Kuroshitsuji no me pertenece, es propiedad de Yana Toboso

Esta historia está desarrollada en un Universo Alterno (AU).

Lil Joker.


El anhelo de lo prohibido

Capitulo 11: El comienzo del infierno (Parte I)

El sonido de los huevos en el aceite y el aroma a café recién hecho guiaron a Ciel hacia la cocina. Arreglando un poco su uniforme y peinando algunos mechones de su cabello, el menor entró en la habitación, formando una sonrisa en su rostro al ver a su persona favorita preparando el desayuno. Con cuidado de no emitir ningún sonido bajo sus pasos, se fue acercando hacia la figura del mayor. Pero antes de que pudiera formular alguna oración, fue interrumpido por este.

- Buenos días – le saludó el pelinegro, sin quitarle la vista a la sartén.

- ¿Cómo sabías que-…?

- No eres muy silencioso que digamos, Ciel.

Sacó los huevos de la sartén y los puso cuidadosamente en un plato, junto a unas tostadas. Tomó la cafetera y sirvió una taza para el menor.

- Por eso siempre ganaba cuando jugábamos a las escondidas – le sonrió, dejando el desayuno del muchacho frente a él. Ciel desvió la mirada, un tanto avergonzado.

- Y creí que ganabas solo porque mis escondites eran un asco – murmuró el muchacho, algo decepcionado.

- Bueno… Eso también

Ambos se dedicaron una sonrisa y comenzaron su desayuno. Sebastian leyendo el periódico como siempre, y Ciel admirándole desde su puesto.

Para el niño, era increíble la forma en que Sebastian hacía de la acción más cotidiana del mundo, algo digno de admirar. Acciones como tomar un café o incluso pasar las páginas del periódico, Sebastian jamás dejaba de lado su toque elegante. Y eso le encantaba a Ciel.

Deseaba ser igual a ese hombre cuando creciera, deseaba tener ese aura refinado a su alrededor. Deseaba ser interesante como él. Que la gente se detuviera para estudiarle, para averiguar qué lo hacía tan especial. Porque eso era lo que sucedía siempre con Sebastian.

Ciel podía notarlo, algunos disimulaban sus miradas, otros ni siquiera se molestaban en hacerlo, pero Ciel podía notarlo. La figura de Sebastian resaltaba por sobre los demás.

- ¿Ciel?

No había ninguna imperfección en ese hombre.

- Ciel…

Si el hombre estaba hecho a imagen y semejanza de Dios, quizá se referían a Sebastian. Era el único que encajaba perfecto en esa descripción divina.

- ¡Ciel!

El muchacho vaciló ante el llamado y buscó a su amante. Sebastian le miraba con curiosidad mientras bebía el último sorbo de su café.

- Es hora de irnos, Ciel.


El sonido de las puertas del ascensor abriéndose frente a él, despertaron a Sebastian de su trance. Un suspiro abandonó sus labios, mientras avanzaba por el pasillo hasta llegar a su despacho.

- Buenos días, Di – saludó con una sonrisa. La mujer le miró por sobre el monitor de su computador.

- Buenos días, jefe.

- ¿Cómo está tu esposo? - preguntó el pelinegro, deteniéndose en el escritorio de la mujer para revisar la correspondencia.

- Ese maldito ebrio… - masculló, apretando los puños.

Sebastian soltó una carcajada y se encaminó a su oficina. Entonces la mujer recordó cierto asunto que le correspondía al pelinegro y se levantó rápidamente de su silla para detenerle.

- ¡Jefe, hay alguien que quiere verle…!

El ojirojo, ignorando la repentina acción de la mujer, entró a su oficina. Y entonces, una figura femenina junto a su escritorio le llamó la atención.

- Dijo que no se iría hasta hablar con usted

- Rachel – susurró pasmado, al lograr distinguir ese cabello rubio.


La mujer parpadeó confundida un par de veces. Pero prefirió dejar todas sus dudas para más tarde e hizo pasar al muchacho a su casa.

Claude siguió a la rubia hacia la sala de estar, donde ambos tomaron asiento en un sofá. Era pequeño, de cuero, color marrón. El menor estudió los azules orbes de la mujer, preguntándose si era una buena idea estar junto a ella, si era correcto lo que estaba a punto de decirle. Pero imaginarse nuevamente los labios de su mejor amigo siendo devorados por ese hombre le hizo cambiar drásticamente de parecer.

- ¿Y bien? – le escuchó decir a la mujer, quién esperaba una buena respuesta por su visita a esa casa. Claude clavó sus ojos en su mirada, buscando las palabras correctas para comenzar.

Después de unos segundos de espera, de abrir y cerrar los labios sin pronunciar ningún sonido, el pelinegro se armó de valor.

- Usted y yo sabemos… que Ciel considera como un padre al señor Michaelis.

