Lo sé, merezco la muerte y algo más. Llevo un par de semanas escribiendo esto pero solo consigo ponerme seria con este fic por la noche. A eso de las doce de la noche, y me obligan a irme a dormir a las doce y media, así que imaginad lo que avanzaba en esto cada día.
Este capítulo aún seguiría sin estar publicado de no haber existido una banda sonora que prendía mi inspiración con solo darle al play… La BSO de 'Bajo la misma estrella', una maravillosa película y un incluso mejor libro. Si alguien no la conoce, le recomiendo echarle un ojo, de verdad xP
Y bueno, hice un viaje a Londres y París así que se puede decir que vine fresquita y lista para ponerme manos a la obra. Aquí está el resultado -14 páginas de pura historia, más de lo que he escrito para un solo capítulo en mi vida, pero no os merecéis menos.
Espero que lo disfrutéis. Ahora este fic va recobrando mi atención porque la trama vuelve a ponerse interesante… ¡Disfrutad la lectura, queridos! ;D
Este capítulo va dedicado a mis queridísimos lectores: Angie ZF, Lex, Kaarlaa18, Ángel VC, AvatarKeira, Yahab, Ryuunoko, the-impossible-girl-of-souffle, Lau y Cata-Chan1. Gracias por comentar, por leer y por soportar a una autora que podría ser incluso peor que Peter Van Houten, de existir este siquiera.
Destinos Cruzados.
En el capítulo anterior…
(Danilo) Sujetó las riendas, palmeando el cuello de su animal y susurrándole a la picuda y alzada oreja una supuesta regañina que no pasó de un murmullo cariñoso. Después gesticuló hacia la yegua y Link, esta vez más acertado, gruñó entre dientes unas palabras de falso cariño para evitar que la bestia volviera a jugar con él y se encaramó sobre la silla.
Dan montó tras indicar a su compañero que le tocaría ir sentado sobre la grupa, una posición francamente incómoda, pero que podía abrazar su cintura si lo veía necesario.
Esto le ganó una fulminante mirada y unas risitas disimuladas por parte de Sheik, que ya estaba sobre su corcel tordo y los esperaba.
Con el arma bien ajustada a su espalda, el carcaj cargado de flechas que bailaban en su interior, y los brazos reticentes pero férreamente abrazados de Link alrededor de su cintura, Danilo recordó los buenos tiempos con una sonrisa melancólica.
Al menos tenía el consuelo de que las cosas ya no podían ponerse mucho peor.
Capítulo 12. El rancho Lon Lon.
O sí.
Oh, definitivamente sí que podían.
La lluvia caía sobre ellos con la fuerza de un volcán en acuosa erupción. Los ropajes empapados, las monturas jadeantes, la vista difícil.
A su espalda, aferrado a su cintura con decreciente fuerza, notaba como la energía de su testarudo compañero se iba evaporando a cada nueva zancada de su caballo. Si, tal como suponía, aquella era la primera vez en que Link montaba, a esas alturas sus piernas serían un par de miembros muertos y su trasero mandaría dolorosas chispas cada vez que diese contra la gruesa piel de Terrón, su yegua.
Todo aquello y un par de factores más le hicieron llegar a la sana conclusión de echar mano de las riendas. No tuvo que esforzarse mucho para que el galope desenfrenado de su montura se tornase en un agradable paso apropiado para los paseos por el campo.
Esbozó una sonrisa divertida cuando unos segundos después Sheik también detuvo su montura sin poner ningún inconveniente a detener la marcha. Al parecer el trío estaba igual de exhausto.
Link logró bajarse de la yegua (ese condenado monstruo cuadrúpedo que solo busca su muerte, según él) lanzándose con estilo al suelo como si fuera un pedazo de insensible plomo.
Tuvo que contenerse para no besar la tierra que a esas alturas no podía empapar más sus ropas. Barajó la idea de haber quedado minusválido cuando al intentar levantarse sus piernas no respondieron. Un dolor agudo punzaba su rodilla y sus muslos cada vez que trataba moverlos, por lo que decidió seguir reposando.
Danilo desmontó de un salto, lo agarró de la capucha, levantándolo como si estuviera hueco, y se lo echó al hombro. Si hubiera estado algo más despierto tal vez se habría sentido ofendido por recibir el trato de un saco de patatas, pero en aquel momento había cosas más importantes. Como respirar sin ir más lejos.
Sheik siguió los pasos de su compañero y pronto estuvo a su lado, las suelas de sus botas lanzando barro sobre las empapadas capas.
Tuvieron que buscar refugio en un pequeño cerco de árboles que crecía a veinte metros de donde se encontraban. Conforme su camino los guiase hacia el Bosque Kokiri, su primer destino, el terreno se iría volviendo más y más frondoso y no haría falta salvar tantos metros para encontrar árboles, pero en aquellos momentos, a decenas de kilómetros del territorio virgen, los árboles eran escasos.
Por suerte no era una tormenta eléctrica así que pudieron relajarse una vez pusieron pie en el 'oasis'. Las pobladas copas detenían la lluvia y las hojas se mecían al compás del viento en una dulce melodía.
Dan entrecerró sus ojos gustoso. Link resbaló de su descuidado hombro y cayó a la hierba con un sonido sordo y un gruñido salvaje ahogado por el suelo.
El sheikah rio alegremente cuando notó que los ánimos de la compañía subieron al abandonar la tormenta.
Las yeguas, que los habían seguido, pastaban con avidez y concentración, como si llevaran meses sin probar bocado. El pelaje impermeable de las bestias chorreaba agua y las sillas, alforjas y riendas estaban empapadas.
