Holaaaaaaa!

Antes que todo, mis típicas: "disculpas por la tardanza" pero la inspiración me abandonó, y sin ella no puedo escribir. Así que he decidido colocar las últimas palabras del capítulo anterior, como me demoro muchísimo en actualizar me parece justo. :O

Quiero dedicar este capi a mi querida Mire (Stacy Adler) por su impresionante trabajo como ilustradora de la nueva portada de "Resurrección". Muchas gracias amiguita linda! Te amo con todo mi corazón, eres tan buena en esto, como en todo.

Agradecer también a mi querida hermana Lirio Negro (asesina en serie), sé que quieres asesinarme, pero muchísimas gracias por ayudarme con las correcciones de este capítulo… Te amo un montonzote! Con toda mi alma! A pesar de tus ganas homicidas hacía mi persona.

Anteriormente…

Piers aun sostenía el hacha con la respiración entrecortada y los músculos tensos, se dejó caer al piso y en ese momento Deborah se arrojó sobre él. Correspondió el abrazo de la mujer que le había salvado la vida, sintiendo una vez más ese calor que le embriagaba e hipnotizaba los sentidos, mientras intentaba recuperarse de lo vivido.

¿Estas bien? – le susurró al oído acariciándole el cabello, y ella asintió con un movimiento de cabeza. – Gracias por regresar. – ocultó su rostro en el cuello de la castaña, entregándose por un momento a la agradable sensación que ella le brindaba.

No podía dejarte. – lo besó con ternura. – No podría soportarlo, no si era mi decisión. – él le devolvió el ósculo con mayor pasión.

La morena contemplaba la escena con sus orbes grises abiertos de par en par, el hombre frente a ella, en el suelo… No podía ser cierto, a pesar de las marcas en la parte superior de su cuerpo, en su rostro y en su brazo derecho… era él, no le cabía la menor duda.

Piers Nivans si estaba con vida después de todo, se maldijo por no ser capaz de reaccionar, bajó la vista y contuvo el nudo en la garganta al ver como la chica de la camisa de dormir lo besaba como si no lo hubiese visto en meses, como hubiese deseado hacerlo ella misma.

Oh, es cierto. – dijo Deborah poniéndose de pie y extendiendo la mano para ayudar a Piers a levantarse, cuando ambos estuvieron en condiciones, la castaña continuó: – Ella es…

Hart… – susurró él incrédulo.

Nivans… – contestó ella con la voz cortada.

Ahora sí, sin más preámbulos, les dejo el capítulo doce de "Resurrección".


Capitulo XII: "Viejas Heridas"

El caluroso mes de Agosto alcanzaba ya el comenzar de su segunda quincena, con un calor que agregaba más dificultad al duro entrenamiento. El fin de semana había transcurrido lento, tanto que para la nueva adquisición del equipo Echo, parecía ser que nunca terminaría. Sin embargo, ya era lunes. La cálida mañana daba la bienvenida a todos y cada uno de los soldados que empezaban a llegar a los campos de tiro, tanto los nuevos reclutas como los ascendidos recientemente como ella.

Se dirigió a los vestidores con paso rápido, sin mirar a nadie ni llamar la atención, pues debía quitar esos pensamientos oscuros de su mente tan velozmente como estaba caminando, y por supuesto, evitar a toda costa que quien fuera le preguntara como estaba hoy. El pasado fin de semana había iniciado con la promesa de ser uno de esos realmente buenos, pero había sido una verdadera lástima darse cuenta al amanecer del día sábado que las cosas no serían ni parientes a lo que ella creía.

Giró a la derecha en la esquina del amplio pasillo que se dividía en dos direcciones justo a dos metros por delante. El corredor que se abría en frente era el que la llevaría a su destino, rezó una breve plegaria esperando no encontrarse con el causante de sus malos días, aunque era muy probable que él se hallase por aquel sector ya que el equipo Alpha entrenaba en el campo todas las mañanas y luego en el gimnasio. Y como una burla hacia su persona; en el momento que pasó por fuera de la puerta del vestidor de hombres se encontró de bruces con Piers Nivans, quien salía de este con una amplia y socarrona sonrisa en su boca, la cual se borró inmediatamente al verla.

– Hola… – saludó ella, bajando la mirada mientras presionaba la correa de su bolso deportivo sobre su hombro. Se sentía como una idiota y las ganas de salir corriendo se apoderaron de su ser como si fuese una adolescente asustada.

– ¿Qué tal? Hart. – ella permanecía con la cabeza gacha, y él supo que ya nada sería como antes. – Oye, yo…

– ¿Podemos hablar en otro sitio? – alzó la mirada, intentando sonar seria y sin parecer desesperada. – Por favor.

– Por supuesto. – respondió él, echándole una rápida ojeada al reloj digital que llevaba sobre su muñeca.

El camino que los llevó hacia la terraza en el balcón del quinto piso fue tenso y silente, ninguno de los dos pronunció algún vocablo. Nicole sentía como su corazón latía con fuerza mientras el nerviosismo hacia que su estómago se contrajera una y otra vez, sin estar realmente segura si era debido a la falta de alimento o al hecho de estar tan cerca del causante de sus últimas dos noches de insomnio.

Aquel lugar había sido pensado para unos minutos de relajo entre tanto estrés que significaba el combate contra el bioterrorismo, el edificio entero era un montón de oficinas, un enorme gimnasio albergado en varias de las plantas bajas, el inmenso patio trasero; donde estaban los campos de tiro y entrenamiento, y el casino y cafetería de la organización en el primer piso, junto con la recepción la cual lucía la insignia de la Alianza para la evaluación de la seguridad frente al bioterrorismo en una gran extensión del suelo de color perla. Y sobre sus paredes del mismo tono, decorada con varias de las condecoraciones otorgadas a la BSAA a lo largo de sus varios años de servicio, algunas fotografías de miembros honorables, equipos tras sus misiones y los fundadores.

Nicole se acercó al barandal de fierro hasta posar sus manos en él, haciendo caso omiso de los asientos y las plantas que atestaban el lugar. Una brisa cálida la abrazó meciendo su cabello azabache, cerró los ojos mientras trataba de buscar en su mente las palabras adecuadas para lo que quería decir, pero su intento se quedó en solo eso, cuando sintió que Piers llegó hasta su lado. Volvió a abrir sus orbes, solo para encontrar los de él fijos en ella.

– Lo lamento. – el castaño comenzó la conversación, apoyándose en el barandal de medio lado para mirarla.

– No tienes que hacerlo. – su garganta se apretó.

– Hart… – el teléfono celular del soldado comenzó a sonar interrumpiendo su frase, lo sacó de su bolsillo y se quedó mirando la pantalla.

– ¿Es ella? – preguntó, con tono seco. – Contéstale.

Piers cortó la llamada y volvió a guardar el aparato en su pantalón. A lo largo de su vida había estado con varias mujeres, algunas importantes; otras no tanto. Sin embargo, ese no era el problema. Lo embarazoso de esa situación en específico, y lo que hacía que su mente no dejara de reprenderlo: era que nunca había estado en un escenario semejante con anterioridad, así que por eso, no tenía idea de que decirle a la chica frente a él, lo que en el fondo hacía inevitable que se sintiera como un canalla sin escrúpulos. La apreciaba como mujer, le tenía cariño y además no le era indiferente, pero la había dañado y estaba seguro de eso. No obstante, las cosas ya estaban hechas y era tarde para arrepentirse, por lo que desear que todo fuera diferente ya no serviría de nada.

De la noche del viernes era muy poco lo que recordaba, estaba demasiado bebido pero, aun así sabía que él y Hart habían tenido sexo. Aquella joven le gustaba no podía negarlo, pero despertar en su cama sabiendo que estaba de novio con otra mujer… eso era el hecho en concreto que lo traía evitándola desde esa funesta mañana.

– Yo sabía que estabas… – suspiró. – Con otra, y no me importó. – sus orbes grisáceos se encontraron con los miel de él. – Debí saber que despertaría sola por la mañana.

