¡Saludos a todos! Y mil disculpas por mi retraso en esta entrega. Están siendo unos días de escaso tiempo para dedicarme a la historia. Espero que disfrutéis este nuevo capi :).


#Despertar#

La porción de tiempo que ambos se permitieron otorgar al afecto pronto se agotó.

Cuando Asmita hubo recuperado un poco la compostura se apresuró a cortar el contacto que le había ofrecido la cercanía de Defteros, replegándose sobre sí mismo y sintiendo como una insistente vergüenza le obligaba a ocultar su rostro tomado por el rubor. Y Defteros...Defteros luchaba consigo mismo para comprender de una puñetera vez porqué ese arisco muchacho era capaz de despertarle ira y ternura a partes iguales. Había algo magnético en él que chocaba estrepitosamente con la esquiva actitud que tanto se cuidaba de mostrar en todo momento, como si él mismo se debatiera en una batalla interna con sus propios miedos y pesares, deseando hacer lo posible por apartar a las personas de su lado pero al mismo tiempo anhelando secretamente que alguien fuera capaz de aniquilar esa confrontación interna que él solo se había formado.

- Si ya te sientes mejor quizás deberías ir a dormir ¿no crees?- Dijo Defteros, apresurándose a romper un silencio que se le estaba presentando, como mínimo, engorroso. Asmita asintió con su ya innata mudez.- Y yo...pues yo me quedaré a dormir al sofá. No pienso dejarte solo después de lo que ha pasado esta noche.

- No hace falta...de verdad...- Susurró Asmita, con un tono de voz imposible de descifrar si escondía la verdad o el deseo de lo contrario.- Ya me siento bien...

- Me quedo, y que no se hable más.- Le cortó Defteros, alzándose de la silla y dirigiéndose hacia el sofá, dónde se dejó caer sin ningún cuidado, probando su escasa comodidad.- No te preocupes...he dormido en sitios peores.- Concluyó, sin mentir del todo en su afirmación.

- Como quieras...- Asmita también se alzó de la silla, con movimientos lentos, agarrándose la toalla que aún cubría su cuerpo para evitar perderla por el camino.- Igualmente harás lo que te dé la gana...- Masculló con retintín mientras se perdía en las sombras de su habitación.

Los ojos de Defteros se abrieron como platos al ser testigo de las palabras murmuradas en la distancia, pero que inevitablemente habían conseguido llegar a sus oídos.

- ¡Será posible! Pero qué fastidioso llega a ser el desagradecido éste...- Exclamó con toda la intención de hacer llegar su voz a Asmita, que ya se había zambullido en su habitación.- ¡Pues sí, haré lo que me dé la gana! ¡¿Me oyes, Asmita?! ¡¿O te crees que puedes hacerme venir a las dos de la madrugada y después echarme?!- Dicho ésto, Defteros se hizo con un cojín el cuál colocó en el reposa brazos del sofá con gestos toscos, y seguidamente buscó su chaqueta, la cuál había olvidado en el suelo y que pensaba usar para cubrirse un poco el cuerpo.- Y si no te gusta...¡pues te jodes!- Sentenció, antes de tumbarse y revolverse hasta encontrar una posición que no machacara demasiado su espalda, viéndose obligado a replegarse como un ovillo si quería que sus piernas descansaran sobre ese catre improvisado.- De verdad...no sé por qué cojones hago todo ésto...- Farfulló para sí al tiempo que se acurrucaba y dejaba que un terrible sueño, fabricado desde un profundo cansancio y una galopante resaca, se apoderara de él, robándole la consciencia de todos sus sentidos de un plumazo.

Defteros cayó rendido en un santiamén. En cambio, a Asmita le costó mucho más conciliar el sueño. Desde su habitación podía escuchar la acompasada y pesada respiración de quién le había sacado de las consecuencias de su estupidez sin mostrar ningún atisbo de vacilación. Y sin aparente compasión. Por primera vez en su vida, Asmita se había topado con alguien que no mostraba azucarada pena frente a su situación, alguien que no le hablaba con condescendencia y que le ponía firme tratándolo como a un igual, tan capaz de todo como lo es el resto del mundo que no padece complicaciones de salud. Y éso, en cierta manera, le gustaba...Y secretamente, lo propiciaba. Ya desde el primer día que inevitablemente sus caminos se cruzaron, Asmita probó la natural rudeza de Defteros. Una rudeza carente de malicia y que en el fondo ocultaba una delicadeza que se notaba que había sido curtida por un dolor antiguo. Un dolor que Asmita había empezado a presentir y a desear desentrañar.

