Antes de empezar con el capítulo aprovecho para hacer una nota. Me tardé demasiado, por lo cual me disculpo, pero fue por dos razones: una porque encontré un nuevo trabajo (como siempre, maldita vida personal, ¡pero volví a formar parte activa en la economía!) y la otra, que creo que es la que más les va a interesar, para mantener un ritmo constante en todos mis nuevos proyectos. Prepárense…
NUEVO FIC
Me estreno en la sección de South Park. Un culto y un accidente pueden provocar grandes cambios, especialmente cuando eres un McCormick y no puedes morir: una versión alternativa a Mysterion, donde la violencia y el caos toman el control. Mañana subo el primer capítulo.
CONTINUACIÓNES
Desde el próximo lunes publicaré los nuevos capítulos de Mi más grande culpa. Serán cuatro, disponibles cada semana. También continúa Mitología, ahora con el título On The Age of the Gods, los nuevos capítulos también estarán disponibles a partir de la próxima semana.
EDICIONES
Otro de mis fics estancados es Entre el Amor y el Odio, también volveré a actualizarlo solo que antes debo corregir algunos detalles. Las subidas de nuevos capítulos comenzarán en dos semanas, a partir del día 29.
Más información mañana en mi blog, y para recibir cada actualización síganme por Twitter (ambos links están disponibles en mi profile)
Chris; Si, lo sé, demasiado tiempo. Quizá ya te diste cuenta de que edité Mi más grande culpa, eso para continuarla. El próximo lunes vas a ver dos capítulos nuevos publicados: uno es lo que faltaba de editar y otro es el nuevo. Vas a ver que la espera valió la pena. Mientras, servido el próximo capítulo.
Haoyoh; Encontrar a Cyborg en el mar no es lo más convencional, pero unas páginas más abajo vas a ver por qué eligió ese medio (aunque se hundiera, como tú dijiste, ese comentario me sacó una buena carcajada). No, aún no me detengo, al contrario: lo mejor está por venir.
Misterystars; Espero te haya ido bien con el examen (yo apenas ando aprendiendo algo del francés, aunque más bien por mi cuenta) Gracias por tus felicitaciones, emociona mucho que a uno le reconozcan los detalles. Arriba dejé algo de información sobre las actualizaciones y planes que tengo en para el mes, espero te gusten.
Masg; Regáñame de una vez. Pero en compensación voy a subir el siguiente capítulo para el próximo miércoles, y créeme, va a ser impactante. Al final de este capítulo vas a poder darte una idea de que es lo que se le viene a Dick. Si, haces bien en no imaginar su reacción… va a arder Troya.
Cute'Lady; Ya va uno, y pronto llegan los demás. La mejor forma de aprender a escribir es leer, de hecho es lo que más se recomienda que haga un escritor (una vez un profesor de la universidad me salió con que lo mejor era leer uno diario, ya te imaginarás la cara de todos en el salón) También gracias por tus halagos, reviews como el tuyo siempre sacan una sonrisa.
lilikoppsaya; Continuada. Gracias por dejarme tu review, bienvenida a mi fic. A Starfire no le falta mucho para salir, aunque ya desde antes vas a tener una idea de las cosas que le pasaron del otro lado del espacio.
La serie "Teen Titans" y el libro "El Conde de Montecristo" no me pertenecen. Al decir esto no violo ninguna ley de derechos de autor. Este fic está escrito sin fines de lucro.
El dinero siempre está ahí; sólo cambian los bolsillos.
Gertrude Stein (1874-1946) Escritora y poetisa estadounidense.
REVENGE: ARMED WITH WINGS
PARTE III: DESOLACIÓN
CAPÍTULO II:
EL TESORO
La ciudad a la que se dirigía era una de las ciudades más importantes de todo el país. No era tan grande u ostentosa como Metrópolis, y tampoco tuvo una sociedad tan amante de los placeres como Gotham en su tiempo. No era tecnológicamente avanzada como Star City. E incluso a pesar de tener playa y buen clima no era un gran atractivo turístico. Nada interesante había pasado en años, nada trascendental, a veces parecía que el tiempo avanzaba más lento en ese rincón del mundo. Sin embargo esta era una ciudad de las más prósperas de todo el país: su economía iba en ascenso a pesar de la crisis, y su población ya se contaban en millones. Su apariencia evocaba décadas anteriores, especialmente a los años sesenta, y a pesar de su aparente calma bullía de actividad. Los habitantes de la ciudad habían encontrado un buen lugar donde vivir, los comercios abundaban, los rascacielos de cristal se alzaban, y se podía sentir la ilusión de vivir el sueño americano en los suburbios.