– Esto no debió pasar. – desvió la mirada perdiendo la vista en la inmensa ciudad. – Lo siento, de verdad lo hago. – se volteó, echó un vistazo a su reloj y notó que no le quedaba más tiempo para charlar. Avanzó unos pasos con la intención de dirigirse hasta la puerta. – Es lo único que puedo decir, pero estoy siendo sincero. Y lo fui cuando te dije que no te merecías esto.

– Y yo conocía las consecuencias… – su tono se fue apagando hasta convertirse en un susurro. – Y créeme cuando digo que yo lo siento más que tú. – lo vio alejarse sin decir nada más, sin poder evitar que unas cuantas lágrimas se abrieran paso a través de sus enrojecidas mejillas.

Un trueno lejano lanzó su estruendoso sonar a través de las gruesas paredes de piedra de todo el enorme castillo, haciendo temblar sus cimientos o al menos eso le pareció a Deborah Harper; quien además lograba escuchar el sonido de las débiles olas al llegar al roquerío a varios kilómetros de donde se encontraba. El silencio sepulcral se había apoderado del ambiente, mientras los rostros de sus acompañantes se debatían entre el asombro y la conmoción.

No tenía la más mínima idea de que era lo que estaba ocurriendo exactamente, pero su cerebro le decía a gritos que debía hacer algo porque la situación se estaba volviendo insostenible. Conocía lo suficiente a Piers como para deducir que estaba perturbado, superado por algún asunto que por supuesto, ella desconocía.

– Ya… – dijo, con un hilo de voz. – ¿Ustedes ya se conocían?

¿Era una pregunta completamente ridícula o simplemente era su idea? Pues la respuesta era más que obvia, la soldado lo había llamado por su apellido hace pocos segundos, y de seguro que "Hart" debía de ser el de ella. No quería sacar conclusiones apresuradas, pero el dolor que la mujer frente a ella reflejaba en la mirada era solo comparable al de una perdida muy dolorosa… y Deborah por supuesto que conocía ese sentimiento, por lo que decidió en silencio no pronunciar palabra alguna hasta que cualquiera de los otros dos presentes lo hiciera.

Nicole Hart escuchó la melodiosa voz de la mujer junto a Piers como si esta estuviera en otro cuarto, y además ese cuarto se encontrara con la puerta cerrada a cal y canto. El silencio se hacía cada vez más asfixiante y el pasmo del que era presa, sumado a la falta de aire amenazaban con causarle un desmayo. Sintió el palpitar de su corazón en los oídos mientras su mente se negaba a aceptar lo que sus ojos le mostraban, sus brazos parecían estar hechos de piedra y temió que la escopeta que sostenía en su mano derecha acabara en el suelo sin más remedio.

Es que era realmente imposible, Piers Nivans había muerto hacía poco más de tres meses… o eso era lo que decía su acta de defunción.

Y si está muerto como afirmas, entonces ¿Quién es el hombre que está parado justo delante de ti?

Tal parecía que las palabras que le había dicho el pesado de Dean Morris en el helicóptero eran ciertas, el hombre que le había destrozado el alma sin quererlo, se encontraba ahí e indudablemente estaba vivo. Después de todo, el capitán Redfield no estaba loco como la mayoría afirmaba. Y el soldado de cabello castaño a dos metros de su posición evidenciaba aquel argumento.

– El capitán Redfield… – pensó en voz alta, dejando escapar aquellos vocablos en un susurro que solo ella logró escuchar.

Piers la miraba de hito en hito, con expresión atónita, perdido en pensamientos indescifrables, estaba claro que de toda persona que él pudo imaginar viniera en su rescate, el nombre de Nicole Hart no estaba dentro de las posibilidades.

– Estás vivo… – logró articular a modo de frase, y luego las palabras parecieron atorarse una tras otra en su garganta.

– Así parece… – respondió, sin quitarle la vista de encima con el mismo tono que siempre usaba, ese que la morena nunca consiguió interpretar. – ¿Cómo…?

– Misión de caza y rescate. – indicó, antes de que él terminara de formular el cuestionamiento. Deseando estar en cualquier otro lugar del mundo menos ese. – Vinimos… – desvió rápidamente la mirada a la joven que estaba ligeramente oculta al lado del castaño y continuó. – Tras la pista de Alex Wesker. – exhaló un suspiro, entrecerrando los ojos. – Los capitanes se han ido con ese cometido, a nosotros se nos encomendó buscar sobrevivientes en el área de experimentación.

– ¿Los capitanes? – inquirió con creciente curiosidad.

Hart lo contempló con cierto recelo, paseando sus pupilas desde el rostro magullado y manchado con la sangre de heridas recientes de Piers, hasta la cara delgada, pálida y sucia de la joven que aún permanecía fija y sin expresión; como una gélida estatua al lado del soldado. ¡Por favor! Aquella chiquilla no debía tener la edad suficiente para beber alcohol bajo el amparo de la ley, no obstante, se agarraba a él como si fuese de su propiedad.

¿Qué estás pensando? No es el momento para cavilar en esos disparates.

Se irguió inconscientemente pero segura de sí misma, contrayendo los músculos de todo el cuerpo de forma involuntaria para contestar:

– Jill Valentine y Chris Redfield. – su timbre sonó ligero y precavido.

Nuevamente esa expresión de incredulidad y asombro al borde de un estado de shock invadía el rostro masculino de Piers. Sin duda, eran demasiadas noticias inesperadas, la chica de cabello negro supuso que sería mejor retomar la conversación antes de que el silencio incomodo volviera a hacer presa de ellos, y de que su mente comenzara a realizar reflexiones que no venían al caso bajo ninguna circunstancia probable.

No dejaría que la presencia de él, y sobre todo de la niña a su lado la amedrentaran, haciéndole bajar la guardia, resquebrajando la coraza que tantos meses le había llevado formar.

– ¿Estas bien? – inquirió, con marcada preocupación. El castaño asintió con un breve movimiento de cabeza, por lo que ella prosiguió: – Desde que se me notificó mi participación en esta misión… – sus vocablos se fueron acallando, pero pronto recuperaron fuerza. – De camino hasta acá, uno de mis compañeros mencionó que el capitán Redfield creía que tú estabas vivo dentro de estas instalaciones.

– ¿Qué…? – la confusión era evidente en su semblante. – ¿Cómo…?

– ¿Cómo lo supo? – terminó la pregunta por él. – No lo sé, sabes que no soy parte de los rumores que se forman en los corredores de la base. Y eso claramente lo era.

Se colgó la Mossberg en la espalda y posteriormente levantó su Beretta quitando el cargador para volver a llenarlo. Debía aprovechar de hacerlo ahora que no veía más amenaza que la presencia de Piers, quien claramente no representaba peligro alguno con esa catadura derribada y ambigua, que en el fondo de su ser la reconfortaba de una manera casi culpable.

Deborah se inclinó para recoger el revolver 347 que todavía estaba en el suelo, al parecer su compañero tardaría un par de minutos en regresar a la realidad y sería mejor que tuviera un arma a mano cuando eso sucediera.

Por más que lo estaba intentando, no lograba comprender que era lo que estaba ocurriendo en ese preciso instante, podía vislumbrar cierto ápice de hostilidad en el tono que la mujer de uniforme militar usaba para responder las preguntas que le hacía Piers. Estaba segura de que se conocían con anterioridad, habían hablado de la base; probablemente el lugar donde trabajaban, además ambos se miraban con cierta intensidad que delataba ciertos sentimientos que…

No…

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal al momento en que se incorporaba, dedicándole una mirada a la morena que seguía su propósito muy concentrada en lo que estaba haciendo.

– Dijiste que hay más gente contigo. – intentó que su timbre sonara lo más tranquilo y firme posible. – Este lugar es un verdadero infierno, ¿puedes comunicarte con el resto de tu equipo? – Nicole negó con la cabeza. – Entonces tal vez sería mejor que los buscáramos.

– Antes de seguirte, estábamos barriendo los pisos inferiores. – Nicole no quitó sus grisáceos ojos del cargador del arma mientras metía una tras otra las balas en el mismo, obviamente restándole importancia a la castaña que la observaba con cierta difidencia. – Yo volveré con mi equipo, esas son las ordenes.

