Bienvenidos al capítulo número doce de este fanfic.
Primero que nada, quiero auto felicitarme por rendir y aprobar uno de los exámenes más difíciles de la carrera que estoy estudiando en la universidad. Es por esa razón que no tuve tiempo para escribir este capítulo antes, espero que sepan disculparme por las molestias.
Quiero agradecer a todos los lectores que pasan mi historia y comentan, siguen, dan favorito. Gracias de verdad.
No soy dueño de ningún personaje, eso es trabajo de Rowling, Riordan y Clamp
Capítulo 12: Injusticia
Olfateé y un aroma especial llegó a mi nariz, una mezcla de calcetines sucios y baño público que nadie limpia. Un aroma que reconocía de algún lado antes.
Entonces lo oí, un gruñido y las pisadas inseguras de unos pies gigantescos. Giré mi cabeza y vi a Ron señalando al fondo del pasillo, a la izquierda. Algo enorme se movía hacia ellos. Nos ocultamos en las sombras y lo vimos surgir a la luz de la luna. No me había dado cuenta la primera vez lo bella que se veía Artemisa mientras manipulaba su carro.
Volví a enfocarme. Era una visión horrible. Más de tres metros y medio de alto y tenía la piel de color gris piedra, un descomunal cuerpo deforme y una pequeña cabeza pelada. Tenía piernas cortas, gruesas como troncos de árbol, y pies achatados y deformes. El olor que despedía era increíble. Llevaba un gran bastón de madera que arrastraba por el suelo, porque sus brazos eran muy largos.
El monstruo se detuvo en una puerta y miró hacia el interior. Agitó sus largas orejas, tomando decisiones con su minúsculo cerebro, y luego entró lentamente en la habitación.
-La llave está en la cerradura. Podemos encerrarlo allí- susurré inconscientemente.
-Buena idea- respondió Ron con voz agitada.
Nos acercamos hacia la puerta abierta con la boca seca, rezando para que el trol no decidiera salir. De un gran salto, pude empujar la puerta y echarle la llave.
-Sí! – grité con una voz más aguda de lo que recordar.
Animados con la victoria, comenzamos a correr por el pasillo para volver, pero al llegar a la esquina escuchamos algo que hizo que nuestros corazones se detuvieran: un grito agudo y aterrorizado, que procedía del lugar que acabamos de cerrar con llave.
-Oh, no- dijo Ron, tan pálido como el Barón Sanguinario.
-Es el cuarto de baño de las chicas! – bufé exasperado.
-Hermione! - dijimos al unísono.
Era lo último que queríamos hacer; pero qué opción nos quedaba? Volvimos a toda velocidad hasta la puerta y dimos la vuelta a la llave, resoplando de miedo. Empujé la puerta y entramos corriendo.
Hermione estaba agazapada contra la pared opuesta, con aspecto de estar a punto de desmayarse. El personaje deforme avanzaba hacia ella, chocando contra los lavamanos.
Decido que ha sido suficiente por hoy, y separo mi proyección astral de mi cuerpo más joven. No importa cuántas veces me niegue a mí mismo el haber superado aquello. El dolor, aunque lo esconda en lo más profundo, siempre estará ahí. Puedo perdonar, pero nunca lo olvidaré.
-No te odio Mione. Pero tampoco puedo perdonarte tan fácilmente. Adiós- declaró con mi voz quebrándose, sin poder controlarme.
Es hora de que me despierte.
Los últimos meses del año han llegado, el frío haciéndose cargo del calor. La ausencia de hojas en algunos árboles. El sol actuando bastante tímido como para sobreponerse a las nubes. La nieve y la escarcha adornando el paisaje.
El invierno había llegado. Y parece que Deméter estaba triste de nuevo porque su hija había tenido que irse de nuevo con su marido al Inframundo.
Abro lentamente los ojos, tratando de que algunas lágrimas no se derramen de mis ojos.
-Era un sueño…- digo en un susurro para mí mismo.
-Qué te pasa, Harry? – veo una cabeza de blonda cabellera me pregunta con una cara preocupada mientras salía de mi costado derecho, sorprendiéndome.
-Te encuentras bien, 'Arry? – un suave acento francés me dice alarmada desde mi costado izquierdo, sorprendiéndome nuevamente.
-Nada…solo era un sueño- respondo con un tono bajo, como si de un secreto se tratase.
-Una pesadilla? – me pregunta la voz de la derecha, poniendo su suave y cálida mano en mi pecho descubierto.
-Uno de esos de los que te gustaría que solo fuese eso, un sueño- alego con una voz monótona.
-Hay algo que podamos hacer? – la voz francesa me cuestiona posicionando su propia mano aterciopelada en mi pecho.
Una sonrisa alegre se dibuja en mi cara, alzándome de mi lugar y tomándolas en mis brazos, les digo.
-Con que estén aquí conmigo es suficiente- respondo.
Me acerco a la cara de la chica a mi derecha y deposito suavemente un beso en sus labios. Y repito el mismo procedimiento con la muchacha a mi izquierda.
-Te lo dije Fleur! Él me besaría a mí primera, cuando se despertase! – la voz a mi derecha exclamar en una mezcla de felicidad y burla.
- 'Arry! Tendría que haber sido yo la primera a quien veces! Ahora Daphne se burlará de mí todo el día! – escucho a la mujer de mi izquierda recriminarme juguetonamente.
Las veía un tanto borrosas ante la ausencia de mis gafas, pero podía prevenir que empezarían a empujarse sobre mí a modo de diversión.
-No se peleen por mí… Daffy, Fleur- digo mientras las abrazo fuertemente contra mi pecho, evitando dejar escapar el calor confortable.
-Buenos días mi muchacho de oro- me dice la rubia más joven dándome un beso en la mejilla.