Esta ciudad, tan modesta pero a la vez consciente del propio poder, era Jump City. Dominaba la costa oeste, y sabía hacerlo tan bien que nadie notaba su influencia. Solo tenía un problema notorio: desde que ciudad Gótica fuera clausurada muchos habían buscado refugio en ella, y eso también comenzaba a atraer a criminales y alborotadores oportunistas, y la prisión cada vez podía contenerles menos. Ya se habían reportado varias fugas.
Cuando Cyborg despertó revisó los mandos y controles, aprovechando el buen tiempo para aumentar la velocidad, aunque provoco una ligera sacudida. Al sentir el nuevo ritmo de la embarcación Richard salió de sus pensamientos y se dirigió a la cabina, sabiendo que allí encontraría al capitán. Se preguntó a sí mismo por qué Cyborg había elegido la navegación habiendo otros medios más confiables de transporte, además, si ocurría una catástrofe y el barco se hundía no creía al chico de metal capaz de mantenerse a flote, especialmente sin ayuda. Pero había agradecido en silencio el que no hubiera más gente en el barco: acababa de descubrir que le costaba manejar la compañía. Se había acostumbrado a la soledad. Slade había sido una tabla de salvación, pero nunca le tuvo una verdadera confianza, y en catorce años ya había perdido buena parte del sentido de la camaradería que antes lo había distinguido. No sentía que pudiera compartir una confidencia y menos desahogarse con alguien, a pesar de que sentía las emociones a flor de piel. La soledad se poblaba con sus pensamientos, ocultando el silencio.
Todo parecía tan tranquilo, especialmente el agua. Era como el mar estuviera suspendido en el tiempo. Recordó el aspecto de Metrópolis, que parecía querer a toda costa adelantarse a su época, y trató de imaginar su nuevo aspecto. Quince minutos después también era perfectamente visible la isleta, con la nave estancada en ella. Richard la miró detenidamente, y supo que antes de llegar a la ciudad tenía que entrar en esa nave, como fuera. Por un golpe de suerte volvió a sacudirse el barco. Cyborg se inclinó a revisar los controles, y vio que había una falla en una de las hélices.
—Rayos…—exclamó, y luego desaceleró el barco. Richard vio la oportunidad.
—Creo que deberías de arreglarlo pronto.
—Lo sé. Cerca de la costa hay algunos muelles…
—Estamos todavía a una distancia considerable. Creo que deberías de encallar en esa parte—señaló a la isleta—si falla otra hélice y el barco se hunde, tendrías un serio problema.
Cyborg meditó esas palabras. Si, el otro tenía la razón, lo mejor era no arriesgarse. Dobló el curso para acercarse a la curiosa isleta, revisando continuamente el radar para no estrellarse contra alguna roca o banco de arena. Entre más se acercaban más sentía Richard crecer su incertidumbre. Era cierto que la historia de Slade tenía algún fundamento, pero no pudo evitar volver a dudar de él. Incluso si no hubiera enloquecido, pudo haber malinterpretado los signos, haberse equivocado, o incluso si su maestro había estado en lo cierto alguien más pudo haberlo descubierto. Para cuando por fin Cyborg estuvo lo suficientemente cerca para encallar, Richard ya había calculado todas las probabilidades y había trazado varios planes de emergencia en caso de que no existiera o no lograra encontrar el tesoro. De nueva cuenta pudo agradecer algo en silencio; que Cyborg le dejara ayudarlo a preparar el barco para encallar, ya que así era más fácil ocultar su impaciencia.
