Por cuestión de suerte que pareció confabulación, los Slytherin que se quedaron en Hogwarts durante las vacaciones de Yule eran todos familiares de Mortífagos. Rosier, Nott, las gemelas Carrow, Travers, Yaxley y Harper, cuya madre era una Rowle. Esto no pasó desapercibido por los Gryffindors, la mayoría hijos de Aurores que no tenían vacaciones durante las festividades, y que se encargaron de perseguir a las Serpientes a donde quiera que fueran. Alguien había dejado entrar a un asesino a Hogwarts y ese alguien probablemente se vestía de verde.

Hermione se sentó junto al fogón en sus piyamas, una bata y dos pares de calcetines porque la piedra de las mazmorras devoraba el calor. Flora y Hestia se le habían unido puesto que ninguno de los dormitorios de chicas tenían chimeneas y los Encantamientos Calentadores no eran todopoderosos. La madre de las gemelas les había enviado una enorme caja de caramelo de dulce de leche, que compartieron con sus Compañeros de Casa. Travers, de Primero y extrañando su hogar terriblemente, estaba echado en el sofá envuelto con todas las mantas de su cama, enfurruñado.

Nott, Yaxley y Harper habían ido a la biblioteca juntos porque era más seguro ir en grupos. Ninguno de los Leones había intentado nada, aun, pero podía ser porque ninguna de las Serpientes iba a ninguna parte a solas. Así que cuando Harper entró a la Sala Común con la cara pálida y templando, el tranquilo cuarteto sacó sus varitas de inmediato.

—De… men… —jadeó el chico.

—¿Dementor? —demandó Hermione, quitándose la bata para envolverlo en ella. Su piel estaba gélida. Él asintió—. ¿Dónde están Nott y Yaxley?

—No sé —masculló Harper, luchando con su propia lengua para poder hablar. El instinto de luchar o escapar no permitía la elocuencia—. Los perdí en la cocina vieja.

—Iré por el Profesor Snape —Hermione se giró hacia las Carrow—. Denle caramelo de dulce de leche hasta que deje de temblar, prendan todas las velas que puedan y quédense aquí.

—¿Vas a salir?

Flora no sabía de mala sangre alguna entre su familia y los Nott o los Yaxley, y no tenía nada en contra de Theo o Corwin. Sin embargo, la única persona por la que encararía a un Dementor ya estaba ahí con ella.

—Alguien tiene que hacerlo, y yo soy la mayor aquí. Accio zapatos —Hermione intentó sonar pragmática mientras metía los pues en sus Mary Janes. Iba a ir de todos modos, sin importar la excusa, y no se quedó lo suficiente como para que cualquiera de las Carrow pusiera otra objeción. Tampoco las culpó por cerrar con llave una vez que estuvo en el pasillo: su respiración formó una nube de vapor—. ¡Moppet!

—¿La señorita llama a Moppet? —la elfina domestica apareció y se apresuró a rodearse con sus brazos—. Esta es mala magia, señorita, mala y hambrienta.

—Dile al Director que hay un Dementor en las mazmorras, por favor —habló con rapidez. La bruja salió disparada por el pasillo, tan rápido como podía. Hermione se sintió como una cobarde por no ir a rescatar a Nott y a Yaxley ella misma pero apartó esa emoción con sentido común. Todavía no podía lanzar un Patronus, y cuando le había preguntado a Hogwarts por qué había reaccionado tan poco a los Dementores en el Expreso, la respuesta del Castillo había sido evasiva.

El Profesor Snape abrió la puerta de inmediato cuando ella martilló. Los Slytherins no acostumbraban a golpear su entrada del terror con los puños. Examinó los piyamas de Cathal Rosier, varita en mano y expresión determinada, y no la llenó de preguntas. El Maestro de Pociones meramente le alzó una ceja a la bruja de Tercero.

—Harper, Nott y Yaxley vieron un Dementor cerca de la cocina vieja. Harper está en la Sala Común pero Nott y Yaxley no han regresado —Hermione habló con nitidez, imitando la dicción cortada de Alastor Moody. Toda la información, nada de balbuceos.

—No tengo tiempo para acompañarte de vuelta a tu dormitorio —Snape sacó su varita y se movió a un lado para que Rosier pudiera entrar a su oficina—. Quédate aquí hasta que regrese. No toques nada —le ordenó, al tanto de su interés en Pociones. No quería regresar para encontrar El Aprendiz del Mago recreado en su recámara privada. La bruja obedientemente se sentó en la silla del suplicante frente al escritorio. El mago eligió creer que se quedaría ahí.