-Buenos días mon amour- en un ronroneo me saluda la francesa depositando un beso en la otra mejilla.
-Buenos días mis hermosas señoritas. Debo decir que estoy un tanto sorprendido de despertarme con una vista tan bella. Pero no falta alguien aquí? – les pregunto mientras alcanzo mis anteojos que se hallan sobre una mesa al costado de mi cama.
-Narcissa se encuentra en la cocina platicando con tus dos nuevas inquilinas. Por cierto, quiénes son ellas? – me preguntó Daphne mientras me daba una mirada que pedía una respuesta urgente o iba a lastimar a alguien.
-Recuerdan cuándo les conté sobre lo que había descubierto durante mi encuentro en Gringotts? Bueno, ellas son legados del sol, y la más joven es además hija del mar- les explico, calmando un poco sus pensamientos.
-Así qué serían tus primas y a la vez, una de ellas tu media hermana? – me preguntó Fleur con un lindo semblante curioso en su cara.
-No en ninguna de las dos opciones. Debido al hecho de que nunca fui concebido por la presencia física de ninguno de ellos. Tan solo juntaron sus formas astrales en un envase mortal, los que vendrían a ser James y Lily Potter. Así que no, ellas no tienen ninguna relación conmigo más que la de ser clientes de mi tienda- les explico diligentemente.
-Tan solo clientes 'Arry? – me preguntó seriamente la francesa mirándome fijamente.
-Emmm…puede que sienta algo por ellas como lo que siento por ustedes- digo en un murmullo.
-A qué te refieres con que lo que sientes por ellas, es lo mismo que por nosotras? – Daphne me daba una mirada acerada mientras me cuestionaba.
-Yo…yo me refiero a que las quiero. A que no quiero verlas tristes, ni verlas llorar a menos que sean lágrimas de alegría. No puedo elegir a solo una de ustedes, porque lastimaría a las demás. Las amo, las quiero hacer felices, que rían, que disfruten de la vida- me confieso finalmente lo que tenía guardado durante tanto tiempo.
Ellas no me dicen nada, el silencio abruma la habitación. Mi temor más grande se estaba haciendo realidad. Cuando era más joven, de los Dursley había aprendido dos grandes lecciones. La primera era que nunca debía demostrar mis conocimientos en la escuela, o las palizas vendrían rápidamente. La segunda lección era que nunca debía amar, pues tan solo lo perdería con el tiempo.
Aunque lo quiera negar, ese temor siempre estuvo presente en mi vida, latente, silencioso, esperando siempre el momento justo.
Había perdido a mis padres, a Sirius, a Remus y a Tonks de esa manera. Incluso había perdido a Granger por motivos distintos.
Pero ahora tenía miedo a volver a estar solo. Al principio me había encontrado con las dos hermosas cazadoras. Luego llegaron las tres bellas rubias. Y finalmente en el campamento había conocido a las legado de Apolo, la hija de Atenea, la hija de Ares, la diosa del hogar y a la muchacha que iba a renacer. Y sabía perfectamente que otras más vendrían con el tiempo. No es que lo haga a propósito, pero es que mi propia esencia se complementa con ellas.
Quería proteger a cada uno de ellas, reemplazar el dolor de sus corazones con felicidad. Verlas sonreír.
Parece que mi cara me había traicionado, porque de repente me vi envuelto en un férreo abrazo de Fleur y Daphne. Las cuales estaban sollozando en mi pecho. Sin saber realmente que hacer, les devolví el afecto.
-En serio dices todo eso? – oigo entre el llanto decir a mi reina de hielo.
-En verdad nos amas a todas? – le complementa mi flor del corazón.
-…Sí, las amo a todas por igual. Por favor, perdónenme- les respondo suavemente con los ojos cerrados, tratando de evitar ver sus caras de repulsión ante mi confesión.
-Por qué cierras los ojos 'Arry? Tan fea soy para ti? – Fleur me preguntó con dolor en su voz, lo cual me hirió al pensar eso de mí.
-No es así! No eres fea, eres muy bella Fleur…es solo que no quiero ver cómo me odias- le digo finalmente, solo para ser sorprendido con un ferviente beso en la boca.
Luego de lo que parecía una eternidad, nos separamos por la falta de aire. Dándome solo tiempo suficiente para recobrar un poco de oxígeno pues Daphne reemplazó rápidamente el lugar de Fleur en mi boca.
-No te odiamos Harry. Nunca más pienses eso de nosotras. Tanto Narcissa como Fleur, te aman de la misma manera que lo hago. Si una mujer te odia, es porque realmente no te merece. Eres una persona excepcional, eres la persona más amorosa que puede haber- me dijo Daphne una vez que nos separamos y nuestras frentes quedaron pegadas, mirándonos a los ojos.
Por primera vez en mucho tiempo pude estar realmente feliz. Una felicidad que me fue negada. Una que finalmente me está siendo pagada.
-Pero no les molesta que sean muchas mujeres por las cuales sienta cariño? – les pregunto honestamente, solo para verlas reírse de mí, lo que me confunde aún más.
-No seas tonto 'Arry. Es que acaso no recuerdas que eres heredero de muchas familias? – me contestó mi bella compañera.
Ante su sentencia, me alejo unos pasos de ellas. Solo para tener un poco de espacio y poder chocar la palma de mi mano contra mi cara. Había sido un idiota y me había olvidado de ese pequeño detalle. Me había preocupado demasiado en vano. Después de unos minutos de auto insultarme mentalmente, fui traído a la realidad por las risitas de las dos rubias. A las cuales me decidí vengar mediante cosquillas en sus estómagos, haciendo que me rueguen para que parara con la tortura.
-Venga, vamos a ver a las demás chicas- les digo tomándolas de las manos y llevándolas a la cocina.
