Capítulo 12: La historia de Kate.

El reloj marcaba exactamente las doce y cinco minutos cuando Kateling abandonó la mansión Kaiba. Se dirigió a su casa a pie, pues apenas distaba a un par de calles de allí y le apetecía respirar un poco de aire fresco. Mucha gente la llamaría loca por caminar sola a esas horas de la noche, diciendo que podría pasarle cualquier cosa, que podrían atracarla o algo peor.

Ella sonrió. Que intentasen atracarla si tenían valor, porque iban a salir bastante mal parados, ya que era cinturón negro de kárate desde los 15 años.

Divisó su casa y volvió a sonreír. No era más que una pequeña casa de estilo victoriano, en la que apenas cabía toda la familia (de hecho, sus dos hermanas tenían que compartir habitación, pues sólo había 4 en la casa), pero ella la adoraba. Tal vez no eran la familia perfecta, pues apenas veían a su padre un par de veces al mes por culpa de su trabajo, pero estaban todos juntos y eso era suficiente.

Kate todavía recordaba el día en que el su padre adoptivo decidió llevárselos a todos del orfanato a vivir con él.

FLASHBACK

Estaban a mediados de junio, hacía ya casi dos meses que Seto y Mokuba habían dejado el orfanato y ella se sentía realmente sola, a pesar de que trataba de aparentar por todos los medios lo contrario.

Sus hermanos se habían entristecido un poco al principio, pero luego habían terminado alegrándose por sus amigos. Ella sin embargo, a pesar de estar contenta por ellos no podía evitar sentirse un poco deprimida, pues ni siquiera había podido despedirse, sin embargo entendía la postura de Seto, él estaba velando por su hermano y ella lo comprendía mejor que nadie.

No obstante, eso no disminuía la sensación de soledad que se había instalado en su pecho desde que Seto se había marchado. Hasta que él llegó al orfanato ella nunca se había sentido sola, antes incluso de que la gente le tuviese miedo nunca se había molestado en trabar amistad con nadie, pues tenía tres personas de las que ocuparse y eso apartaba cualquier otra cosa de su mente.

Ahora sin embargo todo era distinto. Desde que él se había marchado ya no sonreía como lo hacía antes, y sus sonrisas no eran tan sinceras como solían serlo, Seto era su mejor amigo y alguien muy especial en su vida. Y lo que más la entristecía era que en esos dos meses él no se había comunicado con ellos, ni una carta, ni una llamada, ni siquiera una postal o alguna otra cosa estúpida. Nada.

¿Qué podría haber pasado? Ellos juraron que si algún día adoptaban a alguno seguirían manteniendo el contacto, ¿por qué él había roto su promesa? ¿Le habría ocurrido algo? ¿O estaba tan feliz con su nueva vida que ya ni se acordaba de ella?

Este último pensamiento estuvo a punto de hacerla derramar un par de lágrimas, pero no, ella no lloraría por eso, porque llorando no se soluciona nada. Lo que haría sería averiguar que había pasado con Seto en cuanto pudiera, sí, eso haría.

Seguía sumida en sus pensamientos cuando la voz de la maestra, diciéndoles que fuesen todos al salón la interrumpió. Genial, justo lo que le hacía falta en ese momento, normalmente cuando los llamaban a todos al salón del orfanato era porque había llegado alguien con intenciones de adoptar a alguno de ellos, y claro, debían ver la "mercancía" primero ¿no?

Cuando entró se reunió con sus hermanos lo más deprisa que pudo, y echó un vistazo a los adultos en la sala. A parte de su maestra y de la directora del orfanato, había una mujer de cabello negro y ojos marrones que tendría unos veinte años, acompañada de dos hombres, uno de pelo castaño y ojos verdes, con perilla, que por la alianza que llevaba en su dedo debía ser su marido, otro que parecía algo mayor que la pareja, de ojos marrones y cabello negro, igual que la mujer.

"Su hermano, seguramente" pensó Kate.

-Niños - habló la directora -, estos son los señores Anderson, están aquí porque quieren adoptar un niño, venid y presentaos.

Casi todos los niños corrieron a los pies de la pareja, prácticamente peleando por llegar primero a conocerlos, a lo cual ambos parecían encantados. Casi todos, pues ni Kate ni sus hermanos se movieron de su lugar, a ellos no les interesaba que intentasen adoptarles, a menos que fuese a todos juntos, y como la posibilidad era prácticamente nula, ya no se molestaban en hacer ese tipo de cosas.

