12
La poción multijugos
Dejaron la escalera de piedra y la profesora McGonagall llamó a la puerta. Ésta se abrió silenciosamente y entraron. La profesora McGonagall pidió a Vega y Harry que esperaran y los dejó solos.
Vega miró a su alrededor. Una cosa era segura: de todos los despachos de profesores que había visitado aquel año, el de Dumbledore era, con mucho, el más interesante. Si no hubiera tenido tanto miedo a ser expulsada del colegio, habría disfrutado observando todo aquello.
Era una sala circular, grande y hermosa, en la que se oía multitud de leves y curiosos sonidos. Sobre las mesas de patas largas y finísimas había chismes muy extraños que hacían ruiditos y echaban pequeñas bocanadas de humo. Las paredes aparecían cubiertas de retratos de antiguos directores, hombres y mujeres, que dormitaban encerrados en los marcos. Había también un gran escritorio con pies en forma de zarpas, y detrás de él, en un estante, un sombrero de mago ajado y roto: era el Sombrero Seleccionador.
Harry admiraba la sala a su lado. También parecía muy nervioso. Si lo expulsaban a él, tendría que pasarse la vida en casa de los Dursley, y no había peor castigo para un ser humano. Vega tomó la decisión de declararse culpable solo ella, en caso de que el director pretendiese expulsarlos.
Entonces Harry se acercó sigilosamente al escritorio y cogió el sombrero seleccionador del estante.
—¿Qué haces? —dijo Vega alarmada. No sabían dónde estaba el director, y si los pillaba toquiteando sus cosas no creía que se lo fuese a tomar bien, teniendo en cuenta la situación en la que estaban.
—Sólo… sólo quiero comprobar una cosa…—dijo Harry inseguro, y se puso el sombrero despacio en la cabeza. Era demasiado grande y se le caía sobre los ojos, igual que en la anterior ocasión en que se lo había puesto.
Vega esperó. Sabía lo que Harry quería preguntarle al Sombrero Seleccionador. Desde que hablara en parsel, el chico había estado muy silencioso y preocupado. Vega sabía que le daba vueltas a su selección del año pasado, cuando el sombrero le había propuesto que ingresara en Slytherin. Además, también estaba preocupado por saber si realmente tenía algo que ver con Salazar Slytherin.
En opinión de Vega, era una tontería que se preocupase por si realmente era un Slytherin. Para Vega, estaba muy claro que Harry era un completo Gryffindor, quizá incluso era más Gryffindor que ella misma.
Entonces Harry se quitó el sombrero de golpe, con la cara blanca, y lo volvió a dejar cuidadosamente en el estante. No debía de haberle resuelto sus dudas, porque le dijo:
—Te equivocas
Éste no se movió y Vega se acercó a Harry, tratando de aliviar sus dudas. Pero entonces, un ruido como de arcadas les hizo volverse rápidamente.
No estaban solos. Sobre una percha dorada detrás de la puerta, había un pájaro de aspecto decrépito que parecía un pavo medio desplumado. Vega lo miró, sintiendo lástima por el aspecto desmejorado del animal, y el pájaro le devolvió una mirada torva, emitiendo de nuevo su particular ruido. Parecía muy enfermo. Tenía los ojos apagados y, mientras Harry y Vega lo miraban, se le cayeron otras dos plumas de la cola.
Vega se acercó lentamente al animal. Había pasado gran parte de su infancia rodeada de pájaros, así que si podía hacer algo para ayudar al de Dumbledore, a lo mejor no los expulsaba. Lo único que le faltaba es que el pájaro de Dumbledore se muriera mientras estaban con él a solas en el despacho. Y entonces, el pájaro comenzó a arder.
Harry profirió un grito de horror y retrocedió hasta el escritorio. Vega miró alrededor alarmada, buscando por si hubiera cerca un vaso con agua, pero no vio ninguno. El pájaro, mientras tanto, se había convertido en una bola de fuego; emitió un fuerte chillido, y un instante después no quedaba de él más que un montoncito humeante de cenizas en el suelo.
La puerta del despacho se abrió. Entró Dumbledore, con aspecto sombrío.
—Profesor —dijo Harry nervioso y con la voz entrecortada—, su pájaro...
—No pudimos hacer nada..., acaba de arder... —terminó Vega, muy arrepentida.
Para sorpresa de Harry y Vega, Dumbledore sonrió.
—Ya era hora —dijo—. Hace días que tenía un aspecto horroroso. Yo le decía que se diera prisa.
Se rió de la cara atónita que ponían Harry y Vega.
—Fawkes es un fénix. Los fénix se prenden fuego cuando les llega el momento de morir, y luego renacen de sus cenizas. Mira...
Vega y Harry dirigieron la vista hacia la percha a tiempo de ver un pollito diminuto y arrugado que asomaba la cabeza por entre las cenizas. Era igual de feo que el antiguo. Vega se acercó a mirarlo maravillada.
—Es una pena que lo hayáis tenido que ver el día en que ha ardido —dijo Dumbledore, sentándose detrás del escritorio—. La mayor parte del tiempo es realmente precioso, con sus plumas rojas y doradas. Fascinantes criaturas, los fénix. Pueden transportar cargas muy pesadas, sus lágrimas tienen poderes curativos y son mascotas muy fieles.
Con el susto del incendio de Fawkes, Vega se había olvidado del motivo por el que se encontraba allí, pero lo recordó en cuanto Dumbledore se sentó en su silla de respaldo alto, detrás del escritorio, y fijó en ellos sus ojos penetrantes, de color azul claro.
