―¡Lizzy!

―Buenas noches, Harry.

La morena se acercó a él y le dio un pequeño abrazo, con una sonrisa.

―¿Cómo estás? ―Le preguntó el hombre cuando se separaron, también sonriendo―. Ya se te va notando, ¿eh?

―Sí, la verdad es que ya voy teniendo tripita. ―Se la acarició lentamente―. Y estoy bien. Más o menos. Estoy un poco cansada y sigo con náuseas, pero voy bien.

―A ver qué tal mañana la eco. ―James apoyó una mano en la cadera de la chica y le dio un beso en la cabeza.

―Pasad al salón y sentaos. Estamos terminando la comida. Por eso Ginny no…

―Sí, claro. ―Lizzy tuvo que contenerse para no poner los ojos en blanco. Seguro que era por eso.

Harry volvió a la cocina y Lizzy y James se dejaron caer en dos sillas del comedor, con un suspiro.

―Seguro que mi madre se comporta hoy ―murmuró él―. Le hace ilusión que vaya a ser papá.

―Pero no que yo sea la madre.

―No te odia tanto. ―Pasó un brazo sobre sus hombros y le dio un beso en la frente―. Hazme caso.

―Bueno… ―Lizzy apoyó una mano sobre su pierna y se mordió el labio antes de acercarse a él―. Quiero echar un polvo.

―¿Otro? ―El pelinegro sonrió―. ¿No hemos echado uno antes de venir?

―Es por culpa de los bebés. Me tienen las hormonas locas.

―¿Y el hecho de fastidiar a mi madre no tiene nada que ver?

―Para nada. ―Sonrió y enarcó una ceja―. ¿Por quién me tomas, Jamie?

―Por quien eres, Elizabeth, que nos conocemos…

Él también sonrió y la besó con dulzura.

―Así que estáis juntos…

Se separaron y se encontraron con Ginny, que los miraba estupefacta, agarrando con fuerza el bol de puré de patata.

―No, mamá. Nosotros solo…

―Si es que sois dos inconscientes. ―Bufó―. ¿Qué estabilidad vais a darles a esos niños? Unos padres que no están juntos, pero se acuestan cuando les viene en gana. Debería daros vergüenza, ya tenéis una edad. No digo que tengáis que estar juntos para tenerlos, pero sí que deberíamos establecer algunos límites para no marearlos a los pobres. No se merecen crecer en un hogar así.

―¿Pero qué tonterías son esas? ―Lizzy frunció el ceño―. James y yo tenemos las cosas muy claras.

―Eso no es lo que me parece ahora mismo. ―Se acercó a la mesa, soltó el puré dando un golpe seco y se dio la vuelta―. Se me ha pasado el hambre.

―Mamá, no te vayas. ―James se puso de pie―. Vamos a hablar.

―Espera, James. ―La morena también se levantó y apoyó una mano en su brazo―. Ya voy yo.

―No sé si…

―Hazme caso. ―Suspiró y se acarició la tripa―. Nos llevábamos muy bien antes de la ruptura y del susto y eso. Creo que deberíamos sentarnos a hablar.

―No sé, Lizz…

―Hazme caso. ―Se puso de puntillas y dejó un beso en su frente―. Id comiendo, ahora venimos nosotras.

Él suspiró y asintió lentamente y ella siguió a Ginny a la parte superior de la casa. Caminó lentamente y se detuvo en la puerta del dormitorio principal, que estaba cerrada. Tomó aire y abrió sin llamar.

―Ginny, me gustaría…

―¿Pero a ti quién te ha dicho que puedes pasar? ―La pelirroja se levantó de la cama y la fulminó con la mirada―. ¡Fuera de aquí!

―No pienso irme. ―Se pasó una mano por la tripa, pero le aguantó la mirada―. Tenemos que hablar. Sé que ya no te caigo bien, pero…

―Le rompiste el corazón a mi hijo ―la interrumpió―. Ibais a cometer la locura de casaros, pero, de repente, lo dejaste sin motivo.

―Hubo un motivo.

―Nunca nos lo has dicho.

―¿Le has preguntado a James? ―Enarcó una ceja―. ¿Te ha contado el porqué alguna vez?

―No.

―Pues entonces habla con él porque yo tuve mis motivos. Además, fue lo mejor que pudimos hacer. ―Sonrió levemente―. He necesitado mucho tiempo y mucha terapia para poder avanzar. Tenía que hacerlo y… James dijo algo que me asustó. Yo tengo un pasado, lo sabes, y todo eso me afectaba mucho. Tenía que superarlo.

