Chicas disculpen el retraso pero no he podido subir los capítulos estos días por demasiados problemas que he tenido el primero el huracán que sufrí, solo 16 días sin luz, nada mas jajaja después el estúpido Internet que tenía que durar 15 días en poder arreglarlo y para rematar mi mala suerte, mi computadora tenía que dañarse, y hasta ahora me la han entregado y acá estoy con el capi esperado cuando pueda subo el siguiente

Disculpen en retraso y disfruten


Emma le cogió la mano a Regina con fuerza. Tenía la palma algo húmeda y esperaba que Regina no se lo tuviera en cuenta y cambiara de opinión. Aun así no pudo evitar fijarse en los demás signos de excitación, algunos de los cuales la sorprendieron más que otros. Emma no era virgen en absoluto, pero se sentía completamente fuera de su elemento cuando se trataba de mantener relaciones íntimas con otra mujer.

«Eso sin mencionar que hace siglos que no me acuesto con nadie.»

Aquel pensamiento levantó una inquietud inoportuna que la hizo vacilar en el umbral del dormitorio. ¿Aquello era solo sexo? ¿Quería que su primera vez con una mujer fuera un polvo sin compromiso?

Regina se volvió y levantó una ceja con expresión interrogativa cuando Emma titubeó.

—¿Estás bien, cielo?

La dulce palabra de cariño le puso mariposas en el estómago. La expresión de Regina era una mezcla intrigante de incertidumbre y sensualidad arrolladora.

—Estoy... estoy bien.

Decidida, Emma entró en el dormitorio y lo estudió con una sola mirada. Estaba decorado con el popular estilo de Nueva Inglaterra: madera oscura, telas blancas, azules y rojas y paredes color blanco roto. Sencillo, pero elegante. Una enorme cama de matrimonio dominaba el espacio, y al darse la vuelta vio una chimenea y una pantalla plana de televisión gigantesca como segundo foco de atención.

—¿Tienes frío? ¿Quieres que encienda el fuego? —preguntó Regina.

Su voz sonaba inocente, pero su tono bajo y rico sugería el doble sentido de sus palabras.

—No. Quiero decir que no tengo frío.

—Estás temblando. —Regina empezaba a sonar preocupada.

Levantó la mano libre, acarició el pelo a Emma y le colocó un par de mechones detrás de la oreja—. ¿Te doy miedo? Sabes que podemos parar en cualquier momento —le aseguró, encogiéndose de un hombro—. Pese a lo que pueda sugerir mi reputación, solo soy una barracuda en la sala de juntas, no en el dormitorio —rio Regina, con una nota de cinismo—. A no ser que sea eso lo que quieres.

Las últimas palabras arrancaron a Emma un respingo.

—¿De verdad?

Intentó imaginarse qué conllevaría ser una barracuda en el dormitorio. Sus propias experiencias sexuales habían girado más en torno a hombres que, o bien la idolatraban hasta tal punto de que apenas se atrevían a tocarla, o bien la tocaban con demasiada brusquedad, como si necesitaran demostrar lo duros que eran hasta en la cama.

—De verdad —afirmó Regina, que tiró de Emma suavemente para que se adentrara en el dormitorio y se quedó en pie muy cerca de ella—. Emma, ¿por qué no me dices lo que quieres o lo que no quieres? Si quieres podemos acurrucarnos en la cama y ver la televisión o, sencillamente, hablar. No me malinterpretes, te deseo. Te he deseado desde que te vi por primera vez en mi fiesta de cumpleaños y llevo todo este tiempo luchando contra ese deseo. No eres mi tipo. Se supone que eres hetero, aunque la canción que has escrito me hace dudarlo. Según mi experiencia, las mujeres hetero sienten curiosidad y no son difíciles de seducir, pero eso no es lo que quiero. No quiero seducirte y que luego te arrepientas y me eches la culpa de todo. —Regina cogió a Emma de los hombros—. Dime lo que estás pensando.