Vega echó una última mirada al pollito Fawkes, que pio lastimosamente, y se acercó a Harry como si se dirigiese a su propia ejecución. Sin embargo, antes de que el director pudiera decir nada, la puerta se abrió de improviso e irrumpió Hagrid en el despacho con expresión desesperada, el pasamontañas mal colocado sobre su pelo negro, y el gallo muerto sujeto aún en una mano.
—¡No fue Harry, profesor Dumbledore! —dijo Hagrid deprisa—. ¡Ni Vega! Yo hablaba con ellos segundos antes de que hallaran al muchacho, señor, ellos no tuvieron tiempo...
Dumbledore trató de decir algo, pero Hagrid seguía hablando, agitando el gallo en su desesperación y esparciendo las plumas por todas partes.
—... No puede haber sido ellos, lo juraré ante el ministro de Magia si es necesario...
—Hagrid, yo...
—Usted se confunde de persona, yo sé que Harry y Vega nunca...
—¡Hagrid! —dijo Dumbledore con voz potente—, yo no creo que Harry o Vega atacaran a esas personas.
—¿Ah, no? —dijo Hagrid, y el gallo dejó de balancearse a su lado—. Bueno, en ese caso, esperaré fuera, señor director.
Y, con cierto embarazo, salió del despacho.
—¿Es cierto? —dijo Vega ilusionada— ¿No cree lo que dicen todos?
—¿Usted no cree que fui yo, profesor? —preguntó también Harry esperanzado, mientras Dumbledore limpiaba la mesa de plumas.
—No, Harry —dijo Dumbledore, aunque su rostro volvía a ensombrecerse—. Ni tu ni Vega. Pero aun así quiero hablar con vosotros.
Vega y Harry aguardaron con ansia mientras Dumbledore los miraba, primero a uno y luego a la otra, juntando las yemas de sus largos dedos.
—Quiero preguntaros, chicos, si hay algo que os gustaría contarme —dijo con amabilidad—. Lo que sea.
Vega y Harry se miraron discretamente, no sabiendo qué decir. Los dos pensaban en Malfoy gritando: «¡Los próximos seréis los sangre sucia!», y en la poción multijugos, que hervía a fuego lento en los aseos de Myrtle la Llorona. Luego Vega pensó en la voz que no salía de ningún sitio, oída en dos ocasiones solo por Harry, y recordó lo que Ron había dicho: «Oír voces que nadie más puede oír no es buena señal, ni siquiera en el mundo de los magos.» Pensó, también, en lo que todo el mundo comentaba sobre ellos dos, sobre cuál era el heredero, y el creciente temor de Harry a estar de alguna manera relacionado con Salazar Slytherin...
—No —respondió Harry—, no tengo nada que contarle.
Vega negó con la cabeza en dirección del profesor. Había mentido muchas veces a sus padres, pero la expresión del viejo director hizo sospechar a Vega que de algún modo, sabía todo lo que planeaban. Aun así, el profesor los dejó marchar.
La doble agresión contra Justin y Nick Casi Decapitado convirtió en auténtico pánico lo que hasta aquel momento había sido inquietud. Curiosamente, resultó ser el destino de Nick Casi Decapitado lo que preocupaba más a la gente. Se preguntaban unos a otros qué era lo que podía hacer aquello a un fantasma; qué terrible poder podía afectar a alguien que ya estaba muerto. La gente se apresuró a reservar sitio en el expreso de Hogwarts para volver a casa en Navidad.
—Si sigue así la cosa, sólo nos quedaremos nosotros —dijo Ron a Harry, Vega y Hermione—. Nosotros, Malfoy, Crabbe y Goyle. Serán unas vacaciones deliciosas.
Crabbe y Goyle, que siempre hacían lo mismo que Malfoy, habían firmado también para quedarse en vacaciones. Pero Vega estaba contenta de que la mayor parte de la gente se fuera. Estaba harta de que todo el mundo se hiciera a un lado cuando Harry y ella circulaban por los pasillos, como si fueran a salirles colmillos o a escupir veneno; harta de que a su paso los demás murmuraran, le señalaran y hablaran en voz baja.
Aún había gente que sospechaba de que Vega era la heredera, aunque los que optaban por que este fuese Harry habían ideado una teoría por la cual los dos eran en parte culpables de los ataques. Había corrido el rumor de como Vega había dejado petrificada a Pansy Parkinson durante la clase de duelo, y por mucho que se hubiese despetrificado con un simple Finite Incantatem, para muchos aquella era la prueba de que de algún modo, Vega estaba relacionada con el monstruo de Slytherin también. Por lo tanto, muchos alumnos pensaban que Harry era el heredero, y que de algún modo, Vega era la que escondía al monstruo mientras Harry finjía normalidad. Era una teoría muy rebuscada, pero parecía funcionar para la mayoría de la gente, que en todo lo posible evitaba moverse demasiado cerca de Vega y Harry.
Fred y George, sin embargo, encontraban todo aquello muy divertido. Les salían al paso y marchaban delante de ellos por los corredores gritando:
—Abran paso al heredero de Slytherin y a su domadora de bestias, aquí llegan dos brujos malvados de veras...
Percy desaprobaba tajantemente este comportamiento.
—No es asunto de risa —decía con frialdad.
—Quítate del camino, Percy —decía Fred—. Harry y Vega tienen prisa.
—Sí, van a la Cámara de los Secretos a tomar el té con su colmilludo sirviente —decía George, riéndose.
Ginny tampoco lo encontraba divertido.
—¡Ah, no! —gemía cada vez que Fred preguntaba a Harry a quién planeaba atacar a continuación, o cuando, al encontrarse con Vega, George hacía como que se protegía de Harry con un gran diente de ajo.
