Otro más y, de nuevo, con OoC.


El cielo está cerrado y el infierno vacío

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Bálsamo

Se sitúa lo más cerca que puede, para no llamar la atención y poder escuchar lo que se dice en el interior de la habitación. Una nostalgia de travesuras infantiles la ataca por un momento, pero no permite que esos sueños de felicidad se alojen en su interior, hasta hacer mella en su amargura. Sale de su ensoñación con la voz exasperada de Rasputín.

- ¡Malditos Drifters! Y ese Saint Germain... Pero nuestra revancha será mucho peor. Caeremos sobre ellos con tal fuerza que nos suplicaran compasión. Los aplastaremos como a simples briznas de hierba.

- Es lo que Él diría - la voz del guerrero se oye un tanto agotada, aun así, ella puede notar cierta fuerza en el tono de ese hombre.

- Es lo que debemos pensar todos - el monje afirma, pero no obtiene respuesta, y, después de unos segundos, vuelve a hablar. - ¿Por qué no permitiste que Él curara tus heridas? - Nuevamente el silencio es el que contesta. - No son tan graves, hubiera sido muy fácil para Él.

- ... - otra vez ausencia de palabras, pero también el ruido de algo metálico y el rechinido de una silla que es arrastrada.

- No entiendo la actitud de tipos como tú, pero da igual. Me voy, buenas noches - se despide y abre la puerta por completo, para partir.

Ella se retira lo más posible, pero no puede marcharse sin ser vista, por lo que se pega más a la pared, ocultándose en la oscuridad del corredor, en espera de que el monje se vaya, para hacer lo mismo. Sin embargo, cuando cree que el sonido de sus pisadas se desvanece en la distancia, se encuentra con que Rasputín está muy cerca y observa el lugar donde se encuentra, como adivinando su presencia.

- ¿Qué haces ahí? - ella da un saltito debido a la sorpresa de haber sido descubierta, antes de salir de las sombras que la esconden. - ¿Estabas escuchando? - pregunta el hombre.

- Quería saber qué había pasado en el ataque de Berlina.

- No logramos tomar esa ciudad - ella calla, porque eso ya lo sabía, pero no se atreve a averiguar más.

- Fue un fracaso - dice por decir.

- No del todo, al menos pudimos asestar un duro golpe a la capital de Orte. Ya llegará el momento del aniquilamiento total.

- Suenas como Él - menciona con su habitual tono desinteresado, pero Rasputín no responde inmediatamente, sino que le lanza una mirada un poco impresionada.

- Hijikata me ha dicho lo mismo - se acomoda los lentes. - Es tarde - suspira. - Debería ir a dormir, majestad. Mañana será otro día para cumplir nuestra misión.

Rasputín ya no dice más y se va, dejándola con la inquietud de irse y no, pero, al final, encamina sus pasos lejos de ahí.

El demonio del Shinsengumi se ha quedado solo en la habitación, agotado en mente y cuerpo, pensando en la reciente derrota y en las palabras del Drifter. Debería estar furioso, pero lo único que siente es cansancio y un cierto fastidio, por todo y por nada. Es verdad que esa sensación de odio no se desvanece y que, si pudiera, acabaría con el Shimazu, por el simple hecho de ser quien es, pero... hay un pero, uno que lo deja confundido, porque piensa y recuerda tantas cosas, y las dudas que surgen y no, como si aún no tuvieran una forma definitiva, como si fueran humo que se disipa y, a la vez, se concentra en su cabeza.

Suspira y se levanta. Es mejor ocuparse en algo y no pensar más. Se estira un poco, pero inmediatamente resiente el dolor de los golpes que ha recibido. No ha querido que Él cure sus lesiones, pero es que no le agrada mucho el poder que ese hombre posee. Es como si nada tuviera sentido, ni razón de ser, como si no hubiera que luchar por nada, porque todo lo puede dar con mucha facilidad. No le agrada, pues la vida no es así, tampoco la guerra. Ninguna de las dos es tan sencilla de llevar, pues tienen muchos obstáculos; requieren de muchos proyectos y esfuerzos, que se hacen, deshacen y rehacen una y otra vez; producen muchas heridas, físicas y emocionales, que deben padecerse o sanar a través del tiempo... La vida no es tan fácil, como el poder de ese sujeto hace parecer. Por eso él se ha negado a ser atendido, por eso y porque el dolor lo hace sentir vivo, un poco, al despertarlo de ese sopor y regresarlo a la realidad, la de antes de llegar a ese mundo, o la verdadera, ya no sabe distinguirlas.

Se quita el saco y luego desanuda el pañuelo, deja las prendas sobre la silla que antes ocupó. Dobla las mangas de la camisa por arriba de sus codos, pero, cuando se dispone a desabotonarla, alguien toca a la puerta. Voltea hacia la entrada al mismo tiempo en que la puerta se abre.