La mañana no tardó mucho en llegar, y con ella desapareció el liviano sueño que al fin había conseguido conciliar Asmita. Al despertar lo primero que escuchó fue la todavía pesada respiración de Defteros invadir el salón. Asmita se levantó, se vistió y se dirigió hacia la cocina, dónde la madrugada anterior había quedado el estuche con su salvación. Por mucho que se resistiera a ello, su vida dependía de una aguja, y lo primero que se propuso hacer, por su propia salud y por no desatar la furia del aún desaparecido Defteros, se comprobó el nivel de glucosa en sangre y se administró su dosis diaria de insulina, pinchándose la medicación en el vientre.

Defteros seguía preso en los dominios de Morfeo. Inevitablemente se había movido durante su sueño, la chaqueta que le había servido de improvisada sábana se hallaba en el suelo y ahora él reposaba panza arriba, con una pierna extendida y saliendo por el extremo opuesto del sofá y la otra fuera de él, con el pie haciendo contacto con el suelo. Un brazo descansaba sobre su estómago, moviéndose al compás que marcaba la respiración, y el otro estaba alzado, sirviéndole a su vez de apoyo a su dormido rostro. Aparentemente ésa no era una posición cómoda, pero era tal el cansancio que habían sufrido su cuerpo y su mente el día anterior que parecía no afectarle en absoluto.

Asmita no sabía si despertarle o dejarle seguir durmiendo, pero después de unos momentos de dudas se acercó a él con la intención de zarandearle y arrancarlo de su descanso, preparándose mentalmente para recibir una sarta de improperios que en el fondo no le molestaban. Cuando se supo a escasos palmos de él, extendió una mano, tanteando el aire hasta dar con algo sólido, que dedujo que era el hombro. Sólo hacía falta propinar un empujón en ese punto, pero extrañamente Asmita se detuvo. Defteros no parecía haber notado su aproximación, ni mucho menos su leve contacto, pues la respiración seguía siendo sonoramente profunda.

Algo desconocido dentro de Asmita estaba manipulando sus primeras intenciones. Algo extraño le había acelerado el corazón y había detenido la idea de despertarle, tomando posesión de sus movimientos, haciendo que la mano que había posado sobre el hombro de Defteros empezara a recorrer la clavícula, hasta llegar al cuello, que levemente rozó, notando su calor y el palpitar del pulso bajo la piel.

No sabía por qué, pero una fuerza interior le demandaba poner rostro a la persona que había estado con él la última semana. Desde la mañana anterior, después de la desagradable aventura vivida en el metro, Asmita empezó a desear conocer las facciones de quién le despertaba sensaciones desconocidas recorrer su cuerpo, y ahora podía hacerlo sin ser descubierto, aprovechándose de la tranquilidad que le otorgaba el hecho que Defteros siguiera en otros mundos. Con lentitud, se agachó al lado del sofá y permitió que su otra mano se uniera a la tarea de moldear un rostro a través de los únicos ojos de los que poseía desde hacía un tiempo. Sus dedos.

Con meditada suavidad empezó a recorrer la piel de Defteros. Detectó las líneas que marcaban su mandíbula, el mentón...luego los deslizó hacia arriba, perfilando lo que se presentaba como una nariz recta, unos pómulos masculinos y unas mejillas que empezaban a presentarse rasposas. Rápidamente los dedos se encontraron perdidos entre unos largos mechones de cabello que parecían querer ocultar la dormida mirada, y justo en ese momento, un cambio en la respiración de Defteros hizo que se detuviera en seco, temeroso de haber sido descubierto en su acto de descarado atrevimiento.

Unos eléctricos escalofríos atravesaron el cuerpo de Defteros de arriba abajo, haciendo que lentamente fuera ganando terreno al despertar de la consciencia. En sueños le pareció que algo estaba acariciando su rostro, y con pesadez abrió un poco sus ojos, descubriendo con enorme sorpresa que no habían sido sensaciones del mundo onírico, sino que el contacto aparentemente soñado había sido vívido y real. Al abrir los ojos el contacto cesó de repente, y sin apenas moverse pudo apreciar la figura de Asmita agachada a su lado y con las manos congeladas en el aire.