Dan fue rápido librando a las bestias de sus arreos y, antes de que Sheik hubiera cortado la leña para el fuego, los animales ya rumiaban aliviados del peso que habían cargado.
Link permanecía tendido justo donde había caído como tronco derribado. No se sentía el tren inferior después de tantas horas de cabalgar lo cual era bastante comprensible teniendo en cuenta que aquella era su primera vez.
Tras arrancar algunas de las ramas más cercanas al suelo Sheik formó un improvisado círculo de piedras y dejó la madera en el centro. Al instante la prendió murmurando un hechizo.
La diminuta pompa danzante se extendió sobre las ramas, abrasándolas, drenando su energía vital en su egoísta deseo de crecer; las lenguas de fuego lamieron la tosca superficie en su totalidad, creciendo en tamaño, altura e intensidad, siempre vigiladas por los ojos del sheikah, tan rojos como ellas mismas.
Danilo arrastró las alforjas hasta donde se encontraba su compañero y comenzó a sacar los alimentos que habían traído. Carne seca, algunos pedazos de queso bien envueltos, un par de botas cargadas de agua, algunas frutas y varios panes. Empapados como estaban, los alimentos no resultaban acogedores a ojos de los muchachos. Pero había hambre. Bastante.
Al olor de la cecina acudió Link, arrastrándose hacia el cerco de luz como una serpiente entorpecida.
Una vez estuvieron sentados comenzaron a comer. Un mendrugo de pan, un trozo de queso y todos los tragos de agua que quisiesen mientras siguiese lloviendo.
El joven asesino devoró su parte con ansia a pesar de no tener hambre. Tragaba casi por inercia movido por la incertidumbre que resultaba saber si tendrían alimento el día siguiente. Además, concentrarse en masticar impedía que pensase tanto en su dolorido cuerpo.
Se terminó su parte al mismo tiempo que Danilo así que tuvo los ojos –y las manos- bien libres y atentas cuando el muchacho moreno estiró el brazo sin pudor alguno hacia la entrada de la alforja, lo introdujo y sacó de ella dos nuevos mendrugos de pan y más de medio queso. También pudo contemplar desde un privilegiado asiento como devoró la ingente cantidad de alimento propinando grandes bocados primero a un pan, luego al queso y de nuevo otro al segundo bollo. Link lo observó boquiabierto hasta que el humano volvió el rostro hacia él y le dedicó una dentuda sonrisa una vez hubo acabado con su comida.
Ya se disponía a hacerse con más comida cuando la firme mano de Link lo detuvo.
Se miraron a los ojos durante unos tensos momentos. El silencio a su alrededor bailando con el golpeteo de las gotas de lluvia muy por encima de ellos. Los pequeños mordiscos de Sheik resonando por encima de todo aquello como las marcadas bases de una canción electrónica.
Oh sí, si aquello no era una auténtica guerra de miradas no era nada.
El agarre de Link se tensó, el brazo apresado de Danilo rígido entre sus dedos.
-¿Cuánto más piensas tragar, vaca con piel humana?
Dan entrecerró los ojos, su brillo verde perforando como cuchillas esmeraldas.
-Cuanto quiera, daguitas.
Ambas voces afiladas, firmes y tensas como el acero. Incluso Sheik sintió algo de dificultad al tragar su último bocado.
-Comerás cuando demuestres que eres útil, zampón –gruñó acompañando sus palabras con un ligero asentimiento de cabeza hacia el arco y el carcaj del moreno.
Las mandíbulas del otro parecieron chirriar detrás de sus labios fieramente cerrados.
-Cuando quieras.
Link soltó su agarre y se puso en pie tan rápido como lo hizo su compañero.
-¿Ves esa manzana, larguirucho? –y señaló en dirección a un robusto árbol que se alzaba a más de treinta metros de donde se encontraban. Allí, algo agitada por el viento tempestuoso pero firme y bien sujeta, una manzana salpicaba de un brioso color rojo la copa repleta de hojas verde oscuro del manzano. Dan asintió y Link se lamió los labios nervioso antes de progresar-. Pues atraviésala con tu flecha en un solo intento y derríbala al suelo y te juro por las diosas que iré a por ella corriendo en ropa interior y te la ofreceré de rodillas.
Los ojos de Dan parecieron arder con verde entusiasmo conforme Link enunciaba su apuesta. Tomó una flecha y el arco sin más demora.
El rubio lo detuvo antes de que se emocionase más de la cuenta alzando su voz.
-Pero, si no aciertas, serás tú el que vaya tras ella y me la ponga respetuosamente delante de las narices. Capisci?
-Acepto –concedió con una enorme sonrisa y se dieron las manos como los hombres adultos y maduros que no eran.
-¿Y qué pasa si la manzana es golpeada pero no cae al suelo? –ambos muchachos se volvieron al unísono al escuchar por primera vez en toda la noche la voz de Sheik. Sus miradas se cruzaron y los dos se echaron a reír al mismo tiempo, como sincronizados. El sheikah los miró molesto, una de sus cejas enarcada.
-Si eso pasa, amigo mío, juro por Nayru que Link y yo correremos tras esa jodida manzana en ropa interior y te la traeremos –dijo Dan, lágrimas de risa vidriando sus ojos verdes.
El asesino rubio asintió al instante, la sonrisa socarrona aún en sus labios. Su apuesta era tan irrisoria que ni siquiera se plantearon pedirle algo a cambio en caso de que errase.
