El ataúd de madera en el que se encontraba Berthold Hoover, se hacía presente ante mis ojos.

Un 20% de la preparatoria se encontraba en el cementerio y, con ellos, Hanji y Erwin, quienes se encontraban más apartados, Mikasa y yo. La chica a mi lado se encontraba con la cabeza gacha mientras sostenía en sus manos una pequeña rosa blanca, la cual acomodó delicadamente a los pies del cajón, junto con todas las demás que habían sido puestas.

Sin embargo, hubo algo que me desconcertó un poco, algo que, al parecer, nadie lo notó: antes de volver a mi lado, Mikasa se quedó mirando a la nada con una expresión incrédula, para luego asentir con una mirada cálida y volver a mi lado. No le pregunté sobre eso ya que no se encontraba muy de buen humor que digamos, y lo dejé pasar.

Luego de que el cura que se encontraba presente hablara sobre el evangelio, por fin el cajón fue comenzando a bajar para ser enterrado. Siguió diciendo algunas palabras por unos minutos más sobre "lo buen compañero, amigo e hijo que había sido el joven" y que "merecía el cielo". El hombre llevaba un rosario entre sus manos y una biblia. Por lo tanto, la mirada de Mikasa era peligrosa, su respiración agitada y una pequeña gota de sudor cayó por su frente. No dudé en ponerla detrás de mí, en un gesto protector.

Pude divisar a los padres de Hoover llorando a cantaros, al igual que sus dos mejores amigos: Annie y Reiner. La primera trataba de disimular el dolor, mientras que el segundo no tenía ningún problema en mostrar sus lágrimas.

Me volteé y observé a Mikasa, quien apretaba los puños con fuerza, hasta hacer que de éstos se escaparan algunas gotas de sangre. De seguro se sentía sumamente culpable de todo el dolor que le estaba ocacionando a las demás personas cercanas a Berthold.

―Mikasa, cálmate ―le susurré―. No quiero que te lastimes.

Ella, al escuchar mis palabras, inmediatamente dejó de apretar los puños, dejando visibles sus palmas lastimadas que no tardaron en regenerarse.

―Lo siento. Es esto o gritar ―dijo cabizbaja.
...

Poco a poco, luego de unos largos treinta minutos, las personas iban yéndose del lugar, hasta que solamente quedamos los padres del difunto y nosotros. Mikasa aún miraba la tumba con tristeza y no sé en qué momento sucedió, pero sus ojos comenzaron a volverse rojos.

Inmediatamente, me acercé para calmarla y que ninguno de los mayores presentes la viera, pero ella puso un poco de espacio con su mano e inspiró hondo repetidas veces, cerrando los ojos. Segundos después, cuando los abrió, éstos volvieron a la normalidad.

―Estoy bien... ―dijo finalmente, mirándome a los ojos―. No te preocupes.

―Es mejor que nos vayamos ―me acerqué a ella, apoyando mi mano en su hombro―. Creo que esto te está haciendo más mal que bien, mocosa.

―Al contrario ―desvió la vista y se quedó unos segundos pensando―. Me siento un poco mejor que antes, ya que me ha perdonado.

―¿Cómo? A ver, explícate ―no entendí a qué se refería.

―No importa... ―respondió para luego alzar la mirada y mirarme decidida―. Vámonoos.

―Hm.

Caminamos por un buen rato en silencio, pero no un silencio incómodo, más bien uno en donde cada uno tuvo el tiempo de organizar sus desordenados pensamientos.
Estaba segurísimo de que Mikasa se aislaría por unos días sin aparecer; aunque esta vez la entendía y le daría el espacio que ella necesitaba.

―Ya me voy, Levi ―su voz me sacó de mis pensamientos.

―Bien, nos vemos entonces ―vi cómo se dio media vuelta para irse―. Ey, espera.

―¿Hm? ―volteó, esperando expectante por lo que tenía que decirle.

No articulé palabra alguna, olvidando lo que iba a decirle, y observándola por un par de segundos, como un tremendo estúpido.

En verdad era hermosa la mocosa. Ese aún triste, pero hermoso rostro me dejó hipnotizado. Sus bellos ojos grises, su blanca piel, su largo cabello negro y esos rosados labios que, sin ninguna lógica de por medio, tenía ganas de probar...

