Rose era una niña dulce, pero curiosa. Cuando el ansia de saber se apoderaba de ella solía volverse insolente, y muchas eran las veces que hacía enrojecer las mejillas de sus tías de puro bochorno. Era tanta su franqueza, y tan seria su cara que muchas veces las hadas tenían la sensación de estar enfrentándose a un adulto en miniatura. Rose era una florecilla, pero tenía el espíritu salvaje de las rosas silvestres. Para su tía Flora, cuyo mayor deseo consistía en ver a la chiquilla convertida en una rosa de jardín, el espíritu indómito de Rose era una fuente constante de preocupación. Una tarde la niña llegó con un lobezno recién nacido entre los brazos, con el vestido roto y sucio y los pies llenos de barro. Miró a su tía con una sonrisa triste.
-Su mamá y sus hermanos se han muerto. No tiene a nadie. Está muy solito ¿Puedo quedármelo, tía Flora?
Flora observó la carita llena de churretes con el ceño fruncido. Tardó más que otras veces, pero al final terminó por ceder.
-Está bien, Rose. Ve al jardín con tía Primavera y pídele que te ayude a construirle una casa…
Rose frunció el ceño y no dudó en protestar.
-¡Pero él dice que quiere dormir en mi cama conmigo!
-¡No, Rose! ¡Un animal no puede dormir dentro! –Gritó Flora exasperada- ¡Llévatelo afuera!
A partir de ese día, y aun a pesar de la promesa de no enseñar a la niña nada que la hiciera sospechar de sus orígenes, las tres hermanas dedicaron cuatro tardes por semana a la educación de Rose. Enseñarle a caminar, a mantener la postura, a comer con propiedad, a bailar, a leer y a escribir. La niña recibió las lecciones con apatía. Le gustaba leer y escribir, pero nunca llegó a comprender el por qué de los modales. Flora nunca se rindió, pero Rose no ponía mucho interés salvo en la lectura y en el baile.
Pero de todas las situaciones comprometidas en las que Rose las había metido, una se le había grabado a fuego a las tres hermanas. Fue en el invierno del cuarto año de vida de Rose, una tarde en la que las cuatro estaban sentadas frente al fuego de la chimenea. Rose había aprendido a hacer monigotes con trapos viejos y paja. Aquella ocasión sus tías la vieron completamente dedicada a la fabricación de tres monigotes: uno alto, otro más bajo y uno pequeño. Pidió ayuda a Primavera para hacerles ropa a sus muñecos y, cuando su tía le preguntó por los juguetes, ella se limitó a responder, sin apartar la vista de ellos:
-Son un papá, una mamá y una niña pequeña.
A las tres hadas se les hizo un nudo en la garganta. Se miraron entre sí presas del pánico, sin saber qué hacer ni qué decir. Y, para colmo, Rose volvió a la carga con una pregunta que las atormentaría los siguientes doce años:
-¿Por qué no tengo yo un papá y una mamá?
Fue Fauna la primera que sacó fuerzas de flaqueza para responder. Se acercó a la niña y, con una sonrisa de circunstancias, contestó:
-Los animales sólo tienen un papá y una mamá que los quiera y los cuide. Tú tienes tres mamás que te quieren mucho, Rose.
Pero Rose, ni corta ni perezosa, se levantó y, tras darle un abrazo a su tía, dijo muy seria:
-Te quiero, tía Fauna. Y también a vosotras, tía Flora y Primavera. Pero también me gustaría tener un papá y una mamá.
Al escucharla hablar tan formal, tan…melancólica, Fauna recordó que aquella dulce chiquilla podría haber crecido junto a su verdadera familia. Volvió a verse en el castillo de Lisieux, después de una penosa aventura. Durante la semana que su madre pasó presa de la adormidera, la niña fue dando tumbos de un lugar a otro. Se le asignó una pequeña y cómoda habitación cerca de las estancias reales, con una cuna y juguetes, servicio privado y varios guardias a modo de guardaespaldas. Flora y Primavera llegaron dos días más tarde, fatigadas y ansiosas de ver a su sobrina. Primavera estaba dispuesta a llevarse a la niña ahora que podían, y por una vez Flora estaba de acuerdo con ella. Sin embargo, Fauna discrepó.
-Será mejor esperar.
