"La presentación, es el inicio de la despedida"
CAPITULO: 12 POR: YADIRA KURAN (P.Y.J.)

La embriagante calidez de la pálida luna daba un aire de seriedad a esa trastornada ciudad. Con pasos suaves pero decididos, caminaba por las calles del Nest Wood como cualquier burgués del estado. Había parado a ese vecindario de mala muerte, pero a diferencia de aquellos riquillos del Reino Unido ni la compañía, ni el gozo de alguna mujerzuela necesitaba. Más bien buscaba un poco de paz y tranquilidad. Justo atravesando el Distrito de Lambeth se encontraba uno de sus sitios favoritos, por eso cada que llegaba a Inglaterra y en cuanto tenía tiempo corría a ese lugar. Un pequeño oasis en el desierto era hermoso lago que aunque no era tan inmenso como el Michigan la verde y hermosa naturaleza que lo rodeaba en verdad valía la pena disfrutar. Los enormes y frondosos árboles verdes, florecillas silvestres que lo hacían más hermoso aun, ya que estaba situado a orillas de la ciudad. Entre ardillas y pajarillos residentes del lugar. Se sentía más tranquilo, todo ahí era tan relajante, embriagador, cálido y sobre todo encontraba la paz que ya casi no tenía. Si no eran viajes de ciudad en ciudad o justo como ahora, viajar a lugares extranjeros. De la casa a la oficina, de lujosas habitaciones de hoteles a banquetes a oficinas de los más importantes empresarios y peor aún había veces en que tenía que quedarse en la oficina a terminar los pendientes sin volver a casa incluso en días.

La monotonía que acumulaba, más bien lo hacía parecer una clase de robot automatizado a sus labores diarios sin pensamiento ni vida propia que día con día lo asfixiaba.

Casi no convivía con su familia aun cuando él estuviese en Chicago lo único que le quedaba era la Tía Abuela pero a veces la misma hacía irritante estar en casa. No por ella, sino porque siempre contaba con la presencia de sus sobrinos, los futuros herederos de los Legan o peor aún soportar a la arrogante madre de estos.
Por otro lado se encontraba más tranquilo en cuestión de Candy, aunque habían sido contadas las veces que la vio en los últimos tres años. Su traslado a Los Ángeles le había tomado por sorpresa pero como siempre no se involucraría. Incluso creyó conveniente el cambio de aires. Sabía le vendría en bien y le ayudaría a superar su ruptura con Terrece.

En esos días lo único que se le hacía inconveniente y lidioso era la constante insistencia y reclamos de su tía.

— William cómo es posible que permitas que esa muchachita se dé el lujo de mancillar el honorable nombre de los Andrey.

— Tía no mancilla el nombre, por el contrario.

— Por favor William no me vengas que es un orgullo que se valga por ella misma siendo miembro de esta honorable y poderosa familia. Peor vivir sola en ese departamento de mala muerte. Mínimo fuese en alguna propiedad de la familia con su respectiva servidumbre.

Siempre la misma cantaleta pero fue en esos momentos que Archie decidió estudiar economía en L.A., de esta manera mataría dos pájaros de un tiro en este caso tres. Por un lado estaría tranquilo al saber a Archie cerca de Candy y no saberla sola, así el estaría más relajado y feliz, por el otro lado con el mismo pretexto ni imponiéndose mucho menos. Manejo con mucha cautela el convencer a Candy de vivir en la mansión que los Andrey tenían en Los Ángeles. Al principio la chica se rehusó pero al ser informada que Archie la acompañaría la disgusto aún más pensando que Albert lo imponía. El último de los Corvell le hizo saber de su decisión en estudiar la Universidad en esa ciudad. Archie le dijo que aceptara así ambos se acompañarían ya que estarían lejos de casa y de la familia. Fue de este modo que Candy acepto. Y por último con esto se quitaría de encima por un buen tiempo a la Tía Abuela.

Bajo estos pensamientos Albert recostado sobre el verde césped rememoraba en lo que se había convertido su vida después de haber asumido el lugar de líder de los Andrey. A veces era desesperante vivir así. Sabiendo que él no había nacido para esto pero tampoco tiraría a la borda el esfuerzo de tantos años de trabajo por parte de su padre y abuelo. El chico se levantó y después de un buen rato se dispuso a volver la marcha al hotel. Claro no obstante antes de volver a su encierro bebería un buen trago de cerveza, ya que desde que había dejado Londres en los tiempos que trabajaba en el "Blue River", cuando era libre y errante.

