Bueno este es otro capitulo de esta nueva adaptación, espero que les guste.

Los personajes ni la historia me pertenecen, todos los derechos a sus respectivos creadores


Capítulo 10

Lucy estaba de pie en el umbral del palco Rivington, en el Theatre Royal, incapaz de contener una sonrisa de satisfacción al mirar al público del teatro y notar los numerosos gemelos de ópera que apuntaban a la señorita Meredy Fiori.

Si el grado de atención que suscitaba era una indicación, tuviera título o no, fuera hija de una marquesa descarriada o no, Meredy sería una debutante digna de ser tenida en cuenta.

La ópera todavía no había comenzado y el palco ya estaba atestado de visitantes, pilares de la sociedad que se acercaban, evidentemente, a saludar a la duquesa viuda y, cómo no, a conocer a la joven y hermosa Meredy. En el caso de los caballeros más jóvenes, la razón de la visita era todavía más clara, pues todos se afanaban por ser presentados lo antes posible a la muchacha.

La velada no podría haber estado mejor planificada, y Lucy era la responsable de aquel éxito.

Meredy había llegado al estreno en el carruaje Allendale y, para deleite de Lucy, se había apeado con gracia y aplomo, como si exhibirse para ser juzgada por la aristocracia londinense fuera la cosa más natural del mundo. Una vez dentro del teatro, Meredy se había quitado la capa para revelar un sensacional vestido de raso, que había sido entregado esa misma mañana en Dragneel House; madame Hebert se había superado a sí misma y había realizado pequeños bordados con hilos de oro que serían la envidia de todas las mujeres.

Entonces había sido escoltada —en la noche más importante de la temporada teatral de Londres— al palco personal del duque de Rivington, donde fue recibida como invitada personal por la duquesa viuda, la futura duquesa y el propio duque. Esa noche el palco Allendale estaría vacío; el conde, la condesa viuda y Lucy presenciarían la función en el palco Rivington, demostrando a todo el mundo que Meredy era aceptada por dos de las familias más poderosas de Gran Bretaña.

Y, por si eso no fuera suficiente, habían llegado un poco después Dragneel y Zeref, proporcionándoles a las matronas en busca de maridos para sus hijas aún más tema de conversación. Era muy raro ver a los elusivos gemelos en acontecimientos tan sociales como ese, y todavía más raro verlos juntos. Lucy se fijó en ellos, uno junto al otro y de pie, como centinelas, unos metros por detrás de su hermana, completamente intimidatorios e idénticos en su altura y atractivo.

A Lucy se le aceleró el pulso mientras estudiaba a Dragneel. Estaba impecable; había prescindido de aquellos chalecos brillantes que tanto apreciaban los dandis en favor de unos pantalones y una chaqueta negros hechos a medida con el clásico chaleco blanco. Llevaba la corbata almidonada de manera intachable y las botas relucientes, como si hubiera seguido una ruta mágica que no incluía las calles enlodadas de Londres. Estaba perfecto. Es decir, hasta que se notaba la tensión en la postura de sus hombros, en los puños apretados y el músculo que le palpitaba en la mandíbula mientras observaba cómo su hermana navegaba a través del intricado mar de la escena social londinense. Era evidente que estaba preparado para presentar batalla a quien se interpusiera en la aceptación de su hermana.

Como si presintiera su atención, Dragneel giró la cabeza hacia ella. Lucy contuvo el aliento cuando sus miradas se encontraron, atrapada por aquellos brillantes ojos verdes, tan agudos e insondables. Él la saludó con un imperceptible gesto de cabeza.

Ella comprendió el significado: «gracias».

Le correspondió de la misma manera.

Sin confiar en sí misma para ocultar sus emociones, volvió a mirar distraídamente hacia la multitud que llenaba el teatro, impaciente porque empezara la ópera y pudiera distraerse de su presencia en el palco.

La función debería haber comenzado media hora antes pero, por desgracia, la sociedad rara vez asistía al Theatre Royal a escuchar ópera… y pocas veces en la noche del estreno de la temporada. No, la aristocracia asistía a la ópera para ver y ser vista, y los dueños del negocio sabían muy bien cómo contentar a sus clientes.

Lucy se volvió para mirar a Meredy, observando con orgullo cómo hablaba con la duquesa viuda y le hacía reír delante de todo el mundo. Perfecto.

—Parece muy orgullosa de sí misma.

Una corriente de excitación la atravesó al oír aquella voz ronca y divertida cerca de su oído. Deseando mostrar una apariencia de tranquilidad, buscó los ojos verdes de Dragneel.