Caminando lentamente hasta la cocina, escucho una charla y unas risas. Con un poco de curiosidad por saber que estaban hablando, me doy vuelta y hago una seña llevándome un dedo a los labios, como diciendo que hagan silencio. Acercándonos sin hacer ruido, llegamos hasta el umbral de donde se hallaban las dos pelinegras y Narcissa dialogando.
-…entonces cuando me di vuelta para escuchar la "importante" charla que nos quería dar el ministro a mí y al bastardo de mi exmarido, lo vi ahí parado. Con su cuerpo pequeño y flaco, su pelo todo despeinado como si hubiesen anidado una bandada de cuervos ahí, su piel blanca y sus hermosos ojos verdes como esmeraldas. Me estaba mirando fijamente, y yo también hacía lo mismo, pero le dejé una primera mala impresión pues estaba frunciendo la nariz por la presencia de mi antigua pareja, y él la malinterpretó. Quise disculparme con ese hermoso niño, pero si lo hacía lo más seguro es que tendría problemas luego. Tendrían que haberlo visto en ese momento, era tan lindo! Tan pequeño, pero tan valiente incluso a esa edad! Me daban ganas de abrazarlo y nunca soltarlo! – escucho decir a Cissa, mientras trato de reprimir un rubor, cosa que hago ineficazmente por las risitas que generaban las dos rubias a mi lado.
Decido hacer acto de presencia, sorprendiendo a Cissa, la cual casi derrama su té por el susto. Antes de que nadie pudiese decir palabra alguna, me veo envuelto en un abrazo, en el cual me sonrojo levemente tras la presión que ejercen los pechos de Narcissa contra mí.
-Era tan lindo? Acaso insinúas que me he vuelto feo? – le pregunto juguetonamente al oído, pero lo suficientemente alto para que todas me escuchen.
-Qu-qu-qué!? No! No me refería de esa manera! – chilló fuertemente, mientras abría enormemente los ojos.
-Lo sé Cissa, tan solo estaba jugando contigo- le aclaro con una sonrisa en mi cara, haciéndola ruborizarse, a lo que le doy un beso en sus labios.
Al separarnos, soy respondido con unos golpes en mi brazo por mi broma. Lo que me hace sonreír aún más. Me volteo y diviso a las dos pelinegras que se hallaban sentaban, mirándome con los ojos abiertos cómicamente.
Me acerco lentamente a ellas, como si tratase de que no se asusten. Sally me mira fijamente, y abre su boca intentando decir algo, pero solo un balbuceo incoherente es lo único que sale de ella. Estiro mi mano a la cara de la mujer adulta y acaricio su mejilla izquierda con mis dedos, sintiendo el satisfactorio calor que emana su tersa cara. Me adelanto unos centímetros y cuando estoy a solo unas pulgadas de su cara, deposito suavemente un beso casto en sus labios, lento y duradero, haciéndole saber que la quiero mucho. Que me he dado cuenta de sus sentimientos que han estado aflorando desde el primer día que ingresé al local de dulces que ella atiende. Y que ahora mismo estoy correspondiendo.
Me alejo de Sally luego de unos segundos que parecieron eternos para nosotros. Un rastro de lágrimas amenaza con correr de sus hermosos ojos azules, a lo que respondo rápidamente con un abrazo, atrayéndola a mi pecho. Al principio ella no reaccionaba y empezaba a preocuparme, pero fue un pensamiento erróneo, ya que al instante me devolvió la señal de afecto y pasó sus brazos por detrás de mí cuello, posicionando su cabeza en el hueco de mi cuello, provocándome un pequeño escalofrío estimulante.
-Buenos días Sally. Estás muy hermosa el día de hoy, lo sabías? – le digo susurrando al oído, haciendo que se estremezca por el calor de mi aliento chocando en su oreja.
-Buenos días Antares…o debería decir Harry? – me responde ella, sacando su cabeza de donde estaba y mirándome burlonamente.
-Déjame saludar a Perse y luego explicaré todo a ustedes- comento, a lo que ella me asiente y me libera de su abrazo, regalándome una sonrisa brillante.
Me giro a ver a la princesa del mar, con su pelo negro alborotado, y sus radiantes ojos verde mar. Me estaba mirando sin decir palabra alguna, pero sus ojos me confesaban sus pensamientos. La amargura, la vergüenza, la envidia, los celos. Eran varios de sus pensamientos que corrían por sum mente. Yo quería gritar en ese momento, hacerle saber que no debería sentirse así. Que la quería mucho, que me moría de ganas de abrazarla y dejarme llevar por su embriagador aroma a mar.
Adelanto unos pasos en su dirección y veo como agacha la cabeza, queriendo evitar que localice sus ojos. Sin que ella se dé cuenta, la tomo de su brazo, alzándola súbitamente. La sorpresa dibujada en su cara ante la situación que se había producido en un mero segundo.
Nuestras posiciones habían cambiado, ahora yo estaba sentado en la silla y ella estaba parada. Sin darle tiempo a pensar, la atraigo hacia mí, y la hago sentarse en mi regazo, teniendo nuestras caras a milímetros de distancia, con nuestras narices prácticamente rozando. Ahora tenía que confirmar algo con ella.
-Perse…hay algo que quiero preguntarte seriamente- le digo con un tono neutro, tratando de ocultar mi propio nerviosismo.
-S-s-si? Qué quieres saber? – me preguntó con su cara roja por la posición en la cual nos hallábamos.
-Qué es lo que realmente sientes por mí? Quiero que me lo digas con tus propias palabras. Y no intentes mentirme, ya que no te saldrá por ser legado de Apolo- le aclaro, sabiendo que iba a tratar de engañarme, y por ende a ella misma.