Cuando terminaron ambos bajaron usando la misma cuerda con la que Cyborg lo había rescatado la noche anterior. Cyborg bajó primero, después de arrojar al suelo una bolsa bastante pesada. Richard fue el último, pero tocar el suelo se sintió extraño, como si estuviera en una superficie desconocida. Se quedó estático unos momentos, analizando el suelo bajo los zapatos. Alzó y extendió la punta de los pies sobre el pasto y las rocas. Hacía tantos años que no había conocido más suelo que el duro concreto, frío y liso. Volteó hacia el otro, pensando en si había visto su turbación, pero este apenas bajó se había dirigido hacia la hélice que estaba medio hundida en el agua.
— ¡Demonios! —Cyborg se encontró con que la hélice se había enrollado con algo, probablemente basura. Exclamó otra maldición mientras sacaba de la bolsa una caja de herramientas y comenzaba a desatascar la pieza. Al verlo Richard recordó que nunca, en toda su juventud, se había detenido para observar la naturaleza o sentir el aire o el suelo. Saltaba siempre de un problema a otro, completamente ajeno a lo que había alrededor. Apenas hacía unas horas había descubierto lo verdaderamente mágico que podía ser un amanecer. Nadie parece valorar esos pequeños detalles, hasta que desaparecen. Comenzó a caminar hacia el otro, tratando de medir el tiempo que tenía. El trabajo parecía complicado, sin embargo Cyborg era muy hábil y tenía buenas herramientas.
— ¿Canto tiempo va a tomar?
— ¡Horas! —respondió Cyborg mientras echaba mano de una de sus llaves, enfrascándose por completo en la reparación. Richard pudo juzgar que, aunque no iba a demorar mucho, iba a estar tan concentrado en el trabajo como para notar realmente su ausencia.
Era su oportunidad. Dijo que quería explorar el lugar y volvería pronto, sabiendo que el otro apenas le iba a escuchar. Comenzó a recorrer la recorrer la isleta, tratando de encontrar el camino hasta la nave. La naturaleza era generosa en ese pequeño punto del planeta: tenía buenas dimensiones, ni tan extensa como para ser ocupada por una población grande ni tan pequeña que no pudiera brindar refugio. Después de una caminata de veinte minutos estuvo frente a la estructura.
Miró directamente a la nave. Los gordanianos no se habían andado con juegos, aquello estaba muy bien construido y era del tamaño de un edificio mediano. Comenzó a caminar en dirección a la nave, hasta llegar a la base. Tanteó las paredes, buscando una grieta, hasta que encontró un borde semi-abierto por una abolladura, en el ángulo donde había recibido un mayor impacto. Metió los dedos y comenzó a jalar, hasta que, gracias al daño estructural, pudo hacer una abertura lo suficientemente grande como para permitirle la entrada.
…Dentro de la nave…
Entró con algo de esfuerzo, sin embargo de una sola mirada al interior descubrió que no iba a costarle mucho moverse dentro de la nave. Nadie más había estado allí, ni siquiera para explorar: tierra, eco, desorden… tanto abandono parecía sorprendente, pero considerando los tiempos que había atravesado el mundo en esas décadas había problemas más graves que atender y ya sabían bastante de alienígenas, nadie iba a molestarse en investigar más. Escuchó el sonido de sus propias pisadas, entendiendo al mismo tiempo que era el primero en entrar desde el choque. Mientras caminaba Richard pudo ver la carta de aquel gordaniano, escrita con fuego en su memoria, casi como había visto la denuncia. Sintió que Slade estaba allí, de nuevo en las sombras, dando vueltas a su alrededor. Pudo escuchar su voz como si fuera la propia, recordándole cada fragmento.
…En la última cámara de los almacenes…
Cuidando con no tropezar comenzó a abrirse paso, tratando de adivinar donde estaban las cámaras. Por fortuna la distribución de la estructura de la nave no era tan distinta a lo que habría sido una edificación terrestre. Una vez sus ojos se habituaron pudo guiarse: después de haber pasado tantos años en la penumbra casi podía ver en la oscuridad. Afuera no parecía tan grande, pero ahora, gracias a la buena organización, el espacio parecía haberse multiplicado. A pesar de haberse estrellado solo había una densa capa de polvo y telarañas, no encontró escombros o daños estructurales. E incluso en esa posición parecía estar bien, como si la hubieran construido para ser navegada de forma vertical. Quizá era el diseño para una estación en lugar de un medio de transporte.