– ¿Y los sobrevivientes? – se apresuró a aclarar Deborah. – Esas también fueron tus órdenes.

Una carcajada se oyó con fuerza en su fuero interno, y Nicole levantó la vista para encontrar unos orbes celestes que la miraban con un rigor casi asesino. La niña con apariencia frágil y desvalida ya no era tal, sino más bien, en ese preciso instante parecía una mujer desesperada por sobrevivir y capaz de cualquier cosa por conseguir ese objetivo.

– Mira niña, tú no…

– Andando. – la interrumpió Piers, saliendo de su ensimismamiento y utilizando su estatura para amedrentar a la morena con tono desafiante, ubicándose entre ambas. – Debemos encontrar al resto del equipo y salir de este maldito lugar.

La tensión entre ellos era demasiado evidente como para ser ignorada, casi podía palparse de manera tan tangible como las paredes de acero del poco iluminado corredor. Deborah sintió deseos de estar en cualquier otro lugar, y no importaba cual mientras dejara a un lado la horrible sensación que comenzaba a revolverle el estómago de manera cruel.

Piers estaba exactamente a su izquierda y a escasos centímetros de ella, su brazo desnudo rosaba el suyo haciendo que su piel se erizara, más sin embargo, su tacto era frío; solo comparable a la temperatura del suelo de metal que comenzaba a subirle por las piernas provocando que comenzará a temblar involuntariamente. Su toque era casi flemático y totalmente distinto al de tan solo momentos antes. Tragó saliva con dificultad, intentando evitar el nudo que comenzaba a instaurarse con pesar en su garganta, tratando de sortear sin disimulo los sentimientos que golpeaban su pecho sin compasión.

Se había prometido no sentir nada más allá del placer físico con Piers, pero había fallado fatídicamente en su cometido inicial, porque por más que quisiera negarlo; su toque álgido le dolía en un nivel lejano a cualquier razonamiento, a un nivel que solo podía significar que lo que sentía por él era muchísimo más que solo atracción salvaje como había intentado auto convencerse.

Se sintió estúpida y vulnerable, más de lo que se hubiese sentido nunca antes a lo largo de su corta vida. Ansiaba con todas sus fuerzas correr lo más lejos que le fuese posible, ir con sus amigos a alguna de sus fiestas, beber hasta caer borracha y olvidar todo lo que había tenido que pasar los últimos meses.

– Deborah. – la aludida levantó la vista para encontrarse con los orbes de Piers que la contemplaban con impaciencia. Sacudió la cabeza de forma instintiva y él le dijo: – Debemos irnos… ¿Estas bien?

– Si… estoy bien. – respondió, bajando la mirada. – Solo quiero salir de aquí, así que vámonos de una vez. – le entregó el revolver. – Tú lo manejas mejor que yo.

El soldado recibió el arma y la tomó por la barbilla obligándola a mirarlo.

– Para ser una novata… – sonrió, dejando a la vista sus dientes blancos en contraste a su rostro sucio. – Lo hiciste muy bien.

Piers sabía que probablemente la situación a su alrededor era demasiado para Deborah, sin embargo, también había sido testigo de lo que ella era capaz; en todos los aspectos. Estaba totalmente seguro de que la joven frente a él, saldría con vida de aquel lugar… Sin importar el precio que él mismo tuviese que pagar. Tomó su mano y le hizo una seña a la morena quien ya emprendía la marcha hacia la escalera que los llevaría de vuelta a los niveles inferiores.

La pesadilla estaba tan cerca de acabarse que para la universitaria era difícil de creer, algo no encajaba, pues estaba siendo demasiado fácil y sintió miedo por eso; una inseguridad creciente que desbordaba por cada poro de su cuerpo. Un mal presentimiento que se sembraría para germinar dentro de todo su ser.

El sonido de las botas de Jill Valentine resonó fuertemente en la enorme estancia envuelta en penumbras que, por desgracia, tenía una escalofriante similitud al frío recibidor de la mansión Spencer. La formidable escalera por la que habían descendido desde el segundo nivel finalizaba en un gigantesco y elegante salón tapizado con gruesas alfombras, candelabros de pie con velas encendidas y costosas obras de arte que la rubia evito contemplar. El gélido contacto del mármol bajo su calzado le era tan familiar que contuvo una sacudida involuntaria de su cuerpo, no era momento para ponerse a indagar en malos recuerdos. Desvió la mirada hasta su compañero, Chris apuntaba su arma a cada rincón junto a su linterna de mano, barriendo todo a su alrededor. El lugar era reinado por la oscuridad e iluminado a ratos por un lejano relámpago, sin embargo, Jill no sentía otra amenaza más que su propio miedo.

– Ese maldito cabrón no debe andar muy lejos. – gruñó el castaño, en el momento que terminó de revisar los alrededores. – Este sitio está completamente vacío, al menos este cuarto.

– ¿Y ahora qué? – realmente quería saberlo. – ¿Terminamos de barrer este sector o regresamos con el resto del equipo? – hizo un vano intento con el radio, presionando los botones del auricular sobre su oreja derecha. – Nada… la radio sigue muerta.

– ¡Mierda! – Redfield colgó su rifle en su espalda y se frotó la cabeza con ambas manos. – Esto va cada vez peor, y no puedo dejar de pensar que los traje directo a una trampa.

– Chris, tenemos que calmarnos y pensar con claridad. – afirmó con confianza, metiendo su subametralladora en la funda de su piernera. – Yo creo que debemos…

Lo que fuese que saldría de su boca en forma de oración fue groseramente interrumpido por el ruido agresivo y estruendoso que hace un objeto de descomunales dimensiones al caer en un cuarto repleto de adornos de cristal. El suelo tembló fuertemente haciéndolos trastabillar, mientras ambos intentaban buscar el equilibrio para evitar desplomarse sobre el mármol de color gris Jill se afirmó en Chris y él mantuvo el balance por los dos al momento en que ínfimos trozos de madera, piedra y polvo eran desprendidos desde el techo. No cabía la menor duda de que el sonido provenía de algún lugar a la derecha de ellos. La rubia se incorporó rápidamente y como acto reflejo ambos desenfundaron sus armas en aquella dirección.

– ¡¿Qué demonios ha sido eso?! – exclamó la mujer, al tiempo que salía de su propio asombro.

– Sea lo que sea, estoy seguro que son más problemas para nosotros. – respondió el capitán, emprendiendo rumbo hasta las puertas de la derecha.

– No tenemos armas para contener algo de ese tamaño.

– Veamos de que se trata, de todas formas no podemos dejarlo así.

Jill entornó sus ojos azules orientándolos en la trayectoria del recorrido que estaba siguiendo su compañero, no muy segura de lo que estaban a punto de hacer. No podía evitar maldecirse por no prever que todo el asunto podría salírseles de las manos, debió haber sugerido más refuerzos en las reuniones anteriores a su partida, debió incorporar armas con mayor potencia de fuego, debió escuchar a su intuición… Pero no, estaba tan ciega por acabar con esto que no se detuvo a pensar que existía la posibilidad de que todo saliera muy mal. Tragó saliva con dificultad mientras apretaba su arma con su mano enguantada y se dispuso a seguir a Chris a la siguiente habitación.

El mayor de los Redfield se situó entre la abertura de las dos puertas frente a ellos, Jill le dedicó una mirada de asentimiento, y ambos entraron con sus armas en alto tras el bullicio ocasionado por ambos paneles de madera al abrirse de una patada.

La habitación que se abría por delante era un lujoso y amplio comedor, o lo que quedaba de él, junto a lo que antaño fue una aristocrática balaustrada en un nivel superior, de lo cual ahora solo quedaban trozos de piedra caliza, cemento y uno que otro fierro de soporte. Finalmente aquello que claramente había causado el escandalo anterior yacía en medio de todo el cuadro, una especie de capullo del porte de unos diez hombres situados uno al lado del otro, de coloración verdosa con tonos rojizos, que palpitaba sin cesar, emitiendo sonidos siseantes y húmedos.

