Ey, buenas.
Antes de nada, aclarar que tuve que retocar una frase del capítulo anterior. No es gran cosa, pero si alguno es muy del detalle, tal vez lo note. Es una tontería, no pasa nada.
Ale, a leer.
Capítulo 12: Comienzo
Hace 15 años, Two Bluff, Arizona:
Esa noche, había caído una fuerte tormenta sobre la tranquila población. El cielo había permanecido oculto durante todo el día por los grises nubarrones que anunciaban la llegada de la lluvia, si bien no fue hasta que todo el mundo se fue a dormir que arremetió con fuerza contra la tierra. El agua caía pesadamente y formaba una densa cortina que ocultaba las siluetas de los edificios, siendo solo las pocas luces que aún permanecían encendidas y las farolas las únicas que parecían batallar contra la oscuridad del mundo.
Un trueno bramó con la intensidad de una explosión, reverberando en cada ventana del complejo, y arrancando de su sueño a un joven niño d años que hasta el momento había permanecido dormido en su cama. Con un grito, el joven Saito se había incorporado en su cama, mirando por todas partes como si pretendiera encontrar al monstruo que había lanzado semejante rugido, su respiración agitada y su rostro revelando un profundo temor. Las luces de su cuarto, apagadas como estaban, oscurecían los rincones de la habitación y la hacían perfecta para que los monstruos típicos que viven en la mente de los niños se escondieran en ellas para sorprenderle, por lo que se ocultó bajo las sabanas y se encogió lo máximo que pudo. Tal vez, de esa manera, los monstruos no lo encontraran hasta que consiguiera llamar a alguien para que lo salvara.
-¡Mama!-gritó Saito, esperando que alguien fuera a su rescate lo antes posible-. ¡Papa!
Sus gritos sonaban algo amortiguados por la sabana, pero Saito estaba convencido de que pronto sus padres llegarían pronto y encenderían las luces. A ellos no les daban miedo los monstruos, ellos eran valientes y muy fuertes. Su papa era un mecánico que trabajaba en el taller del pueblo, y su mama era policía, muy valiente y muy guapa. Si había alguien capaz de hacer frente a esos monstruos, entonces tenían que ser ellos dos. En cualquier momento, llegarían y se sentarían a su lado, preguntándole qué le pasaba y protegiéndolo de los monstruos y de la tormenta hasta que se volviera a dormir. Tal vez incluso lo dejaran dormir con ellos, para que así pudiera disfrutar de una noche completa de sueño con la seguridad de que su papa y mama estarían allí para protegerlo de lo que fuera.
Pasaron los minutos, y nadie vino. Nadie encendió las luces. Nadie pareció haber oído al pequeño Saito. Cada instante de inquietante silencio se le antojaba largo y denso, el silencio sepulcral de la casa solo roto por el incesante repiqueteo de la lluvia contra su ventana, y el ocasional trueno que hacia encogerse y lloriquear a Saito, quien no paraba de preguntarse dónde estaba su familia. El miedo y la incertidumbre le impedían moverse, relegando todos sus esfuerzos a gritar ocasionalmente para que sus padres fueran con él, pero parecía que no importaba cuanto gritara, nadie iba a acudir en su ayuda. Las lágrimas pronto emergieron de los ojos de Saito, quien desesperanzado solo podía esconderse bajo las sábanas y rogar porque alguien fuera en su ayuda. ¿Dónde estaba papa? ¿Dónde estaba mama? Tenía tanto miedo…
Finalmente, Saito se armó de valor y, con lágrimas aún en los ojos, salió de su cama. Arrastró la sábana para que cubriera su pijama de lunas y estrellas como una capa, combatiendo así el frío de la casa y esperando que a su vez lo sirviera de camuflaje frente a los monstruos. Después de todo, en la cama funcionaba. ¿Por qué fuera de ella no? Pertrechado, atravesó el cuarto en dirección al interruptor de la luz, tratando de no mirar a su alrededor para así no sorprender a ningún monstruo y que no lo asustaran. Sus pies descalzos pisaban la mullida alfombra con estampado de dinosaurios que sus padres habían instalado por su cumpleaños, ya que los dinosaurios siempre le habían gustado mucho, como demostraba todos los juguetes de dinosaurios que Saito tenía guardados en su baúl. Pasó junto al alto armario ropero, atento a que la puerta no se abriera y saliera de entre sus pijamas y camisetas de recambio algún aterrador espectro que pretendiera aterrarlo, y procuró no mirar en el espejo de su cuarto por si descubría que su reflejo no estaba. No sabía por qué no debería estar, pero le aterraba el que no estuviera, por lo que procuró no mirar.
Por suerte para él, consiguió llegar a salvo al interruptor, que tras encenderlo iluminó por completo el cuarto y sirvió para calmar un poco su acelerado corazón. Visto con la luz encendida, su cuarto ya no daba tanto miedo, si bien fuera aún seguía estando muy oscuro y la lluvia no parecía que fuera a parar pronto. Mirando hacia atrás, se planteó por un instante volver y meterse en su cama otra vez, pero la llegada de un nuevo relámpago que terminó en forma de trueno acabó por sobresaltar al nervioso niño, quien prácticamente se tiró sobre la puerta en un intento de abrirla. Mejor se iba con sus padres, sí…
El pasillo y la casa estaban a oscuras, silenciosos mientras Saito proseguía su camino por ella en dirección a la habitación de sus padres. La casa era idéntica al resto de casas del vecindario, de dos pisos y situada en el interior del pueblo, junto a la calle principal que lo dividía en dos. Saito había pasado toda su vida en ese lugar, asistiendo al colegio junto al resto de niños y niñas de la ciudad y jugando con ellos todo el día hasta que sus padres iban a recogerlo al terminar sus turnos. No podía verlos tan seguidamente como le hubiera gustado, pero estos siempre procuraban compensar su ausencia demostrándole mucho su amor y cariño cuando por fin se reunían, jugando con él y escuchando sus relatos sobre cómo había comandado un barco pirata en el recreo, o cómo había encontrado un gusano en el patio con un color extraño. Su padre solía sentarlo en su regazo, dejando que apoyara su cabeza contra su duro pecho para permitirle escuchar su corazón, que retumbaba fuerte y sereno en su cabeza. Su madre, más animada, solía cargárselo a caballito y correr a toda prisa por la casa, las risas de los dos resonando con fuerza mientras su padre se unía al juego pretendiendo ser su perseguidor. Saito allí tenía una buena vida, y nada había que le hiciera más feliz que el estar con su familia.
Con estos y otros pensamientos, Saito acabó por llegar a la habitación de sus padres. Estaba inusitadamente vacía, con la cama deshecha y la luz de la mesilla encendida. Una de las ventanas estaba abierta y el viento de la tormenta se colaba por ella, enfriando el cuarto y permitiendo que algunas gotas de lluvia se colaran dentro. A Saito le extrañó bastante que sus padres no estuvieran en la cama, aunque más aun le extrañó el extraño corte que descubrió en el colchón de la cama. Parecía que alguien había rajado su superficie, dejando que su contenido se asomara libre, y sorprendiendo bastante a Saito. No entendía qué había pasado allí, pero tampoco tenía tiempo para averiguarlo. Necesitaba encontrar a sus padres, y necesitaba hacerlo pronto. Así pues, Saito salió del cuarto y se dirigió a las escaleras que bajaban al piso de abajo, fallando en notar el profundo zarpazo grabado en la madera de la puerta y las manchas de sangre de la pared.
Paso a paso, empezó su descenso mientras vigilaba las oscuras entrañas de la casa. El piso de abajo estaba compuesto principalmente por la sala de estar, con la puerta principal a un extremo y la cocina al otro. El mobiliario era sencillo y rudimentario, compuesto por una alfombra, un sofá, un televisor y un par de cuadros que sus padres habían comprado para decorar. Solo un par de dibujos hechos a manos por Saito aportaban algo de color al sencillo salón, colgados orgullosamente por sus padres cuando Saito se los había presentado. Una vez llegó al final de las escaleras, Saito se quedó momentáneamente quieto mientras pensaba sobre qué hacer. Había bajado allí en busca de su papa y mama, pero la verdad era que el comedor le daba bastante miedo así, tan oscuro. Podría encender las luces, pero para llegar al interruptor tendría que adentrarse en esa oscuridad, y temía que su sábana no bastara para defenderlo de lo que fuera que pudiera estar escondido bajo el sofá o detrás del televisor.
De repente, la luz de la cocina se encendió, llamando la atención del sorprendido joven. Dada la oscuridad del comedor, la luz que provenía de la cocina atrajo a Saito como a una polilla, caminando lentamente mientras se dirigía a la habitación. No sabía quién podía haber sido que hubiera encendido la luz, pero tal vez se tratara de su padre o madre, por lo que Saito no perdió la esperanza y siguió caminando mientras ignoraba el frío que sus pies descalzos sentían contra el suelo de la casa.
La cocina estaba bien equipada y estaba limpia y ordenada. Los armarios permanecían cerrados con sus platos y vasos limpios reposando en el interior, los fogones apagados y la nevera alta y solemne como una montaña blanca. En el centro, una pequeña mesa rodeada por sillas hacía las veces de comedor para la familia, con un pequeño frutero en el centro como único elemento decorativo. Junto a la puerta, colgando de un pequeño gancho, se encontraban dos delantales con las palabras "Kiss the cook" en uno, y "Mi hijo fue al Dinopark y solo me trajo este delantal" en el otro, ambos regalos que Saito había hecho a sus padres dada su afición a la cocina. Al otro lado de la cocina, la puerta de atrás de la casa permanecía cerrada a cal y a canto…y bloqueada de la vista de Saito por el cuerpo de alguien que en esos momentos le daba la espalda.
La visión de esa alta persona sorprendió a Saito, quien soltó un involuntario gemido a pesar de haber sabido ya que no estaba solo en la cocina. Paralizado en la puerta como estaba, solo pudo ver como esa misteriosa figura se daba la vuelta.
-… ¿Saito?-preguntó la madre de Saito, una mujer de rasgos asiáticos y largo cabello oscuro como el suyo. Sus ojos, a diferencia de los de Saito, eran marrones oscuros. Al ver a Saito, esta sonrió-. ¿Qué te pasa, cielo? ¿Te ha despertado la tormenta?- Saito asintió, aliviado de haber encontrado por fin a su madre, pero recordando entonces la razón por la que había salido de la cama en primer lugar. Seguía algo asustado por los truenos y relámpagos de la tormenta, que proseguía golpeando con fuerza la pequeña casa de la familia Hiraga-. No tengas miedo, mi amor. Mira, te prepararé una buena taza de cacao caliente, y te haré compañía hasta que te duermas. ¿Eh, qué te parece?-le preguntó dulcemente su madre, acercándose a él y acuclillándose ante él para quedar así ante él. Al verla acercarse, Saito notó que su madre parecía tener la ropa empapada por alguna razón, su pijama pegado a su cuerpo por el agua, como si hubiera estado bajo la lluvia hacía nada. Sin embargo, a Saito no le extrañó mucho, considerando que prefería centrarse en lo que ella le ofrecía. Asintiendo alegremente, Saito fue a coger la mano de su madre, cuando de repente esta abrió los ojos sorprendida y miró hacia algún punto situado detrás de Saito.