Tan pronto como cerró la puerta, Hermione sacó su Mapa del bolsillo de su túnica para buscar a Nott y Yaxley. La cocina de los Slytherin había sido construida en un tiempo cuando los de cursos superiores podían cenar a solas en la Sala Común. Al pasar por esa zona de las mazmorras, los chicos habían tomado una ruta indirecta desde la biblioteca, probablemente intentando despistar cualquier hostigamiento de parte de los Gryffindor.

Si los dos habían pensado con racionalidad, nunca algo fácil de hacer en la presencia de una pesadilla, se habrían dirigido de vuelta hacia el primer piso. Miró allí, esperanzada. Desafortunadamente, el pergamino encantado mostró dos figuras ('Nott, Theodore' y 'Yaxley, Corwin') corriendo hacia el Porticus Periculum. No había signo de que los persiguieran porque no había inventado una manera de incluir Criaturas Oscuras en el artefacto.

—Voice, ¿puedes sentir al Dementor? —le preguntó al Mapa.

—Hay una ausencia. Oscurece el espacio alrededor. Podemos ver sólo donde no está —respondió Hogwarts, con un tinte de furia en su voz. Los Dementores eran una amenaza para los estudiantes y las amenazas no eran bienvenidas—. ¿Cómo entró tal monstruosidad a nuestro dominio?

—No lo sé —admitió Hermione. Si tenía que adivinar, habría elegido uno de los túneles colapsados en las secciones más antiguas del Castillo, pero todo era suposición. No sabía suficiente sobre la física de los Dementores para estimar cuánto podían comprimirse o si se podían volver intangibles. Todo lo que había leído sobre ellos decía 'semi-corpóreos.' Tenían una presencia física incluso si era insustancial. No eran fantasmas.

—Lo averiguarás —ordenó la Voz.

—¿Cómo, precisamente? —preguntó con más acidez de la que permitía la camaradería—. Cathal todavía no puede usar el Patronus y fuiste muy esquiva cuando te pregunté por qué no pude sentir mucho con el Dementor del tren. No voy a ir a buscar un nido cuando sólo estoy armada con Encantamientos de Alegría.

—No sientes el hambre de las criaturas que inspiran miedo porque no pueden alimentarse de ti. Es todo lo que necesitas saber —una mejora en el tono imperioso de la Voz sugirió que había habido un cambio de control. Hermione no sabía si había personalidades distintas detrás del ser Gestalt pero sospechaba que las impresiones de personas muy poderosas persistían. Se le ocurrió algo.

—Voz, ¿puedes hablar Parsel? —preguntó Hermione, curiosa por saber si el contacto del Castillo con Tom Ryddle había dejado un rastro reciente de su habilidad hereditaria. Claro que, dado que Salazar Slytherin era un Fundador, Hogwarts podría tener la habilidad gracias a él.

—No podemos —un poco de arrepentimiento y un montón de irritación—. Cuando Slytherin se marchó, se llevó varios de sus secretos consigo. Nada que hubiera hecho con los otros Fundadores podría ser deshecho pero pudo quitar lo que le pertenecía a él y a sus herederos.

—Diablos —remarcó ella—. Pensé que quizás la Cámara de los Secretos tenía otra salida o alguna fuente maligna que los Dementores podrían usar. Definitivamente gustarían del lugar y no he logrado entrar, claro. —Hermione se detuvo antes de darle una patada petulante al escritorio de Snape. No cabía duda de que él notaría la marca o un encantamiento para remover una—. Tengo la memoria de la impresión de Ron de Harry hablando mientras dormía. Podría usar un Pensadero para intentar imitarlo yo misma.

—En la casa que Juan construyó —dijo Hogwarts con ironía.

—Algo así. —Jugar al teléfono consigo misma no era la manera más confiable de tener un resultado preciso—. No hay manera de que Harry le diga a Cathal en persona —no quería llamar atención hacia la Cámara en caso de que alguien quitara el basilisco—. Debe de haber un encantamiento para proyectar memorias o algo similar para el hechizo del Pensadero. Podría adaptar uno de esos.

—También necesitarías una manera de encontrar a las malevolencias.