La rubia dudó si bajar su arma o no. Chris en cambio se acercó al enorme ovalo con el ceño fruncido y expresión asqueada, a simple vista, fuera lo que fuera no parecía representar algún peligro evidente. El castaño recordó haber visto entidades análogas con anterioridad, precisamente en Edonia, China y antes de la muerte de Piers.

– ¿Qué demonios? – inquirió Jill, en el instante en que llegaba junto a él. – Esta cosa parece estar a punto de explotar.

– Y tal vez lo haga. – aseguró Chris, volviéndose para mirar a su compañera. – Debemos…

Enmudeció al escuchar a lo lejos unos pasos apresurados, la mujer junto a él pareció oírlos también ya que su expresión cambió al mismo tiempo que lo hizo la suya. Una sombra apresurada se alargó entrando en la estancia en que se encontraban y desapareció tan rápido como apareció. Sin vacilar, ambos capitanes emprendieron la marcha tras el misterioso sujeto que lograron divisar al final de las escaleras, corriendo como si la misma muerte lo estuviese persiguiendo.

– ¡Detente! – gritó el castaño, subiendo los escalones de dos en dos. – ¡Oye!

– Es inútil. – dejó escapar Jill una vez que estuvieron en el segundo piso. – Quien quiera que fuese ha logrado escapar.

El sonido de una pesada puerta se oyó a lo lejos, Jill y Chris cruzaron miradas sabiendo de qué se trataba. La puerta que llevaba a la balconada que conectaba ambos castillos era la única que podía emitir aquel ruido. No fue necesario mediar más palabras, debían seguir su camino hacía el complejo de investigación, si aquel individuo apresurado era Alex Wesker, lo más probable es que se dirigiera hasta allá por alguna razón que ellos desconocían.

Arnold Wells había perdido la cuenta de las criaturas que había tenido que eliminar y de cuantas había dejado revoloteando dentro de los cuartos aledaños, en algunos de ellos eran demasiados siquiera para pensar en entrar a investigar. No podía dejar de preguntarse qué era lo que había ocurrido en ese lugar; muchos de esos zombis, vestían batas de laboratorio y uniformes de color negro que, claramente significaba que eran parte del personal del laboratorio, no obstante, ahora eran parte del repertorio de monstruos que rondaban a lo largo de todas las instalaciones acabando con todo a su paso.

Si se detenía a pensarlo, aquello era el escenario perfecto: una máscara de piedra, bosque y acantilados rodeados por la inmensidad del océano. Un castillo en medio de la nada, era completamente posible que aquel endemoniado sitio perteneciera al fundador de la extinta Umbrella, y que hubiese sido construido hace mucho tiempo atrás.

Se apoyó en la pared al oír pasos en la dirección donde este se abría en dos caminos justo en frente, detuvo su respiración en el momento en que salía de su escondite con la nueve milímetros por delante.

Dean Morris reprimió un grito de terror en el momento en que por poco su compañero se abalanzaba sobre él, venía distraído, pensando en lo que acababa de ver como para percatarse del ataque sorpresa.

– ¡Mierda! – exclamó. – Wells, casi me matas.

– No hubiese sido una gran pérdida. – contestó, con sarcasmo y escrutando al rubio recién aparecido. – ¿Qué has encontrado? – Dean solo se encogió de hombros. – ¿Algún rastro de Hart en tu recorrido?

– No, no la he visto desde que nos separamos. – se colgó el rifle en la espalda. – Lo que sinceramente me parece extraño. Hart iría por el oeste, y el corredor por el que yo seguí se conectaba con el recorrido de ella y finalizaba justo aquí.

El moreno enfundó su beretta al tiempo que volvía a mirar a su compañero, quien claramente denotaba un semblante ambiguo y desatento. Aparentemente no había peligro cerca, ya que por su parte al menos, había trancado todas las puertas de las habitaciones repletas de criaturas.

Lo más urgente en ese momento era encontrar a la morena, las órdenes habían sido que debían mantenerse juntos, sin embargo, no debía de andar muy lejos… a menos que…

– Podría haber encontrado algo que la hiciera subir hasta los niveles superiores, o en el peor de los casos, algo que la hiciera escapar hasta allá. – con la esperanza de que la radio funcionara, intentó infructuosamente establecer contacto con ella. – ¡Maldición! La radio sigue muerta.

– Me inclino por la segunda opción. – aseguró Morris. – Este lugar se ha ido completamente al carajo, y dudo mucho que aún exista alguien con vida dentro de esta ala.

– Esto es lo que haremos. – dijo al momento en que desenfundaba nuevamente su arma. – Nos dirigimos a los niveles superiores, siguiendo el plan inicial. Si Hart está ahí, la encontraremos.

– Sí, señor.

El rubio no estaba muy convencido en cuanto al plan inicial, acababa de ver algo que aún no terminaba de creer, lo cual no sabía si lo había imaginado o realmente había sucedido; una de las paredes de piedra se deslizó sobre si misma dejando una especie de pasaje el cual no duró mucho tiempo abierto, pues la misma pared se cerró al momento que una sombra había cruzado la grieta velozmente.

Había regresado sobre su andar para revisar, pero no existía nada fuera de lo común. Había golpeado el firme muro con el afán de escuchar si estaba hueco o algo, sin embargo, su búsqueda no había tenido éxito. No lo descartaba por completo, ni tampoco lo aceptaba, pero existía la posibilidad de que Hart hubiese atravesado por uno de esos pasadizos, y de ser así tardarían mucho más en encontrarla.

Las luces de la ciudad se habían encendido hacía un rato atrás, iluminando poco entre la espesa cortina de agua que Helena vislumbraba desde la ventana junto a la máquina de cappuccino. El jardín que envolvía el edificio de la DSO era casi tan extenso como el inmueble, ese que de día era completamente verde tanto por el césped como por los frondosos árboles; en ese momento era gris y sombrío a causa de la lluvia que se había desatado tan solo hace unas horas. Eran pasadas las ocho p.m. y para la joven agente el trabajo recién comenzaba. Esa tarde Leon la había llamado por teléfono para que se reunieran en el complejo de la organización, a diferencia de él, Helena seguía con su trabajo como de costumbre; aunque se suponía que él no regresaba a sus labores hasta el jueves, o mejor dicho en un día más.

Se inclinó para recoger el vaso plástico que se había terminado de llenar hasta el borde, todo el asunto era bastante extraño. Leon jamás la llamaba para trabajar fuera de horario sin que la situación lo ameritara, por lo que no podía dejar de pensar que lo más factible era que algo anduviese muy mal.

Bebió un sorbo del líquido caliente cerrando los ojos. El silencio que se sentía en los pasillos era la irrefutable prueba de que todos se habían ido a sus casas y de que si ella deseaba hacerlo también, más le valdría tomar rumbo a la oficina de su compañero.

Leon se encontraba apoyado en el respaldo de su cómoda silla tras su escritorio, con las manos por detrás de su cabeza. El sonido de las gotas de lluvia arremetiendo contra las diversas superficies que adornaban el jardín y sobre los techos a lo lejos era lo único que se lograba oír dentro de la gran estancia, iluminada tenuemente por la luz de una única lámpara de pie encendida junto a la entrada.

Alguien llamó con un golpe despacio a la puerta, el rubio sonrió de medio lado al suponer de quien se trataba.

– Adelante. – indicó, sentándose correctamente en la silla y rebuscando algo entre los papeles sobre el escritorio.

– Permiso. – Helena entró. – Aquí estoy. – su semblante demostraba cansancio, a simple vista se notaba que no había dormido bien desde hacía varios días. – ¿Qué es eso que no puede esperar hasta mañana?

Leon le hizo un ademán para que tomara asiento frente a él, ella siguió, sentándose justo donde le había señalado el rubio y apoyó los codos en el escritorio para poder sostener su frente con sus manos. Cerró los ojos un momento y luego levantó la vista para encontrar la preocupada mirada de su compañero directo sobre las negruzcas manchas bajo sus orbes avellana. Antes de que él se atreviera a cuestionar el asunto, se apresuró en explicar:

– He tenido algunas fugas en mi casa. – sonrió, intentando expiar su mentira. – El plomero se quedó hasta tarde la última noche para solucionar el problema.