Este, al girarse, vio algo que lo sorprendió enormemente. Allí, de pie y con una escopeta en la mano, se encontraba su padre. Llevaba puesto una camiseta y unos calzoncillos bóxer como única ropa, tan mojado como lo estaba ella y con sus cabellos oscuros pegados a la cabeza, salvo que él parecía tener una herida en su brazo izquierdo que no dejaba de sangrar y que oscurecía la tela de su camiseta por momentos. Sus facciones, americanas de ojos redondeados en contraposición a los ojos rasgados de su esposa, parecían estar torcidos en una mueca de dolor e ira, apuntando con el cañón de su arma a la madre de Saito ante la conmocionada expresión de Saito. Sus ojos azules, idénticos a los de Saito, se fijaron entonces en el pequeño niño y su cara cambió a una de horror y alarma.
-¡Saito!-exclamó su padre, dando un paso hacia la cocina sin dejar de apuntar a su madre con aquel arma-. ¡APARTATE DE ELLA!
-¿Pa…papa?-preguntó Saito extrañado, sorprendido ante la visión del arma y de la sangre de su padre. Sin entender para nada lo que estaba pasando, se giró hacia su madre para ver si ella le explicaba qué sucedía-. ¿Mama, que…?
Su madre, imperturbable, se había puesto de pie. Su rostro no denotó emoción alguna mientras veía como su padre la apuntaba con el arma, como si no se sintiera amenazada de forma alguna por él. Después, para creciente horror y espanto de Saito, su brazo derecho empezó a temblar y a metamorfosearse a medida que se deshacía en forma de varios tentaculillos oscuros, hasta que de repente apareció una alargada cuchilla en el lugar donde antes estaba su brazo.
Aquella…no era su madre. Aquella… ¿qué era? ¿Era… UN MONSTRUO?
-Ah…ah…-dijo Saito, su boca abierta y sus ojos abiertos mientras sentía brotar de ellos las primeras lágrimas a medida que contemplaba aquel ser con el rostro de su afable madre. La mirada vacía con la que lo miró lo aterró como ningún trueno había hecho antes, ya que nunca en su vida su madre lo había mirado con tanto desinterés y frialdad. De repente, con una sonrisa más común, abrió su mano e hizo el intento de coger a Saito.
-Saito, cielo…-dijo con dulzura su madre, como si no hubiera transformado su brazo para nada-… ¿es que acaso no te alegras de ver a tu madre?- Aterrado por completo, Saito no podía moverse mientras veía como aquel ser se le acercaba con el brazo extendido, su mano a escasos centímetros ya de su cara.
-¡ALÉJATE DE ÉL!-exclamó su padre, abriendo fuego de repente contra aquella criatura. El atronador disparo de la escopeta sacó de su estupor a Saito, quien vio como los proyectiles del arma golpeaban con fuerza a su madre en el pecho, y la lanzaban de espaldas contra la mesa de la cocina, aplastándola y haciéndola añicos en un instante. Sin poder remediarlo, Saito empezó a chillar mientras retrocedía espantado.
-¡MAMA! ¡AAAAAAAH!-chilló Saito, llorando de miedo y terror. Su padre, sin perder un instante, lo tomó del brazo y lo sacó de la cocina de un tirón, corriendo por la casa mientras disparaba hacia atrás al ser que se veía como su esposa. Este parecía haberse levantado como si nada después del disparo, moviendo su cuerpo como si los disparos del arma no fueran más que puñetazos, o bloqueando directamente los proyectiles con su arma.
El padre de Saito, cargándoselo al hombro, subió por las escaleras a toda prisa mientras Saito no dejaba de llorar. Lo único que consiguió hacerle parar fue el darse cuenta de que, al estar en el hombro de su padre, la sangre de su brazo se le pegaba a las manos y a la ropa, alarmándolo y conmocionándolo tanto que ya no podía ni llorar. A pasos agigantados, su padre entró rápidamente en su cuarto y abrió la puerta del armario. Su respiración era acelerada, y parecía bastante asustado. Sin embargo, metió a Saito en el armario sin vacilar un solo instante, y lo agarró por los hombros mientras lo miraba directamente a los ojos.
-Saito, escúchame… No tenemos mucho tiempo-le dijo su padre, su voz baja pero decidida-. Quiero que te quedes aquí, escondido y muy callado.
-¡P-pero…!-dijo asustado Saito, su voz apenas un hilillo como si no se atreviera tampoco a alzar la voz.
-¡No, Saito! Escúchame… Esa de ahí abajo no es mama. Se le parece, pero no es ella. Yo la distraeré, y mientras tanto, quiero que te quedes aquí y no hagas ningún ruido, ¿entendido?-Saito asintió, demasiado aterrado como para hablar, y su padre le dedicó una cálida sonrisa mientras le acariciaba amorosamente la mejilla-. Bien, buen chico. Escóndete bien, y no dejes que nada ni nadie te encuentre. Ni siquiera si yo mismo vengo a buscarte, no salgas, ¿de acuerdo? Espera a que venga la ayuda, y no salgas hasta entonces. Prométemelo.
Saito no entendía nada de lo que estaba pasando, pero sabía que no era nada bueno. Aun así, consiguió asentir una segunda vez, accediendo a la promesa de su padre. Este, suspirando aliviado, abrazó a Saito una última vez antes de cerrar la puerta del armario. Justo antes de que las tinieblas envolvieran a Saito, alcanzó a ver la sonrisa de su padre, además de una pequeña lágrima que alcanzó a salir antes de que las puertas se cerraran. Inmerso en las sombras del armario, Saito alcanzó a oír como su padre fuera salía de la habitación, cerrando la puerta silenciosamente tras de sí.
Asustado y nervioso como estaba, Saito solo podía permanecer sollozando en el oscuro armario mientras procuraba no hacer ruido, como le había pedido su padre. El silencio era sepulcral, acrecentado por su incapacidad de ver nada ante la densa oscuridad de aquel reducido lugar. Pronto, Saito escuchó un lejano ruido y el sonido de la escopeta disparando varias veces, seguidos para varios golpes y gritos que el joven niño identificó como los de su padre. Pronto, pero, el silencio volvió a reinar en la casa. Temblando de pies a cabeza, Saito se sentó en el suelo y se encogió todo lo que pudo, cubriendo su cabeza con la sábana que aún arrastraba mientras lloraba en silencio y aguardaba a que alguien fuera a ayudarle.
El sonido de unos pasos le llegó a través de las vibraciones del suelo. A través del armario, oyó el sonido de la puerta del dormitorio que se abría lentamente, y Saito enmudeció de pronto al saber que alguien acababa de entrar en el cuarto. Con cada vez más fuerza, oyó el sonido de esos pasos que se dirigían inequívocamente hacia donde estaba él, mientras se cubría los oídos y cerraba sus ojos como si así creyera poder alejar a quien fuera que se le estuviera acercando. Para cuando oyó cómo alguien agarraba el pomo de la puerta, Saito se había cubierto completamente con la sábana, un último intento por pasar desapercibido. La luz seguía apagada, y con la tela por encima, Saito apenas podía distinguir nada de la silueta que, erguida cuan alta era enfrente de él, se agachaba en su dirección con la mano estirada.
-Saito…-dijo entonces la silueta, retirando la tela, y el corazón de Saito dio un vuelco de alegría y alivio por un momento-. Saito, soy yo. Tranquilo, ya está-le dijo su padre, sonriéndole una vez le reconoció. Saito, aliviado, se puso en pie y saltó al cuello de su padre, rodeándolo con sus brazos y llorando angustiado por todo el miedo que había sentido-. Tranquilo, tranquilo… Ya pasó-le dijo su padre en voz baja y susurrante, tratando de calmarlo.
-¡P-p-papa…! ¿Quién…qué era…?-trató de decir Saito, todavía algo exaltado-. ¿Y mama?
-Mama…pues…-empezó a decir su padre, rompiendo el abrazo. Arrodillado frente a él, le puso la mano en el hombro con semblante apesumbrado-. Verás, mama… no va a volver.
La noticia provocó que un nudo de temor e incertidumbre se asentara en el estómago de Saito, a quien la forma de decir aquello a su padre no le había gustado para nada.
-¿Qué…por…por qué?
-Verás… A mama… se la ha comido un monstruo. Lo siento, Saito-dijo su padre, provocando que Saito volviera a llorar-. Pero no te preocupes… Papa se ha encargado del monstruo malo. Ya no te puede hacer daño. Yo cuidaré de ti, hijo. No llores.
A pesar de las palabras de su padre, Saito no podía evitar llorar desconsoladamente al saber que su madre ya no iba a volver con él. Recordaba cada momento que había pasado con ella, su cariño y el amor que le profesaba, y sabía muy dentro de él que siempre echaría de menos esos momentos, como ya los estaba empezando a extrañar en ese instante. Se sentía muy y muy desdichado, entristecido como nunca a pesar de que su padre hubiera podido vencer al monstruo malo que…
Fue entonces cuando recordó las palabras de su padre. "Escóndete bien, y no dejes que nada ni nadie te encuentre. Ni siquiera si yo mismo vengo a buscarte, no salgas, ¿de acuerdo?". Sin embargo, había acabado saliendo. ¿No era eso lo que su padre le dijo que no hiciera? Y además…
-…papa…-dijo Saito, abriendo los ojos de la impresión, mientras miraba aterrado aquello que había llamado la atención de Saito.
-¿Sí? ¿Qué ocurre, hijo?
-…tu…tu brazo…-dijo Saito, señalando el hombro de su padre-… ya no sangra.
Efectivamente, la herida que antes su padre había tenido en el brazo había desaparecido como por arte de magia, junto a la sangre que hasta el momento había manchado la camiseta que él portaba en esos instantes. Su padre, ante el comentario, no cambió para nada la expresión de su rostro, si bien Saito notó como el agarra de su mano contra su hombro se intensificaba hasta resultar doloroso. Trató de zafarse de él, pero era completamente imposible el soltarse de aquel agarre.
-…vaya…-dijo entonces su padre, con una voz que no era la suya. Sonaba a voz de mujer, una que Saito no reconocía para nada. El hecho, además, de oírla a través de la boca de su padre, no hizo sino acrecentar su temor-. Se me había pasado ese detalle. Culpa mía. Supongo que es lo que tiene trabajar con prisas.
Con tono casual, el "papa" de Saito lo levantó con una mano y lo sacó del armario. Sorprendido y alarmado al comprobar que aquel no era en realidad su papa, Saito trató de chillar, solo para descubrir que no podía. Tenía demasiado miedo como para articular sonido alguno, únicamente capaz de temblar en el sitio y agarrarse al férreo cepo de aquel desconocido mientras lo llevaba a la otra punta de la habitación. Una vez en ella, el ser con la cara de su papa cerró la ventana, examinando por un instante la densa tormenta del exterior, y finalmente corrió las cortinas.
