Otro Os para los desafíos de DZ ovo esta vez relacionado los Dioses Olimpicos y sus enemigos, los Titanes. Espero que les guste y me dejen sus comentarios c:
Una venganza a medio acabar
Antes de empezar un viaje de venganza, cava dos tumbas.
-Confucio-
Se cuenta que hace miles de años, cuando Yggdrasill despojó de su inmortalidad a todas sus creaciones divinas para castigarlos por su soberbia, los Dioses Olímpicos fueron los más ofendidos entre todos los grupos y digimon que se vieron afectados por este escarmiento. Para mantener su superioridad como las criaturas excelsas que eran, se adjudicaron todas las regiones y territorios que les parecieron convenientes, pasando por encima de todos los pueblos, grupos y civilizaciones que no tenían intenciones de someterse a ningún señor. Muchos sin embargo, vieron un futuro brillante y asegurado bajo la protección de los dioses, por lo que se subyugaron y entregaron su espada y lealtad a ellos. Fue así como dos grupos se levantaron y se inició una época terrible de largas guerras.
Siendo las criaturas que eran, los Olímpicos no tuvieron problemas en derrotar ellos mismos a ejércitos enteros que intentaron resistirse a su yugo. Con el temor creciendo ante el tremendo poder de estos digimon, muchos del bando opositor se rindieron y sometieron; aquellos que se negaron lo pagaron con sus vidas. Hasta hoy en día, muchas regiones del mundo digital siguen siendo gobernadas por estas poderosas y tal vez injustas criaturas.
Cuando ya no quedaron enemigos que pudieran encararles, los dioses comenzaron a levantar sus gobiernos y a crear sus nuevas reglas. Esto trajo efectos tanto positivos como negativos, pero aún con los muchos años que transcurrieron desde el último día de batalla, el recuerdo de la muerte y los cadáveres que quedaron regados en campos interminables de sombra y exterminio no lograron desaparecer del todo. Si su soberbia no hubiese sido tal, y hubieran aprendido del castigo que Yggdrasill les impuso, los Doce Olímpicos no se hubieran lamentado años después, cuando su enjuiciador se levantara de entre estos cadáveres, con una horrible sed de venganza.
— ¿Quién eres tú?—bramó Marsmon, con su voz haciendo eco en el gigantesco templo.
El monstruo lo observó fijamente con sus ojos rojos rebosantes de odio y satisfacción a la vez. Se acercó paso a paso y se detuvo a pocos metros de la deidad. El digimon era enorme, y rezumaba furia y poder.
—Mírame—exigió la gran bestia, con una voz que sonaba como a muchas voces venidas del más allá—, ¿no me reconoces?
Marsmon se mostró confundido. Nunca antes había visto un digimon así ni tenía mención de alguno que se le pareciera. Mucho menos había sabido de un monstruo tan poderoso que pudiera acabar con todos los sirvientes y guardias de un dios en tan solo un día. Era como un gigantesco ejercito dentro de un solo hombre.
—No te conozco, y si lo he hecho, te exijo que me digas de dónde.
— El campo de ceniza en la región del fuego, hace casi cien años.
El dios no tuvo que hacer memoria para recordar el lugar: había sido en donde él y sus tropas habían acabado con centenares de digimon que intentaron resistirse a su dominio. Pero no tenían a este digimon entre sus líderes, ¿de dónde había salido entonces?
—Lo recuerdo, ¿pero quién eres…?
—Soy ellos—sentenció Titamon, con sus dedos cerrándose con fuerza alrededor de la empuñadura de su gigantesca espada—, ellos, los que tú asesinaste. Todos ellos, soy yo.
Al principio Marsmon se quedó estático, sin poder creer una aseveración así, pero al quedarse observando fijamente a los ojos del vengador, vio en ellos a las miles de almas que se calcinaron bajo el poder de sus aplastantes llamaradas, y entonces sintió temor. La monstruosa espada se levantó y de un golpe en seco arrancó la cabeza de la deidad. Marsmon solo fue el primero de ellos.
Para cuando el resto de los Olímpicos se enteró que un monstruo recorría la tierra digital buscando sus cabezas, tres de ellos ya habían caído. Volvieron a tomar las armas y enviaron a sus ejércitos para detener a esta abominación andante de muerte y odio, pero no hubo armada que pudiera sobrevivir a la furia desmedida del rencoroso titán. Entre más enemigos le enviaban, más poderoso se volvía él, acumulando la sangre de aquellos soldados pusilánimes que habían sido enviados a morir por sus ególatras amos. Tomó sus vidas y las convirtió en más poder y ansias de venganza, y siguió adelante su camino, coleccionando bajo su pie las cabezas destruidas de los dioses. Siete más cayeron bajo su espada, siendo Apollomon el penúltimo de ellos y quien más resistencia mostró.
Jupitermon le esperaba en el hogar de los Olímpicos: la cima del Monte Olimpo.