—En efecto, milord. Lo estoy. Su hermana está desenvolviéndose muy bien, ¿no cree?

—Sí. La velada no podría resultar más perfecta.

—Fue idea de Michel acudir al palco Rivington —señaló Lucy—. Nuestras hermanas parecen haber congeniado con rapidez.

—Supongo que es debido, en gran parte, a su intervención. —Lucy inclinó la cabeza en silenciosa aceptación—. Ha actuado con mucha inteligencia.

Contuvo el extraño deseo de jactarse ante aquella alabanza cuando sonó el timbre del teatro, señalando el comienzo de la función. En aquel preciso instante, desaparecieron los visitantes y Dragneel le ofreció el brazo.

—¿Puedo acompañarla a su silla, lady Lucinda?

Lucy apoyó la mano en el antebrazo, aceptando su escolta, mientras trataba de ignorar la ardiente conciencia que la atravesó como un relámpago cuando lo tocó. Era la primera vez que se veían desde el encuentro en la taberna. En el carruaje. La primera vez que se tocaban desde que estuvo entre sus brazos.

Una vez que ella se hubo sentado al lado de Laxus, Dragneel reclamó el asiento al otro lado, abrumándole los sentidos con su cercanía. Se vio envuelta por su aroma, una combinación de madera de sándalo y limón y algo muy masculino. Contuvo la tentación de inclinarse hacia él e inhalar profundamente. Eso era algo que, sin duda, no debía hacer.

—¿Le gusta la ópera, milord? —Inició una conversación con la esperanza de distraerse de su proximidad.

—No particularmente. —Las palabras rebosaban indiferencia.

—Me sorprende oír eso —dijo ella—. Me dio la impresión de que disfrutaba de la música. Después de todo, tiene un piano… —Se interrumpió bruscamente, y miró a su alrededor con rapidez para determinar si alguien estaba escuchando su conversación. Era evidente que no podía hablar de su piano ante una tercera persona.

Él arqueó una ceja ante sus declaraciones.

—Sí que lo tengo, lady Lucinda —afirmó Dragneel con sequedad.

Aquel hombre se estaba burlando de ella. No pensaba seguirle el juego.

—Bueno, por supuesto casi todo el mundo tiene un piano. —Continuó Lucy, negándose a mirarlo y farfullando—: He oído que la función de esta noche no tiene igual. El barbero de Sevilla es una ópera preciosa. Me gusta mucho Rossini. Y me han dicho que la cantante que interpreta a Rosina posee un brillante talento. No recuerdo su nombre… la señorita… —Se calló, segura de que la conversación había tomado unos derroteros más seguros.

—Kritikos. Nastasia Kritikos —le informó.

Las palabras retumbaron en su mente. «Nastasia.» Comprendió de golpe.

«No habría querido que esto resultara más difícil de lo que ya es, Nastasia…»

¡Ay, Dios bendito! Aquella cantante de ópera era su amante. Lo miró, sosteniendo aquella mirada fría e ilegible.

—Oh… —susurró ella, incapaz de pronunciar una sílaba.

Él guardó silencio.

«¿Qué esperas que haga? ¿Que anuncie a todo el mundo que la cantante es su amante? ¿La misma amante con la que te confundió la noche que irrumpiste con tanta delicadeza en su dormitorio?»

No, decidió que lo mejor sería no seguir esa conversación. Con las mejillas ardiendo, se inclinó hacia delante en su silla y miró por la barandilla, preguntándose si sobreviviría si intentaba escapar por allí. «Probablemente no», pensó con un suspiro. Se volvió hacia él, sosteniéndole la mirada que ahora rezumaba diversión.

¡Estaba disfrutando al verla tan avergonzada!

—Creo que está demasiado alto para saltar —le dijo él con aire conspirador.

«¡Qué hombre más irritante!»

Afortunadamente se salvó de tener que responder al abrirse el telón. Centró su atención en el escenario, diciéndose a sí misma que tenía que dejar de pensar en Dragneel.

Por supuesto, le resultó imposible; en particular cuando comenzó la representación y apareció Nastasia Kritikos. La cantante griega interpretaba a Rosina, la hermosa mujer que se ve envuelta en un complot de identidades equivocadas y amores a primera vista. Sin duda era la elección perfecta para el papel, una belleza sin parangón con un busto muy generoso. Lucy no podía dejar de imaginar a aquella encantadora mujer entre los brazos de Dragneel, de ver las morenas manos del marqués sobre la piel pálida y perfecta, ni de contener la cruel envidia que ardía en su interior al comparar los notables atributos de la actriz con los suyos.

