica decía, le carcomía la razón, y no podía encontrar una manera inteligente para encarar a la joven, ninguna excusa; no, no podría ser diplomática con ella, no más a partir de entonces, porque aunque Elsa insistiera en mirar a Anna como si todavía fuera una niña, lo cierto es que la pecosa no debía, ni por error, ser subestimada de su intelecto, a pesar de que eso es precisamente lo que Elsa llevaba haciendo desde que volvió, un desafío del cual, por primera vez en su vida, se le estaba yendo de las manos.
―No había pensado en eso antes, si me permites ser sincera.
―Quiero saber una cosa: ―dijo la niña, y una sonrisa diabólica se dibujó en sus rosados labios todavía infantiles para Elsa― ¿es porque es pelirroja? ¿De alguna forma estás con ella porque sus ojos te recuerdan a los míos? ¿O porque su cabello es del mismo color?
Se acercó hasta la rubia, piel con piel, atrapándola entre el tocador y su pequeño cuerpecillo, era groseramente graciosa e inútil aquella escena: la gallarda rubia, semi-desnuda, atrapada entre el infantil cuerpecillo de la chica y una mesa de madera.
―Ni lo uno ni lo otro.
―Oh, vamos, Elsa de Arendelle, no intentes ser tan estoica conmigo, yo conozco tus debilidades. Hace un rato morías por besarme en el salón, lo vi en tus ojos, el calor de tus manos me lo dijo cuando me acariciaron, ¿ahora intentas demostrar otra cosa?
―No estoy tratando de demostrar ninguna cosa, estoy eludiéndome del juego improvisado de una niñita ebria.
―No estoy ebria.
―Seguro que no ―intentó suavizar la rubia, tenía qué hacer el esfuerzo para no claudicar; no conocía sus reacciones, hacía mucho que no era Anna quien conseguía exasperarla sino cualquiera, y cualquiera no era importante, Anna lo era ―, no habrá más cervezas para ti esta noche, ¿está bien? ¿Me… pasas la blusa que está detrás de ti?
―Hmm… ―sonrió de nuevo la niña―, y haces como que no sucede nada, pero te persigue Hans, te persigue Mérida, te persigo yo y cada uno de nosotros arrastrando con una historia acerca contigo, solo que la mía la ignoro por completo porque no recuerdo quién eras para mí antes de… no lo sé, no recuerdo nada de ti en toda mi vida antes de que volvieras.
Elsa llevó la mirada al suelo.
―No te has perdido de nada.
―Eso no lo sé, Elsa, porque eso es todo lo que ignoro y es todo lo que quiero conocer y todo lo que tú no quieres revelarme; puedo armarme mil historias diferentes en la cabeza y jamás voy a estar segura si acerté a alguna porque… ¿por qué? ¿Qué se oculta detrás? ¿Es tan sucio? ―rió a carcajadas, con el sarcasmo dibujado en el pecoso rostro ― ¿Acaso me violaste?
―Claro que no ―respondió molesta la rubia, pero el carmesí de sus mejillas tiñó también sus pensamientos, porque era eso precisamente lo que ella llevaba cargando consigo todos esos años, como una pesada mochila al hombro que le quitaba el sueño por semanas enteras.
Tenía casi dieciocho años y Anna catorce la noche que conocieron sus cuerpos; Elsa se sintió una intrusa en los brazos de la chiquilla, sentía que le había robado una parte importante de su ser que por más ridículo que le pareciera, no era lo que sus padres le habían enseñado a tomar sin permiso, no para una chica como Anna. Anna era pura, Anna era inocente, la familia de Anna conservaba principios de siglos pasados y Elsa, por muy acomodada que fuera su familia, por muy importantes que fueran los de Arendelle, no era nadie para quitarle a Anna aquella virtud que posiblemente necesitaría en el futuro, sobre todo porque en el plan de Elsa el futuro de Anna no figuraba al lado suyo; pero la otra adolescente desconocía ese plan, así que aquella noche Anna le entregó todo pensando que estarían siempre juntas, y todo lo que Elsa hizo fue llevarse su virtud, que se convirtió en el vino que la embriagó cada noche de ansiedad. Todas las ocasiones que se hallaba sola en su departamento en Nueva York y los pensamientos la conducían hasta Arendelle, el aroma de Anna la reconfortaba, sus risitas, los ojos brillantes, el sonido de su voz mezclada con los gemidos de su adolescencia pura y perdida entre las manos de Elsa.
