Mei sonrió satisfecha. Después de tres semanas, podía afirmar que los habitantes del Claro la apreciaban. Todos menos uno. Seb. Ya era toda una experta en esquivar las miradas venenosas del chico. ¿Por qué me odia tanto? La pregunta no tenía respuesta, pero sus amigos se habían percatado de aquel sentimiento. Gally, que era el tipo más torpe del Claro en muchas cosas, sobre todo las que tenían directa relación con la expresión de emociones, la había interrogado al respecto:

— ¿Qué os traéis tú y ese gilipullo?

Y le sugirió que hablase con Alby. Mei había asentido, sin intención de hacerlo. Sin embargo, la situación se dio cuando el propio Alby la hizo sentarse y le pidió que compartiera con él sus impresiones del Claro. Después de escucharla, el muchacho moreno le sacó peso al asunto.

— Déjalo correr. Se le pasará. Los chicos se pasaron bastante con él… era el judía verde hasta tu llegada.

Pero Mei no sentía lástima de Seb. Y tras aquella charla terapéutica tomó la decisión de hacerse invisible en presencia de Seb y de aquella, más bien incómoda, sensación de que el chico se la quería hacer pasar canutas.

El sonido estridente de una alarma conocida la arrancó súbitamente de sus pensamientos. La Caja les premiaba con su visita semanal, repleta de víveres. Mei miró expectante en su dirección, preparada para la escena que iba a suceder. Fritanga y uno de sus ayudantes dejaron inmediatamente lo que estaban haciendo y corrieron en dirección al ascensor. A pesar de su abundante maraña de pelo y a tener las piernas considerablemente cortas, el cocinero era veloz… pero no lo suficiente y siempre aparecía un clariano más rápido.

— ¡Ánimo Fritanga! —pero el clariano en cuestión ya le había adelantado.

Detrás de la carrera había una apuesta: si Fritanga perdía (cosa que siempre ocurría), debía elaborar un bizcocho para la noche. Evidentemente, el ganador obtenía un pedazo el doble de grande que el resto.

Aquella vez no fue una excepción y los alaridos del cocinero arrancaron varias sonrisas.


Por la tarde, Mei se dedicó con un uno de los deambulantes a recoger madera seca del bosque. Un viento furioso se había desatado y debían poner especial cuidado para no arañarse con las ramas más bajas.

Uno de los chicos, Joey, había dicho algo.

— ¿Cómo?

— Es viento de lluvia —señalaba a las hojas que se agitaban a su alrededor.

Mei soltó los troncos que estaba acumulando y cayeron desordenados por el suelo. Cerró los ojos y dejó que el viento huracanado envolviera su cuerpo, la abrazara y la despeinara. Se sentía liviana como un pájaro. Respiró hondo. Sobre ella, en el cielo abierto empezaban a brillar las primeras estrellas. Lejanas, apenas un punto luminoso en la distancia, pero muy brillantes. No había nubes, por eso le pareció una tontería la afirmación rotunda de Joey.

Bajo las direcciones de Ben, uno de los corredores, apilaron los troncos. Franz y otros chicos pusieron piedras grandes alrededor de la fogata.

— Por si saltan chispas —explicó Ben.

El viento había amainado y la temperatura empezaba a refrescar. Mei, cubierta sólo con la camiseta empezó a sentir frío. Al verla, Franz se rió:

— En cuanto empiece la fiesta se te pasará.

— Eso espero —se frotó los brazos intentando devolver a su cuerpo un poco de calor.— ¿Fiesta?

El fuego chisporroteó y prendió la pinaza, ahogando la voz de Mei. Llamas anaranjadas cubrieron las piñas que estaban en la base, y numerosas lenguas de fuego se aferraron a los troncos. Había algo en aquella hoguera que invitaba a uno a la contemplación. Mei se quedó extasiada ante aquel espectáculo.

La fiesta resultó ser otro de los inventos de Alby para que los chicos liberaran tensión. Entorno al fuego, los clarianos bailaron y entonaron cantos. El bizcocho de Fritanga, o más bien su intento de bizcocho, tuvo tanto éxito que no quedaron ni las migas. El ganador de la carrera defendió celosamente sus dos pedazos y los diversas tentativas de hacerse con ambos desmbocaron en un empeño fallido. Gally hizo su contribución a la fiesta sacando generosamente su reserva de bebida fermentada, que unos constructores se encargó de repartir.

