* ~ Segunda Parte: Oscuridad y reflejos ~ *

If you were here
I'd whisper sweet nothings in your ear
And appeal to all your fears
If you were mine,(if you were only mine)
I'd bring you so much further down
And twist your mind until the end of time

You will never realize
What darkness lies inside, inside my mind

If you are down
I will come to chain you to the ground
And penetrate your mind
If you are lost,(if only you are lost)
I'll be there to break your trust
And ravage all your lust for life, my love

You will never realize
What darkness lies inside, inside my mind

- Sirenia, "My Mind's Eye", Nine Destinies and a Downfall

~ Capítulo 1: Extranjeros a las afueras de Melior.

Había pasado alrededor de un año entero desde la última guerra, la cual envolvió al continente de Tellius casi en su totalidad. Sin embargo, al pasar dicha guerra, el mundo comenzó a transformarse drásticamente con el descubrimiento de nuevas tierras, nueva gente, la formación de nuevas alianzas y el ascenso al trono de nuevos reyes. Antes una muchacha temerosa, la reina Elincia de Crimea se había vuelto una gobernante fuerte y decidida, pero también justa y bondadosa. La adorada libertadora, Micaiah, también conocida como la Doncella del Alba, se convirtió en reina cuando Pelleas, a quien antes se creía como hijo del Loco rey Ashnard, abdicó. También, un nuevo y más sabio Skrimir tomó las riendas del reino de Gallia cuando Caineghis, el antiguo rey, decidió pasar el resto de su vida en paz.

Tras la muerte del rey Dheginsea durante la guerra, Kurthnaga, el menor de sus hijos, regresó a casa heredando la corona, y abrió las fronteras de su país para con otros. Nadie recordaba cuando había sido la última vez que extranjeros podían ingresar a suelo de Goldoa, y que los goldoanos habían podido salir de su país. Kilvas, Phoenicis, y las garzas restantes de Serenes decidieron estrechar la hermandad entre las aves de Tellius, y bajo el gobierno del entonces rey de Phoenicis, Tibarn, acordaron unirse en un solo país. Al este de Daein, en un vasto e insufrible desierto, fue hallado el país de Hatari, donde habitaban los laguz lobos que se creían extintos desde mucho tiempo atrás, gobernados por la reina Nailah. Y finalmente, en el grande y poderoso Begnion, la emperatriz Sanaki luchaba por gobernar y guiar a un pueblo sin los mitos que cegaron a Tellius a lo largo de muchos siglos.

Juntos, los gobernantes de los países en Tellius luchaban por un mismo objetivo: la búsqueda de la paz, el orden y la fraternidad entre las razas que, durante miles de años, se habían odiado y rechazado. Los beorc, los laguz, y los hijos de ambos atrapados en el medio.

Sin embargo, todos en Tellius estaban tan inmersos en esa búsqueda que no estaban preparados para lo que venía…

Había sido un mal día para los mercaderes, pues la lluvia les había ahuyentado temprano, mucho antes de que llegara el ocaso, que era cuando todos recogían la mercancía y se iban a casa. Y como la lluvia había llegado sin previo aviso, el asunto había resultado peor para aquellos que tenían que caminar varias millas para comprar provisiones, y volver a caminar varias millas de regreso a casa. Nephenee tuvo que hacerlo corriendo.

Sus botas de trabajo estaban cubiertas en barro, así como sus pantalones blancos hasta altura de las rodillas. Su blusa azul estaba empapada, y el sombrero de paja, cónico, que procuraba no quitarse nunca, ya creaba cascadas alrededor de su cabeza. Cargando kilos de frutas, verduras y pollo, la tímida chica de largo cabello verde pasaba como bólido entre las calles vacías, sintiendo el agua y el barro colándose hasta los dedos de sus pies. Ya no le faltaba mucho…

- ¡Voy pasando, voy pasando! – Avisó antes de pasar a toda prisa entre un grupo de gente que corría hacia sus casas, tratando de no embestir a ninguno.

