Disclaimer: Todos los personajes de Crepúsculo y su saga le pertenecen a Stephenie Meyer. Las situaciones y creaciones que no reconozcan son míos.
Presencia / Greendoe
Capítulo once
OSADÍA
El horario de la Filarmónica de Seattle bailoteó a un compás rápido y frenético entre sus largos dedos. Apoyado con una aparente tranquilidad sobre su coche, se sintió como el más absurdo de los grandes imbéciles mientras esperaba con un nudo en el estómago a que Bella Swan llegara y le iluminara el día. En eso había estado durante los últimos veinte minutos, esperando que la muchacha apareciera en su decrépito monovolumen y él pudiera interceptarla con la confianza de un amistoso conocido.
Conocido. La constatación de que tenía una razón lógica por la que hablarle a Bella, finalmente y después de dos años de fantasearlo, lo golpeó de lleno una vez más. Y lo hizo sonreír como un niño pequeño al contemplar el fruto de su travesura.
Esperó con la mirada fija en la entrada al estacionamiento mientras canalizaba su nerviosismo en la hoja que tenía en su mano. Sabía que no ayudaba de mucho, comprendería al instante cuando Bella llegara gracias al sonido que daba el aparatoso motor de su coche, y, por lo demás, no había una razón por la que sentirse así de angustiado ante la fatalidad de hablarle. Era ella la que le había pedido la información con la que ahora jugueteaba, y no podía concebir una situación más normal y menos mal intencionada que aquella.
Además, estaban en buenas relaciones, aunque estas fueran amistosas y distaran de los deseos más íntimos de Edward. Recordó la última tarde en que la muchacha había estado en su casa y se sintió avergonzado al recordar las miradas pasmadas de todos los que lo había visto bajar, Jasper incluido. Todos, excepto Bella, lo habían observado como si fuera una novedad en sus vidas, desviando por un momento la atención de la película que veían en el televisor. Algo ofendido, había intentado recordar la última vez que había compartido con ellos, obviando a Bella por supuesto, por más de treinta minutos seguidos, y se sintió triste al comprobar que debían haber pasado más de nueve meses desde aquello.
Por eso, Emmett lo había mirado raro, Rosalie lo había ignorado y Bella le había sonreído. Jasper había arqueado una ceja al ver esto último, pero se había mantenido en un estricto mutis. Él, intentando no parecer el loco que todos creían que era, había procurado no reírse de las reacciones tan diversas que había despertado su mera presencia, y en silencio, se había sentado a un lado de Emmett, aunque su hermano, lejos de querer hacerle las cosas sencillas, hubiera proseguido con su recelo el resto de la hora.
De pronto, un ruido espantoso lo sacó de su ensimismamiento, y Edward se sobresaltó. Por un momento se ilusionó con la idea de que Bella hubiera llegado y aquel sonido se tratara de su monovolumen, pero desechó la idea cuando vio a su hermano recostado contra el Volvo igual que él.
Edward frunció el ceño.
— ¿Qué estás haciendo, Emmett? – preguntó con voz de pocos amigos.
Su hermano le sonrió ampliamente, pero lo ignoró.
— Tienes las aptitudes de conquista de una niña de cinco años, ¿lo sabes, no?
Edward frunció más el ceño, pero ni una sola palabra salió de sus escuetos labios. Por alguna extraña razón, no le sorprendió que su hermano se hubiera dado cuenta de a quien esperaba, si es que a eso se refería Emmett, así que no intentó desmentir o comentar algo acerca de lo que le estaba insinuando. En los últimos días estaba más convencido de que llevaba un cartel con grandes letras que pregonaba su amor por Bella a los cuatro vientos, y poco le importaba si así era.
— ¿Qué quieres? – musitó con voz tolerante.
— Divertirme, Rose y Jasper todavía no llegan – contestó con simplicidad Emmett.
— Ah…
Edward esperó a que su hermano hablara de nuevo. Lo conocía demasiado para saber que no estaba ahí para reírse de él, así que debía haber algo importante que quisiera pedirle o decirle. Y fuera lo que fuera, Edward estaba barajando varias versiones de la palabra no en su cabeza, como siempre cuando se trataba de Emmett.