A Vega no le importaba; incluso le aliviaba que Fred y George pensaran que la idea del heredero de Slytherin era para tomársela a guasa. Pero sus payasadas parecían enervar a Draco Malfoy, que se amargaba más cada vez que los veía con aquel pitorreo.
—Eso es porque está rabiando de ganas de decir que es él —dijo Ron sentenciosamente—. Ya sabéis cómo aborrece que se le gane en cualquier cosa, y vosotros os estáis llevando toda la gloria de su sucio trabajo.
—No durante mucho tiempo —dijo Hermione en tono satisfecho—. La poción multijugos ya está casi lista. Cualquier día revelaremos la verdad sobre él.
Por fin concluyó el trimestre, y sobre el colegio cayó un silencio tan vasto como la nieve en los campos. Más que lúgubre, a Vega le pareció tranquilizador, y se alegró de que ella, Harry, Hermione y los Weasley pudieran gobernar la torre de Gryffindor, lo que quería decir que podían jugar al snap explosivo dando voces y sin molestar a nadie, o podían batirse en privado. Vega aprovechó para terminar de rellenar el álbum de fotografías que su familia le había regalado para las Navidades del año anterior y todos pasaron un buen rato mirando las fotos que Vega había ido tomando durante el año. En algunas salían los entrenamientos de quidditch, la fiesta después del partido contra Slytherin, e incluso fotos del verano, en casa de los Weasley.
Fred, George y Ginny habían preferido quedarse en el colegio a ir a visitar a Bill a Egipto con sus padres. Percy, que desaprobaba lo que llamaba su infantil comportamiento, no pasaba mucho tiempo en la sala común de Gryffindor. Ya les había dicho en tono presuntuoso que se quedaba en Navidad porque era el deber de un prefecto ayudar a los profesores durante los períodos difíciles.
Amaneció el día de Navidad, frío y blanco. Hermione despertó temprano a Vega, felicitándola por su cumpleaños, y juntas bajaron a echarle un ojo a la poción multijugos.
No vieron a Myrtle por ningún sitio, pero podían oír sus lastimosos quejidos en el baño, así que Vega supuso que se habría escondido bajo el suelo, en alguna cañería o algo así. Hermione se agachó delante de la poción y le dio unas vueltas con un cucharón. La poción se había vuelto muy espesa, casi como melaza, y tenía un color barro con tropezones muy asqueroso.
—Echa los últimos crisopos mientras remuevo la poción, Vega—pidió Hermione sin levantar la vista del caldero.
Vega cogió el último manojo de hierbas que quedaba a un lado del caldero y lo fue echando sobre la poción. Mientras Hermione removía, empezó a surgir del caldero un espeso humo negro, y la poción se espesó aún más.
—¿Seguro que la hemos hecho bien? —Preguntó Vega insegura.
—Sí—dijo Hermione, mirándola muy contenta—, Y ya está terminada. Vamos a despertar a los chicos.
Subieron deprisa hasta su dormitorio. Vega rebuscó en su baúl, en busca de los regalos de navidad que había comprado a sus amigos y siguió a Hermione, que estaba pletórica por haber conseguido preparar una poción dificilísima sin problemas.
Vega abrió las cortinas de las camas de los chicos de golpe riéndose, mientras Hermione se acercó a las ventanas.
—¡Despertad! —dijo Vega en voz alta, mientras Hermione abría las cortinas de la ventana.
—Aggg… fuera… —dijo Ron, protegiéndose los ojos de la luz.
—Feliz Navidad a ti también —le dijo Hermione, arrojándole su regalo.
—Nos hemos levantado hace casi una hora, para añadir más crisopos a la poción—dijo Vega—. Ya está lista.
Harry se sentó en la cama, despertando por completo de repente y casi tirando a Vega, que se había sentado al pie de su cama.
—¿Estás segura?
—Segurísima —dijo Hermione, apartando a la rata Scabbers para poder sentarse a los pies de la cama de Ron—. Si nos decidimos a hacerlo, creo que tendría que ser esta noche.
En aquel momento, Hedwig y Devon aterrizaron en el dormitorio. Las dos lechuzas llevaban sendos paquetitos pequeños.
—Hola —dijo contento Harry, cuando la lechuza se posó en su cama—, ¿me hablas de nuevo?
La lechuza le picó en la oreja de manera afectuosa, gesto que resultó ser mucho mejor regalo que el que le llevaba, que era de los Dursley. Éstos le enviaban un mondadientes y una nota en la que le pedían que averiguara si podría quedarse en Hogwarts también durante las vacaciones de verano. Harry le tendió el mondadientes a Vega, para que se riese con él del estúpido regalo de los Weasley, pero Vega se había quedado helada al abrir el sobre que le había traído Devon, que en aquel momento le estaba pidiendo a Ron alguna chuchería.
Harry se acercó a ver lo que estaba mirando Vega que tenía una expresión sorprendida en la cara.
—¿Qué ocurre Vega? — preguntó Hermione preocupada.
Por toda respuesta, Vega le tendió la carta que había estado leyendo, a Harry y soltó una risita nerviosa.
—¿Tus padres te han comprado una guitarra? — dijo Harry con una sonrisa en la cara.
—¡Siiiiiii! —respondió Vega radiante, y empezó a dar saltos de alegría por todo el dormitorio.
—¿Qué tiene eso de especial? —dijo Ron.
—Vega siempre ha querido una, pero como tenía que estudiar el violín, su madre no le dejaba— respondió Harry riéndose, mirando como Vega, que había agarrado a Hermione, bailaba de alegría por la habitación.