Fue entonces cuando su aspecto empezó a cambiar. Como si de un millón de serpientes se tratara, su cuerpo empezó a desfigurarse y a cambiar antes los desorbitados ojos de Saito, quien no podía apartar la mirada de aquella…cosa. Donde hacía solo unos instantes había estado su papa, ahora había una mujer a quien nunca antes había visto. Vestía unos pantalones azules que habían sido recortados a la altura de sus muslos, cubiertos hasta sus gruesas botas militares por unas rejillas negras. Su cuerpo estaba cubierto por una camiseta top de color púrpura, además de un abrigo largo que parecía demasiado grande para ella. Las mangas estaban arremangadas en los codos, revelando sus brazos que parecían muy finos en contraposición al grueso abrigo, y presentaban varios tatuajes similares a marcas tribales en tinta negra y roja. Su rostro cambió del de su padre a uno de mujer, de entre 20 y 30 años, con varios pendientes y pircings adornando su nariz, cejas, labio y orejas. Su cabello era corto y estaba rapado a ambos lados de su cabeza, dejando larga solo la parte del medio en forma de un corto mohicano teñido de verde con las raíces negras. Parecía una delincuente, la clase de mujer a quien su madre nunca habría dejado que él se acercara, y sin embargo allí estaba él, colgando de su mano como si no fuera más que un paquete.
-Muy bien, renacuajo, escúchame bien. Esta es la situación: yo necesito un lugar donde esconderme, y tú necesitas que yo no te parta el cuello. Podría comerte, como he hecho con tu papi y tu mami, pero me da que no sacaría mucho de un mierdecilla como tú, así que no me molestaré. Así pues, te propongo un trato… Si cuando vengan los uniformados esos te estás calladito y finges que soy tu mama, te prometo que no te chafaré con el pie. ¿Eh, qué te parece la idea?-le dijo con tono cruel la desconocida, carente de interés en Saito, mientras miraba de vez en cuando por la rendija de la cortina.
Saito no podía estar más asustado. ¿Esa mujer… se había comido a sus padres? ¿Ellos…estaban muertos? No…no, no podía ser… Ellos… ellos eran muy buenos, y muy fuertes. No podía ser que estuvieran…que estuvieran…
-Mama… papa…-empezó a lloriquear Saito, sintiendo como las lágrimas volvían de nuevo a sus ojos, muy para irritación de la mujer.
-Ah, crío del demonio… Ni se te ocurra ponerte a llorar, niñato, o te como con patatas ahora mismo-le amenazó la mujer, pero Saito no pudo evitarlo. Trató de no hacerlo, pero pronto la pena y la desolación fueron demasiado como para contenerse, y empezó a llorar desconsoladamente. Le daba igual que le oyeran llorar, o que la mujer se enfada con él. Quería a sus padres, y los quería ya. Pero ellos ya no iban a volver nunca más, y daba igual cuanto llorara, eso no cambiaría. Se sentía mal, triste, tan solo y tan asustado…-¿NO ME HAS OIDO? ¡Te he dicho que te calles!-le gritó la mujer, zarandeándolo violentamente en su mano-. ¡HE DICHO QUE…! Vale, da igual. A tomar por culo ya…-dijo entonces la mujer, cogiendo aire profundamente. En su boca abierta, Saito pudo ver cómo una extraña niebla rojiza empezaba a arremolinarse, y cuando hubo terminado de coger aire, miró a Saito con toda la intención de soplarle encima.
Fuera, un trueno resonó con fuerza en el cielo nocturno, interrumpiendo el soplido de la mujer, y amortiguando el estruendo de la ventana cuando fue atravesada con fuerza por una gruesa bota que fue a impactar contra la cara de la desconocida. El impacto la lanzó hacia un lado, su soplido rojizo saliendo disparado a un lado y soltando a Saito que fue a caer al suelo sobre su hombro, y lo sacudió lo bastante como para desorientarlo por un instante. Sorprendido, se giró para ver qué acababa de pasar, y lo que vio lo dejó boquiabierto.
La mujer, habiendo recibido el golpe, había caído de espaldas sobre la cama de sus padres, que crujió por un instante y pronto se desplomó contra el piso, las cuatro patas aplastadas en un momento. La pared en la que el soplido había acabado parecía estar cubierta de una sustancia carnosa de color rosa intenso, con numerosas burbujas y retorciéndose como si de alguna manera estuviera viva. Alguien muy alto se encontraba junto a Saito, un segundo desconocido que había entrado por la ventana y había lanzado a la mujer de una patada a la cara. Vestía un traje oscuro completamente empapado con un patrón de camuflaje parecido al que había visto Saito en las películas bélicas que tanto gustaban a su padre. Numerosas cintas y bolsas rodeaban su cintura y piernas, aunque tal vez los rasgos más destacados de todo su cuerpo fueran el cinturón de granadas que portaba y el enorme brazalete de su brazo izquierdo, tan grande y voluminoso que Saito pensó por un instante que ese hombre tal vez fuera en realidad un robot. Tenía un rostro duro y fiero, con sus cabellos cortos y oscuros tan húmedos como todo su cuerpo, y unos ojos azules grisáceos que miraron decididos a la mujer, antes de centrarse en Saito.
-¡Niño, sal de aquí!-gritó aquel hombre, autoritario y acuciante, mientras saca un bastón de su cintura que extendió con un gesto del brazo. Varias chispas salían de aquel artefacto, relampagueando como los rayos de la tormenta que fuera seguía golpeando con fuerza.
Con un rugido feroz, la mujer se levantó de la cama y trató de arremeter contra aquel hombre, quien consiguió agacharse justo cuando la hoja de la cuchilla de la mujer intentó arrancarle la cabeza. Después, el hombre golpeó con su bastón eléctrico a su enemiga, que soltó un segundo rugido al entrar en contacto con él, solo que este fue más de dolor. Aterrado, Saito trató de dirigirse a la salida lo más rápido posible, llorando de dolor y confusión mientras a sus espaldas los dos desconocidos seguían batallando en el cuarto de sus padres. Justo cuando se disponía a salir por la puerta, el hombre que acababa de salvarlo se estrelló junto a ella, empotrándose violentamente en el armario en el que hacía solo unos instantes había estado oculto Saito. Antes de que se pudiera poner en pie, apareció la misteriosa mujer, que cargando contra él provocó que ambos cuerpos atravesaran el tabique. Saito, que se había caído de la sorpresa, se puso en pie y salió al pasillo.
Echando la mirada a su espalda, vio que la lucha se había trasladado a otra habitación, como el hueco en la pared de enfrente revelaba, y desde donde le llegaba el estruendo de los golpes y los rugidos inhumanos. Sin entender para nada lo que estaba sucediendo, Saito echó a correr sin mirar atrás, ignorando los temblores de la casa y el sonido de los muebles y las paredes siendo aplastadas en la refriega. Antes de que pudiera llegar a las escaleras, el hombre volvió a aparecer atravesando una de las paredes, cayendo de espaldas pero recuperándose en seguida. Del agujero del que salió brotaron unos tentáculos oscuros que intentaron agarrarlo, pero él se defendió con su bastón eléctrico al tiempo que disparaba unos proyectiles desde su brazalete. Cada disparo acabó en una explosión en la habitación contigua, lo cual provocó que los tentáculos se retiraran. Sin perder un instante, el hombre se encaró al agujero.
-¡Vamos, no te pares!-le gritó a Saito, para después lanzarse de nuevo por donde había venido. Saito no necesitó que se lo dijeran dos veces.
A pesar de que las lágrimas enturbiaban su visión, alcanzó a bajar las escaleras a toda prisa, de dos en dos. Sin embargo, no pudo evitar que en su correr se enredara con la sábana, lo cual provocó que cayera en el último peldaño. Fue una suerte, ya que de repente el techo se hundió y los cuerpos de la mujer y el hombre cayeron justo donde él habría estado, ambos batallando completamente cubiertos de polvo y yeso. El hombre permanecía sujeto contra el suelo, incapaz de levantarse, mientras la mujer hacía presión con su mano en el hombro de él. No importaba cuantas veces golpeara él con su puño en el costado de la mujer, parecía que su agarre no aflojaba. El otro brazo, con el bastón eléctrico aún sujeto, trató de alcanzar la cabeza de la mujer, pero esta lo apartó de un golpe con su propia mano, la cual antes había estado metamorfoseada, pero que parecía que había vuelto a la normalidad. Agarrándole del brazo, lo estampó con fuerza contra el suelo y lo inmovilizó contra el suelo.
-¡Te dije que dejaras de perseguirme, perro del gobierno!-le rugió la mujer, su boca llena de dientes como cuchillas que trataron de cerrarse en torno al cuello del guerrero. Este, pero, consiguió retorcerse de manera que solo le mordiera el traje, por lo que sus dientes no alcanzaron a dañar su carne. Sin embargo, a juzgar por la presión de su mordisco, no tardaría demasiado en atravesar su coraza y destrozarle el cuello.
Saito permanecía a escasos centímetros de la acción, completamente paralizado ante la visión de aquellos desconocidos destrozando su casa. No entendía nada de lo que estaba pasando. Tenía miedo, le dolía el cuerpo del golpe, estaba muy y muy asustado, y lo único que quería era que sus padres aparecieran de repente y lo despertaran de esa pesadilla.
-¡Aaaaaagh!-gritó el hombre cuando los dientes de la mujer empezaron a aplastar su cuello, su coraza cediendo poco a poco. Sus golpes se intensificaron, pero parecía que no surtían efecto. Intentó agarrar la cabeza de la mujer, tirando de ella para apartarla de su cuerpo, pero parecía que los dientes de ella estaban firmemente sujetos en su coraza, ya que no la movió ni un centímetro. Su otro brazo seguía atrapado, incapaz de vencer la increíble fuerza de esa mujer. Dentro de poco…
La mirada asustada de Saito se posó entonces en el espacio entre la cocina y el salón. Allí, sobre una enorme mancha de sangre, había la escopeta de su padre, salpicada de reojo y reposando en el suelo. La atención de Saito se concentró en la gigantesca arma, casi tan grande como él, y luego en el soldado que batallaba en el suelo. Sí, tenía miedo, pero su mama y papa siempre le habían dicho que era cuando uno tenía más miedo que tenía que demostrar el mayor valor, sin permitir que la adversidad o los problemas lo sobrepasaran. Recordaba las historias de héroes y guerreros que siempre le leían antes de dormir, cuando se enfrentaban al malo de la historia con todo en contra, y aun así vencían. Ese hombre… era el héroe, y en esos momentos estaba perdiendo. ¡Necesitaba que lo ayudaran! Él solo era muy poco para ayudar, pero tal vez…
Poniéndose en pie, Saito corrió junto al arma y la tomó por la culata. Sus pies se mancharon de la sangre húmeda, y sintió ganas de vomitar tanto por la sensación como por el olor, pero hizo de tripas corazón y siguió adelante. El arma era demasiado grande como para que él la empuñara, pero si se la llevaba al héroe… tal vez consiguiera vencer. Levantando la culata hasta donde podía, empezó a arrastrar el arma por el salón hasta donde estaba teniendo lugar el tenso enfrentamiento.
