A Letter to My Husband

Historia original de VioAlexandru

Traducido por Carolina Alejandra Aguirre(FFAD)

Beta Day Aguilar (FFAD)


La habitación se sentía ampliamente vacía sin él. Sosa y nuevamente demasiado tranquila. Efímeros trazos suyos habían quedado en el aire: betún de calzado, el aroma a cuero de un nuevo cinturón, su buena colonia…

Me senté en el sillón —Su sillón— con mis piernas dobladas debajo de mí, y observé con la mirada vacía a las paredes en un tipo de parálisis idiota. Sin deberes, sin ninguna decisión que tomar, pero también sin una perspectiva inmediata y un futuro incierto.

Los minutos pasaban y las horas se arrastraban. No fue hasta que las sombras de la tarde habían oscurecido la habitación, que me puse de pie desde esa desanimada posición en el sillón. Mis piernas se habían acalambrado tanto que ya no las podía sentir. Fui lentamente hacia la ventana y miré hacia Gamla Stan y las aguas del lago Mälaren. Era una hermosa vista, del tipo que deseas compartir con un ser amado; el suave brillo del anochecer estaba cayendo en la oscuridad, y las luces de la ciudad estaban resplandeciendo en el aire y sobre el agua también, más fuertes con cada minuto que pasaba. Había comenzado a llover.

Estaba consciente de un nuevo tipo de ansiedad que repentinamente me impulsaba, que me urgía a salir de ahí. Necesitaba hacer algo diferente, sacudirme de esa extraña inercia y apática indecisión que me estaba manteniendo cautiva durante las últimas horas. Inesperadamente, tenía la extraña sensación de que era tarde para algo indefinido, pero de crucial importancia, y que yo no podía moverme lo suficientemente rápido para llegar ahí. Temía sin medida la noche que se aproximaba, cuyos tenebrosos poderes no sólo profundizaban mi debilidad. Sentía el bulto en mi garganta, el miedo de estar sola conmigo misma, el miedo de lo que venía, ataques sin misericordia de mis propios pensamientos y emociones.

Eran casi las cinco de la tarde del domingo. No demasiado tarde para una visita.

Tomé su camisa y la doblé cuidadosamente, casi reverentemente. Desempaqué rápidamente mis cosas y me vestí de forma mecánica; un par de jeans, un suéter, mi vieja chaqueta. Tomé el abrigo de Ángela del closet y me pregunté si Edward había sido quien lo puso ahí.

"Por supuesto estúpida, ¿quién más?" En vano pensé acerca de comprar una bolsa más grande que protegiera la suave lana del abrigo de la lluvia.

"El teléfono. No olvides el teléfono."

Desde la tienda de regalos, obtuve las indicaciones para llegar a la estación de buses. Me tomó cerca de veinticinco minutos de un largo viaje en una línea suburbana para llegar al pueblo de Ángela.

Abrió la puerta con una tranquila y serena sonrisa. Moviéndome hacia su cuerpo, repentinamente caí en cuenta, preguntándome si Edward había hablado con ella cuando recogió mis cosas, si sospechaba o sabía qué había pasado entre nosotros.

Conociendo a Edward, lo dudé, pero aún así era una pregunta inquietante.

—He traído tu abrigo de vuelta…. —Explique tímidamente mi repentina presencia.

Debería haber llamado. Yo tenía un teléfono ahora.

Ella sonrió nuevamente y me señaló que entrara.

—Vamos a la cocina, hay café y pastel de chocolate. Me he estado complaciendo hoy.

La habitación estaba brillantemente iluminada, tibia y olía a canela, pero había perdido ese amigable y familiar aire de mi hogar de acogida. No tan sorpresivamente, mientras que ayer se sentía como hace mucho tiempo.

—Ahora que has conocido a Edward… ¿Qué piensas de él?

Ángela apoyó sus codos en la mesa, la taza de café acunada en sus palmas mientras bebía el líquido caliente.

—Bien… Él es elegante, buen mozo, casi pavorosamente inteligente, encantador, pero también parece tener una enorme caparazón de privacidad, el cual nadie tiene permitido tocar. Esencialmente elusivo. ¿Estoy equivocada?

—No. Lo has leído bien.

Sentía las lágrimas asomándose.

—Él te… Tú sabes… ¿Hizo preguntar acerca de mí?

—No muchas, realmente. Sólo sobre el día en que llegaste, cómo lucías, cosas como esas. No le conté nada voluntariamente y no elaboré demasiado mis respuestas. Le dije lo poco que sabía y también que no te había preguntado mucho porque no quería entrometerme.

Ángela siempre fue discreta, y extendía la misma cortesía a los demás. Bebí ausentemente mi café, mi mente a un millón de kilómetros.

—Dime, ¿él siempre es tan extremadamente amable?

"Dios, lo extraño."

—Sí… Lo es.

No me preguntó nada más. ¿Por qué no había enviado el abrigo con Edward? ¿Por qué vine en bus? ¿Él no tenía un auto? ¿Cómo había salido nuestra reunión? Excepto que ella había preguntado, habría sido extraño justificar el porqué aún estoy en Suecia. Sola.

Quizás ella no quería saber. Quizás no le importaba.

Oh Dios, ¿cuándo me había vuelto tan paranoica?

Ángela cambió el tema, entreteniéndome con historias acerca de las lecciones de Ballet de su hija y su nueva fijación con el actor de una película. Estaba hablando lentamente, tranquila, casi monótonamente y en el estado en que yo me encontraba, pronto se volvió realmente difícil oír sus palabras. El suave y plano tono de su voz se volvió distante, apagado, un zumbido, como una radio sonando en otra habitación.

—Ángela. —La interrumpí abruptamente.

—¿Sí, Bella? —Me contestó tranquilamente, observándome con una cuidadosa expresión.

—Gracias por tenerme aquí, quiero decir, por todo lo que hiciste por mí… —Mis ojos se desviaron a mis manos, que se revolvían inquietamente en mi regazo.

—Tú no harías menos por mí, querida —dijo en el mismo suave tono.

La conversación murió poco después de eso, cada una preocupada por nuestros propios pensamientos. Yo recordaba las palabras de Edward. Quizás era cierto que ya era hora de no molestarla más.

Pronto me excusé, murmurando algo acerca de alcanzar el último bus y partir.