Rachel se extrañó que el menor tratara con respeto a Sebastian, considerando que anteriormente había escuchado el nombre del susodicho ser pronunciado con tanto desaire por el menor. Sin embargo, lo pasó por alto y confirmó la afirmación del muchacho. En efecto, su hijo quería mucho a Sebastian, quizá más que a Vincent. No lo culpaba, claro. Ese hombre nunca había mostrado demasiado interés en su niño. Y por lo tanto, se había aferrado al cariño que Sebastian le entregaba.

- Pero… - el ritmo cardiaco de la mujer aumentó de golpe al escuchar esa palabra. Siempre había escuchado un "pero" antes de recibir una mala noticia, y no quería que esta fuera la ocasión – Me temo que el señor Michaelis ha abusado del cariño de Ciel. Y de la peor manera de todas…

- ¿Qué?

Sí, solo eso. El menor estaba seguro que sus palabras no dejaban bastante a la interpretación. Pero si debía explicarle a esa señora de qué forma ese sujeto había corrompido a su hijo, lo haría.

Rachel no comprendía a qué se refería con la peor manera de todas, y tampoco quería imaginarse cuál era la manera. No obstante, era su hijo de quién estaban hablando.

- ¿Qué… - las palabras quedaron atoradas en su garganta por la preocupación que comenzaba a crecer en su interior. Algo no andaba bien - … qué quieres decir con eso?

Claude tomó una gran bocanada de aire y relamió sus labios.

- El señor Michaelis traspasó los límites de una relación normal con Ciel.

Traspasó los limites.

No…

- El señor Michaelis es un pederasta.

Pederasta.

No… No podía…

- El señor Michaelis abusó de Ciel

Abusó de Ciel.

¡No podía ser posible!

- ¿Q-Qué? No… ¡N-No!

Es una broma

- ¿Es una broma? ¡Debe ser una broma!

La rubia se levantó del sofá, su respiración alborotándose a medida que repasaba las palabras del pelinegro en su cabeza.

- ¡Qué te-…! ¡¿De dónde sacaste este tipo de estupideces?! – le gritó. Su cuerpo comenzó a perder el control de sus acciones, sus manos le temblaban. Debía calmarse, quizá era solo una broma. ¡Maldito mocoso! ¡¿Cómo podía jugar con algo tan serio?!

- No son estupideces, señora Phantomhive. Desde que Ciel se fue a vivir con su tío, ha estado cansado y distraído. Ya no me deja acompañarle a casa… - susurró con melancolía.

No.

No. No…

- Se ha saltado todas sus clases de natación, inventando excusas, hasta que llegó el día de los exámenes. Entonces todos vimos su cuerpo, completamente magullado. Estoy seguro que ese sujeto le golpea para obligarle a tener sexo con él – escupió con impotencia.

En los ojos de la rubia se comenzaron a aglomerar las lágrimas, las cuales hicieron su propio camino por el blanquecino rostro y, una tras una, cayeron. Humedeciendo el rostro de la mujer, y dejando un molesto ardor en sus ojos.

- Además… Los vi besarse.

Esos ojos empañados en cólera observaron de golpe al muchacho. Incrédula de lo que acababa de oír.

Besarse… Los vio besarse…

Vio a ese hijo de puta besar los labios de su niño.

"Tú no tendrás la custodia de mi hijo"

Si la tendría, por supuesto que la tendría.

"Sebastian cuidará de Ciel hasta que cumpla su mayoría de edad."

Tendría la custodia de su hijo, y se encargaría de arruinarle la vida a ese maldito de Michaelis. Llegaría hasta las últimas consecuencias con tal de verlo tras las rejas. Se aseguraría de que estuviera encerrado hasta el último de sus días. Se aseguraría… De que muriera en esa celda de cuatro paredes.


- Gracias, Di. Por favor… - el ojirojo tragó lentamente – Déjanos solos.

Dianna dio unos pasos hacia atrás, sin quitarle la vista a su jefe y a la mujer frente a él. Sin más que decir, cerró las puertas de la oficina y volvió a su escritorio, desconfiando de aquella muchacha.

- ¿Vienes a seducirme otra vez, Rachel? – ironizó el abogado, ignorando la figura de la mujer mientras acomodaba sus cosas sobre su escritorio.

La rubia apretó fuertemente los puños, tratando de controlar sus ganas de tomar la engrapadora y sellarle los labios al ojirojo. Hizo caso omiso a sus palabras y se dirigió junto a él.

- No pienso irme con rodeos, Michaelis – El hombre alzó una ceja, curioso por lo que tendría que decir – No quiero volver a verte cerca de mi hijo.

Los ojos del mayor se abrieron atónitos. Pero antes de que pudiera refutar, la mujer continuó.

- Te quiero fuera de su vida, para siempre – la figura amenazante y enfurecida de la muchacha avanzó hasta quedar a unos centímetros del mayor – Si vuelvo a oír o saber de ti, juro que yo misma me encargaré de llenarte de plomo el cráneo.