— ¿Bella, eh? – dijo entonces su hermano, como quien no quiere la cosa – Te calza como un guante.
Silencio. Edward sabía que Emmet no toleraba que lo ignorara, quizás el único rasgo que lo conectaba con la opuesta novia que se había conseguido, aunque lo de su hermano fuera por un asunto más infantil que por vanagloriarse a sí mismo como Rosalie y su enorme ego alimentado por cariñosos familiares y un novio dedicado a ella.
— ¿Edward?
— ¿Emmett? – respondió divertido Edward.
— ¿Desde cuando te gusta Bella? – preguntó de forma cauta su hermano.
— Un tiempo ya – Edward se encogió de hombros.
— Oh… mmm…
Su hermano se quedó en silencio mientras él se divertía a lo grande.
— ¿Emmett… – Edward se volvió a mirar al chico que estaba a su lado sin poder disimular mucho más la amplia sonrisa que tenía en el rostro –… no estarás preocupado por mí, cierto?
— ¡¿Qué? – Emmett enrojeció y se alejó del Volvo movido por una corriente eléctrica. Parecía ofendido – ¡Claro que no!
Edward estalló en una risa secundada un instante después por su hermano. Le había costado treinta segundos, después que Emmett pronunciara la palabra Bella, darse cuenta de las intenciones de su hermano. Más que conmoverlo o divertirlo, le sorprendió la gigantesca sincronía que seguían poseyendo ambos, y lo bien que lo conocía Emmett a pesar de carecer de la habilidad extra sensorial de Edward, o como pudiera llamársele a lo que tenía, como para entender a cabalidad las dimensiones del sentimiento que lo vinculaba a Bella después de observarlo alrededor de ella tan solo unas cuentas horas. En momentos como esos, cuando notaba la capacidad de ambos para reírse de si mismos, Edward podía sentirse vinculado filialmente con más sencillez a Emmett.
Terminaron de reírse a la par que el monovolumen rojo de Bella entraba cautamente al estacionamiento del instituto. Ambos se quedaron callados y observaron las maniobras atolondradas que la muchacha realizaba con cuidado en el volante, y los rescoldos del nerviosismo anterior regresaron a Edward con la impertinencia de una picada de mosquito o una alergia fulminante.
— Avísame cuando pueda agradecerle cara a cara por devolverme a mi hermano – musitó Emmet entonces.
— Solo somos conocidos – dijo Edward, y se fijó en la expresión insípida e irónica que tenía su hermano en el rostro.
— Edward – Emmett habló como si él fuera retrasado – Bella tendría que ser muy tonta para rechazar a mi hermano.
— Modestia aparte, por supuesto – ironizó Edward.
— ¡Claro!
Emmett comenzó a caminar hacia atrás e hizo un gesto de despedida con la mano antes de volver a perderse entre la multitud de personas, pero Edward creyó verlo riéndose de la forma natural y levemente amedrentadora que acostumbraba, haciendo que la gente que lo rodeaba lo observara con un pánico suave e inconsciente.
Entonces, aun con una sonrisa leve en sus labios, Edward buscó el familiar monovolumen y lo encontró aparcado cerca de la entrada a la cafetería, pero no había ningún rastro de la dueña en el perímetro del vehículo.
Bella no estaba. Suspiró y se hizo a la idea de que tendría que buscarla durante uno de los descansos, aunque, lejos de lo que se esperaba, aquello le imprimió a la tarea un tinte aun más emocionante y nervioso del que tenía antes, como la emoción violenta de un depredador antes de caer sobre el inocente cuello de la presa.
Salió de los camarines unos minutos antes de que acabara la cuarta hora del día. El profesor, más interesado en colocar las calificaciones atrasadas de un grupo de estudiantes, había dejado que el resto siguiera en la de cada uno, y mientras sus compañeros se dedicaban a lanzar balones a las escandalizadas chicas sentadas en las graderías, Edward se había refugiado bajo un aro de basketball escuchando música y pensando en la nada y en Bella. A quien, por cierto, no había podido entregarle la información de la filarmónica sin asaltarla en una ocasión absurda y poco conveniente para propiciar alguna conversación.