Mei sentada junto a Franz y Tim, frunció la nariz ante el tufo de la bebida, pero se bebió el contenido de un trago. El conocido calorcillo la envolvió y se sintió flotar. Casi sin darse cuenta estaba pidiendo un segundo vaso.

Entonces Newt y Alby se unieron a la fiesta. Desde su asiento en el suelo, la chica miró a su amigo. El pelo-paja charlaba con algunos chicos. Al pasar por detrás de Minho, le golpeó por detrás y ante la desmesurada reacción del guardián de los corredores, no pudo evitar soltar una carcajada. Los ojos se le encogieron al reír. Desde su asiento en el suelo, Mei también sonrió. Estaba feliz y agradeció que Franz se ofreciera para rellenar su vaso.

Tres semanas habían pasado desde la llegada de Mei al Claro. Había trabajado codo con codo con los chicos, sudado lo indecible. Newt había descubierto su secreto… y lo había guardado. Era un gran amigo. Pero, ¿puedo considerarlo así? Necesitaba desesperadamente saber qué había llevado al pelo-paja a mentir a sus amigos. Desde el día en que fue descubierta, Mei había estudiado a Alby. Todos los clarianos lo respetaban, acudían a él cuando se desataba una pelea, o cuando necesitaban hablar. El chico moreno era un referente para todos… menos para mí. Alby se había acercado a ella varias veces: para saber qué tal estaba, si necesitaba algo… pero la chica no terminaba de sentirse cómoda junto a él. Sentía que, si hablaba demasiado, se delataría a sí misma.

Alby era algo así como una autoridad del Claro y la respuesta a sus sugerencias siempre era de acatamiento. Sin embargo, había una excepción. Una GRAN excepción: Minho. Como siempre.

El corredor era el único clariano que no se dirigía a Alby con la deferencia que los demás empleaban. Más bien era irrespetuoso en su trato con el chico moreno. Se reía de sus órdenes y hasta le mandaba.

Si había alguien a quien, después de Seb, Mei no podía soportar era Minho. Impetuoso, descarado y tan condenadamente engreído. Era tan grosero que siempre terminaba metiéndose con Gally, cuya respuesta eran los insultos y, en contadas ocasiones, los puños. Pero, inexplicablemente, entre ambos seguía habiendo respeto, admiración. 'Me salvó la vida', le había dicho Gally, 'y a ti también'. Debería estar agradecida… pero simplemente no quiero.


Eh, pingajo.

Newt había perdido la cuenta de los vasos de la mezcla explosiva cuando se dejó caer junto a la chica. Mei que también llevaba varios tenía las mejillas encendidas y mucho calor. Sonrió y se inclinó hacia Newt:

— Gracias… todavía no te había dicho que…

Newt la miró de frente. Y entonces alguien le empujó por detrás, de modo que las caras de ambos quedaron peligrosamente cerca, separadas por unos pocos centímetros. Aún con aquella cantidad de líquido en su cuerpo, Mei sintió esa proximidad con una alarma en la cabeza. Apenas una milésima de segundo después, tiró a Newt lejos de ella, a la vez que se echaba hacia atrás. El chico cayó al suelo y se apoyó como pudo en sus codos.

— ¡Auch! —y como si no fuera consciente de la situación, volvió a llevarse el vaso a la boca.

Mei se puso en pie. De repente estaba sofocada, tenía calor, mucho calor. Se abrió paso como pudo. Necesito aire, necesito respirar. Y una y otra vez la cara de Newt aparecía flotando tan cerca de la de ella… tan cerca que todavía notaba el olor de su cuerpo, a tierra y a semillas. Pero estaba bebido. Y yo también. Alguien le dio un golpe en el codo:

— Eh, Mei, me ha dicho Alby que quiere hablar contigo ahora. Dice que vayas al bosque.

La chica asintió, todavía confusa. Era uno de los clarianos de cuyo nombre no se acordaba nunca y que solía acompañar a Seb. Mei se movió como una autómata, deseosa de alejarse de allá, lejos del pelo-paja.

El viento volvía a arreciar con fuerza y la despeinó. Se tambaleó mientras se marchaba del lugar y se adentraba en el bosque. Avanzaba a tientas, casi sin darse cuenta. Seguía sintiendo mucho calor en el cuerpo, y la cara de Newt aparecía una vez y otra y otra. No se fijó que Alby estaba entretenido riéndose con alguno de los muchachos, y tampoco se dio cuenta de que la mirada de Seb había sido muy venenosa aquella vez. Como la de una serpiente preparándose para ataque.

La oscuridad del bosque la tragó.