—Lo agregaré a la lista —Hermione sacó un cuaderno de su túnica. Siempre tenía uno porque había aprendido, coincidentalmente también en Tercero, que si quería recordar algo debía escribirlo. Confiar en su memoria mientras estaba estresada no era a prueba de tontos—. ¿Recuerdas lo que me dijiste cuando estábamos al final del hilo? Lo llamaría estasis pero no era exactamente eso.

—Había un mensaje de nosotras enviado contigo, tejido con la magia. Sabíamos que era cierto pero fue corto. —La Voz pausó y Hermione casi pudo oírla editando lo que le iba a decir. No iba a dar una patada y demandar que le dijeran todo pero un día lo iba a averiguar. Los secretos eran venenosos y la magia secreta aún más.

—Dijiste que un Avada ensucia la tela de la realidad, para parafrasear —incentivó ella cuando el silencio del Castillo se alargó. Hablarle a una voz sin cuerpo no le daba pistas visuales para adivinar los pensamientos de Hogwarts. La pausa atenuante sugería una condición más cuidadosa.

—Una vez que hay muerte, siempre habrá muerte. —Las palabras eran pesadas, inalterables—. Comprendemos tu deseo de ser una Valkiria pero la Maldición Asesina no se redirige con facilidad. No es tu responsabilidad elegir a los caídos. Quizás podrías mover el hechizo unos cuantos centímetros.

—Harry estaba más cerca de Sirius —Hermione había mirado con fijeza, todos habían mirado, la manera en que Sirius casi se había deslizado hacia el velo. Remus se había apresurado a detener a Harry. Suspiró. Redirigir la maldición de Bellatrix podría acabar con Harry muerto, y sólo por esa posibilidad no podía arriesgarse—. Debería encontrar a la maldita rata y matarlo ahora antes de que traiga de vuelta a su Maestro.

—¿Por qué no lo has hecho?

—Porque ese bastardo encontrará una manera de resucitarse. Si mato a Pettigrew, no sabré dónde volverá Voldemort. Podría tomarle años el volver a ganar un cuerpo o alguien más competente podría encontrarlo.

La sencilla razón era que tenía que esperar, esperar hasta después del rito en el cementerio. Una vez que Voldemort fuera corpóreo otra vez, podían matarlo. Harry tendría aliados otra vez. Y la maldita Profecía sería cumplida.

—Él desea este lugar —la Voz habló con un eco de espanto—. No tiene derecho. Una débil herencia de sangre no le otorga soberanía.

—Harry le gana. Lo vi —tranquilizó Hermione. Sus ojos encontraron movimiento en el mapa con 'Snape, Severus' regresando a la Sala Común de Slytherin, acompañado por 'Nott, Theodore' y 'Yaxley, Corwin.' —El profesor regresará pronto. —Observó las pequeñas figuras moviéndose por el pasillo—. Me siento como una cobarde por no ir yo misma. Urges de Gryffindor.

—Ya no eres una Leona —dijo Hogwarts con menos gentileza de la que Hermione hubiera preferido.

—No lo he olvidado.

Cada vez que se vestía de verde se acordaba de que había dejado a su viejo yo atrás. Hermione guardó el Mapa y esperó a que Snape regresara, sin tocar nada como él le había ordenado. Necesitaría ordenar más ortigas y algo de Dittany. Su trabajo en clase acerca de venenos indetectables, llamados así porque los encantamientos de detección usados comúnmente no registraban su presencia, era fascinante. La primera vez no había apreciado la forma en que los venenos podían ser integrados con pociones. Esta vez, tenía más tiempo para investigar a fondo.

—Señorita Rosier.

Snape abrió la puerta de golpe y encontró, con una mezcla de placer y arrepentimiento, que la bruja estaba sentada en la silla que le había indicado. Estaba tan acostumbrado a ser desafiado por sus estudiantes que sintió desconfianza. Una sacudida de su varita confirmó que ninguno de los encantamientos de seguridad se había roto. Severus mantenía los ingredientes más peligrosos en su estudio privado para evitar el robo. Con cinco minutos y lo que había en esa habitación, podría fabricar una poción capaz de matar a un dragón.

—Profesor —Hermione no levantó la mirada de su barbilla—. ¿Cómo están Nott y Yaxley?