Cambiado y con unas pocas gotitas de agua cayéndole por el pelo, se desplomó en uno de los pasillos más concurridos, que a esa hora estaba absolutamente vacío gracias a las clases. Con algo de suerte, Bella pasaría por ahí y podría acompañarla hasta su coche sin parecer demasiado desesperado por estar junto a ella, así que se relajó y empezó a tararear una melodía en que había estado trabajando.
De forma inevitable, recordó la conversación de la mañana con su hermano y se desordenó el cabello al comprender lo evidente que era alrededor de Bella y lo bien que le hacía estar cerca de ella. Aunque Edward ya lo había notado, que Emmett le confirmara el influjo de Bella sobre él era algo que lo asustaba y enternecía al mismo tiempo. Hacia bastante tiempo que no se sentía tan bien o lleno de vida, y quería que eso continuara.
El timbre que anunciaba el final de las clases llenó por completo el pasillo. Un segundo después, una estampida de estudiantes que respiraban el aroma de libertad al menos hasta el día siguiente salió parloteando en una alegre e incesante verborrea incomprensible. Edward se envaró y se puso de pie en el intento de evitar más de las miradas curiosas que había despertado en los primeros estudiantes en pasar por el pasillo, y agradeció ser alto para testear entre la multitud en busca de algún rastro de Bella.
Un cosquilleo nervioso antecedió la presencia de la chica, y cierto tiempo después surgieron los cálidos ojos de Bella en medio de la multitud.
Pasó acompañada de Angela Webber y Jessica Stanley. Edward tuvo que reconocer que habría preferido encontrarla sola y completamente disponible para él, pero le encontró el sentido cuando pensó en que para ello tenía la excusa perfecta.
Ahora o nunca, se dijo, y luego llamó por sobre la multitud.
— ¡Bella!
Fue Jessica la primera en darse cuenta y mirar en la dirección en la que él se encontraba, abriéndose paso entre la gente para alcanzar a Bella. A simple vista, la chica parecía descolocada y sorprendida de que alguien como Edward hubiera alzado la voz para hablar con su amiga, pero en la locura del momento el muchacho creyó atisbar algo más tras la conducta de Jessica Stanley. En efecto, de haber sido más confidente en su propio aspecto, Edward habría comprendido el estupor de Jessica, y un poco de Angela también, al verlo caminar hacia ellas con el cabello ligeramente mojado y las manos en los bolsillos, pero aquello no pasó por su cabeza, como nunca lo había hecho cuando percibía las miradas ambiguas de las mujeres en él, y se concentró en no perder la cordura con las mejillas rojas que esbozaba adorablemente Bella.
La muchacha si entendió la conducta errática de sus amigas. Se avergonzó con todo el rubor de sus pómulos al imaginar que Edward pudiera sentirse incómodo o disgustado por el hecho, y sintió al mismo tiempo el pavor del interrogatorio del que sería presa cuando Jessica la atrapara de guardia baja más tarde.
Desconcertado, Edward se convenció de que su plan había sido una gloriosa estupidez, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse.
— Hola, Bella – murmuró al llegar frente a ella – Jessica, Angela.
Los ojos de plato de Jessica y la evidente incomodidad de Bella y Angela lo cohibieron. Inconscientemente, sintió el familiar rubor acudir a lo más alto de su rostro y deseó compartir los habituales sonrojos de la chica por la que estaba loco, de forma que no fueran obvias las razones de su vergüenza.
Bella se removió sobre sus pies de forma incómoda antes de hablar.
— Hola, Edward – farfulló – ¿Cómo estás?
Desesperado por hablar contigo y darte un beso.
— Tranquilo – dijo él, encogiéndose de hombros y sonriendo de forma vaga – ¿Tú?
— Bien, gracias.
— Ajá.
— ¿Bella?
Edward y Bella se giraron en redondo a observar a la dueña de la voz que había hablado. La tímida y larguirucha Angela Webber les sonrió de forma retraída cuando la miraron, escurridiza ante la súbita atención que de pronto parecía haber suscitado, pero recobró parte de su conducta al toparse por un momento con los ojos de Bella, que debían resultarle más tranquilizadores que los de Edward.
La chica carraspeó para gobernarse un poco.
