"Athenea lloró sobre aquel rosario, mientras su padre embravecido soltaba su ira sobre la tierra. Gimió acongojada, mientras sus santos eran abatidos por el poder del dios. Vio, desesperada, la muerte del hombre por quien se había traicionado a si misma..."
Todo el santuario en aquella noche, no pudo dormir. La idea de que una reunión dorada haya sido convocada en emergencia, daba indicios de que algo sumamente importante estaba ocurriendo o en su defecto, a punto de suceder. Las doncellas en el santuario se mantuvieron en vigilia, preocupadas, mientras que los santos de los menores rangos e incluso los aspirantes y soldados observaban el reloj de fuego encendido, indicando que en ese momento había una reunión dorada.
Las horas pasaban lentamente. El fuego de cada uno de los espacios zodiacales colapsaba por el control del tiempo y las dudas y preocupaciones generales parecían alimentarse cada vez más. Hasta que al final, aún con el fuego de la hora sexta encendido, el reloj de fuego se apago indicando que la reunión había acabado. Para cuando eso ocurrió, los rayos de la mañana empezaban a atravesar las montañas del santo lugar.
En silencio y reflejándose en sus rostros el cansancio acumulado, los santos dorados van saliendo de la recamara del patriarca, aturdido ante la nueva revelación. Los más jóvenes Libra, Escorpio y Leo, se reunieron entre sí y conversaban entre emocionados y aterrados, la idea de que estaban frente a una guerra santa. Podrían pelear y demostrar su poder al enemigo, reían bromeando sobre la cara que pondría Hades cuando lo obligaran a regresar como animal herido. Eso, en comparación al panorama de los demás santos era totalmente opuesto. Nergio y Aldebaran hablaban entre sí sobre como enfrenta esta etapa perdiendo la menor cantidad de vida, mientras el alto toro ayudaba a bajar a Alwar, quien se mantenía en silencio analizando la situación.
Por otra parte, Sigfried se acerca a Edmont y Metis para preguntar detalles de lo que habían visto y coordinar el cómo hacerle frente a tal revelación. Capricornio se veía más preocupado ante el hecho de decirles a los santos de menor rango sobre el destino que los esperaba. Sabía que por lo general, en cada guerra santa sobrevivían solo dos santos, y eran de alto rango. Como decirles que el camino de santos de Athenea que muchos tomaron creyendo que sería la manera de salvar a su familia de la pobreza y darle estatus, ¿ahora los obligaría a abandonar sus vidas?
Desde la sala del patriarca, donde ella estaba obligada a permanecer, observa como todos los santos dorados iban abandonando el lugar con preguntas, miedos, expectación y dudas. Sophia suspira viendo que antes de poderlo siquiera llamar por su nombre, el Santo de Piscis se retiro en silencio, sin conversar con nadie, hasta su templo. Para alguien que suele ser tan hablador, era una señal que estaba aún afectado por sus palabras. Virgo sabía que ahora más que nunca, la misión y castigo de Athenea era vital para la guerra y que no podría abandonar el lugar hasta completarla. Pensó, que ya no tendría oportunidad de disculparse con Anthos de nuevo por sus imprudentes palabras.
Sabiendo que ya nada podía hacer para remediarlo, Sophia da media vuelta y se dirige hacia aquella sala, dejando que las puertas hacia los templos se sellaran tras sus espaldas hasta que terminara su misión… su larga misión.
A lo lejos del santuario, escondido en una pequeña casa de madera oculta tras las enramadas de un frondoso bosque, se veía el cuerpo que hades había tomado como suyo para esa era. Pandora, su fiel sirviente, observaba como su señor caminaba de un lado a otro lentamente, pensativo y sumamente preocupado. La negociación con Poseidón no salió como pensaba, y antes de lo previsto, Athenea se había dado cuenta que ya había reencarnado. Fue muy cuidadoso para no hacerle ver a Athenea que él había tomado ese cuerpo desde hace dos años. Precisamente, para que en el momento indicado fuese una emboscada. Ahora, ya puso a Athenea y sus santos en sobre aviso de su estado, las cosas allí se habían complicado. Además, la petición de Poseidón no era nada fácil de cumplir. Que Athenea volviera a pecar… ¿Acaso en esta era habrá algún humano que la obligara a cometer esa locura pasada? Ya con la inexistencia de Pegasso eso se veía imposible.
