Blaine, Kurt y Warblerlandia nacieron de otra mente (RM) y pertenecen a otros dueños. Yo nada más los hago caminar por otros mundos :D


Capitulo 12. Come what may.

"Me iré de ti, pero tú no te vayas de mí.Porque me iré de ti como me voy de todo, sin que nada se vaya de mí." Antonio Porchia

Llegar a casa, abrir la puerta, entrar, respirar, vivir… nunca antes todo eso había dolido tanto, no así, no de ese despiadado modo en el que parece doler ahora. Te dejas caer en el suelo, apoyando tu espalda en la dura superficie de la madera lisa esperando perderte en ella. Cierras los ojos deseando perderte en esa oscuridad que habita detrás de tus parpados cansados y también esa oscuridad duele, duele tanto…

Las lágrimas se niegan a salir de tus ojos, parece que se han agotado. Nunca en tu vida habías llorado así por alguien, parece que tu corazón acostumbrado siempre a reír, a no darle importancia a nada que no fueras tú mismo por fin ha colapsado. Se siente frágil y traicionado. Se siente menos que nada, sólo un instante que se consumió en las llamas de una realidad que no se siente capaz de enfrentar. Cenizas, pedazos, migajas… sólo eso ha quedado, sólo eso existe para ti.

Así que, Sebastian Smythe, el rey de la vida despreocupada, el eterno don Juan, aquel que se creía invencible, indomable, inalcanzable, se ha dado cuenta ahora de que es nada. De que un solo hombre ha podido hacer de él lo que ha querido, que se rindió ante el brillante fulgor de unos ojos color avellana y, ¿todo para qué? Todo para que esos mismos ojos le restregaran en la cara que nunca habían sido suyos, que ninguna de las miradas que le regalaron fueron para él, que su calor, aquel calor tibio que sin embargo le era suficiente, ni siquiera eso, fue entregado para él solamente.

Todas esas certezas te aterran, te congelan ¿por qué te sientes así? ¿Qué tiene Blaine Anderson que te hace pensar todas esas cosas que no habías pensado antes? ¿De verdad lo amabas? No lo sabes, la única certeza que asoma en tu corazón maltrecho y en tu confundido cerebro es que todo duele. Duele pensar, duele sentir, duele estar ahí tirado en el suelo mientras contemplas el techo del departamento esperando que ahí se encuentre la fórmula mágica de la sanación de tu alma. Pero ¿tiene remedio? ¿De verdad lo tiene?

No. Ese "no" viene de lo más profundo de tu alma, de lo más profundo de tu soledad, esa soledad que has estado cargando todos estos años disfrazándola de fama, de fortuna, intentando llenarla una y otra vez con cuanto chico hermoso te toparas, pero de algún modo siempre estuvo ahí. Y ahora te asfixia, te llena por completo. Aparte de ser nada, también eres soledad. Por eso no hay remedio para ti. La nada no puede tener remedio. La nada y el todo no pueden existir al mismo tiempo, quizá tu tampoco debas de existir ya.

Tus ojos se abren de golpe con la certeza de ese pensamiento. No existir. Irte muy lejos, salir de ahí, de ese lugar donde todo duele, de ese lugar que aunque ahora te cueste aceptarlo se reduce a tu propio cuerpo. Nunca antes habías considerado esa posibilidad, la posibilidad de irte y dejar de lado todo, olvidarte de todos, irte a un lugar donde nadie pueda alcanzarte jamás. A ese lugar que de todos modos los espera a todos pero del que esta noche, tú te sientes más cerca. Te levantas del suelo pensando en que finalmente si te vas, nadie te extrañaría. No, nadie lo haría.

Sabes que si te vas, Aiden estaría tranquilo por fin, porque lo único que puedes darle, lo único que siempre le has dado es dolor y decepción. El que te vayas será para él casi como una liberación bendita, liberación que siempre ha estado esperando. Suspiras y empiezas a caminar hacia el cuarto de baño. Quizá sea la última vez que lo hagas…

Sigues pensando en Aiden cuando lentamente te quitas la ropa y la dejas en el suelo, sin que importe de verdad que sean prendas de diseñador. Solo dejas que caigan al piso y caminas automáticamente hacia la regadera. Las gotas de agua helada caen sobre tu cabello rubio, pero tampoco importa que el agua esté muy fría. El frio te recuerda que sigues vivo, pero por el dolor que hay dentro de ti apenas lo notas. Sí, sigues vivo, quizá no por mucho…

Cierras los ojos de nuevo sin hacer nada más que quedarte ahí, esperando un milagro que no llegará. La vida no es como una obra de teatro, no estás ahí como parte del libreto de un brillante escritor que le dará un inesperado giro a la historia cuando parece que todo está perdido. Esa es la vida real, tu vida, una vida que es como es y de la que ya no te sientes parte. Quizá sea mejor dejarla…

¿Qué dirá Aiden? Quizá sufra un poco cuando sepa que te has ido pero eso será todo. Quizá cuando el impacto pase, cuando deje de odiarte por haberlo dejado, él pueda perdonarte. Te lo imaginas llorando al lado de tu tumba. Sabes que es morboso estar imaginando tu propio funeral, pero los ves a todos.

Ves a Sophie Miller consolando a su hermano, ves a Aiden roto pero en ese momento eres capaz de creer que será la última vez que harás eso con él. Sabes que incluso Sophie te perdonará. Cuando alguien muere, parece que todo mundo olvida las cosas horribles que hizo y simplemente se enfoca en las buenas. Sabes que eso pasará contigo. Sí, quizá los medios se den un festín con la noticia, pero incluso esos buitres dirán que fuiste el mejor actor que Broadway haya visto y todos se arrepentirán de haberte hecho parte de miles de escándalos. No puedes evitar sonreír al imaginarte la cara de tristeza infinita que tendrá Lucy Hoop en el noticiero de la mañana. Ella será la primera en mostrarse consternada, la muy zorra.

El agua sigue cayendo, así como las imágenes siguen llegando a tu mente y hasta ese momento, ninguna ha sido tan satisfactoria como la que empieza a dibujarse lentamente, haciéndote sentir un poco mejor. Puedes ver también a los bailarines de la compañía rindiéndote honor, arrepentidos todos por esos meses de silencio. Ves también al joven director de la obra, lo ves lívido y destrozado sabiendo que es su culpa que estés en un féretro, inmóvil, lejos de todos por culpa suya. Y Blaine… sí, Blaine está a su lado pero también sufre, él también se duele porque no habrá otro victimario que no sea él. Sólo él que no supo amarte, él, quien decidió que darle su amor a otro sería lo mejor. Pues bueno, es obvio que estaba equivocado porque lo único que logró hacer al pensar que por fin tendría el cuento de hadas que su madre la loca le prometiera, fue destruirte. Y tú te encargarás de hacer lo mismo.

