¡Lamento mucho mi ausencia! Después de tanto esperar, he llegado con un nuevo capítulo. Espero les guste, u gracias por todas sus reviews y quedarse en este fic a pesar de mis lentas actualizaciones. Trataré de mejorar, lo prometo.

Atte,

Ame. (GoldenRose2110)

Capítulo XII

Bon appétit

Las aguas del océano que rodeaban a las tierras del norte estaban empezando a reflejar una gran mancha anaranjada. Las gaviotas en el cielo movían sus alas en dirección al sur mientras que un gran barco de madera se dirigía en sentido opuesto. Los rayos que iluminaban las nubes rosas cada vez se escondían más entre el velo de las olas y poco a poco un manto de oscuridad cubrió todo, dejando salir sólo pequeños puntos de luz resplandecientes, junto con el gran astro cuyos rayos daban vida al profundo y muerto mar debajo de él.

Ya era hora.

Una mujer con unas trenzas de fuego y ojos de agua. Eso fue lo primero que vio al poner pie en el piso de madera de los dormitorios. Pecas en las mejillas, mechones de cabello salidos de su lugar. Piel ligeramente bronceada y perfectamente suave.

No se movió. Esperó unos segundos, seguro ella lo vería. Mantuvo los ojos en su rostro, hasta que se aburrió y miró hacia el suelo.

Justo en aquél momento, una voz cruzó por su cabeza. Una voz distante y desesperada que tenía una especie de eco.

—Escucha, escucha. Todo va a estar bien, ¿entiendes?

—¡Hrōðgār!

—¡¿Pero qué has hecho?!

—¡Hrōðgār…! ¡Hrō…

—…algo?

Ener levantó la mirada. Los ojos azules lo observaban con algo que claramente pudo distinguir como disgusto y extrañeza.

Las emociones hacían vulnerable al ser humano.

Soltó una risa, y Anna sólo lo siguió mirando sin saber muy bien qué hacer. Se quedó parada, deteniendo lo que estaba haciendo de limpieza. Ya le había preguntado si necesitaba algo, pero no había obtenido respuesta. Al ver que Ener ni siquiera se acercaba a ella y su vista sólo se había perdido en el suelo, fingió toser.

El silencio siguió en la sala durante unos minutos, hasta que por fin Ener habló.

—Creo que no sabes lo que es ser directa.

Anna, esta vez, fue la que se mantuvo callada.

Ener la volteó a ver.

—Termina lo que estás haciendo.

—Ya casi acabo. Sólo me falta-

—Dije que termines lo que estás haciendo. Yo no me iré a ninguna parte. Tendrás el privilegio de que yo mismo te acompañe a mi camarote. Apúrate, que tendremos una muy buena cena.

Anna frunció el ceño y sus ojos brillaron con un poco de miedo que se mezcló con confusión.

Ener sonrió al verla así. Le divertía, en verdad. Nunca había conocido a una mujer en su vida que le diera entretenimiento al ambiente tan blanco y negro que lo rodeaba. El temor que veía en los ojos de los demás era arte para su criterio, y aún así, no había llegado alguien tan… interesante en su vida. Al parecer, no había resultado tan mal llevarse a la princesa Anna en vez de matar a la reina Elsa. La reina era tan… fría. Y su hermana era como el fuego: apasionada, llena de emociones que fácilmente él podría destruir.

—¿Qué me ves? Ya te dije, termina. Mientras antes, mejor.

Anna asintió y volvió su vista hacia las prendas que había tiradas en el suelo. No sabía muy bien de quienes eran, así que sólo las estaba doblando y dejando en una cama.

Después de lo que para ella fueron años, había logrado tender las camas (si es que a eso se le podía llamar cama, no era mas que una tabla de madera con una sábana encima) y limpiar el suelo. Las paredes estaban bien, por lo que ella había visto, así que sólo le faltaba la ropa. Cuando terminó de colocar la última prenda en su lugar, volteó a ver a Ener, quien la estaba observando detenidamente. Había pasado de ver al suelo a ella, y eso hizo que un escalofrío recorriera su espalda.

—Ya acabé. —dijo.

Ener sonrió.

—Bien. Acompáñame.