—Hay mucho que decir y no sé ni cómo ni por dónde empezar.—Emma tragó saliva, porque notaba la garganta seca—. Lo único que tengo claro es que me encanta que me abraces. Cuando lo haces, no se parece a nada que haya sentido antes. ¿Soy bi? ¿Lesbiana? No lo sé.

—Ay, cariño —arrulló Regina, cuyo rostro se dulcificó al tiempo que sus labios cobraban un aspecto más suave y carnoso—. ¿Confías en mí?

—Sí.

—Bien. Ven y échate conmigo.

Regina tiró de Emma en dirección a la cama, en donde la hizo acostarse sobre el edredón de color azul y colocó unos cuantos cojines para apoyarse en ellos.

—Aquí vamos.

Se acomodó y le indicó que hiciera lo mismo. La joven se tumbó con Regina, invadida por la extraña sensación de que en cualquier momento despertaría de aquel sueño tan maravilloso. Con la cabeza contra el cabezal acolchado, fue como si la cama la engullera: el mullido colchón la tentaba a echarse del todo, aunque todavía no se sentía lo bastante cómoda como para hacer algo así.

—¿Mejor?

—Sí.

—¿Puedo tocarte?

Nunca antes le habían preguntado eso.

—Sí —respondió Emma apresuradamente, antes de cambiar de opinión.

Regina le pasó el brazo bajo el cuello y la atrajo hacia su hombro.

—Así. Relájate. Tú relájate y ya está.

Apoyada en su clavícula, Emma oía el corazón de Regina y notaba que le iba a cien por hora, pero aquella era la única pista de su excitación. Por extraño que pareciera, el sonido la serenó más que cualquier palabra tranquilizadora. Poco a poco se normalizó su respiración y empezaron a cerrársele los párpados.

—Mmm, ¿te gusta? —preguntó Regina, acariciándole el cabello a Emma—. Estoy aquí. No voy a ninguna parte.

Emma no se durmió, sino que se concentró en el aroma de Regina. Aquel día su fragancia ligeramente especiada la hizo pensar en lugares exóticos. Sin decidirlo conscientemente, deslizó el brazo hacia el hombro de Regina y empezó a acariciárselo con dulzura.

—Mmm, qué bien —le murmuró esta al oído. Su aliento cálido le hacía cosquillas en la piel.

—Sí...

Emma empezó a acariciarle todo el brazo de arriba abajo, frotando la tela de su chaqueta de manga larga. De pronto sintió el impulso urgente de sentir la piel de Regina bajo los dedos y dejó escapar un murmullo casi inaudible mientras le recorría el cuello de la chaqueta con la mano y luego la introducía en su interior. Como la cremallera no estaba subida del todo, la prenda se le resbaló del hombro con facilidad.

—Dios —suspiró Regina, que se movió y se colocó más de cara a Emma.

Esta mantuvo los ojos cerrados y descubrió que Regina solo llevaba una camiseta sin mangas debajo de la chaqueta. Como era ancha, pudo deslizarle la mano hasta el codo y le acarició la piel aterciopelada hasta que el roce le puso la carne de gallina y dejó de ser tan sedosa.

—¿Tienes frío? —susurró Emma, abriendo los ojos pese a sí misma—. ¿Debería... encender el fuego?

—Dios, eres mala. —Regina se apoyó en el codo y contempló a Emma—. ¿No te das cuenta de lo que me haces? —le preguntó, y le hizo cosquillas con la nariz en la mejilla, dándole algún que otro beso.

—Te toco el brazo.

—Oh, sí —gimió Regina contra la sien de Emma.

—Dime lo que te hace.

—Me vuelve... no, me vuelves loca. Sabes que te deseo muchísimo y tú me tocas como si fueras inocente, como si te diera igual lo mucho que tengo que controlarme.

Lo cierto es que sonaba tensa, como si tuviera las cuerdas vocales más tirantes que las de un arco.

—No es esa mi intención.