Touché…cierras la llave por fin, consiente ahora de cuál será la última escena de tu obra, de tu vida. El dolor que sigue circulando por todo tu cuerpo parece no querer alejarse de ti pero sinceramente ya no importa. No cuando tu corazón late de prisa ahora, consciente de que esos serán sus últimos latidos. Parece estar asustado, parece que toda esa sangre que sigue fluyendo hasta a la más pequeña de tus células te está rogando y gritando porque no detengas esa gloriosa forma de funcionar.

Pero la vida ya no es una opción para ti, no ahora que sientes que has perdido lo único que te importaba conservar, no ahora que los grises nubarrones que asoman en el horizonte haciendo de esa madrugada algo un poco más oscuro de lo que debería ser, parecen ser los mismo que nublan tu vida. No, ya no puedes continuar, no hay un mañana para ti.

Sí, sabes que estás haciendo algo que juraste que nunca harías. Aún recuerdas como odiaste a James Audrey por haber hecho lo que hizo pero ahora puedes entenderlo perfectamente: hay cosas peores en la vida que la muerte, mucho peores. Y ese dolor callado que parece tener presa a tu alma es una de esas cosas horribles que no terminarán hasta que tú termines contigo. No hay más. Ese es tu último acto en escena, Sebastian Smythe.

Aquel día, se supone que estaría marcado como el inicio de otra de las muchas exitosas obras en las que has actuado pero no será así, no, claro que no. No te sientes capaz de seguir ayudando más a Kurt Hummel quien te lo ha arrebatado todo de forma tan despiadada.

"Pues bien, veamos ahora como sales de esta, bastardo, como vuelves a retorcerte de dolor y de culpa al contemplar mi cuerpo sin vida, una vida que tú le arrebataste".

Una sonrisa cruel se dibuja en tus labios al tiempo que corres a tu habitación y sacas el oscuro traje que mandaste a pedir a Milan desde hace meses. Es el traje que usarías en tu primera escena como Elliot la noche del estreno. Sin preocuparte mucho por secar tu cabello, simplemente comienzas a vestirte y el contacto de la suave tela con tu piel parece no tener sentido. Parece que desde el primer momento en el que decidiste cuál sería el final de tu historia, estás más cerca de aquello desconocido que te espera, más lejos de la vida.

Nada de las cosas que haces ahora parecen estar sucediendo de verdad, todo parecer ser parte de la nebulosa del teatro una vez más. Ahí estás tú, el fabuloso Sebastian Smythe. Las luces del escenario parecen seguir cada uno de tus movimientos. Puedes escuchar que la gente contiene la respiración, que todo el mundo contempla cada uno de tus movimientos como siempre lo ha hecho. Todos quieren verte y adivinar qué es lo que te hace un poco menos mortal que ellos. Porque eres tan endemoniadamente bueno que la mitad del auditorio piensa que no eres real. Alguien tan guapo, tan talentoso y brillante no puede existir de verdad.

Pero ahí estas, vistiendo tu cuerpo con aquellas elegantes y oscuras prendas. La multitud está ahí por ti, respira por ti. Sonríes disfrutando de esa sensación de poder absoluto, el poder de saber que con sólo representar tu papel puedes hacer que todas las emociones de la gente ahí reunida cambien a tu parecer. Ellos pueden pasar de la suave sonrisa al más triste llanto con un solo gesto tuyo, con una mirada. Las palabras que otros escribieron, esas que no son tuyas pero que tú te encargas de hacer reales tienen esa magia, ese poder embriagante que siempre te ha pertenecido. Y vivir la vida de otros siempre ha funcionado. Vivir la vida de un personaje de ficción duele menos que vivir la tuya. Una vida que, de cualquier forma, vive el culminante acto final.

Después de terminar de vestirte, caminas con paso lento al baño. Llenas tu cabello con crema para peinar y lo acomodas de modo que todos sepan que es tu particular estilo de arreglarlo, nada formal pero tampoco desgarbado. Sólo tú. Miras encantado el resultado en el espejo. Sin duda alguna eres un hombre hermoso, nadie diría lo contrario. Como último dejo de coquetería, tomas la loción que descansa en el buró y te pones un poco ¿quién dijo que la muerte estaba exenta de todo glamour?

Y de ese modo, aunque todo sigue doliendo, te encuentras mejor. Sí, sí, mucha gente dirá que cometiste una estupidez, que un hombre como tú, joven, rico, talentoso y guapo no tenía por qué hacer lo que hizo. Pero ellos no entienden nada. No entienden el dolor que está calcinando a tu alma, no saben que eso nunca va a detenerse. No saben lo horrible que es vivir para todo mundo, rodeado siempre de gente que querrá saber hasta el mínimo detalle de ti. No saben lo que cuesta respirar cuando sientes que tu corazón herido acabará matándote de todas formas. Porque ese corazón no puede ser amado, nunca ha podido entregarse a nadie, nadie quiere recibirlo, nadie quiere sanarlo. Y tú ya no puedes más, de verdad ya no.

Por eso sabes que el silencio y la oscuridad le vienen mejor a tu última escena, eso es. Caminas pues hacia la habitación nuevamente. El reloj de la mesita de noche marca las cinco de la madrugada. Sabes que el mundo apenas empezará a despertar y está bien. Sabes que no volverás a ver el amanecer de nuevo y de repente ha dejado de importarte. Te sientas un momento a la orilla de tu cama, miras la foto con tu madre en la pared, pero ella también parece estar muy lejos. Tampoco va a extrañarte. Extrañará su cheque, quizá, pero esa idea se borra de tu mente al recordar que es ella la persona a quien se legarán todas tus las disfrute entonces,piensas, y no puedes evitar sonreír al tiempo que abres el cajón del buró y sacas de él un pedazo de papel y un lapicero. Hay que hacer las cosas como se debe.

Te quedas un momento contemplando la blanca superficie que espera ser llenada por tus letras y por un momento no sabes a quién escribir esa nota ¿Blaine? No. Eso es muy cliché, no quieres que él reciba tus últimas palabras. ¿Kurt? No, él tampoco… ¿Quién?