Anna tragó saliva y siguió a Ener por el pasillo y las escaleras hasta llegar a la cubierta. Arriba, las estrellas alumbraban el cielo y el sonido de las olas chocando contra el barco inundaban el ambiente. Los tripulantes parecía que estaban teniendo un fiesta, hasta que sintieron la presencia de Ener y todo se calmó.

—La princesa Anna ha terminado de limpiar los dormitorios. Bajen. Ahora.

Uno de los tripulantes, con barba, una botella en la mano y un arete circular dorado habló mientras se acercaba a donde estaban la pelirroja y el capitán.

—¿Y si mejor nos quedamos aquí con esta hermosura?

Su voz era dura, y sus movimientos torpes.

—No. A tu dormitorio.

El hombre sonrió, y miró a Anna de arriba a abajo.

—Pero mírela... No podemos dejar que alguien así se escape...

Los ojos de Anna se agrandaron al ver que la mano libre del desconocido se dirigía hacia ella. Cerró los ojos para huir de lo que sea que tenía en mente hasta que escuchó un golpe sordo.

Abrió los párpados y el hombre que la había querido tocar se encontraba en el suelo, y Ener viéndolo con el puño cerrado.

—Dije a los dormitorios. No me hagas repetirlo otra vez. —dijo Ener, y acto seguido agarró a la princesa del brazo y bruscamente se dirigieron a la puerta del camarote. Ener la abrió y entraron a la sala que había visto Anna después de que se despertara: la mesa del capitán y unos cuantos cofres y cajas de cartón en el suelo. Sólo que esta vez, encima de la mesa había dos platos con comida.

—Sírvete, princesa Anna. Deberías de felicitar al cocinero después de que acabes tu cena.

Anna vio a Ener con sospecha.

—¿ Cómo sé que... no tiene...

El capitán sólo la interrumpió y puso los ojos en blanco.

—¿En verdad crees que te voy a envenenar?

—Digo, no sé, puede ser. Después de que trataste de acuchillarme y me amenazaste con matarme, sólo lo veo como una pequeña posibilidad.

Por primera vez en toda la estancia que Anna llevaba en el barco, vio que los ojos de Ener se iluminaban con sorpresa, que no duró mucho y cambió a un tono burlón.

—Claro, claro. ¿Cuántas veces te voy a tener que decir que mientras sigas las reglas todo estará bien?

Anna lo fulminó con la mirada.

—Siéntate.

La pelirroja, a regañadientes hizo caso. La única diferencia que había en el acomodo de la mesa era que había dos sillas en vez de una, una en cada cabecera del mueble. La alfombra era de un color rojo sangre, y el plato era sencillo: pescado con un pcoo de lechuga al lado y una botella de vino al lado.

Anna se contuvo de hacer una mueca. No pensaba tomárselo, y menos una botella entera.

Después de meditar unos instantes, tomó el tenedor plateado que estaba al lado del platillo y se llevó un pedazo a la boca.

Justo cuando se tragó el bocado, Ener habló en frente de ella.

—Eso sí, te advierto que puede que el pescado esté un poco contaminado.

Las pupilas de Anna se agrandaron.

Estuvo a punto de ir a vomitar el poco pescado que había comido, pero se logró retener.

Ener sonrió y sus ojos brillaron por primera vez en mucho tienpo.

Anna observó esto, y sólo se le quedó viendo enojada.

—Tranquila. Cómetelo, no tienes opción.

La cena transcurrió tranquila. Los ruidos de la cubierta poco a poco se fueron acabando hasta quedar en completo silencio, y en el camarote sólo sonó el choque de los cubiertos, con las antorchas siendo las únicas luces que alumbraban un lugar tan tenebroso y lúgubre, con un toque de elegancia al mismo tiempo. Sólo la luna sabía lo solitario que se veía el barco desde afuera.

Anna dejó el tenedor sobre el plato y agarró el pañuelo al costado para limpiarse. Después, lo volvió a dejar en la mesa y volteó a ver a Ener, cuyas comisuras de los labios se extendieron un poco hasta formar una sonrisa. Se levantó sin decir nada y abrió la puerta de atrás que había visto Anna antes.

El dormitorio del Capitán.

Ener la miró de reojo, pero lo suficiente como para que Anna entendiera que tenía que seguirlo. Ella así lo hizo y cuidadosamente cerró la puerta detrás de sí. Al entrar notó como el cuarto no tenía ninguna antorcha, comparado con los anteriores y apenas se podía distinguir los muebles gracias a una pequeña luz que se filtraba por una ventana colocada hasta arriba de una de las paredes.