Todo iba bien hasta que, de un callejón, apareció un rebaño de cabras corriendo de un lado a otro de la calle. Nephenee no vio al rebaño y no pudo frenarse a tiempo, solamente sintió un fuerte golpe en la cadera y luego se vio de espaldas en un charco, varias de sus manzanas y otras frutas tiradas alrededor suyo.

- ¡Ay, me lleva…! – Se quejó desde el suelo, luego poniéndose en pie y metiendo la comida en los costales.

Ya completamente empapada y sucia, pensó que no tenía sentido apresurarse para llegar a casa. Y fue entonces que se dio cuenta de algo extraño: la calle estaba completamente vacía, no había ni un alma en ella, y el único sonido era el caer del agua. Nephenee puso atención y escuchó que el balido de las cabras era inusual, atemorizado. Huían de algo. Cuando pasaron dos vacas mugiendo con urgencia, huyendo en la misma dirección, además de un toro destruyendo todo a su paso, Nephenee supo que algo andaba mal. Las personas con las que casi chocaba también parecían apuradas por meterse a sus casas. Ciertamente, la lluvia no tenía esos efectos.

Así que dejó sus provisiones bajo la cornisa de una casa, protegiéndolas del agua, y se metió en el callejón del que habían salido las cabras, las vacas y el toro. Un escalofrío le recorrió la espalda y por un momento dudó en continuar su avance, pero sentía mucha curiosidad. No se detuvo ni cuando escuchó el bramido de dolor de otro toro, no muy lejos de donde ella se encontraba.

Y ahí, bajando la loma, hurtando de los sembradíos y matando ganado, había…

- Válgame… ¿qué, son laguz? – Musitó Nephenee para sí.

Los laguz podían adoptar formas animales, pero cuando no estaban transformados, eran casi idénticos a los beorc salvo ciertos rasgos para distinguirlos. En el caso de los laguz halcones, siempre permanecían con sus alas marrones visibles. Y los ladrones de la granja parecían ser halcones, se protegían de la lluvia al extender sus alas sobre sus cabezas y hombros. Pero algo andaba mal…

- Sus pies – Dijo para sí Nephenee al verlas, pues no se suponía que las tuvieran así en su forma humanoide. Cuerpos de beorc, pero alas y garras de halcón a modo de pies –… ¿qué son esas cosas?

- ¡Vándalos, papanatas, salgan de nuestra granja! – Gritó una voz cerca de ahí.

A la muchacha le dio un vuelco el estómago cuando miró a la vuelta de la esquina y vio a un anciano saliendo de su casa, alzando su bastón a manera de amenaza. Aparentemente no tenía muy buena vista, pues si incluso para un beorc joven era peligroso pelear contra un laguz halcón, para un anciano sería suicidio enfrentarse a cinco criaturas que nadie sabía de dónde habían salido.

- ¡No! – Dejó salir Nephenee un grito al ver a una de las criaturas levantarse del suelo, pero el horror le invadió al ver el rostro de una de las bestias cuando ésta se dio la vuelta y encaró al anciano, bajando las alas.

Eran seres horrendos: el torso, los brazos y parte de las piernas eran como las de un beorc, pero tenían garras en lugar de pies, enormes alas marrones, y cabeza de águila. Sus ojos, enormes, eran negros o de un color vino muy oscuro. Eso no importó nada cuando el hombre-águila más cercano abrió el enorme y atemorizante pico, dejando salir un agudo y espantoso chillido.

Nephenee sabía qué tenía que hacer, aunque tenía escasos segundos para ello, pues la más cercana de las bestias extendió sus alas y alzó los brazos. Corrió tan rápido como pudo, abrazó al anciano y se lanzó al suelo, girando sobre sí misma en el aire de manera que el viejo aterrizara encima de ella, dejando que el monstruo alado pasara tan solo centímetros por encima de ellos para luego chocar de cabeza contra el muro.