El viaje de regreso a la ciudad se hizo eterno. Me sentí entumecida, desanimada y tan desorientada, como si el mundo se hubiera puesto al revés —Y quizás así había sido—, pero la soledad era lo que sentía más aguda que todo. La tranquilidad de Ángela, su serena presencia, había sido de mucha ayuda durante las últimas semanas, más de lo que había notado. Ahora estaba por mi cuenta. Sentía la tierra deslizándose bajo mis pies.

"¿Qué estoy haciendo aquí?"

Estaba fuera de lugar, perdida entre extraños, viajando en un bus a ninguna parte, como una fugitiva cansada de la libertad en su carrera. Yo también había encontrado donde ir, excepto que no era el lugar donde en realidad quería estar. Extrañaba la sensación de hogar, de seguridad, pertenencia.

Era difícil no asociar la idea de hogar sin él.

Lo extrañaba, extrañaba su rara forma de vestirse en la mañana, poniéndose primero los pantalones, entonces los zapatos y sólo al ultimo la camisa y el resto de sus ropas. Extrañaba tomar café junto a él y sus ingeniosos comentarios detrás del periódico matutino que siempre me hacían reír.

Ahora se había ido y sólo me quedaba una sensación de desesperación, un confuso aislamiento y solitaria impotencia.

La inseguridad había vuelto después de su partida. Dudaba de todo nuevamente. Sus alentadoras palabras: "Volveré por ti", tenían un nuevo sonido, ahora se escuchaban dentro de mi cabeza como una enferma burla perversa.

Me recordé a mi misma amargamente que yo estaba ahí por elección propia.

Apoyé mi sien contra la fría ventana y dejé mis ojos recorrer el exterior, pero el velo de oscuridad era absoluto. Terminé mirando las gotas de lluvia deslizándose en la ventana empañada, deteniéndose, fusionándose una con otra, formando gotas más grandes. Su recorrido alterado por el movimiento del bus. Mantuve mi mente ocupada, intentando predecir su peligrosa trayectoria, imaginando intrincados patrones donde no los había, hasta que mi vista se cansara.

Desvié mi mirada y observé alrededor. Frías luces fluorescentes llovían desde el techo, exagerando la imaginación y agudizando las características de los otros viajeros, individuos anónimos que se movían tal cual el movimiento del bus, mientras se afirmaban de los pasamanos. Parecía como si repentinamente hubiera sido forzosamente transportada a una dimensión paralela, carente de sentido, propósito y ataduras físicas, tanto como yo las conocía. Medio esperé que el rígido asiento plástico azul comenzara a derretirse, que los humanos y los objetos comenzaran a mezclarse en grotescas entidades y jirafas gigantes con endebles piernas aparecían en el horizonte. Una pesadilla surreal mientras estaba totalmente despierta.

—Me estoy volviendo loca —susurré para mí misma.

Ansiedad, negra y sofocante, tragándome en meros segundos.

—Estoy sola.

Repentinamente estaba luchando por aire. Mi corazón latía tan salvajemente que podía oír el eco en mis oídos. Esa seca declaración se expandió a lo largo, junto con el palpitar de mi corazón.

—Estoy sola… —Desagradable sudor cubría mi frente. Tomé el respaldo del asiento frente a mí para calmarme de, nuevamente, esa repentina sensación de caída. Como si un fuerte remolino estuviera amenazando con absorberme implacablemente en el vacío.

Trague fuerte y me forcé a relajarme.

"Respira profundamente."

Traté de recordar el libro que había dejado inconcluso en la mesa de noche en casa. ¿De qué color era la cubierta? ¿Quién lo escribió? ¿Era bueno?

La garra de hierro que sostenía mi pecho aflojó un poco su agarre. Mis palmas estaban incómodamente empapadas con transpiración debido a mis nervios, las sequé en mis jeans.

Salir de ese bus se volvió imperativo. Quería la seguridad de las paredes de la habitación del hotel a mí alrededor. La misma habitación que hacía unas pocas horas me parecía extraña e impersonal, ahora tenía las virtudes de un santuario. Él había estado ahí, su fuerza, vitalidad, energía protectora aún permanecían dentro. Eso era todo lo que quedaba.

"Quizás, si pusiera su camisa en una bolsa plástica, su esencia no se disipara, no se perderá."

Me quedaba suficiente sentido para darme cuenta del inmenso disparate de ese pensamiento. Presioné mis helados dedos contra mis sienes, sentía la piel de ahí hervir.

"Quizás me estoy deprimiendo… Sí, eso debe ser." pensé, incapaz de reconocer los signos de un ataque de pánico. "Oh Dios, por favor no dejes que me vuelva loca."

Al fin afuera, el fresco aire congelado me mareó. Los ruidos de la ciudad, las luces, los sonidos de tráfico alrededor eran agresivos y desorientadores como una extensión. Tuve que esperar en la parada del bus, mientras miraba alrededor confundida, para encontrar mi camino de regreso.

Me subí el capuchón de la chaqueta y me encaminé hacia el hotel con nerviosas zancadas sobre el canal formado por la tenaz y beligerante lluvia que caía como espinas de hielo sobre mi rostro. El pavimento brillaba oscuramente más allá de mis pies. Habría corrido, pero no me quedaban fuerza para eso.

Finalmente vi el iluminado lobby, el brillante elevador, la campanilla de éste sonando como la del microondas, el largo y obscuro pasillo sin fin, simplemente sin fin….

"Más rápido, ahora, ¡más rápido!" La tarjeta no era fácil de manipular con los dedos congelados.

Finalmente adentro.

"Respira."

Con frenética prisa, me saqué la mojada chaqueta y me arrojé sobre la cama. Saqué desde debajo de la almohada su camisa.

Hundí mi rostro en ella y lloré.

Horas más tarde desperté casi en la misma posición, las lágrimas se habían agotado desde hacía mucho. Mientras mis sentidos cobraban claridad, me di cuenta de mis jeans mojados y las frías sabanas debajo de mí.

Adolorida por ese aproblemado y letárgico sueño, me quedé muy quieta, tratando de recordar qué había estado soñando. Fragmentos de antiguos momentos felices descuartizados y mezclados con los más frescos, unos horriblemente dolorosos. Como un espejo roto rehecho con fragmentos pegados que, aunque se ha reparado, ya no refleja una imagen perfectamente clara, sino una multitud de imágenes retorcidas y distorsionadas.