El guerrero se estaba quedando sin fuerzas. Sentía ya los dientes de esa cosa penetrando en su piel, hundiéndose en su carne, y sería solo cuestión de segundos que le arrancara el cuello de un mordisco. Sus golpes no estaban teniendo efecto, y no podía moverse por la presión del cuerpo de ese condenado monstruo. Tal vez, si movía el brazo hacia abajo, pudiera tirar de una de sus anillas e inmolarse junto a esa cosa. Así, aunque muriera, ni se convertiría en una de esas cosas ni dejaría que ese monstruo siguiera campando a sus anchas.
-¡Señor!-exclamó entonces una vocecita a su lado, y al girarse alcanzó a ver al niño de antes con una escopeta en las manos. Gruesas lágrimas recorrían su pequeño rostro, si bien la mirada decidida que le dedicó indicó al soldado que ese chaval no era el típico mocoso que uno vería llorando en una situación como aquella.
La voz de Saito llamó también, la atención de la mujer, quien alzó la mirada y miró con ojos desorbitados al niño y el arma que portaba. Incapaz de hablar por el momento, se limitó a gruñir todo lo fuerte que pudo en un intento de intimidar a Saito y que se alejara de allí, permitiéndole así cargarse a ese desgraciado primero antes de centrarse en el niño de las narices. El gruñido pareció surtir efecto, ya que Saito se sobresaltó y dejó caer el arma, él aterrizando de culo en el suelo mientras hacía el intento de retroceder, mirándola espantado. Sin embargo, al hacerlo, la mujer había descuidado su agarre sobre el soldado, cosa que él no tardó en aprovechar.
Con el agarre sobre su hombro derecho liberado en parte, consiguió alcanzar el cuchillo de su cintura y clavarlo con fuerza en el ojo izquierdo de la mujer, quien no se dio cuenta de lo que pasaba hasta que no sintió aquel pedazo de metal dentro de su cráneo. Presa del dolor y la sorpresa, la mujer soltó un alarido inhumano de dolor, soltando sus dientes de la coraza del soldado. Aprovechando esa oportunidad, liberó su otro brazo y clavó su bastón eléctrico bajo la barbilla de la mujer, lanzando una poderosa descargar que le arrancó nuevos y variados rugidos. Atormentada por sus recientes heridas, la mujer se hizo a un lado y liberó al soldado, tratando de apartarse para así poder recuperarse, pero parecía que su enemigo no se lo iba a poner tan fácil.
Nada más ponerse en pie, el soldado golpeó varias veces la cabeza de la mujer con su bastón, provocando diversas heridas sangrantes e impidiéndole que pudiera aclarar sus pensamientos por el momento. Sin perder un instante, el soldado se quitó el cinturón de granadas y lo ató alrededor del cuerpo de la mujer, tirando de la anilla de una de las granadas cuando acabó. Al verlo, la mujer hizo el intento de atacar al soldado, quien se limitó a esquivar la acometida y clavar su bastón en la boca de la sorprendida mujer. Las descargas pronto empezaron a recorrer su cuerpo, paralizándola a medida que gemía y rugía de dolor y confusión. Entonces, agarrando a Saito, el soldado dio media vuelta y empezó a recorrer el salón a toda prisa. Sólo la puerta principal los separaba del exterior, y sólo hizo falta una patada del soldado para derribarla.
No bien habían puesto un pie fuera de la casa, que esta estalló con fuerza. A sus espaldas, las granadas explotaron casi al unísono, acallando de repente los gritos de la mujer. La onda expansiva golpeó por detrás a Saito y al soldado, que salieron despedidos a la calle por la intensidad de la explosión. Por su parte, Saito apenas oyó el estallido. Lo único que recordaba era un ensordecedor estruendo que pronto fue sustituido por un pitido de oídos que le impedía oír nada más. Su cuerpo entero había reverberado cuando las granadas explotaron tras de sí, si bien consiguió salir casi indemne de la subsiguiente caída gracias a que el soldado amortiguó el impacto con su propio cuerpo. Enterrado en los duros brazos de este, Saito solo podía sentir la fría lluvia que caía sobre su rostro, su cuerpo recordando todavía la sensación de la explosión en su piel, que rápidamente se iba enfriando con la tormenta nocturna.
A medida que el pitido de oídos remitía, Saito fue consciente de la intensidad de la explosión. Su casa, su pequeño hogar… había desaparecido casi por completo. La explosión había destrozado e incendiado el piso de abajo, provocando que el resto de la casa se viniera abajo y acabara convertida en una especie de hoguera gigantesca que ardía a pesar de la intensa lluvia del exterior. La visión de su hogar destruido conmocionó aún más si cabía a Saito, quien no acababa de creerse que aquello estuviera pasándole precisamente a él. Primero su familia, ahora su casa… no sabía que hacer, o qué sería de él a partir de entonces.
-Ugh…-gruñó el soldado, poniéndose en pie lentamente con Saito aún en sus brazos. Una vez se hubo erguido, miró al joven Saito y luego a la casa derruida-. Ah… ah… Gracias, chico. Me has salvado ahí dentro-comentó, poniendo su mano sobre el empapado cabello de Saito-. Y… siento mucho todo lo que ha pasado, de verdad. De no ser por…
Lo que fuera que el soldado fuera a decir fue acallado cuando, de entre las llamas, salió un puño que atravesó los carbonizados restos de la casa, mandando ascuas y madera quemada por los aires como si de luciérnagas se trataran. Pronto, un cuerpo chamuscado y deforme salió de la casa, arrastrándose por la calle bajo la lluvia mientras gemía y dejaba a su paso un rastro de sangre y materia oscura. Saito, quien ya no podía estar más asustado, vio como aquella cosa salía de su casa y se preguntó por un instante si no sería la mujer de antes… salvo que ya no parecía una mujer.
Su piel estaba negra y llena de ampollas, su rostro desfigurado y convertido en apenas una calavera con algo de carne quemada y piel por encima. Su pelo había desaparecido, junto al resto de su ropa, dejándola desnuda y cubierta de pies a cabeza de una oscuridad que parecía alternarse entre la oscura sangre que parecía manar de ella y su piel carbonizada. Sus piernas estaban retorcidas en un ángulo bastante truculento, dejándole solo sus brazos para que pudiera arrastrarse y salir del infierno de fuego y humo del que había manado. De su boca abierta no salían palabras coherentes, solo gemidos y quejidos lastimeros como los de un animal apaleado.
Sin decir nada, el soldado miró a Saito, y lo tomó de la mano. Después, juntos caminaron hacia donde se encontraba el cuerpo destrozado de la misteriosa mujer, quien parecía no haberse percatado de su presencia en la silenciosa calle, la tormenta cayéndoles pesadamente encima y oscureciendo todo menos donde las farolas proyectaban su precaria luz hacia el suelo. Cuando llegaron junto a ella, el soldado la pateó en la cara y la hizo girarse con el impacto, poniéndole un pie sobre el hombro para mantenerla quieta. A pesar de lo mucho que había batallado no hacía nada, parecía que la mujer había dejado de resistirse. Saito, quien hasta ese día apenas había presenciado ninguna escena de violencia, solo pudo contemplar con gesto cansado y triste el cuerpo destrozado de quien había puesto su vida completamente del revés.
-Niño, quiero que mires esto-dijo el soldado, sin apartar la mirada del cuerpo de la mujer. Luego, con gesto lento, desenfundó una pequeña pistola de su cintura, y apuntó con ella a la cabeza de la mujer-. Parece humana. Suena como una humana. Miente como una humana…pero no lo es. No es más que otro puñetero monstruo-dijo, momentos antes de que apretara el gatillo y le metiera una bala en la cabeza a la mujer. La bala golpeó su objetivo con gran potencia, abriéndole un agujero y proyectando una gran cantidad de sangre contra el suelo. Sin embargo, contrariamente a lo que sería normal, la mujer no murió por el disparo, sino que se limitó a rugir de dolor y a retorcerse un poco bajo la bota del soldado. Después, este hizo girar la pistola, y se la tendió a Saito-. Cógela.
Saito ya había visto pistolas antes en la televisión, pero esa era la primera vez que veía y cogía una de verdad con sus propias manos. Era más grande y pesada de lo que él había esperado al principio, casi tanto que necesitó ambas manos solo para levantarla. En sus pequeñas manos, el arma resultaba tan grande que no sabía cómo su índice alcanzaría a tirar del gatillo, si bien su mirada pronto pasó del arma a la mujer que había matado a sus padres. Por primera vez en toda la noche, Saito no sintió miedo o pena. Lo único en lo que podía pensar en esos momentos eran sus padres, tan alegres y felices cómo siempre lo habían sido, y el hecho de que ella se los había arrebatado. Ya no los volvería a ver, y era todo culpa de ese…monstruo. Ya no lo volverían a abrazar, ya no lo volverían a besar ni a hacer pedorretas en la barriga para hacerlo reír, ya no lo llevarían al parque ni jugarían más con él.
Ella se los había arrebatado. Le había quitado a sus padres, su casa, su felicidad.
Ese monstruo…
Con lágrimas de rabia en los ojos, Saito apoyó el cañón del arma contra la cabeza del monstruo, que para entonces había conseguido fijar sus dañados ojos en los de Saito. A pesar de ello, Saito no apartó la mirada ni sintió temor. Su mirada era fija y de pura y ardiente ira, la primera vez que sentía algo así. Sin vacilar, con un grito de guerra en la garganta, Saito apretó el gatillo todo lo fuerte que pudo y disparó a bocajarro contra la cabeza de aquella criatura. La bala golpeó nuevamente al ser, con la excepción de que el retroceso a punto estuvo de tirar de espaldas a Saito, el arma saliendo despedida de sus manos y cayendo al húmedo suelo. Antes de que pudiera caerse, pero, el soldado había estirado la mano y atrapado a Saito. Este hizo el intento de recomponerse e ir a atacar al monstruo con sus propios puños, pero el soldado se lo impidió.
-No, ya basta. Lo has hecho bien, niño-dijo él, abrazándolo y separándolo del caído cuerpo de la criatura. Parecía que con ese último tiro, la poca vida que aún quedaba en el monstruo se había extinguido, permaneciendo inmóvil en el suelo mientras el agua diluía y limpiaba la sangre de su maltrecho cuerpo. Saito se debatió unos instantes, retorciéndose e intentando liberarse del soldado para cargar cegado por la ira contra el cadáver del monstruo que se lo había quitado todo. Pronto, pero, quedó claro que nada iba a poder hacer por soltarse de esos brazos que lo sujetaban como si de un cepo de hierro se tratara, sintiendo como poco a poco toda esa ira se convertía nuevamente en pesar y tristeza. Invadido por la pena y el dolor, Saito enterró su cara en el pecho del soldado y empezó a llorar todo lo alto que pudo, su llanto rivalizando con el estruendo de la tormenta que los rodeaba.
Nunca supo cuánto estuvo llorando, apretado contra el soldado mientras este lo abrazaba. En sus oídos solo resonaba su propio pesar, con la lluvia de fondo y el roce de su cuerpo contra el duro uniforme del soldado. Invadido por el dolor que sentía en esos momentos, no llegó a oír como un camión aparcaba frente a la humeante y destrozada hoguera que una vez fue su casa, y cómo varios soldados parecidos en aspecto al hombre que lo había salvado bajaban de él. Al alzar la mirada, se encontró rodeado por soldados que portaban espeluznantes máscaras sobre su rostro, todos idénticos en aspecto y armamento.