-Yo…yo…yo te quiero demasiado. No solo por tu aspecto físico, si no por cómo eres. Hay como un aura que me atrae a ti y me mantiene en paz. Contigo puedo relajarme y no sentirme rara- me confiesa con una voz suave, tratando de ocultar su cara tras sus manos.
Al corroborar finalmente mis sospechas, alargo mis manos hacia las de ella, y las retiro de su cara. Dejándome apreciar la magnificencia de su rostro. Acercándome despacio a sus labios, hasta alcanzarlos y tocarlos con los míos, sintiendo la sedosidad de ellos.
Veo sus ojos abrirse, para luego cerrarse y disfrutar de la sensación. A pesar de haber estado menos de un minuto de esa manera, nos separamos, solo para oír un gemido de frustración por parte de la ojiverde, lo que me hizo reír por lo bajo.
-Contigo también me siento en paz Perséfone. Con cada una de ustedes mi propia esencia se complementa- digo lo suficientemente alto para que todas ellas me escuchen y luego me sonrían.
Luego de haber preparado una nueva ración de té para todos, me siento en la mesa y miro detenidamente las caras de cada una de las féminas que se hallan delante de mí.
Una sensación de armonía y felicidad brota en mi interior, al saber que ellas me aceptan y que yo puedo darles el amor que tanto merecen. Que la razón de haber pasado por tantas tristezas está siendo compensada. Tanto para ellas, como para las que vendrán con el tiempo.
Gastando alrededor de dos horas sentados y explicándoles una versión resumida de mi vida en Hogwarts, dejando de lado mi estadía en los Dursley. Les di a Perse y a Sally unos collares encantados con un hechizo para evitar que ciertas divinidades entrometidas hurguen en sus cabezas sin que ellas lo sepan.
-Y quién podría leernos la mente? – me preguntó curiosa Perséfone, la cual estaba jugando entre sus dedos con la pequeña joya que tenía su collar.
-Un ejemplo claro sería Dionisio. Él intento inmiscuirse en mi mente, excepto por el hecho de que le salió el tiro por la culata- le respondo mientras inconscientemente corro unos mechones de su cabeza por detrás de su oreja derecha.
-Cómo es qué falló? Si no mal recuerdo es el dios de la locura, por lo que no le sería difícil entrar en las mentes de los demás- comentó Sally, la cual también estaba admirando el objeto mágico que le di.
-Yo tengo algo que se denomina escudos mentales naturales. Nadie puede sondearme sin que me entere. Y mucho menos nadie puede joder con mi cabeza, pues la pasará mal. Los collares que les he dado a cada una de ustedes cumple una función similar- les digo tranquilamente haciendo que abran sus ojos y sonrían en agradecimiento.
Disfrutando varios minutos más escuchando historias de las rubias, las cuales intentaban avergonzarme con datos sobre mi vida de joven, sentí una perturbación interrumpir la barrera que rodea la tienda.
Poniéndome de pie lentamente, me alejo hacia la entrada de la casa, para recibir a mi nuevo invitado. Las muchachas al ver mi accionar me cuestionaron rápidamente.
-Qué sucede Harry? –me preguntó repentinamente Cissa.
-Un cliente ha llegado a mi tienda- le digo apaciblemente, continuando mi camino a la entrada.
La mujer delante de mí tiene una melena de exuberante pelo negro, ojos color café, y la piel anormalmente pálida que se asemejaba al color de la nieve. Llevaba un vestido blanco, y tenía una corona de plata encima de su cabello. Era tan hermosa a pesar de la tristeza que revelaban sus tenues expresiones faciales, de la misma manera que Daphne era años atrás. Sin embargo, a diferencia de su padre y hermanos, ella no tiene alas.
-Bienvenida diosa de la nieve, el hecho de que hallas llegado aquí, indica que tienes un deseo que quieres que sea cumplido- digo tranquilamente con una sonrisa, haciendo que ella me mire curiosamente.
-He oído de algunas diosas de una persona que le cumple los deseos a alguien a cambio de algo. Ese eres tú? –dijo sin presentarse, con una mueca estoica en su cara.
-Me llevo algo importante a cambio de conceder un deseo. Así es esta tienda- contesto mientras la guio a una mesa que se hallaba bajo un techo, mientras veíamos a la nieve caer y complementar el paisaje del día.
-Y no importa que deseo sea el que quiera? Tú podrás cumplirlo? O me estás mintiendo? – me preguntó repetidamente, pues podía ver en sus ojos las veces que había sido engañada por la gente.
-Las mentiras se dicen cuando se tiene algún motivo. No es algo que la persona pueda detener. Pero en tu caso, sí, puedo hacerlo realidad. Claro, si estás dispuesta a pagarme lo que yo te pida…-le digo sonriéndole misteriosamente, para verla tragar saliva ante lo sucedido.
-Y qué es lo que pedirás? – finalmente hizo la pregunta más importante del día.
-Bueno…verás…- empiezo a decir.
Cajas apiladas unas sobre otras, rastros de polvo en el suelo, alguna que otra telaraña en ellas. La nieve sigue cayendo lentamente en el patio de mi casa. La suave sinfonía de la naturaleza contrastando con los gritos de mi querida visitante que en este momento viste un delantal y un pañuelo en su cabeza para evitar que se ensucie.
Trato de no reírme desde mi lugar, una silla, disfrutando un poco de alcohol. Viendo los movimientos erráticos y disparatados de la fría muchacha. Veo como a cada minuto que pasa, su fachada va desmoronándose sin que se dé cuenta de ello. Ella cree que estoy haciendo por el simple hecho de molestarla, pero es parte de mi propósito. Para que se dé cuenta de que no siempre debe estar con la guardia alta.
-Limpio y limpio…y no termino! Si no pongo algo de orden en este lugar, tendré malos recuerdos. OYE! ESTÁS ESCUCHANDO, BASTARDO BURLÓN! – oigo a la diosa quejándose frente a mí, con una escoba en su mano…una imagen, un tanto, pintoresco.