Siento el dolor como un sueño y es tan insidioso, tan difícil de eludir…. Cuando estás consciente, voluntariamente puedes cambiar la dirección de tus pensamientos, mientras que dormido no puedes hacer nada sino enfrentarlos. Y cuando finalmente despiertas, el dolor permanece y perdura, atormentándote más.

Yo no podría vivir con ese dolor. No por el resto del tiempo que me quedaba ahí.

Me obligué a moverme, mis pies se tambalearon con la pesadez en mis extremidades. Me quité las pegajosas ropas, tomé una larga ducha caliente (Sin mirarme al espejo), me puse una gruesa y suave bata del hotel, y la anudé a mi cintura apretadamente. Se sentía bien.

"¿Ves? Pequeños pasos. Pasos de bebé."

De vuelta en la habitación, busqué la botella de licor de Edward, sólo para descubrir que prácticamente no había sido tocada.

"¡Mentiroso!" pensé, amargamente divertida.

Me serví un pequeño escocés y traje el vaso junto a la cama, sobre el que debería haber sido su lado. Encendí el televisor y bajé el volumen hasta convertirlo en un ruido de fondo. El suave brillo que proveniente de la pantalla era todo lo que iluminaba la habitación, pero era suficiente para alejar algunas sombras.

Bebí el escocés a pequeños tragos, observando inexpresivamente la pantalla. Fue calentándome placenteramente, tampoco sabía mal. Por supuesto, desde sus labios sabría mejor. Cerré mis ojos y reviví la forma en que me besó la noche anterior, el sabor que tenía, la salvaje experiencia con la cual había profundizado el beso.

La memoria me trastornó, enviándome una ola de deseo a lo largo de mi columna, con un dulce dolor.

Estaba seriamente considerando llamarlo.

Lo deseaba tanto que mi cabeza se mareaba, pero aún si él ya hubiera aterrizado, debería estar cansado después de un vuelo de doce horas y una noche sin dormir. Exhausto, mal humorado, sin afeitarse… Tal vez aún enojado. Él podría retarme y yo estaba asustada, y no dispuesta a tomar ese riesgo.

—¡Un texto! Eso es diferente. —Él había reaccionado mejor a un texto. Podría responderlo en su momento.

Apoyé mi cabeza contra la almohada y miré al techo obscuro.

—Debo pensar en algo no demasiado largo, no demasiado corto, no demasiado obvio. Algo que delicadamente lo invite a responder.

Una astuta sonrisa floreció en mis labios. Casi salté de mi cálido capullo, tanteando en la empapada chaqueta, buscando mi teléfono de última generación. Sin llamadas perdidas. No pude evitar la vaga quemazón de la decepción.

"El podría no haber tenido tiempo."

Accedí a la conexión Wi-Fi del hotel y busqué en la red un particular fragmento de un poema que tenía en mente. Un obsoleto poema de amor de otra cultura. Agregué un pequeño toque, enviándole la estrofa en su lenguaje original. Me pregunté cómo reaccionaría a eso y sonreí de nuevo.

Me acurruqué bajo las mantas, apretando con fuerza el teléfono celular, abrazando firmemente su camisa. Aún olía a él, aunque débilmente. Quizás la bolsa plástica no fue tan mala idea después de todo.

Me lo imaginé desconcertado, sorprendido, incluso entretenido. Los versos se arremolinaban en mi mente hasta que todo lo que quedaba era el pulso sutil del sueño.

"Arald, nu vrei tu fruntea pe sînul meu s-o culci ? Tu zeu cu ochii negri... o, ce frumosi ochi ai ! Las' sa-ti înlantui gîtul cu parul meu balai, Viata, tineretea mi-ai prefacut-o-n rai, Las' sa ma uit în ochii-ti ucizator de dulci."

La mañana llegó y trajo consigo una fría luz y expectativas más sobrias. La mañana después de una tormentosa noche, algunas veces puede ser igual de difícil, pero diferente, de una manera más cruel, porque mientras estás volviendo a una completa lucidez y conciencia, comienzas a razonar, cuestionándote todo, cada pensamiento, cada sentimiento, cada decisión o resolución de la noche anterior. Brevemente, incluso tu propia existencia.

La primera cosa que hice en cuanto abrí los ojos fue revisar el teléfono, que había permanecido tercamente en silencio toda la noche. Aún nada. Mi corazón se hundió y sentí un escueto frío de decepción, más allá de cualquier razón, tenía la inquietante sensación de que había estado engañándome a mí misma, que esa noche, con su traidora falta de definición y claridad, me había engañado en la ilusión común de los que sufren de mal de amores.

En la brutal luz de la mañana, mi último intento nocturno de comunicarme con él parecía mezquino y pueril. Lo imaginaba riéndose del pretencioso manerismo, del empalagoso, casi caricaturesco romanticismo del tonto poema. Lo imaginé sintiendo una repulsiva y maliciosa compasión por mí y por mi totalmente inútil gesto.

—No, él no es así.

Ignoré el retorcijón de dolor y cansancio que tal imagen mental me dio y traté de sacudirme yo misma de la poco placentera dirección de mis pensamientos. Un golpe en la puerta, que sonó fuerte en la tranquilidad, interrumpió esas taciturnas cavilaciones. Era demasiado temprano para el servicio de limpieza a la habitación.

Abrí la puerta y me encontré cara a cara con una radiante Alice.

Estaba vistiendo un abrigo fucsia, el cual le llegaba hasta medio muslo; unos extraños aros, que sospechosamente parecían pequeñas cebollas; y a sus pies estaba la más loca maleta, de un rosa brillante, con margaritas gigantes estampadas completamente. Ella lucía bien, estaba fresca y hermosa, al igual que Edward, quien se las arreglaba para verse elegante incluso en ropa de deporte. Alice podría vestir cualquier combinación, sin importar cuán llamativa fuera, y salirse con la suya. Nadie que la mirara diría que era extravagante o sin estilo, todo lo contrario.

—Querida, ¡estás bien!

Devolviendo su sonrisa de una forma que esperé pareciera acogedora, me acerqué y recibí su apretado abrazo. Su suspiro de genuino alivio era tibio y fragante contra mi mejilla. Olía como aire fresco.

Estaba sorprendida, aunque no debería estarlo. Yo sabía que él iba a hacer algo para mantenerme supervisada, pero enviar a Alice hasta acá parecía un poquito extremo.

