Disclaimer: Los personajes y las situaciones que te puedan recordar a Twilight no me pertenecen, esta inspirado bajo la obra de Sthephenie Meyer. Para ella todos los derechos, me la obra/historia/fic que es de mi autoría. Esta historia es ficción.
Gracias a Ericastelo por revisar este capítulo y por sostener mi dudas y ataques de histeria! XD Lamento la demora, esta semana ha sido de locos, con muchas cosas que hacer, así que he tenido poquísimo tiempo para dedicarle a FFN.
Nota: Recién me di cuenta que subí el capítulo sin betear, así que lo he re-subido esta vez el documento correcto. Lamento las molestias.
Alerta de Cliff. ¡Gracias por leer!
Encendiendo fuego bajo la lluvia
Capítulo XI
"La madurez no se refleja en el tomar decisiones correctas, sino en vivir con las tomadas aún y cuando no sean acertadas" César Martinez
Decidida
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Bella
Desperté apoyada en una superficie lisa y sedosa. Mi mente vagaba por parajes más tranquilos y familiares haciéndome olvidar de todo lo ocurrido en las últimas horas, es más, en mi mente todos los problemas eran una mera bruma o neblina espesa. Borrosa y casi inexistente…
Casi.
Poco a poco el ambiente a mi alrededor se fue haciendo cada vez más y más real, las mantas suaves y esponjosas y los cojines acolchados en mi cabeza me daban una cómoda bienvenida a la realidad. El aroma que llegó a mis fosas nasales, a sol, madera y cuero, hizo que quisiera respirar profundamente antes de abrir mis ojos.
Grave error.
Mi estómago se retorció ante el acto y sin mediar palabras o buenos despertares me levanté y me dirigí rápidamente al baño. Al abrir una puerta y encontrarme con un pasillo, caí en la realidad.
No estaba mi departamento, no estaba ni remotamente cerca del hogar que compartí tantos años con mi padre.
Un dolor en mi pecho me hizo retroceder ante el recuerdo de él.
Mirando a mi alrededor poco a poco fui cayendo en la realidad… estaba en un lugar conocido pero no familiar, era un lugar bastante lujoso. Sin poder aguantar más las náuseas, retrocedí y vomité en una esquina , justo detrás de una pequeña mesa que adornaba el espacio.
¡Diablos!
Me sentía realmente mal y totalmente confundida, desorientada, mareada y con el estómago revuelto.
Malísima combinación.
De pronto los recuerdos comenzaron a regresar a mi cansada mente y mis pensamientos lograron llegar a la conclusión de que estaba en la dichosa casa de Edward Cullen.
Nuestra casa se suponía, pero no podía ni pensar que este castillo fuera algo que me perteneciera. Jamás compraría esta monstruosidad aunque tuviera el dinero…
Maldito. No creerás que esto es tan fácil como obligarme a hacer lo que quieres sin tener consecuencias ¿Verdad?
De pronto no me sentí tan culpable de haberle vomitado esa caja al idiota y parte de la alfombra. Bueno, la verdad era que sí me sentí avergonzada pero arrepentida no.
Me casaría con él, eso lo sabía. Y también sabía si él quería una tranquila y pasiva esposa de adorno, no la obtendría.
Me había resignado pero no rendido.
Rodeada de todo esto no podía pensar con claridad, quería irme, y ordenar todo en mi cabeza. Así, confundida como me encontraba no era fácil estar en este lugar tan ajeno a mí, soportando su egoísmo, egolatría y mala educación. Su sonrisa bobalicona, sus respuestas irritantes y su presencia avasalladora que me provocaba darle un puñetazo donde le doliera…
Anoté eso mentalmente para poder hacerlo algún día cuando lo tuviera enfrente.
Bueno, ayer no lo vi en todo el día, gracias a Dios. Tia me comentó en la cena que no había dormido en la casa… La verdad no me importaba, que hiciese lo que quisiera.
Bufé y me levanté con desgana, miré la cama toda desarmada y pasé mi mano por la maraña de cabello que se posaba por mi rostro un poco sudado.
Débil como estaba, me apresuré a abrir puerta tras puerta de esa inmensamente ridícula habitación y por fin encontrando el baño entre en el, apresurada. Con la toalla de mano que estaba colgada al costado del espejo, limpié el desastre que había dejado. Tratando de limpiar lo más decente posible mi triste espectáculo.
