N/A: Ahora, veamos el punto de vista de Merlín c:


XII

Ecos del pasado

La primera vez que Merlín lo vio, tenía seis o siete años. Era un niño de rizos rebeldes, con ojos grandes y curiosos que extendió su mano para tomar las gotas de lluvia que caían del borde de la cornisa de una tienda de conveniencia. El tiempo se ralentizó, como siempre lo hacía cuando su magia daba con el eco de almas pasadas. El murmullo de la lluvia contra su paraguas se detuvo y vio el momento exacto en que el agua tocó la piel de su pequeña mano, separándose en gotas diminutas.

El eco siempre venía con pequeños trozos de recuerdos, como las miradas y las sonrisas. Con ese niño fue diferente. Lo que vino a él fue un pedido de ayuda, el aroma del bosque y luego, la lágrima que chocó contra su piel pálida cuando rogó por la vida de una niña druida de la que estaba enamorado. La sensación cosquilleante de la magia arraigada en el centro de su mismo ser. El eco de Mordred fue más poderoso, incluso que el de Morgana.

En el fragmento de segundo que dio un paso, el momento se disolvió y los sonidos llenaron sus oídos. Se detuvo algunos pasos después, su mano apretando de más el mango del paraguas. Una niña y una mujer salieron de la tienda, el niño volvió su rostro hacia ellas.

Merlín se dio cuenta de que quería ir y tomar su delgado cuello, apretarlo hasta que su último aliento escapara por su boca de labios rosados. Ira fría se deslizó por su interior, su mente gritando: "El traidor" "El asesino" "El asesino de Arthur". Su magia vibró. Quería matarlo, hacerlo pagar. Destruirlo hasta que no quedara nada. Y estuvo a punto, de no ser porque el pequeño sonrió, llamando a su madre y rompiendo el trance en el que Merlín se había sumergido.

Tembloroso, sus labios dejaron escapar el aire.

La madre tomó a su hija con una mano y a su hijo con otra y, riendo, les dijo que debían correr lo más rápido que podían hasta llegar a casa. Los niños corearon en acuerdo y los tres salieron disparados por la acera, las bolsas que la mujer llevaba se tambalearon y una barrita de cereales cayó al suelo, muy cerca de él. Merlín se inclinó para tomarla. Al levantar la vista, vio que el niño se había dado cuenta y volvió sobre sus pasos rápidamente. Merlín le miró mientras la extendía hacia él, que la tomó con su mano pequeña y le sonrió. "Gracias, señor", le dijo con la voz más adorable que había escuchado, luego se marchó corriendo tras de su madre y su hermana.

Se sintió sucio, repulsivo y avergonzado.

Había estado a punto de matar a un niño inocente, que nada tenía que ver con el hombre que le había arrebatado todo en su vida pasada. Tardó un rato allí parado, mientras las personas corrían bajo la lluvia para refugiarse.

Algo similar le había sucedido con la reencarnación de Morgana, solo que nunca fue tan agresivo. Y, eventualmente, ella y él se perdonaron, incluso se hicieron amigos y vivieron días de agradable compañía. Merlín se volvió parte de su familia y su hijo le admiró como a un héroe, su nieta le amó como a un abuelo y seguían siendo tan unidos como al principio.

Pero con Mordred, con Mordred el rencor era demasiado fuerte, aunque sabía que no podía culpar a ese pequeño niño por nada. Él no era como Morgana, no podía recordar y, posiblemente, nunca lo haría. Merlín pasó una mano por su cara y talló el puente de su nariz, Su barba de días picó su piel, había estado dejándola crecer un poco y le hacía lucir como un hombre de al menos cuarenta años.

Decidió que era mejor olvidar aquel encuentro, justo como había hecho con las demás reencarnaciones que había encontrado en su vida. Aún tenía fresca la imagen de un Gwaine casándose en una pequeña iglesia. Esa también había sido una visión rara y le reafirmó lo que ya sabía, que las reencarnaciones nunca serían como sus vidas pasadas. Era mejor dejar el pasado en el pasado.

Sin embargo —y vamos, ya debía haberlo sabido—, el destino era una mierda sin sentido, con planes que a menudo ignoraban sus deseos. Y se encontró con el niño de nuevo, en muchos lugares. Cuando caminaba por el parque o en la tienda de conveniencia, su mirada siempre atraída como un imán. Lo vio incluso durante el trabajo de medio tiempo donde era encargado de una librería pequeña, cuando llegó con su madre a comprar el tercer libro de Harry Potter.