No me había dado cuenta de que había hablado en voz alta, hasta que ella puso sus manos en sus caderas y me fulminó con indignación.

—¿Y qué se supone que eso significa?

A pesar de su delicada apariencia, en esa rígida pose, tratando de parecer severa con sus manos en sus caderas, ella parecía como si pudiera enfrentarse a cualquiera.

—Bien… Tú estás aquí, ¿verdad?

Abrió mucho los ojos e hizo un sonido de incredulidad.

—Edward no me forzó a nada Bella. Él ni siquiera me pidió que viniera aquí, ¡yo me ofrecí! ¡Para hacerte compañía, para hacer tu estadía más agradable! ¡Esto es injusto! ¿Es tan difícil de creer que vine hasta acá porque te he estado extrañando, y estaba muy preocupada por ti?

Ella estaba en lo correcto, ambos compartían un extraño lazo, como si no hubiera una necesidad real entre ellos de hablar en voz alta el uno al otro. Y si había alguien capaz de resistir a Edward, era Alice. Ella hacía eso con bastante éxito también. Volverlo loco, yo diría.

—Lo siento —susurré—, no quise sonar insensible. Estoy contenta de verte.

—¿Por qué desapareciste así?

—Si vamos a tener esta conversación, pienso que necesitaré un café primero.

—Bien, entonces…

Ella evaluó la habitación y mi —Graciosa, sin duda— apariencia con una intransigente mirada.

—Vístete mientras me hago cargo de esto —dijo señalando hacia su maleta—. Desayunaremos abajo.

—¿Por qué no te quedas conmigo? Quiero decir, podríamos compartir esta habitación, hay mucho espacio…

—Gracias Bella, de verdad, pero Jazz y yo estamos acostumbrados a tener realmente…. Mmm… Largas conversaciones al teléfono. Seríamos una molestia constante para ti.

"Sexo telefónico" pensé y me ruboricé inmediatamente. "Por supuesto, ¡pixie suertuda!"

—Está bien, entonces. —Accedí de todo corazón, reacia a profundizar más en esa especifica discusión.

Media hora más tarde, estábamos tomando una muy agradable taza de café en el restaurant de abajo.

—Bien, ¿vas a decirme ahora por qué viniste aquí? —Me preguntó de nuevo en un impaciente y demandante tono.

—¿No te contó Edward de nuestro encuentro?

—Me dijo algo, pero realmente no nos reunimos, nuestros aviones se cruzaron en el aire. Sólo dijo que tú te fuiste después de recibir… —Ella gesticuló, restándole importancia— Algo que te llevó a pensar que él estaba teniendo una aventura.

—Eso solo se sumo a otras cosas.

—Cualquiera sea la razón, Bella, tú no deberías haberte ido así.

—Parecía como una idea perfectamente racional en su momento. No le dije a nadie dónde y por qué me estaba yendo, porque no tenía intención de discutir sobre el asunto. Mi perspectiva estaba distorsionada, mi mente estaba nublada, todo en lo cual yo creía yacía roto en el suelo. La rabia, el dolor, el entumecimiento… Eran abrumadores. Nada tenía mucho sentido, excepto por esa arrolladora necesidad de irme. Estaba cegada por la pena.

Ella tomó mi mano sobre la mesa y apreté la suya, cálida, en respuesta.

—Deberías haber llamado después de que llegaste aquí, Bella. Deberías al menos haber enviado un correo. ¡Pienso que te he enviado unos mil! ¿Por qué no me contéstate?

—No he revisado mi correo desde que me fui de casa. Algo tonto, lo sé, pero tenía miedo. Podría recibir… Tú sabes, papeles de divorcio. Y dejé información de contacto en una carta a Edward. Una carta que nunca encontró.

—Él menciono algo acerca de eso también. Esto es un poco misterioso, pero llegará al fondo de esto —Suspiró audiblemente—. De cualquier forma, no podía haber existido un peor momento para que todo este malentendido ocurriera, para que tú desaparecieras.

» Hubo problemas en la planta de perforación, Bella, grandes problemas. A pesar de las cuidadosas prácticas de seguridad, hubo accidentes más allá de la cuenta, inexplicables retrasos, agravaciones. Gente, buenos empleados, fueron heridos. Por un momento Edward prácticamente vivió en la planta de perforación. Todos los chicos lo hicieron, excepto papá.

—Él nunca me dijo nada de eso —susurré, defraudada—. Desearía que lo hubiera hecho.

—Papá pensó que era mejor no decirle a mamá y al resto de ustedes chicas, solo para estar seguros.

—¿Y cómo tú sabes tanto?

Alice se encogió levemente los hombros y contestó seriamente.

—Yo he cohesionado a Jasper para que me cuente. De cualquier forma, Edward ahora sospecha que el problema en la planta de perforación y tú siendo engañada con una mentira están conectados de alguna forma. Él piensa que alguien está atacando a la familia, en ambos niveles: personal y profesional.

Ahora que pienso acerca de ello, hay algo más en que Edward haya evadido deliberadamente el asunto.

—Cuando no pudimos tener contacto contigo, fui la única que lo llamó y, créeme, no fue una llamada fácil de hacer. Él rentó un avión privado para llegar a casa más rápido, estaba frenético de preocupación, angustiado sobre todas las posibilidades, desesperado por respuestas… Imaginó los peores escenarios, Bella. Pensó que tú habías tenido algún tipo de accidente, que estabas herida, ¡incluso muerta! Casi me arrancó la cabeza por no estar pendiente de ti.

Su voz era musical, una escalofriante música furiosa.

—Nunca antes lo he visto tan furioso…

Asentí, pero mantuve mi cabeza agachada después de eso. Los ojos de Alice brillaban, demasiado acusatorios.

—Él entrevistó a tu mucama, tus vecinos, el portero, incluso a Rose y a mí, como si fuera el gran inquisidor o algo. Por Dios, Bella, ¡le gritó a Mamá!

Yo quería defenderme, decir que no quise que nada de esto ocurriera, que había estado demasiado herida por esa mentira, pero no podía. Cerré mi boca, avergonzada y preocupada. Alice también mantuvo un hosco silencio por un momento.

—Y entonces, milagrosamente, encontró un rastro de ti…

—¿Cómo me encontró?

—¿No te lo dijo?

—No específicamente.

