12
La promesa
Me desperté en mitad de la noche debido a un fuerte ruido. Desperté a Fred y nos vestimos rápidamente. Podíamos oír como abajo había ruidos, cristales rotos y estanterías que caían. Con nuestras varitas en ristre, bajamos.
Mortífagos, pensamos los dos. Eran cinco y estaban destrozando la tienda. Con nuestras varitas y teniendo en cuenta que estaba a oscuras, ejecutamos hechizos aturdidores lo más rápido posible hasta que los mortífagos cayeron inconscientes. Los registramos.
―Este es Selwyn ―dije yo.
―Y este de aquí es Jugson ―señaló Fred ―¿Qué hacemos?
Lo miré a los ojos y parecía confundido. Aquella parecía una de esas situaciones donde yo tenía que tomar la decisión final. Como cuando no nos decidíamos por el ingrediente para una poción. O por el hecho de que yo era quien llevaba las cuentas de la tienda.
―Bien... Será mejor que nos vayamos. Sé que hemos trabajado muy duro, pero ahora es mejor irse. Aunque nos libremos de estos mortífagos, podrían venir más.
De repente, alguien se apareció en medio de la tienda. Los dos lo apuntamos con nuestras varitas.
―¿Fred, George? ¿Sois vosotros?
―¿Papá? ―pregunté yo.
―¿Qué hicimos jurar a Ron de pequeño? ―preguntó Fred de repente. Entonces me di cuenta de que se aseguraba de que papá no fuese un impostor.
Papá suspiró.
―Un Juramento Inquebrantable ―dijo de manera seria. Aquello era algo por lo que nos castigó severamente.
Los dos bajamos las varitas.
―Papá, ¿qué ha pasado? ―pregunté yo.
―Los mortífagos van tras nosotros. Tenéis que venir a casa, la hemos protegido con un Encantamiento Fidelio. Bill es el Guardián. Yo lo soy de su casa.
Así pues, nos desaparecimos, echando un último vistazo al que había sido nuestro hogar los casi últimos dos años.
Llegamos a casa, donde mamá nos recibió bastante preocupada. Pero por suerte estábamos bien.
Los días pasaban. Apenas recibíamos noticias. Ya ni íbamos a ver a Lee para retransmitir el programa de Potterwatch, pero hasta eso se había acabado. Sentíamos que era nuestra forma de contribuir a la causa, de ayudar al mundo mágico a seguir adelante. Pero sobre todo para ayudar a Harry, Ron y Hermione, que lo debían estar pasando muy mal.
Mi padre ya no puede ir a trabajar y Bill tampoco, por lo que ahora sólo nos resta esperar. Ron, junto a Harry y Hermione, está en paradero desconocido desde la boda de Bill y Fleur.
Pasan los días, y una noche en mi antigua habitación, mientras colocaba varias cajas, encuentro una moneda dorada. Un galeón. Se me hace raro, ya que jamás perderíamos un galeón, pero al verlo mejor me doy cuenta de que es uno de los galeones del Ejército de Dumbledore. Está caliente y en el dorso han aparecido unas letras: Hemos sido alcanzados por un rayo.
Lo reconocí por ser la frase que ideamos en caso de que alguno de nosotros se reencontrase con Harry y este necesitase ayuda.Bajo corriendo las escaleras hasta la cocina, donde están todos, pues Bill y Fleur también han llegado para quedarse.
—Ha vuelto… Harry ha vuelto a Hogwarts. Debemos ir para allá.
—Iré contigo —dijo Fred.
Antes de que los demás pudiesen decir nada, Ginny también vino con nosotros. Al rato nos aparecimos en la taberna de Cabeza de Puerco, desde donde llegamos a Hogwarts. Una vez allí, nos preparamos para la batalla que está a punto de comenzar.
Snape había abandonado el castillo, después de un épico duelo contra McGonagall, Flitwick y Sprout. Los alumnos iban y venían, asustados después de que Voldemort nos advirtiese a todos de que entregásemos a Harry, cosa que no estábamos dispuestos a hacer.
Llegué con Fred a lo alto de la torre de Astronomía. Estábamos sólos.
―¿Estás nervioso? ―pregunto yo.
―Un poco ―comenta él.
Nos miramos un momento. Me aseguro de que estamos sólos y entonces me acerco a él para besarlo. Y él no se aparto.
Después, tras asegurar el sitio, bajamos abajo. Uno a uno, todos los allí presentes salimos fuera para luchar en el enfrentamiento que ya ha comenzado. Cuando sólo quedamos Fred y yo, que ayudamos a los más pequeños a huir por la Sala de los Menesteres, no puedo evitarlo, y le hablo:
—Oye… ten cuidado ¿vale? Sabes que te quiero y no soportaría perderte.
—No te preocupes. Te prometo que no permitiré que me pase nada. Lo mismo va por ti.
Cuando ya hemos evacuado a todos los que huían, con la varita en ristre bajamos hasta el frente de batalla. Percy, que había vuelto junto a nosotros, nos acompaña mientras varios mortífagos penetran en el castillo. Uno a uno los hechizos salen de nuestras varitas y golpean a los encapuchados, que caen. Pero los nuestros tampoco resisten muchos. Ellos son experimentados magos y brujas y nosotros somos en mayoría estudiantes que nunca en su corta vida se han batido en duelo.