Poco a poco, y mientras más lo miraba, comenzó a preguntarse si así habría sido Mordred en su niñez. El niño era completamente adorable, más aún cuando sonreía y mostraba orgulloso el diente que le faltaba, presumiendo que el hada de los dientes le había dejado una libra completa bajo la almohada.

Sin darse cuenta, comenzó a tomarle cariño y le siguió a lo largo de su vida, siempre en la distancia, como una sombra, su magia volviéndose incluso protectora. Cuando tuvo la edad en la que había conocido a Mordred, no pudo evitar pensar en lo que había hecho, en cómo había estado dispuesto a dejarlo morir. Había sido por el bien de Arthur, claro, pero… ¿en qué clase de persona se había convertido "por el bien de Arthur"? ¿"Por el bien de Albion"? Después de muchos siglos para pensar, para ver la magia extinguirse, ya nada tenía sentido incluso.

Se tomó algunos años fuera de Londres, viajó a otro de sus lugares favoritos, América y pensó mucho más sobre su vida. Hacía tiempo que había perdido de vista su propósito. Sabía que Arthur regresaría cuando Albion lo necesitara, debido a lo que había hecho, enviando su cuerpo a Avalon. Pero comenzaba a pensar que ese momento no llegaría nunca. Lo había esperado durante las duras guerras, durante los genocidios, pero no sucedió. Se encontró con muchas reencarnaciones, pero no Arthur. Nunca Arthur. Ya no tenía muchas razones por las que seguir, aunque ver la evolución de la humanidad era interesante y aún le encantaba aprender sobre lo que la modernidad había traído.

Cuando el hijo de su vieja amiga falleció, se sintió triste. Volvió con Louisa para comenzar un nuevo ciclo. Se cambió el nombre a Merlín por primera vez en siglos y utilizó su nombre druida como apellido. Ella le miró con cara de pocos amigos y le dijo que deseaba tener la suerte de poder quitarse años de encima. Se había vuelto una mujer guapa e independiente. Y se quedó a vivir con ella.

Cuando buscó a la reencarnación de Mordred se dijo a sí mismo que no era porque quería desesperadamente verlo. Y cuando vio en lo que se había convertido, su corazón se saltó un latido. El joven se había vuelto tan apuesto como el más jóven de los caballeros de la mesa redonda, pero había algo en sus ojos que Mordred nunca había tenido. Quizá fuera porque ese chico había crecido con una madre, un padre y una hermana, porque había tenido un mejor amigo, todo lo que el druida debía haber deseado siempre.

Ese conocimiento ardió en su conciencia, porque tal vez él le había arrebatado toda oportunidad de felicidad a Mordred en su vida pasada. Fue allí cuando comenzó a sentir una culpa que llenó todo. O casi todo.

Él no sabría decir porqué lo siguió al bar aquella noche, ni por qué sus ojos le siguieron durante todo el tiempo. Pudo ver que él se daba cuenta, que sus ojos hermosos también le buscaron al otro lado de la barra. Sentía el pulso de magia, débil que provenía de él, su brillo cubierto por una gruesa tela.

Merlín no sabría decir tampoco por qué lo intentó, por qué deseó escuchar esa voz profunda dentro de su cabeza.

"Mordred".

Como si le hubiera escuchado, el chico elevó la cabeza en su lugar y la movió como si buscara algo. Merlín sostuvo el aliento cuando sus ojos se fijaron en él de nuevo, había algo turbio en ellos y se imaginó que había tomado demasiado. Y luego, como habían venido, se fueron. El chico se desmayó poco después. Su amigo le golpeó en la mejilla mientras lo llamaba. Merlín se acercó para preguntarle si podía ayudar.

"Es su primera vez ebrio" Rió el agradable sujeto, parecía divertido por el asunto. "Supongo que no tiene tolerancia al alcohol".

Merlín lo ayudó a levantarlo de la mesa y sintió un cosquilleo cuando su aliento golpeó su cuello momentáneamente, mientras murmuraba "Poool" en voz baja, gruesa y arrastrada. Merlín sintió una punzada de celos. El chico, que se presentó como Paul, le agradeció una vez que "Alex" estaba en su auto. Los vio marcharse.

"Alex" Murmuró en la soledad de la noche. Una sonrisa tirando de las comisuras de sus labios.

Esa noche, Louisa le preguntó por qué sonreía como un tonto.

Y como el tonto que era, no se cuestionó a sí mismo qué podría significar.