Una sonrisilla picarona adorno su tan refinado rostro al recordar esos momentos de felicidad.

Fue en una de esas noches de distracción, en una de esas callejuelas cerca de un club nocturno. Una resplandeciente noche de primavera se había topado con un chico del cual no se le hacía extraño ver. Hombrecitos rondar esos lugares de mala fama era común su vestimenta y forma de hablar revelaba que no era un chico más del barrio. Ver que se trataba de un hijo de buena familia, de aquellos que solo vive acosta de lo que sus jugosas familias les dan, derrochándolo en juergas. Pero este chico llamo su atención. Complexión fina y delicada era parte de aquella personalidad pero su sorpresa fue cuando él solo retaba a varios hombres que a simple vista se notaba la calaña de la que provenían. Aquel chico reprochaba su pésimo comportamiento al tratar una de las chicas de servicio, Albert solo miraba desde un rincón aquella extraña escena. Es verdad que las mujeres que trabajaban en ese tipo de sitios tenían mala fama pero al parecer ese chico tenía buen ojo, que al ver el comportamiento de aquella muchacha se notaba que lo hacía más por necesidad que por placer. Vio como los hombres y aquel muchacho salía del establecimiento. Albert pago la cuenta de lo que bebió e imito a los que antes se fueron alcanzando a ver como se llevaban al chico a una calle aún más oscura, les siguió y observo como el joven propinaba tremendo puñetazo al más fornido y alto de los bribones. El hombre gordo le devolvió el golpe y el chico de una manera sigilosa le esquivo con facilidad, en ese momento los demás tipos le rodearon y comenzaron a golpear. El chicuelo aun en desventaja jamás perdió la valentía propinando patadas y golpes, unos certeros y otros al aire. Albert miraba desde una esquina cuando alcanzo a ver que uno de los tipos sacaba una navaja escondida en sus pantaloncillos y se lanzaba sobre el chico hiriéndole en una pierna. Albert no dudo y le hizo segunda al menor de una manera extraordinaria, Albert hizo correr a los vándalos. El chico en agradecimiento le invito un trago para finalmente terminar completamente ebrio y mal herido.

— Terry hace tanto que no se de ti amigo mío, tan absorbido he estado en los negocios que te perdí la pista desde la última vez que te vi en Chicago solo he sabido de tus logros y popularidad por lo que escriben en las revistas y periódicos — Albert nostálgico recordaba a ese inquieto y rebelde chico que conoció años atrás y que con el tiempo se hizo un buen amigo. También recordar a su imperativa amiga lo hizo pensar en lo que no pudo concretarse, él vio desde sus inicios florecer el amor que sus dos mejores amigos se profesaban, vio como lo plantaron, regaron y cultivaron. Hoy desgraciadamente y por azahares del destino habían sufrido una de las más tristes y dolorosas separaciones.

— Pensándolo bien el medico que acompañaba a Candy, se veía muy buena persona. Espero que Candy esta vez se de una nueva oportunidad.

¡AYUDA, POR FAVOR QUE ALGUIEN ME AYUDE!

El rubio al escuchar esos gritos que provenían de la calle que acababa de pasar no dudo ni un segundo y echo a correr. Entre más se acercaba no volvió a percibir algún indicio de aquel grito lleno de pánico, al llegar a la callejuela noto su oscuridad y mientras más se acercaba vislumbro la figura de dos hombres en el suelo. Uno más a lo lejos pero a diferencia de los otros este aún seguía de pie. Albert camino sigilosamente para no ser descubierto.

— Perfectamente escuche el grito de una mujer, pero aquí solo hay dos tipos muertos — se decía en voz baja.

La oscuridad que invadía el lugar no dejaba ver completamente a Albert, fue en ese instante que las nubes negras que cubrían la luna y el extenso cielo de Londres suavemente se movían dejando ver levemente la superficie de la luna, la cual mostraba su brillo dejando visible el lugar. En ese momento Albert vio detenidamente al hombre en pie, el cual solo miro de la cintura para arriba.