Ninguno de los dos se atrevía a moverse en ese momento. Asmita deseaba en silencio que su osadía no hubiera despertado a Defteros, las respiración del cuál había cambiado de intensidad y ritmo, aunque parecía no moverse en absoluto. Defteros se quedó quieto y callado, con su mirada dirigida hacia la figura petrificada de Asmita, anhelando que éste diera por hecho que seguía dormido y que prosiguiera con las insospechadas caricias que le había estado brindado escasos segundos antes. Después de unos largos instantes de dudas, los dedos de Asmita volvieron a cobrar vida, tanteando de nuevo el rostro de Defteros, que sin saber por qué se dejaba hacer, cerrando los ojos para intensificar los estremecimientos que el suave contacto de Asmita enviaba por todo su cuerpo.

Hacía tiempo que no se sentía así. Hacía mucho tiempo que no permitía que nadie le acariciara de esa manera. Con lentitud volvió a abrir los ojos para focalizarlos de nuevo sobre Asmita y su concentrado semblante. Defteros no había podido obviar la belleza que poseía Asmita. Una belleza andrógina, amenazada en todo momento por la seriedad que se empeñaba en vestir un suave rostro con el ceño permanentemente fruncido, evitando que sus mejillas fueran adornadas por esos exquisitos hoyuelos que sólo emergían cuando éste bajaba la guardia. Y descubrirlo así, desarmado y ofreciéndole un contacto que había rehusado tener en todo momento desde que sus caminos se cruzaron, amparado por la estúpida idea de que seguía dormido e inconsciente de lo que Asmita estaba haciendo, le resultó tremendamente excitante y desconcertante al mismo tiempo. Parecía que Asmita se deleitaba en secreto mientras sus dedos recorrían las largas hebras de cabello azul que de manera salvaje se desparramaban sobre su rostro, y los leves tirones que éstas sufrían no cesaban de descargar intensos escalofríos a través de cada partícula de piel de Defteros, erotizando todo su cuerpo hasta niveles que él mismo no tuvo en cuenta que pudiera alcanzar. No en ése inoportuno momento.

No. Ésto no podía estar pasándole a él. No podía ser que unas simples e inocentes caricias estuvieran despertando en él ése tipo de reacciones, totalmente ajenas a su mente y voluntad.

Debía cortar ese momento en seco. Debía volver a tener el control de algo que parecía estar escapando de toda razón.

Sin pensarlo más, Defteros se revolvió en su posición, emitiendo leves sonidos de supuesto desperezo que hicieron que Asmita apartara sus manos como si éstas se hubieran quemado con un fuego invisible que él mismo, sin saberlo, se había encargado de encender.

- Asmita...¿qué haces?- Dijo Defteros con la voz ronca, incorporándose en el sofá. Luchando para anular las sensaciones habían decidido instalarse en todo su ser.

Al saberse descubierto Asmita retrocedió, alzándose y apartándose de la proximidad de Defteros al tiempo que un intenso sonrojo se apoderaba de sus mejillas. Y de sus atrayentes hoyuelos.

- Nada...- Atinó a contestar, con un hilillo de voz.- Sólo quería...- Quería conocer tu rostro...pensó, pero sin ser capaz de exponer sus intenciones en voz alta, sustituyéndolas por palabras más vacías. Más salvadoras de una situación que se había convertido en algo turbulento.- Sólo quería despertarte...

Un carraspeo atravesó la garganta de Defteros, que no sabía muy bien cómo narices manejarse en ese momento, después de haberse rendido a algo que nunca había siquiera cruzado por su mente.

- Pues ya estoy despierto. Gracias.- Fue lo único que se le ocurrió decir para romper del todo la extraña concupiscencia que se había despertado en él.- Veo que ya estás mejor...- Otro carraspeo acudió de nuevo a la garganta de Defteros, para conseguir aclarar su voz de una vez por todas.

- Sí...ya estoy bien.

- Bueno...pues creo que va siendo hora que me vaya.- Dijo Defteros con fingida sequedad, mientras emitía leves quejidos debidos a los dolores que también invadían su cuerpo por la incomodidad del improvisado lecho antes de alzarse del sofá. Una vez en pie, inconscientemente tiró de su camiseta hacia abajo con la intención de ocultar la inapropiada excitación que se delineaba bajo sus ajustados jeans, aunque Asmita no podía llegar a percibirla de ninguna manera.