Sheik no pudo evitar percatarse de que aquella era la primera vez que escuchaba al chico reír. Era agradable. Una risa baja, casi cautelosa, como si temiera ser escuchada. Melódica y salpicada de dientes blancos.
Los pasos de los otros integrantes de la compañía lo hicieron volver a la realidad. Dejaría las contemplaciones del chiquillo para quien pudiera permitírselas.
Con eso en mente, Sheik sacudió la cabeza, se rio de sus propios pensamientos y, con la sonrisa irónica aún en sus labios rojizos, caminó hacia sus amigos.
Danilo ya tenía el arco bien sujeto entre sus expertos dedos. Su diestra sostenía la única flecha que podía utilizar y el arma no temblaba ni un ápice cuando la levantó, apuntando al manzano.
Avanzó un par de pasos hasta internarse una vez más en la lluvia. La vegetación que lo protegía de empaparse reducía a su vez su campo visual.
Se mordió el labio. Estaba tranquilo e inquieto a la vez. Sentía un nudo formarse en la boca de su estómago y la respiración se le cortó mientras colocaba la flecha en posición y tensaba la cuerda con dos de sus dedos.
Tensó el arco sin decir palabra. Todos allí parecían silenciados de nuevo.
La mirada de Link, que casi parecía querer perforar al moreno, y Sheik, quien solo tenía ojos para la manzanita de la discordia. No dudaba de la puntería del arquero. Lo había visto disparar mil veces y todavía podía contar sus errores con los dedos de una mano.
De una vez por todas el proyectil voló, rasgó el aire acompañado del chasquido tenso de la cuerda al ser liberada y salvó la distancia que lo separaba de su objetivo con pasmosa rapidez.
Atravesó la manzana de forma limpia, pero el fruto, en lugar de caer como todos habían esperado, siguió clavado a la manzana, continuó su recta trayectoria y fue a clavarse en el tronco del manzano que había detrás de él.
La respiración contenida desembocó en una profunda inspiración general. Menos de un instante después el júbilo inundó las venas de Sheik y lo hizo saltar como un loco.
Los otros dos se miraron desconsolados. Aquello no era de ninguna manera lo que habían esperado.
El sheikah danzó de felicidad, dio un par de vueltas sobre sí mismo y gritó varios 'JODEOS' sin cortarse un pelo. Necesitó recordar que en teoría lo habían educado para evitar precisamente esos arranques de alegría, necesitó recordarlos de todo corazón para poder cerrar la boca y tratar de hacer desaparecer su deslumbrante sonrisa de vencedor.
A pesar de lo que le esperaba Link se echó a reír y palmeó la espalda del vencedor.
-Maldito… eso sí que fue un buen movimiento –le dedicó otra enorme sonrisa que hizo sentir a Sheik mucho más pequeño de lo que en realidad era.
Jamás si había imaginado en su vida ver desnudo a un hombre, menos había esperado ver a su amigo de la infancia y a un asesino a sueldo en calzones justo frente a su ruborizada persona.
Asesino o no, Sheik se sintió extraño al verlo tan 'provocador' delante de él. Tenía una piel clara, algo más pálida por las zonas donde no le daba el sol, y los músculos marcaban su cuerpo. Unas piernas firmes, unos brazos bien entrenador y un torso que, siendo vulgar, quitaría el hipo a una cincuentona con cataratas. Oh, sí, y a más de un hyliano. Aunque no podía negar que las cicatrices que salpicaban su cuerpo contrastaban bastante con su aspecto joven. Pequeñas marcas oscuras y diagonales minaban su cuerpo, producto de cortes, y una gran mancha rojiza de quemadura se podía apreciar en su costado. Si bien era atractivo debía haber pasado un infierno para obtener el cuerpo esculpido que poseía. El oficio de asesino no era uno de los más seguros.
Las alocadas risotadas de Danilo lo sacaron de sus ensimismamientos.
-Vamos, vamos, Sheik, ¡que se te ve la pluma! –y sus risas aumentaron en volumen unos decibelios más.
El aludido se sonrojó y el asesino en serie lo miró horrorizado. Segundos más tarde ya le había dado la espalda –una espalda bien formada, por cierto- y corría al abrazo de la lluvia como alma que lleva el diablo.
Quien aún quedaba en el círculo de árboles le dedicó una significativa mirada segundos antes de echar a correr tras el asesino.
En pocas palabras, sus ojos verdes llevaban la palabra 'Disimula' escrita en ellos.
Sheik comprendía lo que quería decir. No era su culpa no haber visto a muchos hombres semidesnudos tan atractivos como aquel.
Podría haberse ofendido, ya que el moreno tenía el libre derecho de recorrer, analizar y, en ocasiones, casi venerar el cuerpo de las mujeres con las que se encontraba; derecho que le era vedado a él. Podría hacerse enfadado de verdad pero no lo hizo. Se limitó a verlo correr con rapidez, lo observó entretenida cuando adelantó a Link sin –metafóricamente- despeinarse a pesar de la gran ventaja que este último le llevaba y esbozó otra sonrisa cuando empezó a trepar por el manzano. Lo apreciaba demasiado y habían hecho tanto el uno por el otro que se necesitaría más de un choque como aquel para enfadarlos.
Danilo tenía un atractivo diferente. Era un muchacho larguirucho, desgarbado. Las costillas se marcaban en su pecho por la falta de alimento (aunque comía el doble que un humano promedio). Pero su cuerpo seguía siendo resistente y fibroso. Firme a pesar de las apariencias y ágil como el de un gato. Por no hablar de que corría como un condenado.