- ¡Maldita sea con esos niños, no respetan nada los holgazanes! – Blasfemó el anciano tras la caída.

- ¡Deme eso, rápido! – Le pidió Nephenee su bastón.

- ¿Qué te traes tú, chamaca? – Se defendió el viejo, obligando a la muchacha a arrebatarle el bastón.

Iba a pararse Nephenee cuando tuvo que agacharse de nuevo para esquivar un segundo ataque. Ya de pie, giró sobre si misma y le pegó justo en el pico a la tercera bestia con el bastón del anciano. No pudo evadir las garras del cuarto atacante, sin embargo, y sintió cómo el monstruo le alzaba brevemente por el brazo antes de arrojarla hacia adelante con todas sus fuerzas, enviándola a rodar por el lodo varios metros.

- Mierda, necesito una lanza – Dijo para sí tras escupir barro y sangre.

Volvió a rodar en el suelo por sí misma para escapar de la quinta bestia, la cual se dejó caer en línea vertical hacia ella para aplastarla con las garras. Luego Nephenee se puso en pie y rápidamente, sin resbalarse, se lanzó sobre la recién aterrizada criatura y le plantó tremendo golpe en el abdomen y, cuando su oponente se dobló, le golpeó la nuca con todas sus fuerzas… y entonces recibió un puñetazo en la quijada por parte de otra de las bestias. El golpe la derribó pero, aunque no fue muy fuerte, ella rodó tanto como pudo para alejarse de sus atacantes.

Hubo uno al cual no logró evadir, ella estaba de rodillas en el suelo cuando el reflejo de las enormes garras se hacía más y más grande en sus ojos…

- Maldición – Fue lo único que pudo decir al sentir la muerte tan cerca, y luego cerró los ojos.

Pero se sobresaltó al escuchar uno de esos horrendos chillidos que emitían los hombres-águila. Su atacante se había parado en seco en el aire, pues sangre negra le escurría desde el pecho, donde tenía una herida provocada por el pequeño cuchillo que tenía ahí hundido. Un borrón púrpura pasó rapidísimo a la derecha de Nephenee y se alzó en el aire, aferrándose a la moribunda bestia y dándole el golpe de gracia al encajarle una daga justo en el cuello. La recién llegada aterrizó al mismo tiempo que el inerte montón de plumas, el cual explotó y se convirtió en una nube de humo negro, sin dejar mayor rastro.

- ¿Quieres una mano, guapa?

Alta y de muy buen ver, Heather le tendió una mano a Nephenee y le ayudó a levantarse. Vestía botas blancas y guanteletes hasta el codo del mismo color, un pantalón azul y una blusa lila muy entallados, una capa también azul, y una banda lila en la frente para quitarle la frondosa cabellera rubia del rostro.

- Hay más ayuda en camino, hay que resistir – Dijo Heather en voz alta para hacerse oír sobre la lluvia y los chillidos de los hombres-águila. Al ver que el que había matado Heather desapareció en una nube de humo, Nephenee buscó el cuerpo del que ella había derrotado, pero no halló nada. Y ya solamente quedaban tres.

- Hay que proteger a ese viejo de allá – Nephenee señaló al hombre que se ocultaba en el mismo callejón desde el que ella espiaba antes.

- Vamos, entonces – Dijo Heather con energía, echando a correr loma arriba hacia las bestias que pedían batalla con la mirada.

La rubia lanzó otro de los pequeños cuchillos que poseía, pero no dio en el blanco. Detrás de ella, Nephenee corría dando giros al bastón para confundir a las criaturas y que no adivinaran su ataque. Heather esquivó a uno de los hombres-águila con un gran salto, mismo con el cual aterrizó detrás de otro de sus contrincantes. Sin embargo, éste le metió tremendo golpe en la cara con el puño y la mandó de espaldas al barro, pero la criatura se descuidó y Nephenee casi le parte el bastón en la cabeza. Para terminarlo, Heather le hundió su daga justo a mitad de la espalda, la giró aún dentro de la carne, y cortó hasta el costado de la criatura, eliminándola.