Como si la increíble belleza de la cantante no fuera suficiente, parecía que además tenía la más magnífica voz que hubiera honrado nunca aquel escenario.

No existía un hombre capaz de resistirse a ese modelo de feminidad por excelencia.

La situación del palco Rivington era tal que los que se sentaban en él podían apreciar a la perfección todas las partes del recinto y, en varias ocasiones, Lucy tuvo la certeza de que Nastasia Kritikos tenía la vista clavada en Dragneel, como si esperara que él correspondiera a su atención. ¿Sería posible que continuaran su romance? Lucy cerró los ojos ante ese pensamiento, solo para abrirlos y echar una furtiva mirada de reojo al marqués. Tuvo que reconocer su discreción; parecía totalmente concentrado en la función.

Sin embargo, cuando comenzó el aria de Nastasia en el primer acto, él —al igual que el resto de la audiencia— pareció quedarse arrobado. Lucy no pudo evitar notar con ironía la letra de la canción: «¡Sí, Lindoro mío será! ¡Lo he jurado! ¡Y me saldré con la mía! ¡Pero si me tocan en mi punto débil seré una víbora, lo seré! Y de cien trampas me serviré antes de ceder.»[1]

—Sí, ya me imagino lo víbora que puede llegar a ser —masculló Lucy por lo bajo mientras terminaba el aria y todo el teatro se ponía en pie para aplaudir y gritar «¡Brava! ¡Bravísima!».

Decidido. No volvería a disfrutar de la ópera.

Cuando terminó el primer acto y cayó el telón, señalando el intermedio de la función, Lucy suspiró, deseando estar en cualquier otro lugar y preguntándose si sería muy difícil desaparecer de allí para no tener que sufrir la tortura del segundo acto.

Meredy se rió detrás de ella y Lucy supo que no podría irse. Había prometido que la hermana de Dragneel sería todo un éxito y pensaba conseguirlo.

Tras prepararse psicológicamente, se puso en pie. Ansiosa por buscar una conversación que no involucrara a Dragneel, casi chocó con el barón de Oxford, que apareció en el palco justo al terminar el primer acto.

Perfectamente arreglado, el atractivo dandi ofreció a los presentes una de aquellas sonrisas, marca de la casa, antes de clavar la mirada en Lucy. Cuando se acercó a ella, la joven notó que la chaqueta verde botella ofrecía un preciso contraste con el chaleco de raso color berenjena. Observó de inmediato que sus tacones y el mango del bastón hacían juego de nuevo con el chaleco y se preguntó si tendría botas y bastones de todos los colores. La idea le resultó tan ridícula que no pudo evitar curvar los labios.

—Milord —dijo, ocultando la expresión de su cara tras una reverencia medida cuando él se agachó sobre su mano—. Es un placer verle.

—Al contrario, el placer es solo mío —susurró las palabras demasiado cerca, y su aliento hizo arder las mejillas de Lucy, que retrocedió un paso. Él continuó como si nada—: Me he tomado la libertad de pedir champán. —Oxford hizo una seña, indicando al lacayo que sostenía una bandeja con copas llenas del líquido espumoso—. Para usted y… para todos los demás.

Lucy ladeó la cabeza ante aquellas palabras. Sin duda alguna no comprendía tanto interés.

—Gracias, milord. —Observó que el lacayo circulaba con la bandeja sin saber muy bien cómo proceder—. ¿Está disfrutando de la función?

—En efecto. Me ha gustado particularmente la actuación de la señorita Kritikos, es impresionante —comentó Oxford con aquella amplia sonrisa que Lucy comenzaba a encontrar desagradable. Él tomó una copa de champán y se la ofreció. Cuando ella la cogió, el barón le pasó un dedo por el dorso de la mano y se inclinó hacia ella para decirle en un tono profundo y halagador—. Por supuesto, también estoy disfrutando inmensamente del intermedio.

En esta ocasión Lucy tuvo la certeza de que estaba ebrio. Tenía que ser eso. Lucy apartó la mano de aquel roce impropio y consideró darle al barón un buen escarmiento. De hecho, aquello era lo que debía hacer, pero no podía negar que sentía un cierto placer al disfrutar de un poco de atención, sobre todo si pensaba en toda la que le estaba otorgando la sociedad a la amante de Dragneel. Le lanzó al marqués una mirada de reojo y vio que conversaba con su hermano. Él la pescó observándolo y le sostuvo la mirada, levantando la copa en un brindis silencioso. Ella giró bruscamente la cabeza hacia Oxford y le ofreció una brillante sonrisa.