Vega estaba tan feliz, que el resto de los regalos de Navidad, por muy cutres que fuesen (como los caramelos de café con leche de Hagrid), los disfrutó como nunca. A Janet no le gustaban las guitarras, las consideraba demasiado simples, por eso cuando Vega se empeñó de pequeña que quería aprender a tocar la guitarra, le había regalado un violín, alegando que también era un instrumento de cuerda, pero que la retaría más intelectualmente que una simple guitarra. Albert no. Había sido su padre adoptivo quien la había iniciado en la música con sus discos de Johnny Cash y Bill Hayley. Vega sospechaba que aquel regalo tan maravilloso tenía totalmente la firma de su padre. En la carta, su padre decía que no le habían enviado la guitarra porque no sabían si Devon podría cargar con ella, pero que su regalo la estaría esperando en casa para las próximas vacaciones. De pronto Vega tenía muchas ganas de que terminase el curso escolar.
Los regalos de sus amigos, sin embargo, no se quedaron atrás. Harry le regaló una colección entera de discos de vinilo de Bon Jovi, y Hermione un libro titulado La magia de la música, que trataba sobre grupos famosos de musi-magos. Incluso el regalo de Ron (unos guantes para quidditch de segunda mano), le pareció lo más maravilloso del mundo. Sus tíos y Remus también le habían mandado regalos relacionados con el quidditch. Tío Ted, una brújula de escoba, que señalaba la posición de los demás jugadores en el campo (probablemente fabricada por él mismo, por el aspecto que tenía) y Remus, un libro sobre las Arpías de Holyhead, un equipo de quidditch profesionalformado enteramente por chicas, y que Harry y Ron se pusieron ojear rápidamente, comparando a las Holyheads con los Chuddley Cannons, el equipo favorito de Ron.
Sin embargo, la alegría de Vega disminuyó bastante al abrir el último regalo y encontrar un jersey nuevo, tejido a mano por la señora Weasley, y un pastel de chocolate.Cogió la tarjeta con un enorme sentimiento de culpa, acordándose del coche del señor Weasley, que no habían vuelto a ver desde la colisión con el sauce boxeador, y de la cantidad de infracciones que habían planeado para el futuro inmediato.
Nadie podía dejar de asistir a la comida de Navidad en Hogwarts, aunque estuviera atemorizado por tener que tomar luego la poción multijugos.
El Gran Comedor relucía por todas partes. No sólo había una docena de árboles de Navidad cubiertos de escarcha, y gruesas serpentinas de acebo y muérdago que se entrecruzaban en el techo, sino que de lo alto caía nieve mágica, cálida y seca. Cantaron villancicos, y Dumbledore los dirigió en algunos de sus favoritos. Hagrid gritaba más fuerte a cada copa de ponche que tomaba. Percy, que no se había dado cuenta de que Fred le había encantado su insignia de prefecto, en la que ahora podía leerse «Cabeza de Chorlito», no paraba de preguntar a todos de qué se reían. Vega, que hablaba a todo el que quisiese escucharla de la maravillosa guitarra que le había comprado su padre, hacía oídos sordos a los insidiosos comentarios que desde la mesa de Slytherin hacía Draco Malfoy, en voz alta, sobre su nuevo jersey. Con un poco de suerte, Malfoy recibiría su merecido unas horas después.
Vega, Harry y Ron apenas habían terminado su tercer trozo de tarta de Navidad/Cumpleaños-de-Vega, cuando Hermione los hizo salir del salón con ella para ultimar los planes para la tarde.
—Aún nos falta conseguir algo de las personas en que os vais a convertir —dijo Hermione sin darle importancia, como si los enviara al supermercado a comprar detergente—. Sé que Vega ya tiene algo de Pansy Parkinson, y ella se ha ido a pasar las Navidades a su casa. Parkinson es una fan de Malfoy, así que lo mejor será que vosotros dos podáis conseguir algo de Crabbe y de Goyle; como son los mejores amigos de Malfoy, él les contaría cualquier cosa. Y también tenemos que asegurarnos de que los verdaderos Crabbe y Goyle no aparecen mientras lo interrogamos.
»Lo tengo todo solucionado —siguió ella tranquilamente y les enseñó dos pasteles redondos de chocolate—. Los he rellenado con una simple pócima para dormir. Todo lo que tenéis que hacer es aseguraros de que Crabbe y Goyle los encuentran. Ya sabéis lo glotones que son; seguro que se los tragan. Cuando estén dormidos, los esconderemos en uno de los armarios de la limpieza y les arrancaremos unos pelos.
Vega se rio. Era un plan magnífico, pero Harry y Ron se miraron incrédulos.
—Hermione, no creo...
—Podría salir muy mal...
Hermione los miró con expresión severa, como la que habían visto a veces adoptar a la profesora McGonagall.
—La poción no nos servirá de nada si no tenemos unos pelos de Crabbe y Goyle —dijo con severidad.
—Si tanto miedo os da, puedo hacerlo yo— dijo Vega— ¿Pero queréis interrogar a Malfoy, o no?
—De acuerdo, de acuerdo —dijo Harry—. Pero ¿y tú, Hermione? ¿A quién se lo vas a arrancar tú?
—¡Yo ya tengo el mío! —Dijo Hermione alegre, sacando una botellita diminuta de un bolsillo y enseñándoles un único pelo que había dentro de ella—. ¿Os acordáis de que me batí con Millicent Bulstrode en el club de duelo? ¡Al estrangularme se dejó esto en mi túnica! Y se ha ido a su casa a pasar las Navidades. Así que lo único que tengo que decirles a los de Slytherin es que he decidido volver.