-No tengo ningún problema con ello- respondo tranquilamente, bebiendo otro trago de mi bebida.
-Yo tampoco- Mokona, que está a mi lado, responde mientras se sirve una copa y me acompaña.
-No hay problema! – exclamo felizmente, levantando mi copa.
-No hay problema! – repite mi amigo, el pequeño bollo negro.
-Qué creen que están haciendo? Es medio día! – la pálida mujer nos recrimina al vernos beber tan temprano.
-Qué dices? Cuando salga la luna tendré mi bebida para verla. Cuando cae la nieve, debo tener mi bebida para verla… No te lo había dicho? – le pregunto con una mirada inocente.
-Sí, sí. Dijiste que todos los días puedes…- dijo resignada, recordando mi advertencia previa a comenzar la limpieza.
Mientras golpetea un plumero en las numerosas cajas viejas que se encuentras ordenadas en medio de un vestíbulo, la escucho regañar mis costumbres.
-Rayos! Solo inventa excusas para beber- se queja mientras la veo que desempolva una caja de color caoba.
Los repetitivos golpes a la caja, tratando de sacar la tierra que tenía encima, terminó provocando que se balancee furiosamente de un lado al otro, cayéndose de donde estaba. Más rápida que la velocidad con la que se estaba cayendo el pequeño baúl, la diosa logró atraparlo en el aire, tomando una pose demasiado graciosa para mí.
-Black! Acabo de encontrar esto…- dijo apareciendo nuevamente delante de mí, acarreando el baúl entre sus delicados brazos.
-Ahora que lo mencionas, podríamos hacer eso mejor- digo con un tono juguetón a Mokona mientras miro la caja en posesión de la hermosa dama pálida.
-Sí, podríamos- me responde el bollo negro.
-Me trae tantos recuerdos…- digo mientras muevo mi cabeza de un lado al otro, haciendo memoria.
-Recuerdos de hace tanto tiempo…- replica Mokona, mientras veo por el rabillo del ojo como la diosa de la nieve empieza a perder su paciencia.
-Dejen de andar divagando! Voy a abrirla. Si no tiene algo útil, voy a tirarla- dice, forcejeando con la caja, tratando de averiguar su interior.
-Está bien, supongo…- comento tranquilamente, viendo como ella se sienta en el piso, esforzándose por abrir el condenado baúl.
-Eh? - pregunto extrañada al no poder abrirla.
-No hay caso. A menos que las condiciones sean las adecuadas, no puedes abrirla- declaro traviesamente.
-Condiciones? - cuestionó mientras me miraba con un semblante de confusión.
Mirando detenidamente mi copa ahora vacía, me debato en mis próximas palabras. Divisando de reojo a la bella mujer a mi lado, que, aunque su cara tenga vestigios de tristeza y rencor, no deja de ser una persona que desea compañía. Alguien que no la juzgue, y la acepta por como es. Con sus defectos y perfecciones.
-Pensé en algo divertido. Veme en el parque a unas calles de aquí, cuando hayas terminado tu tarea- digo suavemente, levantándome de mi silla y dirigiéndome al interior de la tienda para cambiarme de ropa.
Escucho a lo lejos los pasos rápidos de la diosa de la nieve. Caminando aprisa mientras masculla maldiciones, haciéndome reír por lo bajo.
-Tengo un mal presentimiento al respecto. Eh? El bollo negro? - comentó la dama vestida de blanco al ver a mi amigo esperándola en la entrada al parque, vistiendo un gracioso gorro navideño.
-Hola, Khione. Khione es la diosa griega de la nieve, hija de Bóreas, el dios del viento del norte y del invierno, y hermana de Zethes y Calais. Le gusta convertir a la gente en esculturas de hielo- dijo Mokona, como si de una presentación se tratase.
-Por qué estás diciendo eso? Y por qué lo dices como si me estuviesen presentando en un programa televisivo! – se quejó sonoramente la diosa.
-Gritas mucho…- mi amiguito proclamó orgullosamente, cruzándose de brazos.
-Arrogante bola de pelos! – la veía gruñir infantilmente.
Antes de que pudiese seguir su perorata, observó cómo Sally, Perse, Cissa, Fleur y Daphne venían en nuestra dirección. Todas lo suficientemente abrigadas como para contrarrestar el clima frío que había el día de hoy.
-Eh? Quiénes son ustedes? – preguntó repentinamente, mirándolas detenidamente.
-Somos las…cómo diríamos…las compañeras de Antares. Soy Sally, mucho gusto- se presentó la bella pelinegra, mientras que las demás siguieron su ejemplo, dándose a conocer a la diosa.
-Parece que todas vinieron- digo, apareciendo en la cima de unas rocas amontonadas, vistiendo un saco que tenía varias similitudes al traje de Santa Claus.
-Black! Me dejaste limpiando ese mugrerío! Qué se supone que hacemos en el parque?! – empezó a despotricarme una vez más la doncella.
-Es una buena pregunta…Frosty. La respuesta. Combate de bolas de nieve! – declaro ruidosamente, solo para ser recibido por un silencio abismal, al menos hasta que Mokona vino presurosamente a mi lado y chocamos las manos en felicidad.
-Ah? No quiero. Combate de bolas de nieve a esta edad? – replicó Khione.
-Eres una aguafiestas Frosty. No importa que tan vieja seas! Además, hay formas de divertirse precisamente porque somos adultos- digo alzando mi barbilla y mirándola lúdicamente de reojo esperando pacientemente su reacción.
-Es-esto es algún tipo de "juego de adultos"? – me pregunta con acentuado rubor en sus pálidas y lindas mejillas.
-No, nada de eso- respondo sonriente, viendo como cae al piso por la impresión.
