Los personajes son propiedad de Suzanne Collins y la historia no me pertenece (parezco disco rayado xD)
12
Me estaba dando un delicioso baño, disfrutando del agua caliente sobre mi piel y el dulce aroma a jazmines del jabón cuando algo me sobresaltó. Alguien me tomó por la cintura y al voltearme vi a Peeta, desnudo.
-¿Qué haces…?
-Shhh.- me agarró de la barbilla y me besó con pasión mordiendo mis labios. Por un momento no reaccioné y lo dejé pero luego mi consciente vino a hablarme y lo aparté.
-¡No!- exclamé pero sin levantar la voz.- Vete de aquí.- pero él no hizo caso, me tomó de las mejillas y volvió a besarme. Lo golpee un par de veces y forcejee pero fue en vano, mas que por él, por mí, porque mi cuerpo fue disfrutando de aquella sensación.
Entonces él bajó sus manos hasta mi cintura y me pegó a su cuerpo y yo enredé mis dedos en su cabello. Nuestras lenguas se hallaron con desesperación y sentí su erección en mi vientre.
Lo besé con todas las ganas olvidándome del mundo a mi alrededor y haciendo caso a los deseos de mi cuerpo, sabiendo que él hacía lo mismo.
Posó sus manos en mis muslos y me levantó pegándome a la pared, penetrándome al momento, escapándoseme un gemido de placer y dolor. Rodee su cadera con mis piernas causando una sensación más intensa mientras él devoraba mi cuello y mis senos.
-Oh, Peeta…- exclamé embriagada de placer.
Él movió su cuerpo en un delicioso vaivén, entrando y saliendo de mí, rosando cada parte en mi interior detonando una bomba de excitación.
Okay, sabía que tener sexo era algo de lo que pocos se quejaban diciendo que no era placentero. Al contrario, ya hasta las canciones hablaban de lo genial que era hacerlo y la mercadotecnia se había encargado de vendérselo al mundo… y tenían razón.
No había conocido otra cosa que me causara el mismo placer, ni que se le acercara un poco a aquello.
Se me escaparon más gemidos y ni siquiera me importó si me escuchaban. Peeta levantó su rostro y besó mis labios de nuevo.
Acaricié su espalda ancha, su pecho marcado y besé su cuello haciendo que él gimiera. Me gustaba aquél sonido y seguí haciéndolo.
-Tienes que parar, nena, para…- decía él pero yo no estaba consciente de lo que quería decir.
Y segundos después nuestros cuerpos se contrajeron al sentir un orgasmo al mismo tiempo.
Lo abracé con fuerza y pegué mi frente a la suya sintiendo su respiración sobre mis labios. Mi pecho se movía agitado y mi cuerpo aún tenía los espasmos de aquél delicioso momento.
Entonces lo miré y ambos sonreímos.
Lentamente me bajó y nos quedamos así, dejando que el agua limpiara nuestros cuerpos hasta que decidimos bañarnos en serio y me percaté de algo cuando él se enjabonaba.
-Peeta… no usaste condón.
-Lo sé, por eso te pedí que pararas pero no me hiciste caso.- repuso con tranquilidad.
-Peeta…- me quedé sin aliento. Un pánico terrible se apoderó de mí y tenía muchas ganas de gritar.
-Tranquila, Everdeen. No pasa nada, ¿ok? Sólo fue una vez.- fruncí el ceño inevitablemente indignada.
-Con una vez es suficiente para procrear.- dije.
-¿Qué quieres que diga? ¿Que lo siento? No le des importancia al asunto, no vas a quedar embarazada.- se lavó el cabello y me quedé mirándolo.
¿Que no le diera importancia? Aquella había sido mi primera vez y, ¿quería que lo dejara pasar tan fácil? Me entró mucho sentimiento y entonces caí en cuenta del error que había cometido, tal y como aquella vez en el hospital, me había dejado llevar por la pasión que él levantaba en mí y no pensé las cosas.
Sin aguantar más me salí de la regadera y me envolví en una toalla, tomando la ropa en mis brazos sin importar si se mojaba.
-¿A dónde vas?- preguntó él, pero no respondí. Sin siquiera voltear a verlo salí de ahí.
Apenas cerré la puerta de los baños me recargué en ella y lloré, porque el nudo que tenía me estaba lastimando como una daga en el cuello.
Escuché que cerró la regadera y me apresuré a regresar a la tienda de muebles donde iba a dormir.
Una vez ahí me vestí y medio sequé mi cabello. Dejé la toalla sobre un comedor y me aventé a la cama escondiendo mi rostro en la almohada que ahogaba el sonido de mi llanto.
Nunca, nunca me había sentido tan humillada como esa vez. Él sólo fue a sacarse las ganas conmigo, a utilizar mi cuerpo y ¡yo lo dejé!
-¡Pero qué imbécil eres, Katniss!- dijo mi voz interior. Y ni siquiera me molesté en callarla.
Me desahogué por minutos u horas, no me di cuenta, así como también no me percaté de que, de pie en la puerta contemplándome con pena, un joven de cabello rubio y ojos azules se lamentaba por haber sido un imbécil conmigo.
4/5. Capitulo corto, lo se