Eligió la carrera de Historia por segunda vez, aunque la anterior la había tomado en otra universidad. El decano le había asegurado que tenían una buena oferta educativa y eran bastante competitivos; el hombre había conocido a "su abuelo", que realmente no había sido otro más que él mismo; Merlín siempre encontraba gracioso que dijeran que era la viva imagen de su antepasado y no pensaran que podría ser él. Los mortales realmente habían perdido el toque de la desconfianza. Aunque el gobierno había estado tras sus pasos por muchos siglos. Lástima que no contaran con su habilidad de cambia formas.

Cuando vio a Alex entrar al aula, fue como si todo se volviera más brillante por primera vez. Ahí estaba, Mordred de nuevo. El chico le miró de una forma extraña y luego fue a sentarse a su lado. Saber que compartirían lugar le hizo feliz y se sintió simplón, era una agradable coincidencia. Sabía que Mordred había querido ser su amigo en el pasado, era su oportunidad para redimirse. Bien podría intentarlo mientras durara la carrera.

Miró a Alex tentativamente, esperando que se volviera y le sonriera, ¿era normal sentirse tan nervioso? No lo sabía y, siendo sincero, no le importaba. Siempre que iniciaba el ciclo tendía a sentirse más joven, como una persona nueva. Podía ser quien quisiera. Recordaba con cariño su época siendo un hippie cómodo con la vida. Vio los botones en la mochila de Alex, aunque ya sabía que le gustaba Harry Potter.

Alex nunca le sonrió, ni le miró para el caso y la clase transcurrió, así como la siguiente. Merlín se preguntó si tenía un aura de chico raro o algo por el estilo, pero se mantuvo positivo. Tamborileó la mesa con el boli de vacas felices que Louisa le había regalado.

Para el descanso, Alex salió disparado del aula, no miró a nadie en particular ni pareció ir a reunirse con alguien. Merlín se sintió un poco decepcionado, pero él también salió y caminó por la cafetería. Lo vio en una mesa alejada con el móvil en su mano. Sin pensarlo mucho, se sentó frente a él.

Alex resultó ser un friki total, muy agradable, justo como pensó que sería. Al principio era muy esquivo pero una vez que se soltó, no podía callarlo. Y aunque podía seguirle el ritmo en las charlas sobre Harry Potter, no pudo evitar notar que compartía algunas características con Mordred. Por eso, cuando se anunció a sí mismo como un Slytherin, estuvo de acuerdo.

Las diferencias entre Alex y Mordred comenzaban y terminaban con sus ojos, porque la primera vez que lo había visto eran los ojos de alguien que ha crecido amado, y esa sensación seguía allí, aunque algo había cambiado. Tenía la sensación de que Alex no confiaba en él. Y lo entendió cuando le preguntó sobre sus amigos. Alex dijo que Paul y él se habían distanciado por la bifurcación en sus caminos.

Algo le dijo que el chico se sentía muy solo. Justo igual que él.

Como con todo lo que se refería a su pasado, Merlín intentó aferrarse y no pensó mucho en las consecuencias. Alex cuestionó su interés, como cualquier persona normal lo haría y terminaron sentados en el café favorito de Merlín. Con el tiempo, había desarrollado la capacidad de apreciar la belleza de las personas, pues con el pasar de los años y el desgaste, al principio Merlín solía olvidar mirar a quién tenía enfrente. Cuando se daba cuenta, esa persona había cambiado y era hermosa, pero de una forma distinta. Merlín no quería que Alex cambiara, porque en unos años dejaría de ser Mordred y sería un adulto, envejecería y, eventualmente, moriría. La vida de los mortales era demasiado efímera.

Era curioso que Alex no fuera consciente de cuán hermoso era, ni de la atención que llamaba. Si las personas supieran que otras personas los consideran guapos o agradables con mayor frecuencia, tal vez sería un mundo mejor. A él mismo le había tomado un tiempo aceptar el efecto que tenía en quienes le rodeaban.

Al despedirse de Alex, se encontró deseando que el mañana llegara pronto, solo para volver a verlo. Y así pasaron los días, que rápidamente se volvieron meses. Y cada vez, antes de irse a dormir, solo podía desear poder verlo una vez más.

En retrospectiva su amistad había sido buena, mientras duró. Era cierto que se cegó a la posibilidad de que Alex podría ser Mordred, eso debido a la forma en que le miraba. Merlín se convenció a sí mismo que Mordred no podría mirarle de esa forma —como si fuera magia, como si quisiera sostenerle entre sus brazos—, nunca.

En su mente, Mordred solo podría odiarle por lo que le había hecho. No había otra posibilidad.

Dolía pensar que así sería en adelante, que no podría verlo una vez más sin ver el odio en sus ojos.