―¿Y para eso tenías que romperle el corazón a mi hijo?

―Habla con él, Ginny. Pregúntale qué me dijo y entonces entenderás por qué me marché. ―Suspiró―. Es evidente que seguimos sintiendo algo, ¿no? Pero no estamos juntos. No queremos ser pareja y lo tenemos claro.

―Hace un momento no parecíais tenerlo tan claro.

―Las hormonas me están matando.

―¿Y a mi hijo también? ―Preguntó de forma sarcástica.

―No, pero… no pasa nada por dejarnos llevar unos meses. Estamos redactando un buen acuerdo de custodia y, una vez nazcan los niños, todo estará claro ―insistió―. Tendrán estabilidad, te lo prometo. James y yo sabemos lo que hacemos y solo queremos que los niños estén bien.

Ginny la miró unos instantes, sin saber muy bien qué contestar. Se notaba que seguía sintiendo algo por su hijo y que él también sentía algo por ella. No entendía nada. ¿Qué habría podido decirle James aquella noche para tomar esa decisión tan drástica?

―Solo quiero que mi hijo y mis nietos estén bien ―murmuró finalmente―. No quiero que vuelvas a hacerle daño.

―Nunca fue mi intención hacerle daño. Ni la suya hacerme daño a mí ―susurró Lizzy―. Las cosas salieron mal y punto. ¿Y tú y yo no podemos volver a llevarnos bien? ¿O tolerarnos al menos?

―Vas a ser la madre de mis nietos.

―¿Y eso qué quiere decir?

―Que por el bien de ellos, tendremos que entendernos. Porque no pienso dejar que crezcan lejos de mí.

―No lo harán. No lo permitiría nunca ―insistió la morena―. Quiero que tengan una familia completa que los quiera y vosotros vais a estar mucho más cerca que mis padres.

―¿Y cómo sé que vas a cumplir tu palabra? ¿Cómo sé que no te los llevarás lejos?

―Porque no lo haré. Confía en mí ―insistió―. Además, vamos a ponerlo todo por escrito.

―Sí, eso ya lo sé. ―Ginny suspiró. Era una garantía al menos―. Y hablaré con James para que me aclare lo que pasó aquella noche.

―Espero que así lo entiendas mejor todo. ―Lizzy sonrió―. ¿Bajamos a cenar?

―Bajamos.


Lily entró al piso, cerró la puerta y soltó su bolso en el suelo. Y no pudo evitar sonreír. Olía a patatas asadas y de fondo sonaba jazz suave.

―¿Leo?

Se asomó a la cocina y sonrió al verlo preparando una ensalada, moviéndose al ritmo de la música.

―¡Lils! ―Le devolvió la sonrisa―. ¡He preparado una cena romántica!

―Ya veo. ―Se quitó los zapatos y se subió a uno de los taburetes―. ¿Y a qué se debe este honor?

―No sé. ¿A qué crees que se debe?

La pelirroja lanzó una pequeña carcajada y negó con la cabeza.

―No hacía falta.

―Claro que sí. ¡No todos los días te dan una beca tan importante! ―Llenó una copa de vino, se la dio y besó su frente―. Enhorabuena, Lils. Estoy muy orgulloso.

―Gracias. ―Ella sonrió―. Se la he restregado por la cara al misógino del doctor Cooper y a algunos compañeros que creían que no llegaría a nada y se reían porque de vez en cuando poso en ropa interior.

―Menuda panda de idiotas. ―Cogió su copa y la levantó un poco―. Brindemos.

―¿Por mi beca?

―Por ti en general.

―Pues brindemos. ―Chocaron las copas y bebieron―. ¿Me ayudarás a elegir el modelito para la gala?

―Claro, pero antes podemos cenar, ¿no? ―Sonrió―. Estoy preparando asado con patatas y ensalada, como a ti te gusta.

―Qué rico. ―Lo besó y acarició su mejilla―. Te quiero.

―Hacía tiempo que no me lo decías.

―Hacía tiempo que no me hacías la cena.

Volvieron a besarse, esta vez con más intensidad. El terapeuta les había recomendado no acostarse hasta solucionar todos los problemas, pero no pasaría nada por una vez, ¿no? Además, parecía que arreglar su relación completamente iba para largo y ninguno de los dos podía seguir aguantándose las ganas.

Leo la levantó del banco y la apoyó en la barra de la cocina. Lily abrió las piernas y, mirándolo a los ojos, se deshizo de sus medias y su ropa interior. Se mordió el labio y él, sonriendo, se agachó y empezó a besar sus piernas hasta llegar a sus muslos. Ella, expectante, se removió un poco en su sitio y le acarició el cuello.