—Bien, al principio él no quería llamar tus padres, no queriendo asustarlos; sin embargo, lo hizo. Quería llamar a la policía y a los hospitales, pero mientras daba vuelta el apartamento en busca de pruebas, notó que tu pasaporte no estaba. Pienso que en ese punto, en su desesperación, consideró usar sus contactos para rastrearte, a tu pasaporte, quiero decir, ya que tus tarjetas de crédito o teléfono estaban fuera de cuestionamiento. Imaginó que tú no te habrías ido sin dejar al menos a uno de tus padres saber cómo podrías ser ubicada. Así que fue a ver a Charlie…

—¿Él fue a Forks?

—Sí, dijo que lo mejor era hablar con tu padre en persona y yo fui con él, para suavizar a Charlie, tú sabes. Edward tuvo que admitir que no sabía nada acerca de ti, que inexplicablemente te fuiste sin decirle nada a nadie.

—¿Y qué dijo Charlie?

Alice puso sus dedos frente a sus labios, copiando el bigote de papá e imitó su voz pobremente, en una acida y divertida forma, pero que aún hacía a mi pecho sentirse apretado.

—"¿Qué le hiciste a mi niña, chico, para hacer que se marchara así?" Sin embargo, no atormentó demasiado a Edward; aún para tu padre fue claro que él estaba enfermo de preocupación. Le dijo que tú le habías dejado un mensaje acerca de una repentina visita a Ángela y que las cosas serían más fáciles. Excepto que no lo fueron.

—¿Qué quieres decir? ¿Por qué?

—Bien, Charlie no sabía dónde estaba viviendo tu amiga, tu mensaje solo había dicho: "En Europa". Así que después de nuestra pequeña procesión, ahora formada por tres, fuimos a ver a los padres de Ángela, ¡y ahí enfrentamos un serio reto! Deberías habernos visto, los tres sentados en el living de los Weber, manos en las rodillas, como niños de kínder castigados, severamente escudriñados por una muy intransigente señora Weber.

Esa imagen habría sido ciertamente casi divertida, si no hubiera sido por la culpa asaltándome.

—Y todo esto, aparentemente porque Ángela ha tenido un loco ex marido y sus padres hacen todo en su poder para mantenerla a salvo de ese idiota. Eso incluye, por supuesto, mantener su actual paradero en secreto. Nos llevó un gran esfuerzo de Edward persuadirlos para que nos revelaran su ubicación. Esa situación, un marido en la búsqueda de su esposa, quien lo había dejado sin una palabra, les recordaba demasiado a la historia de su propia hija. Ellos estaban extremadamente sospechosos. ¡Edward tuvo que usar todo su mágico encanto para convencerlos y que dijeran algo! Además, Charlie tuvo que garantizar solemnemente la integridad de su yerno.

—¿Qué hizo después de eso?

—¿Realmente ustedes no han hablado?

—No tanto. Él tenía un tipo de… Enojo hacia mí.

—Bien, en estas circunstancias, es difícilmente sorprendente que él esté molesto…

—Por favor Alice, continúa.

—Él insistió en que el señor y la señora Weber fueran discretos acerca de sus preguntas, les pidió que no le informaran a Ángela, alegando que lo de ustedes solo había sido una pelea de amantes, que él solo quería asegurarse de que estabas bien. Lo cual, por supuesto, ellos fueron capaces de confirmar ya que Ángela les había dicho al teléfono acerca de tu visita.

—¿Cuándo ocurrió esto?

—Hace tres semanas, quizás un poco más.

» Bella, solo puedo suponer desde este punto. Después de haber regresado de Forks, él estaba constantemente de mal humor y cualquier intento de discutir con él solamente exacerbaba esa disposición. De lo poco que pude obtener con mis propios métodos… —dijo eso con una sonrisa— Yo diría que él estaba esperando a que tú regresaras. Te dio el espacio que aparentemente necesitabas o, de otra forma, no te hubieras ido. Sospecho, pero no estoy segura, que él te mantuvo vigilada desde la distancia. Entonces, sin aviso, a principios de la semana pasada, nos anunció que estaba partiendo hacia Suecia.

"Jake" pensé. "Fue cuando él averiguó acerca de Jake."

Repentinamente estaba agradecida de que Edward no le hubiera contado acerca de Jake. No estaba segura de eso, por supuesto. Le dirigí una sonrisa avergonzada.

Si ella lo sabía, lo ocultó bien.

La sonrisa más triste curvó mis labios y estrechó mi garganta.

—Saber todo eso ahora… Me hacer sentir terrible —confesé en voz baja.

—¿Pero cómo pudiste creer a Edward capaz de engañarte?

Miré por un tiempo las paredes, perdiéndome por unos minutos en los recuerdos del pasado.

—Él solía llamarme cada día, entonces uno que otro día, después, una vez a la semana… Se volvió distante, hosco, estresado y cansado, pero yo había esperado eso, después del duro comienzo de un nuevo negocio, su humor mejoraría. Sin embargo, mientras los días se volvían semanas y luego meses, y no hubo cambios en su comportamiento, sospeché que las cosas no iban a suavizarse como se suponía que lo harían. Al mismo tiempo realmente empecé a odiar esa maldita planta de perforación.

—Bella, cada uno trae a casa una carga invisible del trabajo al final del día, seguramente tú sabes eso. ¿Por qué Edward sería diferente? Él es solo un hombre, ¿sabes?

Ese dulce dolor, el cual siempre aparecía cuando pensaba en él, resurgió en mi corazón.

—Debe haber sido difícil para él…

Cuando Alice no continuó con sus reprimendas, yo seguí:

—Así que muy pronto comencé a pensar que solo se había casado conmigo porque yo era moldeable, callada y sumisa, alguien a quien él podía controlar, hacer a un lado cuando me quisiera fuera el camino, incluso alguien quien pudiera proveer a la casa un ambiente hogareño y acogedor… Cuando se dignara a regresar a ella.

—¡No seas ridícula, Bella!

—Sí, Bella con "B" de "aburrida" y "banal". Con ese tipo de pensamientos, no fue completamente difícil para mí creer en el escenario de la infidelidad. Y tú sabes que ellos siempre dicen que una imagen vale…

—Estás equivocada en tu negativa autoevaluación. Es lo contrario, desde mi punto de vista, lo opuesto es casi cierto.

Ella probablemente notó mi anonada expresión, porque se explicó mejor de forma tajante.