Al marcharse Hermione corriendo para ver cómo iba la poción multijugos, Ron dijo por lo bajo, con una expresión fatídica.
—Nunca había oído un plan en el que pudieran salir mal tantas cosas…
Se escondieron en el vacío vestíbulo después de la comida de Navidad, esperando a Crabbe y a Goyle, que se habían quedado solos en la mesa de Slytherin, acometiendo cuatro porciones de bizcocho. Harry había dejado los pasteles de chocolate en el extremo del pasamanos.
Fueron a esconderse, esperando a que Crabbe y Goyle saliesen del Gran Comedor, cuando unos pasos que se acercaban rápidamente por el hall los sobresaltaron.
La profesora McGonagall se acercaba rápidamente a ellos, y los miraba fijamente. Por un momento, Vega se temió que de algún modo, la jefa de Gryffindor hubiese descubierto lo que iban a hacer y viniese a quitarles puntos o algo. Sin embargo, cuando la profesora se detuvo delante de ellos, a Vega no le pareció que esta estuviese enfadada. Más bien parecía preocupada.
—¡Ah, Black! —dijo la profesora—. Menos mal que la encuentro.
—¿Ocurre algo profesora? —preguntó Harry, algo nervioso porque Crabbe y Goyle saldrían del comedor en cualquier momento.
—Black tiene que acompañarme al despacho del director inmediatamente—dijo, y ante la cara de confusión de Vega, Harry y Ron añadió—. Es un asunto familiar importante.
Vega se fijó un momento en la expresión preocupada de la profesora, tratando de comprender, y después se giró hacia los dos chicos.
—No pasa nada—les dijo para tranquilizarlos—, seguid con esto sin mí, y ya nos veremos más tarde.
Acto seguido, Vega se marchó, siguiendo el paso rápido de la profesora McGonagall, dejando a Harry y a Ron plantados en el vestíbulo. Sin embargo, pronto tuvieron algo de lo que preocuparse, pues en cuanto Vega desapareció por la escalera, Crabbe y Goyle salieron del Gran Comedor y Harry y Ron se ocultaron rápidamente detrás de una armadura, junto a la puerta principal.
—¿Cuánto puede llegar uno a engordar? —susurró Ron entusiasmado al ver que Crabbe, lleno de alegría, señalaba a Goyle los pasteles y los cogía. Sonriendo de forma estúpida, se metieron los pasteles enteros en la boca. Los masticaron glotonamente durante un momento, poniendo cara de triunfo. Luego, sin el más leve cambio en la expresión, se desplomaron de espaldas en el suelo.
Lo difícil vino cuanto tuvieron que arrastrarlos hasta el armario, al otro lado del vestíbulo. En cuanto los tuvieron bien escondidos entre las fregonas y los calderos, Harry arrancó un par de pelos como cerdas, de los que Goyle tenía bien avanzada la frente, y Ron arrancó a Crabbe también algunos. Les cogieron asimismo los zapatos, porque los suyos eran demasiado pequeños para el tamaño de los pies de Crabbe y Goyle.
Luego, todavía aturdidos por lo que acababan de hacer, corrieron hasta los aseos de Myrtle la Llorona.
Apenas podían ver nada a través del espeso humo negro que salía del retrete en que Hermione estaba removiendo el caldero. Subiéndose las túnicas para taparse la cara, Harry y Ron llamaron suavemente a la puerta.
—¿Hermione?
Se oyó el chirrido del cerrojo y salió Hermione, con la cara sudorosa y una mirada inquieta. Tras ella se oía el gluglu de la poción que hervía, espesa como melaza. Sobre la taza del retrete había cuatro vasos de cristal ya preparados.
—¿Y Vega? —preguntó Hermione mientras Harry sacaba el pelo de Goyle.
—Vino la profesora McGonagall y se la llevó—dijo Ron—, no nos quiso decir porqué…
—Vaya... La poción de los pasteles dura poco tiempo, así que no podemos esperarla—dijo Hermione.
Se giró a mirar los vasos pensativa, y de nuevo hacia los chicos.
—Yo la esperaré aquí, id vosotros dos a hablar con Malfoy — les enseñó a los chicos una pequeña bolsa—. He cogido estas túnicas de la lavandería. Necesitaréis tallas mayores cuando os hayáis convertido en Crabbe y Goyle.
Los chicos miraron el caldero. Vista de cerca, la poción parecía barro espeso y oscuro que borboteaba lentamente.
—Estoy segura de que lo he hecho todo bien —dijo Hermione, releyendo nerviosamente la manchada página de Moste Potente Potions—. Parece que es tal como dice el libro... En cuanto la hayáis bebido, dispondréis de una hora antes de volver a convertiros en vosotros mismos.
—¿Qué se hace ahora? —murmuró Ron.
—La separáis en dos vasos y echáis los pelos.
Hermione sirvió en dos vasos una cantidad considerable de poción. Luego, con mano temblorosa, trasladó los pelos de Goyle que le tendió Harry al primero de los vasos.
La poción emitió un potente silbido, como el de una olla a presión, y empezó a salir muchísima espuma. Al cabo de un segundo, se había vuelto de color caqui de los mocos.
—Aggg..., esencia de Goyle —dijo Ron, mirándolo con aversión—. Apuesto a que tiene un sabor repugnante.
—Echa el tuyo venga —le dijo Hermione a Ron.
Ron echó el pelo de Crabbe en el segundo vaso. La poción silbó y también echó espuma hasta volverse de un marrón oscuro y turbio.