— Ahora sí princesita vamos a divertirnos.

Albert al escuchar estas palabras llenas de maldad dirigió su mirada al frente del hombre y lo que vio lo enfureció al extremo de querer matarle. Ahí frente a sus mirada azulina una chica por demás bella ante sus ojos. Inclinada con la ropa desgarrada. En verdad no sabía si aquel villano ya había cometido ese acto tan cobarde y deshonroso para una mujer, no sabía si ese miserable cumplió su maldita hazaña de robar la intimidad de aquella dama.

Aquel tipo tan apurado en querer llenar de su asquerosa esencia a la chica que no se percató de la mirada llena de furia que lo observaba, y justo en el momento que se inclinaba y tomaba a la chica por el cabello.

— Ahora si perra sabrás lo que es bueno y al final bramaras por más…

Albert sujeto por el hombro a Bill y girándolo hacia él propino un fuerte y certero golpe en la mejilla derecha — ¡Eso si antes te lo permito desgraciado!

— ¿Tú quién diablos eres? Regresa por donde llegaste o te llenare de plomo — Bill saco el arma que recién había guardado en su chaqueta.

— Insisto, si es que te lo permito — el rubio fue demasiado rápido y cuando Bill intentaba sacar el arma recibió una patada en la mano provocando soltara el arma y haciendo que volara un par de metros lejos de él — ahora si hijo de mala leche te enseñare como se debe tratar a las mujeres — sujetándolo por el cuello de la chaqueta y propinándole un sin fin de golpes.

— Suéltame… por favor ya suéltame — Sangraba e imploraba.

— Ahora si imploras maldito, ahora si pides clemencia cuando no tuviste corazón en asesinar a esos hombres y peor aún en ultrajar a esa mujer. Los perros como tú no merecen compasión — el ojiazul estaba furioso y no calculaba la inmensidad de daño que los golpes provocaban en el asesino.

— Suéltalo, lo vas a matar — el recién llegado lo sujetaba a Albert por la cintura y lo separaba de aquel hombre que casi molía a golpes.

— ¡Suéltame! O acaso eres uno de los suyos.

— No. No lo soy, pero no creo que valga la pena que te ensucies las manos con una basura como esta.

— Es verdad, no sé lo que me paso — decía Albert mientras se soltaba de los brazos que lo oprimían — ¡Diablos! — se llevó las manos a la cabeza al ver a Bill.

— Que es lo que ha pasado solo escuche un grito y corrí para ver qué era lo que sucedía — pateando el arma lejos y fuera del alcance del maleante.

— Gracias… ¡Auch! — Bill se dirigió a aquel misterioso hombre que evito que lo mataran.

— No lo hice por ti, si no por él — señalo a Albert — no era justo que se volviera un asesino como tú — Fue cuando su mirada gris se posó en la perdida y aterrada chica. Aunque esa semioscuridad no le permitía distinguir bien aquella silueta desfalleciente jamás olvidaría esos ojos. Con temor comenzó a caminar y esperando que no fuera quien su corazón decía a gritos que sí. Su respiración era a cada paso más veloz y al ver a la chica su semblante se horrorizo pensando lo peor. Ahí estaba aquella mujer que alguna vez cobardemente había abandonado, aun amándola tanto pero su estúpido orgullo no le permitió aceptar aquel cálido sentimiento.

— ¡MINA! — Grito el chico de ojos grises — ¡Dios santo! ¿Qué te han hecho? ¿Cómo? ¿Por qué? Mina respóndeme — llamaba con desesperación.

Mina no reaccionaba aunque estaba despierta y mirándole. Al parecer su mente quedo bloqueada mientras la mirada llena de horror reflejaba la angustia que vivía. Tanto que cuando sintió los brazos de aquel chico su corazón comenzó a agitarse.

— ¡No me toque, déjeme por favor no me haga daño! — un nuevo llanto lleno de pánico apareció a la vez que se cubría los senos ya casi descubiertos — ¡Yo no le diré a nadie… no me haga daño!

— Mina reacciona por favor. Yo no te hare daño, mírame — el ojigris aferro el rostro de la chica entre sus manos y con voz suave le hablaba — Vez no te hare daño. Mírame soy Yatén.