La respuesta es tan evidente en tu cerebro unos segundos después, que realmente quisieras darte una patada por no haberlo notado antes. Lentamente, tus dedos comienzan a escribir las palabras. No son ese tipo de palabras inmortales que le dirías a cualquiera. De hecho, al escribirlas, sientes que son las primeras palabras en las que cada fibra de tu corazón está implicada:

Ojalá hubiera podido encontrarte antes. Ojalá me hubiera dado cuenta a tiempo. Ojalá hubiera podido ser ese que tú querías que fuera. Ojalá pudieras haber sido aquel que yo quería. Ojalá no me odies por dejarte así. Ojalá te enamores de alguien que valga la pena. Ojalá seas feliz porque eres el único que merece serlo. Ojalá…. No hubieras tenido que leer esto. Adiós Aiden William Miller. En un universo alterno, en otra vida si es que la hay, volveremos a encontrarnos y esta vez, te prometo que todo será distinto si tú aún quieres que lo sea…

Doblas el papel en cuatro y al terminar de hacerlo suspiras lentamente. Dejas el trozo de papel a un lado tuyo, en la cama. Sacas del buró un frasco oscuro. Son los antidepresivos de tu madre, una vez los dejó ahí. Te acomodas en la cama procurando que el papel que acabas de doblar no se pierda entre las sabanas. Abres el frasco y el intenso aroma a químicos llega hasta tu nariz que parece percibirlo todo con más intensidad. Sí, huele a medicina, a la loción que siempre usas y también, el olor a tierra mojada que se cuela por tu ventana. Ha empezado a llover.

Sonríes sin poder evitarlo al tiempo que llevas hasta tus labios el primer puñado de pastillas. Lluvia, qué paisaje más romántico para poder culminar con la obra.

Las pequeñas tabletas siguen pasando lentamente por tu garganta hasta tu estomago. Primero no sientes nada. Luego un leve mareo empieza a invadirte, como si de pronto todo el cansancio del mundo se hubiera colado en ti. Sientes que la temperatura empieza a bajar un poco, hace frio. En verdad, nunca en tu vida habías sentido tanto frio. Tu cuerpo tiembla pero el dolor empieza a remitir. Ya no duele, ya no eres parte de ti ni del mundo donde todo parece ser siempre dolor. Dolor oscuro que se pierde ahora en la suave paz que te acompaña a pesar de los temblores, del frio y de las arcadas. Un sudor frio también empieza a cubrirte. Un zumbido incesante resuena en tus oídos ¿qué es? No lo sabes, peo más allá de lo que ven tus ojos ahora, el zumbido es más atronador, es un zumbido que empieza tener luz propia. Y caminas hacia allá dejando atrás todo lo que fuiste. El pasado, el futuro, eso ya no tiene sentido allá a dónde vas. Es entonces cuando el zumbido deja de ser zumbido y se transforma en lo que realmente es: un aplauso.

La gente te ovaciona de pie como lo ha hecho siempre porque de verdad eres brillante y has cumplido con tu papel regiamente, hasta el final, el final que tú escribiste. Oyes más aplausos y también hay alguien gritando tu nombre, alguien grita tu nombre con verdadera pasión. Sabes que te ovaciona también, esa voz que corea tu nombre es de todas, la que más te ha amado. Pero llega un momento en el que ya no la escuchas, en el que te pierdes por siempre y para siempre en esa oscuridad cálida que es más un abrazo ahora. Lo último que recuerdas son unos ojos grises como el cielo que sigue lloviendo afuera y luego, oscuridad total. El telón ha caído y aquel último acto de tu obra, ha sido épico, monumental. El digno adiós de un astro de los escenarios.


La gente corre de un lado a otro al tiempo que los asientos del teatro, que luce hoy su mejor cara, se van llenando lentamente. Miles de mujeres y hombres elegantemente vestidos empiezan a sentarse en sus lugares aguardando, esperando. La noche de estreno de esa obra, la obra que tú protagonizas ha despertado más expectativas de las que hubieras maginado y bueno, es lógico.

No sólo por los rumores de lo bueno que eres que se han dejado escuchar por todos lados después de la noche de la presentación de muestra. Toda esa gente está reunida ahí para verte a ti, para verlos a ti y a Sebastian…

Claro… una sonrisa triste se forma en tus labios al constatar lo triste que es la realidad. Sí, quizá aquella gente esté ahí para comprobar de una vez por todas que en verdad eres un buen actor o que eres simplemente uno de los muchos chismes inflados de los que se llena el medio teatral, pero la verdadera razón de que haya concurrido tanta gente a aquella noche de estreno, el estreno de tu primera obra en Broadway, de tu primer protagónico en aquel lugar, no tiene nada que ver con tu talento, al menos no la mayor parte.

Todo es acerca del escándalo. Parece ser que eso es lo único que el género humano puede apreciar de verdad en cualquier lugar. El escándalo, la feliz constancia de que sin importar cuán miserable sea su vida, hay quienes la tienen peor que ellos. Y es que de verdad es entretenido pensar en Sebastian y en ti como un par de amantes frustrados que por una noche, más bien, que por una larga temporada de presentaciones tendrán que fingir que se aman. Y eso causa verdadera intriga ¿podrán lograrlo? Y si lo logran ¿volverán a enamorarse como antes, podrán olvidar todo lo que ha pasado y volverán a ser la feliz pareja que todos envidiaban?

Claro que no… piensas, mientras la gente sigue corriendo de un lado a otro y las maquillistas insisten en que no puede haber en el mundo alguien más guapo que tú esta noche. Tú les sonríes ampliamente cuando las chicas te dan el último toque de polvo facial y, al ver a la persona que luce un traje oscuro en la distancia, esa persona que sigue indicándole a todo el mundo qué hacer porque parece que todos parecen estar perdidos entre el mar de gente y el mar de nervios, sabes que las maquillistas se equivocan: en ese teatro, en ese momento, no puede haber nadie más guapo que él, que el joven director de la obra.

Lo miras detenidamente porque aún hay tiempo, la obra no empezará sino hasta dentro de una hora. Lo ves ir y venir de un lado a otro, asintiendo a unos, escuchando pacientemente a otros sin que la calma se aleje de su rostro. Sus ojos azules brillan de un modo especial esta noche. Él sabe que nada puede salir mal porque se ha trabajado mucho y además… tú estás a su lado. Ese pequeño detalle parece haberlo cambiado todo desde la noche anterior. Esa feliz constancia de la pertenencia, de ser el uno para el otro ha hecho de Kurt Hummel un hombre nuevo. De hecho, tú también te sientes un hombre mejor ahora. Un hombre que vive de acuerdo a la verdad del más puro amor que haya sentido alguna vez.

Una sonrisa brillante cruza sus labios cuando se aleja de la persona con la que estaba hablando y te descubre mirándolo en la distancia. La misma sonrisa se expande en los tuyos cuando miras que se acerca lentamente a ti. Su paso es tranquilo y relajado, está libre de temor y angustia. Él está feliz porque esa noche todos hablarán de él por razones muy distintas de las que antes podían hablar. Ellos hablarán sólo del magistral estreno de la obra, de la buena calidad de la misma. Y quizá, si se siente con suficiente inspiración, salga al escenario y les diga que te ama y que tú lo amas a él y que lo que ellos tengan para decir le importa un reverendo pepino, pero de lo que sí está seguro es de que esa noche es suya.

Es suya y de algún modo, también te pertenece a ti. Y eso es así porque ahora el mundo parece ser sólo de los dos. Sí, es su obra, la obra por la que ha trabajado toda su vida, pero, tú también eres parte de ese sueño y al mismo tiempo, estás cumpliendo los tuyos.