Tan a lo lejos esos dos apenas eran un punto agitándose sobre un fondo verde. Resultaba gracioso pensar que aquellas aparentes moléculas vibrantes eran un par de muchachos repletos de vida que no se llevaban para nada bien. Las apariencias engañan, se recordó Sheik.
Llegaron al abrazo protector de los árboles unos minutos después. Link jadeante, Danilo indiferente, como si acabara de dar un paseo por el jardín de su casa.
Ambos se arrodillaron frente a Sheik, quien no pudo evitar esbozar una sonrisita de superioridad. El asesino se inclinó tanto que su frente acabó apoyada en el húmedo suelo, su rostro sumergido en la hierba, y el sheikah sospechó que luchaba por recuperar el aliento sin perder su dignidad mientras Dan tendía la roja manzana aún atravesada por la flecha a Sheik con solemnidad. Éste la tomó, arrancó el proyectil y se lo devolvió a su compañero. La escasez de flechas era uno de los principales peligros de ser un arquero. A continuación propinó un buen bocado al fruto y se lo fue comiendo en el camino de vuelta a la hoguera.
Pronto el trío estaba una vez más sentado alrededor del danzarín fuego, que secó los cuerpos chorreantes y calentó los ánimos de los presentes.
Sin mediar palabra, Link sacó un par de bollos de la alforja tendida a su lado y se los ofreció a Danilo. Sorprendido, Dan buscó los ojos de su compañero en busca de una explicación y los encontró clavados en la crepitante llama. Su amigo era testarudo y malhumorado, pero tenía buen corazón. Y él, sabiendo aquello, tomó lo ofrecido y dedicó una enorme sonrisa al rubio a sabiendas de que éste le estaba mirando por el rabillo del ojo.
Link jamás lo admitiría. Nunca, ni sometido a la mayor de las torturas; pero lo cierto es que aquella noche había aprendido que ese chiquillo de aparente superficialidad no era tan inútil como podía parecer a simple vista. Sin ser consciente, fue el segundo que se recordó a sí mismo que las apariencias engañan en esa misma hora.
Y así compartieron una de las veladas más agradables que podían recordar en mucho, mucho tiempo. Podían no considerarse amigos, confidentes ni aliados, pero en aquel momento, en aquel preciso lugar, rodeando un mismo fuego y respirando un mismo aire, todos se sintieron arropados por la compañía ajena.
A fin de cuentas, como bien dicen los viejos que son los más sabios y los menos escuchados, el roce hace el cariño.
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Muy a su pesar, esta narradora se ve obligada a mencionar que no toda la travesía estuvo embargada de aquella primera amistad empalagosa.
Cabalgaron cuatro largos días antes de alcanzar la elevada muralla de troncos de madera atados que marcaba los límites del Rancho Lon Lon. Noventa y seis horas durante las cuales Danilo y Link habían discutido, peleado y despotricado contra el otro sin cesar. Sheik habría apostado un brazo a que todos los antepasados de sus compañeros habían sido mencionados, maldecidos y condenados. Incluso parientes remotos que ni siquiera conocían. Oh sí, aquellos dos eran insoportables y juntos eran peor que un volcán en erupción.
Discutiendo estaban sobre el emplazamiento de no sé qué lago de no sé dónde cuando fueron a dar con los huesos en el destino que habían perseguido los últimos días.
A primera vista el rancho parecía una fortaleza amurallada. Los años habían hecho que adquiriera aquel aspecto amenazante. Demasiadas reses habían sido robadas ya y los pobres habitantes necesitaban ganarse la vida. Las maderas que conformaban la muralla, finalizadas en intimidantes puntas afiladas, ahuyentaban a los no deseados y aumentaban la fama del lugar.
Además de por su aspecto fortificado, Rancho Lon Lon era famoso por su leche casera, por sus vacas y…
-¡DANILO!
… Y sí, también por Malón. Por ella sobre todo.
Corría por Hyrule la leyenda de que los gritos de la granjera podían ser escuchados en los lejanos reinos del oeste, donde eran conocidos por los humanos de ojos rasgados como la ira del dios del viento.
Poco sabían de la pelirroja espigada que los emitía.
A Malón se la conocía no solo por su voz sino también por su belleza. Era una muchacha de unos diecisiete años delgada, de larga melena color rojo pasión y enormes ojos redondos y azules.
Ningún ojo mortal habría sido capaz de percibir la figura de una muchacha corriendo hacia ellos tan rápido que más que avanzar por tierra parecía teletransportarse. Pero Danilo ya estaba acostumbrado. Había pasado demasiados años a su lado como para no estarlo, así que cuando la chica llegó junto a los tres jinetes él ya había descendido y extendía sus brazos en dirección a la joven.
Se abrazaron y en ese momento Link pudo enfocar por primera vez su visión en ella.
Una enorme sonrisa plagada de dientes ocupaba casi la totalidad de su ovalado rostro y sus brazos de piel tostada se enroscaban alrededor del cuello de Danilo como si fuera una boa constrictor. Los músculos de sus brazos, más marcados incluso que los de Dan, llamaron la atención de Link. Se notaba que esa chica trabajaba duro.
Enterrada en el pecho del moreno con los pies a varios centímetros del suelo, Malón –nombre al que respondía la chica- acercó sus labios rojos a la oreja del que la sujetaba.
-No me has presentado a tus amiguitos –murmuró con fingida inocencia. De espaldas a sus colegas, Danilo esbozó una mueca torcida de diversión amarga. Conocía demasiado bien a su amiga. No se dejaba engañar más por sus ojitos de frágil damisela.