Ayer, había despertado con mejor suerte y puntería para las famosas náuseas matutinas, pues despertarme no había sido tan traumático como lo había sido hoy. La experiencia de ir a esas dos consultas ayer, me había dejado con una sensación más real de todo.
Edward era el padre de mi bebé, y estaba preocupado por él, por mucho que ese pensamiento me pesara… molestara, irritara…
Su paranoia era peor que la de Ángela. Insistió que de ahora en adelante me atendería un ginecólogo y un perinatólogo, para que además de ver el embarazo desde mi punto de vista, hubiera un especialista viendo atentamente el desarrollo del bebé.
La verdad es que no estaba enterada que existiera tal especialidad, pero Edward sí, y estaba dispuesto a pagar por los servicios del especialista sin importar mi opinión en todo esto.
Sin embargo, el día de ayer no solo fue extraño por eso, antes de partir hacia las citas, mi mente se comenzó a llenar de pensamientos como el que Edward solo quería al bebé, lo que significaba que yo no entraba en la ecuación una vez diera a luz. Me tuve que recordar que él mismo me había dado su palabra, mientras yo cumpliera la mía y me casara con él… él no se atrevería a separarme de mi bebé.
Empecé a recordar lo que sucedió el día de ayer, dejándome una extraña sensación de pánico mal disimulado en mi respiración mientras seguía con mi limpieza.
Todo empezó temprano en la mañana.
Abrazándome a mi vientre fue como Tia me encontró, me llamó y me guió hacia el exterior donde Edward me esperaba ya en su automóvil un extraño convertible plateado. Esta vez Benjamín no nos escoltaría como el día anterior, lo que hizo del viaje mucho más incómodo de lo que suponía debía ser, más aún con todas esas ideas rondando por mi cabeza.
Mantuve mi vista en la ventana durante todo el viaje, sopesando que era estúpido, pensar en la posibilidad de que él me quitara a mi bebé una vez este naciera pero recordándome que no tenía ninguna seguridad de que Edward cumpliría su palabra.
¿Cómo podría tener esa seguridad? Dios, todo esto estaba matándome.
Cuando entramos a la consulta tomé el brazo a Edward y lo detuve con una fuerza que no sabía que poseía. Estaba ya en un punto de histeria, desesperación y locura que no reconocía en mí. Edward se giró y me observó curioso, hasta enojado por la repentina interrupción. Lo vi fruncir sus cejas y sin aviso ni advertencia tocó mi mejilla como si estuviera comprobando su temperatura.
-Estas pálida ¿Quiéres vomitar? - me dijo arrastrándonos a las sillas de cuero de la consulta mientras esperábamos.
-Edward – lo llamé. Noté como mis manos sudaban y temblaban. Pareció que él también se dio cuenta porque su mirada se posó en mis manos y luego volvió su vista a mis ojos alarmado.
En estos dos días que lo conocía, lo había visto enojado, cínico, manipulador pero nunca preocupado por mí.
-¿Qué rayos te sucede Isabella?
Quizás mi aspecto esa mañana realmente fue aterrador, más aún las palabras que salieron de mi boca.
-No te vas a deshacer de mí el día que mi bebé nazca… ¿verdad? –había susurrado espantada ante la posibilidad, él abrió sus ojos estupefacto.
No había salido palabra de su boca ya que en ese preciso momento, la enfermera nos llamó para entrar en la consulta con el perinatologo.
El tema no volvió a salir.
Ayer estaba harta de todo, de él, de las órdenes, los exámenes, las recomendaciones de alimentación… ¡Todo!
El médico me había encontrado con unos gramos menos, pero el bebé estaba perfectamente sano y creciendo. Incluso nos mostró en el ultrasonido todas sus partes, el tamaño de su cabeza, sus dedos, su naricita… todo se veía extraño pero real… ahí estaba mi bebé.
Mi bebé…
Lloré a cada detalle, logrando que Edward se moviera incómodo a mi costado. La verdad era que no lo quería a mi lado en estos momentos, pero él no me había dejado opción de elegir de tenerlo o no ahí. Miró todo el procedimiento pero no pude ver cambio en sus emociones, tampoco es que me dedique a ver su rostro mientras veíamos a mi bebé en la pantalla frente a nosotros.