– Si… – soltó Leon, arqueando una ceja. – El plomero.

– ¿Para qué querías que nos juntáramos? – inquirió, pretendiendo desviar el tema.

Sabía lo que venía después y realmente no quería hablar de cómo se sentía con respecto a lo de su hermana. Por lo menos no ese día, no después de que había tenido que pasar su último cumpleaños hacía dos semanas llevándole flores al cementerio y llorando sobre una tumba en la que ni siquiera estaba su cuerpo. Conocía parcialmente al rubio frente a ella, y lo que él no entendía: era que en su afán de ayudarla, solo hacía que la herida que intentaba con gran esfuerzo cerrar; se abriera cada vez que mencionaban a Deborah. Se sentía culpable, más de lo que cualquiera en su entorno pudiera imaginar, su hermana menor había muerto por su culpa y no había nada que Leon o cualquier otra persona pudiese decirle que la hiciera cambiar de opinión al respecto.

– Entonces vamos a lo que nos compete.

Extendió hasta ella una hoja en la que se detallaban los datos para una nueva misión, pequeña y poco importante, pero finalmente era algo. Helena había sido suspendida del trabajo de campo después de haber resultado gravemente herida en un operativo poco después de que ambos retornaron de China.

El informe que había leído, detallaba claramente que por asuntos de salud mental, la agente Harper quedaba temporalmente declarada incompetente para cualquier tipo de misión, ya que era un riesgo para su equipo y para ella misma, eso al menos, hasta que su psiquiatra la diese de alta médica.

La castaña levantó la vista de la hoja y la extendió de vuelta a Leon con el ceño fruncido.

– Estoy suspendida. – dijo con tono áspero. – Además dejé las sesiones con la psiquiatra.

– Hablé con Hunnigan esta mañana. – expuso, ante su negativa. – Estas autorizada para tu lenta restitución.

– ¿Es en serio?

– ¿Crees que bromearía con algo así? – preguntó, con seriedad. – Helena, no quiero meterme en tu vida, y la verdad es que ya no quiero preguntar más por el tema. – entrelazó los dedos y apoyó los codos sobre la superficie de madera, sin dejar de mirar a la mujer de orbes avellana. – Pero supuse que necesitabas esto, sentirte útil es lo mejor para que mantengas tu mente ocupada.

– Sabía que de todas formas terminaríamos hablando de esto. – sonrió sutilmente bajando la mirada. – Admito que, después de todo no dejas de tener razón. – exhaló un suspiro. – Estos meses han sido realmente malos.

– ¿Qué te parece si…?

Leon fue groseramente interrumpido por el sonido de su móvil, rápidamente lo sacó de su bolsillo, miró la pantalla y se puso de pie. Su rostro formó una mueca de extrañeza al ver que se trataba de Hunnigan.

– Hunnigan ¿Qué ocurre? – contestó rápidamente. – No, no he hablado con ella desde la mañana. – Helena lo observaba en silencio, mientras las cejas rubias del agente formaban una arruga marcada entre ellas. – ¿Pero cómo? ¿Ella lo sabe? – se pasó una mano por el rostro, con inquietud manifiesta. – No… por favor, yo se lo diré.

La comunicación se cortó y Leon se dejó caer sobre la silla de respaldo alto, Helena se puso de pie y camino hasta posicionarse junto a él.

– Al parecer no soy la única que tiene problemas. – el levantó la mirada. – ¿Qué es lo que te ha dicho Hunnigan?

– La BSAA ha perdido el contacto con Chris y su equipo. – la castaña abrió los ojos de par en par y se apoyó contra el escritorio.

– ¿Qué?

– Salieron ayer por la tarde. – comenzó el agente sin que ella se lo pidiera. – Y desde que pusieron un pie en ese condenado lugar que no se tiene noticias de ellos.

– Tu amiga… ¿lo sabe?

– Esa es la peor parte. – el rubio se incorporó caminando hasta el ventanal que estaba a unos metros por detrás de la silla. – Pero prefiero ser yo quien se lo diga, ya sabes que en estos casos…

– Lo sé. – lo interrumpió con brusquedad. – Pero Chris ya ha salido de situaciones similares en el pasado ¿no? – se colocó a su lado, poniendo su mano en el hombro de Leon. – Tu mismo me dijiste que llevaba en esto tanto como tú, deberías tener más confianza en él. ¿No crees?

– Iré a ver a Claire. – aseguró mientras colocaba ambas manos sobre los delgados hombros de Helena. Había perdido peso y en ese momento lo notó. – Mañana continuamos con los detalles de su misión agente Harper.

– Ve, y avísame si necesitas algo.

Él asintió mientras se colocaba la chaqueta que cogió desde el perchero al lado de la ventana. Debía darse prisa, el trayecto en auto hasta el departamento de la pelirroja era de alrededor de treinta minutos; eso siempre y cuando no se encontrara con la sorpresa de algún accidente o alguna calle cortada. Hizo un gesto de despedida a la joven y salió por la puerta casi corriendo.

Llevaban alrededor de diez minutos caminando con un sigilo que para Piers comenzaba a ser molesto, el lúgubre pasillo que se abría con gran esplendor frente a ellos se veía claramente despejado ante el parpadeo intermitente de la luminaria fijada en el techo. Deborah iba detrás de él con una expresión en su bello rostro que realmente lo inquietaba, sus orbes celestes estaban apagados, deprimidos… tristes, y aunque ella estuviese intentando lucir estoica, había algo que la delataba; y él, por supuesto lo percibía. Se maldijo en voz baja por ser tan idiota, estaba casi seguro que ella se había dado cuenta de lo ocurrido con anterioridad, ¡y recién ahora lo advertía! Deborah no era bajo ningún punto una niña, ¡cómo podía ser tan ciego!

Se detuvo en el momento en que el ruido de pasos rasposos llegó hasta su canal auditivo, provenían de algún lugar por delante donde el corredor se dividía en dos sentidos.

Nicole Hart iba en la retaguardia, con su beretta en alto y apuntando a todo lo que osara moverse, su corazón palpitante amenazaba con salir disparado en cualquier momento, y su pulso enloquecido estaba a punto de causarle un ataque de nervios. No notó el instante preciso en el cual el castaño al frente había detenido su andar, por lo que chocó lánguidamente con la chica a su espalda.

– ¿Qué ocurre? – masculló, con incertidumbre. – ¿Por qué nos detuvimos?

El soldado hizo un gesto con la mano señalando un punto por delante que la morena no entendió del todo, observó a la chiquilla junto a ella: esta parecía estar en otro lugar, lo que de cierta forma la desconcertó. Hace algunos momentos parecía altanera y segura de que saldría con vida de ese sitio, no era que la muchachita le cayese del todo mal, pero algo en ella le causaba rechazo.

¿Sera por qué Nivans se interesa demasiado en ella?

Su mente le susurró aquella oración con un timbre hiriente y violento, como si estuviese regañándola por su actitud un tanto infantil e inadecuada. Inspiró una gran bocanada de aire para dejarlo escapar con lentitud, debía asumir que ese hombre nunca la tomaría en serio. Ciertamente no ganaba nada haciéndole la guerra a esa…

– ¡Zombis por el frente! – la voz del soldado resonó con fuerza, haciendo eco en el vacío corredor.

– ¡Mierda! – exclamó Nicole al percatarse que venían por detrás. – ¡Son demasiados!

– Retrocede. – ordenó, el de ojos miel.

– Imposible… – Hart se estremeció al ver que ya no tenían salida por donde habían venido. – Son demasiados.

