– ¡Eh! ¡Rido! Despierta, que ya casi es hora de ir a cenar – me decía Elíaz mientras me zarandeaba sobre el colchón de mi cama.

Me levanté de la cama sin haber descansado nada. Entre bostezos fui siguiendo a Eliaz por los pasillos hacia el comedor mientras me atusaba la barba y trataba de arreglarme el pelo para estar lo más presentable posible cuando entrase a la presencia de mis compañeros.

– Buenas tardes – saludamos los dos al unísono mientras abríamos la puerta.

Tomamos asiento y comenzamos a cenar. Mientras el comedor se inundaba del olor de los alimentos y del ir y venir de las palabras que entrecruzaban mis compañeros, yo no podía dejar de pensar en lo que me había dicho el monje.

Durante años has vivido bajo el entrenamiento del maestro Kunishi. Ahora es mi turno. Yo puedo mostrarte tu verdadera fuerza, pero no podré hacerlo hasta que te hayas reconciliado contigo mismo y con tu pasado. Cualquier esfuerzo por enseñártelo sería en vano, tu alma aún no estaría preparada para asimilarlo.

¿Reconciliarme con mi pasado? ¿Cómo? Ya había extirpado el sentimiento de culpabilidad que me había perseguido durante toda mi vida. Había conseguido superar la muerte de Yonas. ¿Qué más debía hacer?

Me había prometido ser capaz de transmitir las mismas sensaciones que había percibido cuando Nalya enterró mi alma. Me había prometido dar una segunda oportunidad a almas como la de aquella chiquilla a la que había enterrado la pasada noche, atormentada, deshauciada, solitaria. Y para ello, me había prometido ser cada vez más fuerte, para que, pasara lo que pasara, nadie pudiera hacerles daño. Y para hacerme más fuerte, debía seguir los consejos de aquel monje, cuyo nombre y cuyo pasado desconocía, pero que de alguna forma sabía que era la llave de mi futuro.

Pero, ¿con qué pasado reconciliarme? Había cometido demasiados errores, demasiadas estupideces a lo largo de mi vida. Por mi memoria, de vez en cuando, aún se paseaban imágenes cada vez más borrosas de noches arrojadas por la borda, de días vividos sin ni siquiera sentirme vivo... Drogas, alcohol... un laberinto que me había acabado por volver loco.

Demasiadas imágenes que quería olvidar, demasiados errores que tenía que subsanar y aquellos errores me habían conducido a un callejón sin salida. Yo había optado por la salida fácil, abandonar, sacarme cobardemente la vida y sin tratar de resolver todos mis problemas.

Desde que estaba en la Sociedad de Almas no me había preocupado por ello. Me había concentrado en seguir adelante sin mirar atrás. Aquellos problemas del pasado habían acabado por camuflarse en mi subconsciente en forma de demonios pero los había vencido ¿A qué se refería el monje?

Ya había acabado con ellos, ¿qué debía hacer ahora? ¿Qué es lo que me pedía? "Reconciliarme conmigo mismo y con mi pasado". Perdonarme a mí mismo por haber malgastado mi vida mortal, por veintitrés años que se habían convertido en un tormento para mí y para los que me rodeaban. ¿Era eso?

O quizás lo que me pedía era reconciliarme con mi recuerdo de Yonas, con mi vida en la Sociedad de Almas, con todas las veces que me había culpado por la desaparición y la muerte de mi hermano. Otra cosa con la que también había acabado, aunque seguía sin saber el porqué de muchas cosas, demasiadas cuestiones por resolver cuya respuesta no me corría prisa. Al menos de momento.

– ¡Eh! ¿Piensas quedarte en el comedor toda la noche? ¿O es que vuelves a ver fantasmas?

Era Nalya, que utilizaba su habitual actitud sarcástica y distante para darme a entender que todo el mundo se había ido ya del comedor y que mi comida seguía en el plato, enfriándose. Supuse que aprovecharía la oportunidad para burlarse, porque aquella especie de amabilidad escondida bajo su comportamiento normal no era lo habitual en nuestra relación. De todas formas, estaba demasiado cansado para defenderme o contraatacar.

– ¿Eh? Oh, sí, mierda... Maldito Eliaz, podía haberme avisado... – contesté con un tono que demostraba a la vez vergüenza, indignación y cansancio. – Lo siento, estaba pensando... Oye, ¿puedo hacerte una pregunta?

– A ver con qué me sales ahora...

– He estado hablando con un monje... bueno... no sé, supongo, que es el espíritu de mi espada...

– Abreviando... – me interrumpió. – ¿Tú estas preguntas no se las sueles hacer a Eliaz?

– Sí, pero el no está.

– Tranquilo, seguro que está cerca, si no está contigo seguro que está persiguiéndome. Que no te extrañe si está al otro lado de la puerta – dijo sonriendo mientras cabeceaba hacia la puerta.

– A lo que iba, que me lías. El monje me dijo que tenía que reconciliarme con mi pasado, ¿te ha pasado algo igual? Es que no lo entiendo, hace unos días...

– Mira, Rido, no me des la vara con este tipo de preguntitas – me cortó. – Sabes que no me apetece nada meterme en la vida y en los problemas de los demás, sobre todo cuando no me afectan. El que hace eso es Eliaz, que además te conoce mejor que yo...

Se levantó y se dirigió a la puerta. Se paró antes de abrirla y me miró fijamente a la cara. Cuando abrió la puerta, efectivamente Eliaz estaba allí, esperándola, curioseando... o algo así. Nalya comenzó a hablar con él y cerró la puerta. Parecía un poco molesta y cansada, quizás porque no tenía la paciencia suficiente para tener a mi amigo el noble todo el día siguiéndole.

Terminé de cenar apresuradamente y me fui a dar un paseo por el jardín. Al rato apareció Nalya y se unió a mi paseo. Aquello era extraño, normalmente, cuando me acercaba un poco a ella solía parar en seco mi acercamiento con alguno de sus comentarios sarcásticos. Sin embargo, aquel día se había acercado a mí y caminaba conmigo, a mi lado.

– Bien, parece que Eliaz ya no está – dijo rompiendo el silencio en que nos movíamos.

– Sí, supongo que habrá ido a echarle un vistazo a Mitsuko... Esa chica tiene mucho talento. Llegará a ser alguien importante... Puede que un 11, si Eliaz no lo remedia – comenté en un intento por crear un ambiente agradable. – No le gustan mucho los onces, pero seguro que ya lo sabes...

Su rostro había adoptado un rictus serio, nada acorde con la broma con la que había tratado de romper el hielo un segundo antes. Se paró delante de mí y me miró fijamente, como había hecho un rato antes en el comedor.

– Bueno, al grano, que aquí hace frío y me apetece volver a mi cuarto a escuchar música – comenzó. Sus palabras se atropellaban al salir de su boca, como si quisiera terminar con aquello cuanto antes. – Puede que esto no te ayude pero de todas formas así me lo saco de encima y no me tengo que molestar en "guardar el secreto". Porque además es estúpido en este caso. Mierda, ésto lo tenía que haber hecho otro, no yo... Es algo de tu pasado que nadie te ha contado...