—Cansados y conmocionados. Corrieron rondas mientras lanzaban las maldiciones más fuertes que conocían —su boca se apretó. Si Hogwarts tuviera una clase de Artes Oscuras apropiadas los jóvenes magos habrían estado mucho mejor preparados para encarar a un Dementor—. La criatura ha sido expulsada —Albus estaba reforzando las protecciones del Castillo y enviándole su lechuza más malhumorada al Ministerio, aunque probablemente Fudge no prestaría mucha atención—. Ahora te regresaré a tu Casa.

Hermione había esperado una interrogación. Le parecía sospechoso que Snape no estuviera más sospechoso, pero ni con diez años de conocerlo podía leerlo bien. Así que obedeció en silencio y se escondió en su cama, en su habitación vacía. Mirando el dosel verde y plateado encima de ella, Hermione se preguntó si Cathal habría ido a ayudar. ¿Cómo podía saberlo? La chica era sólo una piel que movía por ahí; una máscara detrás de la cual esconderse.

Con la excepción de Cathal la huérfana, todos los Slytherin que se habían quedado en Hogwarts durante las festividades de Yule le escribieron a sus padres para contarles sobre el Dementor suelto en las mazmorras. Hermione sabía esto porque sus compañeros de Casa le enseñaron las varias respuestas, incluyendo la de Hardrada Harper que había enterrado su pluma en el pergamino con tanto vigor que había roto la hoja en varias partes. El resultado final: cháchara de Fudge.

Cuando le dijo a Marcus y a los otros Slytherin mayores que se habían invitado a sí mismos a asistir a sus sesiones de estudios, él puso mala cara y dijo que la respuesta era típica. Fudge no actuaba sobre un problema a menos que temiera por su trabajo. Sirius Black corriendo por ahí era un problema mucho más incendiario que un 'incidente de seguridad menor' en Hogwarts, que el Ministro culpó sobre la desatención de Dumbledore.

Las Serpientes estaban escondidas en la biblioteca en una de las mesas más grandes cerca de la sección de Runas Antiguas, que en su mayoría era dominio de los años mayores porque la asignatura era un electivo difícil. Bole estaba girando un libro, mirando un diagrama de Transfiguración desde varios ángulos con la esperanza de averiguar por dónde comenzar. Flint se balanceaba en su silla para leer con los pies sobre la mesa porque odiaba golpearse los tobillos con los sostenedores de la mesa. Hearne, un chico de Quinto desesperado por no fallar Encantamientos, deslizó su ensayo hacia Rosier y se agarró la cabeza entre las manos.

Hermione sintió una inexplicable sensación de camaradería con el tenso chico, cuyo padre deseaba que recibiera un TIMO en una materia en la que, objetivamente, tenía poco talento. El énfasis sangrepura en herencia más que habilidad había dejado a muchos de sus vástagos luchando por no quedarse atrás. Si a un estudiante le iba lo suficientemente mal en varias asignaturas, podían pedirle que se fuera de la escuela antes de los TIMO, lo que era una desgracia absoluta entre las antiguas familias.

Había leído dieciocho pulgadas del ensayo de Hearne cuando notó lo tranquila que estaba la biblioteca. La golpeó que Gryffindor estaba jugando con Ravenclaw, y que Flint no estaba vestido como un Dementor. Hermione pausó intentando recordar cuándo, exactamente, Malfoy, Crabble, Goyle y el chico de Séptimo le habían jugado esa broma a Harry. Definitivamente en un juego contra Ravenclaw.

—Te estás perdiendo el Quidditch —habló antes de que su astucia poco desarrollada pudiera detenerla.

—Sí —admitió Flint, girando la página con aire irritable—. Pero casi entiendo la quintaesencia y si me tomo un descanso perderé la trama —escribió un número de página en un trozo de pergamino que estaba usando para buscar referencias—. La clase recuperativa de Flitwick es muy útil. Estaría muerto sin ella.

Algo pequeño, apenas un ajuste. Podía no ser nada. A juzgar por lo que sabía de magia temporal, no todos los cambios eran significantes. Podías pisar un grupo de mariposas sin alterar el futuro. No sabía lo que Flint había hecho durante la guerra. Nunca había oído de él mencionado como un Mortífago. Y no podía, a menos que se encerrara en un sótano por años, no afectar el tiempo.

¿Así que por qué tenía el corazón acelerado?

—¿Estás planeando jugar de manera profesional? —preguntó Hermione para decir algo mientras intentaba detener un ataque de pánico naciente. Flint se encogió de hombros y continuó leyendo. Ella hizo lo mismo y luego se sentó junto a Hearne para discutir en voz queda cómo refinar su ensayo. Si notó lo tensa que estaba, no lo dijo. Estaba más o menos igual, manos jugando con su pluma.