Regina no dejaba de hocicarle la mejilla y Emma giró la cabeza.

Sus labios quedaron muy cerca y Regina contuvo el aliento y atrapó el labio inferior de la cantante entre los suyos, lo masajeó y lo acarició con la lengua. Emma dejó escapar un quejido apagado y abrió la boca. Pronto el beso se hizo más profundo, las dos mujeres exploraron la boca de la otra durante lo que pareció una eternidad y, aun así, no les pareció bastante.

—Mmm... —ronroneó Emma, que había acabado rodeándole el cuello con los brazos, para no dejar que se apartara un solo milímetro.

«Más cerca. Oh, por favor, no pares. No me sueltes.»

Regina levantó la cabeza para poder hablar, pero Emma aún podía sentir y aspirar cada palabra que salía de sus labios entreabiertos.

—Emma, cariño, eres maravillosa. —Regina le pasó la punta de la lengua por el labio superior—. Te deseo tanto...

—Yo también te deseo —respondió Emma con voz rota—. Te das cuenta de que tú también me vuelves loca, ¿verdad?

—Me alegro. —Regina le hundió el rostro en el cabello—. Necesito calmarme un poco. Estoy ardiendo.

—Oh, no, por favor. No hagas eso. Lo necesito. Necesito toda esa pasión.

Emma intercambió sus posiciones con soltura y a Regina se le escapó otro respingo. Rodeadas por el cabello de Emma, era como si estuvieran aisladas y protegidas del resto del mundo.

Regina gimió y arqueó la espalda.

—Quítame la chaqueta —gruñó, a medio camino entre el ruego y la orden.

Emma le bajó la cremallera de la chaqueta sin darse opción a reconsiderarlo, se la apartó de los hombros y contempló su piel pálida a medida que la dejaba al descubierto centímetro a centímetro. Helena se sacó las mangas de un tirón, se quitó la camiseta y se quedó solo con un sujetador blanco de encaje.

—Quítate la camiseta, Emma.

Esa vez ya no fue tanto una orden como una petición, casi una súplica. Emma se sentó en la cama y se quitó la camiseta. La fina tela de su sujetador blanco no pudo esconder que tenía los pezones duros y protuberantes como piedras.

—Oh, Dios —gimió Regina, contemplando hambrienta los senos de Emma.

—Tócame —susurró Emma, porque tenía la impresión de que Regina no haría tal cosa si no se lo pedía claramente.

Regina alzó una mano lentamente, le cogió el pecho derecho a Emma y rozó el duro pezón con el pulgar. Emma notó chispazos ardientes por todo el cuerpo que le prendieron fuego y la mojaron entre las piernas.

—Regina...

Emma se entregó a la caricia y Regina usó la otra mano para acariciarle los dos pechos a la vez. La joven los tenía tan hinchados que le dolían en los confines del sujetador.

—¿Me desnudas? —pidió Emma, sin aliento.

Quería hundir el rostro en el cuello blanco de Regina y quedarse allí. Había algo en el modo en que esta la abrazaba y la tocaba que despertaba unas emociones que no recordaba haber experimentado nunca. Claro que había estado excitada antes, incluso había llegado al clímax, aunque no demasiado a menudo. Pero ahora no podía dejar de temblar y no se saciaba de los besos y las caricias de Regina.

—Levanta los brazos —la instruyó esta, sentándose a su lado para quitarle el sujetador cuando Emma obedeció.

La cantante notó que los pechos le botaban un segundo antes de volver a su posición original, pero no estaba preparada para la reacción de Regina, que le cogió los dos pechos con manos ansiosas y se metió uno en la boca.

—¡Ah! —gimió Emma, echando la cabeza hacia atrás al tiempo que apoyaba las manos en la cabeza de Regina para que no se moviera.

El placer bordeaba el dolor. Temblaba tan fuerte que los dientes casi le castañeteaban mientras le acariciaba el sedoso cabello a su amante.

—No... no pares.

—Mmm —accedió Regina, sin sacarse el pezón de la boca.

