Disclaimer: NADA ME PERTENECE. Los personajes son de Stephanie Meyer y la historia es de la escritora Leona Lee.

CAPITULO 12

—¿Que voy a tener qué? —preguntó Isabella a su médico, mirándola con una expresión perpleja.

La doctora sonrió.

—¿Hay gemelos en tu familia? —inquirió, ayudando a Isabella a vestirse.

Asintiendo con la cabeza, Isabella logró decir: —Si, por ambas partes.

—Pues parece que vas a continuar con la tradición. Menuda sorpresa para el padre.

—De eso puedes estar segura— masculló Isabella. —Con todo lo que ha estado ocurriendo, no he tenido oportunidad de decirle que estoy embarazada, y ahora esto. Es un poco abrumador.

La doctora le dio un cariñoso apretón en el brazo.

—Es motivo de alegría, tienes que decírselo.

—Lo sé, es sólo que...

—Isabella, yo no te voy a obligar. Lo importante es que empieces a ver a un obstetra. Si pasas la mayor parte del tiempo en San José, te recomiendo que busques uno allí—. Antes de que pudiera continuar, una enfermera entró con una bolsa que depositó en la camilla de exploración. La doctora vació el contenido. —Te voy a dar un kit básico. Viene con una guía sobre qué esperar durante un embarazo múltiple, vitaminas prenatales, loción, algunas muestras de un medicamento para las náuseas y caramelos de jengibre. Vas a tener que conseguir más caramelos de estos. También te voy a dar una receta para el medicamento, porque las muestras no durarán mucho.

Después de ponerlo todo de vuelta en la bolsa, se la entregó. Asiéndola con manos entumecidas, Isabella asintió con la cabeza en señal de agradecimiento.

—Eh, gracias, doctora.

La doctora sonrió y la acompañó a la sala de espera.

—Tienes que cuidarte más. Tan pronto como puedas, busca un médico local y considera la posibilidad de asistir a clases. Te serán útiles, lo prometo—. Asintiendo con la cabeza, Isabella salió de la consulta, demasiado conmocionada para hablar.

Nada más salir del edificio, encendió el móvil y leyó varios mensajes de Edward preguntando por qué había apagado el teléfono. Estaba a punto de llamarle cuando su móvil sonó. Al ver que era él, decidió que iba a decírselo… hasta que contestó.

—¿Por qué tienes el teléfono apagado? —ladró, tan pronto como respondió. Ella suspiró y decidió hacer caso omiso de su pregunta.

—¿Cómo ha ido la vista?

—El abogado de la parte contraria se niega a entregar los documentos, por lo que hemos presentado una moción de supresión de evidencia. Tengo que volver mañana. ¿Cómo fue la reunión?

—Es mañana por la mañana, pero Embry es bastante optimista, y yo también.

—No lo seas. No hasta que tengamos los contratos firmados. No podemos permitirnos suposiciones.

Tras introducir la mano en la bolsa que le había dado la doctora, sacó un caramelo y se lo metió en la boca.

—Parece que tienes muchas cosas que hacer. Te dejo y vuelvo a la oficina con Embry.

—Sí, haz eso—. Edward colgó, e Isabella se metió el móvil en el bolsillo de forma airada.

Cuando regresó a la oficina, entró en el despacho de Embry y se sentó delante de él. Tras acabar apresuradamente una llamada telefónica, la miró, esperando a que hablara.

—¿Y bien? —preguntó.

—Gemelos— dijo ella simplemente. —Unas diez semanas. Ah, y mi marido es un completo asno.

—Bueno, todo bien, entonces. Me imagino que no se lo has dicho.

Isabella se hundió en su silla con un gruñido.

—No, y no tengo ni idea de cómo hacerlo. Las cosas no van muy bien en el juzgado, y aunque me gustaría estar allí con él, no tengo necesidad de aguantar sus ladridos porque esté teniendo un mal día.

Tras levantarse de su silla, Embry se acercó a ella y se sentó a su lado. Le estrechó las manos entre las suyas.

—Lo siento mucho. Me ofrecería para darle una paliza, pero es mi jefe... y acabaría conmigo en un santiamén.

Isabella sonrió.

—Tengo hermanos para eso, y otra cosa es que no creo que pueda decírselo a mi familia hasta que lo sepa él, pero cada vez que voy a decir algo, surge una nueva crisis y me lo callo.

—Entonces, ¿soy el único que lo sabe?

—No exactamente— dijo Isabella a la vez que se sonrojaba. —Me hice una prueba de embarazo en un barco de arrastre.

Embry se moría de la risa.

—O sea que comparto el secreto con... ¿piratas?

Ella se rió.

—Sí, eso parece. ¿Qué más tenemos que revisar para mañana?