- Hombre, necesito una lanza para éstas cosas – Se quejó Nephenee de nuevo.

- Ya tendrás una, linda, y ya casi terminamos – Trató de confortarla Heather.

Ésta vez se dividieron, cada una fue atacar a un monstruo diferente. El primero atacó a Nephenee de frente incluso antes de que ésta pudiera lanzarse al ataque. Ambos forcejearon aferrados al bastón, empujando con todas sus fuerzas, pero la chica de cabello verde sintió sus pies hundiéndose en el fango, además de que el pico del monstruo estaba peligrosamente cerca de sus manos.

- ¡Ya voy! – Dijo una nueva voz femenina la derecha de Nephenee.

La muchacha no tuvo tiempo de reconocerla, pues el hombre-águila le propinó un fuerte golpe a la quijada con el puño, enviando a un bulto anaranjado rodando loma abajo. Pero esto dio oportunidad a Nephenee de contraatacar con el bastón, golpeando primero al abdomen, luego al pico, y finalmente a la nuca de la criatura con toda la fuerza que le quedaba.

Nephenee alzó la mirada en busca de Heather, pero ella ya había terminado con su pelea. Por un momento olvidó a la persona que había acudido en su ayuda, vanamente, pero corrió cuesta abajo en cuanto recordó. El bulto anaranjado y brillante no era difícil de encontrar en medio del lodo.

- Estoy bien – Afirmó la pequeña y rechoncha muchacha envuelta en colorida armadura.

- ¿Meg? – Inquirió Nephenee cuando llegó derrapando, tendiéndole ambas manos para levantarla, cosa nada fácil.

- ¡Qué alegría verte, Nephenee! – Los alegres y pequeños ojos de Meg se posaron en la chica de cabello verde. Una sonrisa apareció en su blanco y redondo rostro –. ¿Te encuentras bien?

- Llegaste tarde – Sentenció Heather al alcanzar a sus compañeras –. A ésta chica linda de aquí le hubiera venido bien una lanza.

- Ya sé que tú llegaste antes que yo – Se defendió Meg mientras se acomodaba los mechones de cabello enroscados a ambos lados de su cabeza –. Pero no veo que tú vistas tanta armadura como yo, y también venía cargando todas las cosas de Nephenee.

- ¿Mis cosas? – Inquirió la aludida.

- Seh, es que también había un par de esas cosas cerca de mi casa – Dijo Meg –. Gracias al cielo Heather iba pasando por ahí, no hubiera podido con las dos cosas esas.

- En realidad, yo me encargué de las dos – Le dijo Heather a Nephenee en voz baja.

- Así que en cuanto terminamos, 'apá se fue conmigo a Melior para decirle al ejército sobre los monstruos, y también fue a buscar a los Mercenarios Greil… vaya, espero que los encuentre – Dijo Meg –. Entonces pasamos a tu casa, y tu 'amá nos dijo que no estabas, se veía espantada, la pobre. Y nos dijo que te habías ido al mercado, así que me dio tus cosas y seguí el camino que dices que siempre tomas, pensé que te encontraría tarde o temprano.

- Ajá… pero ¿cuáles cosas? – Volvió a preguntar Nephenee.

- Tu armadura y una lanza, chica – Aclaró Heather rápidamente.

- Creo que las dejé junto a una valla antes de llegar acá, voy a buscarlas – Declaró Meg recogiendo su espada y su enorme escudo de madera. Ambos se veían bastante grandes para ella.

Heather y Nephenee se quedaron solas mientras Meg volvía por el camino por el que había llegado, momento que el anciano aprovechó para acercarse al par de mujeres.