Él llega a ti y sin importarle que los demás actores que siguen aún preparando su maquillaje y vestuario los estén contemplando, te abraza sin poder evitarlo y tú respondes a su cercanía con un beso en los labios. La mayoría de los chicos sonríe al verlos de ese modo sin poder evitarlo. Ellos sabían, quizá incluso antes que ustedes, que así es como deben de estar. Que su lugar en este universo es siempre el uno al lado del otro. Así de simple y así de hermoso.

Miras su rostro que luce deslumbrante después del beso y quisieras llevártelo de ahí en ese mismo momento aunque sabes que no puedes. Sabes que la noche ha de seguir su curso y con él, el feliz momento de la celebración llegará. Porque el verdadero gozo de tu corazón no tiene nada que ver con que eres parte de esa esplendida producción de Broadway, ni con que por fin serás un actor reconocido después de tanto trabajo: todo tiene que ver con él.

Eres parte de su sueño, eres parte de él y le perteneces completamente. Y cosas como esa deberían de ser por las cuales el mundo pierda la cabeza. Pero sabes que si les dijeras lo que tu corazón siente al estar justo en frente de la persona que amas, ellos jamás lo entenderían porque todos ellos no pueden entender nada. Y al ser así, aquella felicidad que asoma en las pupilas azules de Kurt mientras tú lo envuelves en sus brazos es todo lo que necesitas sentir. Esa es la única verdad que hay. Es su verdad, su secreto y su tesoro. Lo demás es sólo el complemento, sólo eso.

Kurt se suelta de tu abrazo sin querer hacerlo de verdad y guiñándote un ojo, retoma su camino hacia los demás actores. Todos parecen estar listos ya y una sonrisa cómplice asoma en sus labios cuando sus ojos confluyen en los tuyos. Ellos saben que estás feliz y eso los hace felices a todos, además de que, si el director de la obra está contento también, eso ahorra unos cuantos gritos y otras dificultades. Y parece que todo en esa noche sigue bien, muy bien, más que bien…

Media hora para que la obra comience y la gente a tu alrededor, en especial Kurt empiezan a preocuparse de verdad. No hay rastro de Sebastian por ningún lado. Las dulces sonrisas cambian lentamente por gestos de ansiedad y de extrema angustia. Todos habían pensado, que como es su costumbre, Sebastian se prepararía con sus maquillistas personales y llegaría al teatro pavoneándose como la inconfundible estrella del musical como es su costumbre. Pero nada. No hay rastro de él. Y a la ausencia del joven Smythe se suma ahora la de los hermanos Miller.

Kurt empieza a realizar llamada tras llamada a toda la gente que podría haberlos visto, pero no, nadie sabe dónde están. Y la expectación del auditorio llega hasta tus oídos pero tú también pareces estar lleno de miedo de pronto. ¿Qué habrá pasado? Sabes que Sebastian debía estar más que dolido por lo ocurrido la noche anterior, pero, por su naturaleza, tú dedujiste que nada, ni siquiera haberle dicho aquellas cosas lo detendría para llegar a la noche en la que de verdad estaría un paso más cerca de convertirse en una leyenda viva de los escenarios.

De hecho, Sebastian te había dicho alguna vez que no habría nada, ni nadie que lo separara de los escenarios. Nada ni nadie, sólo la muerte… las gotas de lluvia siguen sonando en el techo del teatro. La emoción de los asistentes que empezaba a sentirse en tu piel también se desvanece de pronto y sientes como si el invierno se hubiera colado en tu corazón. Sólo la muerte… pero no, no puede ser, no puede ser dios mío, por favor no…

La ansiedad de todos parece ir en aumento a medida que el miedo sigue atenazando a tu corazón. De pronto te encuentras caminando hacia Kurt que mira a un lado y hacia otro esperando a que alguien aparezca pero nadie lo hace. Y parece que nadie aparecerá, que aquella obra será una obra frustrada de nuevo pero…

Sophie y Aiden Miller hacen de pronto una entrada realmente falta de todo glamour. Los dos vienen totalmente empapados, como si la tormenta que sigue calendo en la calle hubiera entrado en el teatro gracias a ellos y no puedes evitar notar que un dolor inmenso se refleja en su mirada. Kurt corre hacia ellos, mitad aliviado, mitad exasperado, pero la determinación de gritarles por su retraso se borra de una sola vez cuando contempla sus rostros alicaídos.

-No podíamos fallarte- dice Sophie dirigiéndose a ti sin levantar su mirada del suelo- nosotros no, no podíamos hacerte esto…

-Sophie…- dice Kurt acercándose a ellos. Tú también te acercas pero tienes miedo. Sabes que lo más lamentable no es el estado de las vestiduras de los hermanos Miller, hay algo más, algo de lo que al parecer se niegan a hablar en ese momento.

-Todo está bien, Kurt- dice Aiden de pronto y te basta una sola mirada para darte cuenta de que aquello es una enorme mentira, nadie está bien, por más que intenten estarlo, aquellos dos chicos no están nada bien.

-¿Qué les sucedió, Aiden?- dice Kurt.

-Sólo nos retrasamos un poco, eso es todo. Quizá haya que aplazar el estreno media hora más, pero eso no levantará sospechas. No diremos nada. Nadie tiene por qué saberlo. Al menos no hoy, no, nadie se va a enterar…

-¿De qué se van a enterar?- dice Kurt un poco más alterado que aliviado por las palabras de Aiden.

El joven de los ojos grises niega con la cabeza, como si fuera lo único de lo que fuera capaz de hacer sin correr el riesgo de romperse ahí mismo. Nadie parece estar respirando. Todo mundo siente que pasó algo horrible, pueden verlo reflejados en el lento y torpe caminar de Sophie Miller que deja a su hermano en frente de Kurt para correr a prepararse para la presentación. Aiden sigue ahí, de pie, en frente de Kurt sin atreverse a decir lo que sabe que tiene que decir. Todo parece quedarse quieto en medio de un limbo de pánico que no puede desatar otra cosa que no sea el infierno. Y los segundos siguen su marcha implacable hasta que te acercas al joven Miller y obligándolo a que te mire a los ojos, le dices:

-¿Dónde está Sebastian?

Ahí está. Por fin lo has hecho. Has pronunciado la pregunta impronunciable, la que todo el mundo necesitaba hacer, la única que de verdad importa en medio de ese pesado silencio que parece envolverlos cuando el joven Miller no dice nada. Cuando lo único que puede hacer es empezar a llorar de forma incontenible. Esa pregunta lo ha roto. Él sabe que tiene una respuesta pero no quiere darla, no se siente capaz de hacerlo.

-Se- Sebastian no vendrá- es lo único que puede decir.

-¿Por qué no?- dices tú, incapaz de saber si en ese momento quieres saber eso.