Titamon cargó su espada en la espalda y subió usando únicamente sus manos y pies para llegar hasta la cumbre, escalando durante tres largos días sin detenerse. El fin de su tarea estaba próximo, y él junto con el resto de las almas que cargaba encima podría entonces descansar. Grande su fue sorpresa al abrir las puertas del gran templo, y encontrar a una figura enfundada en negro de pie junto al trono tiznado del dios del rayo. Nadie más se encontraba en el lugar.
—Saludos, Titamon—le recibió la figura. Parecía muy a gusto de verle.
— ¿Quién eres?—quiso saber la gran bestia—No estás en mi lista.
—Afortunados aquellos que no lo están—sonrió el digimon, avanzado algunos pasos por la escalera que separaba el trono del suelo. Su larga capa roja ondeaba con cada paso, hasta que el aparecido se situó a algunos pasos frente al titán—. Mírame y dime una cosa: ¿te soy conocido?
El aludido frunció el ceño. Nunca antes había visto un digimon así, y sin embargo algo le resultaba familiar. Negó con la cabeza.
—Lástima—soltó el otro—, yo me acuerdo de ti, y de todos y cada uno de los que van contigo.
Titamon se sobresaltó. Dio un paso atrás, sin conseguir dilucidar con quien estaba tratando. Algo se agitó violentamente en su interior, como un horrible presagio.
— ¿Dónde te he visto antes?—preguntó.
—Me viste una vez, y me viste cientos de miles de veces; una por cada digimon que murió y ahora cargas sobre tu cuerpo y tu corazón. Has tomado un camino que no deberías, y te has inmiscuido donde no has sido llamado.
— ¿Quién eres?—volvió a bramar el gigantesco monstruo.
—Yo soy el final del camino—declaró el digimon negro con seriedad—. Del tuyo y de todos. Soy la larga espera que hay después del último breve respiro. La canción desgarradora para aquellos que se han ido. La noche más larga. El descanso que tan desesperadamente buscas.
El gigantesco titán lo comprendió entonces, pero se negó a aceptar que ése ser estuviera allí frente a él. Ahora. En el momento cúspide de su venganza. ¡Solo uno más y podría marcharse! Se entregaría por completo al descanso que el otro le ofrecía. Sin embargo…
— ¿Dónde está Jupitermon?
—Él no está aquí—respondió Plutomon—. No tiene caso que le busques, no le encontrarás. No al menos por ahora.
— ¡Donde está!—rugió el digimon, levantando su espada para descargar un poderoso y letal golpe contra el otro.
Inesperadamente su espada comenzó a arder, quemándole las manos y obligándole a soltarla. El arma cayó al suelo inflamándose y reduciéndose a cenizas. Plutomon volvió a hablar:
—Esto que has hecho…este trabajo mío que te has echado a las espaldas, no es fácil, ¿verdad?
Titamon lo ignoró y levantó sus manos juntas en un poderoso puño para intentar con él aplastar al digimon. La reacción fue la misma que la anterior, y esta vez fueron sus manos y brazos los que comenzaron a arder. Titamon cayó sobre sus rodillas, rugiendo de dolor y sin comprender lo que ocurría.
—Yo mejor que nadie sé lo que es vivir con la muerte. Arrancar a tantos seres de este mundo lleno de vida no es sencillo, por mucho que queramos creer lo contrario y finjamos placer al conseguirlo. Tú lo has hecho bien; mejor que bien. En tan solo unos días has dejado de lado todo dolor y resentimiento al menospreciar algo tan valioso como lo es la vida.
—Ellos lo hicieron—escupió el digimon sus palabras, lleno de furia y dolor—, ellos los asesinaron a todos…
—En eso tienes razón. Pero tal y como ellos cometieron el error de arrancar sus vidas a otros, tú cometiste el error de hacerte igual a ellos y repetir sus errores. El verdadero modo de vengarse de un enemigo es no parecérsele.
— ¿Qué se suponía que debía hacer entonces?—rugió el digimon por última vez.
Plutomon se dobló levemente hacia adelante, le observó fijamente y respondió:
—Debiste esperarme.
Y diciendo esto, intensas llamaradas negras se prendieron en la piel de Titamon, devorándolo enteramente y arrancándole un rugido largo y estruendoso que sacudió enteramente el Monte Olimpo. Su cuerpo tardó largos minutos en consumirse, quemando y enviando una a una de vuelta las almas a la oscuridad eterna de donde habían escapado por su deseo incompleto de vengarse de aquellos quienes les habían exterminado, y prolongando dolorosamente la muerte del digimon. El grito de desgarrador final del vengador enjuiciado quedó para siempre en la memoria de aquellos que alcanzaron a escucharle.
Cuando finalmente solo quedaron las cenizas, Plutomon cerró los ojos un instante, los abrió nuevamente y se volvió. Observó el polvillo negro aún tibio que manchaba el trono de Jupitermon. Luego sonrió:
—Nos veremos en poco, hermano.