-Como sea, no cuentes conmigo! Por qué no juegas tu solo? Bueno, tú y tu mascota esa- habló mientras se giraba y empezaba a irse.
-No soy una mascota! Soy Mokona! – mi amigo gritaba furiosamente, saltando de un lado al otro.
-No te escucho. Me voy a casa- dijo y empezó a caminar.
-Genial! Suena divertido! – exclamó Perse, con una brillante sonrisa y sus ojos chispeantes de emoción.
-NO ME DIGAN QUE EN VERDAD VAN A HACERLO! – chilló, solo para recibir de respuesta las manos alzadas de todas las chicas, mostrando sus guantes de lana.
-Claro que sí! Incluso traje el premio para el ganador- digo misteriosamente, mientras saco de atrás mío el baúl de color caoba.
-Eso es…- Khione dijo dubitativamente.
-Una auténtica caja de Pandora, contiene cualquier cosa que desees…- respondo, exhibiendo la caja.
-Cualquier cosa? Cualquier cosa?! – gritó asombrada, rompiendo de una vez por todas su semblante gélido, haciéndome sonreír de satisfacción por dentro.
-Aunque solo puede ser abierta por el ganador del combate…- le digo perezosamente.
-Ésa es la condición? Es por eso que no podía abrirla…Perfecto. Cuando gane obtendré algo que callará a Black para bien…- la podía oír murmurar sus planes "malvados".
-Vamos, hagan un muñeco de nieve de la forma que quieran- digo distraídamente, deslizándome sobre un trozo de hielo que se había formado delante de las chicas.
-Muñeco de nieve? No era un combate de bolas de nieve? – preguntó confusa Khione, mientras las demás asentían con la cabeza.
-Basta de plática y a trabajar. Lo explicaré luego- comento, finalizando con una sonrisa un tanto torcida.
-Su infantil forma de actuar no va con su sonrisa retorcida…- dijo, con una ceja temblando de manera chistosa.
Luego de lo que parecieron interminables horas de manipulación con la nieve, todos habían finalizado sus obras de arte.
-Muy bien. Es perfecto- Khione dijo, mientras se sacaba de la frente un sudor imaginario.
-Eso no es un muñeco de nieve. Es un conejo- le dijo Daphne, acercándose a ella y viendo lo que había creado.
-Algún problema con ello? Qué hay de aquella cosa? Eso tampoco es un muñeco de nieve! – gritaba furiosa, indicando el curioso "muñeco" que Daphne había construido con un tarro de metal como cuerpo principal.
Moviéndome detenidamente, observando las construcciones de cada chica. Vi lo que había creado Perséfone.
-Un clione, verdad? Ya veo, eres muy buena esculpiendo- digo, admirando al pequeño ángel de mar.
-Qué es un clione? –
-Ah, olvídalo- respondo, pensando que seguro se debía a que era un legado de Apolo.
-Antares, si quieres alabar algo, échale un vistazo a nuestra creación- me dijo Cissa, que, acompañada a Sally, habían hecho unos muñecos que simulaban a dos seres mitológicos de Asia.
-Se ven tan reales…- escuché que dijo Daphne a mis espaldas.
-Un Pegaso! Es realmente lindo! Buen trabajo Fleur! – comento haciéndola sonrojar, viendo al muñeco que era más alto que ella, con sus alas extendidas.
-Gracias. Estoy muy contenta de que te guste- me respondió la francesa, tratando de disimular su rubor detrás de sus manos enguantadas.
-Umh! En verdad, Mokona es el mejor de todos! – oigo a Mokona aclarándose la garganta, tratando de llamar la atención, de pie con los brazos cruzados y mirando con un aire satisfecho.
-Mierda! – Khione gritó al ver el gigantesco modelo de nieve con forma de Mokona.
-Ta-Da! Lo llamo…El Mokona Blanco! – exclamó feliz la bola de pelos.
-Cómo es que incluso hiciste eso?! – la diosa de la nieve preguntó con incredulidad, mirando el detalle y la exactitud con la que se había creado tal monstruosidad.
-Oigan! Están todos listos? Ha llegado el momento para iniciar el combate de bolas de nieve! Las reglas son un tanto complicadas, así que escuchen bien. Los muñecos se arrojarán bolas de nieve hasta que solo quede uno. Ahí lo tienen- finalizo mi explicación con cara de palo, viendo las caras de incredulidad de las mujeres delante de mí.
-Eso es todo? Un momento. Cómo se van a aventar bolas de nieve los muñecos? – una curiosa Khione me preguntaba, sin darse cuenta que había animado con mi magia a cada creación.
Como la diosa me hablaba, el muñeco de Daphne se había acercado al conejito de nieve de Khione y recogió un puñado de nieve, haciendo una pausa por un momento para juzgar la trayectoria antes de golpear al conejo con un impacto a alta velocidad del líquido congelado, que es solo una manera elegante de decir que el conejito fue pulverizado.
-AHHHHHHH! – gritó Khione cuando vio que su creación desapareció bajo una pila de nieve, golpeando sus manos sobre la cabeza con horror.
-Así es como se juega…- declaró Daphne, poniendo una mano en su barbilla, tomando una pose pensativa.
-Esa fue una salida en falso! – chillo la dama pálida, mientras zamarreaba a Daphne por su ropa.
-Perdiste antes de empezar! – burlonamente exclamó Mokona, señalando a donde había estado el conejito.
-Olvida el juego y dime cómo demonios puede moverse un muñeco de nieve por sí mismo! – ella gritó, lanzando sus manos al aire y girándose hacia mí.
-Hay un montón de maneras técnicas de explicarlo, pero todas son un dolor, por lo que olvidarse de ellas. Solo pensar en ello como un momento mágico que sucedió en una tarde de nieve! – declaré juntando mis manos y haciendo brillar cómicamente mis ojos, para diversión de las demás.