—La Ingeniería social no puede prevalecer sobre la biología Bella. Nosotras actuamos como fuertes mujeres modernas, que han peleado por años para ganar independencia social y económica. Hemos estado gritando grandes, fuertes y tristes eslóganes feministas pidiendo libertad, igualdad de derechos y salarios que los hombres. Hemos estado demandando autonomía y más poder por décadas. Y mientras más lo obtenemos, mas infelices somos.

» Conscientemente nos hemos dedicado a dominar a los hombres, pero aún a un nivel visceral, despreciamos a los que pueden ser controlados. Lo que realmente queremos son hombres fuertes que tengan el coraje de fustigarnos con sus pollas y demostrarnos que ellos tienen lo que necesitamos para mantenernos a salvo. Por supuesto, no quiero decir eso literalmente, aunque eso no estaría del todo mal —agrega con una pequeña y traviesa sonrisa—. No te subestimes por desear lo que la mayoría de las mujeres hacen (Abiertamente admitido o no). Anhelamos ser protegidas, nutridas y cuidadas, pero nos rehusamos a aceptar que estamos por tanto vulnerables. Así que seguimos negando que necesitamos hombres más fuertes que nosotras; hombres capaces de rodearnos, envolvernos y protegernos de un mundo que a menudo es duro y brutal.

» Tú, por otro lado, libremente elegiste someterte a ti misma a tal hombre, uno fuerte, protector, un hombro de apoyo y, por último, dominante. Eso no significa que eres, por alguna razón, débil o incapaz de valerte por ti misma. No eres psicológicamente defectuosa, no eres una vergüenza de mujer. Toma confianza, espíritu y fuerza lograr tal tipo de devoción, el tipo que asegura en el largo plazo una vibrante, conectada, envolvente relación que satisfaga profundamente las necesidades de ambos: tuya y de tu hombre.

—Qué discurso… —observé, sonriendo— ¿Pero no es peligroso generalizar así? Quiero decir, obviamente hay algunas variantes poco sanas del hombre liderando la relación.

—No estoy enfocándome al tipo de sexo sucio, ni estoy tomando a la ligera el sujeto de opresión a la mujer, abuso o discriminación tampoco. Esto es más superficial que eso… Esto es acerca del hombre dominante que nos enciende. Y si ellos fueron respetados, alentados y se les permitiera ser lo que fueron puestos en esta tierra para ser, serían más aptos para respetar a quien somos nosotras como mujeres.

Solté una pequeña risa. Ella era apasionada sobre el tema.

—¿Desde cuándo tienes tales vistas tradicionalistas en los roles de género?

Ella ladeó la cabeza y me sonrió de una dulce forma.

—Supongo que soy más que una cara bonita.

Nos miramos una a la otra por un momento, un silencioso entendimiento, en un tipo de tranquila comunión de almas. Ella era tan cercana a mí como una hermana.

—Lo siento Alice, por no confiar en ti… Quizás todo esto no hubiera pasado.

—Lo que sea que esté hecho —dijo suavemente—, puede ser deshecho.

—No siempre —murmuré con pesar, bajo un nuevo asalto de dudas e inseguridad.

—No hay nada que un poquito de ingenuidad femenina no pueda resolver.

Su voz sonó vibrante con exuberancia.

—Desearía poder compartir tu optimismo en el asunto. Tú no lo has visto, él estaba… Terrible.

Había un borde de risa en el tono de Alice.

—Déjame suponer: ¿sin sexo?

Ella era más perceptiva de lo que yo quería admitir. Continuó observándome, poniéndome extremadamente incomoda, mientras su oscura mirada permanecía atenta. Era inútil negarlo.

—No fue debido al sexo.

—Siempre es acerca del sexo o, en su caso, la falta de él. Deberíamos pedir que las cosas permanezcan de esta forma entre hombres y mujeres. Cuando la conexión sexual se pierde, una relación está en peligro de volverse rancia, platónica, plana y de aburrida camaradería. Sin embargo, este no es el caso de ustedes —Tomó mi mano una vez más. Su brillante mirada mantenía un brillo de travesura—. Si quieres paz, ¡prepárate para la guerra! ¡Espera hasta que te saque de este melancólico humor y te tenga brillando y sonriendo nuevamente!

Se apoyó sobre la mesa y agregó en un falso tono de voz serio.

—Créeme, ¡ese engreído hermano mío ni siquiera sabrá qué lo golpeó!

Me di cuenta de que estaba riendo tanto como la pequeña broma lo valía. Alice rió conmigo y fue un deleite oír su risa cristalina, brillante y libre.

—¿Qué tal si salimos de aquí? ¿Hiciste algunas compras?

Ella estaba dando pequeños saltitos y apenas pude contener un gemido. Había olvidado su estilo de vida impulsado por las compras e inagotables reservas de energía.

—¿Qué eres? ¿El conejo Duracell? ¿No estás cansada después de tu viaje?

—O podríamos volver a tu habitación para seguir repasando y analizando tu vida amorosa…

Le ofrecí un poco entusiasta suspiro de rendición.

Satisfecha de haber ganado esta discusión, Alice parecía complacida consigo misma.

—¡Estocolmo, ten cuidado! ¡Aquí vamos!

En la tarde, cuando finalmente había regresado a mi habitación sintiéndome, después de todo un día con Alice, como un participante del decatlón, me di cuenta de, para mi verdadero placer, una señal de Edward. Una señal que le permitía a mi corazón volver a latir. Me permitía respirar.

Un perfecto y majestuoso lirio de Cala, y una nota.

"Ven Harold, ¿quieres inclinar tu dulce frente en mi pecho?

Tú eres el Dios con ojos de oscuridad… ¡Que hermosos ellos brillan!

Pero déjame rodear tu cuello, entrelazar mi rubio cabello.

Mi vida y juventud se consagran con tu presencia en el cielo.

Oh, déjame mirar en tus ojos el brillo dulce y mortal."

Quería llamarlo en ese instante, pero me frené de nuevo. Despreciaba mi cobardía, pero no podía evitarlo. No traté de evitarlo demasiado, ya que él había aparentemente respondido al mensaje de texto, así que comencé a escribir mi respuesta, deteniéndome de tanto en tanto para admirar el hermoso lirio.

"Gracias por la magnífica flor. ¿Es éste un silencioso mensaje Victoriano?"

La respuesta vino sorprendentemente rápida.

"Sí, de la misma época de tu poema."