-¿Sigues desesperada? –respondió sin molestarse en buscar su oreja. Mientras no enfrentase a sus compañeros y hablase en voz baja no corría riesgo de ser escuchado.
-Y tanto.
Con una disimulada risita la soltó. Las botas de piel de Malón se hundieron ligeramente en el barro antes de que se lanzase como una loca a por Link, que ya había desmontado.
-Hola, soy Malón –ladeó la cabeza y le dedicó su mejor sonrisa. La que sabía encantadora. Se aseguró de pestañear un par de veces de más en su dirección y justo en ese instante la brisa agitó su cabellera ardiente. Si hubieran estado jugando a los bolos aquello habría podido llamarse un pleno, y la muchacha estaba pletórica de alegría.
Pero la expresión de Link no podía haber sido más indiferente.
Le tendió la mano, se la estrechó y echó a andar tras Danilo y Sheik camino del rancho.
La joven no terminaba de entender lo sucedido. Ella siempre había tenido la certeza de ser atractiva, y su sonrisa, arrebatadora. Aquello debía de ser un problema. Un cucco negro entre todos los blancos, como decían en su rancho.
Alcanzó a los otros y agarró el brazo de Danilo, tirando de él hacia atrás para tener un momento a solas.
-¿Qué le pasa a ese tipo? –inquirió y señaló con la barbilla a un Link ajeno a lo que sucedía.
Dan sabía que no podía ir y decirle que era un asesino a sueldo sin corazón que solo estaba con ellos porque le habían chantajeado y que podría rebanarle el pescuezo si lo cogía con un mal día, así que simplemente contestó con una radiante sonrisa:
-Él tiene otras inclinaciones.
Malón comprendió. Sería de pueblo pero no era tonta.
Su mente comenzó a crear mil escenas algo calenturientas de su amigo con aquel rubio haciendo cosas no muy beatas durante las largas noches a campo abierto.
Y, de pronto, se percató del segundo rubio con las vendas. No era su tipo pero con sus diecisiete años y sus locas ganas de encontrar novio tampoco podía ser muy exigente.
-¿Y el otro rubiales?
Danilo comprendió y calló un segundo más de la cuenta. Después una enorme sonrisa traviesa se adueñó de su rostro.
-Él sí. Está soltero y le van las pelirrojas –los ojos azules de Malón recuperaron su brillo como el bronce recién bruñido-. Al ataque, preciosa.
Y con esas palabras la granjera se arregló el cabello hasta dejarlo exactamente igual que antes, tomó aire y se lanzó en pos de su nuevo objetivo.
Tras ella, Danilo se mordía los labios para no romper a reír como un descosido.
Aquello, señoras y señores, prometía.
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Malón los llevó al interior del rancho.
Era un lugar muy extenso, verde como la pradera misma, y con senderos de grava que unían las distintas casas que se erigían dentro de las murallas. De lo poco que había captado del borboteo constante de palabras que surgían de la boca de aquella muchacha, Link había descubierto que el lugar se componía de unas cuadras donde vivían más de una treintena de vacas, unos establos que albergaban los caballos del rancho –los cuales tenían gran renombre por todo Hyrule y eran bastante solicitados por nobles y caballeros-, la casa principal donde Malon y su familia vivían y otra gran parcela vallada en el centro del rancho en la que los caballos corrían de día y eran domados. Además de todo aquello la casa principal tenía un bar en la planta baja y un gallinero plagado de cuccos a pocos metros de distancia.
Era un lugar aún más vasto de lo que Link había creído en un principio.
Mientras él sacaba sus conclusiones, memorizaba el camino que seguían y trataba de imaginar la mejor vía de escape en caso de necesidad –manías de un asesino precavido-, Malon seguía hablando, y seguía y seguía.
Y por todas las diosas, no se calló hasta llegar a la puerta de madera de su casa. Tocó con vehemencia, soltó un grito para advertir su entrada y abrió de una patada.
Agarró a Sheik del brazo y lo arrastró dentro. Un Danilo que parecía demasiado divertido les siguió. Link fue el último y tras echar un vistazo al exterior cerró suavemente tras de sí.
La puerta emitió un ligero crujido a su espalda pero el asesino estaba en aquel momento muy ocupado para percatarse.
La casa de apariencia pequeña se había tornado en una sala de dimensiones exageradas. Del techo pendía una lámpara de araña a más de diez metros sobre su cabeza. Robustas mesas de madera de roble llenaban el lugar y taburetes fabricados con el mismo material las rodeaban. El bar era rectangular, demasiado grande para ser regentado solo por tres personas, y tenía en la pared justamente opuesta a la puerta de entrada una alargada barra. A un lado de esta descansaban los taburetes alargados y en otro las estanterías se encadenaban en una increíble hilera de bebidas alcohólicas, jarras de recia madera y botellas de leche cerradas. En ese mismo costado se encontraba la puerta que daba paso a la verdadera casa, escaleras arriba, y otra puerta más que daría a la cocina si no se equivocaba.
Procuró que la boca no se le cayese de la sorpresa al encontrar en una de las mesas más grandes y cercanas a la barra el desfile de comida más desorbitado, suculento y humeante que había visto en su vida. Varios pollos y un cerdo asados, un par de cestas plagadas de fruta, botellas de leche por doquier que salpicaban de blanco el colorido amasijo de alimentos allí expuesto, seis jarras de espumosa cerveza, una montaña de patatas fritas y un colosal caldero lleno de sopa hasta el borde que aún soltaba una columna de vapor y burbujeaba. La cubertería y los platos eran de madera y algo más grandes de lo normal, pero tampoco se iban a poner delicados. Para rematar, seis sillas rodeaban los manjares y parecían suplicarles que se sentasen en ellas.