- Disculpen, jóvenes guerreras – Dijo con voz temblorosa. El cielo empezó a despejarse en esos instantes –. Muchas gracias por salvar mi granjita. Verán, mi familia y yo no tenemos nada más.

- N' hombre, pero lástima que perdió mucho de ello – Dijo Nephenee.

- ¿Qué eran esas cosas, jovencitas? – Inquirió el viejo.

- Honestamente, ni idea – Contestó Heather –. Lo que hayan sido, de veras no son de por aquí, nunca había visto nada igual. Todo en Crimea anda raro estos días.

- ¿Qué quieres decir con eso, eh? – Preguntó Nephenee.

- ¿No has oído los rumores, chica? – Dijo el viejo.

- ¿De que la reina se chifló? Porque no me lo creo pa' nada – Contestó la muchacha de cabello verde con firmeza –. Y eso no tiene que ver con esas cosas con las que peleamos hoy.

- Yo no decía que tuviera relación, pero todo es muy raro… y no me gusta.

- Eh, Heather, y ¿qué hacías tú dando vueltas por nuestras casas? – Inquirió una suspicaz Nephenee –. No estabas robando de nuevo, ¿verdá?

- ¡No, no, no! ¡Yo ya no hago eso! – Se excusó Heather precipitadamente ante la mirada acusadora de la otra.

- Uf… aquí… están… tus cosas – Meg apareció jadeando, cargando su espada en la cintura, su escudo en la espalda, una lanza y un redondo escudo azul con una mano, y un costal con la otra.

Nephenee procedió a sacar del costal varias piezas metálicas de color azul. Con ayuda de correas y un cinturón se amarró armadura para las caderas, pecho, hombros, antebrazos y, con un rápido movimiento, sustituyó su sombrero de paja por un casco que le cubría buena parte del rostro.

- Oh, ¿aún insistes en ocultar tu bonito rostro? – Cuestionó Heather.

- Sí… creo – Respondió Nephenee con timidez, y finalmente devolvió el bastón al anciano para blandir su lanza y su escudo.

- Y ahora… ¿qué? – Dijo Meg.

-Bueno, si Brom ya fue al castillo en busca del ejército, no tiene sentido que nosotros dejemos éste lugar – Dijo Heather –. Creo que ustedes deberían quedarse cerca por si hay más de esas… cosas.

- Ajá, buena idea – Dijo Nephenee –. Pero, ¿qué harás tú?

- Mi madre se quedó sola en casa, no me gustaría estar demasiado lejos de ella si esas cosas vuelven a aparecer.

- Vale – Dijo Meg –. Y para estar tan cerca del castillo, en ésta aldea no hay mucha gente capaz de pelear, es buena idea que Nephenee y yo nos quedemos.

- Hay que vigilar todas las calles, nos separaremos – Planteó la de cabello verde –. Y tendremos que esperar a ver con qué noticias llega Brom.

- De camino, también diré a cuanto pueda lo que ocurrió aquí – Luego a Heather le dio un escalofrío –. Qué repugnantes eran esas cosas…

- Bueno… ¿nos vemos luego? – Dijo Nephenee.

- Claro, cuídate las espaldas, guapa – Nephenee se ruborizó ante la respuesta de Heather, quien entonces dio media vuelta y, de un salto, se subió al techo de una casa para luego desaparecer.

- No entiendo porqué me dice guapa todo el tiempo – Dijo Nephenee con timidez.

- Yo tampoco – Respondió Meg con algo de inocencia –. A lo mejor tiene envidia porqué tú eres bonita.

- No creo, ella también se ve bien siempre. Bueno, hay que irnos ya…

Meg y Nephenee se despidieron del viejo y salieron de su sembradío casi arruinado. Pasaron el resto de la tarde y casi toda la noche patrullando las calles de las aldeas de Melior, siempre atentas a cualquier sonido extraño.

No pasó nada más en ese lugar esa noche… pero sí era un preámbulo de lo que estaba por ocurrir en el resto de Tellius…