Al principio, y como siempre, sus hermanas hicieron caso omiso de su propuesta, tan ocupadas estaban discutiendo entre ellas. Pero Fauna, normalmente de naturaleza paciente, decidió que ya era hora de dejarse oír.
-¡Será mejor esperar!
Las dos callaron al instante con las bocas abiertas de pura sorpresa. Nunca en toda su vida habían oído a Fauna decir una palabra más alta que otra.
-¿Esperar?
-¿A qué?
Fauna negó con la cabeza. ¿Qué más podría decir? Cogió a la niña y se dirigió a la puerta.
-¿Pero adónde te la llevas?
-La llevo con su madre y sus abuelos. Si vamos a llevárnosla de nuevo, que al menos puedan disfrutar de la niña un poco más.
Cuando sus padres volvieran a verla, Aurora no sería el bebé que ellos recordaban, sino una joven al borde de la adultez.
Habían asignado dos guardias a la cría, aunque más que guardianes eran niñeras. Se encargaban de vigilarla cuando se alejaba gateando, vigilaban que no se cayera ni se metiera nada en la boca e incluso tiraban los pañales sucios. Cuando Fauna salió de la habitación con la niña en brazos la siguieron con mucho gusto, contentos de hacer su verdadero trabajo. La abrieron paso hasta la habitación entre la expectación de nobles, guardias y sirvientes, que se agolpaban a su paso tratando de ver a la niña. Hacían corrillos y especulaban sobre su identidad entre susurros. El hada se sintió aliviada cuando las puertas del cuarto de Fleur se cerraron tras ella. Los dos regentes estaban dentro. El rey dictaba una carta a un escribano mientras paseaba en torno al lecho de su hija y la reina permanecía sentada junto a ella. Pero cuando vio a la pequeña se puso en pie al momento para cogerla en brazos.
-…Que un correo salga ahora mismo –mascullaba el rey- ¡Y más os vale que llegue a tiempo!
-¡Morvan, chsss! –le increpó su mujer.
-Lutine no va a despertarse por mucho que grite.
Tenía el rostro congestionado por la ira y la impotencia. Despidió al escribano con un gesto brusco para acto seguido sentarse junto a su mujer. Extendió una mano y acarició la mata de rizo dorados de su nieta.
-Fleur también era una niña así. La llamábamos lutine ¿Comprendéis la palabra, mi señora? En nuestra lengua, significa diablillo. Neriah, sin embargo…
Se cortó a mitad de la frase con un molesto carraspeo. Aurora se agitó en las rodillas de su abuela y empezó a chuparse el dedo. Fauna hizo ademán de acercarse a la puerta.
-¿Queréis que me marche, alteza?
-En absoluto. Tomad asiento, por favor.
El hada acercó una silla agitando su varita. Cuando lo hizo, la reina regente dio un leve respingo. Sin embargo, y como buena dama, ni una palabra de reproche salió de sus labios. El viejo rey se retorció los bigotes.
-Ya nos explicasteis cómo estuvisteis al lado de nuestra hija desde el primer momento. Y os estaremos eternamente agradecidos. Es nuestra única hija.
"Querréis decir la única que os queda, ¿me equivoco?", quiso preguntar Fauna. No era ningún secreto el rechazo de los padres hacia su segunda hija. Los reyes lexovien tenían un lema familiar: Familia y honor. Lo llevaban pintado en los escudos de armas, en los estandartes y las banderas. Se lo inculcaban a sus hijos desde el mismo instante en que abandonaban la cuna. Neriah había hecho pedazos el lema familiar, había traído la vergüenza y el deshonor a su Casa. Nunca más podrían llamarla hija.
Al volver a fijar la vista en la nena, Fauna comprendió de repente que el rey Stefan tenía razón: Aurora era un símbolo demasiado poderoso y para demasiadas personas. Sus padres, sus abuelos, los dos reinos…e incluso sus hermanas habían caído bajo el hechizo de la niña. Tenían que volver al bosque cuanto antes.
-Lamento cambiar de tema, altezas, pero creo que debéis saber que tenemos que…
El rey alzó rápidamente una mano para hacerla callar.
-No, no, no –dijo apresuradamente al tiempo que miraba de reojo cada rincón de la habitación-. No sé que han planeado Stefan y Fleur con su hija, y desde luego no quiero saberlo. Ni yo, ni por supuesto Maël.
-Mi señor esposo tiene razón –continuó la regente dejando a Aurora junto a la figura dormida de su madre. Acto seguido señaló a los muros-. Las paredes tienen unos oídos muy finos estos días.