-Señor, hemos terminado de erradicar la amenaza. La Línea Roja ha sido defendida-dijo uno de los soldados a través de su inexpresiva máscara, a lo cual el soldado que lo sostenía se limitó a asentir.
-Bien, buen trabajo. ¿Habéis encontrado supervivientes por el pueblo?
-Negativo. Parece ser que el Corredor los había infectado a todos ya. Dos escuadrones están ocupándose de los nidos que hemos encontrado en el interior de un par de viviendas. Pronto habremos esterilizado el pueblo al completo-dijo el soldado. Entonces, Saito notó como la mirada del soldado se centraba entonces en él-. Señor, ¿y ese niño?
-¿Él?-preguntó el soldado, mirando entonces a Saito. Saito y él se miraron entonces a los ojos, con Saito contemplando con ojos bien abiertos y aún anegados en lágrimas el semblante sereno y duro del guerrero que había vengado a sus caídos padres-. Es un superviviente. El Corredor lo atacó mientras lo perseguía.
-Entiendo. Haré que se encarguen de él de inmedia…
-No-dijo tajante el soldado, clavando su mirada en quien había hablado-. Informe al general. La situación está controlada, y tenemos al Corredor. Volvemos a la base.
-Pero…-Parecía que el soldado enmascarado iba a decir algo, pero el otro lo hizo callar con una simple mirada. Cuadrándose, el soldado saludó a su superior-. Sí, señor.
Él y los hombres que lo acompañaban no tardaron en dispersarse, unos cuantos patrullando la zona y otros recogiendo el cuerpo de la mujer, que fue arrastrado al camión. Mientras tanto, el soldado y Saito contemplaron la casa ardiente de Saito, que poco a poco había empezado a apagarse con la lluvia. Ya no salían más lágrimas de los ojos de Saito, quien a pesar de estar tan cansado de llorar ya se seguía sintiendo desolado.
-… ¿cuál es tu nombre, niño?-preguntó entonces el soldado, rompiendo el precario silencio que hasta el momento había habido entre los dos.
-…Saito Hiraga, señor-dijo Saito, con un hilillo de voz y con la voz algo ronca de tanto gritar y llorar.
-Yo soy Robert Cross, capitán de las fuerzas especiales Blackwatch del ejército de los Estados Unidos de América-dijo el soldado, llamado Cross-. No tengas miedo. Yo cuidaré de ti.
Saito no dijo nada, y Cross no añadió nada tampoco. En silencio, siguieron contemplando cómo los restos de la casa de Saito ardían en la callada ciudad, mientras el agua de la tormenta empezaba a caer a un ritmo cada vez menor, hasta que pronto remitió por completo, el fuego finalmente extinguido. Entonces, en completo silencio, Cross empezó a andar por la ciudad, con Saito todavía en sus brazos, mientras se lo llevaba lejos de la vida tranquila y apacible que hasta aquel día había conocido. Pronto se subieron a un camión, ocupado por otros tantos soldados y el cuerpo carbonizado del monstruo, y emprendieron su marcha a un destino desconocido para Saito.
Esa sería la última vez que vería su pueblo natal, la última vez que vería a sus padres, el último día de paz y genuina felicidad que viviría.
...
De vuelta al presente:
Derflingr había permanecido en silencio durante todo el relato. Realmente, no había nada que él pudiera decir en esos instantes. Su compañero le había dicho que era una historia dura, pero… nunca pudo imaginarse cuánto.
-Tal y como prometió, él cuidó de mi-siguió diciendo Saito-. Me crio durante un tiempo, se aseguró de que encontrara una nueva familia, y cuando decidí seguir sus pasos y unirme al ejército, prometió escribirme una recomendación para Blackwatch si demostraba que realmente merecía un puesto bajo su mando. No fue fácil, ya que Blackwatch solo acepta a lo mejor de lo mejor, pero esperaba poder cumplir mi sueño algún día y combatir a su lado una vez más.
-Entiendo. Tal y como lo describes, suena como la clase de guerrero que no me hubiera importado que me blandiera…a excepción de ti, compañero-comentó Derflingr, causando que Saito sonriera un poco-. ¿Y qué pasó luego?
-Bueno… Me adiestré, como es normal, y serví como se esperaba de mí. No me apasionaba mucho la idea de luchar, pero me contentaba con saber que podía ayudar a aquellos que no podían luchar por sí mismos, y eso me ayudaba a seguir adelante. Incluso cuando…nos destinaron a Nueva York…
La voz de Saito disminuyó hasta convertirse casi en un susurro. Nueva York. Solo de decir ese nombre, la cabeza de Saito se llenaba de recuerdos y pensamientos que durante mucho tiempo trató de olvidar, memorias de los peores días de su vida, una misión de la que no muchos de sus compañeros habían salido con vida.
-¿"Nueva York"? ¿Qué es, alguna especie de ciudad?
-Sí, eso mismo. Fue allí donde me volví a encontrar con los Evolucionados-explicó Saito. Muy por encima, le contó a Derflingr todo cuanto recordaba que había acontecido en la ciudad durante la cuarentena que causó tantos millones de muertos en un tiempo récord.
El relato de Saito era truculento y espeluznante: seres deformados que podían destrozar a la gente con sus propias manos, agua envenenada que hacía enfermar a la gente, monstruos que devoraban a la gente, soldados que se veían obligados a disparar contra ciudadanos infectados… Derflingr había estado en miles de campos de batalla en el pasado, pero nunca uno tan salvaje y sangriento como el que Saito le describió. Durante toda esa conmoción, Saito y sus compañeros estuvieron colaborando con la Blackwatch para atrapar a un hombre a quien Saito llamó Alex Mercer, quien supuestamente había sido el causante de toda aquella pesadilla. Mientras la ciudad se desmoronaba por momentos y las fuerzas del ejército en el que Saito servía iban menguando con el paso del tiempo, Mercer había iniciado su propia campaña de destrucción por la ciudad, destruyendo bases y matando a cuantos soldados echaba el guante con sus singulares y aterradoras habilidades. Durante todo ese altercado, la Blackwatch había exhibido un control total de las fuerzas aliadas, si bien no revelaron demasiada información ni siquiera entre los miembros del ejército regular, por lo que Saito no siempre estuvo al corriente de las decisiones u órdenes que la Blackwatch les hacía cumplir o sus objetivos reales. Sin embargo, nada de eso podía enturbiar el sentimiento que causó en Saito el conocer el nombre del capitán asignado para liderarlos: Robert Cross, el hombre que hacía 15 años le había salvado la vida.
-Contra todo pronóstico, Cross y yo coincidimos en una ocasión-comentó Saito alegremente, obviamente dado que se trataba de un recuerdo que él atesoraba en su pecho con emoción-. Estábamos destinados a una de las bases de la zona verde, y el alto mando nos puso a las órdenes del capitán Cross para una misión conjunta. Habíamos formado para pasar lista, y Cross leyó mi nombre en voz alta. En cuanto nos miramos, supe que él aún se acordaba de mí. Cuando por fin nos permitieron retirarnos, Cross me llamó a parte y empezamos a charlar como viejos amigos. Me preguntó por mi familia de acogida, por el entrenamiento, y yo le hice un sinfín de preguntas como si no fuéramos a volver a vernos. Obviamente, le pedí que me permitiera unirme a Blackwatch, pero él insistió en que tratara de ganar más experiencia primero. Aun así, conseguí arrancarle la promesa de que, si la misión era un éxito y conseguíamos capturar a Mercer, entonces tal vez contemplara la posibilidad de asignarme a su tropa personal, y luego a su escuadrón una vez entrara en Blackwatch. Fue el mejor momento de mi vida.
-Bien por ti, compañero. Imagino que el que ahora estés en otro mundo tal vez ralentice el proceso, pero eh, aún tienes la posibilidad de volver a tu mundo, ¿no?-comentó Derflingr, aunque pronto notó el cambio en la actitud de Saito. Su sonrisa había desaparecido, y con ella el brillo de sus ojos-… ¿compañero?
-…él…-empezó a decir Saito-…él murió… unas semanas después.- De haber tenido boca, Derflingr la habría cerrado con gesto de pena, entendiendo cómo debía de haberle dolido eso a Saito-. Al parecer, se transformó en un monstruo y trató de robar unos misiles nucleares para destruir la ciudad. Mercer…lo mató-dijo Saito-. Según el reporte oficial, Cross había sido infectado unos días antes, durante una misión de limpieza, y se había vuelto loco. Pero yo sé que no es verdad. Cross nunca habría traicionado a la humanidad, a sus hombres. Lo que fuera que lo mató… tomó su aspecto e hizo que su buen nombre acabara hecho pedazos…junto con mi sueño de poder pagarle lo que hizo por mí.
Por primera vez desde que empezó su relato, Saito ya no estaba triste o pensativo. En su lugar, sentía como su sangre ardía de rabia, recordando cómo se había sentido cuando descubrió que su salvador, su héroe, había sido asesinado y convertido en un criminal a ojos de todos cuantos deberían de haberlo aclamado como el soldado patriótico y poderoso que fue en realidad. De todas las muertes y todos los crímenes de los cuales eran culpables los Evolucionados, aquel tal vez fuera el más atroz e imperdonable de todos.
-No los perdonaré… Mataré hasta el último de ellos… Y por encima de todo, no permitiré que su mal se extienda a ni una sola persona inocente más. No más familias rotas. No más héroes caídos. No más miedo. No más Evolucionados. Y el primero de todos… el primero que caerá… será Wardes-sentenció Saito, poniéndose en pie y apuntando al cielo con Derflingr. Su mirada era fiera y decidida, su pulso firme y su voz clara.
-Y yo te ayudaré, compañero-dijo completamente seguro Derflingr-. No importa si mi enemigo es un monstruo, dos o diez mil. Con el gran Derflingr a tu lado, acabarás con quien sea que intente pararnos. ¡Ya verás, puedes confiar en mí!
-Gracias, amigo-dijo Saito, sonriendo. A pesar de no poder verlo, Saito estaba seguro de que Derflingr debía de estar sonriendo también.
Enfundándolo, bajó de un salto del ala del Zero Fighter, y se dirigió con paso lento hacia el dormitorio de Louise. Si iba a ir a la guerra, tendría que descansar para estar listo para cuando llegara el momento.
Pronto…
Horas más tarde, palacio real de Tristania:
Silencio. Ni un alma se oía en la tranquila capilla del palacio real. La luz mañanera entraba por los altos ventanales de la capilla, conformados por vidrieras de diferentes colores que mostraban imágenes de la vida y obra del Santo Fundador, aquel que había erigido el magnífico reino en el que vivían. Las filas de pulidos bancos de madera se disponían como si de un ejército se tratara frente al pétreo altar, cubierto por tapetes de elegante confección sobre los que reposaban textos sagrados y reliquias con las que los sacerdotes oficiaban los rezos o ceremonias. En lo alto, las altas bóvedas de piedra se elevaban como si pretendieran emular a las montañas de las cuales una vez formaron parte hasta que fueron talladas y extraídas, sus sombras disminuyendo a medida que el sol se alzaba e iluminaba el lugar. La luz topaba con el polvo en suspensión y lo hacía visible, dando la impresión de que una extraña fuerza venida del cielo hubiera entrado en aquel silencioso recinto por las ventanas, bañando sus inertes paredes con su poder y presencia.