Estaba tan feliz, radiante que pronto todo lo demás careció de sentido e importancia.
El , nos comentó que el sexo del bebé se podía saber con plena certeza a partir de la semana 20 aproximadamente y que este al ser solo una visita fuera de la rutina ni siquiera haría el intento de averiguar si se trataba de ella o de él. Cuando nos despedimos me recordó que me esperaba en dos semanas más para el control oficial.
Salí de esa consulta feliz, tanto que ni tomé en consideración a mi acompañante hasta que él me gruñó que nos sentáramos a esperar la siguiente.
Era obvio que yo no le caía muy bien, bueno… él a mí tampoco, así que estábamos a mano.
El ginecólogo me recomendó descanso y vacaciones, nada de estrés y preocupaciones innecesarias.
Rodé los ojos ante tal indicación porque lo veía difícil... imposible en esta casa y, más aún con Edward Cullen pisándome los talones
Toda clase de miedos e inseguridades me comenzaron a inundar cuando noté como Edward evitaba mirarme o dirigirme alguna mísera palabra ayer mientras nos dirigíamos a la casa… eso me estaba dejando en estado constante de alerta, pues ni un gruñido salió de sus labios.
No era como si Edward me hablara mucho, pero desde que regresamos a su mansión, pareciera que el tenerme cerca era un suplicio, un castigo…
Como si algo le molestara, como si el día de ayer algo hubiese cambiado…
No estaba prestando atención a mi alrededor hasta que una dulce voz interrumpió mis recuerdos y mis acciones automáticas en la caja ya limpia.
-Señora Cullen ¿Qué hace agachada en el piso? – me asusté a tal grado que di un pequeño brinquito en mi lugar, al notar que Tia estaba acercándose con rostro alarmado.
La mujer se colocó a mi lado y tomó la toalla con la que fregaba el piso. Miró el desastre y de inmediato supe que había comprendido lo que había pasado.
-¡Oh! ¿Se siente usted bien? –su mano viajó a mi frente y ese gesto me descolocó.
-Lo siento, yo no quise. Es que no encontraba el baño y…
-No diga más. Yo estoy a su cuidado. No debe agitarse, ya sabe lo que le dijeron los doctores, si se siente muy mal tengo el número de ellos para…
-No, no es necesario. Estoy bien, es algo que me ha sucedido con frecuencia - aseguré mientras una de sus manos volvió a posarse en mi frente, se sentía tan apacible su frío tacto que me permití relajarme un rato.
Tia y Benjamín eran las personas más amables que había conocido en toda esta experiencia. Sus sonrisas amigables cada vez que nos encontrábamos en esa gigantesca casa eran tan inesperadas que al principio me parecían poco sinceras y hasta interesadas pero luego sus preguntas sobre mi salud, mi embarazo y mi bebé me hicieron ver que su intención era real y no forzada.
Sin embargo lo que terminó de convencerme que eran buenas personas fue su reticencia a hacer juicios de valor hacia mi persona. No cuestionaron nada de lo que Edward les dijo y aunque sospechaba que eso se debía a que eran sus empleados, sus miradas no eran acusatorias, solo curiosas.
Me obligué a no confiar plenamente en ellos hasta que los conociera un poco más.
-Debe descansar un momento antes de ir al aeropuerto, el viaje la puede cansar a usted y al bebé más de lo recomendado.
-No es necesario que me llame de usted, con Bella está bien- corregí mientras ella me ayudaba a recostarme en la cama un momento. El reloj marcaba recién las ocho de la mañana. Era muy temprano.
-Bella – repitió dulcemente como acostumbrándose al sonido, lo cual me hizo sonreír – son órdenes del señor Cullen, usted sabe.
Hice un mohín que no pasó desapercibido para la mujer, pues profirió una risita divertida.
-Tia – llamé haciendo que ella me mirara fijamente antes de arreglar uno de los cojines que estaban en mi espalda - ¿Tú conocías a Ángela?
-Sí, la conocí… -respondió cautamente, no noté ningún cambio en su expresión hasta que en su rostro se formó otra sonrisa mientras me miraba – Es una fortuna que el señor Cullen la haya encontrado a usted, más aún que estén esperando un bebé juntos.
Su respuesta me impresionó, pues se podía deducir fácilmente lo que quería decir con ellas.