—Esperas —dijo Hermione, cuando Harry y Ron cogieron sus vasos—. Será mejor que no los bebáis aquí: al convertiros en Crabbe y Goyle ya no estaremos delgados.
—Bien pensado —dijo Ron, abriendo la puerta—. Vayamos a retretes separados.
Con mucho cuidado para no derramar una gota de poción multijugos, Harry pasó al retrete a la derecha de Ron.
—¿Listo? —preguntó.
—Listo —le contestó la voz de Ron.
—A la una, a las dos, a las tres...
Tapándose la nariz, Harry se bebió la poción en dos grandes tragos. Sabía a col muy cocida.
Inmediatamente, se le empezaron a retorcer las tripas como si acabara de tragarse serpientes vivas. Se encogió y temió ponerse malo. Luego, un ardor surgido del estómago se le extendió rápidamente hasta las puntas de los dedos de manos y pies.
Jadeando, se puso a cuatro patas y tuvo la horrible sensación de estarse derritiendo al notar que la piel de todo el cuerpo le quemaba como cera caliente, y antes de que los ojos y las manos le empezaran a crecer, los dedos se le hincharon, las uñas se le ensancharon y los nudillos se le abultaron como tuercas. Los hombros se le separaron dolorosamente, y un picor en la frente le indicó que el pelo se le caía sobre las cejas. Se le rasgó la túnica al ensanchársele el pecho como un barril que reventara los cinchos. Los pies le dolían dentro de unos zapatos cuatro números menos de su medida...
Todo concluyó tan repentinamente como había comenzado. Harry se encontró tendido boca abajo, sobre el frío suelo de piedra, oyendo a Myrtle sollozar de tristeza al fondo de los aseos. Con dificultad, se desprendió de los zapatos y se puso de pie.
O sea que así se sentía uno siendo Goyle. Con una gran mano temblorosa se desprendió de su antigua túnica, que le quedaba a un palmo de los tobillos, se puso la otra y se abrochó los zapatos de Goyle, que eran como barcas. Se llevó una mano a la frente para retirarse el pelo de los ojos, y se encontró sólo con unos pelos cortos, como cerdas, que le nacían en la misma frente. Entonces comprendió que las gafas le nublaban la vista, porque obviamente Goyle no las necesitaba. Se las quitó y oyó a Hermione preguntando desde fuera:
—¿Estáis bien?
—Sí—respondió Harry con la voz baja y áspera de Goyle.
—Sí —contestó, proveniente de su derecha, el gruñido de Crabbe.
Harry abrió su puerta y se acercó al lavabo ante la atónita mirada de Hermione. En el quebrado espejo, Goyle le devolvió la mirada con ojos apagados y hundidos en las cuencas. Harry se rascó una oreja, tal como hacía Goyle.
Se abrió la puerta de Ron. Se miraron. Salvo por estar pálido y asustado, Ron era idéntico a Crabbe en todo, desde el pelo cortado con tazón hasta los largos brazos de gorila.
—Es increíble —dijo Ron, acercándose al espejo y pinchando con el dedo la nariz chata de Crabbe—. Increíble.
—Mejor que os vayáis —dijo Hermione—. Aún tenéis que averiguar dónde se encuentra la sala común de Slytherin. Yo esperaré aquí a Vega.
—Espero que demos con alguien a quien podamos seguir hasta la sala común—dijo Harry.
Ron contempló a Harry:
—No sabes lo raro que se me hace ver a Goyle pensando.
Harry y Ron abrieron con cuidado la puerta de los lavabos, comprobaron que no había nadie a la vista y sa lieron.
—No muevas así los brazos —susurró Harry a Ron.
—¿Eh?
—Crabbe los mantiene rígidos...
—¿Así?
—Sí, mucho mejor.
Bajaron por la escalera de mármol. Lo que necesitaban en aquel momento era a alguien de Slytherin a quien pudie ran seguir hasta la sala común, pero no había nadie por allí.
—¿Tienes alguna idea? —susurró Harry.
—Cuando los de Slytherin bajan a desayunar, creo que vienen de por allí —dijo Ron, señalando con un gesto de la cabeza la entrada de las mazmorras. Apenas lo había termi nado de decir, cuando una chica de pelo largo rizado salió de la entrada.
—Perdona —le dijo Ron, yendo deprisa hacia ella—, se nos ha olvidado por dónde se va a nuestra sala común.
—Me parece que no os entiendo —dijo la chica muy tie sa—. ¿Nuestra sala común? Yo soy de Ravenclaw.
Y se alejó, volviendo recelosa la vista hacia ellos.
Harry y Ron bajaron corriendo los escalones de piedra y se internaron en la oscuridad. Sus pasos resonaban muy fuerte cuando los grandes pies de Crabbe y Goyle golpea ban contra el suelo, pero temían que la cosa no resultara tan fácil como se habían imaginado.
Los laberínticos corredores estaban desiertos. Fueron bajando más y más pisos, mirando constantemente sus relo jes para comprobar el tiempo que les quedaba. Después de un cuarto de hora, cuando ya estaban empezando a deses perarse, oyeron un ruido delante.
—¡Eh! —exclamó Ron, emocionado—. ¡Uno de ellos!
La figura salía de una sala lateral. Sin embargo, des pués de acercarse a toda prisa, se les cayó el alma a los pies: no se trataba de nadie de Slytherin, era Percy.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Ron, con sorpresa. Percy lo miró ofendido.
—Eso —contestó fríamente— no es asunto de tu incum bencia. Tú eres Crabbe, ¿no?
—Eh... sí —respondió Ron.
—Bueno, id a vuestros dormitorios —dijo Percy con se veridad—. En estos días no es muy prudente merodear por los corredores.