Las húmedas caricias de su lengua eran pausadas y enloquecedoras, hasta el punto de que Emma no sabía bien si la dominaba más la lujuria o la frustración. Entonces Regina liberó el pezón rosado y escrutó su rostro.

—¿Te gusta?

—Sí. Sí.

Sintiéndose más osada, Emma le desabrochó el sujetador a Regina con dedos temblorosos y se lo sacó. Regina jadeó cuando el sujetador le cayó en el regazo y sus pechos quedaron libres. Emma los contempló con ansia, desesperada por acariciarlos pero insegura sobre cómo proceder.

—Tócame, por favor —susurró Regina, cogiéndole las manos a Emma y apretándoselas contra el pecho con fuerza.

Mientras Emma masajeaba la suave carne, los pezones rosados y duros de Regina le rozaban las palmas de un modo que se le hizo la boca agua.

—Oh, sí. Así...

Regina se inclinó hacia delante y besó a Emma profundamente.

Esta deseó que no parara nunca. También era nuevo para ella cómo le mordisqueaba los labios, le hacía cosquillas con la lengua y exploraba cada centímetro de su boca. Mareada, se aferró a Regina con un brazo alrededor de su cuello y la otra mano sobre su cálido pecho.

—Respira. No te olvides de respirar —le dijo Regina en los labios.

—Regina. Oh, Dios, Regina... —Las emociones desbocadas empezaban a sobrepasar a Emma, que sentía que perdía el control, como si una tempestad se abatiera en forma de oleaje sobre su cabeza. Era incapaz de explicarlo—. No puedo... o sea yo no podía... —perdió el hilo, incapaz de formar palabras coherentes.

—No tienes por qué —le dijo Regina, apartándose. Se la veía triste—. Te lo he dicho.

—¿Qué? —jadeó Emma, sin acabar de entenderla.

Regina la abrazó con cariño.

—Está bien. No tenemos que llegar más lejos.

—¿Has cambiado de opinión? —preguntó Emma, hundiendo el rostro en el cuello de Regina al notar que le escocían los ojos.

—¿Yo? No, pero entiendo que tú sí. Todo esto es nuevo para ti y no me conoces. Al menos de verdad.

Emma le acarició las mejillas a Regina con las dos manos al tiempo que procesaba sus enigmáticas palabras.

—Tú no quieres parar. Yo no quiero parar.

Se puso de rodillas junto a Regina y la besó con toda la pasión que tenía acumulada. Más que oírlo, sintió que Regina gemía en su boca al aspirar y engullir el sonido.

«No sé si volveré a sentirme así alguna vez y necesito recordar cada segundo.»

—Emma, creía... creía que intentabas decir que no querías...

—Pero sí que quiero.

Regina volvió a tomar el control y tumbó a Emma de espaldas con un rugido ronco. Le desabrochó los tejanos y le bajó la cremallera, le metió la mano sin titubear y cubrió su sexo. Lo único que se interponía entre ellas eran sus braguitas de algodón. Emma gimió y se frotó contra la mano de Regina, sin comprender lo que le pasaba. Ya le daba igual estar tan húmeda —mejor dicho, empapada— que Regina lo notara a través de la ropa interior.

Estaba tan excitada que había dejado de atormentarse con la poca experiencia que tenía, y en lo único en que podía pensar era en saborear a Regina más a fondo. Le bajó los pantalones de chándal hasta las rodillas y le agarró las nalgas. Durante largos segundos se las acarició, hasta darse cuenta de que si llevaba bragas se las había bajado junto con los pantalones sin darse cuenta.

—Por Dios, mujer. —Regina se agitó y se tumbó de lado junto a Emma.

Esta se movió deprisa y le quitó el chándal del todo. Regina quedó tumbada sobre los cojines, desnuda y más atractiva que nunca mientras la observaba con los párpados entrecerrados.

—¿Puedo mirarte? —preguntó Emma con voz trémula.