Escombros caen del techo y las paredes. Los cristales se rompen y las puertas se salen de sus goznes. Puedo ver a estudiantes muertos, antiguos compañeros a los que no quiero mirar a la cara, porque temo ver a un conocido. Y allí veo a Colin Creevey, mi antiguo compañero de Casa, muerto y con los ojos ampliamente abiertos, sin vida.
Mientras, otros siguen batallando a la vez que rayos de luz verde y roja se entrecruzan o pasan volando. Los rubíes del reloj de Gryffindor están esparcidos por el suelo después de que una maldición asesina rompiese la urna de contención.
En una de esas, Percy y Fred se adelantan, mientras a mi lado aparecen Harry, Ron y Hermione. Un mortífago se ha bajado la capucha. Es el Ministro Pius Thicknesse, que agita encolerizado su varita. Entonces Percy lo hechiza y de la cara del brujo crecen pinchos. Fred se ríe, pero de repente ocurre algo. Una gran explosión agita la estancia, y parte del techo se derrumba. Varias maldiciones cruzan el lugar y cuando el polvo ya se ha disipado, mis ojos ven algo extraño, a Percy arrodillado ante Fred, que no se mueve. Me acerco, rezando porque lo que estoy pensando no pase de verdad. Pero es verdad.
Está muerto. Fred está muerto.
Se ha hecho el silencio y la gente corre de aquí para allá. Harry se lleva a Percy y luego retiran el cuerpo de Fred para ponerlo a salvo. Pero nadie parece reparar en mí, que estoy paralizado en medio del lugar, resistiéndome a lo evidente, que ahora sólo soy uno.
Percy grita encolerizado y persigue a un mortífago. Ya nada me importa y corro detrás de él para ayudarlo. Si la vida es así, si la muerte es así, ya nada me importa, y sólo espero morir en paz para reunirme con Fred y reírnos de todo lo ocurrido. Sólo para poder estar con él para siempre. Mi brazo empuña majestuosamente la varita, la cual corta el aire mientras las maldiciones golpean a los enemigos, hasta el punto en el cual llega la tregua. Ya no me importa matar. Ya no me importa sesgar vidas. Porque han sido ellos los que me han quitado lo más importante que había en mi vida.
Cuando la batalla ha tomado un descanso, camino hasta el lugar en el que reposa el cuerpo de Fred. No puedo ni mirarlo mientras comienzo a llorar y son Bill y Percy quienes lo llevan hasta el Gran Comedor. Allí, mi madre rompe a llorar al vernos y mi padre cierra los ojos ante lo que acaba de ver. Porque no puede creer que haya perdido a uno de sus hijos. Él nunca ha llorado y no lo iba a hacer ahora. Ron ha aparecido también y sólo puedo abrazarlo mientras sigo llorando.
Mientras todos nos lamentamos ante el cuerpo de Fred, uno a uno van dejando el lugar, hasta que me quedo yo sólo con él. Me arrodillo, y lo único que puedo decir entre lágrimas es:
—Me lo prometiste…
Y como ya no hay nadie allí, lentamente le beso en sus fríos labios, sin vida. Pero le beso a pesar de todo, para poder despedirme de él.
Al rato creemos que la batalla y la guerra han terminado, pues Voldemort, si… Voldemort, pues ya no me importa nada de lo que pueda ocurrir, trae el cuerpo sin vida de Harry. Esto no es lo que debe suceder, Fred no puede morir en vano. Lee Jordan está a mi derecha y Katie, Angelina y Alicia a mi izquierda. No puede terminar así. No puede acabar así. Katie me mira a los ojos, como queriendo expresar algo, pero no sé qué es, si su pésame por la muerte de Fred o pidiéndome que no me rinda.
De repente, el cuerpo de Harry se ha reanimado. No está muerto. La batalla se reanuda, y juntos vamos neutralizando a los mortífagos. Con ayuda de Lee consigo aturdir a un mortífago, pero no consigo ver quién es. Karie, Angelina y Alicia hacen lo mismo, mientras mis ojos alcanzan a ver cómo mi madre se enfrenta a Bellatrix Lestrange, quien osa nombrar a Fred. Pero mamá ha demostrado ser una excelente bruja. Y el cuerpo de Lestrange cae al suelo, sin vida.
De repente, ocurre el enfrentamiento final. Todos hemos dejado de luchar. Todos miramos al centro del Gran Comedor, donde Harry y Voldemort se apuntan con sus varitas. No tengo miedo a decir su nombre. Ya no. Porque sé que hay cosas peores que el simple temor a un estúpido nombre.
Y como deseaba que ocurriese finalmente ocurrió. La maldición asesina se volvió contra él y lo mató, cayendo al suelo, golpeando la piedra. Todos, de repente, estallamos en un grito de júbilo y corrimos hacia él para abrazarle, para agradecerle eternamente lo que había hecho. Por vengar a aquellos que se había ido. Por haberlo hecho por Colin, Remus y Tonks, que habían muerto... Y por Fred.
He intentado ampliar un poco la escena de la batalla y la muerte de Fred, así como sus consecuencias y el enfrentamiento entre Harry y Voldemort. Por último queda un capítulo o dos (no lo he decidido), donde veremos la vida de George sin Fred un tiempo después de su muerte.