— Jess y yo ya nos vamos, Bella – explicó Angela, aunque Jessica ni siquiera parecía capaz de moverse por sí sola – Recuerda la conversación pendiente de Trigonometría, ¿sí?
Bella se sonrojó aun más, si aquello era posible, y una expresión helada y pavorosa poseyó su rostro por unos segundos. Angela, sonriéndole con algo que Edward entendió como arrepentimiento, comenzó a jalar de Jessica para que esta se moviera, pero lo único que consiguió fue una sonrisa traviesa que la chica le lanzó a la estupefacta Bella.
— Supongo que mañana nos vemos…Bella, Edward – dijo Angela, y susurró a Jessica lo bastante fuerte como para que ambos la escucharan – ¡Vamos, Jess, mañana fastidias!
Cinco segundos después se habían perdido en la multitud.
Edward se removió incómodo. Él, que solía jactarse de su buen entendimiento, acababa de presenciar una escena que no calzaba con nada que hubiera visto antes, y solo la paciencia que no albergaba por esos días podía darle la respuesta. Bella, a su lado, salía de la ensoñación perpleja en la que la habían dejado sus dos amigas, y de forma lenta alzó el rostro y observó a Edward por una fracción de segundo. Luego, bajó la cabeza a la velocidad del rayo apenas este le devolvió la mirada con toda la intensidad de sus ojos.
Fue una nueva sorpresa. Esa no era la forma en que ella solía desenvolverse cuando hablaba con él, aunque, claro estaba, eso no había sucedido tantas veces como para poder hacer una generalización del tema. ¿Habría hecho, quizás, algo que la pusiera nerviosa o incómoda? En una vaga revisión le pareció que no.
Sacudió la cabeza y despejó sus ideas. Ahí estaba él, preguntándose por las respuestas de cosas sin sentido cuando la tenía sola para sí. Estaba perdiendo el tiempo de la manera más insólita.
— Quería entregarte esto – murmuró rápidamente, y sacó con tranquilidad la vilipendiada hoja de la Filarmónica.
Bella bizqueó por un momento. Agitó su rostro de un lado a otro como una bonita autómata, aunque aceptó de cualquier manera lo que Edward le entregaba. Curioso, él quiso saber nuevamente que estaría pasando por su mente, pero una vez más tuvo que contentarse con hipótesis y posibles teorías, cada una más absurda que la anterior.
— Gracias – musitó ella, y sonrió fugazmente al tiempo que un nuevo remolino de sangre acudía a sus mejillas.
¿Desde cuando Bella era dolorosamente tímida con él?
— Sí, bueno…– dijo Edward, incapaz de contener la mano que desordenó su cabello – Los conciertos del mes empiezan el día tres, así que decidí pasártelo antes para que no te perdieras nada. ¿Eso está bien, no?
Comenzó a sentirse paranoico cuando descubrió que Bella volvía a mirarlo de forma vaga y al segundo siguiente le agradecía entusiastamente. Era como si le apagaran y encendieran una luz de manera antojadiza.
— ¡Sí, definitivamente! ¡Muchas gracias! – exclamó.
Soltó una risita nerviosa, como si hubiera algo con ella que no estaba correctamente alineado, y se puso a leer de forma breve el papel que Edward le había pasado, mientras él tanteaba su rostro con su mano en busca de algo que pudiera provocar un ataque de risa, pavor, o, en el caso de Bella, impavidez. Después, esperó lo que le pareció una eternidad a su lado, como si lo que fuera a decirle acerca de la Filarmónica fuera aplicado también a lo que pensaba de Edward.
Pero Bella levantó el rostro y simplemente volvió a agradecer.
— De verdad – Ella asintió y señaló con el dedo un punto vago de la hoja – Por ejemplo, me gustaría ir a ver a este coro de niños de Dinamarca, aunque no sé si pueda con el gasto que hace el trasto cada vez que voy a Seattle…
Se quedó callada de golpe y lo miró cuando volvía a sonrojarse. Edward, desconcertado, nervioso, tenso y algo más, desordenó su cabello de forma desesperada y tragó aire ruidosamente, moviendo su manzana de Adán como si fuera una pequeña pelotita saltarina con la que jugaba un niño de cinco años.