Lirio de Cala, el símbolo de la pureza, santidad y Fe, también a veces lleva una muy personal y abierta connotación sensual.

"De todos sus significados, ¿cuál de ellos debería elegir?"

"¿Es rosada? Yo la pedí rosada."

Era rosada.

"Sí"

"Entonces eso lo dice todo."

"Siempre tan esquivo…" pensé para mí misma. "Juguemos un momento, ¿deberíamos?"

Escribí mi respuesta, sonriendo maliciosamente.

"Entiendo que éste es un mensaje de lujuria y ardor."

"Tú deberías saber si lo es."

"¿Pero qué interpretación debería dar al enorme, pesado, pistilo que brota desde el centro del lirio? ¿Qué pasa si lo estoy malinterpretando?"

"Isabella, estoy en una reunión y esta conversación me hace sentir incómodamente… Apretado. Ve a dormir ahora como una buena niña y sueña conmigo."

"Sí, señor."

Hice exactamente eso, con una sonrisa feliz en mis labios.

El próximo par de días pasaron volando. Alice y yo exploramos la ciudad a pie, admirando el paisaje y, por supuesto, de compras. Ella, bajo el pretexto de que deberíamos aprovechar nuestra estadía al máximo, me arrastró a cada tienda posible; habíamos estado en tantas boutiques que no podía recordar dónde compramos cada cosa, pero eso realmente no importaba. Lo importante era que nos habíamos divertido, que Alice estaba complacida y que yo estaba demasiado cansada al final del día para dejar a mi mente viajar a lugares peligrosos. El único problema aparente era la creciente cantidad de bolsos y paquetes que estábamos acumulando en nuestras habitaciones.

Al tercer día de la llegada de Alice, fui a su habitación para llevarla a desayunar. Cuando ella no contestó a la puerta, entré y la vi sentada con las piernas cruzadas en la cama. Estaba susurrando al teléfono, lanzando miradas en mi dirección. Su tono sonaba cada vez más preocupado.

Pronto colgó y rápidamente le pregunté:

—¿Hay alguna novedad?

Movió rápidamente su cabeza.

—Aún nada conclusivo, sé que están trabajando en ello.

Ella estaba evadiendo mi mirada y podría decir que no iba a darme más detalles.

—¿Era Edward?

—Sí, era él.

—¿Qué dijo? ¿Por qué no me dejaste hablar con él?

—Él dijo que te llamará en la mañana. En su mañana. Debe ser medianoche en Seattle ahora.

Me pregunté qué era lo que necesitaban ocultarme, de nuevo.

La presioné.

—Desearía que no hicieras eso…

—¿Qué?

—Tratarme así, mantenerme en la oscuridad. No soy una niña estúpida que necesita que todo sea color de rosa. Encuentro que eso es degradante.

—Realmente no sé nada, Bella. Era Edward con quien hablé, no con Jasper, ¿recuerdas? Él solo insinuó, a mi parecer, que no confiaba en las líneas telefónicas de la oficina.

—¿Por qué llamó, entonces?

—Fui yo quien lo llamó, necesitaba saber cómo están las cosas.

—¿En la oficina, a medianoche?

—¡Ah! Bella, baja tu espada, ¿quieres? No soy el enemigo aquí. Traté de llamarlo a su celular, al número de tu casa y finalmente a su línea directa en la oficina. Él estaba teniendo una conversación con papá y los chicos, y sospecho que bebiendo una copa.

—Lo siento, supongo que estaba celosa de que hablaras con él.

—¿Por qué no lo llamas tú?

—No puedo, tiene que ser él.

Alice me miró un poquito confundida.

—Si yo fuera la primera en llamar después de nuestra tumultuosa reunión, sería simplemente… Bien, poco convincente.

Por supuesto, los mensajes de textos estaban excluidos de toda la categoría.

Poco convincente.

Alice se rió en respuesta.

—Eso no es exactamente lógico, pero supongo que puedo relacionarlo a ello.

—¿Piensas que es así de serio? Quiero decir… ¿Espías telefónicos?

Alice se puso de pie y dio grandes zancadas por la habitación.

—No Bella, pienso que Edward solo quiere asegurarse, eso es todo. Él no sonaba demasiado preocupado. De cualquier forma, tú deberías saber que estoy partiendo mañana.

Ella se paseaba de arriba hacia abajo repetidamente, mientras comenzaba a preparar sus —Ahora muchas— maletas.

Esto se sentía como un deja-vu. Otra partida. Dejándome aquí.

—¿Por qué? —pregunté secamente.

—Tu amo y señor vendrá pronto, ya no hay necesidad de que yo me quede contigo. Además, extraño al mío como loca…

—¿Te ha dicho que viene?

—No, solo lo sé. Es por eso por lo que llamé en primer lugar, tengo la sensación de que todo esto va a llegar pronto a su fin. Y por eso, éste es nuestro último día aquí, ¡vamos a consentirnos! ¡Yo invito!

—¿Qué tienes en mente? —pregunté un poco desganada.

Ella se giró para mirarme mientras se dirigía al baño y articuló, sin emitir sonido: —SPA. —Entonces sonrió ampliamente.

Mientras estaba preparándome para dormir esa noche, reflexioné entretenida sobre la variedad de procedimientos masoquistas a través de los cuales una mujer se somete a sí misma en el nombre de la belleza. Durante una buena parte del día, mi cuerpo había sido cepillado, refregado, masajeado y depilado con cera; y eso no era ni siquiera tan malo comparado a otros métodos más radicales. Mis extremidades parecían hechas de algodón y apenas podía mantener los ojos abiertos.

Era un placentero agotamiento, aunque el segundo mejor.

Justo cuando estaba quedándome dormida, mi precioso celular nuevo finalmente se escuchó. Lo dejé sonar un par de veces antes de contestar.

—¿Sí? —dije silenciosamente en falsa compostura, mientras pensaba que sería solo otra conversación telefónica común.

—Buenas noches… Isabella. —Hizo una pausa por un momento antes de decir mi nombre en ese rico y contagioso tono de voz suyo, el cual instantáneamente me hizo débil con necesidad.

—Buenas noches, Edward. ¿O debería decir Clark Kent?

—¿Disculpa?

—Bien, la presencia de Alice aquí obviamente te convierte en Superman. Tú lo mencionaste en nuestra última… Mmmm… Discusión.