—Vas a dormir en el suelo. —se dirigió a un cajón al lado de una cama que ocupaba casi todo el espacio. Sacó una tela grande y se la aventó a Anna, quien la recogió del suelo y la observó. Era de color púrpura claro, y frunció el ceño cuando vio una mancha de suciedad con algo rojo que no logró identificar.

—Es la cobija que le pedí a uno de los tripulantes allá abajo. —explicó Ener al tiempo que se acomodaba en la cama. —Ponte donde quieras, mañana empiezas otra vez tus deberes temprano.

Anna se mordió los labios, y luego colocó la cobija en el piso.

Mejor que nada, supongo.

—Ah, y una cosa más. —dijo Ener desde su lugar. —Si intentas escapar, lo sabré. Claro, tampoco es que tengas a dónde ir.

Anna suspiró, y por fin se acostó en el suelo encima de la tela, viendo hacia la pared. No estaba mal, pero tampoco era la suavidad a la que estaba acostumbrada en Arendelle.

Cerró los ojos, y no vio nada más que negro.

Tenía pocas esperanzas de dormirse.

Cinco días después del secuestro

Arendelle

Ya habían pasado dos días desde que la carta de las Islas del Sur le había sido enviada, y Elsa no podía hacer más que sentirse ansiosa. Estaba más impaciente de lo que normalmente estaría, y sabía que todavía faltaban cuatro, tal vez cinco días para ver a su hermana.

No creía soportarlos.

Al menos, había logrado ponerse de pie. Desde la charla que tuvo con Simon, las palabras del chico todavía resonaban en su cabeza. Era cierto, a Anna no le gustaría verla con la mirada en el suelo y encerrada en su cuarto. No más, después de todo lo que le había hecho pasar. Aun así, Elsa no salía del castillo. Si alguien tenía un problema, venían a hablar con ella. Arendelle todavía estaba recuperándose, así que las puertas se abrían tres veces a la semana para que los necesitados fueran a recoger comida que necesitaran. Había hecho también el acuerdo con las Islas del Sur, así que cada fin de semana un barco llegaba con alimento (principalmente pescado y frutas) y eso era lo que se repartía entre la población.

—Reina Elsa. —hubo un golpe en la puerta de la oficina de la reina.

Elsa fue a abrir. Frunció el ceño cuando vio a dos guardias sosteniendo del brazo a Kristoff, y él forcejeando por soltarse.

—¡Sólo estaba tratando de…

Su mirada se dirigió al guardia de la izquierda, esperando una explicación.

—Este joven fue hallado en el muelle. Fue demandado por invadir propiedad privada…

—¡¿Propiedad privada?! ¡Soy el prometido…

El codo de un guardia golpeó el estómago de Kristoff, haciéndolo callar.

—Suéltenlo. —dijo Elsa al fin. —Que pase a mi oficina, yo hablaré con él.

Los guardias vieron a la reina con un gesto reprobatorio, pero siguieron las órdenes.

La puerta se cerró detrás de los guardias, y Elsa volteó a ver a Kristoff, quien la miró con lástima y al mismo tiempo, desesperación. Sus cejas estaban tornadas hacia abajo, y su boca estaba abierta, incrédulo. Sus ojos denotaban tristeza, y la reina sabía exactamente a qué se debía.

Elsa suspiró.

—Kristoff…

—No, tú escúchame, Elsa. —la interrumpió el rubio haciendo un gesto con la mano. —Anna está allá afuera, quién sabe dónde, en alguna parte del océano y nosotros estamos aquí parados sin hacer nada. ¡Te la pasas todo el día encerrada, llorando, oh, pero miren tengan lástima de mí! ¡Mi hermana fue llevada por un tipo que desconocemos y aun así lo dejamos entrar al castillo! ¡Oh, alguien ayúdeme!

Sus palabras le cayeron como un balde de agua fría. Sintió la furia crecer en su interior y al mismo tiempo sintió como sus ojos se le humedecían. ¿En serio había dicho todo eso? ¿No entendía que ella también estaba sufriendo?

Abrió sus labios para decir algo, pero no encontró las palabras adecuadas. Después de unos segundos, habló con voz temblorosa.

—¿Crees que tú eres el único sufriendo aquí?