-Porque… porque él está…

Y el llanto empieza de nuevo. De hecho, pareciera como si Aiden Miller llorando en frente de ustedes dos fuera lo único real ahora. Pero no. No puede estar pasando de nuevo. De verdad eso no es posible. Estás seguro de que Sebastian Smythe no está, no está…

Kurt cae al suelo de pronto y eso es lo que parece sacarte de tu ensimismamiento. Todo el mundo parece haberse derrumbado también a tu alrededor. Notas como todos los actores hacen un esfuerzo sobre humano por no gritar, por no llorar, por no arruinar lo que, de cualquier modo parece ya no tener remedio. Tú te acercas a Kurt y tratas de hacer que se ponga de pie pero él no reacciona. No está ahí. Parece estar muy lejos, parece estar reviviendo otra vez aquel otro día de lluvia… ¿por qué? ¿Por qué la lluvia siempre tiene el mismo efecto? ¿Es lo único que pueden traer siempre las gotas de agua? Sólo dolor, sólo culpa… muerte, es lo único que puede haber para alguien como Kurt. Eso es lo que está pensando él. Todo es su culpa de nuevo, todo… él destruyó a Sebastian, él destruyó a Jamie… eso es todo lo que él sabe hacer…

Kurt….

Te encuentras diciendo su nombre en su oído, pero él no dice nada, sigue ausente. Sólo piensa en que el mundo jamás dejará que él sea feliz. Y está bien, claro que está bien. Lo merece. Lo merece por no darse cuenta de que está maldito, de que no hay amor por grande que sea que pueda liberarlo de ese destino oscuro, ninguno.

¡Kurt!

Tu voz sube de tono, pero no, nada. Él se aferra a ti, y tú lo acercas un poco más a tu pecho. Quizá eso funcione, quizá eso pueda descongelarlo, devolverle la vida.

Por favor Kurt, por favor, no te vayas de mí, no te vayas a ese abismo o me iré contigo. No es tu culpa Kurt, no lo es. Todo es por mí, todo fue mi error. Si al menos no lo hubiera engañado así, si nunca hubiera intentado amarlo, si nunca hubiera dicho esas palabras sólo por decirlas. Si tan sólo no hubiera sido un cobarde Kurt, si yo no hubiera dejado que me devolvieras mi corazón. Por favor Kurt, por favor, tú no te vayas, por favor…

¡KURT!

Tu grito resuena en todo el teatro. Nadie se atreve a acercarse a ustedes dos, nadie. Pero es ese grito y las lágrimas que ruedan por tus mejillas, lágrimas que han llegado también a la piel de Kurt las que parecen sacarlo del aturdimiento y el mundo parece girar de nuevo, aunque el giro siga tratando de robarles el aire y la vida.

-Es mi culpa otra vez- dice él con sus ojos azules llenos de pánico- es mi culpa… yo… yo… no podemos presentar nada, Blaine, dile a todos que se vayan, diles, por favor, no quiero, no quiero pasar por lo mismo…

-Kurt…-dices tú, sintiendo su dolor como tuyo.

-Siempre es lo mismo, siempre- dice él con la mirada perdida- esto es lo que obtengo siempre, soy malo, soy un maldito y siempre obtengo lo que merezco. No puedo ser capaz de hacer otra cosa, no puedo, no…

-No es tu culpa…

-¿Es que no lo ves, Blaine?- dice él- ¿no ves que todo está perdido? Él lo sabía, él sabía que de este modo destruiría todo lo que soy, todo lo que tenemos…

-No, Kurt, no…

-¡Deja de engañarte!- dice él levantando la voz- sólo has que todos se vayan. Diles que han ganado de nuevo. Diles que mi vida es una farsa, diles que no sirvo para esto, que tienen razón…

-No voy a decirles eso- dices tú, lleno de una firme convicción- no vas a decirle a nadie que se vaya.

-¿Qué dices, Blaine?- murmura Kurt sin poder creerlo- ¿no ves que esto es todo lo que merezco? Sé que después de esto tú también querrás irte, porque esto lo empecé yo.

-¡No, no me iré!- dices tú, perdiendo un poco la paciencia- no me iré y nadie se irá de aquí.

Los chicos de la compañía, incluso Sophie y Aiden, quien sigue llorando en silencio te miran. Todos piensan que estás loco, claro. Todos creen que intentas salvar una nave que está destinada a perderse en la nada, y sin embargo, todos se quedan quietos, esperando, deseando con toda el alma que tú sepas qué hay que hacer a continuación.

-Él destruyó su vida porque así lo quiso- dices tú, con una voz fría y firme que nadie había escuchado antes- esta fue la única cosa que pudo hacer bien, pues bueno, ya tiene lo que quiere.

La gente te mira sin poder creerlo, sin poder entender cómo es posible que tú no te sientas inundado por la culpa.

-Yo no soy el victimario de nadie, ninguno de nosotros lo es- dices sin quitar un ápice del aplomo que asoma en tus palabras- Sebastian quiso hacer lo que hizo porque fue lo que le vino en gana, como todo lo que siempre hizo. Así que nadie Kurt, escúchame, nadie ni siquiera él te va a arrebatar esta noche. ¿Qué si me siento culpable? Sí, y mucho… pero nada de lo que hagamos mejorará la situación, excepto… no rendirnos. No vamos a parar nada, nadie se irá. La gente que está allá afuera vino a ver el estreno de un musical y eso es lo que les daremos. El mejor musical de sus vidas. Daremos una actuación tan buena, que mañana se hablará más de esta presentación que de ninguna otra cosa, ni siquiera de lo que Sebastian hizo. Tenemos toda una vida para sentirnos mal por esto y echarnos la culpa los unos a los otros… pero hoy, hoy sólo tenemos esta noche, sólo dos horas para mostrarle a esa gente que somos mejores artistas de lo que ellos creen, que siempre lo hemos sido y que lo que pase fuera de este escenario, no menoscabará el valor de lo que amamos hacer.

Lo que sigue a tus palabras es un silencio lleno del rumor de la esperanza, del rumor de la luz más allá de la negrura. Todos saben que tienes razón, que no hay ningún motivo para dejar de presentar la obra esa noche, ninguno. Lo que un hombre desesperado hizo, no tiene por qué terminar con casi un año de duro trabajo. Sí, tú tienes razón. Esa noche les pertenece por derecho desde el primer día en el que ensayaron la primera canción, desde la primera gota de sudor derramada en ese escenario. Y nadie, ni siquiera los fantasmas van a arrebatárselas, nadie.

-Kurt, podemos hacerlo- dices tú, clavando tus ojos color avellana en el azul intenso de esas pupilas que ya no parecen estar tan perdidas como antes.

-No…- dice él, tartamudeando un poco- no sé cómo lo haremos si el otro protagonista de la obra no está ¿dónde conseguiremos a alguien que lo haga la mitad de bien de lo que él lo hacía?