—Pues tú lo haces —señaló Ron.
—Yo —dijo Percy, dándose importancia— soy un prefec to. Nadie va a atacarme.
Repentinamente, resonó una voz detrás de Harry y Ron. Draco Malfoy caminaba hacia ellos, y por primera vez en su vida, a Harry le encantó verlo.
—Estáis ahí —dijo él, mirándolos—. ¿Os habéis pasado todo el tiempo en el Gran Comedor, poniéndoos como cerdos? Os estaba buscando, quería enseñaros algo realmente divertido.
Malfoy echó una mirada fulminante a Percy.
—¿Y qué haces tú aquí, Weasley? —le preguntó con aire despectivo.
Percy se ofendió aún más.
—¡Tendrías que mostrar un poco más de respeto a un prefecto! —dijo—. ¡No me gusta ese tono!
Malfoy lo miró despectivamente e indicó a Harry y a Ron que lo siguieran. A Harry casi se le escapa disculparse ante Percy, pero se dio cuenta justo a tiempo. Él y Ron salie ron a toda prisa detrás de Malfoy, que les decía, mientras to maban el siguiente corredor:
—Ese Peter Weasley...
—Percy —le corrigió automáticamente Ron.
—Como sea —dijo Malfoy—. He notado que última mente entra y sale mucho por aquí, a hurtadillas. Y apuesto a que sé qué es lo que pasa. Cree que va a pillar al heredero de Slytherin él solito.
Lanzó una risotada breve y burlona. Harry y Ron se cambiaron miradas de emoción.
Malfoy se detuvo ante un trecho de muro descubierto y lleno de humedad.
—¿Cuál es la nueva contraseña? —preguntó a Harry.
—Eh... —dijo éste.
—¡Ah, ya! «¡Sangre limpia!» —dijo Malfoy, sin escuchar, y se abrió una puerta de piedra disimulada en la pared. Mal foy la cruzó y Harry y Ron lo siguieron.
La sala común de Slytherin era una sala larga, semi subterránea, con los muros y el techo de piedra basta. Va rias lámparas de color verdoso colgaban del techo mediante cadenas. Enfrente de ellos, debajo de la repisa labrada de la chimenea, crepitaba la hoguera, y contra ella se recortaban las siluetas de algunos miembros de la casa Slytherin, aco modados en sillas de estilo muy recargado.
—Esperad aquí —dijo Malfoy a Harry y Ron, indicán doles un par de sillas vacías separadas del fuego—. Voy a traerlo. Mi padre me lo acaba de enviar.
Preguntándose qué era lo que Malfoy iba a enseñarles, Harry y Ron se sentaron, intentando aparentar que se en contraban en su casa.
Malfoy volvió al cabo de un minuto, con lo que parecía un recorte de periódico. Se lo puso a Ron debajo de la nariz.
—Te vas a reír con esto —dijo.
Harry vio que Ron abría los ojos, asustado. Leyó deprisa el recorte, rió muy forzadamente y pasó el papel a Harry.
Era de El Profeta, y decía:
INVESTIGACIÓN EN EL MINISTERIO DE MAGIA
Arthur Weasley, director del Departamento Contra el Uso Indebido de la Magia, ha sido multado hoy con cincuenta galeones por embrujar un automóvil muggle.
El señor Lucius Malfoy, miembro del Consejo Escolar del Colegio Hogwarts de Magia, en donde el citado coche embrujado se estrelló a comienzos del presente curso, ha pedido hoy la dimisión del señor Weasley.
«Weasley ha manchado la reputación del Minis terio», declaró el señor Malfoy a nuestro enviado. «Es evidente que no es la persona adecuada para redactar nuestras leyes, y su ridícula Ley de defen sa de los muggles debería ser retirada inmediata mente.»
El señor Weasley no ha querido hacer declaracio nes, si bien su esposa amenazó a los periodistas di ciéndoles que si no se marchaban, les arrojaría el fantasma de la familia.
—¿Y bien? —dijo Malfoy impaciente, cuando Harry le devolvió el recorte—. ¿No os parece divertido?
—Ja, ja —rió Harry lúgubremente.
—Arthur Weasley tiene tanto cariño a los muggles que debería romper su varita mágica e irse con ellos —dijo Mal foy desdeñosamente—. Por la manera en que se comportan, nadie diría que los Weasley son de sangre limpia.
A Ron (o, más bien, a Crabbe) se le contorsionaba la cara de la rabia.
—¿Qué te pasa, Crabbe? —dijo Malfoy bruscamente.
—Me duele el estómago —gruñó Ron.
—Bueno, pues id a la enfermería y dadles a todos esos sangre sucia una patada de mi parte —dijo Malfoy, riéndo se—. ¿Sabéis qué? Me sorprende que El Profeta aún no haya dicho nada de todos esos ataques —continuó diciendo pen sativamente—. Supongo que Dumbledore está tapándolo todo. Si no para la cosa pronto, tendrá que dimitir. Mi padre dice siempre que la dirección de Dumbledore es lo peor que le ha ocurrido nunca a este colegio. Le gustan los que vienen de familia muggle. Un director decente no habría admitido nunca una basura como el Creevey ése.
Malfoy empezó a sacar fotos con una cámara imagina ria, imitando a Colin, cruel pero acertadamente.
—Potter, ¿puedo sacarte una foto, Potter? ¿Me conce des un autógrafo? ¿Puedo lamerte los zapatos, Potter, por favor?
Bajó las manos y se quedó mirando a Harry y a Ron.
—¿Qué os pasa a vosotros dos?