–Mi señor, ¿algo lo tiene preocupado? – Pregunto Pandora con su voz gruesa, arrodillado frente a él, dejando que sus largas hebras negras cayeran y adornaran el suelo.
–Lo único que puedo hacer por ahora es eso… - Murmuro Hades finalmente, sentándose en aquel diván de terciopelo que tenía tras sus espaldas, decorado por hermosas cortinas de lino vino… - Pensé que con este cuerpo fruto del pecado de uno de sus santos sería suficiente.
–Mi señor, podría decirme, ¿como si este cuerpo es fruto del pecado de un santo Atheniense, Poseidón detecto en él sangre divina?
Hades dibujo una sonrisa en sus labios rosados, con una mirada extremadamente seductora y llena de gozo.
–Es una buena pregunta, pandora… - Hades se recostó, dejando que las faldas de su vestido negro cubriera el mueble que la reposaba, y tomando en una de sus manos la fina cabellera oscura para retorcerla el bucles entre sus dedos. – Debo buscar esa respuesta precisamente en el santuario…
En ese momento, llegado el mediodía en el santuario, un aldeano del pueblo cercano llega herido de gravedad en uno de sus brazos y cae frente a los portales del lugar. Los soldados de Athenea lo levantan e ingresan a su fortaleza, ya sabiendo que estaban en guerra. Por medio de una reunión en general en el coliseo, el santo dorado de mayor edad y autoridad les informo sobre lo ocurrido. Todos los santos de plata y de bronce, que estaban allí, exceptuando a aquellos que estaban en la expedición que Athenea le había entregado hace dos días, fueron avisados de la amenaza que ahora atacaba a su tierra y cada uno de ellos dentro de sí levanto su voz y cosmos para dar un grito de guerra unánime en pos de la diosa de la guerra.
En la habitación de madera, los soldados escucharon el testimonio del hombre y se dieron cuenta que era uno de los sobrevivientes a una aldea que había sido atacada por espectros. Asustado y sin saber que hacer, llamaron inmediatamente a un santo dorado.
Nergio de Aries llego al lugar tan rápido como escucho el aviso de las doncellas. Vestido con su armadura dorada, brillante y esplendorosa, junto a la pulcra capa blanca que contrastaba su lacia cabellera negra, caminaba hacia el lugar donde lo tenían resguardado. Sus ojos del color del topacio, claros y brillantes, con cierto aire de bestia salvaje y pestañas abundantes que parecían delinear el contorno de sus ojos, llaman la atención a cualquiera que lo viere. Su porte sereno y elegante en conjunto con la importante armadura dorada generaba estupor y respeto a quien lo tuviera en frente. El aldeano no pudo escapar de esa reacción. Sin embargo, inmediatamente la expresión cambio a temor.
–Señor Nergio, este hombre fue encontrado a las afueras del santuario, herido y cansado. Dice venir de la aldea del Oeste donde fueron atacados por un grupo de guerreros que se hicieron llamar espectros de Hades.
Nergio frunció el ceño por un momento, entendiendo que esa aldea era precisamente aquella que quedaba en las cercanías del combate del día de ayer. La misma que abandonaron a su suerte. El puño derecho del santo se cerró fuertemente lleno de impotencia y vergüenza.
–Se supone… - Murmuro el hombre cabizbajo - … que habían santos de Oros en la aldea… incluso uno de ellos me hizo algunas preguntas… porque…
–… porque no estaban allí cuando nos atacaron… Mi esposa… mis hijos… ¡Todos perecieron! – Grito el hombre abrumado ante la desesperación para luego caer en un llanto mudo.
Nergio trago grueso, sintiéndose cruelmente golpeado por los reproches de aquella persona herida. Suspiro profundamente, buscando aplacar la impotencia que lo embargaba y da dos pasos para acercarse a aquella persona lastimada, viendo con dolor como esta se encrespo y cubrió más a sí mismo, como si temiera del dorado.