Mientras hacía estas observaciones atravesó con cuidado las cámaras, descubriendo a cada paso la inmensidad de la nave, hasta llegar a la última. La pared de esta tenía una apariencia lisa, como las otras, pero la superficie parecía dividida en varias decenas de bloques. Con el tacto adivinó que cada uno se podía separar, de una forma parecida a los del Gulag. Eran más pequeñas, de unos quince centímetros, debían de ser compartimentos ocultos.
…En la roca vigésima…
Partiendo desde una esquina, comenzó a contar las piedras. Al llegar al número veinte metió los dedos por las ranuras y comenzó a sacarla. Pudo ver varios símbolos, que al estar expuestos despedían una leve luz de un tono verdoso. Se sorprendió al pensar que la nave podía guardar todavía algo de electricidad, Slade no le había hablado de eso.
Pensó en las lecciones de lenguaje que había tenido con él: su maestro había comparado la escritura gordaniana con la china en el sentido de que cada símbolo representaba una palabra en lugar de una letra. Recordando la forma de los símbolos comenzó a descifrarlos, hasta llegar a la conclusión de que uno de ellos era encender y otro abrir. Sonaba tentador descubrir si él primero iluminaría los corredores o encendería la nave entera en su lugar, pero no iba a cometer ninguna imprudencia y tocó el segundo símbolo.
Los comandos se iluminaron mientras algo se movía detrás de él. Al darse la vuelta pudo ver una especie de puerta, que daba a un pasadizo. Comenzó a internarse, dando el giro a la derecha que la hoja había indicado. Cuando llegó notó que algo estaba apilado en el fondo, como los barriles del vino en una bodega. Cruzó los brazos, pensando en si ese era efectivamente el tesoro y como comprobarlo. Tanteó la parte superior y descubrió que, efectivamente, era algo de madera. Intentó sacar uno pero no tardó en darse cuenta de lo imposible de la empresa, estaban demasiado pesados. Pasó una mano por su frente, notando que estaba cubierto en sudor.
Volvió a quedarse quieto, meditando y buscando una solución. Cerró los ojos y volvió a repasar las instrucciones, sintiendo de nuevo la voz de Slade en su cabeza.
…y tercera a la izquierda…
En principio no tenía sentido, solo se podía dar un giro a la derecha, hacia la izquierda no había más que otra pared. Tanto izquierda como tercera debían de tener otro significado. Volteó a ese lago, y comenzó a tantear la pared. Entonces sintió de nuevo compartimientos, solo que apenas eran cinco. Rápidamente se volvió al que contó como el tercero y lo abrió, revelando ahora un único símbolo, que reconoció como sacar. Al apretarlo escuchó un ruido metálico, y mientras un juego de luces se encendía en las paredes de la bóveda uno de los cofres salió del grupo, guiado por una especie de brazo metálico.
Con la nueva luz Richard descubrió que eran siete cofres de gran tamaño, que sin duda debieron de haber conseguido en la tierra. Comenzó a caminar lentamente al que había sido expulsado, sintiendo pesada su respiración. Al estar frente a él se inclinó, y con mano trémula recorrió la tapa. Conteniendo la respiración lo abrió, y una luz le cegó.
En cuanto sus ojos se acostumbraron pudo ver el oro, casi desbordante, acomodado tanto en lingotes como en joyas y monedas antiguas. En un rincón de este estaban acumuladas varias piedras preciosas. Era impresionante, jamás en su vida había visto junta una acumulación tan vasta de riqueza, y volteó a ver rápidamente a los otros cofres.
…oro del planeta Tierra en la constelación de la vía Láctea como gemas de las Lunas de Centauri…
No fue sino hasta ese momento que pudo apreciar la verdadera importancia de aquella fortuna. Tuvo que sentarse. Era real, el tesoro estaba allí, justo al alcance de su mano, y descubierto solo por él. Era la herencia, el legado de Slade, con aquella fortuna podría construir o destruir. Continuó todavía así unos minutos más, asimilando el nuevo poder que parecía haber surgido de la nada. Recordó que en la universidad un profesor le hizo una pregunta para la clase de valores: ¿si heredaras una fortuna, que uso le darías? No lo había tomado más que como una pregunta capciosa, considerando la situación, y ni siquiera se había molestado en dar una respuesta seria. Pero ahora, quince años después…
Hoy día terrestre 25 de abril del año terrestre 1959…
Sintió las monedas resbalar entre sus dedos mientras reflexionaba como un evento tan lejano influyó en su vida y en la de ambos, atravesando las edades. La era de plata lo alcanzaba con esa increíble historia, legada por medio de su hija de bronce. Comenzó a guardar en sus bolsillos algo de aquella fortuna, tratando de sacar lo suficiente como para moverse dentro de la ciudad y conseguirse una nueva identidad.