-¿No le caía bien, verdad?
-Mi opinión no importa en esto, sólo soy el ama de llaves.
-A mí me importa –insistí, quería saber… de algún modo quería enterarme que era lo que sabía de ella y que era lo que pensaba de mí.
-No puedo hablar mal de los muertos, es como llamarlos al mundo de los vivos.
Su criptica frase me dejó un tanto incómoda. Su expresión era serena y tranquila, haciéndome preguntar cuanta sabiduría escondía su persona y cuanta información ocultaba con ellas.
-Lo siento.
-No hay necesidad de disculpa, recuéstese y descanse. Le prepararé el desayuno ¿Está bien?
Obedecí y asentí solo por agradecimiento, y porque me parecía una falta de respeto argumentar contra una persona como ella y tratando de conseguir información a base de cotilleos. Quizás no era el momento apropiado aún.
Cerré los ojos intentando poner en orden mis pensamientos, acción que falló estrepitosamente.
¡Gracias a Dios en unas horas me iba a Oklahoma, donde estaría libre de todo esto por unos días!
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Mi fiel mochila colgaba del hombro del testarudo pero amable y servicial Benjamín. Por más que intenté que no lo hiciera el hombre insistió en cargarla por mí, así como su esposa –Sí, porque él y Tia estaban felizmente casados - insistió en hacerme una pequeña merienda para el vuelo, pequeña para ella pues traía un bolso exclusivo para la comida.
Quise reír, llorar y rodar mis ojos al mismo tiempo.
Cuando entramos al O'Hare international, mis pies se dirigieron a una de las ventanillas de una línea aérea que según yo era la más económica del lugar, sin embargo Benjamín respetuosamente tomó mi brazo y me guió a otra, de pisos pulcros y lujosas oficinas. El letrero decía Vulturis Air adornado con dorado y rojo oscuro.
La vendedora se levantó inmediatamente recibiéndonos una gran sonrisa, al parecer percibiendo dinero en el andar de mi obligado acompañante, gracias al cielo se había sacado esos lentes oscuros al entrar al edificio.
Edward había insistido vía telefónica que Benjamín me tenía que acompañar al aeropuerto, lo escuché en altavoz porque no quería hablar con él y esa fue la única forma que Tia encontró para que me enterara.
¡Maldito Cullen!
-Bienvenidos a Vulturis Air. Mi nombre es Margaret ¿En que puedo ayudarle?-
Esos dos míseros días eran los que tenía para ordenar mis ideas. Todo lo que había pasado en estos dos días, tres… si contamos el encuentro en el paradero esa noche, era demasiada información, demasiados cambios…
Necesitaba procesarlo todo en terreno neutral.
-Quiero un pasaje a Oklahoma, por favor.
- ¿Directo al Oklahoma City Wild Rogers World, señorita?
Su pregunta me dejó perpleja porque no sabía a que rayos se refería con eso del Wild Roger World… voy al aeropuerto, punto. ¿No era tan difícil, no? Por suerte y agradeciendo por primera vez la forzosa compañía de Benjamín, este intercedió por mí.
-Sí, directo. Primera clase, en el vuelo más cercano, por favor y de regreso en dos días más. Mismo horario.
-No, no quiero primera clase, la más económica y yo pago – dije mirando fijamente al hombre que estaba sacando su billetera – No hay discusión en esto – insistí logrando que solo sacara una tarjeta dorada y sonriera disculpándose, haciendo uso de ser 'la esposa' de su jefe aunque no me gustara, para mi ellos eran mis iguales.
-Señora Cullen – respondió logrando que la vendedora, Margaret, saltara en su asiento y nos mirara asustada, especialmente a mí – No iba a pagar por su pasaje, aunque el señor Cullen me lo haya ordenado, solo le quiero entregar la tarjeta de socio para que la ocupe.
-¿Socio? No soy socia – dije mirando el trozo de plástico como si fuera radioactivo.
-Le darán un descuento.
Sin más le pasó la infame tarjeta dorada a la vendedora y esta en forma solícita, la deslizó por la ranura y empezó a digitar unos números y cosas extrañas mientras se limpiaba un poco el sudor de su frente. ¿Por qué rayos estaba tan asustada?
-Tenemos un vuelo a las 02:50 pm, que aterrizaría a las 04:55 pm en Oklahoma. ¿Está bien con eso señora Cullen?