El lejano ajetreo del palacio y del pueblo que lo rodeaba llegaba amortiguado a oídos de Henrietta, quien llevaba ya una hora arrodillada frente al altar, sus manos juntas y sus ojos cerrados. Vestía de manera sencilla, con el mismo camisón en el que había dormido más una capa del color del vino tinto sobre sus hombros y cubriendo en parte su cuerpo, ya que la fina prenda que portaba poco hacía por ocultar las suntuosas curvas de su joven y atractivo ser. Sus pies, descalzos, permanecían sobre la fría piedra como si no le importara, como si pasar por ese malestar pudiera reafirmar su fe. Su cabello, despeinado, descansaba tras varios días del peso de la corona, la cual reposaba en su habitación, justo donde la dejó la noche pasada. Por una hora, Henrietta le había rezado al Santo Fundador como llevaba haciéndolo cada vez que precisaba del consuelo de la fe. Siempre que la corona se volvía muy pesada para ella, siempre que el temor o la indecisión la atenazaban con su fría garra, siempre que había sentido flaquear su valor, Henrietta había bajado a la capilla y le había dedicado sus rezos al sagrado guardián del reino, aquel que los bendijo con la magia e hizo posible que todos ellos estuvieran vivos y protegidos en Tristain. Siempre, sin excepción, Henrietta había abandonado aquel lugar con su corazón más ligero y su ánimo levantado, como si a pesar de no recibir nunca una respuesta directa, sintiera que el Santo Fundador Brimir la había oído.
Ese día, pero, Henrietta necesitaba algo más.
-Santo Fundado… Bendice el reino de Tristain. Bendice a tus hijos, necesitados de tu guía y protección, y sálvalos de las perversas intenciones de quienes querrían hacerles el mal. Permite que nuestros cultivos crezcan sanos y prósperos, permite que nuestras casas resistan el azote de la naturaleza, y permite que nuestras arcas siempre estén llenas. Permite que los niños sonrían y crezcan felices en un reino lleno de gozo, que sus padres vivan en la prosperidad y que sus descendientes perduren en este duro mundo. Guía la mano de nuestros soldados en la batalla, la magia de nuestros magos, la voluntad de nuestras monturas. Sé el escudo y la espada de…de…-Poco a poco, Henrietta empezó a disminuir la intensidad de su rezo, hasta que finalmente se detuvo. Por primera vez en lo que llevaba allí, Henrietta abrió los ojos y alzó la mirada hacia el altar, esperando como siempre encontrar allí al hombre hecho divinidad al que encomendaban sus rezos y fe… y sintiendo lo mismo que siempre sentía al ver que una vez más se tendría que contentar con un altar vacío: tristeza.
Salvo que esta tristeza era diferente, porque por primera vez se obligó a plantearse preguntas que muy a menudo había intentado evitar. Si realmente Brimir velaba por ellos, por sus descendientes, ¿cómo decidía qué bando merecía su apoyo? Según la Iglesia, los descendientes de Brimir habían sido los fundadores de los reinos de Tristain, Albión y Galia. ¿Qué pasaba cuando estos reinos entraban en guerra? ¿Acaso el Santo Fundador se quedaba mirando mientras sus hijos queridos se mataban entre ellos? ¿Asistía a uno en favor de otro? ¿Acaso le importaba siquiera algo de lo que pasaba en el mundo? ¿Acaso se contentaba con mirar desde los cielos como ellos se mataban entre sí con su nombre en la boca y su voluntad en cada estocada o conjuro?
No. La verdad debía de ser mucho más sencilla que todo eso. Si Brimir realmente veía todo lo que pasaba, si Brimir realmente estaba allí velando por ellos como juraban una y otra vez que hacía los sacerdotes de Romalia, si Brimir realmente escuchaba los rezos de aquellos con fe…, entonces a Brimir no debía de importarle mucho, ya que de lo contrario se habría molestado alguna vez en responder.
Nunca antes Henrietta había sentido algo así. Tal vez fuera la amenaza de la guerra, o la presión de la corona, pero pronto la tristeza inicial que siempre la había acompañado se convirtió en algo amargo que la hizo fruncir el ceño. ¿Qué era? ¿Indiferencia, decepción, ira, rabia, desesperación…?
¿Es que acaso dudaba de su fe?
-… Santo Fundador… ¿Estás ahí?-preguntó Henrietta, y ni siquiera ella supo si lo preguntaba de verdad o si simplemente se estaba mostrando escéptica. Al no recibir respuesta alguna, Henrietta siguió hablando-… ¿estás ahí? ¿Estás mirando, estás escuchando? ¿Acaso le estoy hablando al hombre que levantó nuestro mundo, o solo soy una joven hablándole a un altar de piedra?
Una sonrisa brotó en sus labios al imaginarse la situación desde la perspectiva de otra persona. Allí estaba ella, la futura reina de Tristain, hablando sola desde hacía una hora. Si se lo hubieran contado de otra persona, tal vez incluso se hubiera reído. Pero al ser ella el centro de aquella broma estúpida, se sintió tan boba que no pudo ni reírse de lo patético que era. ¿Qué se suponía que tenía que esperar? ¿Acaso Brimir bajaría del cielo y la ayudaría en su empresa? ¿Acaso esperaba que sus enemigos, por obra y gracia del Santo Fundador, cayeran muertos en el suelo sin que ella tuviera que hacer nada? Henrietta no sabía qué esperaba conseguir cuando bajó allí. Tal vez fuera por la simple satisfacción de la rutina diaria, un pequeño consuelo más familiar después de tantos cambios y tantos momentos difíciles. Tal vez fuera por sus enseñanzas, después de tantos años de oír como el Santo Fundador los amaba a todos, y cómo él podía obrar milagros si uno tenía la fe suficiente. Tal vez fuera porque, al igual que todos los demás que le rezaban con la esperanza de que las cosas fueran a cambiar así cómo así, era lo bastante estúpida como para creerse ese cuento para niños.
Tal vez…
Sin embargo, Henrietta decidió intentarlo. Que nunca hubiera respondido, no significaba que no fuera a hacerlo en esa ocasión. ¿Quién sabe? Tal vez incluso recibiera alguna señal. Después de todo, la situación bien lo valía.
-… Santo Fundador… Si de verdad estás ahí, si de verdad me estás escuchando… te suplico que no te mantengas al margen en esta guerra-dijo de nuevo Henrietta, su tono serio una vez más y sus ojos cerrados de nuevo-. Nuestro reino es pequeño y es débil. Sufrimos como los demás por las malas cosechas y por los bandidos que de vez en cuando atormentan a nuestra gente. Lloramos la muerte de nuestros seres queridos, y celebramos la llegada de nueva vida como los demás. Reímos, gritamos, padecemos y codiciamos. Todos somos tus hijos, desde el más noble al más despreciable de nosotros. Así pues, como tu hija, tengo que pedirte que escuches mi súplica y le des respuesta, para así darme el valor necesario de seguir adelante.
Henrietta ya no oía el distante sonido de la actividad normal de la capital. Ya no sentía los rayos de sol que entraban por las vidrieras, ni olía el polvo en suspensión en el aire. Ya no sentía sus piernas adormecidas, la tensión de su espalda, o el frío de su cuerpo. Ya no sentía la oprimente presión de la capilla a su alrededor, de altos techos y fría piedra. Ya no sentía que estuviera hablando con un dios, o con un altar de piedra. En esos momentos, Henrietta ya no sabía qué sentía, o cómo lo hacía. Se sentía bien, y a la vez mal. Se sentía valiente, y a la vez temerosa. Se sentía arrogante, pero sumisa a la par. Se sentía esperanzada, y a la vez sentía desesperanza en su corazón.
Siguió rezando.
-Tú sabes lo que está por llegar-dijo Henrietta-. No se cómo, pero estoy segura de que lo sabes. Sabes lo que está por suceder, y sabes cuales son mis planes e intenciones. Sabes cuales son mis cartas, sabes qué es exactamente lo que voy a hacer, y sabes si tendré éxito o no. Sabes si esta historia termina conmigo dando la paz que mis súbditos tanto anhelan, o conmigo encerrada en una mazmorra o quemada en la hoguera. Sabes todo eso, porque tú guardas las respuestas a las mil y una incógnitas que nosotros ignoramos. Eres el guardián de las preguntas y las respuestas, dándonos de unas pero negándonos las otras, como si disfrutaras viéndonos dar vueltas inútilmente y repetir una y otra vez los errores del pasado. Si realmente somos tus hijos, entonces has demostrado ser un padre nefasto-sentenció Henrietta, si bien su tono no cambió en ningún momento-. Demuéstrame que me equivoco, Santo Fundador. Demuéstrame que sí te importamos, que no somos simples peones con los que juegas sin importarte qué bando prevalece. Demuéstrame que es cierto lo que la Iglesia dice sobre que nos amas, demuéstrame que no son simples palabras vacías, repetidas sin convencimiento y extraídas de un libro polvoriento. Demuéstrame que mis palabras anteriores no son más que los desvaríos de una joven rota, carente de fe y que con gusto aceptará cualquier castigo que desees imponerme por mis blasfémicas proclamas. Demuéstramelo, y con gusto aceptaré tu voluntad-terminó de decir Henrietta, inclinando la cabeza. El silencio se hizo en la capilla durante unos segundos, mientras Henrietta mantenía su reverencia al vacío altar.
-Pero antes… hay algo que deseo suplicarte-continuó diciendo Henrietta-. Hay algo que deseo pedirte, todopoderoso Fundador, a ti que posees todo el saber y toda la sabiduría que a nosotros nos falta…-En este punto, la voz de Henrietta empezó a flaquear, y sus hombros temblaron ligeramente mientras se esforzaba por contener el sentimiento que su corazón tan fuertemente emitía en su pecho. Alzando la mirada, Henrietta miró con ojos suplicantes al altar, las primeras lágrimas escapando de ellos y recorriendo sus mejillas-. Si estás ahí… si sabes lo que voy a hacer… si juzgas que es tan monstruoso como sé que es… Por favor… por favor, te lo suplico…
El llanto empezó a poseer a Henrietta, quien se tapó la boca con la mano para tratar de contener el dolor de sus palabras, las lágrimas corriendo libremente por su rostro y cayendo una a una al suelo. A pesar de ello, Henrietta se forzó a seguir con su súplica, una que desesperadamente necesitaba hacer.