–Lamento todo lo que has pasado. Estamos enterado de la amenaza y ya estamos trabajando para hacerle frente y proteger a todos los ciudadanos de Gea. Ahora, cuéntame todo lo que viste. – Comento Nergio serenamente, intentando sacar información del testigo.
–No hablare sino es con Athena. – Murmuro el hombre
–Es imposible, solo los escogidos podemos ver a nuestra diosa. Confía en nosotros y haremos llegar tu testimonio hacia la señora Athenea. – Respondió Nergio decidido.
–¡No hablare sino es con Athenea! – Grito el hombre dejando que sus lágrimas cubrieran su rostro.
Nergio quedo en pie claramente impresionado, ninguno antes nadie le había alzado la voz, estaba acostumbrado que lo tratan con respeto y pleitesía
–Entiendo que la situación por la que pasas es realmente dura, pero debes acatar las leyes del santuario.
–¡Mataron a mi familia estando santos dorados en el pueblo! ¡NINGUNO APARECIO! ¿¡CÓMO PUEDO CONFIAR EN USTEDES!?
El reclamo lleno de ira y desesperación del Aldeano provoco un duro golpe al orgullo del ariano. Trago grueso y dejo que sus brazos que hasta ese momento estaban cruzados cayeran para quedar tendido lado y lado. Sabiendo que realmente nada podía hacer para doblegar su petición, sobretodo al entender que no tenía moral para pedir que confiaran en él cuando fue él quien saco a Edmont y Metis del lugar; Nergio se retira de lugar y pide una reunión con su diosa, para pedirle indicaciones sobre los hechos. Luego de haber escuchado todo, Athenea se levanta, dejando caer su largo vestido lila y dando una orden: traerle a ese hombre a su encuentro.
–Oye Ryan, siento varios cosmos oscuros acercarse al lugar. – Escucha el santo de bronce a su espalda.
Ryan, santo de Unicornio, voltea para sentir el cosmos oscuro que se acercaba desde el Oeste. Nunca había sentido nada igual, pero sabía que definitivamente se trataba de una amenaza.
Ryan de Unicornio cumplía en ese momento una misión con el Santo de Perseo, una amazona de nombre Noira. La mujer tenía una larga cabellera alborotada color castaño claro, como el color del tallo joven de un vivaz árbol. Su piel de color canela hacía contraste con el color de su máscara plateada, con la cual ocultaba su rostro. Su larga cabellera abundante era sujetada en la cintura por un medallón plateado.
–Tienes razón, son varios, tal vez unos diez… - dedujo el santo de bronce al instante –
–Preparémonos, tal parece que se están acercando a la entrada de la aldea.
Noria dejo caer el gran pilar de concreto que estaba levantando para recuperar las casas del lugar. Veía como al oeste del lugar en donde se encontraba, había un gran campo de rosas blancas. Ese lugar, era conocido por tener enormes jardines de rosas blancas, las más hermosas de la tierra y altamente codiciables. No quería que este jardín se viera afectado por aquellos enemigos que se acercaban.
Siguiendo su instinto, Noria y Ryan se dirigen hacia el lugar dando largos saltos a gran velocidad, difícilmente detectable para el ojo humano. Llego a la entrada del pueblo y se adelanto un kilometro más, para enfrentar al adversario antes de que los enemigos tocaran a los ciudadanos. Cuando estaban allí, sintieron que todo se oscureció en su vista. Antes que pudieran ponerse en guardia, manos debajo de la tierra aparecieron y sujetaron sus pies, asustándolos al instante.
–Mi señora Athenea, aquí Nergio de Aries le trae al hombre sobreviviente de la aldea del Oeste.
El hombre inclinado en el suelo y a diez metros de Nergio, sube un poco la vista para ver la gloriosa imagen de la diosa. Su vestido lila caía espesamente por el trono, como una cascada y su cabello dorado que se precipitaba sobre sus hombros parecían a rayos de sol que alumbraba aquella caída de agua. En su cintura la tallaba un cinturón dorado adornado de piedras preciosas, en su cabello un prendedor en forma de rosa recogía la mitad de su cabello despejando su hermoso rostro. Mejillas rosadas, labios frondosos como el botón de una flor humedecido por el rocío de la mañana, y sus ojos claro reflejaban el más claro azul de los cielos. La mirada calurosa que le emitió la diosa, conmovió al hombre, quien se tiro al suelo, llorando y suplicando consuelo. Nergio observo el panorama impresionado, viendo el poco decoro que tenía el hombre frente a su diosa, pero al mismo tiempo haciéndole ver el llanto de un gusano herido frente a una hermosa rosa.