Cyborg por fin había terminado con esa maldita cosa. Le había tomado un poco más de tiempo, todo por culpa de una lata de refresco que alguien debió de haber tirado de un bote y se había incrustado en la base. Sentía todavía una vena inflamada en la frente cuando vio a Richard caminar hacia él, con una extraña tranquilidad. El paseo debió de haberle sentado bien.
—Recuérdame no beber una soda hasta llegar al muelle—bromeó mientras guardaba la caja y cerraba la bolsa. Noto que el naufrago tuvo que contener un escalofrió al ver ese gesto, pero no sabía lo suficiente como para relacionarlo con su experiencia cercana a la muerte. Cada uno volvió a escalar la cuerda que se había quedado suspendida, hasta llegar de nuevo a la cubierta.
Apenas zarparon y Richard metió una mano en su bolsillo derecho. Por supuesto, Cyborg no le prestó la más mínima atención, aunque vio que el otro había sonreído de lado. Mientras el barco se dirigía a su destino Richard pensó en lo que había encontrado: tanto los cofres como la nave eran invaluables, sin embargo aún no sabía bien cual iba a ser su siguiente paso. Lo único que tenía en claro era que iba a tener que convertir los bienes recién adquiridos en una riqueza manejable. Después de trazar un plan sobre cómo manejar adecuadamente el tesoro regresaría por lo demás.
No tardaron mucho en llegar al muelle más cercano, el número 41. Esta vez Cyborg se quedó atrás, buscando la llave de una bodega cercana, por lo que Richard volvió a estar temporalmente solo. Encontró un periódico con una fecha reciente tirado en el suelo, y se detuvo a leerlo. El panorama le sorprendió cuando leyó que el mundo entero había entrado en recesión. La bolsa norteamericana se desplomó, y con ella casi todas las demás. Las opiniones de los economistas estaban divididas, pero casi todos concordaban en que era de las peores crisis. Sin embargo, para Richard, eso eran buenas noticias: una de las cosas que aprendió sobre economía en Industrias Wayne fue que gracias a la baja en el valor del papel moneda, el oro tenía mayor demanda… lo cual se traduce en mayor valor. Recorrió rápidamente las líneas, hasta encontrar lo que necesitaba:
…La tasa del oro está a su mayor alza desde 1999, a más de 815 dólares la onza troy…
Si en eso estaba valuada la onza troy, de poco más de 31 gramos de peso, entonces todas esas libras… sumando las piedras preciosas el tesoro había llegado a superar los mil millones de dólares. Pasó un buen rato con el periódico en las manos, haciendo más cálculos mentales. Era rico, increíblemente rico, más allá de lo que pudo haber sido como heredero de Bruce Wayne.
Al pensar en Batman volvió a sentir aquella flama que comenzaba a quemarle el pecho, y de nuevo le asaltaron la indignación y la duda. No, ya no podía continuar así, ahora iba a buscar las respuestas que necesitaba.
—Si piensas leer algo te aconsejo que compres uno nuevo—bromeó Cyborg, sacándolo de nuevo de sus pensamientos.
Estrujó el periódico, aunque volvió a dejar escapar una ligera sonrisa.
—Creo que voy a seguir tu consejo. Gracias por haberme traído.
— ¿Seguro que no quieres que te acompañe?
Richard volvió a rechazar la ayuda. Quería ir solo, necesitaba estarlo para lo que iba a hacer: acababa de dar con el primer uso que le daría al tesoro. Ambos se dieron un apretón de manos, despidiéndose, sin saber que pronto iban a volverse a ver. Richard volteó a verlo, cuando casi había salido del muelle, y pudo ver que Cyborg ya había abierto la bodega y comenzaba a llevar varias cajas al barco. Se dio la vuelta, agradeciéndole en silencio por una última vez, y enfilo al otro lado de la ciudad.