— ¿Yatén? — una expresión de disgusto reflejo el demacrado rostro de la chica que a su vez sintió una opresión en el pecho que causaba un intenso dolor — yo no lo conozco.

El peli plata sintió como una puñalada en el corazón al oír las palabras de la rubia.

— Disculpa creo que lo mejor es que busques ayuda — intervino al ver la reacción de rechazo de la chica — yo me encargare de ella no te preocupes.

— No puedo dejar así.

— Se cómo te sientes pero por lo que veo ella no te reconoce. Si la sigues forzando, el daño puede ser mayor, tenemos que llevarla a un hospital, para que la revisen.

— Por favor yo me encargare de ella y ese infeliz no creo que pueda moverse después de la paliza que le puse.

— Está bien — Yaten se fue en busca de ayuda.

Albert cuidadosamente se aseguró de que Bill no tuviese algún arma más o cualquier cosa que le ayudase a intentar escapar. Después de cerciorarse se dirigió donde la chica aún permanecía. Mina sin mostrar ya ninguna expresión o indicio de salir de ese trauma por el cual había pasado. El rubio se quitó la gabardina que traía y envolvió a la chica la cual al sentir como la cubrían comenzó a derramar lágrimas en silencio. Albert al ver que ella no se negaba la abrazo y sentando se juntó a ella la chica le brindo protección. En ese momento la calidez de los brazos de Albert la fueron embriagantes para Mina, ese aroma a maderas que el chico despedía eran aromatizantes que la ayudaban a relajarse poco a poco. Tanto que el llanto fue desvaneciéndose hasta que se quedó dormida.

— No te preocupes Mina ¿Así te llamas, cierto? no hay de que más preocuparse todo termino y no hay peligro que correr —acariciaba su cabeza.

—Ya volví — Yaten regresaba con varios gendarmes.

Los policías se dirigieron de inmediato donde Bill esposándolo y levantándolo mientras otros agentes se acercaban a los cuerpos inertes de las víctimas de aquel tipo. Otros más se acercaban donde la chica y Albert.

— Ahora si desgraciado de esta no te salvas, ya te traíamos entre ceja y ceja solo que siempre te las arreglabas para salirte de tus fechoría — dijo un policía al homicida.

— Buenas noches soy en Inspector Cedric Dalton — se presentó un hombre alto de semblante rígido — La señorita tendrá que acompañarnos a la delegación, su declaración es de suma importancia.

— William Andrey — imito el rubio — mucho gusto inspector Dalton, creó que tendré que contradecirle ya que lo primero es llevar a la dama a un hospital. Su salud es lo primordial. No creo que aquel sujeto — señalaba Bill — se vaya a ir a ningún sitio. Así que mientras soy aun educado no la molesten — advirtió — No ven por lo que ha pasado, no sea inhumano inspector.

—Lo siento, no me explique — se retractó de sus palabras — claro que se le tomara la declaración después.

— Yo la llevare al hospital — intervino Yaten que hasta el momento no había hablado.

— Yo te acompañare — dijo Albert mientras se levantaba y tomaba a la chica en sus brazos — es más la llevare con el médico que atiende a mi familia aquí en Londres.

— Mr. Andrey lo lamento pero tendrá que ser llevada al hospital del condado — indico el inspector — las revisiones y el diagnostico deben ser a cargo de nuestros doctores. Ellos dirán hasta qué grado llego la agresión ¿Es usted familiar de la señorita? O ¿usted él que nos avisó, es amigo de la dama? — miro a ambos chicos.

— Sí, soy amigo de la señorita Aino. Yaten Kou —se presentó el peligris — y creo que lo más conveniente…

— Necesito alguien que se haga responsable y tome cargo del papeleo mientras recobra el conocimiento la jovencita.

— Yo me hare cargo, además creo que ambos — Albert miro a Yaten — seremos de mucha ayuda al momento de las declaraciones.

Albert llevaba a Mina aun dormida en sus brazos para salir del callejón justo cuando un paramédico llego con una camilla. Fue en ese instante cuando un policía algo exaltado grito.

— ¡Mayor! Este hombre. El que esta bocabajo si no me equivoco es el duque de Grandchéster.