- Buenas noches - sale como un susurro apagado, casi inaudible, de la boca de esa chiquilla, Anastasia. Él no responde de inmediato, sino hasta que ve lo que ella lleva en las manos.

- Buenas noches.

Ahora ella es quien calla, pues no sabe cómo continuar. Siente que la seguridad de hace unos minutos, cuando tomó esa decisión, la abandona poco a poco. - Deberías curar tus lesiones - dice sin pensarlo más y entra a la habitación. La puerta se cierra tras ella. - Traje esto por si lo necesitas... - murmura, mientras se acerca, con pasos lentos, a la mesa. Baja con cuidado la bandeja en que lleva algunas gasas, vendas y una jofaina con agua, pero en ningún momento lo ve, pues mantiene su ojos fijos en el mueble, en las cosas que ha traído y en las dos espadas que yacen ahí.

- Gracias - él menciona y también se aproxima a la mesa.

Ella asiente como respuesta y luego... Luego pasa algo que no sabe cómo explicar, porque, al levantar la vista, lo primero que observa son los ojos atentos del samurái. - Si quieres, puedo ayudarte - dice intentando liberarse de la profundidad de esa mirada sobre ella.

- No es necesario - él contesta y le da la espalda, camina hasta una banca de madera junto a la pared de la habitación y toma asiento. Se ha dado cuenta de lo que ha hecho, de la ligera turbación en el rostro de esa chica, y se reprende por su descuido.

Sin embargo, para ella, la confianza regresa y la impulsa a seguir con el plan que se había trazado antes. Por eso se queda ahí, a pesar de entender que él quiere que se vaya. Y es que algo la retiene en ese lugar, algo más que la determinación; es como si se viera a sí misma absorta en tantos pensamientos, presa de tantas memorias, sintiendo que el mundo pesa demasiado y la vida es tan desolada. En el ambiente hay algo que le da esa impresión, y no quiere estar sola con esa inquietud agitando su interior, no ahora. Por eso toma un pañuelo que guarda en la manga de su vestido y va hasta donde él se encuentra; él ha bajado la mirada, en espera de que ella se marche, pero se sorprende cuando la chica pone la mano bajo su mentón y levanta su cara en su dirección. - Sólo un poco - ella susurra y comienza a secar con cuidado la sangre que escurre de una de las muchas heridas en su rostro.

- Estoy bien así, no es necesario - él repite firme, pero cortés, deseando que ella se retire. Mas Anastasia continúa su labor sin decir nada; regresa a la mesa y toma una gasa. Vuelve a donde él está y continúa limpiando los golpes y cortes. Él decide rendirse ante esa insistencia sin palabras, porque ¿qué puede hacer? No quiere luchar más, no por el momento... Así, cuando ella saca de no sabe dónde un frasquito con algún ungüento y empieza a aplicarlo en las heridas limpias, él sólo la ve. Mantiene su mirada fija en el punto más cercano: ella; pues se ha rendido incluso ante sí mismo. Y la joven se siente observada en cada uno de sus movimientos, pero no tiene idea de cómo debe proceder, por eso sigue como si nada, mientras su corazón despierta poco a poco y le avisa, entre latidos irregulares, que la vida seguirá, aunque ella no quiera.

Porque él no deja de mirarla, y ella se pregunta si busca o reconoce algo en su rostro o sólo mantiene sus ojos fijos en un punto por aburrimiento o por inercia, pero no piensa más sobre el asunto, tampoco se atreve a hablar, no en ese preciso instante. Es como si la ausencia de palabras, nuevamente, se convirtiera en el único puente entre ellos; como si, amparados en el silencio, pudieran hacer frente más fácilmente a lo que pasa ahí y que no pueden reconocer, pues el dolor y la ira llenan de sombras sus ojos.

Hijikata extiende una mano y la dirige hacia el rostro de la joven, provocando que, imperceptiblemente, ella contenga el aliento y pare todo lo que hace, incluso sus latidos. Él toma un mechón de su cabello, uno que cuelga muy cerca de una de las blancas mejillas, y lo inspecciona con detenimiento, pasando suavemente sus dedos entre cada hebra de seda. ¿Cuál es su color? - es lo que él se pregunta, mientras lo ve a contraluz, pues a veces le parece distinguir un brillo de oro que se quema en un rojo de atardecer, como el sol al final del día, pero eso no puede ser, porque derretiría esa piel nívea.

Anastasia no lo entiende, pero una especie de ansiedad la hace temblar, la ansiedad de sentirlo a él tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos... La ansiedad y el anhelo de que él se aproxime más y la toque, de una manera tan sosegada, como lo hace con su cabello. Cierra los ojos y se queda quieta, tratando de controlar todo lo que despierta poco a poco en su interior y le sana, como un bálsamo medicinal, cualquier pesar.