Asmita asintió, en silencio. En su imperturbable silencio. Sumido en unas profundas dudas que martilleaban su mente con la posibilidad de haber sido descubierto, y con la imposibilidad de aclararlas debido al terror que le despertaba la simple existencia de tal opción.

Otra vez una extraña atmósfera se instaló pesada sobre los dos, robándoles la locuacidad del habla, apremiándoles a romper con un momento que ignoraban cómo había nacido, y mucho menos, cómo escapar de él.

- Asmita...- Dijo Defteros al fin, mientras recogía su chaqueta del suelo y se la enfundaba con rapidez.- Debo irme...hoy tengo cosas importantes que hacer...así que no te comportes como un imbécil, porqué yo no podré venir a sacarte de los problemas que te buscas tú solo.- Continuó, hablándole con una incomprensible dureza que chocaba con las sensaciones que aún le zarandeaban por dentro.

- No volveré a hacer nada estúpido. No temas por ésto...- Replicó Asmita, emulando la brusquedad con la que se le dirigía Defteros.

- Éso espero. Aún así...si te pasara algo...habla con Dohko. Es un buen tío.- Asmita volvió a asentir, mudo y paralizado en medio del espacio tiempo de su triste salón.- Mañana volveré a ver si has cumplido con tu palabra.- Añadió Defteros.- Y para acompañarte a comprar algo de platos y vasos...porqué has conseguido quedarte sin casi nada.- El tono de voz usado parecía pronunciado por un dictador que no aceptaba el derecho a réplica, aunque seguidamente fue rebajado un poco y teñido con algo parecido al humor.- Si tanto detestabas tu vajilla...haberlo dicho. No hacía falta que te esforzaras en romperla toda.

- Está bien...- Respondió Asmita intentando no mostrar la incipiente sonrisa que le habían despertado las palabras de Defteros.

- Pues nada...hasta mañana.

Dicho ésto Defteros pasó por al lado de Asmita, dejándole plantado e inmóvil en el mismo sitio, y se apresuró a alcanzar la puerta que le liberaría de ese peculiar momento. Anhelando huir de allí y del cúmulo de sensaciones que el tacto de Asmita habían desatado en él.

- Espera...

La voz de Asmita le detuvo cuando su mano ya había alcanzado la manija de la puerta y estaba a punto de llevar a cabo su escapada. Lentamente se volvió, esperando con incertidumbre y curiosidad saber qué carajo se tenía que añadir en ese maldito momento.

- Sí...

- Nada...- balbuceó la trémula voz del rubio.- Que gracias por haberme ayudado...Tienes razón...me comporté como un estúpido, y tú no tenías por qué pagar por ello. Aún así, lo hiciste...y te lo agradezco.

Defteros esbozó su irresistible media sonrisa, aceptando la gratitud que le ofrecía Asmita desde una necesaria distancia.

- Como alguien me dijo no hace mucho, no soy tan mezquino. Y no te preocupes...me has aclarado algo del porqué eres así de raro, pero aún no me lo has contado todo. Se te ha terminado el tiempo de callar y otorgar.

- Tú tampoco te esfuerzas mucho en iluminar tu oscuridad...Creo que estamos en tablas.- Contraatacó Asmita, sorprendiendo a Defteros por segunda vez en pocos minutos.

Definitivamente, algo se estaba aflojando en el hermetismo que les había acompañado días atrás. Defteros no pudo evitar reírse levemente ante el pulso dialéctico que otra vez emergía entre los dos.

- ¿Te han dicho alguna vez lo irritante que llegas a ser?

- Sí...creo que lo he escuchado en mas de una ocasión durante los últimos días.

Un suspiro se apoderó de Defteros, que ya no sabía que hacer para salir de allí a toda prisa.

- Hasta mañana, Asmita...y ya puedes destaparte las heridas. Ya no sangran y necesitan que les de el aire.

Sin demorarse más en su intención de escapar, Defteros abrió la puerta y desapareció, dejando a Asmita atrás.

Echando a andar con decisión hacia su casa, luchando para no ver ese suave rostro cada vez que cerraba los ojos.

Luchando para aplacar un fuego que se había despertado en contra de sus más razonables pensamientos.

Intentando llenar su mente con las notas y melodías que esa noche le harían olvidar.

Sin estar seguro de querer olvidar.

#Continuará#