Miré mi reloj y noté que estaba justo en el tiempo para hacer el check in y abordar. Así que asentí, saqué mi tarjeta y se la pasé a Margaret. Sin embargo ella la rechazó cortésmente, sonriendo como si tuviera la sonrisa tatuada en el rostro.
-Señora Cullen, por favor. La tarjeta de socio tiene los suficientes puntos para pagar este pasaje de primera clase a Oklahoma ida y vuelta, si es tan amable de indicarme el día exacto del regreso le tendré sus pasajes de inmediato para que pueda abordar sin problemas.
-¿Qué? ¡No! Pagaré por mis pasajes ¿Cuántas veces debo decirlo? – casi grité angustiada de toda esta situación mirando a mis dos interlocutores.
Me estaban colmando la poca paciencia que tenía y al parecer mi bebé reaccionó también al grito porque lo sentí moverse un poco allá abajo.
-Señora…
-¡No! – Interrumpí a Margaret antes de gritarle de nuevo, pasé mi mano por mi cabello para relajarme. Sabía que estaba haciendo su trabajo, no era su culpa…
Respira.
-Deme mis pasajes, clase económica para ese vuelo.
-Tengo estrictas órdenes de tratar a los familiares de los dueños de esta empresa como clientes Golden, en especial si es una Cullen. Lo siento, señora, tengo que entregarle estos pasajes.
-Acéptelos, señora Cullen. No querrá que ella reciba una amonestación por no hacer su trabajo ¿verdad? – mi cara detonó todo el nerviosismo que el rostro de Margaret tenía en este momento. Sin más tomé los pasajes que me extendía, sonriéndole un poco a modo de disculpa, mientras Benjamín me escoltaba hacía afuera de la oficina.
¿Familiares de los dueños? Mi cara explotaba preguntas tras preguntas sin expresar en palabras. ¿Vulturis Air era de algún familiar de…?
-¿Familiares?- pregunté débilmente mientras caminábamos a paso lento.
-Vulturis Air pertenece a Aro Vulturi y familia, es el tío materno del señor Cullen. Es parte de C.E.E Holding, señora.
-Mierda…- susurré.
Edward Cullen era mucho más poderoso y millonario de lo que nunca pude imaginar, y ser parte de eso era bastante abrumador… ahora entendía sus palabras al indicar que ser una Cullen tendría sus beneficios, e incluso el porqué Ángela lo buscaba con tanto ahínco. Estas familias eran tan poderosas y dueñas de numerables entidades que los hacían acreedores del poder que se jactaban en tener… no eran solo rumores o palabras ególatras.
Edward Cullen no era cualquier cosa y mi hijo por lo tanto tampoco lo sería…
Otra vez el pensamiento pasó por mi mente
¿En qué rayos me había metido…?
Mierda.
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Cuando bajé del avión mis pies estaban tan hinchados y adormecidos que caminar era un esfuerzo extra. Cargaba mi mochila y el bolso lleno de comida con una mano ya que la otra se mantenía acunando y acariciando mi vientre tratando de calmar mis ansias al momento de poner mis pies en el aeropuerto de Oklahoma.
¡Todo saldrá bien, Bella! ¡Por fin estás aquí!
Miré a todos lados buscando alguna cara conocida con quien compartir un poco de esta libertad y felicidad que me embargaba. Parecía una eternidad desde que no sentía nada igual y pensé que quizás no estaba tan errado ese pensamiento.
-Bebé vamos a visitar a la tía Sue ¿No estás contento? – le pregunté a mi barriguita - Yo sí.
Sonreí satisfecha conmigo misma, por haber llamado antes de subir al avión para que me vinieran a buscar.
De pronto vi como unas manos me saludaban desde el otro lado del cristal, haciéndose notar entre las personas que esperaban a los pasajeros del vuelo mientras estos tomaban sus maletas y salían al recibidor. Como yo traía solo mi mochila, me escabullí y salí de las primeras, corriendo y gritando de la emoción.
En mi interior no me reconocía, pero tampoco podía evitarlo.
-¡Oh por Dios! ¡Seth, Leah! – grité abrazándolos cuando llegué a su lado.