–Lamento profundamente la tristeza que te he hecho pasar. Debo expresarte mis disculpas al respecto. – Hablo la diosa enternecida, tratando de aliviar el dolor del hombre que estaba frente a ella.
–Mi señora… Mi familia… mis hijos… – murmuraba el hombre retorciéndose en el suelo, con terrible agonía.
–Nergio, por favor déjame a solas con él
Nergio de Aries subió la mirada descolocado por la orden de su diosa. Busco con sus ojos decirle que el mandato no podía ser obedecido pero, al encontrase con los gloriosos ojos de su diosa, grises como la niebla de su tierra, afirmando su decisión; el santo de la primera casa trago grueso y obedeció en silencio, dejándolos a sola.
–Estoy realmente dolida viéndolo así… –susurro la diosa mientras se arrodillo frente al hombre, tomando una de sus manos –. No hay forma en que pueda demostrarle mis sinceras disculpas.
El hombre subió la mirada y observo, frente a él, la divina imagen de una diosa que mostraba en sus ojos unas lágrimas de dolor sincero. Trago grueso y aferro sus manos entre las de ella, como si buscara salvar su vida. Su mirada estaba opacada, recordando la razón por la cual estaba allí. Si… ciertamente Athenea no podía hacer nada para salvarlo de su dolor, pero… había un dios que si…
"–Entonces, mortal, ¿has perdido a toda tu familia por culpa de los santos de Athenea? Yo podría devolverla…"
Las manos del hombre soltaron la de la diosa adentrándose debajo de su saco. Athenea lo observa absorta, intentando entender en ese semblante caído las intenciones de un hombre que buscaba consuelo.
–Mi señora… sé, que usted no puede ayudarme… así que…
"–Si me traes algo de la diosa de Gea… ese es el único precio que tiene tu familia, mortal.
–Pero… la diosa… ¡perdería mi vid…!
–¿Y que más tiene para perder humano?¿Qué más le puedes ofrecer a hades? – recuerda la sonrisa seductora en esos labios carmesí – ¿Qué más sino tu vida?"
Athenea apenas logro ponerse de pie, aterrada ante lo que veía sus ojos. Aquel hombre, envuelto en lágrimas, había sacado de su saco una daga afilada e iba sobre ella, dispuesto a desgarrar su virginal cuerpo. Un solo movimiento… Sangre…
El cosmos agresivo de su diosa, elevado de un solo golpe, llamó la atención inmediata de Sophia, quién se levanta de su asiento asustada ante lo que había sentido. Lo mismo ocurrió con Anthos, quien desde la salida de su templo sintió el golpe guerrero de su diosa protectora. Sin meditarlo, Sophia corre de su asiento, saliendo de su habitación y apresurándose hasta llegar a la sala del patriarca, donde al llegar, ve el panorama de lo acontecido. Su diosa Athenea, estaba de pie, con sus manos tapando su rostro, visiblemente turbada. Sophia no entendía que estaba pasando.
–Lo mate… – sollozaba Athenea al borde del colapso –Lo mate…
–Mi señora, ¿qué ha pasado?
El murmullo de la sala le hizo voltear, observando así la figura de un hombre y su daga que fueron empujados a varios metros de la diosa. Había sangre… Sangre divina… El paladar de virgo se paralizo… su sangre recorría sus torrente sanguíneos con rapidez, al ritmo de su corazón acelerado, cuando al voltear pudo verificar el vestido de su diosa, rasgado desde la altura de su pierna hasta casi al suelo, y un hilo de sangre cubrir su hermosa pierna del color de marfil. La furia, maldita furia, se apodero del santo de la sexta casa, quien casi sin pensarlo levanto su cosmos de forma impérenme, atacando sin misericordia al humano que se había atrevido a profanar la belleza de su señora.