—Tenía que asegurarme de que no dieras rienda suelta a más actividades imprudentes.

—¿Cómo salir de compras hasta que no pueda mantenerme de pie?

—Eso es lo suficientemente inofensivo.

—No si tú sucumbes fatalmente a ello.

—Lo siento —Rió—. No puedo ayudarte, esa es la forma de castigo de Alice, no mía.

—¿Qué hay acerca de ti? —pregunté tentativamente.

—Aún no lo he decidido, pero sigo molesto contigo. Por cierto, ¿cómo está el señor Black?

—Bien, justo ahora está en el baño, pero te envía sus saludos.

¡Wow! Me estaba volviendo lo suficientemente valiente para molestarlo.

Hubo una pausa antes de que continuara, su sedosa voz llena de perezosa amenaza.

—Te gusta jugar con fuego, ¿cierto niñita?

—¿Qué si lo hace?

—Entonces, quizás es hora de que te tome por sorpresa nuevamente con otro de mis artilugios de superhéroe…

Su naturaleza autoritaria era tan sexi en su arrogancia que, algunas veces, realmente deseaba poder encontrar una defensa contra él. Aunque ahora no era uno de esos momentos. Puramente saboreé los pequeños escalofríos de placer ilícito que sin esfuerzo se desencadenaban con su voz.

—Debes saber que dejarme aquí es castigo suficiente… Quizás más de lo que tú piensas.

—Lo siento, pero aún pienso que fue lo mejor.

Quería que esta rica voz que me derretía hasta los huesos me asegurara, me acariciara con dulces susurros sin sentido.

—¿Cómo está la casa?

—No es la misma sin ti, todo está en su lugar, listo para mi uso, pero hay algo desagradablemente austero acerca de toda esa quietud. Tú eres el corazón y alma de nuestro hogar, Isabella.

Me sonrojé de cálido placer. La corta frase se sintió como un bálsamo para mis laceradas emociones y simplemente escucharlo de su voz, era indeciblemente tranquilizador.

—Me encantaría estar ahí contigo. —Le confesé en voz baja, con dolorosa ternura.

—He llamado a tus padres.

Él podría también haber arrojado un balde con agua con hielo sobre mi cabeza.

—Oh.

—Les he dicho que estás bien, que nosotros estamos bien, pero que tú decidiste quedarte un poco más para ayudar a la señorita Webber a pasar el duro momento.

Él hizo una pausa y entonces agregó muy calmado y de forma fría:

—Les mentí.

—Ya lo veo… Gracias.

—Deberías llamarlos también. Hice lo mejor para reasegurarlos, pero no es lo mismo que oírlo de ti directamente. Charlie no compró mi historia ni por un segundo.

Mi voz vaciló.

—Los llamaré.

—Tú siempre podías contar que él era el responsable. No como yo.

Unos pocos segundos de silencio pasaron, podía oír el latido de mi corazón en mis oídos.

Cuando habló de nuevo, su voz bajó unas pocas notas.

—Tu libreta es una interesante lectura.

De nuevo me ruboricé violentamente. Un jadeo separó mis labios y me quedé momentáneamente sin palabras. Él tenía mi libreta. Por supuesto, debe haberla encontrado cuando recuperó mis cosas de la casa de Ángela, y la guardó.

Estaba profundamente avergonzada, ya que, además de las diversas expresiones de mi pena, también contenía la personificación de mi necesidad de él. Mi necesidad física. Mi deseo por él. Fantasías muy gráficas. Descaradas. Sin censura.

—Lo que yo he estado escribiendo ahí… Es muy personal, Edward. No deberías haberlo…

—Entre esposos no debe haber secretos, amor —Me interrumpió un poco severo—. Lo encontré muy útil, ya que me da acceso a tus más íntimos pensamientos. Ahora tengo una comprensión diferente de la astucia de tu mente.

Me quedé en silencio, aún mortificada.

—Seré un mejor esposo, eso puedo prometerlo.

—Ya lo eres.

—Y tengo toda la intención de cumplir tus otras… Necesidades, profundamente arraigadas. Tus fantasías son intensas amor. Pienso que una rápida restitución de mis derechos maritales será requerida o pronto me volveré loco.

Esta vez me ruboricé de placer. Mi pulso se aceleró.

—Edward —respiré.

El captó la pequeña inflexión de mi voz, así que me trajo de nuevo a la Tierra.

—Debes permitirme un par de días más para finalizar las cosas aquí, entonces iré por ti.

—¿Cómo va eso? ¿Has descubierto quién tiene la carta?

—Aún no he terminado, pero tengo algunas sospechas.

—¿Me contarás? ¿Acerca de lo que está pasando?

—Hablaremos de ello en algún momento, cuando todo esté listo.

Yo deseaba tanto volver a casa. Si fuera por mí, ya hubiera tomado el primer avión.

—¿Estás seguro acerca de venir aquí? Quiero decir, yo podría volver con Alice, en caso de que no quieras que viaje sola —Mi suplica sonó con un toque de desesperación—. Ella estará partiendo en la mañana, ¿sabes? Quizás podríamos encontrar….

—Muy seguro, aún hay algunos cabos sueltos que necesitan ser atados. ¿Estarás bien por unos pocos días?

—Sí.

—Un hombre con cerebro nunca debería repetirse a sí mismo, pero no puedo evitarlo, además, debo preguntar: ¿te comportarás?

—Sí.

—¿Tendrás en mente que seré yo y nadie más quien le dará placer a la mujer que amo?

—Sí.

—Tú necesitas oírme diciéndote eso, ¿verdad?

Sabía a qué se estaba refiriendo, pero aún así le pedí que lo dijera.

—¿Qué, Edward?

—Que te amo.

—Sí —Me detuve—. Demasiado.

—Cualquier tonto puede decir las palabas, pero en vez de eso yo prefiero demostrártelas. Estoy ansioso de traerte a casa y que todo vuelva a la normalidad.

—Yo también.

—Bien, entonces, te dejo dormir, sé que es tarde en tu lado del mundo. Y, Bella…

Había una suave sensualidad en la forma en que el formó mi nombre, casi como si estuviera saboreándolo. Yo estaba emocionada de oír la versión cariñosa de mi nombre viniendo de él, después de tanto tiempo.

—¿Sí, Edward?

—Te amo.

Cuando desperté la mañana siguiente, un nuevo texto suyo me esperaba:

"He encontrado tu carta."