La noticia de la victoria de Gryffindor llegó a la biblioteca a través de sonrisas en las corbatas rojas y ceños fruncidos en las azules. Oliver Wood llegó pavonéandose tarde, asegurándose de enviarle una enorme sonrisa a la mesa de Slytherin. Flint lo fulminó con la mirada, mascullando acerca de hacerle algo muy incómodo al Capitán de Gryffindor con su propio palo de escoba.

La alegría de vivir duró poco. La presencia de los Dementores afectó a todos. Los de años menos lloraron en esquinas escondidas y los mayores se mantuvieron marchando como si los exámenes fueran el ocaso de los dioses. Hermione mantuvo su aire terso y tuvo la esperanza de que nadie notara que no estaba tan cansadamente miserable como sus compañeros. Su confianza en su farsa se vio pertburada por la expresión prevacida del Profesor Lupin cuando le pidió saltarse la lección del Boggart.

Había llegado temprano a la clase especial grupal y actuó obvia mientras examinaba el armario traqueteante. Remus la observó mientras pretendía que no. Estaba pensando, ella reconocía su expresión contemplativa. Para su mala suerte, cuando se acercó a él para pedirle que la excusara de la clase, él puso la cara en blanco. No era un mentiroso prodigioso como Snape pero esconder su licantropía le había enseñado autocontrol.

El Profesor Lupin accedió sin poner reparos. Hermione sintió su mirada sobre ella hasta que salió del salón. Algo lo estaba molestando acerca de Cathal Rosier. No sabía qué. Se escondió en su laboratorio escondido, trabajó en una de sus pociones y se preocupó. Había algo, ¿no era así? ¿O es que Remus sólo estaba enojado por la extorsión implicada?

—Moppet, si estás disponible, ¿puedes venir? —le preguntó a las paredes—. No es urgente.

La elfina doméstica apareció después de un par de minutos, durante los cuales Hermione coló ortigas para mantener sus manos ocupadas. Estaba avanzando con sus experimentos y esperaba tener algo de información útil para fin de año. El siguiente paso sería averiguar si alguna de las especies de ortigsa que había probado se mezclaba bien con cualquiera de los medios de gel que planeaba usar. Los líquidos eran más fáciles de fabricar pero no duraban tanto en preserva.

—¿La señorita quiere a Moppet pero no enseguida? —Moppet movió las orejas, interesada en el no-llamado. A su amiga bruja no le agradaba molestarla y nunca le pedía buscar cosas así que estaba confundida por la llamada caprichosa.

—Probablemente esté siendo paranoica. Caminando alrededor de las mazmorras a solas me ha dado mucho tiempo para pensar demasiado —explicó Hermione en caso de que sonara estúpida por preguntar—. ¿El Profesor Lupin ha hablado con Cathal?

—Escuché al Profesor el Lobo hablando con la Profesora la Gata tomando té —ofreció Moppet después de pensarlo un segundo—. No hablaban sólo de ti. Hablaban de todos los Slytherin. Él dijo que le recordabas a tu padre. Ella dijo sí.

—No me imagino que Evan Rosier les caía muy bien. —No había ninguna razón en particular por la que Remus no debería hablar con la Profesora McGonagall—. ¿Eso es todo lo que dijeron?

—Los Profesores no se veían felices. La Profesora Directora tenía la boca apretada —la elfina domestica imitó la expresión amarga de la bruja escocesa—. Dijo que siempre hay algunos que se ponen Oscruso. Después hablaron sobre Malfoy. Profesor el Lobo dijo que también le recordaba a su padre.

—De verdad empiezo a verle el atractivo a la Legilimancia. Me sentiría mucho más segura de mis mentiras si pudiera revisar que la gente me cree —Hermione se escuchó a sí misma gimoteando y suspiró—. Gracias, Moppet. Lamento molestarte. El Profesor Lupin me miró raro. Nunca estoy segura de si estoy haciendo esta cosa de Slytherin bien.

—¿Puede la señorita hacerlo peor que el idiota Crabbe y el idiota Goyle? —preguntó Moppet con otra sacudida de sus orejas. Hermione se echó a reír.

—Eso es cierto —sonrió por primera vez en lo que se sentía como una eternidad—. Sí que ponen la barra muy baja.