Aurora se subió encima de su madre. Cuando la reina Maël se giró para apartar a su nieta se detuvo en el rostro de su hija. Le arregló unos mechones que le cubrían la cara y acarició su frente. Suspiró.
-Si la niña tiene que desaparecer, es menester que cuanto antes lo haga, mucho mejor. ¿Saben sus padres dónde estará?
-Por supuesto, sus altezas. Siempre lo han sabido.
-¿Y podrían ir a verla cuando quisieran?
Fauna negó con una mueca de resignada tristeza.
-Me temo que no podría ser así. Sus padres se encargaron de esconderla muy bien, incluso de ellos mismos. Si acudieran a ella, tal y como ha sucedido, las consecuencias podrían ser fatales. Para todos nosotros.
Quería dejarlo claro, pero sin dar ninguna pista. Cuando los monarcas asintieron casi a la vez, tan apesadumbrados como ella, Fauna dejó escapar un suspiro de alivio. El regente se dirigió en silencio a una mesa cercana, llenó una copa y la apuró rápidamente.
-En tal caso, he de pediros un favor. No quisiera verme obligado a decirle a mi hija que no podrá volver a ver a su niña. Me gustaría que la niña, vos y vuestras hermanas permanecieseis en el castillo. Al menos hasta que despierte Fleur.
El hada sonrió y le aseguró que así lo harían, aunque bien sabía que tanto Flora como Primavera montarían en cólera nada más comunicárselo. Dirían que era otro riesgo innecesario y con toda seguridad criticarían el blando corazón de Fauna. No en vano había sido ella la que había sugerido, durante la famosa quema de ruecas, que quizá Maleficent no albergaba maldad en el fondo de su corazón. Fauna era una blanda sentimentalista y se dejaba engañar muy fácilmente, decían sus hermanas. Pero también podía ser más fuerte de lo que creían, y esta vez tendrían que escucharla.
-A todo esto, alteza –cambió radicalmente de tema para no acrecentar la pena de los reyes- ¿Evoluciona bien Su Majestad? Hemos oído muy poco, y no quiero que la niña se le acerque mientras siga grave.
Fue la reina Maël quien la respondió. Se turnaba entre las habitaciones de ambos esposos, y según los médicos el daño del rey no era mucho. Una brecha bastante fea en la cabeza, pero afortunadamente los huesos se soldaban bien y el cerebro no parecía afectado. El rey recuperaba la consciencia a ratos, pero para aliviarle el dolor le administraban adormidera con regularidad. Y siempre que estuvo consciente solo preguntó por su mujer y su hija.
-No es más que un chichón bien gordo –gruñó el regente, interrumpiendo a su mujer-. Afortunadamente, se curará bien.
-No sabéis cuánto me alegro, mis señores.
En aquel momento empezó a entrar algo de viento por la ventana. El rey fue a cerrarlas pero, nada más descorrer los cortinajes, se detuvo en seco. Fauna echó un vistazo al cielo. Había amanecido despejado, sin rastro de nubes, mas en aquel momento estaba lleno de nubes negras. La reina dejó a la niña en brazos del hada y fue junto a su esposo. Ambos se quedaron observando el cielo con una mueca tensa, sin atreverse a mover un músculo. Fauna se lo tomó como señal de peligro.
-Se acerca una tormenta.
El rey parpadeó varias veces, como si saliese de un trance.
-No…Sí…-balbuceó-. Sí…Una tormenta, sí.
Se apresuró a cerrar él mismo todas las ventanas de la habitación. Su mujer, mientras tanto, entrelazaba las manos.
-Mi señora –la azuzó, yendo de pronto hacia la puerta-. Será mejor que volváis con la nena a vuestra habitación. No es…No es conveniente incomodar tanto a Fleur.
Fauna frunció el ceño pero obedeció sin mediar palabra. Salió del cuarto a toda prisa, y volvió dando zancadas, tratando de mantenerse lo suficientemente serena para que nadie sospechara. Flora y Primavera seguían dentro de la alcoba, discutiendo como siempre. Pero, cuando la vieron tan apurada, se le acercaron batiendo sus pequeñas alas.
-¿Qué te ocurre querida? –inquirió Flora con voz suave.
Pero todo lo que Fauna fue capaz de articular fueron cinco palabras:
-Creo que ella está aquí…