-Tenemos a alguien- dices tú, tomando su rostro entre tus manos, obligándolo a mirarte- tenemos a alguien que es mejor que él en todos los aspectos. Estoy contigo Kurt, hagámoslo juntos.

Le guiñas un ojo al tiempo que besas sus labios rápidamente. Él parece haber entendido la implicación de tus palabras y también sabe que es verdad. Esa noche, su noche, no va a ser desperdiciada a la memoria de alguien que no lo merece.

Mañana, seguramente los buitres de la prensa volverán a devorarlo. Mañana todo el mundo hablará, culpará y se encargará de desgarrar todo lo que pueda ser destruido. Pero no esa noche. Esa noche, la gente sólo verá un show admirable, verá a verdaderos actores entregando el alma en cada escena y sobre todo, verá el renacimiento de quien creyeron que estaba terminado para toda la vida. Pues bien, es el momento de demostrar lo equivocados que están, lo equivocados que siempre han estado.

Kurt limpia las lágrimas de sus ojos y toma tu mano. El movimiento empieza otra vez, pide que lo preparen para el primer acto. El mundo sigue girando y undisclosed desires abandonará la bruma de los sueños y será una realidad al menos por esa noche…


El acto final.

Las luces del auditorio confluyen en tu cara nuevamente. La última hora y media de tu vida ha pasado casi como un borrón apenas perceptible. Sí, lo has notado. Has notado el rumor inquietante del público en el primer acto. Todos se han preguntado lo mismo ¿dónde está el señor Smythe? ¿Por qué te has atrevido a volver a actuar? Sí, lo sabes, sabes que la gente habla pero siempre han hecho eso. Parece que es lo único que saben hacer. Hablar, juzgar, decir qué es lo que está bien y lo que no en tu vida como si ellos lo supieran todo. Pues bien, eso ya no importa, no tiene sentido, ahora no.

Mucho menos cuando después de la primera escena los has dejado callados. No recordabas esa sensación corriendo por tus venas. La maravilla que es actuar y cantar en frente de tanta gente que había acudido a aquel lugar sólo para tener algún cotilleo al respecto, y que sin embargo, ahora está totalmente en silencio. Perdida en ti, en Blaine. Perdida en esa maravillosa historia que escribiste, esa historia a la que ahora le das vida sin importar todo lo que hay detrás de ella.

Esa es tu historia, Kurt. Y ahora mismo todos la conocen, todos la aprecian, todos la han hecho parte de sí mismos porque tú eres magia. Blaine también lo es. Si eres justo con él, debes de decir que incluso él ha estado mejor que tú. Tú te sientes un poco oxidado, pero realmente no hay nada más que te importe en ese momento que el estar ahí en ese lugar, actuando al lado de la persona que amas, de la persona que a pesar de todo, no se irá de ti.

Tus ojos confluyen en él ahora. Es la escena final del musical. La más bella y la más triste de todas. Sabes que los chicos han hecho un esfuerzo mayúsculo para llegar a aquel momento. Parece que de verdad todo ha salido perfecto. Ahora, depende de ti y de Blaine cerrar aquella presentación con broche de oro. Y sabes que así será, que nadie olvidará nunca aquel final.

Una vez, un profesor en NYADA te dijo que para escribir una historia, uno debía de saber exactamente cómo terminaba. Porque sólo así uno descubriría el proceso que lo llevaría a ese momento culminante. Cuando uno sabe el destino, siempre encuentra el modo de llegar a él y hacer que cada línea, que cada palabra, cobre sentido al final del viaje.

Así fue contigo, así fue con esa historia. Ves a Blaine, mejor dicho, a Anthony recostado sobre la nieve artificial que sigue cayendo desde lo alto del teatro y sabes que aquel final es perfecto. Que tu historia lo es, que no habrá nadie capaz de olvidarla por más que se esfuercen, por más que intenten sacarla de su mente.

Escribiste una obra de arte, Kurt Hummel, y fue así porque cada palabra que formó tu historia fue parte de tu corazón antes. Un corazón que se llena de amor y gratitud hacia aquel hermoso actor que te acompaña esa noche y sabes, cuando vuelves a mirarlo otra vez, que no habrías podido hacer esa presentación con otra persona que no fuera él. Y aunque sabes que después de esa noche, habrás de enfrentar un infierno, no te importa. Si ese es el precio que hay que pagar, bienvenido sea. Ahora, sólo tienes que actuar. Es la escena final y así se te vaya la vida en ello, no dejarás que alguien te impida hacer de ella algo legendario…


Hace frío Los copos de nieve siguen cayendo sobre tu abrigo oscuro. Las lagrimas que salen de tus ojos hace tiempo que se han congelado. No sabes cuánto tiempo llevas caminando, ya no sabes cuantas veces tus labios han gritado su nombre sin dar con él.

El cielo gris y encapotado, parece no cansarse de llorar aquella noche. Todo parece un poco más claro mientras caminas. Sabes que aquel es tu destino final. Sabes que no volverás a andar el mismo camino de regreso. Lo sabes y la verdad no te importa. Sabes que vas a su encuentro, sabes que es la única forma.

-¡Anthony!- le gritas de nuevo al silencio y al vacío de aquel enorme bosque- ¡Anthony!

Nadie responde. Sólo el eco de tus palabras perdiéndose otra vez debajo de la nieve. Sigues caminando, sabes que vas a encontrarlo. Sabes que ese es el lugar porque tu padre lo dijo entre carcajadas. Sabes que tiene que estar por ahí, sabes que no debe de estar nada bien. Sabes que alguien le hizo daño, mucho daño. Sabes que también pudo haber sucumbido ya al frío del ambiente, lo sabes, pero te niegas a aceptarlo. No, si vas a encontrarlo tiene que estar vivo, tiene que estarlo. Y si ha de irse, se irá contigo. Porque es la única forma, la única manera de…

-¡ANTHONY!

Tu grito desgarra el aire, hiere a la nieve con aquel dolor que parece venir directamente de tu pecho.Corres hacia él. Está hecho un ovillo entre la nieve blanca.Los cortes en su cara y en todo su cuerpo siguen sangrando un poco y un reguero de líquido rojo que antes te habría asustado ahora no te importa mucho. Lo tomas entre tus brazos y notas que aún tiene pulso. Está vivo, claro que lo está. Te quitas el oscuro abrigo sin pensarlo y lo cubres con él. Él no ha abierto los ojos, no tiene ya energía para hacerlo, pero sabe que estás ahí porque sus labios, unos labios que lucen ya morados , esbozan una sonrisa tan débil, que parece un milagro que puedan hacerlo.