–¡¡¡Sophia no lo hagas!!! – el grito de la diosa no fue suficiente para detenerlo. El cosmos de Sophia había atrapado el cuerpo de aquel insecto, contorsionándolo entre ellos como si fuese una hoja de papel en sus manos. Sophia no respondía, la sola idea de un hereje tenía su sangre a punto de ebullición. –¡¡Sophia!! ¡¡Detente!!
Nada podía hacerla retroceder. La diosa se aferro del brazo del dorado, buscando llamar su atención pero su cosmos ya estaba decidido… aplastaría a ese insecto. Ni siquiera la voz dulce de su señora, envuelta de lágrimas de terror parecía poder detenerlo. En ese preciso momento, como enviado de los dioses, Anthos de Piscis irrumpió la sala y observo toda la escena, quedando en el momento absorto. Vio con asombro la imagen imponente de Virgo, como un dios que ejecutaba la justicia divina al peor de los pecadores y allí, al ver a su diosa y su vestido rasgado, pudo entenderlo totalmente. En sincronía, el cosmos de piscis empezó a alzarse en la misma sintonía de su compañero, alertando así a su diosa.
–Anthos de Piscis –menciono Sophia con voz gruesa impresa de furia –, entiendes lo que está pasando ¿cierto?
–¡Basta ya Sophia! ¡¡Es una orden!! –gritaba su diosa intentando detenerla
–Déjame hacerme cargo de esto…
–¡¡Anthos!! ¡He dicho que basta! ¡Yo le perdono la vida!
–Encárgate…
Sin hacer caso de la voz de su diosa, Sophia libera al hombre de su mortal ataque, quien de inmediato y con lo que puede, corre despavorido del lugar, bajando las escaleras hacía la casa de piscis. Anthos, serenamente, le sigue de cerca. La diosa lo comprende… el cosmos de Anthos tenía claro un objetivo, y pudo certificarlo cuando de sus manos saco una rosa blanca, hermosa y pura, dispuesta a usarla como su arma. Intento correr tras él, pero los brazos dorados de la sexta casa la sujetaron con fuerza, inmovilizándola mientras escuchaba los gemidos del hombre que pedía auxilio, luego de haber caído mortalmente en la alfombra de rosas rojas.
–¡¡Detente Anthos!! ¡Suéltame Sophia! ¡¡¡¡SUELTAME!!!! – un grito levanto su cosmos divino a niveles exorbitante, hiriendo en el proceso al santo de virgo que la sujetaba pero quien se negaba a soltarla –¡¡¡¡SUELTAME SOPHIA!!!! –las lagrimas de la diosa cayeron sobre el mármol, golpeando finalmente con sus manos el rostro de Sophia, mientras que con su cosmos la empujo a lo lejos, cayendo detrás del trono del patriarca.
La diosa, al fin libre, corrió presa del dolor hacía las escaleras, corrió mientras sintió que la vida de esa persona que había intentado herirla estaba a punto de ser eliminada. Para cuando llego, la rosa blanca ya había sido lanzada y el hombre, se arrastraba moribundo en la entrada de Piscis, frente a Metis de Acuario quien había salido alarmado por el cosmos. El cabello negro de Anthos surcaba los cielos con fuerza, solo afirmando la mirada enfurecida de un ejecutor que hacía justicia y haciéndole ver al santo de Acuario, que había sido una ejecución de un humano. La diosa corrió, gimiendo de dolor, hasta caer de rodillas frente al cuerpo del hombre que ya había emitido su último suspiro de vida. Sus ojos grises estaban enrojecidos de angustia.
–¿POR QUÉ? – levanto la voz su diosa, con una mirada indignada, tan fuerte y ardiente como las mismas llamas del sol en pleno verano. Anthos la recibió, bajando su rostro, pero no arrepentido. Sabía que había hecho lo correcto –¿POR QUÉ LO EJECUTARON? ¡SOPHIA!
Anthos levanto su rostro, al darse cuenta que la diosa pensaba cobrar la sangre de ese hombre sobre el santo de Virgo, en vez de ser él, siendo el ejecutor del traidor. Anthos corrió detrás de ella, buscando ser él quien cumpliera la pena de su desobediencia.