—Puedes hacer lo que quieras, mientras no me sueltes.

El anhelo de la voz de Regina la hizo reaccionar. Emma le separó las piernas con delicadeza y se acomodó entre ellas. No solo quería saber cómo era Regina, sino también qué olor y qué sabor tenía. Sobre todo, qué le daba placer; qué la volvía loca.

Tras examinarla con los ojos unos momentos, la exploró con los dedos. La suavidad femenina, el aroma almizcleño del deseo y los ruidos que hacía cuando la tocaba y la acariciaba iban más allá de lo que Emma había soñado. Cuando se inclinó para lamerle el ombligo, la oyó soltar un grito ahogado. Emma se deleitó con la suavidad de su piel y la leve capa de sudor, pero sobre todo con los sonidos que escapaban de su garganta. Al final, Regina empezó a tirar de ella en busca de un contacto total.

—No es justo —murmuró Regina mientras le cogía los tejanos —. Llevas demasiada ropa. —Le bajó los pantalones—. Oh, Dios.

El algodón blanco es super sexy —ronroneó—. Pero estas también van fuera. —Le bajó las bragas y Emma quedó tan desnuda como ella—. Oh.

Regina se la quedó mirando tanto rato que la hizo estremecer internamente.

—¿Pasa algo? —acabó por preguntarle Emma.

—¿Qué? Oh, no, no, no. —Regina apoyó la mejilla en la mano y se tumbó a su lado cuan larga era—. Siempre te he encontrado hermosa, pero esto... Eres más que hermosa, Emma.

Aunque la cantante estaba acostumbrada a los cumplidos, tanto auténticos como exagerados, nunca había oído a nadie hablar con tanta sinceridad.

—Nunca creí que pudieras interesarte por mí. Ni desearme.

—Pues te equivocabas del todo —aseguró Regina, cuyo rostro se tornó peligroso. Los ojos entornados le brillaban bajo las pestañas oscuras—. Estoy ardiendo. Te deseo muchísimo.

—Entonces tómame.

Eran palabras valientes, pero Emma casi se arrepintió de pronunciarlas, por mucho que lo dijera en serio. ¿Y si defraudaba a Regina? Aún le quemaban en el recuerdo las groserías que había tenido que soportar de dos de los tipos con los que había estado.

—Lo haré —la besó Regina, mientras la abría de piernas—. Sé que estás nerviosa, cariño. No creas que no lo comprendo.

—Estoy nerviosa porque no quiero parecer tonta y torpe —trató de sonreír Emma, aunque sus labios no acabaron de obedecer del todo.

—Eso nunca. —Regina se alineó con Emma, que gimió cuando sus pechos, vientres y caderas se tocaron—. Rodéame con las piernas.

Regina se onduló delicadamente contra Emma, que levantó las piernas y se estremeció al exponerse para su amante. Esta deslizó una mano entre sus cuerpos y abrió los delicados pliegues de Emma.

—Estás muy mojada. Ay, cariño, yo también. No puedo esperar más, te deseo muchísimo —gimió Regina desde el fondo de la garganta.

Emma recordaría aquellos momentos el resto de su vida: los dedos que la exploraban, el ardor entre las piernas, pero sobre todo la sensación y la cara de embelesamiento de Regina cuando le metió los dedos por primera vez. Con cuidado, pero sin vacilar, la penetró, dobló los dedos y comenzó un ritmo que acabaría con ella por completo. Mientras, con el pulgar ejecutaba su propia danza, rasgueando el clítoris de Emma como esta había rasgueado las cuerdas de la guitarra no hacía tanto rato. Algo empezó a concentrarse entre sus piernas: algo que se extendió muy deprisa y se convirtió en una presión casi insoportable.

—M-más —croó Emma, con la garganta tan seca que apenas podía hablar.

—Cariño, por favor, tócame los pechos —pidió Regina, incorporándose un poco sobre el codo.