Y no todas las veces la rubia estaba en su cama para mitigar su necesidad de embriaguez, la muchacha no podría olvidar jamás el bochorno que precedió con aquella mujer que se sentó a su lado en la sala de reunión, al girar la cabeza, su cabello olía a Anna, Anna en aquella noche en el bosque; y luego vino un mareo que la desestabilizó por breves segundos, lo suficientes para que el resto de la comitiva le preguntara si quería continuar la importantísima junta. Se prometió que por nada del mundo una situación como aquella debía repetirse, pero le sucedió bastantes veces luego de la primera y le precedía siempre la culpa, justo como ahora, la culpa de haber disfrutado de cada parte y rincón del cuerpo de la adolescente, con toda la alevosía y ventaja que le concedía conocer lo que su joven novia de aquél entonces ignoraba, como hoy; Elsa conocía todos los pormenores, pero a Anna la mantenía en la ignorancia total.
―No-no lo hice ―los ojos de la pecosa se abrieron como platos, lo máximo que su débil ebriedad le permitía.
―Entonces sí tuvimos sexo ―rió, afirmando una verdad que quedó pesando en el aire.
―Anna…
―Tú lo has dicho, con todo tu silencio, y yo consentí. Por lo visto estuve de acuerdo.
―Es momento de irnos, van a preguntarse por nosotras y debemos…
―¿Qué es esto que tienes aquí, Elsa? ―dijo Anna, haciendo caso omiso del evento que más había preocupado a la empresaria por años, seguramente, para su alivio, la pequeña solo estaba ebria y olvidaría todo pasando las horas, pero nada de eso la salvaba de esa nueva interrogante: ¿qué era eso? La marca rojiza y geométrica en el pecho de Elsa.
―No es nada, una marca de nacimiento.
―Parece un tatuaje, uno muy perfecto, muy simétrico.
―Estás pasándote de ebria. Vámonos ya.
La empresaria hizo a un lado a la pelirroja para tomar la blusa y terminar de vestirse.
―Creo que tengo uno igual, detrás de mi cuello. Rapunzel lo ha fotografiado y se parece, mis padres me riñeron una vez pensando que me había tatuado pero yo jamás he hecho eso y ahora…
―Elsa ― llamó Kai ―, la señorita Von Bjornson ha preguntado por usted y por Anna.
―Ya bajamos, Kai ―se apresuró a responder la rubia, con los nervios todavía crispándola. Escuchó los pasos de Kai alejarse por las escaleras y se volvió de nuevo a su joven conocida ―Has oído, vámonos.
La dulce mirada de la niña pequeña la observó, una vez más, con el brillo que la caracterizaba siendo opacado con lo que ya parecía la madurez más fortalecida de la joven ―Un día, Elsa de Arendelle… ―musitó la muchacha ―un día me lo vas a tener que contar todo… y quizá no te permita que pase de esta noche; o terminas confesando, o verás lo que una chiquilla tonta e infantil como yo, es capaz de hacer cuando está harta de que la engañen.
La niña le entregó la blusa y se alejó para reunirse antes que ella con el resto de los chicos. Anna lo decidió, sería esa noche el momento justo en el que su pelirroja conocería toda la verdad; lo que sucediera después no importaba, de todos modos, como cuando tuvieron su primera vez, Elsa no había vislumbrado en sus planes un futuro en el que ambas terminaban felizmente juntas. No eran sus poderes sobre la nieve lo que la hacían maldita, sino aquél amor que jamás podría llegar a disfrutar con su joven amada.