—Yo también disfruto mucho del intermedio, milord.

—Excelente. —El barón dio un largo sorbo a su copa antes de añadir con la voz un poco pastosa—. ¿Le gusta el arte?

—Er… bueno —respondió Lucy un tanto sorprendida por la pregunta—. Sí, milord.

Oxford cambió la copa vacía por otra llena.

—Me gustaría invitarla a acompañarme a la exposición de la Royal Art la semana que viene.

A pesar del intenso deseo de cuestionarse las razones del barón, Lucy se dio cuenta de que no había manera de librarse de esa invitación.

—Será un placer, milord —se limitó a decir.

—¿Qué es lo que sería un placer? —Aquellas palabras arrastradas indicaron la llegada de Dragneel. Lucy se negó a picar el anzuelo.

Oxford, sin embargo, pareció más que ansioso por compartir su conversación con el marqués.

—Lady Lucinda me acompañará a la exposición de la Royal Art la semana que viene —dijo. Lucy no pudo evitar percibir la nota de jactancia en su tono.

—¿De veras? —inquirió Dragneel.

«No tenía por qué sonar tan incrédulo.»

—En efecto, milord. Estoy ansiosa por ver la exposición de este año. —Puso la mano en la manga de Oxford—. Me alegro de poder ir acompañada.

—El placer será todo mío —aseguró Oxford, sin apartar la mirada de Dragneel.

Antes de que Lucy pudiera notar aquel extraño énfasis, sonó el timbre que señalaba el final del intermedio. Oxford se marchó, no sin antes inclinarse sobre la mano de la joven.

—Buenas noches, milady —se despidió—. Esperaré con ansia a que llegue la semana próxima.

—Y yo, barón —replicó ella con una pequeña reverencia.

Entonces, él se volvió hacia Dragneel con una amplia sonrisa.

—Buenas noches, viejo amigo.

Dragneel no le respondió, pero se quedó mirándolo fijamente. Oxford sonrió e hizo un gesto con el bastón antes de salir.

—No tenía por qué ser tan rudo con él —siseó Lucy mientras observaba cómo se alejaba.

—Parece que tiene la cara llena de dientes —dijo él, con aire de suficiencia.

Ignorando el hecho de que ella había dicho casi exactamente lo mismo solo unos días antes, Lucy le dio la espalda y se sentó. Cuando Dragneel ocupó su asiento junto a ella, ni siquiera lo miró, clavando la vista en el escenario y deseando que se levantara el telón de una vez.

Por el rabillo del ojo observó la llegada de un lacayo con una bandeja de plata en la que había una nota. Dragneel tomó el sobre e inclinó la cabeza en agradecimiento al mensajero. Giró el papel sellado en la mano y deslizó el dedo bajo el lacre para abrirlo.

Lucy no pudo evitar leer el mensaje al mismo tiempo que él. Era una nota corta que solo fue visible un instante antes de que él la doblase de nuevo. Pero ella entendió perfectamente el mensaje y su significado.

Ven. N.

Dragneel y Nastasia seguían siendo amantes.

Lucy contuvo una exclamación y giró la cabeza, fingiendo estar concentrada por completo en la función que acababa de reanudarse.

Por dentro todo se tambaleaba. No debería estar sorprendida, por supuesto. No debería pensar en la otra noche, en la del baile de compromiso de Mich, ni en el abrazo en el carruaje. No debería preguntarse por qué, si mantenía una relación con Nastasia, se le había ocurrido besarla.

Pero, lógicamente, se lo preguntó.

¿Y qué ocurría con su hermana? No era posible que aceptara la invitación. No esa noche entre todas las noches. ¡Era la primera salida de Meredy a un acto social!

La tristeza y el ultraje lucharon en su interior durante las dos primeras escenas del segundo acto. Cuando al principio de la tercera escena él se puso en pie y salió bruscamente del palco, ganó el ultraje.

No. No le permitiría arruinar el triunfo de su hermana. No después de todo lo que ella había hecho para asegurar que fuera un éxito. Eso sin mencionar a los demás, que también habían puesto su granito de arena para apoyar a la joven.

¿Cómo se atrevía a arriesgarlo todo? ¿Y por qué?

La cólera fue en aumento. Irguió los hombros. Alguien tenía que pensar en Meredy.