―Sigue…

Él no contestó. Se limitó a seguir subiendo hasta alcanzar su objetivo y Lily gimió y arqueó un poco la espalda.

―Te había echado de menos…

―¿Solo por esto? ―Leo la miró unos instantes y ella puso los ojos en blanco.

―No pares.

Leo rió y siguió con aquello, haciéndola gemir y estremecerse. Se detuvo de nuevo y ella protestó, arrancándole una sonrisa. Estaba tan cerca…

Él se levantó, se desabrochó el pantalón y entró un poco en ella, que movió las caderas, intentando incrementar el contacto. La levantó de la barra y pegó su espalda a la nevera mientras terminaba de deslizarse dentro de ella, que gimió otra vez. Inició una serie de movimientos rápidos y Lily le clavó las uñas en el hombro.

―Aguanta un poco ―murmuró en su oído. Le apartó la melena y comenzó a morder su cuello―. Un poco más, Lils.

―No puedo…

―Sí, un poco. Tengo una idea.

La bajó y salió de ella y la pelirroja se quejó. ¿Pero por qué no la dejaba acabar tranquila?

―Leo…

―Ven.

La besó, la cogió de la mano y la llevó hasta el recibidor. La giró, poniéndola frente al espejo, y sus ojos se encontraron en el reflejo. Ambos, rojos y algo jadeantes, sonrieron.

―¿Ya te has cansado, cariño? ―Lo retó ella, que ya sabía de qué iba aquello.

El moreno rió y la penetró de una estocada, agarrándola con fuerza de la cadera. Se quedó quieto unos instantes hasta que ella empezó a removerse y se echó un poco hacia delante, apoyando las manos en el cristal.

―Estás especialmente preciosa ahora mismo ―murmuró él antes de volver a moverse, entrando y saliendo de ella―. ¿Puedes verte? Mírate.

Lily levantó la cabeza y gimió de nuevo al verse en ese estado. Leo llevó una mano a su intimidad y comenzó a acariciarla, haciendo que una descarga la recorriera de arriba abajo y tuviera que morderse el labio para no gritar.

―No aguanto más…

―Dios, Lily … ―Leo gimió al notarla llegar a la cima y contraerse.

Ella se quedó quieta, con las manos completamente apoyadas en el espejo y la cabeza algo gacha, intentando recuperar el aliento. Leo se había quedado quieto y le acariciaba la espalda con dulzura, esperando a que se recuperara.

―Sal ―le dijo ella tras unos instantes.

Él lo hizo, con el ceño fruncido, y ella se giró y lo besó.

―Ahora vas a ser tú quien tenga que mirarse al espejo.

Sin dejar de mirarlo, se puso de rodillas y, tras acariciarlo, acercó su boca, arrancándole un gruñido. Leo le recogió el pelo y se lo acarició con dulzura. Ella siguió con aquello y él no tardó en terminar, con un último gemido.

―Joder, Lils…

Ella rió y se sentó en el suelo.

―Ese terapeuta es imbécil. Tanto tiempo aguantándonos las ganas…

―Debería ser ilegal. ―Él le tendió las manos y la ayudó a levantarse. Le dio un beso en la nariz, haciéndola negar con la cabeza―. Yo también te quiero y te he echado de menos.

Se besaron pero, de repente, un fuerte olor los sobresaltó. Parecía que algo… Se giraron al mismo tiempo hacia la cocina y Lily gritó al ver un montón de humo saliendo por la puerta.

―¡Mierda, la comida! ―Leo corrió hacia allí.

―¿Llamo a los bomberos? ¡No, mejor voy a por un extintor!

La pelirroja salió rápidamente al pasillo. La próxima vez lo mejor sería acordarse de apagar el horno.


Hola :)

Sé que no es fin de semana, pero se me pasó totalmente subir el capítulo (estoy últimamente como loca y no doy abasto, lo siento muchísimo :() ¡Así que aquí lo tenéis!

El siguiente lo tengo a medio escribir así que espero no tardar mucho en subirlo (estoy ahora de exámenes y eso y no tengo tiempo para absolutamente nada).

Y, bueno, parece que Ginny y Lizzy van arreglando sus diferencias... o algo así xD

Y Leo y Lily... pues no sé si les está funcionando la terapia o siguen como siempre, la verdad. Ay... ¡qué dos!

Nos leemos pronto. Un beso enorme,

María :)