Siete, nueve, doce… seguían apareciendo en ambas direcciones como saliendo de una fábrica de ellos. Piers instintivamente situó a Deborah detrás de él para protegerla, ella salió de su ensimismamiento y cayó en la cuenta de la situación que la rodeaba. El tiempo pareció detenerse al momento que vio como Piers y la mujer de orbes grisáceos, arremetían con todo contra las criaturas que en cuestión de segundos los rodearían y acabarían inevitablemente con ellos tres. El estruendoso sonar de las armas de fuego ahogó sus gritos en el instante en que un zombi se abalanzaba con pasos torpes sobre ellos. El castaño lo redujo con un certero disparo en la cabeza, sin embargo, la potencia del revolver hizo estallar el cráneo endeble, arrojando trozos de sangre, huesos y carne podrida sobre el ya manchado camisón de la chica.

– Quédate detrás de mí. – dictaminó él, con un brusco empujón que la emplazó hasta el muro a su espalda.

Las descargas de pólvora y fuego continuaban su curso, mientras más de esas criaturas caían y otras tantas no paraban de llegar. Oyó un bufido en el instante en que Piers se quedaba sin munición y comenzaba a reducir a los enemigos a golpes y patadas. Sintió terror, un miedo que le calaba las entrañas, su respiración se tornó irregular e intentó contenerse contra la pared de roca a su espalda, sus manos se posaron sobre la helada superficie mientras su cuerpo temblaba involuntariamente con sacudidas frenéticas y repetitivas. Si uno de esos monstruos mordía al soldado sería el fin.

El muro que la contenía desapareció y cuando se fijó en ello, fue muy tarde para volver atrás, ya que estaba cayendo irremisiblemente; a una velocidad que era dada por el peso de su cuerpo en el vacío.

No…

No había forma de detener su avance, se quedarían sin munición antes de que esa pesadilla terminara y si osaban huir hasta uno de los cuartos, quedarían atrapados.

Nicole se descolgó la escopeta, no tenía tiempo para buscar un cargador entre sus bolsillos, mucho menos de ponerse a llenar el que tenía metido en la nueve milímetros. Uno de ellos se arrojó en su dirección, ella disparó, pero todo pasó demasiado rápido; ya estaba en el suelo con la criatura encima, forcejeando por su vida. Los dientes del zombi mordieron el cañón de la Mosberg con un sonido crepitante que le causó nauseas. Un alarido escapó desde su laringe por el esfuerzo y reparó en que estaba chillando, cerró los ojos lo más fuerte que pudo, cuando los volvió a abrir Piers le estaba dando una patada al repugnante bicho y extendiendo su mano derecha para ayudarle a levantarse.

– Estamos acabados… – susurró él, con desgano y frustración, con una voz tan gutural como su aspecto.

Su pecho bajaba y subía con celeridad, estaba cansado y ya no le quedaban armas con las que defenderse, a parte de sus manos magulladas por los golpes que ya había dado. El sudor bajaba por su espalda al mismo tiempo que la sangre que llevaba sobre él.

– ¡Agáchate!

El grito desgarrador e incuestionable que lanzó la morena fue lo último que escuchó Piers antes de sentir el peso de ella a lo largo de todo su cuerpo, posteriormente a eso; vino una explosión de proporciones que lo ensordeció e hizo temblar el suelo que los sostenía, y entonces supo que ella había arrojado una granada.

El polvo contenido en cada grieta de las rocas que los rodeaban se desprendió sin reparo para caerles encima, junto con los trozos de lo que antes fueron sus caníbales perseguidores.

El castaño se quedó así por unos momentos, casi como si hubiese perdido el conocimiento por un par de segundos que se le hicieron eternos. Hart aún estaba sobre él, lo podía concluir por la presión que todavía estaba ejerciendo.

La mujer de cabello azabache permaneció así por un instante, sentía los movimientos del tórax de Piers bajo su cuello y el aire que escapaba por su boca justo en su cabeza. Desde donde se encontraba podía observar las líneas que dibujaban sus cicatrices en su brazo derecho, se incorporó sutilmente para contemplar con más detalle el recorrido de sufrimiento indescriptible que se extendía por su cuello hasta alcanzar parte de su rostro. Para cuando se detuvo, su cara estaba frente a la de él, por lo que no vaciló y lo besó sin pensar en absolutamente nada más. En ese preciso segundo no existían criaturas horrendas alrededor, no existía un castillo en el cual se llevaban a cabo experimentos biológicos, no existía la niña de la camisa de dormir… no, solo estaban ellos dos y las sensaciones que ese beso le entregaba.

– No… – musitó Piers. – Hart…

Ella se detuvo abruptamente al notar la incomodidad de él, y se ruborizó hasta un punto que parecía antinatural. Ella no era así, y no pudo hacer nada más además de sentirse fatal por lo que acababa de pasar.

– Lo… lo… lo lamento. – logró articular mientras se ponía de pie. – Disculpa, yo… – le extendió la mano para ayudarle a levantarse. – No sé qué me ocurrió.

El silencio incomodo regresaba para tornar el aire asfixiante y pesado, sin embargo, eso duró muy poco. El soldado lo rompió rápidamente con una pregunta que le hizo hervir la sangre.

– ¿Dónde está Deborah?

El reloj en la pantalla táctil de su celular marcaba las 17:55, y detrás de aquellos números de color blanco la fotografía de su pequeño hijo decoraba la extensión del aparato de comunicación. Jenna White no comprendía en que momento había dejado de escuchar a sus dos amigas sentadas alrededor de ella en sus respectivas sillas a lo redondo de la pequeña mesa del pub "Toronado" en su natal San Francisco, y había puesto toda su atención en los ojitos color miel de Andy.

Las dos mujeres continuaban con la charla que desde hacía unos minutos había dejado de importarle. Pasó su vista desde el luminoso aparato hacía la jarra casi vacía a unos centímetros frente a ella a una velocidad que hizo que se mareara un poco más de lo que ya se sentía. Las coloridas luces del lugar se reflejaban en el resto de alcohol en el fondo del cristal de su vaso, lo que hizo que sonriera sin entender por qué.

– Jenna, ¿Qué pasa contigo?

La aludida levantó la mirada para encontrarse con los ojos ambarinos de Megan, una de sus mejores amigas desde hacía ya varios años. No pudo evitar preguntarse por qué el cabello negro de la mujer que le hablaba lucia tan extrañamente peinado…

– Creo que ya se le fue a la cabeza.

La rubia entrecerró los ojos queriendo abrir la boca para protestar por algo, quizás negar esa acusación infundada. Lynne quien había hablado, era su amiga de toda la vida; se conocían desde niñas, pues vivían en el mismo vecindario desde que podía recordar. Se fijó en su nariz exageradamente respingada y sus orbes de color verde delineados en el mismo tono haciendo contraste con su cabello rizado, que en ese momento había decidido teñir de color púrpura al igual que sus finas cejas.

– No sé en qué pensabas cuando decidiste ponerte ese color en el pelo. – soltó, y se bebió la cerveza que le quedaba en su copa. – Creo que tu cabello rubio se veía mucho mejor.

– ¿Y eso a cuenta de que viene? – quiso saber, la de bucles morados.

– Porque creo que no puedes asistir a la boda de Megan con ese estilo.

– ¿Te estas oyendo? – inquirió, la recién nombrada. – En serio, ¿Qué pasa contigo?

Jenna hizo caso omiso al último cuestionamiento, e hizo una seña al camarero para que les trajera otra ronda. De un tiempo a esta parte ponía en duda cada una de sus acciones, y eso le molestaba de sobre manera; simplemente por el hecho de que ella no era ese tipo de persona. Desde esa misma mañana en el cementerio de Greenwood, sentía una extraña sensación que la acosaba de manera cruel, y para tornar su padecimiento aún más serio: su amiga Megan había decidido casarse hacía una semana, o más bien, su novio Mark se lo había propuesto en ese periodo de tiempo. Exhaló un pesado suspiro mientras intentaba concentrarse en lo que realmente sentía, había llegado a San Francisco hacía un par de horas y posiblemente ya iba siendo tiempo de regresar a la casa de sus padres.

– Lo siento chicas… es solo… – la nueva ronda llegó, y el mesero depositó con cuidado las jarras de cerveza sobre la mesa dedicándoles una ligera sonrisa. – Yo…

– Creo que le gustaste. – la interrumpió Lynne riendo de manera exageradamente pícara.

– Déjala hablar, maldita sea.