El pelinegro pestañeó varias veces, saliendo de su trance. Su corazón latía rápidamente, podía apostar a que la mujer lograba oír lo fuertes que eran sus latidos. Trató de calmarse y fingir que nada había pasado, formando en su rostro una falsa sonrisa.

- ¿Y a qué se debe esta… advertencia? – consultó, manteniendo su sonrisa.

- Creo que lo sabes muy bien – acercó su rostro al del abogado y con la yema de sus dedos recorrió su varonil barbilla - ¿Te gustó follarte todo este tiempo a mi hijo?

Sebastian apartó fuertemente la mano de la rubia sobre su rostro y se alejó de ella. Todo había terminado para él. Ahora iría a la cárcel, su carrera terminaría, su vida terminaría…

Y Ciel…

- No puedes hacer eso… ¡No puedes!

- ¡¿No puedo?! ¡¿En qué mundo vives?!

- No voy a permitir que lo alejes de mí, Rachel. ¡No lo haré! – Rachel se acercó a Sebastian y le propinó una bofetada en la mejilla. El pelinegro llevó su mano a su mejilla y la tocó levemente, sintiendo un ardor que aumentaba poco a poco.

- Eres un enfermo, Sebastian… ¡ME DAS ASCO!

Y esa fue la última frase, antes de que el silencio se apoderara de ambos. La rabia de la Rachel iba acrecentando, al igual que sus ganas de romper en llanto. ¿Qué había hecho ella para merecer esto?

El moreno seguía pasmado, su mano jamás se movió de su enrojecida mejilla. Sí que le había dolido. No recordaba lo fuerte que podía golpear esa mujer. Suponía que eso era algo que no cambió con el tiempo.

Ambos adultos se tragaban sus palabras, con sus miradas perdidas en algún punto inexistente. Ella temía romper en llanto al abrir la boca, y él temía decir algo que lo alejara definitivamente de su niño.

Finalmente, ella rompió el silencio.

- Esto es por nosotros, ¿verdad?

El ojirojo la miró algo perdido

- Te estás desquitando con Ciel por todo el daño que te hice… ¿No es así?

Él guardó silencio. Más de una vez, el abogado se vio acorralado por sus pensamientos. El tema de alguno de ellos era exactamente ese: ¿Acaso lo que sentía por Ciel, lo hacía por despecho? Algunas veces trataba de convencerse de ello, para así olvidarse del niño. Olvidarse de aquellos pecaminosos deseos. Quería sentirse culpable por arrastrar al menor junto a sus problemas, y así obligarse a olvidarlo.

Pero entonces el niño creció… Y sus pensamientos cambiaron. Sus deseos cambiaron, se volvieron más intensos. Y la idea del ex novio despechado quedó olvidada.

- No, Rachel… - Sebastian retiró lentamente su mano de su mejilla – Jamás utilizaría a Ciel de esa forma.

- Entonces, ¿qué es?

El moreno mordió su labio inferior, y desvió la mirada

- Yo… En verdad amo a Ciel.

La rubia dirigió súbitamente su mano hacia el rostro del mayor, pero se detuvo. Sebastian miró de reojo esa pequeña mano, y se preguntó por qué no concluyó su trayecto.

Rachel dio media vuelta, y se dirigió hacia el enorme ventanal. Observando a la gente en las calles hacer su vida normalmente. Ninguno de ellos estaba preocupado porque su hijo estaba teniendo una relación con un hombre que perfectamente podría ser su padre.

Quizás en otra vida, en otro planeta, aquello podría realmente funcionar. Pero, esa no era la vida para ellos, no era un planeta para ellos. El mundo de ellos no era para su amor. En ese mundo, sus vidas no le pertenecían en absoluto. Ellos debían ser lo que la sociedad decidiera para ellos. Ellos vivían a través de los demás. Y después de todo, ¿no es eso lo que hacemos? Creemos que nuestras vidas nos pertenecen, creemos tener absoluto control sobre ella. Creemos que podemos ser auténticos, creemos que la opinión de los demás no importa. Creemos que podemos vivir bajo nuestras propias leyes, y que algún día, ellos respetarán esas leyes. He ahí el error.

Creemos en cosas erróneas. Nuestras vidas nunca nos pertenecieron, jamás podremos ser quienes somos realmente, jamás las opiniones de los demás dejaran de importar. Jamás viviremos bajo nuestras propias leyes, porque ellos jamás las respetarán. Vivimos de acuerdo a sus leyes, vivimos de acuerdo a lo que ellos nos imponen. Ellos, ellos, ellos. Ellos nos arruinaron la vida. Ellos crearon las leyes antes que nosotros. Así nos condenaron. Vivimos a través de ellos.

No…

No vivimos… Solo sobrevivimos, nos adaptamos, pero jamás vivimos.

- Sebastian… Si en verdad lo amas, lo dejarás ir.