-…mátame… Si de verdad te importamos, si de verdad te importa algo este mundo y quienes viven en él, por favor… mátame… -Cogiendo aire, Henrietta trató de calmarse y se limpió con el dorso de la mano las lágrimas de sus ojos, adoptando una expresión más decidida a pesar de los ojos enrojecidos y las lágrimas que aún caían por su cara-. Mátame… porque solo así conseguirás pararme. Fulmíname en este instante, haz que la capilla se derrumbe encima de mí, envía a un asesino tras mi vida, hazme enfermar, destrúyeme, haz lo que quieras… Pero tienes que pararme.- La voz de Henrietta apenas era una susurro, si bien toda la intención de Henrietta iba encaminada al altar, como si este fuera el mismísimo Brimir en persona, exigiendo con sus ojos y su voz que respondiera a sus palabras con toda su alma-. Porque si no lo haces… voy a desatar un infierno sobre este mundo. Si no me paras ahora, nada ni nadie me detendrá en mi empeño. Empezaré mi misión, y no pararé hasta que consiga lo que me propongo. Y juro que, si de verdad estás escuchando y descubro que decidiste ignorar lo que está por pasar, si realmente me escuchaste y decidiste dejarme vivir para que provocara semejante caos y destrucción entre tus hijos… juro que tú serás el próximo. No sé cómo, no sé cuándo…pero mi ira te alcanzará. De eso puedes estar seguro.
Una vez terminada su furiosa proclama, Henrietta alzó la mirada al cielo y cerró los ojos con expresión serena. Lentamente, separó sus manos y abrió los brazos en cruz, como se pretendiera bañarse en la gracia del dios que podía o no estar presente, o como si esperara el fulminante golpe que debería poner fin a su vida para proteger al resto del mundo de su locura.
Henrietta no fue fulminada. La capilla no cedió ni la aplastó. Nadie salió de las sombras con un cuchillo en la mano. Su respiración o pulso no cambiaron. Su cuerpo no fue destruido. No pasó…nada.
Lentamente, con expresión neutra, Henrietta abrió los ojos y miró con lo que parecía ser decepción al altar, la misma piedra fría e inerte a la cual llevaba hablando tanto rato. Sin decir nada más, Henrietta se puso en pie, y dándose media vuelta se dirigió a la salida. Sus pies descalzos pisaban la dura piedra y emitían un acompasado caminar que resonó por la sala a medida que Henrietta se marchaba de la capilla, su mirada decidida y su llanto largo tiempo acabado. Al agarrar el pomo de la puerta, Henrietta la abrió sin dedicar una sola mirada al resto de la capilla, sin mirar como muchas otras veces había hecho el altar de la capilla como si en él esperara ver al mismísimo Brimir sonriéndole y asegurándole que todo iba a ir bien.
Después de todo, ¿qué sentido tenía hablarle a una simple roca?
Con expresión sombría, Henrietta cerró la puerta tras de sí, y el silencio volvió a reinar en la tranquila capilla del palacio real. Silencio.
Días después, Reconquista lanzó su ataque sobre la aldea de Tarbes.
Una pequeña flota de buques voladores llegó silenciosamente desde el continente de Albión, descargando a sus tropas en tierra y permitiéndoles tomar la aldea sin mucha resistencia por parte de los lugareños… cosa nada difícil considerando que todos habían sido evacuados con anterioridad.
La princesa…no, la reina Henrietta, habiendo conocido gracias a los espías y soldados capturados los planes e intenciones de Reconquista, había averiguado qué puntos eran más susceptibles de sufrir un ataque por parte del ejército rebelde. Así pues, había ordenado que se vaciaran los pueblos correspondientes y que sus habitantes fueran atendidos y recibieran cobijo hasta que pasara el ataque. No había sido una decisión muy popular, considerando que ello obligaba a los tranquilos aldeanos a abandonar sus tierras a merced del invasor y exponer sus hogares al saqueo y a la destrucción. Sin embargo, dado que era una orden de la reina, ninguno pudo oponérsele. La popularidad de Henrietta ayudó a mitigar el descontento de su orden, si bien algunas voces se alzaron ante semejante trato.
Una vez se dio la alarma ante la llegada de Reconquista, Henrietta movilizó a su ejército para que emprendiera la marcha hacia Tarbes. Desoyendo las sugerencias y consejos de muchos de sus generales, Henrietta no ordenó a la totalidad de sus tropas que marcharan hacia Tarbes, optando por comandar únicamente a cuantos efectivos dispusieran en esos instantes, dejando al resto diseminados por el país. Según los más alarmados entendidos, esto hacía que la fuerza invasora de Reconquista los superara en hombres casi 5 a 1, además de contar con la superioridad aérea dado que sus dragones superaban en maniobrabilidad y potencia de fuego a sus grifos y caballeros. Y por si fuera poco, los buques de Reconquista disponían de suficientes cañones y efectivos como para arrasar mil veces la totalidad de Tarbes, pudiendo reponer a sus efectivos perdidos en tierra con la misma facilidad con la que ellos los eliminarían.
Esto había ocasionado que muchos tildaran de loca a Henrietta, más de uno sugiriendo que la princesa suplicara de parlamentar con lord Cromwell los términos de una rendición por parte de ellos, para así evitar la pérdida de vidas humanas y salvar cuanto pudieran de tan desastrosa situación. A Henrietta no se le escapó que ninguno de los presentes había obviado mencionar la posibilidad de parlamentar una vía de escape para los nobles de Tristain, el principal objetivo de Reconquista, a pesar de que veía en los ojos de la mayoría de los presentes el miedo a posibles represalias por parte de los invasores si ganaban. De tener tiempo, Henrietta habría amonestado semejante comportamiento egoísta y cobarde por parte de los nobles, pero la situación tenía prioridad por el momento. Ninguno de ellos sabría nunca lo afortunados que fueron de que Henrietta hubiera tenido presente sus prioridades.
Dispuesta a dirigir personalmente la defensa de Tarbes, Henrietta se preparó para la inminente batalla contra Reconquista. Sus consejeros habían dispuesto una armadura para ella…cuya forma y distribución de placas eran cuando menos cuestionables. Más que una armadura, a Henrietta le pareció un vestido poco o nada práctico para alguien que se disponía a ir a la guerra. Con un faldón que poco hacía por cubrir sus expuestas piernas, una larga capa que la molestaba más que nada, y una coraza que dejaba convenientemente su pecho (y por extensión su corazón) al descubierto, más parecía lo que una concubina se pondría para satisfacer los peculiares deseos de su señor que no la armadura de una reina. Tomando la decisión de flagelar personalmente al idiota que hubiera sugerido tan vergonzoso atuendo, Henrietta optó por vestir un traje oscuro y su corona real. Después de todo, si su plan iba cómo esperaba, no necesitaría ninguna de esas protecciones extra.
Para la ocasión, Henrietta había optado por un vestido negro con largas franjas violetas que se ceñían a las curvas de su cuerpo de arriba abajo. Contrariamente a lo que sería habitual en un vestido cortés, Henrietta había hecho que le apretaran la cintura del vestido y le abrieran una franja en un lateral, exponiendo su pierna izquierda al tiempo que ocultaba la derecha. A pesar de ello, poco había que se pudiera ver, ya que gran parte de la pierna quedaba oculta por unas altas botas oscuras con las que Henrietta esperaba que no le dificultara el caminar por el campo. Unos zapatos de tacón tal vez le hubieran sentado mejor al vestido, pero solo una idiota iría con tacones a la guerra, y ella no era una idiota. En la parte superior, Henrietta había dispuesto que su vestido cubriera su pecho casi por completo, para nada satisfecha con la forma en que muchas de las prendas que le habían ofrecido en el pasado hacían énfasis en su generoso busto. Una cosa era la recepción de palacio, donde se podía permitir mostrar algo de piel para así facilitar el trato con este o aquel dignatario, y otra muy distinta era una guerra. Aun así, su vestido presentaba una pequeña franja a la altura de su pecho, semejante a una lágrima, que dejaba a la vista parte de la zona inferior de su busto y de su tronco, sin llegar al ombligo. Las mangas del vestido recorrían sus brazos de punta a punta, con las mangas terminadas en pequeñas puntas unidas a sus dedos corazón por unos anillos plateados, cubriendo a su vez el dorso de sus manos. El cuello del vestido, el cual le cubría el suyo por completo hasta la base de la cabeza, estaba rodeado por el alto cuello de una capa con la bandera de Tristain, tan alto que aquellos situados junto a Henrietta no alcanzaban a verle más que los ojos. Sobre su cabeza, la antigua corona de su madre reposaba sobre sus cabellos púrpuras, con su habitual peinado.
La despedida de la capital había sido sencilla y eficaz. Como se esperaba en ella, se despidió de su madre y del cardenal Mazarin, ninguno de los dos contentos con la idea de que fuera la mismísima Henrietta quien dirigiera a sus tropas. Considerando los cambios que había sufrido en los últimos meses, pero, ninguno de los dos dijo en voz alta sus preocupaciones. Junto a ella se encontraban Agnes, quien había regresado el mismo día que Henrietta fue a rezar a la capilla, junto a Pariah, el cual la había informado ilusionado del éxito de su misión. Además, a su lado se encontraba también Louise de la Vallière, quien sin pensárselo un solo instante había viajado a la capital para poner su magia al servicio de Henrietta. Esta, sonriendo genuinamente por primera vez en mucho tiempo, le agradeció el apoyo y la situó sobre su mando directo, decidida a mantener a Louise junto a ella y todo lo alejada del combate directo en la medida de lo posible. Vale que Louise pudiera serle de utilidad llegado el momento, pero de ser posible Henrietta prefería no tener que arriesgar a una de las pocas personas que amaba en ese mundo.
A una orden suya, los jinetes de grifos y sus caballeros iniciaron la marcha, con sus generales largo tiempo despedidos para que fueran a comandar a las tropas que poco a poco habían ido reuniéndose en Tarbes. Solo faltaba que llegaran los efectivos de la capital, y la batalla podría dar comienzo. Para la ocasión, Henrietta había optado por montar a Pariah, quien ante la mirada anonadada de todos los presentes se había vuelto a transformar en el ser que una vez llevó a la princesa a la Academia en poco tiempo. Agnes, una de las más sorprendidas, se quedó a cuadros al ver al pequeño y adorable Pariah convertirse en semejante bestia, si bien la princesa pronto la calmó y la instó a acariciar el pelaje de Pariah. A pesar de lo mucho que había cambiado, parecía que seguía siendo el mismo "niño" en el fondo, ya que tan pronto Agnes posó su mano sobre el suave pelaje blanco de Pariah, este empezó a ronronear como si de un gatito gigantesco se tratara. Riendo por lo bajini, la princesa le prometió a la ruborizada Agnes que ya la dejaría jugar con él cuando hubieran ganado la batalla, muy para vergüenza de Agnes, quien se dio cuenta demasiado tarde de la imagen que debía de haber dado al resto de tropas. Tosiendo avergonzada, hizo callar los cuchicheos y risitas de sus mosqueteras con cuatro gritos bien dados, los cuales las cuadraron a ellas y a cuantos guerreros la escucharon.