Ambos estaban más grandes de lo que los pensaba y me obligué a recordar que solo habían pasado unos dos meses de su partida. Leah estaba mucho más delgada pero supuse que su playera con estampado, sus jeans apretados rojos y sus bototos aportaban a la ilusión, mientras que Seth tenía su cabello más largo oculto tras una sudadera pero la misma sonrisa contagiosa de siempre.
Los abracé fuerte porque los había extrañado más de lo que había creído. Era como volver a casa luego de un largo tiempo en tierras extranjeras, pero yo sabía que no era del todo cierto, sabía que esta no era mi casa, ni que volvía cual hijo pródigo… era todo lo contrario.
Pero fuera como fuera me sentía bien de estar aquí, con personas conocidas y que me quería por lo ser simplemente Bella.
-¡Bella! – me llamó Seth con su voz infantil y alegre, me hizo imaginar que quizás mi bebé hablaría como él algún día. Sonreí – Tenemos una casa más grande… ¡Así de grande! – indicó el tamaño con sus manos.
-¡Que bien!
-Sí, hasta Leah tiene su propia habitación, es genial. Quiero que la conozcas.
-Para allá vamos, Seth – habló Leah, mirándome detenidamente y ofreciendo su mano para cargar mi mochila. Negué y avancé a su lado –Mamá está en un turno, pero estará para la cena. Debes tener hambre, cociné espero te guste.
Leah hablaba rápido y sin pausa, lo que me hacía ver que estaba o nerviosa o entusiasmada, alargué mi brazo y la atraje a mí para darle un sonoro beso en su frente haciendo que mi adolescente amiga se mostrara reacia e hiciera una mueca de asco.
Dios, me sentía tan feliz que me obligué a no pensar en los últimos dos meses de mi vida, en especial los últimos días.
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Ese día pasó más rápido de lo que hubiese querido, Seth me hizo un tour por la casa deteniéndose en su habitación para jugar un rato con sus juguetes mientras Leah calentaba la comida. Luego de comer, Leah y yo conversamos de su vida en esta nueva ciudad, me comentó de sus clases, de lo que le gustaría estudiar pero reprimiéndose de pensar muy alto porque no sabía si conseguiría becas, de sus amistades nuevas e incluso de chicos… Sonreía cuando se ponía roja y reía cuando fruncía el ceño por algo que le molestaba de ellos. No hablamos mucho de mí y es que prefería no hacerlo por ahora, sabía que cuando Sue llegara habría llegado el momento de mi verdad.
Había decidido contarles de mi embarazo y de mi pronto matrimonio con Edward Cullen, pues sabía que tarde o temprano se enterarían en alguna revista o en la televisión. Además eran mi familia, merecían saberlo y especialmente tener una invitación a mi boda, porque por muy apurado y modesto que fuese, según Cullen, yo quería que estuvieran ahí las personas que amaba. Me hubiera gustado poder invitar a Jake también, pero me temía que preguntarle por eso sería como echarle ácido a sus heridas, me había obligado a no pensar en lo que él pensaría de todo esto… cuando lo tuviera que enfrentar lo haría, antes no.
Edward Cullen había tomado en cuenta a sus familiares en su ecuación, en su estúpida y poco creíble historia, pero ¿Y los míos? ¿Qué pasaba con ellos y con lo que pensarían? De seguro a él no le importaba.
Santo cielo ¿Por qué todo tenía que ser tan complicado?
Esa noche fue una catarsis necesaria en mi vida. Sue y los chicos me escucharon con atención y luego me abrazaron cuando sin darme cuenta estaba llorando sentada en el sillón de la sala, la historia había sido relatada tal cual Edward la había planeado y poco a poco fui hilvanándola con mi propia versión, incluyendo la muerte de mi padre y mi amor por mi bebé.
Me sentí mal por ocultarles la verdad, pero creí que también al hacerlo los estaba protegiendo de la enorme influencia de los Cullen.
Tenía que protegerlos de él, tenía que hacer que además de promesas hubiera un respaldo que me asegurara que todo estaría bien para mi bebé y para ellos.
De pronto dando vueltas en la habitación que Leah me había cedido, la idea nació.
¿Cómo fui tan estúpida de no pensarlo antes? Supongo que en una vida de confianza y amor nunca había tenido que hacer uso de ellos hasta que Ángela llegó a ella.
Contratos.