La rubia curvó los labios en un intento algo patético de sonrisa, no muy segura de lo que estaba a punto de decir.

– Yo creo que debo irme, hace días que no he visto a mi…

Ambas mujeres junto a ella se dedicaron miradas de desconcierto, la conocían demasiado bien como para saber que si antes era un "tiro al aire", después de la muerte de su ex – novio lo era con más fervor.

– Déjame ver si entiendo. – dijo Megan, con incertidumbre y luego continuó: – ¿Estas insinuando que prefieres ir con tu pequeño hijo que quedarte con nosotras? – solo obtuvo por respuesta una mirada desviada. – Es por lo de mi boda. ¿Verdad?

Los orbes de color verde de Lynne se abrieron como platos mientras los dirigía velozmente a la cara de Jenna que se encontraba cubierta en su mayoría por su lacio cabello.

– ¡Te enamoraste del soldado! – exclamó, con tono acusador. – ¡Por Dios! Cuando te platiqué sobre los beneficios de… – no pudo continuar con el interrogatorio, pues sintió la incomodidad en su amiga de tantos años. – No… no me lo creo.

– Yo fui tan estúpida. – comentó, por fin. – Se suponía que iba tras de él buscando que me lo pidiera. – levantó la vista para encontrar los ojos inculpadores de sus amigas sobre ella. – Y cuando lo hizo… solo le dije que había otro.

– ¿Y cuantos fueron, eh? – Megan preguntó con sorna, dando un sorbo a su bebida alcohólica. – Porque uno solo… ¿de ti? Solo lo creería sino te conociera como lo hago.

– Solo fue uno, un viejo conocido con el que me vi un par de veces. Siendo honesta, con Piers no tenía la necesidad de buscar a otros. – tragó saliva en el momento que un escalofrío le recorrió la zona lumbar, se removió en su asiento y prosiguió: – Solo fue porque el pasaba mucho tiempo fuera y bueno… – comenzó a mover los dedos de forma nerviosa sobre la mesa. – Quizás si él hubiese estado conmigo siempre no habría tenido la necesidad de…

– ¡No! – dejó escapar Lynne, casi en un grito. – No lo digas, y si lo haces solo tienes el derecho porque él está bien, pero bien muerto. Jenna White, no te lo permito, me oyes.

El silencio se apoderó del ambiente entre ellas por unos segundos que parecieron horas, la música de fondo se encargaba de amenizar el aire que se sentía tenso, casi hasta el punto de provocar dificultad respiratoria. Y el ruido de las voces de las mesas cercanas hacían que la rubia pensara que su cabeza explotaría, esas dos mujeres eran sus mejores amigas, y si no podía sincerarse con ellas, pues estaba en serias dificultades.

– Entonces solo porque está muerto te diré… – sus ojos grises brillaron con un insólito fulgor al mirar a la de cabello violeta. – Que si él volviera a mí, no lo dejaría escapar de mi lado nunca más. Eso, como que mi nombre es Jenna White.

Deborah dejó escapar un quejido agudo envuelto en un grito de dolor, en el momento que su espalda aterrizaba contra una superficie dura y mojada. Cerró los ojos con fuerza, presionando sus parpados mientras se concentraba en mantener a raya las lágrimas que deseaban salir a borbotones. Respiró con dificultad, intentando recuperar el aliento que parecía haber abandonado su cuerpo por unos segundos que consideró minutos y luego horas. Un sollozo desgarrador se abrió paso a través de su laringe en su afán de inspirar el aire pútrido que la envolvía. Tenía ganas de llorar y de vomitar a la vez, se sentía horriblemente mareada, pero más que cualquier otra cosa en el mundo: estaba desorientada y terriblemente adolorida. Su cuerpo entero amenazaba con desarmarse y caer a pedazos con cada bocanada de aire que inhalaba, estaba casi segura que varias de sus costillas se encontraban fracturadas, o fisuradas en el mejor de los casos y con ellas perforados algunos de sus órganos.

Aun tendida de espalda quiso mirar a su alrededor, la luz era escasa; demasiado. Movió su mano derecha hasta situarla en frente de su rostro, pero solo se veía la sombra de la misma.

¡Mierda!

Esta vez no pudo contener las lágrimas, el líquido tibio se deslizó sin contemplaciones por la comisura lateral de sus ojos, y todos sus músculos comenzaron a temblar con descontrol, sentía como cada punzada de dolor subía por cada uno de ellos logrando que se retorciera y llorará con todavía más fuerza. Tenía frío, su piel se erizó a causa de eso, y cayó en cuenta de que estaba sumergida en una especie de líquido viscoso, y que por más que deseara que ese líquido fuese agua: pura y cristalina, sabía que no era así, de seguro estaba metida hasta el cuello en alguna especie de fluido del cual era mejor no saber su procedencia.

La impotencia se apoderaba de su ser como una enfermedad mortal. Sin poder moverse sería presa de alguna de las criaturas que pululaban por todo el lugar. Engullida, mientras esas cosas quitaban cada pedazo de su carne a mordidas, sintiendo cada una de sus mascadas, consciente de que pronto sería uno de ellos.

Recordó los momentos antes de encontrarse en ese lúgubre lugar, estaban siendo atacados y la pared en la que ella se apoyó cedió dejándola caer por algunos segundos…

No debieron ser más de tres niveles.

¡Jamás la encontrarían a tiempo!

Piers…

Su visión se nubló con pesar, lo había encontrado para volver a perderlo. Sus labios y sus cejas se curvaron en un gesto que denotaba tristeza y a la vez aceptación: había llegado la hora de rendirse, todo aquello había sido más de lo que hubiese imaginado podría hacer para sobrevivir, luchar por una vida que ya ni siquiera le pertenecía. ¡Que estúpida había sido! Después de todo, Wesker tenía razón, Piers tenía razón, simplemente no era más que una niña asustada jugando a ser valiente, peleando por su vida con intentos fútiles y patéticos que solo la llevarían a tener una muerte lenta y dolorosa.

Lloró con espasmos sonoros al pensar que no volvería a ver a su hermana una vez más, que no podría decirle cuanto la había extrañado todos esos meses. Su cuerpo se retorció nuevamente, y pensó en que no podría volver a tocar a Piers…

El sudor brillante se abría paso a través de su desnuda, sucia y ancha espalda, deslizándose por las líneas que demarcaban cada uno de sus músculos. Nicole observó a Piers apoyado de lado sobre el muro en el que minutos antes se encontraba la chica de cabello castaño, sintió una punzada en medio del pecho que hasta cierto punto la hizo sentir culpable por sus pensamientos.

Era cierto que deseaba que esa niña no estuviera, pero que desapareciera en una situación límite como la que acababan de vivir, no era precisamente su idea del final para Deborah.

Lo más probable es que estuviese muerta o mal herida quien sabía dónde, ya que por lo que había alcanzado a recorrer; el castillo era, por decir lo menos: enorme.

El castaño a unos metros por delante de ella tenía la mano derecha sobre su frente, su semblante dejaba claro que sus pensamientos eran casi tan funestos como los de ella misma, la mandíbula tensa al igual que su musculatura, la hacían creer que estallaría en un ataque de ira en cualquier momento.

No… Piers no era de esos. Piers Nivans era de los que mantenían la calma, de los que pensaban con claridad y analizaban posibilidades y estrategias a una velocidad de segundos. Un soldado con cualidades asombrosas, de los que nunca perdían la concentración ni los objetivos. Conocía al hombre lo suficiente, como para creer en la remota posibilidad de que los sentimientos podrían alguna vez dominarlo.

Se acercó con sigilo hasta situarse a su lado, más su sorpresa fue al notar que sus orbes estaban enrojecidos, y que trataba de esconderlos bajo la palma de su mano. Tragó saliva con dificultad, él había perdido el control… había perdido su concentración, su perspicacia, todas sus cualidades… por ella, por Deborah.