Malon soltó una carcajada al ver los rostros boquiabiertos de sus amigos y los invitó con un amplio gesto de su brazo a tomar asiento.
Justo cuando iban a sentarse, obedientes como nunca lo eran y casi embrujados por la llamada de la comida, la puerta de la cocina se abrió y aparecieron dos hombres, uno detrás de otro, cargados con nuevos platos de carne recién preparada.
Uno de ellos, un hombre bajito, rechoncho, de marcada calvicie en la zona superior de su cabeza pero abundante pelo en la zona de la coronilla que se extendía de una oreja a otra gritó de alegría al verlos allí dentro.
Link observó patidifuso como Dan dejaba la tentadora compañía de la mesa para correr en brazos del achaparrado hombretón que vestía un peto azul marino sobre una camiseta roja y unos zapatos de piel que dejaban ver parte de sus peludas piernas. Este último soltó su carga en la barra, invadido por una felicidad equivalente a la suya.
Abrazó con tanta fuerza al moreno que lo levantó del suelo entre sonoras risotadas. Link ya entendía de dónde había sacado Malon su ruidoso carácter.
Tras él había un hombre menudo de marcada barriga. Fruncía el ceño, los labios y prácticamente cualquier parte del rostro que se pueda fruncir para mostrar disgusto y chasqueó la lengua molesto cuando Dan fue sepultado entre los brazos del gigante.
Después de ser liberado, Danilo se volvió hacia el hombrecito que lucía tan disgustado y le dedicó un alegre saludo. El aludido se limitó a cruzar los brazos y a gruñir unas ininteligibles quejas entre dientes. Dan solo rio. Parecía no molestarle su carácter huraño.
Malon presentó al hombre del peto azul como Talon, su padre, y al otro, que llevaba un peto rosa chicle por una razón que Link prefería desconocer, una camiseta verde bajo éste y unos zapatos iguales a los de Talon, que respondía al nombre de Ingo –el amargado de Ingo, como se aventuró a añadir en un susurro la granjera.
Todos en aquella casa tenían unos bonitos ojos azules por lo que Link dedujo que eran una familia.
Se sentaron a la mesa tras ser saludados con la misma efusividad por parte de Talon y mientras empezaban a comer les contó que tenían una cantidad desmesurada de comida preparada para hacer frente al flujo constante de clientela que antes acudía al rancho y que por eso no habían tardado ni cinco minutos en prepararlo todo desde que habían escuchado el chillido de su hija.
Link comió en silencio y dejó que sus compañeros contasen por encima los detalles del largo viaje a caballo con algunas cómicas añadiduras de Dan que pronto eran cercenadas por Sheik.
Talon y Malon comían y escuchaban sin perder detalle. Y Link tampoco pasó desapercibidas las sonrisitas cómplices y las miradas provocativas que la pelirroja dedicaba en ocasiones a Sheik. El sheikah, por su parte, tampoco parecía ignorarlas, porque temblaba levemente cada vez que Malon hacía un gesto más lascivo de la cuenta. El asesino no estaba contento y cada vez que captaba los gestos lujuriosos de su compañera de mesa sentía un nudo iracundo cerrándose en su garganta que siempre luchaba por desatar recordándose que Sheik podía defenderse solito y que no tenía nada que ver con él.
Ingo, el desagradable Ingo, como Link había decidido apodarle, no olvidó mencionar como la clientela del bar del rancho había decrecido bastante desde que se corrió el rumor por las casas circundantes de que en Lon Lon se había hospedado un humano harapiento unos días atrás. Danilo sin lugar a dudas, concluyó Link.
El brillo alegre de los ojos del moreno se extinguió al escuchar aquello y su mirada se clavó en el muslo de pollo que iba a morder. Debería haber sido consumido –y pagado- por un cliente, no por él. Y era culpa suya.
Antes de que la cabeza de Dan comenzase a darle vueltas al asunto, Malon arreó un puñetazo a Ingo que lo mandó contra su cuenco de sopa y lo bañó en el hirviente caldo entre sus gritos de dolor. Talon recibió el acto violento de su hija con una nueva risotada y restó importancia al asunto con un vago gesto de su mano. Un par de rupias más no les harían más ricos si para ello debían de negarle ayuda a un buen amigo.
Así siguió la cena, entre risas, mordiscos, miradas y gestos incómodos y golpes.
Y Link sintió en su estómago un agradable cosquilleo.
Una remota, remotísima y casi inexistente parte de él se sentía como en casa.
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Tal como Link supuso, el piso de arriba era el verdadero hogar de aquella familia trabajadora.
Durmieron los tres en el cuarto de invitados: Dan y Sheik en la cama de matrimonio y Link en el suelo –por perder en un juego de manos cuyas reglas y procedimiento había inventado el moreno al momento según sospechaba Link. Cada uno tomó un buen baño en el barreño familiar pues apestaban como bubillas, cosa que Ingo se había encargado de remarcar constantemente. A fin de cuentas, llevaban más de tres días sin ver un balde donde poder asearse, tampoco es que fuera culpa suya.