El descubrimiento que tuve en el estudio de Edward sobre su necesidad de mí en su plan, me dio la seguridad ese día y la reforzó esa noche, dándome nuevas fuerzas y resoluciones.
Le expondría mis demandas y le exigiría un contrato de por medio. Yo también podía jugar su juego, y si tenía la cabeza tan fría y calculadora como él hasta podría ganarle… ¿De verdad podría?
No lo sabía, pero tenía que intentarlo principalmente por el futuro de mi bebé.
Ahora ¿Qué le exigiría?
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El último día que pasé con Sue, Seth y Leah fue muy triste, no quería irme, no quería regresar a Chicago. Sue me prometió estar el día de mi boda y yo le prometí enviarle los pasajes lo antes posible. Lloré toda esa mañana abrazada al pequeño Seth, hasta pensé estúpidamente en llevármelo conmigo para apaciguar el llanto pero luego me di cuenta que era muy descabellado y tonto.
Últimamente esta comenzando a sobreactuar con todo. Suponía que las hormonas tomaban lo peor de mí y lo hacían notorio.
Sue acariciaba mi vientre con los ojos llorosos y Leah le hablaba al bebé como si lo tuviera al frente. Seth, por su parte no entendía mucho entre mis brazos.
Extrañaría esto, habían sido los mejores dos días y medio del último tiempo.
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Ya en el O'Hare international de Chicago, Benjamín y Tia me esperaban. Me sorprendió el abrazo que la mujer me dio y que esta también saludara al bebé, haciendo que tanto su esposo como yo riéramos de sus palabras 'Bienvenido pequeño Cullen'. Me pregunté si tendrían hijos.
Me sentía un poco más ligera mientras caminábamos hacía el automóvil, el aire además estaba fresco y el sol cálido. Mi vestimenta acorde con el día me hacía ver un poco más embarazada de lo normal, los pantalones cortos de mezclilla y la blusa azul eran una delicia de tela sobre mi piel.
La vida para mí hoy tenía una nueva perspectiva, pues estaba segura y decidida de que si procuraba hacer de esta etapa de mi vida algo bueno, lo sería sin lugar a dudas.
Mi bebé se lo merecía.
Lo primero; necesitaba hablar con Edward ya.
-Benjamín, quiero ir a las oficinas de Edward ¿Estará allí a esta hora? – pregunté mientras me instalaba en la parte trasera del automóvil.
-¿Disculpe?
-Quiero ir a ver a mi esposo – me encogí al usar esa palabra -¿Me puedes llevar por favor?
Tras dudar un poco mirando a su esposa sentada a su lado, asintió y encendió el motor.
Repasé mentalmente todo lo que había practicado y pensado en Oklahoma, incluso saqué de mi bolsillo un papel con una lista de prioridades anotadas con mi desastrosa letra. Cuando llegamos a las afuera de un edificio de grandes ventanales e interminables pisos supe que había llegado el momento. Miré mi regazo tomando aire y fuerza para hacer lo que tenía que hacer.
Es lo correcto, sé valiente. Tú puedes. Eran las palabras que rondaban pr mi cabeza como mantras espirituales. Todo saldrá bien.
-Ayúdame desde allá arriba, papá- susurré antes de abrir la puerta del auto y pisar el pavimento.
Tia me acompañó al interior y me indicó el piso donde estaba el despacho de Edward, e incluso subió conmigo hasta que en la entrada le dije que me esperara en el recibidor.
Arreglé mi blusa y mis short algo nerviosa, dándome ánimos mentales antes de abrir la puerta de cristal y ver a una mujer morena y de contextura gruesa sentada tras un gran escritorio oscuro hablando por teléfono. Educadamente espere a que terminara. Cuando lo hizo aprecié que su mirada me examinaba con detenimiento y me sentí como un bicho raro en medio de rosas.
Quizás mi atuendo no era el apropiado…
¡Qué rayos importaba!
-Hola, buenas tardes. Necesito hablar con Edward Cullen- solicité mientras me acercaba y soportaba su escrutinio sobre mi cuerpo.
-¿Disculpe señorita, pero usted es…?-
Mire la placa de su ropa y la identifiqué como Sienna.
-Isabella Swan, informe a su jefe que estoy aquí y que necesito verlo ahora, por favor.
-No puedo, no tiene cita programada. Me ha pedido expresamente que nadie lo moleste en su oficina.