No. No. No. La mocosa es sólo la mocosa, nada más.

Alejé esos pensamientos de mi mente y ,luego de una cachetada mental, por fin recordé lo que iba a decirle; lo que tendría que haberle dicho hace unos días:

―Yo... Sí confío en ti ―dije recordando que ella pensaba que no lo hacía.

―¿Qué?

-―Que yo sí confío en ti ―volví a decir y, esta vez, sí me entendió ya que sus ojos se abrieron levemente sorprendidos y una pequeña sonrisa se resbaló por sus labios.

―Gracias ―se acercó a mí y depositó un cálido beso en mi mejilla, para luego desaparecer de mi vista.

La parte donde Mikasa besó quedó ardiendo por unos segundos o, mejor dicho, todo mi rostro quedó ardiendo. Comencé a tener un poco de calor, por lo que me saqué el oscuro abrigo que sobraba en ese momento; algo ridículo ya que había algunos copos de nieve cayendo.

―Tsk, maldita mocosa ―maldije en voz baja, retomando mi camino.

.
.

Y, como supuse, no apareció en mi departamento durante esos cinco días que estuvimos de luto. Incluso había faltado tres días más a clases la muy mocosa. Aunque no podía juzgarla, ya que yo había caído en depresión durante un año.

―Que mal rollo todo lo que ha pasado la semana pasada ―comentó Hanji, mientras salía del salón, pues había tocado la campana del receso.

―Ni que lo digas ―contestó Erwin.

―Ey, enanín ―levanté la cabeza para ver qué quería―. Jeje ya te acostumbraste al apodo.

―Tch, lentes de mierda, habla de una vez.

―Uy, qué sensible estás hoy ―siguió bromeando, y luego puso una cara pervertida que no llevaba a nada bueno―. ¿Has visto a Mikasa últimamente?

―¿Y por qué debería haberla visto yo?

―Es que has estado un poco pegado a ella ―luego de decir eso, se lanzó a mis brazos, colgándose de mi cuello―. Oh, mi enanín. ¿Prometes no abandonarnos a pesar de estar con Mikasa? ―dijo en tono burlón.

―Tsk, quítate, cuatro-ojos del demonio ―le robé los lentes y ella, de inmediato, se apartó de mí.

―¡Devuélvemelos, enano! Sabes que no veo sin ellos ―dijo, entrecerrando los ojos y moviendo las manos exageradamente para encontrarme.

―¿Tan ciega estás? ―pregunté esta vez yo, en tono burlón.

―Cállate ―saltó sobre mí y logró quitarne los lentes―. Como decía: ¿No sabes nada de Mikasa? ¿Nada de nadita? ¿Nada de nada de nada de los nada?

―A ver, loca, te lo vuelvo a repetir. ¿Por qué debería saberlo? ―me hice el desentendido.

―Como dijo Hanji: has estado un poco pegado a ella ―respondió esta vez Erwin. Enarqué una ceja para que se explicara bien―.Vamos. ¿Crees que no te vimos en el cementerio estando a su lado y en ocaciones hablando con ella?

―Ya les dije que no sé nada ―en cierta parte era verdad. No sabía nada de Mikasa desde hace más de una semana.

―Digamos que te creeré. Digamos, porque no lo hago ―hablaron los dos al mismo tiempo, luego se miraron y se señalaron―. ¡Eh! ¡Química!

―Par de idiotas...
...

Día 4

Día 7

Día 9

Demonios. Y otra vez ando anotando los malditos putos días que faltaba a clases.

¿Qué es lo que me pasa? El 80% del día pienso en la mocosa cuando tengo que poner mi atención en los exámenes que están próximos.

¡A ver, sólo tengo que apartar a la mocosa de mis pensamientos por un rato y listo!

Día 10.

Joder. Es más fácil decirlo que hacerlo.

Día 12.

Bueno ya. Voy a sentarme en la mesa, voy a agarrar mis libros y me voy a poner a estudiar para el examen de literatura de mañana.

En eso estaba, sin embargo, me interrumpió el sonido del timbre. Suspiré fastidiado, mientras me dirigía a la puerta.

¿Es que acaso ni siquiera me van a dejar estudiar?

―¿Quién mierda e..?.―corté la pregunta cuando vi a Mikasa del otro lado.