— ¿Cómo? ¿El duque de Grandchéster? — Pregunto atónito Albert — «No puede ser el padre de Terry»

— ¿Lo conoce? — inquirió un policía.

— Si. Es el padre de un buen amigo y justo a eso vine a Londres, mañana tenía una cita de negocios con él.

De esta manera Albert y Yatén se dirigían al hospital del condado para acompañar a Mina durante el trayecto al hospital "Central London Hospital". Albert le telefoneo a George explicando la gravedad del asunto pidiendo se encargara de lo requerido en el ministerio público. Por otro lado observaba aquel chico de ojos grises notando en su semblante lo importante que era la chica para él. Miro a la chica que esta vez era iluminada por las lamparillas dentro de la ambulancia. Descubriendo lo hermosa que era, clavando su mirada en el rostro de la rubia. Explorando esos labios, la nariz y finalmente al llegar a los ojos se topó con dos pares de zafiros opacos y confusos.

— Do… donde estoy — decía débilmente — ¿Terry? ¿Dónde estoy?

— ¿Terry? — Oír el nombre de su amigo en aquellos carnosos labios fue casi igual de impactante que cuando oyó de su padre muerto.

— Despertaste — Yaten se acercó al rostro de Mina a la vez que tomaba una de sus manos entre las suyas — soy yo, Yaten. Dios, estaba tan preocupado.

— ¿Quién es usted? ¿Quiénes son ustedes? — miraba confusa y débil tanto al rubio como al peli plata.

— No hables, descansa. Más tarde platicaremos, ya no hay de qué preocuparse — acariciaba la frente de la chica.

— No me toque, no se me acerque — reacciono ante el gesto del ojigris y desespero — no me lastime por favor, no me lastime — comenzó a llorar.

— Señorita tranquilícese, no hay que temer — el medico presente trato de calmar a la chica.

— No se me acerque — intento pararse — ¡No!

—Mina todo está bien — Yaten intento calmarla.

— Sr. Kou tranquilícese usted también — intercedió Albert — debemos dejar que descanse. Es normal que este en ese estado — intento creerlo él también — después del terrible y doloroso suceso es normal que aún no distinga la realidad — poso su mano en el hombro del chico infundiendo calma.

— En consecuencia de lo sucedido es muy común este tipo de reacciones. La señorita ha experimentado — el medico inyectaba un sedante a la rubia. El mismo que rápidamente le hizo dormir — algo terrible. Incluso hay casos en que los daños son aún mayores. Pérdida de memoria por ejemplo. Que por lo que veo… ella no recuerda.

— ¿Cómo puede estar seguro? —interrogo Yaten.

— Simple. Usted dijo ser amigo de la señorita y por lo que he corroborado usted dice que ella se llama Mina Aino pero ella no lo reconoció. Así que claramente es falta de memoria — suspiro — que espero solo sea temporal.

— Si — dijo abatido Yaten.

— Es permanente, Doctor.

— No sé decir exactamente Mr. William, en estos casos mientras el enfermo no esté dispuesto a volver, no habrá cura. Normalmente al recibir este tipo de ataques el afectado se bloquea tanto que es difícil o más bien no quiere volver a la realidad debido a no querer recordar los momentos de angustia.

— Dr. Por favor haga lo posible para que se recupere — la petición de Albert parecía suplica — yo hace tiempo tuve un problema de amnesia, se lo difícil que es para los que nos rodean. Familiares, amigos.

— Sé que esto no pasara con Mina — Yaten se negaba a aceptar.

— Esperemos que así sea joven, aún no lo sabemos. Aunque la reacción que ella dio da más probabilidad. Creó que hemos llegado, así que si me permiten la llevare a observación — Bajando de la ambulancia y seguida de un camillero se introducían al hospital.

Albert y Yaten imitaron al matasanos, ambos se observaron. Una mirada fugaz pero definitivamente algo no estaba bien ambos chicos tomaron asiento en la sala de espera cada uno inerte en sus pensamientos. Albert no dejaba de recordar aquella palabra pronunciada por la chica «Terry». Claramente dijo el nombre de su amigo, y más aún el padre de este estaba en el lugar de los hechos corriendo de un mal destino. No había más, que pensar tenía que avisar a su amigo.