Su respuesta despectiva y mal educada me erizó los nervios, haciendo explotar de un momento a otro mi bien conocido volátil humor.
Quise gruñir, pero preferí usar un tono de voz duro y frío, exigente muy al estilo Edward. Esta era su oficina quizás serviría si lo imitaba.
Un escalofrío me recorrió mientras lo hacía.
-No me importa lo que haya dicho, por favor señorita Sienna, dígale que le estoy esperando.
-Lo siento señorita Swan, pero no puedo. Llamaré a seguridad si usted no se retira.
Sus palabras me infundieron miedo pero no me hicieron retroceder, me hicieron aumentar mi enojo y decisión. Venía con una misión y no podía desistir ahora. Si el viaje me había servido de algo era la determinación de hacer esto, de hablar con claridad teniendo plena certeza de lo que quería y necesitaba, por mi hijo y por mis seres queridos, estaba decidida.
¡Venía a dejar las cosas claras y venía hacerlo ahora!
Miré a la secretaria antes de girarme hacia la gran puerta donde supuse estaba la oficina de Edward. Los gritos de la mujer a mi espalda me indicaron que era la dirección correcta antes de echarme a correr y abrir la oficina de Edward, con un gran y fuerte portazo.
Una entrada digna, me dije con sarcasmo.
Estaba sentando en su gran trono mirando la pantalla plana de su computador, levantó su vista con rudeza al escuchar de pronto todo el escándalo que se desarrollaba a mi espalda. Sienna pronto estuvo a mi lado, tomándome del brazo y tratando de sacarme de allí, cosa que la fría voz de Edward detuvo al instante.
-¿Qué haces aquí Isabella?
-Señor, lo siento. Ella corrió hacía aquí antes que seguridad llegara y la escoltara a la salida, no…
-Está bien, ella puede venir cuando le apetezca. Suéltela y déjenos solos- ambas estábamos un tanto perplejas por sus palabras por lo que no nos movimos ni un centímetro – Dije suéltela y déjenos solos, ahora.
Al cabo de cinco segundos me encontré al interior de su lujosa oficina, tenía el mismo estilo del estudio de su casa pero a diferencia este lugar tenía un gran ventanal que mostraba la ciudad de fondo.
-Qué sorpresa…
El sonido de mi respiración agitada era el único murmullo que se escuchaba en la habitación, mientras él como señor del lugar, se acercaba a paso sigiloso a mi posición. Su mirada confusa pero curiosa, enojada pero resignada.
-He… He venido a dejar esto totalmente claro de una vez por todas.- mi voz empezó a tomar más y más fuerza a cada silaba – Tú y yo vamos a hablar.
Había llegado el momento…
Respira Bella, eres fuerte. Él te necesita, pero más importante aún tú bebé te necesita.
No te rindas.
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Nota de autor: Hola! Antes que todo, quiero disculparme por no responder los RR, como explicaba arriba esta semana la he tenido corta de tiempo, con la tesis, más trabajos prácticos de paciente simulado la he tenido negra para sentarme un día a responder sus lindos rr. Gracias a todas las nuevas lectoras por leer este fic y también la paciencia y entusiasmo de quien lo han seguido en lo que lleva. Siempre muero con sus teorias, con sus ánimos a Bella y sus bromas por su suerte, así como también los sentimientos que Edward provoca. Tenía la intención de responderlos pero preferí terminar el capítulo bien y luego nos acortaron la fecha de entrega de la tesis y estamos histéricas... sí, más -risas- Gracias por los RR, espero poder responder los de este cap, haré todo lo que pueda.
Ahora con el capítulo, pues... el adelanto del blog nos contaba la parte final... En este cap hay varios detalles, Bella regreso de Oklahoma directo a la oficina de su futuro esposo ¿Qué dirá/hará en la oficina de Edward? Quería agradecer a lunatikacc por su consejo de que Bella se atendiera también por un perinatologo, desconocía esa especialidad -avergonzada- así que investigué y pues gracias a ella y su observación, el/la pequeño/a CullenSwan tiene su propio doctor. hahahaha
Subiré los extras en el blog mañana si están curiosas.
Muchas gracias por leer y comentar. El próximo capítulo será el primer EPOV del fic, tomé nota de todo lo quieren saber y se pueda contar. BESOTES
Enichepi