—¿Así? —Emma amasó los pezones increíblemente duros de Regina entre las yemas de los dedos, sin dejar de retorcer las caderas para frotarse con ella.

—Sí, pero más fuerte. Pellízcame.

Aquellas palabras electrizaron a Emma, la cual se mojó todavía más y resbaló todavía mejor. Emma le tironeó los pezones, intentando establecer un buen ritmo, pero le era difícil con su propio orgasmo a la vista, tan intenso que le daba miedo. Gimió más alto, sin saber bien si intentaba alcanzarlo o mantener el control.

—Estás muy cerca, cariño. Déjate llevar. Córrete para mí, Emma. Estoy aquí. No te dejaré caer.

Aquellas palabras entrecortadas bastaron para que Emma perdiera el control de sus extremidades. Agarró a Regina débilmente y de repente fue como si estallara una presa en su interior. Fue una sensación ardiente, como si una oleada de metal fundido recorriera sus sensibles tejidos y estallara en caminos de luz tras sus párpados al cerrarlos con fuerza.

—Ah. —Emma se sacudió contra Regina, incapaz de mantener las caderas quietas—. Regina... Regina...

—Estoy aquí. Te tengo —la acunó Regina con cariño. Ella también temblaba—. Eres muy sensible, cariño. Y cuando te corres eres preciosa. Increíblemente bella.

Emma escondió el rostro encendido en el cuello de Regina.

—¿Ah, sí?

—Sí.

La joven recuperó el aliento y rodó hasta inmovilizar a Regina. El respingo de esta fue de lo más gratificante. Aunque todavía estaba medio flotando después de su clímax, Emma no quería que pensara que era una completa inepta. También quería sentir y oír a Regina experimentar el mismo placer.

—Dime qué te gusta —pidió, mirándola fijamente a los ojos marrones y embelesados.

—Cualquier cosa que hagas...

—Enséñame. —Emma deslizó las piernas entre las de Regina y rotó las caderas delicadamente.

—Oh, bien. Así. Con la boca... —Regina frunció el ceño—. Pero no tienes que hacerlo.

—Lo sé.

Emma se sobresaltó al sentir una oleada de deseo renovado cuando se deslizó sobre el cuerpo de Regina y la abrió más de piernas. Cuando alcanzó su sexo le pareció lo más natural del mundo besarla ahí, igual que antes se habían besado en los labios.

Era Regina, la mujer que... Emma detuvo esa línea de pensamiento antes de que la llevara a reconocer lo profundos que podían llegar a ser sus sentimientos y en su lugar se concentró en dar placer a Regina. Se pegó a su sexo y usó la lengua y los dedos sin dejar de deleitarse un segundo con las sensaciones, el sabor y el tacto de su cuerpo. Regina se retorcía debajo de ella, gritó su nombre varias veces y al final agitó la mano en el aire en busca de Emma, que subió un poco y le cogió la mano con fuerza, mientras con la otra seguía ocupada dándole placer.

—¡Emma! —Regina arqueó la espalda y gimió su nombre—.Qué... oh, Dios.

Se estremeció, fuera de control, aferrada a Emma. Esta alargó el brazo, cogió uno de los cubrecamas de cachemira que había al pie de la cama y las tapó a ambas. Bajo la manta, abrazó a Regina con toda la ternura que le inundaba el pecho. Regina se había corrido en sus brazos, apretándole los dedos como un guante de seda. Feliz y orgullosa, Emma cerró los ojos y escuchó cómo la respiración de su compañera se acompasaba hasta calmarse del todo.

—Emma, cielo... —musitó Regina, adormilada—. Por favor, quédate a dormir.

La cantante notó como si un rayo de luz le atravesase el corazón.

Casi había esperado tener que vestirse y marcharse enseguida.

—Me encantaría.

Le rozó la mejilla con la nariz y aspiró el aroma de su cabello, sin poder dejar de tocarla. El suspiro satisfecho de Regina bastó para asegurarle que a ella no le importaba lo más mínimo.


espero le aya gustado