Después de que hubo terminado, Cyborg volvió al barco y tomó curso. Le tomó cerca de una hora en llegar, aunque el gobierno había cerrado la costa. Llegó al mismo muelle donde siempre llegaba, y donde había dejado una camioneta para subir la carga que había tomado del muelle. Después de ocultar la embarcación con lona se subió al coche y comenzó su trayecto a una de las pocas casas de las cercanías que habían resistido el terremoto. Si, vivía en Gotham, y más aún, con su ex novia.
Si continuaba viviendo con ella era porque a pesar de no haber durado mucho con ella habían quedado en los suficientes buenos términos para continuar siendo amigos, y eso sin mencionar que formaban un buen equipo: desde que no podían dedicarse a otra cosa ambos eran traficantes. Desde el barco llevaban a Gotham lo que encontraban en el mundo exterior, especialmente víveres, y los consumían o intercambiaban entre los pobladores. A veces incluso podían darse el lujo de ayudar a alguien.
Ninguno se había decidido a dejar Gotham, a pesar de que tenían los medios; una porque estaba apegada a ella y no le preocupaba que la ciudad fuera el doble de peligrosa que antes, y él tampoco porque no se sentía cómodo en el mundo de afuera. Gracias a la escasa población que había quedado podía evadir con mayor facilidad a la gente. Pensó en el naufrago que había ayudado, pocos habían reaccionado con tanta naturalidad a su aspecto, y se preguntó cómo había sido posible. Le había recordado vagamente a otra persona que había auxiliado: un pobre chico, también de cabello negro, ojos azules y sin ropa, pero que en lugar del mar lo había encontrado en medio de la calle, unos días después del terremoto. En esos días no era extraño encontrar a alguien en esas condiciones, al contrario, la ciudad se había llenado de mendigos y ladrones, pero este estaba catatónico y visiblemente maltratado. Ni él ni Sarasim lo pudieron dejar a su suerte. Desde entonces lo habían cuidado y con el tiempo había logrado salir de aquel estado, pero todavía no se encontraba bien del todo: tenía continuos dolores de cabeza, extrañas fobias, y no podía recordar ni su pasado ni su nombre.
Sin embargo, y a pesar de sus rarezas, había vivido con ellos desde entonces.
Pensando todavía en los dos extraviados estacionó la camioneta y bajó dando un portazo. Sin embargo, al momento de llegar a la casa e intentar manejar la cerradura la puerta cedió, casi cayéndose. Se detuvo frente a la puerta, retrocediendo un paso. Aquello era un signo de alarma: el mismo la había diseñado, eso no era normal, solo podía pasar si alguien la había forzado. Tiró la puerta y atravesó el umbral, sacando de su brazo un cañón sónico, pero no estaba preparado para lo que había adentro: La casa por dentro era un desastre. Casi los muebles estaban volteados o rotos, y todo lo demás en el suelo.
— ¿Sarasim? —Preguntó mientras corría al interior de la casa—, ¡Sarasim!
Richard llegó al observatorio de la ciudad. Otros se habrían marchado, pensando que no habría nada interesante que ver, pero él sabía muy bien que no estaba vació. Comenzó a caminar hasta llegar a una gran puerta metálica. Tocó la puerta y esperó, como había hecho la primera vez hacía catorce años. Volteó a la parte superior de la estructura y pudo ver de nuevo un par de cámaras de vigilancia. De nuevo no tuvo que esperar mucho para escuchar de nuevo esa voz, a través del intercomunicador. Tampoco necesitó mucho para reconocer la voz.
— ¿Qué se le ofrece?
—Vine a verlo, Chang.
Se escucho algo moverse del otro lado de la línea. El científico debía de estar mirándolo a través de la cámara, seguro intentando identificarlo.
—Lo lamento, pero desde hace años no recibo a desconocidos.
Grayson sonrió levemente, por la ironía de la situación y por el hecho de que ese hombre no sabía que ya antes habían hecho un trato, y tampoco que iban a hacer uno nuevo.
—No vine a visitarlo, vine a hacer un negocio.