—Anna está allá fuera, y no podemos simplemente quedarnos aquí…

—¡¿Crees que no lo sé?! ¡¿Crees que no sé lo que se siente perder a alguien a quien amas por segunda vez?!

—¡No, no lo sabes! ¡Anna podría estar MUERTA porque no llegamos a tiempo! ¡Porque tú te quedaste aquí sin hacer nada!

Eso. Eso había llegado al límite de Elsa.

—Ella no te ama.

—¿Qué?

Elsa guardó silencio un momento antes de continuar. Con una voz helada, repitió, esta vez más claro.

—Anna no te ama.

La cara de Kristoff, antes roja por el enojo y desesperación que el causaba el no tener a la princesa cerca, se aflojó y fue reemplazada por una de profunda tristeza.

Elsa miró hacia la alfombra, negándose a ver los ojos azules de Kristoff inundados en decepción.

—Sólo te dijo sí por compromiso. No quería decepcionarte. —inhaló, y dudó si seguir o no, pero las palabras se salían de su boca como navajas. —Te puedes ir ahora.

El rubio no despegaba los ojos de Elsa, pero su mirada era impenetrable. Fría y dura, sin emociones, como siempre lo había sido. Después de estudiar el rostro de ella una última vez, bajó la mirada y se dirigió hacia la puerta blanca.

Elsa escuchó un golpe sordo, y por fin miró hacia arriba.

Kristoff ya se había ido.

Allene recorrió los pasillos, llegando a un cuarto pequeño dentro de la enfermería donde un pequeño fuego guardado se desprendía desde el fondo de una estufa. Arriba del mueble había una cacerola con agua hirviendo. Ignoró esto por un momento y se detuvo al lado, donde se puso a buscar en los estantes una flor en específico. Había varios frascos con etiquetas y plantas de distinto color, hasta que por fin sus ojos se encontraron con el café amarillo tan distintivo que ella buscaba. Agarró el frasco sin hesitar y con agilidad colocó unas cuantas flores secas en el agua. Después de unos minutos, se aseguró que el agua hubiera agarrado el color de la infusión. Agarró una taza de té (que más bien parecía un pequeño cuenco), y con una cuchara que tenía unos hoyos para funcionar de colador, sirvió el líquido.

Con el té listo caminó por donde había venido hasta llegar a la cama de un paciente y colocó la taza entre sus manos.

—Tómela. —le dijo sin más. Al ver que el hombre hizo caso, Allene cruzó los brazos y volteó a ver a Simon, quien observaba al paciente sentado en una silla. Al darse cuenta de la mirada de la morena, él sonrió y dirigió sus ojos hacia ella.

—Siempre haciendo lo correcto. El bien por los demás, ¿no?

Allene medio sonrió.

—Sí, supongo. —luego miró hacia el hombre y suspiró. —No quiero dejarlo…

—¡Allene! —llamó alguien de atrás, y Simon vio como una mujer se aproximaba hacia ellos. —¿Te vas a quedar? —preguntó mientras se ponía un suéter encima del traje de enfermera.

—Ya sabes que sí.

La desconocida para Simon frunció el ceño.

—Te mereces un descanso también, ¿sabes? Es el cambio de turno. Más enfermeras llegarán y cuidarán de… quien sea a quien estés atendiendo ahora.

—Lo siento, Ailie. Será otro día.

La mujer se mordió los labios y vio de reojo a Simon. Fue sólo por un segundo.

—Bueno… está bien. —dijo. —Nos vemos, Allene. —hizo una despedida con la mano y se alejó hacia la entrada de la enfermería.

Allene suspiró, y Simon la volteó a ver.

—Sabes… Estoy de acuerdo en que debes cuidar a los pacientes, pero… Un descanso no te haría mal. Haces tu trabajo más que bien.

—Lo sé. —lo cortó Allene. —Esperaremos hasta que se duerma y luego nos iremos.

Simon asintió. Vio la cara preocupada de Allene mientras miraba al enfermo, y no pudo evitar sonreír un poco; pero también sintió lastima. Hoy en día, había muy pocas personas que sinceramente se preocupaban por los demás y eso, pensó Simon, las hacia vulnerables. Aunque… la vulnerabilidad era un precio que no se comparaba con ver la felicidad de los demás. Un regalo de un corazón a otro.

Pasaron los minutos, y el tic tac del reloj resonó en las paredes.