Se volvió hacia Laxus.

—El champán se me ha subido a la cabeza —susurró—. Voy a sentarme un rato en el salón de damas.

Su hermano se inclinó hacia delante, notando la ausencia de Dragneel.

—Nada de aventuras, Lucy —susurró, mirándola a los ojos.

Ella forzó una sonrisa.

—Nada de aventuras.

Y salió del palco.

Apuró el paso por los largos pasillos débilmente iluminados del teatro, la cabeza le daba vueltas y no dejaba de preguntarse si encontraría a Dragneel antes de que este desbaratase las probabilidades de éxito de Meredy. Lucy apostaría hasta la propia Allendale House a que en el pasado se había reunido más de una vez con su amante en ese mismo lugar. Lo más probable es que se conociera al dedillo el camino al camerino de la señorita Kritikos. No pudo contener la exclamación de repugnancia que acompañó a ese pensamiento.

Dobló la esquina del corredor superior y vio a Dragneel al fondo, dirigiéndose hacia la inmensa escalinata. Lucy echó un vistazo a su alrededor y observó que no se veía un alma, por lo que no pudo resistirse a llamarlo a voces.

—¡Dragneel! ¡Alto!

Él se quedó paralizado en el escalón superior y miró con incredulidad hacia el corredor, donde ella se apresuraba para alcanzarlo. Una vez que la vio, la palpable incredulidad se convirtió en furia, y se giró sobre sí mismo para enfrentarse a ella.

Antes de que ella tuviera la posibilidad de hablar, él la cogió del brazo y la arrastró a un pasillo oscuro.

—¿Se ha vuelto loca? —le susurró en tono colérico.

Jadeando por el esfuerzo y la irritación, ella se zafó de su agarre.

—¡Yo podría preguntarle lo mismo! —respondió.

Él ignoró sus palabras.

—¿Qué demonios hace aquí fuera? Si la descubren…

—Oh, por favor —le interrumpió—. Es un lugar público. ¿Qué cree que me ocurriría si me descubrieran? Alguien me señalaría la dirección al salón de damas, y listo. Pero ¿y si le descubren a usted?

Él la miró como si se hubiera vuelto loca.

—¿De qué demonios habla?

—Usted no es lo que se dice discreto, lord Dragneel —escupió su nombre—. Para ser alguien que se preocupa tanto por la reputación de su hermana, debería tener más cuidado. —Le clavó el dedo enguantado en el hombro—. ¡He leído la nota! Sé que va a encontrarse con su… su…

—¿Mi…? —la presionó.

—¡Su… amante! —con cada sílaba le clavó el dedo con más fuerza.

Él le cogió el dedo al llegar al final de la palabra y se lo apartó. Sus ojos verdes brillaron de una manera peligrosa.

—¿Se atreve a reprenderme? ¿Está cuestionando mi comportamiento? ¿Quién se cree que es?

—Soy la mujer que eligió para guiar a su hermana en la sociedad. Y no le permitiré que arruine sus posibilidades por una noche de…

—¿No me permitirá qué? ¿No era usted la que coqueteaba desvergonzadamente con un dandi borracho ante los ojos de todo el que quisiera mirar?

Lucy se quedó boquiabierta.

—¡Yo no he hecho tal cosa!

—Pues eso es lo que parecía, milady.

—¡Cómo se atreve! —exclamó ella, furiosa—. ¡Cómo se atreve a decirme que coqueteo desvergonzadamente! ¡Yo no me he dedicado a hacerle ojitos a una actriz mientras actuaba!

—Ya basta —dijo él en voz muy baja.

—¡No! ¡Ni se le ocurra! —continuó Lucy, incapaz ya de controlarse. Las esclusas se habían abierto—. ¡No soy yo la que acude corriendo para reunirse con su amante… pintarrajeada… mientras su hermana se enfrenta al reto más difícil de su vida! ¿Se hace una idea de lo que dirán si le descubren? ¡Bestia insensible! —La última palabra fue un chillido.

Él entornó los ojos y su cara pareció convertirse en piedra. Cerró los puños con fuerza y, cuando habló, su tono dejaba traslucir que controlaba su temperamento solo a duras penas.

—Si ha terminado, lady Lucinda, creo que esta conversación ha llegado a su fin. Y además, ya no requiero su ayuda con mi hermana.

—¿Perdón? —Lucy estaba escandalizada.

—En realidad es muy sencillo. No quiero que esté cerca de usted. Es un riesgo demasiado grande.