-Vamos! El despegue del Mokona Blanco! PILDER…ON! – gritó la bola de pelos negra.
-Espera…creo que he visto ese espectáculo- comentó Sally, sacándome una sonrisa por lo que dijo.
-Ah? Qué significa eso? Bueno, como ya perdí, me voy…Hagan su mayor esfuerzo- Khione empezó a irse, empujando sus manos en los bolsillos de su vestido blanco.
-Hm hm! – Mokona se rio entre dientes, moviendo dos de las tres palancas de mando que tenía en la cabeza el Mokona Blanco.
El Mokona gigante saltó a la vida, levantando sus brazos al aire y rugiendo como si fuese Godzilla, antes de empezar a acechar a Khione. Mokona rio desde la cabina del piloto, ya que ambos de acercaban a la diosa. Khione caminaba hacia donde habían estado los restos de su conejito y vio el monstruo blanco que venía hacia ella.
-Oye. Qué? Espera un minuto…Espera! Mi conejo ya perdió!- la chica observó el monstruo pisar la nieve en su dirección y no se detenía.
-Ahora las piezas han cambiado! – chilló riendo Mokona.
-Mira quién habla! Ahhhhh! – la diosa se detuvo a gritarle, solo para saltar rápidamente de sonde estaba para esquivar el golpe que la oreja de Mokona Blanca le precipitó para aplastarla.
Ella gritó, cayendo de bruces en la nieve, la falda de su vestido volteándose hacia arriba, revelando sus bragas de la elección del día, la cual sorprendentemente tenía pequeños conejitos celestes en ellos. Sin que nadie se dé cuenta, saqué una cámara y tomé una foto, con el fin de usarla como chantaje en algún futuro necesario.
Sin darse cuenta de lo que había hecho, Khione se levantó de un salto y corrió a través de la nieve, saltando fuera del camino cuando las orejas del Mokona Blanco se balanceaban de un lado al otro, tratando de golpearla como un insecto. Nieve voló en el aire con cada impacto y la diosa casi quedó atrapada varias veces, solo sus reflejos divinos la salvaron por los pelos.
-Alguien detenga esa cosa antes de que me mate! – ella gritó, corriendo tan rápido como pudo.
Mokona rio maliciosamente, apretando las palancas del muñeco con tanta fuerza que se rompieron. Bajó la mirada hacia los controles rotos en sus manitas y se encogió de hombros.
-Bueno, es simple nieve! – exclamó el bollo antes de gritar desaforadamente cuando la criatura de nieve estaba cayendo, aun tratando de aplastar a la diosa.
Khione terminó corriendo bajo un tobogán en un desesperado intento de escapar. Ella gritó más fuerte como el muñeco de nieve estaba pisando a sus espaldas, tratando de pasar por encima del tobogán y fallando miserablemente. Las piernas del descomunal muñeco no pudieron saltar la rampa y se derrumbó su mitad inferior, mientras que la superior cayó sobre la hermosa mujer. Pude escuchar como ella gritaba cuando una montaña de nieve caía sobre ella, enterrando la mayor parte de su cuerpo, salvo la cabeza.
-Estoy salvada- proclamó airosa la doncella de las nieves.
-Ha! Salvada por sus pequeños pies rechonchos- declaró Mokona, la cual había aparecido a su lado.
-Estas orgulloso o qué? Fue modelado por ti! – le reclamó Khione.
-No, no fue así- dijo con un tono burlón el bollo.
-Cómo es eso? – preguntó inmediatamente.
-Eso fue el Mokona Blanco. Yo soy el Mokona Negro- contestó tranquilamente, señalando lo obvio.
-Lo único distinto es el color! – le gritó la bella mujer divina.
-Oye…ya perdimos- se escuchó de Daphne a unos metros atrás, señalando una pila de nieve que solía ser la monstruosidad de Mokona, que estaba aplastando los restos de los demás muñecos, pues se podía divisar al tanque de aceite tirado en el suelo, las alas del Pegaso de Fleur, el ángel de mar de Perse, y los dioses asiáticos de Cissa y Sally.
-Cómo se siente! Ése es su castigo! Saboréenlo! – sonrió lujosamente la diosa.
-Hey! Algo se está moviendo! – exclamó Fleur, apuntando a la enorme pila de nieve.
Todos movimos nuestras cabezas, viendo como una pequeña cantidad de nieve comenzó a moverse y sacudirse, hasta que el conejito de Khione estalló de donde el cuerpo del muñeco de Daphne había caído. La diosa gritó de alegría. Ella había ganado el juego!
-Debe de haber cavado un agujero para esconderse…que cobarde- dijo con cara de palo Daphne, haciéndome reír.
-Qué fue eso?! Usted no tiene lugar para hablar tramposa! – gritó Khione mientras corría al lado de su creación y la tomaba en sus brazos, haciéndole mimos por haber sido muy astuto.
-Lo entendemos. Tú ganaste. Ven, sígueme- dije con una sonrisa suave, indicándole el lugar donde estaba la caja con su tesoro, mientras que todas las demás se situaron en torno a ella, a la espera de lo que sucedería.
-Puedo tener lo que quiera…Qué podrá ser? Tal vez eso…O eso…- empezaba a murmurar por lo bajo la diosa con una sonrisa infantil en su cara.
-Eso me recuerda, Khione…Qué hay para cenar? – dije justo cuando la chica abrió la caja.
-Eh? – ella pronunció, mientras un puf amarillo salió del baúl, revelando una olla tapada, ocho copas y dos botellas de vino.
Khione contempló con horror el giro de los acontecimientos. Yo tenía una sonrisa diabólica, por actuar tan presumidamente desde el momento que llegó a la tienda.