Besas esa sonrisa porque no sabes qué más hacer. Lo besas una y otra vez hasta que ese calor parece descongelarlo un poco. Su cara, a pesar de estar llena de moretones, nunca antes te había parecido tan bella. Ni siquiera en la noche en la que lo conociste. Ni siquiera la noche en la que lo besaste por primera vez. Esa noche es distinta porque será el único principio que podrán llamar suyo. Es lo único que les queda y lo sabes. Tus labios siguen besándolo, siguen recorriéndolo, tratando de pedirle perdón por todo el daño que le has hecho.

Tú sólo querías enseñarle un mundo nuevo, tan sólo querías que conociera la otra verdad del universo: que no todo era malo, que uno podía ser feliz, que el amor, que tu amor era todo lo que necesitaban. Pero tristemente no es así, no lo es. Al menos no en el mundo al que perteneces, porque estando ahí, en medio de la nada, es fácil creer que no necesitas otra cosa más que sostenerlo en tus brazos. Y ese es el lugar al que perteneces entonces, el único lugar en el que necesitas estar y en el que nadie podrá jamás intervenir.

-Elliot…- dice él y nunca antes el escuchar tu nombre te había parecido tan vivificante- sabía que vendrías pero… una parte de mi esperaba que no lo hicieras.

Él sonríe de nuevo. Anthony sonriendo siempre te había parecido la cosa más hermosa que tus ojos hubieran contemplado alguna vez. Ninguna de las maravillas que contemplaron tus ojos, ninguna de ellas aunque fueron muchas, podía compararse con ese gesto cristalino y cálido. Nada podía compararse con la belleza y el esplendor de una sonrisa de Anthony Mars que parece haber sido creada sólo para ti, para que tú pudieras contemplarla.

-Tonto- le dices tú, tiritando ahora de frio- hubiera venido de cualquier modo. Es lo único que me importa, estar contigo.

-¿Sabes algo?- dice él, al tiempo en que te sientas sobre la nieve y lo acunas entre tus brazos- iba a decir que eres un idiota por hacer esto pero, aunque sé que es sumamente egoísta me alegra que estés aquí.

-¿Te lastimaron mucho?- dices tú preguntando lo que de todas formas es evidente.

-No lo suficiente- dice él, con una sonrisa que esconde detrás de ella mucho dolor físico- por más que me golpearon, no pudieron entender que el amor que siento por ti es indestructible. La gente es ingenua, de verdad que lo es.

-¿No los odias?- dices tú, acariciando sus rizos negros que a estas alturas están desordenados, llenos de nieve y algo de sangre.

-No…- dice él tranquilamente- me dan lástima. Son ingenuos, carecen de vida propia. Se deben a un hombre que no sabe nada de la vida, son peor que un robot. Por eso me dan lástima, nunca podrán sentir algo como lo que nos une a ti y a mí.

-Te amo, Anthony- dices tú con lágrimas rodando por tus mejillas- te amo incluso antes de haberte conocido. Siempre te he amado.

-Y yo a ti, Elliot Lahan- dice él- ¿sabes qué es en lo único que he pensado desde que estoy aquí?

-No ¿en qué?

-Aquel musical, el que vimos juntos por primera vez. Recuerdo que me sentía tan fuera de lugar y sin embargo, sabía que estaba bien, que estando a tu lado estaba bien…

-Era West Side Story ¿verdad?

-SÍ. Ese día estaba demasiado feliz, Elliot. Tan feliz como estoy ahora. Soy feliz porque estás aquí y no me gustaría que estuvieras en otro lado…

-Yo también soy muy feliz…de verdad.

-Elliot…- dice Anthony, haciendo un denodado esfuerzo por levantar su mano y tocar tu rostro- gracias por amarme, sé que podrías amar a cualquier otro y sin embargo me amas a mi… sé que sonará estúpido decirlo ahora pero yo sé que encontraremos nuestro lugar…

-En algún lugar- dices tú creyendo esas palabras con todo el corazón- sé que hay un lugar para nosotros…

-Un lugar más allá del infinito…

Las notas de un piano fantasmagórico empiezan a sonar en medio del bosque. Esas notas se confunden con el viento que hace danzar a los árboles pues ellos no saben nada de frio. Esa música empieza a colarse en tu corazón, los rodea a ti y a Anthony y parece que esa música es el pasaporte a ese otro mundo.

Porque debe haber otro mundo, de seguro lo hay. Un mundo donde amarse así sea un milagro cotidiano y no una ofensa. Un mundo en el que sentirse así sea lo único necesario para sentirse felices, plenamente felices. Un mundo al que irán los dos, tomados de la mano, unidos como siempre lo estuvieron por un lazo que nace desde lo más profundo de sus almas. Un lazo que desde ahora y para siempre ya no necesita la aprobación ni el entendimiento de nadie. Sólo tú y él como siempre ha tenido que ser y nada más falta, nada más importa.

Sólo la voz de Anthony que poco a poco se une a la voz del bosque, a la voz de un universo que contempla con ternura aquella escena. Y es que siempre es grato ser el único testigo de una historia que comienza para no tener final:

There´s a place for us, somewhere a place for us.

Peace and quiet and open air wait for us somewhere.

There´s a time for us, someday a time for us.

Time together and time to spare, time to learn, time to care

Someday, somewhere we´ll find a new way of living.

We´ll find a way of forgiving. Somewhere…

There´s a place for us a time and a place for us.

Hold my hand and we´re half way there.

Somehow, Someday, Somewhere.

La dulce sonrisa de Anthony no podía ser más bella que esa que te regala ahora. La mayor parte de la gente pensaría que un chico como aquel no tendría ya noción de lo que la esperanza es después de haber sufrido todo lo que sufrió, después de estar ahí, en ese rincón del mundo olvidado por todos a punto de desprenderse de la vida, pero él lo sabe. Él sabe que la felicidad más alta de su corazón era estar al lado tuyo. Y te tiene ahí, y los dos están en el sitio donde deben de estar en contra de todos. En contra de todo.

Tú también unes tu sonrisa a la suya. Besas su frente, tan fría ahora y sientes que poco a poco te internas en ese mundo del que habla la canción de Anthony. Un mundo distinto a este, menos frio y más comprensivo. Los copos de nieve siguen cayendo lentamente, cubriéndolos a los dos. Ya no sienten frio porque sabes, que detrás de ese sueño que te va envolviendo, que detrás de esa oscuridad que ya ha cerrado los ojos de Anthony y que ahora cierra los tuyos, no puede esconderse otra cosa que no sea una eterna primavera donde su amor, podrá florecer sin conocer aquello que la gente llama muerte…


El silencio invade el teatro, nadie parece querer moverse de su lugar. Todo el mundo ahí reunido piensa que si una sola persona vuelve a moverse, el encanto de la nieve cayendo se diluirá y aquella historia de amor, que a pesar de todo, ha terminado con un final feliz, será sólo parte de un mundo que a ellos no les pertenece. La gente ahí reunida esperaría que aquella historia fuera cierta de verdad y que la promesa de Anthony se cumpliera.