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No prometo volver pronto, hasta aquí terminan mis capítulos adelantados, los siguientes tendré qué construirlos desde el principio, pero aunque tarde, ustedes saben que esta historia será completada. Por tenerme la paciencia siempre esperada de su parte: ¡muchas gracias!
Virshy: me parece que la palabra sacrificial no es un término correctamente usado, aunque tampoco encontré una referencia que me la marcara como errónea, volveré a buscar porque hace mucho que investigué y no lo recuerdo justo ahora, de cualquier modo, si fue así, una disculpa. Muchas gracias por señalármelo.
Dichiro: ahora siento que no avancé mucho con este capítulo, la historia va lenta, pero tampoco está ideada para acabar en diez capítulos con todo realizado a la fuerza, espero no agotar tu paciencia con su lentitud. Muchas gracias por mantenerte ahí, aguardando : ― )
Azu Rush: parece que Anna va recordando de a poco, con cosas que se cruzan en su camino, este capítulo sirve como un puente para conectar con lo que Anna ignora, hacia la verdad, la cual se perfila para el próximo capítulo, espero que te queden ganas de seguir leyendo. Muchas gracias por comentar.
Loreley: bueno, no me dejaste ninguna forma de contactarte XD Agradezco mucho tu apoyo y es emocionante leer cómo te ha gustado esto, por lectores como tú, una se anima a mejorar en las letras, espero estar lográndolo, déjame tus impresiones si es así o lo contrario :―/
Morena vp: Pues… sigue \(n.n)/
Elsa-ookami: ¡feliz cumpleaños! ―cinco meses atrasado― u_u Perdóname, pero podría ser un buen mes para recordar, ¿no? :―/ ¿Cómo lo pasaste en tu cumple? Espero que muy bien, ¿obtuviste regalitos Frozen?
Elizabeth von Lahnstein: aoooww… tu comentario me dio tanta ternura que pensé que me ablandó algo por dentro, y eso es algo que casi nunca sucede :') Muchas gracias por esas palabritas, Elizabeth; por cierto, tienes un muy bonito nombre, quiero llamar así a la hija que quizá tenga un día.
Passenger: oh, genial. Bueno, yo no leo SwanQueen, dicen que son buenos, espero que su lectura te sea más que entretenida :-) ¡Me deseaste feliz navidad! \(n_n)/ Y yo que no tengo dónde dejarte mis comentarios más que por aquí, y por aquí tardo mucho u_u Pero bueno… ¡muchos abrazos para ti por todas las celebraciones pasadas! \o/
: ¿de verdad? Muchas gracias n_n Lo que sea que me escribas, siempre es muy bueno para mí, es motivante, inspirador y me inyectan ganas de seguir trabajando en este proyecto, espero no decepcionarte.
RutCatrun: ¿en serio te gustaría Anna con Aurora? XD ¿Te agrada Aurora? Bueno, le tengo reservado más escenas, espero que me queden bien, le tengo fe a ese personaje, incluso me encanta que ponga cabreada a Elsa y sí, me gusta que le guste Anna XD Estoy contigo n_n
Shiryuu Celas: bien, para ustedes con mucho cariño, te adelanto que el próximo capítulo es de revelaciones, así que sí, finalmente Anna podrá saber todo lo que Elsa le ha estado ocultando pero… quizá ni siquiera Elsa sepa toda la verdad :―O
SofíaDaniel93: bueno… tardé más de la cuenta, espero que este capítulo valga la espera, tienes derecho a cortarme una mano si no es así u.u
SnowQueen18: claro que sí, lo he dicho, esto no se acaba, hasta que se acaba \(n_n)/
¡BESOS PARA TODOS! ―Se amarra la capa y sale volando para seguir salvando la ciudad de los malechores―.