Link fue el último en despertar al día siguiente y al abrir los ojos se encontró solo en aquel cuarto de decoración espartana –una cama, dos mesitas de noche y un armario que no iban a tocar. Parpadeó un par de veces, primero confuso hasta que los recuerdos del festín del día anterior le vinieron a la mente y al paladar dejándole un agradable regusto en la boca, y luego parpadeó sorprendido. Estaba acostumbrado a despertarse el primero y a contemplar las figuras durmientes e indefensas de sus compañeros mientras se divertía durante unos instantes con el pensamiento de que podría degollarlos y marcharse sin que jamás pudieran echárselo en cara. Luego se decía que aquellos eran los pensamientos de un maníaco, después recordaba que era un asesino y más tarde se echaba a reír. Lo más probable es que fuera ambas cosas.
La luz del sol se filtraba en un suave halo y acariciaba con dulzura la cama deshecha y las sábanas revueltas, pero él, abajo en la madera templada, se deleitaba con los últimos momentos de oscuridad antes de ponerse en pie.
Se revolvió el pelo para parecer que se lo había peinado –como si a él le importase algo-, estiró sus ropas para librarlas de las arrugas de una noche movidita y dobló la capa sobre su antebrazo.
Bajó las escaleras para ser recibido por el delicioso olor de la leche caliente y el pan tostado.
Sentados a la mesa estaban Malon y Sheik. La granjera se encargó de echarle una bronca que lo libró de los últimos jirones del sueño que entorpecían sus movimientos. Le repitió mil veces que en una granja la vida empieza antes del amanecer, que por ser su primera vez le perdonaba y un par de cosas más que la visión de un sonriente Danilo cargado con cuatro platos le impidió escuchar.
Danilo depositó los platos cargados de tostadas en la mesa con maestría y marcada experiencia. No todo el mundo es capaz de llevar dos pares de platos llenos de comida de una sentada, por lo que Link supuso que tenía más experiencia de lo que su nerviosa sonrisa dejaba entrever.
Aceite, tomate rallado, una pizca de sal y jamón juntos en la tostada más deliciosa que Link había tomado en mucho, mucho tiempo. Después se bebió la botella de leche fresca de un trago y se acarició el estómago gustoso.
Así sí que se vivía bien, no tomando carne seca a la intemperie.
Tras comer, Malon se puso en pie y colocó los brazos en jarras.
-Bien, chicos, aquí si un hombre quiere comer tiene que trabajar.
A Link le pareció una sentencia justa y la comprendía pues él mismo se había regido por ella, pero no estuvo tan conforme cuando le plantaron frente a una maloliente cuadra, bieldo en mano, y le mandaron quitar toda la paja sucia por los excrementos del animal y reemplazarla por una nueva. Sheik recibió la orden de alimentar a todas las reses y caballos del rancho, tarea bastante más agradable, y Danilo se limitó a haraganear por los alrededores.
Una de las miles de veces que los cansados ojos de Link atisbaron a su feliz compañero correteando junto a los caballos dentro del cerco interno del rancho entre montón y montón de paja, se volvió hacia Talon, que en aquel momento estaba ordeñando una de las vacas:
-¿Y ese que mierda hace? Después que no quiera almorzar o juro que lo ahorco aquí mismo.
El otro torció el rostro al escuchar la voz indignada del rubio y soltó una carcajada. Recordaba haberse puesto así también la primera vez, cuando mandó a trabajar a Danilo, años atrás, y había recibido por parte de su hija la misma respuesta que ahora le iba a dar:
-Él hace otras cosas. Prepara la comida y habla con los caballos más rebeldes –retornó su atención unos breves instantes a las ubres de la vaca que tenía entre los dedos y de paso permitió que Link digiriera sus palabras, justo como había hecho su hija en su momento-. Siempre que ese crío viene a mi rancho consigo domar a potros que creía perdidos. No sé cómo diantres lo hace, pero por Nayru y mis bolsillos, espero que lo siga haciendo.
Aquella respuesta no calmó los ánimos a Link. No podía olvidar que él, el mejor asesino a sueldo de toda la Ciudadela, estaba recogiendo la porquería dejada por alguna vaca apestosa mientras un loco andaba correteando por ahí. Si querían alguien que hablase con animales, él podía darle una charla hasta a un grillo si eso le valía librarse de aquella tortura. Se secó el sudor con el dorso de su mano y carraspeó para reducir la tremenda sequedad que oprimía su garganta. Y comenzó a maldecir a su compañero entre embestida y embestida de su bieldo a la pobre paja.
Pero su odio se disipó en gran parte cuando dio el primer sorbo a la sopa de verduras que Danilo había preparado mientras todos los demás trabajaban en el rancho. Allí, sus habitantes solo comían la carne de los animales que criaban en ocasiones especiales o la reservaban para sus clientes, así que todo fueron verduras y frutas. A pesar de ello, la comida sació a todos los comensales y les permitió trabajar hasta las cuatro, momento en el que se abría el bar y las labores diarias de la granja cesaban hasta el día siguiente.
Fue entonces cuando Malon, aprovechando que estaban los cuatro fuera descansando mientras Ingo y Talon despachaban a los primeros clientes, les preguntó si algún propósito en especial les había traído al rancho. Se había percatado de que eran tres y tenían solo dos yeguas y una diminuta chispa de codicia heredada de su tío Ingo brillaba en el fondo de sus ojos azules.
Casi antes de que Sheik le dijese que buscaban una montura para Link –quien recibió la noticia con terror, horrorizado ante la idea de tener que montar solo encima de una de esas bestias sin poder aferrarse a nada que no fuese la silla de montar- ya los estaba guiando hacia el cerco donde pacían los caballos.