Sin saber de donde, ni cómo, ni cuando, la idea se apoderó de su cerebro como si fuera una especie de ley que lo regía, y no una simple idea. No tenía ni la más mínima impresión de cómo podría reaccionar Bella, ni si era el momento correcto, en vista que ella lucía tan tímida y acomplejada, pero fue aquel lado despreocupado, extrovertido y valiente de su personalidad el que lo dominó por un enorme momento en que todo le pareció ir en cámara lenta.
— Yo puedo llevarte – dijo, con la solemnidad de un caballero del siglo diecinueve al pedir la mano de una arisca jovencita que le había arrebatado el corazón desde hacía tiempo – Mi coche puede hacer el camino de ida y de vuelta fácilmente.
Perdió el hilo y se formó un silencio que a Edward se le antojó horrible por el resto de su vida. Fue una cosa de segundos, un período perfectamente tolerable entre cualquier pregunta y respuesta, pero que a él le asemejaron horas y horas a la espera de lo que pensaba que vendría. Bella mordería su labio inferior nerviosa y avergonzada, y lo rechazaría de la manera más suave que encontrara, intentando no herir los sentimientos que él descargaría contra su compungido piano apenas llegara a su casa. Dejaría de atormentarse por ella una vez que obtuviera el tan esperado rechazo, y podría por fin centrarse en su carrera de músico solitario en Milán.
Pero nada de eso llegó, aunque Bella sí mordió su labio.
— No quiero molestarte – susurró con voz baja.
Edward casi se rió de ella, pero se contuvo al pensar que debería explicar su conducta y no quería tener que embarcarse en una larga explicación de lo enamorado que estaba de ella y de lo dichoso que se sentiría al ser molestado por Bella.
— Tengo que ir ese día de cualquier manera – mintió al vuelo. Una luz de esperanza se había encendido al ver que ella no lo rechazaba. No abiertamente, al menos.
Novedad, Bella se sonrojó y rascó su frente, mirando directamente hacia el suelo como si buscara taladrarlo y esconderse de lo que fuera que la estaba avergonzando. A esas alturas él ya había perdido la cuenta de todas las veces en que había repetido la misma acción en esa pequeña charla que estaban sosteniendo.
— ¿Bella, estás bien? – preguntó Edward, definitivamente preocupado después de varias veces de lo mismo.
— Sí, si…– Lo miró con sus cohibidos, cálidos y grandes ojos oscuros – ¿De verdad no te haré ningún problema?
— Ninguno – aseguró él, imponiéndole a sus ojos el convencimiento de la palabra – Es temprano, así que podemos irnos desde el instituto a Seattle directamente, ¿eso te acomoda?
Bella asintió sumisa.
— Bien – Edward sonrió – Supongo que el viernes te veo entonces.
Ella se limitó a mover de nuevo la cabeza, sus pómulos tan sonrojados como siempre. Él, por su parte, comprendió que llegaba la hora de emprender la retirada y separarse quisiera o no de Bella. Lento, como si esperara ser rechazado, se acercó a la muchacha y depositó un efímero y minúsculo beso en su mejilla, dejando sus labios cálidos por el calor que estas irradiaban.
Caminando entre la multitud de alumnos, Edward se permitió fantasear una vez más.
¡Hola! Bueno, sí, estoy viva, primera información. No he estado especialmente llena de tiempo estas semanas, en mi colegio han empezado un reforzamiento para la PSU (prueba de selección universitaria) y mi torre de guias de ejercicio ha crecido de manera alarmante, así que... ¡comprensión! Ahora bien, pasemos a los agradecimiento: Nanako, una clásica, gracias por todo, y no te preocupes que a partir del próximo capi el fic empezará a ir un poquito más rápido e interesante (tú sabes a que me refiero); a Maria Swan de Cullen, estás perdonada por no haber comentado antes (y por la deformidad del corazón, jajaja), pero en verdad gracias por darte el tiempo; A loreto, pues me alegro que te haya dado un regalito con el capi anterior, ¡feliz cumple atrasado, por cierto!
Eso sería, ahora sí espero actualizar muy pronto. ¡Y me alegro de que los anónimos hayan disminuido! Ahora iré a personalizarme con cada una. Un beso, GreenDoe.