Mientras la pareja continuaba rodeada de niños, el hermano de la chica permanecía quieto en un rincón, un poco apartado de ambos y con cara de impaciencia. A Kate le resultó cómico, porque ¿qué pintaba él allí? ¿Acaso su hermana y su cuñado no podían ir de visita a un orfanato solos? Quizá temían que se los comiesen los niños y le habían llevado como escolta.

Media hora más tarde y tras varias "entrevistas" a los posibles candidatos a hijo, la pareja se decidió a salir y como era costumbre en el orfanato, todos los niños debían despedirlos en la puerta.

Mientras que la pareja intercambiaba unas últimas palabras de cortesía con la directora, el otro hombre se adelantó hacia un vehículo negro que estaba aparcado frente a la verja.

"¡No dejes que suba!" escuchó de pronto en su cabeza.

"¿Qué? ¿Por qué?" preguntó a aquella voz.

"¡El coche está a punto de explotar! ¡No le dejes subir!" insistió la voz.

"Pero…" ¿Cómo demonios iba a impedir que ese hombre subiera al coche? Además ¿lo que decía aquella voz era real o se estaba empezando a volver loca? Después de sus sueños extraños cualquier cosa era posible.

"¡Vamos!" la apremió.

Decidiendo que era mejor arriesgarse a que fuera mentira y hacer el ridículo que a que resultase ser cierto y aquel hombre muriera, Kate salió corriendo, ante la atónita mirada de sus compañeros y su profesora, hasta alcanzarle. Cuando llegó a su altura le tomó de la manga para impedir que siguiera avanzando, y él se volteó extrañado.

-¿Querías algo pequeña?

-No debe subir al coche - espetó.

Vale, quizás no había sido demasiado sutil, pero en ese momento no se sentía capaz de inventar una larga y convincente excusa para retener a aquel hombre a su lado.

-¿Perdón? - dijo él.

-Que no debe subir al coche - repitió ella.

El hombre sonrió de manera indulgente mientras se agachaba para ponerse al nivel de Kate.

-Mira pequeña - empezó lentamente, como si le hablase a un bebé, cosa que molestó muchísimo a la chica -, los que buscan un niño para adoptar son ellos - dijo señalando a la pareja - así que si buscas convencerme de que…

-¡Me importa un comino si me adoptan o no! ¡Es más, cualquiera aquí puede decirle que me he fugado miles de veces de mis hogares adoptivos! ¡Y si ellos buscan un niño al que adoptar a mi me da igual! ¡Pero no debe subir al coche! - espetó.

El hombre parpadeó confuso por un momento pero luego se repuso, se levantó y volvió a hablar, ahora con una mirada seria en el rostro.

-¿Y por qué no debería subir al coche, pequeña?

-¡Pues porque está a punto de explotar! - gritó ya desesperada.

-¿Explotar? - preguntó el hombre extrañado, pero con una sombra de duda en el rostro - ¿Qué te hace pensar que mi coche va a explot…

No pudo terminar la frase porque el estruendo que se escuchó a continuación lo silenció todo. Cuando giraron sus cabezas vieron el coche negro envuelto en llamas y escucharon los gritos y los pasos de los niños, que, tras ellos, luchaban por volver a entrar en el orfanato.

Al final sólo quedaron ellos fuera, con la mirada perdida en la bola de fuego, que minutos antes había sido el coche de aquel hombre. Se quedaron así unos minutos, hasta que él rompió el silencio.

-¿Cómo lo sabías? - preguntó, con la voz extrañamente calmada, como si no le sorprendiese en absoluto que su coche acabase de estallar.

-No lo sé - confesó ella -. Simplemente algo me dijo que había una bomba en el coche, una voz en mi cabeza - se volvió hacia él -. Puede parecer una locura pero es la verdad.

Se miraron a los ojos un momento, y él pudo percibir la seguridad y la sinceridad de las palabras de la pequeña rubia. Asintió lentamente.

-Deberíamos entrar.

Ella asintió también y ambos entraron en el orfanato.

FLASHBACK END

Después de aquello, ese hombre había acabado adoptándola a ella y a sus hermanos, ya que Kate se había negado rotundamente a irse del orfanato sin ellos. Sonrió. La verdad nunca pensó que podrían salir de allí los cuatro juntos, al menos no hasta que ella cumpliese la mayoría de edad y consiguiese un empleo que le permitiese mantenerlos y conseguir su custodia.

Aún con una sonrisa en el rostro subió a su habitación, había sido una noche complicada y necesitaba descansar para lo que seguro vendría al día siguiente.