—No sé de qué me habla…
Habían repetido las mismas líneas hacía catorce años, cuando Chang había desconfiado de tratar con Robin. Pero Richard supo como tentarlo, solo que ahora no iba a usar un fajo de billetes. Sacó por fin la mano del pantalón y mostró a la cámara la piedra.
—…hablo de cuarenta mil dólares.
Pudo escuchar el jadeo al otro lado de la línea.
Cyborg entró rápidamente a la sala, al baño, y a la cocina, pero no pudo ver a nadie. Estaba a punto de precipitarse a las escaleras cuando escuchó un quejido.
—Vic…
Bajó la vista, y pudo ver a Sarasim en el suelo. Rápidamente se hincó a su lado y la alzó en brazos, llevándola a lo que todavía unas horas antes era un comedor. La depositó en la única mesa que no estaba rota. Ella apretaba los dientes, sin que su orgullo le permitiera quejarse.
— ¿Qué sucedió? —preguntó Cyborg mientras la acomodaba.
—No sé, llegaron unos tipos que derribaron la puerta, creí que era ladrones. Traté de combatirlos pero aparecieron más, pude contar más de veinte.
Cyborg comenzó a buscar otro cojín para la chica cuando pudo ver algo metálico en el suelo. Lo levantó y se sorprendió aún más al reconocer lo que era: una estrella ninja. Rápidamente volvió a revisarla, y a pesar de que ella se mostrara fuerte pudo saber que estaba seriamente lastimada. ¿Qué clase de vagos harían algo así, y como pudieron derribarla?
—No eran civiles.
Procesó la información y no tardó en llegar a la misma conclusión: los que habían entrado a la casa eran guerreros, mercenarios o asesinos profesionales.
—No te muevas, voy a buscar ayuda.
Sin embargo ella alcanzó a tomarlo del brazo antes de que se fuera.
—Hay algo más.
Sarasim lo miró fijamente antes de responder. Entonces Cyborg recordó al otro habitante de la casa.
— ¿Dónde…?
—Estaba en el piso de arriba, pero esos dementes subieron y no supe que pasó.
Cyborg corrió al piso superior, atravesando rápidamente las escaleras, llegando al estrecho pasillo y las únicas dos habitaciones. Allí el desorden era menor, pero resaltaba una de las puertas que estaba partida en dos, pero lo que lo dejó atónito fue ver que una de las ventabas estaba hecha añicos. Bajó las escaleras, titubeando, todavía sorprendido, intentando encontrar una razón pero sin poder hallarla. Cuando se encontró con la mirada de Sarasim Cyborg sintió que no iba a poder articular una sola palabra. Al verlo, tan turbado, ella pudo confirmar lo que había pasado.
—Se lo llevaron… —murmuró.
Chang era ambicioso, y nada lo seducía como el dinero. De nuevo pasaron un par de minutos antes de que la puerta se abriera, igual de lenta que la primera vez, y de nuevo le recibió aquel hombre. Al igual que el resto de la ciudad apenas había cambiado, pero le pareció que era aún más bajo de lo que recordaba. Pero dejando eso de lado, básicamente era la misma persona.
Rápidamente se metió dentro del observatorio, siguiendo a Chang a través de todos aquellos aparatos, hasta llegar a una mesa con un par de sillas. Mientras seguía a Chang comenzaron a bailar todas las probabilidades, todos los eventos que pudieron haberse desencadenado tras su partida en esos catorce años. La noche anterior había sido de las más agitadas de su vida. Ese día también había estado lleno de emociones y giros del destino, pero sabía que eso era nada en comparación a lo que iba a escuchar.
— ¿Y bien? —Preguntó Chang, mientras se acomodaba en su asiento—, ¿Desea qué…?
—Deseo información… es sobre alguien a quien usted conoció.
Grayson sacó por fin la mano del pantalón y mostró la piedra, cuyo brillo hipnotizó al mayor. Chang se inclinaba para observarla mejor y sintió su mandíbula caer. Richard sonrió de nuevo al ver la avaricia en los diminutos ojos de Chang. Le quitó la piedra y le dio una vuelta entre sus dedos, analizándolo, tentándolo, a punto de hacer su primer gran negocio. En su rostro apareció una sonrisa torcida.
—Necesito encontrar a ciertas personas… por encargo de un amigo.