Ella abrió los ojos como platos, totalmente conmocionada.

—¿Yo? ¿Yo un riesgo? —respondió, con la voz temblorosa por la furia—. Oh, claro que ayudaré a su hermana, milord. No pienso dejar que arruine sus posibilidades. Y, además —sostuvo el dedo ante la nariz de Dragneel—, no pienso permitir que un notorio libertino me diga lo que debo hacer.

Entonces él perdió la calma. Capturó la mano de Lucy, con el dedo que había agitado ante sus narices incluido, dentro de la suya y la usó para atraerla contra su cuerpo.

—Si me van a acusar de algo, bien puedo disfrutarlo. —Y, dicho eso, la besó.

Ella luchó contra él, retorciéndose bajo el impacto del beso, pero no importaba en qué dirección se moviera, siempre se topaba con su cuerpo, lleno de músculos firmes y poderosos, o su boca, dura e inquebrantable. Le golpeó los hombros con los puños antes de que él la cogiera por la cintura con las dos manos y la alzara del suelo, sin dejarle otra opción que aferrarse a él cuando la presionó contra la pared. Lucy se quedó sin respiración ante aquel sorprendente y repentino ataque, y él aprovechó la oportunidad para capturar su boca, ahuecarle la cabeza con ambas manos y robarle el aliento.

Ella respondió a sus caricias con los labios, la lengua y los dientes, negándose a permitir que la dominara ni siquiera en eso. Correspondió a cada caricia, siguiéndolo donde fuera. Natsu capturó sus suspiros con los labios y ella se regocijó por el ronroneo que él emitió. Tras unos intensos momentos de batalla sensual, los labios de Dragneel se suavizaron, rozando los de ella mientras le lamía el interior del sensible labio inferior, terminando el beso de una manera mucho más tierna de la que había empezado.

La caricia provocó un gemido en Lucy y Dragneel sonrió ante el sonido, depositando un último beso en la comisura de sus labios. Él se apartó un poco y buscó sus ojos. No había más sonido en el pasillo que sus jadeantes respiraciones, que les recordaban a ambos la intensidad de la discusión que había precedido al beso.

Él arqueó una ceja oscura en un gesto de silenciosa victoria.

Aquella expresión endiosada hizo que volviera a surgir la furia de Lucy.

—No soy una de sus amantes, y no permitiré que me trate de esta manera —le dijo, irguiéndose en toda su altura—. Le aconsejo que no vuelva a olvidarlo.

—Perdón —se burló él—, pero no parecía que se resistiera demasiado a desempeñar ese papel.

Ella no lo pudo evitar. Su mano se movió sola en línea recta hacia la mejilla de Dragneel. En el mismo momento en que se dispuso a abofetearle, Lucy temió dar el golpe, pero fue incapaz de detenerse. Cuando él cogió la mano a solo un suspiro de su cara, ella contuvo la respiración, sorprendida; lo miró a los ojos y reconoció la cólera que brillaba en ellos.

Se había extralimitado.

¡Santo Dios! Había intentado golpearle. ¿Cómo se le había ocurrido? Intentó que le soltara la mano con todas sus fuerzas, pero descubrió que su agarre era totalmente inquebrantable.

—Lo… Lo siento. —Él entrecerró los ojos, pero guardó silencio—. No quería…

—Pero lo ha hecho.

Ella hizo una pausa.

—Pero no quería.

Él meneó la cabeza, soltándole la mano y tomándose un momento para colocarse la chaqueta.

—Lady Lucinda, usted quiere nadar y guardar la ropa, y eso no puede ser. Si piensa convertir en costumbre actuar sin medir las consecuencias, le recomendaría que reconociera sus acciones. Quería golpearme. Por lo menos tenga el valor de admitirlo. —Hizo una pausa, esperando que ella respondiera. Lucy se quedó callada y él negó con la cabeza—. Sorprendente. No la consideraba una cobarde.

Aquellas palabras hicieron que a Lucy comenzaran a arderle las mejillas.

—Manténgase alejado de mí —advirtió ella, con voz temblorosa, antes de darse la vuelta para escapar en busca del iluminado palco Rivington.

Dragneel la observó marcharse sin que en su expresión se reflejara ninguno de sus pensamientos.


[1] Si, Lindoro mió sará; /lo giurai, /la vinceró. /Ma se mi toccano /dov'é il mió debole, /saró una vípera, saró /e cento trappole /prima di cederé faro giocar! (Acto 1 Escena 2. El barbero de Sevilla. Rossini) (N. de la T.)