Tirado en la alfombra de su piso, tenía abiertos varios libros en distintos idiomas. Quería saber si podía viajar en el tiempo para evitar cometer ciertos errores, o simplemente no haber intentado besar a Alex aquella tarde en la azotea. Si no lo hubiera hecho, tal vez podrían haber durado años siendo amigos. Merlín sabía que se estaba engañando, no habría podido vivir así. La vida le había enseñado de muy malas maneras que debía amar en el momento y expresarlo, porque el mañana era incierto y después podría ya no haber oportunidad. Era precisamente eso lo que le había impulsado hacia él, aquel accidente del autobús le había recordado lo frágil que era la vida, lo rápido que podría perderlo.

Mordred le había acusado de compararlo con Arthur aquella vez, pero nunca había estado tan equivocado. Porque lo que sentía por él no era para nada lo que había sentido hacia el único y futuro rey. No.

Había tardado algún tiempo, y fue una sorpresa darse cuenta, pero lo que sentía por él era lo mismo que había sentido por Freya. Lo que había visto en sus ojos —y en los de Mordred en el pasado—, era lo que contenían los de ella. Asombro ante su magia, una especie de adoración de culto a héroe y una salvación. Cuanto más tiempo pasó con Alex, más tiempo se preguntó si eso era lo que se había perdido por culpa de las profecías. Si él y Mordred podrían haber llegado a entenderse tan bien, a quererse como algo más. ¿Podrían haber tenido algo tan maravilloso como lo que tenían en esta vida?

Llorar sobre la leche derramada siempre era inútil, por supuesto. Seguramente les habrían separado distintas cosas, como el amor que Mordred tenía por Kara y que resultó ser incluso mortal. Y, si se hubiera enamorado de Mordred en el pasado, habría tenido que elegir entre él y Arthur. Algo que nunca habría podido —ni querido— hacer.

Sin embargo, no podía cambiar lo que sentía en ese momento. Amaba a Alex y también amaba a Mordred, a la combinación mágica que ambos eran. Algo que no había podido explicar por la sorpresa y el dolor. Le había dicho que no confiaba en él y lo tenía merecido, pero vaya que dolía.

Louisa llegó esa tarde y le aventó su pantufla a la cabeza.

—Está lloviendo a cántaros —Le informó—. Para de hacerlo, vas a inundar la ciudad.

Merlín abrazó su rodilla cerca del cuerpo, ella relajó los hombros y una mirada compasiva inundó sus ojos. Retiró los libros y los puso en el sofá antes de sentarse frente a él.

—¿Realmente eres un inmortal de más de un milenio de edad? Porque en este momento luces y actúas como un niño perdido —Su mano fue a parar a su cabello y lo cepilló, como él solía acariciar el de ella cuando era niña. A Merlín seguía impresionándole la preciosa persona en la que Louisa se había convertido y en lo rápido que se le estaba deslizando de las manos. Temía perderla, perder su compañía, aunque ella le golpeara por llamarla señora Jones—. Cariño, no puedes seguir así.

—Nunca he sido bueno en arreglar las cosas que rompo —Murmuró.

Ella le acunó en sus brazos, dejando que descansara la cabeza en su pecho. Era en esos momentos cuando Merlín pensaba en Gaius, aunque ya no podía recordar el sonido de su voz, ni su aroma. Louisa era el único ser humano vivo con el que se permitía sentir completamente, esto gracias a su abuela, quién le dio lo que perdió con el tiempo. Una familia.

Su hijo, el padre de Louisa, también le amaba. Louisa era lo que quedaba de ambos y ella no había podido tener hijos a los que Merlín podría cuidar y contar historias sobre ella.

—A veces hay cosas que no tienen que ser arregladas, rotas son perfectas y pueden convertirse en parte de algo mejor y más hermoso.

Merlín no sabía cómo explicarle que lo que le impedía ir tras Mordred era el temor a su inmortalidad, a lo imparable que parecía ser el tiempo.

Louisa levantó su rostro por la barbilla y le sonrió, su expresión le dijo que lo sabía.

—Sabes que solo tenemos el ahora, Merlín. Es el ahora lo único que cuenta para los que somos mortales. Si lo dejas ir ahora, quizá no habrá otra oportunidad después. ¿Puedes vivir con ello? ¿A pesar de todo lo que ya han pasado? —Louisa le miró intensamente—. ¿Lo herirás con tu abandono de nuevo? ¿Te castigarás a ti mismo con otra pérdida? ¿No ha sido ya suficiente por una vida?

Sí, lo había sido.