-Bueno…al parecer, ya que estábamos hablando de la cena, eso es lo que debes de haber estado pensando cuando abriste la caja de los deseos- digo tranquilamente, viendo la espalda de la diosa delante de mí.
-Qu-qu-qué?! – Khione gritó, poniéndose de pie y mirándome a los ojos furiosamente.
-Creo que sería bueno si tuviésemos una fiesta esta noche, disfrutando ese sabroso estofado, no? – comento, chasqueando los dedos, haciendo aparecer de la nada un iglú bastante grande, con una mesa y sillas en el interior, haciendo que las demás muchachas vayan ingresando y sirviendo en los platos, dejándome afuera con la diosa que me miraba con los ojos llorosos.
-Por qué? Me hiciste pasar por todo eso, solo para burlarte de mí? – me preguntaba con lágrimas cayendo suavemente de sus hermosos ojos, a lo cual me acerqué despacio a ella y la abracé.
Su cabeza se hundía en mi pecho, las lágrimas mojaban mi saco, su sollozo se amortiguaba en mi abrigo. Yo pasaba suavemente mi mano por su espalda, acariciándola, tranquilizándola. Mientras que susurraba al oído que no era lo que ella pensaba.
-Khione, mírame. Cuándo entraste a mi tienda, supe desde un principio cual era tu deseo. Puedes hacerme el favor de decírmelo en voz alta? – le susurro, juntando nuestras frentes, mirándonos a los ojos, tratándole de pasar toda la armonía posible.
-Yo…yo…yo ya no quiero ser más rechazada. Odio estar sola, que todas las personas me juzguen por lo que oyen de mí. Quiero alguien a mi lado que me entienda, me escuche, me acepte- entre sollozos masculló.
-Y dime…durante toda esta tarde, te sentiste rechazada? Estuviste sola? Alguien te juzgó? – le pregunté, borrando sus lágrimas con mis dedos, lágrimas heladas como el hielo.
La única respuesta que recibí de ella, fue una negación con la cabeza. Dándose cuenta que nadie la había tratado mal, como siempre le pasaba.
-Resistes el dolor. Soportas la soledad. Estás acostumbrada a ser herida. Lentamente... te deterioras hasta no ser nada. Tu espíritu es liberado a una existencia atemporal... cuando revelas tus alas de un blanco puro. Como un ángel que se convierte en demonio- digo en un susurro, recordando parte de mi vida juvenil.
-Yo he encontrado gente que no me ha rechazado por primera vez en mucho tiempo. Gente a quien no le interesa lo que se dice de mí- declaró la hermosa mujer en mis brazos, con una bonita sonrisa en su cara, por primera vez en este día.
-Ten…con este espejo, al decir mi nombre, podrás contactarme sin importar la hora que sea. Nunca se romperá y nunca lo perderás, pues siempre volverá a ti. Con el podrás hablar conmigo desde cualquier lugar que estés. Podremos reírnos, pelear, discutir, contarme de cualquier cosa que hayas visto ese día. O podrás decirme que irás a mi tienda a disfrutar de compañía- le digo, entregándole un espejo de dos vías, el cual ella recibió con los ojos grandes, para luego abrazarme fuertemente.
-Gracias, gracias, gracias. Ahora qué quieres como pago? – me preguntó luego de agradecerme profusamente.
-Quisiera que me des una pequeña bola de nieve, con la cual pueda provocar que caiga nieve en un día soleado. Solo eso. Es el precio justo para tu deseo- le respondo con una sonrisa torcida, corriendo un mechón de pelo tras su oreja, provocándole un rubor por las caricias que le daba, haciendo que algo dentro mío se retuerza, haciéndome gemir internamente, pues parece que había encontrado otra persona que sintonizaba con mi aura.
-Estás seguro que solo quieres eso? No deseas cualquier otra cosa? Lo que quieras? – me preguntó esperanzada que no le pida algo como sexo o favores sexuales.
-No Frosty, no quiero nada de eso. Puedes tranquilizarte. Nunca pediría algo como eso a una mujer- la tranquilizo, haciendo que me mire con algo similar a orgullo en sus ojos, lo que me hace reír por su inocencia, la cual va recuperando a momentos.
-Hey! Acaso me llamaste Frosty! No soy ningún muñeco de nieve para que me llames así! – dijo mientras me golpeaba en el pecho en señal de protesta, haciéndome reír a carcajadas, la cual al cabo de unos segundos le contagie.
-Venga, vamos a comer con las demás. Y de paso, a lo mejor, cuentan algo sobre mi juventud con tal de tratar de avergonzarme- me tomo de la mano, llevándola al interior del iglú.
-Así que contarán cosas con las que podré avergonzarte luego? Perfecto! – se burló en mi cara felizmente.
-No estaría tan seguro si fuese tú, señorita con conejitos celestes! – exclamo, corriendo a donde estaban las demás, escapando de los golpes de la diosa pálida, que furiosamente me perseguía con un rubor masivo en su cara.
-MALDITO SEAS BLACK! VUELVE AQUÍ! MÁS TE VALE NO CONTARLE A NADIE ESO! – escuchaba gritar a mis espaldas.
Todos los incidentes que ocurren en el mundo tienen su significado. También nuestro encuentro tiene su significado. Así que, recuérdalo.
Bien, aquí finalizó el capítulo de esta semana. Espero que lo hayan disfrutado mucho.
Ahora una pregunta…alguien más pensó que en la historia original de Harry Potter, él se iba a quedar con Fleur al final? Lo pregunto ya que su presentación en el cuarto libro daba para desarrollar esa trama, en donde comenzaban peleándose y con el tiempo mejoraban. Sé que suena a cliché, pero hubiese sido interesante si sucediese de esa forma.
Por favor déjenme sus críticas y opiniones, Con ellas podré mejorar mi historia.
Hasta la próxima!