Se los señaló sonriente.
-Todos son robustos y fieles caballos procedentes del rancho Lon Lon; los mejores de todo el país, me atrevería a decir –hinchó el pecho orgullosa y Link contempló como no exageraba en lo más mínimo. Bueno, tal vez un poco, pero la compra de un caballo y la consecuente adquisición de todos los arreos necesarios para su monta siempre eran una relevante fuente de ingresos para su familia.
Las bestias galopaban, pastaban o se limitaban a observarlos con el cuello muy erguido cuando los cuatro entraron en el cerco. Las crines eran brillantes y estaban bien cuidadas, ya fueran cortas o largas, y las colas, peinadas cuidadosamente. Había más de una veintena de animales allí dentro y a pesar de ser de los colores más variopintos no presentaban señales de estar en malas condiciones.
Malon se quedó en la entrada para asegurarse de que se mantenía cerrada y sujetó a Sheik del brazo. El sheikah tragó saliva como preparándose para lo que le esperaba e hizo un gesto que imploraba ayuda a sus colegas, pero estos se hicieron los suecos. Era tan divertido ver a Sheik –el que les había hecho correr bajo la lluvia días atrás- sufrir las atenciones de una joven desesperada.
Dan y Link fueron juntos entre los caballos a buen paso. Ninguno decía palabra, ocupados en buscar la montura idónea. El rubio sabía que cuando la viese lo sabría y Danilo no daba muestras de querer interrumpir su búsqueda. Él mejor que nadie era consciente de lo necesario que es tener un buen vínculo unitivo con tu caballo.
Negros, tordos, castaños, perlas, azabaches, bayos… había tanto entre lo que elegir que los colores se mezclaban en la mente del rubio sin darle ninguna respuesta específica. Moriría en el intento de encontrar a su montura ideal, lo cual, si opinar le estaba permitido, era bastante triste.
O eso pensó hasta que la vio. Era castaña, de crines y cola blancas y una fina línea blanca deslizándose como un delicado reguero de leche desde sus puntiagudas orejas marrones hasta casi alcanzar su hocico negro, estrechándose poco a poco y desapareciendo antes de llegar a tocarlo. Sus patas largas, firmes y musculosas eran de tres tonalidades distintas: marrón, negro y blanco, que dividían cada una de las patas como si fuera la paleta de un pintor de desiertos. Sus cascos oscuros se hundían en la tierra a cada nueva zancada que daba y galopaba veloz como una centella. Pasó ante sus ojos, breve y efímera cual amor de verano y lo dejó atrás antes que tomase una nueva inspiración.
Dan supo que era ella sin que los labios de Link hubieran descubierto aún cómo expresarlo. Estaban dormidos, agarrotados y luchaban por moverse, por gritar la magnificencia y hermosura de aquella yegua, pero eran incapaces.
Cuando decidió que articular palabra era más o menos imposible, optó por volverse hacia su compañero para dar con él a punto de echar a correr tras la yegua.
Danilo corría rápido, sí, pero la bestia tenía cuatro patas y una voluntad de hierro. De pronto, se detuvo para sorpresa de Link y volvió la testa hacia el jadeante moreno, que previamente había gritado que parase su avance. El asesino rubio no comprendía qué pasaba con la yegua de apariencia indómita pero miró extasiado como ésta se dejaba hacer.
Permitió que el moreno le palmease el cuello tenso y que pasase una de sus manos acariciando la zona entre sus ojos mientras murmuraba palabras a su oído. La yegua parecía tranquila, arrullada por las palabras de Dan, aunque mantuvo sus enormes y profundos ojos negros clavados en Link.
El rubio tuvo la inquietante sensación de que estaban hablando de él y no podía hacer nada para remediarlo. Sin saber qué hacer saludo al animal con una mano, sintiéndose de repente minúsculo e insignificante a su lado.
Lejos, recargados contra la entrada de madera, Malon y Sheik contemplaban el espectáculo.
-No te pongas tan contento, Sheik –dijo, viendo el brillo eufórico que iluminaba los ojos rojos de su compañero. Se miró las uñas con desgana antes de proseguir, clavando su mirada en la ajena y esbozando una sonrisita que oscilaba entre traviesa y burlona-. Epona nunca ha sido una yegua fácil.
Continuará…
Si soy sincera iba a acabarlo un poco más tarde, apenas unos párrafos después, pero ese final se me hizo bastante mejor xD Malon me cae genial porque me la imagino como una granjera desesperada por encontrar un marido y no sé por qué xD Después está Danilo que es un personaje bastante fácil de encajar en cualquier sitio por su carácter alegre y nuestro sexy Link que va por ahí corriendo sin camiseta haciendo sangrar por la nariz a la señorita que todos sabemos que Sheik alberga en su interior xDD
Intentaré actualizar cuanto antes porque estoy de vacaciones de verano y la vida es bella y todo eso, así que esperad por el siguiente cap, queridos xPLamento mucho mi tardanza, el instituto drena mis energías u.ú
Yyyyyy creo que eso es todo lo que necesitaba decir hoy. Llevaba mucho tiempo queriendo actualizar y sintiéndome como una mierda por no hacerlo :S Nunca empecéis a ver un anime largo si tenéis que hacer otras cosas… nunca xDDicho esto me despido, queridos lectores. Siento cualquier probable falta ortográfica o gramatical, son cosas que pasan T.T
Les invito a dejar comentarios y a decirme lo que piensan de esta historia, ¡estaré encantada de leerlos y responderos!
Atte –Magua.