Las lágrimas silenciosas, lágrimas que no avergüenzan a nadie pues el sentimiento del que nacen es un sentimiento compartido, un sentimiento común, caen por las mejillas de todos los presentes. Lo que embarga a todas las almas reunidas en aquel escenario es el deseo de que haya un amor así para ellos. Un amor que como el de los personajes de tu obra, trascienda más allá de la muerte.

Nada parece suceder, hasta que las luces vuelven a iluminar el teatro. Eso parece sacar a todos los asistentes de su sopor y la lluvia de aplausos comienza cuando un hombre en la última fila se levanta de su asiento, incapaz de hacer otra cosa que no sea ovacionarte, a ti y a tu compañero. La fuerza del aplauso llena a todos. Por muchos minutos no se escucha nada más en aquel recinto. Sólo un aplauso prolongado que aumenta al doble cuando tú y Blaine se levantan del suelo y caminan hacia el frente del escenario para reverenciar al público que los aclama de aquel modo tan caluroso, tan lleno de verdadera admiración.

Tú no sabes si llorar o reír porque lo has logrado. Es verdad que el éxito lo borra todo. Incluso el enorme problema al que tienes que enfrentarte te parece nimio ahora, es nada. Toda esa gente reconoce ahora con tu aplauso que tu obra es buena, que tus actores lo son y que tú has recuperado el estatus que te corresponde: el de una estrella, el de un actor brillante, el de un joven director sin precedentes.

Blaine llega a tu lado y sonríe también deslumbrantemente. Y su sonrisa parece combinar a la perfección con esa embriagadora ola de éxito. En ese momento sientes que eres grande, que de verdad ahora tienes todo lo que siempre anhelaste. Y parece que es cierto, la obra arrasó, Blaine está ahí. Es lo que siempre quisiste para tu vida, lo que has deseado desde que la negrura invadió tu existencia. Eso es tuyo Kurt, en verdad lo es.

Pero, si esa sentencia parece tan concluyente ¿por qué resulta tan difícil aceptarlo? ¿Por qué es tan difícil pensar que en serio es tuyo, que siempre te ha pertenecido? ¿Por qué la idea de que le arrebataste esa gloria a alguien más no deja de molestarte? ¿Por qué? ¿Por qué no puedes aceptar aquellas flores que el público lanza sin ton ni son al escenario y sonreír como todos los demás? ¿Por qué no dejar que Blaine te abrace en frente de todos y te haga sentir bien diciéndote "lo ves, te dije que tú y yo podríamos hacerlo"?

Y es entonces, cuando los labios de Blaine besan los tuyos causando una nueva racha de aplausos y silbidos cuando sabes cuál es esa razón: no te crees merecedor de eso. Te sientes como un ladrón, sólo un usurpador a pesar de que en tus manos y en todo cuerpo hay huellas del enorme esfuerzo que te tomó llegar a ese instante, a estar recibiendo todas esas muestras de la más sincera admiración. Cuando te separas de Blaine, puedes forzar una sonrisa pero sientes que el aire se escapa de tus pulmones. Nadie parece recordar a Sebastian Smythe en ese momento pero por alguna absurda razón tú no puedes olvidarlo.

Aprovechando que Blaine se distrae cuando sus compañeros lo toman del brazo y lo ponen en frente de todos para que reciba el aplauso más caluroso de todos, enfilas la marcha hacia los camerinos, el de Blaine es el primero que encuentras.

Te encierras ahí un momento y la realidad de las cosas te invade en un solo segundo. De pronto te sientes débil e indefenso y una sola frase se repite en tu mente: Sebastian Smythe está muerto. Sebastian Smythe murió por tu culpa, todo es tu responsabilidad.

Y de pronto el miedo que Blaine logró alejar de ti con su valor, te hace su presa por completo. No te sientes capaz de seguir ahí, tienes que escapar, tienes que irte. No te sientes capaz de volver a pasar por todas las preguntas que habrá mañana, todos vieron que Blaine te besaba, todos dirán que eres un asesino, todos dirán que tu obra fue nada.

Tienes que irte. Tienes que desaparece aunque todos digan que eres un cobarde. No imaginas cómo será si te quedas. Sí, lo sabes. Sabes que Blaine estará a tu lado pero no quieres hacerlo parte de eso. No, a él no. Sólo hay una solución para ti y la sabes. Irte. Irte muy lejos, irte rápido, irte sin avisarle a nadie. Sabes que tu desaparición sólo aumentará los rumores pero francamente no te importa.

Tomas una honda respiración antes de salir del camerino. Es mejor así, piensas, es hora de dejar de dañar a todos y si puedes salvar a Blaine de ti ¿por qué no hacerlo?

Blaine… de golpe, todo el día anterior empieza a repetirse en tu mente. Cada beso y cada caricia empiezan a arder en tu cuerpo sabiendo que aquellas fueron las únicas veces en las que pudiste sentirlas y hacerlas tuyas. Pero es mejor así, es mejor. Además, no quieres destruir la carrea de Blaine, de verdad él ha demostrado esta noche que es más que un actor, es una artista y no puedes arrebatarle eso. Después harás las gestiones necesarias para que Aiden se encargue de que su carrera siga viento en popa, pero si te quedas, no podrás darle más que dolor.

Tu mirada azul centellea de pronto con convicción. Sabes ya lo que harás a continuación. Ya sabes a dónde ir. Cierras los ojos y vuelves a respirar profundamente, sintiendo cómo el aire que exhalas se llena de la determinación de irte. Antes de salir, te miras al espejo y casi no te reconoces en él. Sí, has tocado la gloria, has estado en el paraíso de la mano de Blaine pero ese día robado al tiempo es lo único que tú y él puede tener. Sí, eso es todo… al menos que…

Viéndolo como tu último recurso, tomas uno de los lápices labiales del tocador y escribes en el espejo con mano temblorosa:

Perdóname. Es lo único que podía hacer. Sé que vas a encontrarme de nuevo, ya me has encontrado una vez. Te esperaré siempre Blaine. Encuéntrame como sea, donde sea, encuéntrame para siempre… te amo.

Sabes que ese mensaje no cambiará nada, pero al dejarlo ahí escrito es como dejar a joven de los ojos color avellana con una esperanza, con la esperanza de que te vas esperando que él vaya detrás de ti. Quizá no vaya el día siguiente, quizá no vaya en el mismo instante en el que lea tus palabras pero sabes que irá.

Con esa constancia, es con la que sales del camerino a las calles aún lluviosas de la ciudad de Nueva York. Sabes que aquel adiós es necesario y algo dentro de tu alma también dice, que a lo mejor aquello no puede llamarse de ninguna manera un adiós…


Canción: Somewhere- Il Divo

NdA: NO ME MATEN¡ XD