Demasiado tarde, Harry y Ron se rieron a la fuerza; sin embargo, Malfoy pareció satisfecho. Quizá Crabbe y Goyle fueran siempre lentos para comprender las gracias.
—San Potter, el amigo de los sangre sucia —dijo Malfoy lentamente—. Ése es otro de los que no tienen verdadero sentimiento de mago, de lo contrario no iría por ahí con esa sangre sucia presuntuosa que es Granger. ¡Y se creen que él es el heredero de Slytherin!
Harry y Ron estaban con el corazón en un puño; quizás a Malfoy le faltaban unos segundos para decirles que el he redero era él. Pero en aquel momento...
—Me gustaría saber quién es —dijo Malfoy, petulan te—. Podría ayudarle.
A Ron se le quedó la boca abierta, de manera que la cara de Crabbe parecía aún más idiota de lo usual. Afortunadamente, Malfoy no se dio cuenta, y Harry, pensando rápido, dijo:
—Tienes que tener una idea de quién hay detrás de todo esto.
—Ya sabes que no, Goyle, ¿cuántas veces tengo que de círtelo? —dijo Malfoy bruscamente—. Y mi padre tampoco quiere contarme nada sobre la última vez que se abrió la Cámara de los Secretos. Aunque sucedió hace cincuenta años, y por tanto antes de su época, él lo sabe todo sobre aquello, pero dice que la cosa se mantuvo en secreto y ase gura que resultaría sospechoso si yo supiera demasiado. Pero sé algo: la última vez que se abrió la Cámara de los Se cretos, murió un sangre sucia. Así que supongo que sólo es cuestión de tiempo que muera otro esta vez... Espero que sea Granger —dijo con deleite.
Ron apretaba los grandes puños de Crabbe. Dándose cuenta de que todo se echaría a perder si pegaba a Malfoy, Harry le dirigió una mirada de aviso y dijo:
—¿Sabes si cogieron al que abrió la cámara la última vez?
—Sí... Quienquiera que fuera, lo expulsaron —dijo Mal foy—. Aún debe de estar en Azkaban.
Harry aguantó la respiración. Sabía que Azkaban era la prisión mágica donde estaba encerrado el padre de Vega, por lo que el nombre lo impresionaba un poco. Pero Malfoy no había dejado de hablar.
—Mi padre dice que tengo que mantenerme al margen y dejar que el heredero de Slytherin haga su trabajo. Dice que el colegio tiene que librarse de toda esa infecta sangre sucia, pero que yo no debo mezclarme. Naturalmente, él ya tiene bastantes problemas por el momento. ¿Sabéis que el Ministerio de Magia registró nuestra casa la semana pasada? —Harry intentó que la inexpresiva cara de Goyle expresara algo de preocupación—. Sí... —dijo Malfoy—. Por suerte, no encontraron gran cosa. Mi padre posee algunos objetos de Artes Oscuras muy valiosos. Pero afortunadamente nosotros también tenemos nuestra propia cámara secreta debajo del suelo del salón.
—¡Ah! —exclamó Ron.
Malfoy lo miró. Harry hizo lo mismo. Ron se puso rojo, incluso el pelo se le volvió un poco rojo. También se le alargó la nariz. La hora de que disponían llegaba a su fin, de forma que Ron estaba empezando a convertirse en sí mismo, y a juzgar por la mirada de horror que dirigía a Harry, a éste le estaba sucediendo lo mismo.
Se pusieron de pie de un salto.
—Necesito algo para el estómago —gruñó Ron, y sin más preámbulos echaron a correr a lo largo de la sala común de Slytherin, lanzándose contra el muro de piedra y metiéndose por el corredor, y deseando desesperadamente que Malfoy no se hubiera dado cuenta de nada. Harry podía notarse los pies sueltos dentro de los grandes zapatos de Goyle, y tuvo que le vantarse los bajos de la túnica al hacerse más pequeño. Su bieron los escalones y llegaron al oscuro vestíbulo de entra da, en que se oían los sordos golpes que llegaban del armario en que habían encerrado a Crabbe y Goyle. Dejando los zapa tos junto a la puerta del armario, subieron corriendo en cal cetines hasta los lavabos de Myrtle la Llorona.
—Bueno, no ha sido completamente inútil —dijo Ron, mientras recorrían el pasillo del segundo piso—. Ya sé que todavía no hemos averiguado quién ha cometido las agresiones, pero mañana voy a escribir a mi padre para decirle que miren debajo del salón de Malfoy.
Harry asintió mientras se ponía las gafas. Volvía a la normalidad así que volvía a necesitarlas. Abrió la puerta del aseo de Myrtle la Llorona. Vega ya había llegado y estaba sentada en el reborde de la ventana, al otro lado de los lavabos. Hermione estaba de pie a su lado, con una mano en su hombro. Ron avanzó hacia ellas y comenzó a contarles lo que habían descubierto
—Malas noticias, Malfoy no es el heredero, pero…
—¿Qué ocurre? —dijo Harry, interrumpiendo a Ron al darse cuenta de la expresión sombría de Hermione.
Vega, que hasta entonces había seguido mirando a través de la ventana y no se había girado a mirarlos, se levantó. Un torrente silencioso de lágrimas le corría por la cara.
Harry, que no había visto llorar a Vega en toda su vida, se quedó helado de la impresión. Vega se acercó a él lentamente y enterró su cara en el hombro de Harry, que la abrazó, mirando muy confundido a Hermione, a la que también se le escapaban unas pocas lágrimas.
—Mis padres…—El susurro de Vega sonaba amortiguado por la tela de la túnica de Harry—. Mis padres han muerto…