De esta forma, Henrietta y sus huestes emprendieron el largo camino hasta Tarbes, ya fueran montados a caballo, grifo o súper depredador. A pesar de la velocidad a la que corrieron, tardaron casi un día en alcanzar finalmente al resto del ejército, el cual siguiendo las órdenes dadas de antemano por la princesa-casi-reina había dispuesto numerosas defensas alrededor de Tarbes. Sus hombres habían cavado trincheras y alzado empalizadas de madera mientras vigilaban los movimientos de Reconquista, que por el momento parecía haberse contentado con hacerse fuerte en la aldea y esperar a que fueran llegando sus buques con refuerzos. De los dos buques que habían atacado Tarbes, ahora se encontraban sobre el cielo nocturno de esta cinco enormes fortalezas aéreas, aumentando la diferencia de tropas en casi 8 a 1.
-No vamos a ganar…-se lamentaba un soldado, viendo la magnitud del ejército enemigo.
-Estamos perdidos…-dijo otro, contemplando atemorizado cómo los dragones de Reconquista volaban grácilmente por el cielo con una agilidad y velocidad muy superiores a las de sus grifos, como si estuvieran presumiendo.
-Esto es una locura…-comentó un joven noble de rubios cabellos que, junto a su tienda, miraba nervioso el campo de batalla al que tan gallardamente se había lanzado. Para ser su primera batalla, no parecía que los números jugaran a su favor precisamente. Pero dado que su apellido estaba tan estrechamente relacionado con el ejército de Tristain… ¡no podía echarse atrás! "Ojalá hubiera podido decirle a Montmorency lo que sentía de verdad antes…", se lamentó Guiche de Gramont, lloriqueando cómicamente mientras procuraba esconderse bajo las sábanas de su camastro y conciliar un poco el sueño para lo que se le venía encima mañana.
-¿En qué están pensando los comandantes?
-No, ¿en qué está pensando la princesa?
-Vamos a morir todos…
Esa noche, la última antes de la gran batalla, muchos eran los pensamientos con los que los soldados y comandantes se fueron a dormir, algunos antes que otros, a medida que las guardias se cambiaban y que los dirigentes de ambos ejércitos consensuaban sus planes antes de dar el día por finalizado. Los soldados, en sus camastros y sacos, rezaban en silencio por la victoria mientras pensaban en los seres queridos que los esperaban en sus casas, todos deseosos de volver a verlos y olvidar pronto la sangre y el miedo del combate. Los nobles, en sus tiendas privadas, trataban de mantener la calma, repitiéndose una y otra vez que la magia los protegería, que con ella conseguirían vivir lo suficiente para presumir y disfrutar de los logros obtenidos durante la campaña. Los caballeros y mosqueteras, con sus armas listas y sus armaduras puestas, dormían ligeramente a la espera del momento de actuar, preparados para saltar al combate si Reconquista decidía lanzar un ataque sorpresa. En la tienda de Henrietta, esta dormía de manera intranquila, su mente envuelta en las sombras que desde hacía ya algún tiempo no dejaban de atormentarla, con recuerdos y sensaciones que la perseguían incluso después de abrir los ojos. Pariah, a su lado, dormía más tranquilo con el recuerdo del buey que se había comido para la cena, y con la sensación en la boca de su estómago de que el día que aún estaba por venir iba a ser cuando menos interesante. Tal vez incluso encontrara algo a lo que hincarle el diente.
Y así, demasiado pronto para muchos, la noche dio paso al día.
Ambos ejércitos estaban listos. Los soldados, con sus armas desenvainadas, aguardaban en silencio en el suelo mientras se miraban amenazadores los unos a los otros, a pesar de la gran distancia entre ellos. Por el cielo volaban ya los dragones de Albión, muchos de ellos reposando todavía en los buques voladores a la espera de que los grifos de Tristain alzaran el vuelo. De pie en una pequeña colina que hacía las veces de centro de mando, Henrietta contempló la ocupada aldea de Tarbes con serenidad y aceptación. Su mirada se posó entonces en el cielo, y cerró los ojos como si esperara que algo fuera a suceder pronto.
Alguien la tomó de la mano. Sorprendida, Henrietta bajó la vista y vio allí a Pariah, quien como ella había hecho antes contemplaba el ejército enemigo, solo que su expresión era tan impasible como de costumbre. Sonriendo ligeramente, Henrietta le mesó los cabellos y lo atrajo hacia sí misma, abrazándolo.
-Pariah… -dijo ella, en voz baja-. Hazme un favor, ¿quieres? Mira a ver si puedes traerme una de esas rocas de ahí abajo, una que sea alargada y no demasiado gruesa, ¿vale?-pidió Henrietta, señalando las rocas de la cantera situada no muy lejos de donde estaba ellos, largo tiempo cerrada debido a la presencia de Reconquista en la zona. Asintiendo, Pariah fue a por la piedra que le había pedido Henrietta.
Mientras Pariah corría hacia la cantera, Louise y Agnes se reunieron en silencio junto a Henrietta. Esta, con un ligero gesto de la cabeza, reconoció y agradeció la presencia de ambas en aquel lugar, las tres mirando al horizonte con sus propios pensamientos en mente. Agnes, por ejemplo, no podía evitar sentirse insegura ante las extrañas maquinaciones de la princesa, quien en ningún momento había informado de nada más que lo necesario a ninguno de sus generales. Había impartido cuatro órdenes vagas, meramente para que dispusieran su campamento y levantaran las defensas, y por lo demás había optado por permanecer en silencio respecto al núcleo del plan. Les había dicho que tenían que hacer, cierto, pero les había faltado los pasos previos, como… ¿cómo se suponía que tenían que vencer a un ejército tan voluminoso solo con los efectivos de los que disponían? ¿Cómo se suponía que iba a atacar los buques, si los dragones estaban en medio? ¿Cómo esperaba la princesa que fueran a vencer en tan desesperada situación? Louise, por otra parte, no podía evitar pensar en Saito en esos momentos. La carta que le había escrito antes de partir… no había sido fácil de redactar. Le dolía mucho el tener que liberarlo de esa manera, pero él no era un habitante de ese mundo, y por tanto no era justo que le negaran su oportunidad de regresar a su hogar sólo por ayudarla a ella. Lo quería, por mucho que le costara reconocerlo abiertamente, y el tener que mandarlo lejos era una de las cosas más difíciles que Louise jamás hubiera tenido que hacer, pero era algo necesario y, muy a su pesar, era lo correcto. Saito… sería más feliz en su propio mundo que no allí…con ella…
Frotándose los ojos para evitar que las primeras lágrimas consiguieran salir, Louise y Agnes contemplaron confundidas cómo Pariah volvía momentos después con una enorme roca al hombro. La roca fácilmente tendría tres metros de alto, siendo los bastante gruesa como para que hicieran falta dos hombres para rodearla con los brazos, pero a pesar de ello Pariah la transportaba como si tal cosa con un brazo. Una vez más, la singular fuerza del pequeño familiar sorprendió a cuantos fueron testigos de ella, quedando todo el mundo callado y sorprendido mientras lo veían caminar como si tal cosa. Henrietta, por su parte, apenas parpadeó al verlo venir.
-Gracias, Pariah. Ponla aquí de pie, por favor-pidió Henrietta, haciéndose a un lado para que Pariah pudiera maniobrar. Tal y como le pidió Henrietta, Pariah dejó la piedra en el suelo… con tanta fuerza que el temblor lo sintieron todos los ocupantes de la colina y cuantos la rodeaban, todos girándose confundidos hacia la colina como si creyeran que se trataba de alguna clase de ataque por parte de Reconquista. Al ver que solo era el familiar de la princesa, que por alguna razón había clavado una roca en el suelo… bueno, digamos que todos optaron por seguir centrados en el ejercito de delante suyo.
Una vez la calma volvió al campamento, Henrietta se plantificó frente a la roca que Pariah había traido. Con gesto solemne y decidido, pasó la mano por la arenosa superficie de la roca, su piel fregando contra el duro mineral como si pretendiera pulirlo o quitarle el polvo de encima. Entonces, dando un paso hacia atrás, Henrietta cogió su báculo e invocó la magia para hacer aparecer una esfera de agua a su lado. Con un gesto del báculo, la esfera se estiró hasta convertirse en una especie de serpiente de agua, que discurría por el aire libremente y rodeaba a la princesa como si de un cazador se tratara.
-Water snake: Whip-murmuró la princesa, apuntado con el báculo a la roca. Como movida por hilos invisibles, la serpiente se lanzó de cabeza contra la roca, golpeándola una y otra vez a gran velocidad ante la atenta mirada de Agnes, Louise y cuantos guerreros se encontraban por la zona. Con increíble precisión, Henrietta golpeó una y otra y otra y otra vez la roca, resquebrajando su superficie y plagándola de marcas a medida que la feroz agua encantada desgastaba la dura roca. Finalmente, Henrietta detuvo su ataque, y permitió que la serpiente desapareciera del mismo modo que había aparecido.
La roca había cambiado tras el ataque de Henrietta. Numerosas grietas habían aparecido sobre su superficie, con algún que otro fragmento desprendido del cuerpo principal y caído al suelo ante el intenso golpeteo de la serpiente de Henrietta. Sin embargo, lo que llamaba principalmente la atención era el centro de la roca, donde los ataques de Henrietta se habían concentrado.
Tres palabras. Tres simples palabras habían sido talladas en la dura roca, tres palabras que Henrietta había grabado con su magia ante los ojos de cuantos habían sido testigos del suceso.
"Y AQUÍ EMPEZÓ…"
Nadie entendía a qué se podía estar refiriendo la princesa con esas palabras, pero parecían llamar extrañamente la atención de Henrietta, quien se las quedó mirando en silencio durante unos instantes. Como había hecho antes, pasó sus dedos por las marcas de la roca, retirando delicadamente algunos rastros de polvo y roca hasta que pareció quedar satisfecha con el resultado. Una vez completado, miró a sus acompañantes con expresión decidida.
-Bien… ¿Empezamos, pues?-preguntó con tono casual, como si no se tratara de una batalla lo que estuviera a punto de comenzar. No se dijo palabra alguna en respuesta a la pregunta de Henrietta, quien tampoco la esperaba de todas maneras. Girándose, alzó su báculo para que todos sus soldados lo vieran, y con gesto lento lo fue bajando hasta que apuntó con él al ejército de Reconquista-. …al ataque.
Los soldados rugieron. Los grifos alzaron el vuelo. Los jinetes cargaron montados en sus caballos.
La guerra había empezado.
Y con esto y un bizcocho, nos despedimos por el momento.
Ya no hay más excusas. Lo siguiente que vendrá ya será la guerra, que espero no me salga idéntica a cómo pasa en el anime. Por si acaso, ya tengo varios cambios pensados, a parte de un final un tanto diferente del anime. Tan solo espero que os guste y que no os decepcione a ninguno.
Por otra parte, se ha rebelado el peculiar pasado de Saito y su conexión con otro pj del videojuego Prototype, el Especialista Robert Cross. En este caso, quisiera expresar mi más profundo agradecimiento a cierto lector llamado Poliamida, sin el cual esta secuencia no habría sido posible. Fueron sus sugerencias y comentarios (él/ella ha sido lo más parecido que jamás he tenido a un Beta) los que en parte me inspiraron para escribir esta secuencia, y que en gran medida condicionaron la creación de mi Saito ligeramente OC. De verdad, muchas gracias.
Nos vemos, gente, en el próximo capítulo.
Chao, chao.