–Mi señora, soy yo quien debo cumplir con…
–¡Calla!
Llegando a la cámara del patriarca, Athenea observo el cuerpo de Sophia inclinado, tanteando con sus manos algo que parece haberse perdido de su vista.
–¡Sophia! –la voz de mando de su señora hace que su cuerpo se entumezca frente a ella –¡Levántate Sophia!
–Mi señora…–murmuro de nuevo Anthos, guardando silencio al ver la mirada decidida de su diosa que lo hizo callar al instante
–Te di una orden, y ya esta es la tercera vez que me has desobedecido… No solo eso, te di la orden de detenerte y ¡has pasado por mi decisión una vez más! ¡¡Que significa este comportamiento de tu parte!!
Piscis escuchaba la voz de su diosa asustado, viendo que el asunto estaba tomando límites peligrosos entre su diosa y virgo, quien de pie, no volteo, escuchando todo de espalda.
–De las otras dos veces, le presente honorablemente mis disculpas. De esta en particular, no pienso retractarme… espero su castigo por mi atrevimiento.
–¡Sophia! –Levanto la voz Anthos, intentando hacerle entender que este no era el momento de hacer valer su opinión
–Al menos si vas a decir eso, ¡hazlo de frente Sophia de Virgo!
–No puedo mi señora…
–¡Voltea Sophia! –la imperativa voz de su diosa hizo que las mismas armaduras temblaran ante ello.
Anthos observaba la escena totalmente abrumado, viendo como el cuerpo de virgo se notaba agitado. Sus manos temblaban y algunas gotas de sangre se veían caer a través de su brazo izquierdo. Algo no estaba bien… Sophia no era de desobedecer de esa manera. En ese instante, vio como su diosa se acerco al dorado, decidida, enfurecida por el desacato y decidió ella misma ir frente a él para castigarle con una cachetada divina. Lo que encontró fue de una impresión tal que no pudo ejecutar el movimiento de su brazo para golpear a Sophia.
Al momento de la diosa liberarse del agarre de Virgo, el golpe había sido provocado que el dorado cayera envestido detrás del trono del patriarca, golpeándolo de lleno contra la pared e hiriendo su brazo izquierdo… pero no solo eso, había hecho pedazos su máscara dorada que cayó hecha añicos por toda la sala.
Su diosa dio unos pasos atrás, dibujando en su rostro una fuerte conmoción. Anthos entendió finalmente todo, haciéndole reclinar su rostro hacía un lado, adolorido. Sophia no subió su mirada, tragando las lágrimas de impotencia que sentía ante ese hecho… jamás, jamás en su vida hubiese querido que su diosa viera su rostro. Aquel rostro que luego de ese incendio, perdió la mitad de su belleza. Ese rostro que al verlo le recuerda el dolor de las intensas quemaduras de su casi infierno… el mismo, que tenía una cicatriz que cubría desde su pómulo izquierdo hasta la mitad de su nariz, y casi todo el terreno de su frente. La mitad de sus labios no tenía forma. Su rostro no tenía forma… lo único que había quedado de él, tal como lo tenía al nacer, era su ojo derecho, reluciente azul como las costas más claras del mar al norte del continente.
–Tu rostro… –finalmente murmuro la diosa consternada recostándose en la pared
–Señora, le ruego que haga lo que había venido a hacer… – alcanzo a decir virgo con su voz suspendida en un hilo delgado
–No… no puedo… Regresa a tu misión…
–Pero señora…
–¡Obedéceme al menos esta vez Sophia! –grito la diosa cubriendo su rostro con su mano derecha, reclinándose apesumbrada como si no pudiera con todo lo que había pasado.
Sin más… Sophia cerró sus puños con fuerza, acatando la orden de su diosa no sin antes soltar la trenza de su compañero, para entonces así cubrir su rostro de Anthos quien aún permanecía allí.
Aqui llega el nuevo capitulo, tarde bastante pero, nbecesitaba inspiración. Espero les guste.
Ahora los trasfondos empiezan a mostrarse, ¿porque un humano tiene sangre divina? ¿y que tendrá que ver eso con Athena y su pecado?