Siete horas con dieciséis minutos.

Allene suspiró y tomó la silla que estaba de su lado, rodeó la cama y puso el mueble al lado de Simon. Se sentó. Hubo un largo silencio hasta que Allene decidió hablar.

—¿Sabes? Yo de pequeña quería ser bailarina.

Los ojos de Simon se agrandaron, y Allene rio al notar su sorpresa.

—¿Loco, cierto? Es algo que nadie se imagina que yo haría. Aunque la idea de bombero también me gustaba. —hizo una pequeña pausa y luego continuó. —Bueno, la idea de la danza duró hasta que mi tío, a quien yo era muy cercana, murió en un accidente. Lo sé, típico de enfermeras. Pero esto… fue diferente. Fue una época en la que no sabía que hacer con mi vida… su muerte me afectó tanto que incluso ya no sabía si quería seguir viviendo. —guardó silencio, y Simon sólo la esperó a continuar. Estaba sorprendido, pero esta vez lo mostró menos y Allene no se dio cuenta. —Comencé a tener problemas… bueno, eso es algo de lo que no me gustaría hablar. Y… bueno, pasó algo. Después de eso, me enteré de que mi abuela había muerto. Me dolió, pero ya había sufrido una vez. Y me dolió que tanta gente tuviera que sufrir, así como yo, así como mi tío, por quien no llegaron a tiempo… así como mi abuela. —hubo otro silencio, y esta vez Simon vio como Allene se volteó para que el no la viera limpiarse una lágrima. —Y… bueno. —Allene sonrió y volvió su cara a Simon. —Aquí me ves.

Simon sonrió tristemente. La vio a sus ojos cafés, agarró un mechón de su cabello castaño y lo puso detrás de la oreja de la morena.

—Sabes… Todos tenemos nuestro pasado. Oscuro, y para otros, lleno de luz. —guardó silencio y quitó su mano del cabello de Allene. —Pero eso es lo que somos. Es lo que nos trajo a dónde estamos hoy. Hay que agradecerle, y seguir adelante. Por lo bueno y por lo malo.

Allene sonrió, y una vez más se limpió una lágrima de su mejilla izquierda, esta vez sin tratar de ocultarse.

—Sí, tienes razón. —dijo. —Bueno… —volteó a ver al paciente. —Supongo que debemos irnos. Ya se quedó dormido y ya van llegando las otras enfermeras. —hizo un gesto hacia la puerta de entrada, donde en efecto había más mujeres con trajes blancos entrando.

—¿No quieres quedarte otro rato más?

Allene hizo una media sonrisa.

—Hay días en los que tomo hasta tres pacientes. Creo que relajarme un poco no me hará daño. Quiero, en verdad quiero… Pero la infusión debería de calmarlo un poco. —Agarró el suéter negro que estaba en el respaldo de su silla. —Ven, vamos.

Simon asintió y se incorporó. Allene acomodó un poco la cobija del enfermo y por fin se dirigieron hacia la puerta de salida.

Afuera, el sol se estaba ocultando entre las aguas del muelle de Arendelle y el viento soplaba en sus caras, despeinando el cabello de Allene aún más de lo que ya estaba. La luz anaranjada iluminaba la calle empedrada por la que caminaban, y un silencio agradable se cernía sobre ellos hasta que llegaron a una pequeña casa de piedra y adobe, al clásico estilo medieval.

Allene volteó a ver a Simon.

—¿Quieres quedarte? —le preguntó.

Simon sonrió con lástima.

—Me gustaría, pero…

Allene rio.

—¿Tímido, eh? Vamos, pasa. —abrió la puerta. —Tengo entendido que los soldados están en periodo de descanso.

—Sí, pero… No puedo. Me gustaría otro día, si puedes. —contestó Simon.

—Está bien, no hay problema. ¿Mañana, te parece?

—Sí, perfecto. —dijo él. Allene sólo sonrió, lo miró por última vez con sus ojos cafés y cerró la puerta detrás de ella.

Simon se alejó caminando con una pequeña sonrisa en su rostro, mirando al cielo. El tinte púrpura y la oscuridad amenazaban con salir en cualquier momento por detrás de las cálidas olas que se mecían al ritmo del aire, y la luz del color del sol iba desapareciendo poco a poco, tomándose su tiempo.

En una carrera, el velo de la noche iba ganando terreno.