– Nivans… – logró articular, con un tono que no sabía cómo calificar. – Tú…

– Todo esto ha sido culpa mía. – su voz se quebró. – ¡Maldita sea! – dio un golpe seco en el muro y su compañera dio un respingo. – Y ahora ella… ahora Deborah…

Nicole sintió que su corazón se estrangulaba a si mismo con una fuerza brutal, con una fuerza que presionaba hasta su garganta atrapando allí las palabras que podría decirle en ese instante. Se mordió el labio inferior con violencia, hasta que comenzó a sangrar sin percatarse de ello.

– Tengo que encontrarla. – Piers se incorporó, y caminó sin dirección fija, en círculos por el ancho pasillo. – Tengo…

– Cálmate ¿sí? – la morena colocó sus manos por delante y se apresuró a situarse frente a él. – Escucha, hay que ser racionales. – juntó el entrecejo en un gesto severo. – Lo más probable es que esté…

– No lo digas. – sentenció. – No te atrevas a mencionarlo.

– Nivans… tú no eres así. – descansó sus manos sobre los pectorales de él, y sintió el ritmo de su acelerado corazón. – Haz visto a decenas de compañeros caer por nuestros ideales, cientos de inocentes morir a causa del bioterrorismo…

Su mirada acerada se encontró con la miel de él, y su alma se derritió como los hielos eternos en primavera. El dolor que reflejaban los orbes de Piers era indescriptible, quizás solo comparable al que ella sentía en ese preciso momento, y el sentimiento sin duda alguna era la pérdida. Una pérdida perpetua, auténtica y desgarradora.

– La amas… – susurró, con voz audible para su interlocutor, quien permaneció en estoico silencio. Pero ella sintió el temblor de su piel bajo sus manos. – A la niña, la amas como nunca amaste a alguien más… – una solitaria lagrima resbaló por su mejilla.

Como nunca fuiste capaz de amarme a mí.

– La amas tanto que no te importa nada más que ella… – continuó, con la vista fija. – Tanto que darías tu vida a cambio de la suya. – él desvió la mirada y ella prosiguió. – Simplemente la amas. ¿Verdad?

Piers separó los labios para contestar aquella interrogante, pero los pasos apresurados de alguien que se acercaba a gran velocidad hicieron que sus sentidos se pusieran alerta. Apartó a Nicole con delicadeza y ella empuñó su beretta apuntando en la dirección de la que provenía el sonido. Su alivio fue colosal al ver aparecer por la esquina y al trote a sus compañeros de equipo: Arnold Wells y Dean Morris.

Bajó el arma y sonrió trémula, volviendo a enfundar la pistola. Al detenerse a observar a los recién llegados, advirtió asombro e incredulidad, probablemente la misma expresión de pasmo que debió tener ella en el rostro una hora atrás.

Por su parte Wells, serio como siempre, distinguió la expresión tensa en el rostro del hombre y un mohín desencajado en el rostro de la única mujer.

Morris estaba preso en su propia enajenación a causa de haber acertado en sus predicciones, ese que estaba de pie frente a ellos, cubierto de mugre, sangre y restos de quién sabe qué, no era otro que Piers Nivans.

– Es bueno verlos. – dijo Nicole con justificada tranquilidad. – Supongo que ya lo conocen, pero él es el teniente Nivans.

Ambos hombres hicieron el saludo militar, más por inercia que otra cosa. Y aunque Arnold era del mismo rango que Piers y Dean de uno inferior, sargento, debían mostrar sus respetos. Nicole había alcanzado el rango de subteniente hacía unos meses, pero las formalidades estaban en ciertas situaciones bastante de más, y esta era una de ellas.

El castaño hizo un gesto con la mano, y se volteó con la clara intención de retomar su cometido anterior, debía encontrar a Deborah, con o sin ayuda, viva o… su mente se negó a completar aquel hilo que habían tomado sus pensamientos.

– ¿Cómo estás de munición? – preguntó el mayor del grupo a la morena.

Ella se encogió de hombros, después del último asalto solo le quedaba un cargador para la beretta y ocho cartuchos para la mosberg, por lo que en buenas cuentas, no era demasiado.

Wells le entregó un cargador para la primera, y se colgó el rifle en la espalda.

– Creo que utilizaste una de las granadas. – Dean observaba el entorno.

– No tuve más alternativa. – informó. – Nos rodearon.

El moreno asintió y dirigió una mirada a Nivans. Nicole lo notó y se dispuso a contestar la pregunta implícita en sus orbes esmeralda, sin embargo, fue groseramente interrumpida por un grito desgarrador que parecía provenir de todos lados a la vez.

– ¡Es ella! – exclamó Piers, al tiempo que emprendía una marcha insegura.

– ¿Es quién? – inquirió Dean.

– Deborah… – Nicole se apresuró a responder. – Es amiga de Nivans, estuvieron juntos, encerrados en este sitio. – posó su mirada suplicante en sus compañeros de equipo. – Tenemos que encontrarla, estaba con nosotros hace un rato.

– ¿Eso es…?

El rugir de un gran afluente de agua parecía provenir de entre las paredes, la expresión de Piers se transformó en terror, mientras todos sabían que quedaba poco tiempo para la joven desaparecida si es que no estaba muerta en ese preciso minuto.

El dolor parecía disminuir mediante los segundos pasaban, la chica se movía con dificultad todavía tendida en el suelo como un animal herido de muerte. Le resultaba gracioso pensar que por más que trataba de entender que ocurría con su organismo, no era capaz de vislumbrar el potencial que se desarrollaba en su interior. No era capaz de ver lo que él veía, como cada célula que la componía se auto reparaba, se multiplicaba, se moldeaba para dar paso a una reparación de tejidos: acelerada y perfecta.

El virus C, que en un principio solo servía para dar lugar a seres que al reparar lesiones lo hacían con horribles mutaciones, había renacido finalmente; y todo gracias a su propio trabajo. Los meses de prueba habían dado frutos: A-001 era la prueba final de ello. Su sangre, los anticuerpos, el suero preparado por él y sus investigadores, y finalmente el virus que corría por sus venas, habían dado por casualidad como resultado lo que estaba a dos niveles por debajo de la balconada de metal oxidado donde se encontraba de pie, oculto tras las sombras. La bio – arma definitiva, perfecta, un ser poderoso que desconocía por completo su potencial… la primera de muchos elegidos como ella.

– A-001… ¿Podrías ponerte de pie, por favor?

Esa voz, esa inconfundible y profunda voz la hizo salir de su padecimiento, no podía ser otro que el mal nacido de Alex Wesker. Se giró hacía un lado y notó que todo su sufrimiento de unos minutos atrás había desaparecido, el dolor punzante que aquejaba cada centímetro de su cuerpo, simplemente ya no estaba.

– ¿Pero qué…? – mencionó, mientras se incorporaba con temor y cuidado.

Una vez en pie, cayó en la cuenta de que su cuerpo ya no sentía lo de antes, se tocó el abdomen y el tórax buscando alguna señal de lesiones o dolor, sin embargo, estaba mejor que nunca. Dirigió la mirada en dirección de la voz que resonó a continuación en toda la extensión del amplio lugar, y lo vislumbró, arriba; saliendo de las sombras y posicionándose en el único lugar de la balaustrada dos niveles por encima de su cabeza, justo en la zona donde llegaba un tenue haz de luz.

– Bienvenida a mi mundo. – fue lo único que dijo, antes de que ella notara que tenía algo en la mano izquierda. – Sin embargo, he decidido que tu estancia en este será muy breve.

– ¿De qué hablas? – preguntó Deborah, frunciendo el ceño. – Estás completamente loco.

Tenía miedo, más del que había tenido en los últimos meses, más del que había tenido horas atrás cuando todo se fue al carajo. Sentía en el ambiente la locura de manera tangible, pero no esa locura que produce un enemigo predecible del cual sabes sus intenciones, más bien, podía definirlo como una locura completamente impróvida, una locura que solo un enemigo como él podía poseer. Que estaba segura, no era del todo demencia… había algo de cierto en sus convicciones, algo que la llevaba a pensar que quizás en el fondo tenía cierto grado de razón, algo que provocaba creer que él estaba en lo correcto, aunque sus métodos para llevar a cabo esas convicciones fueran poco ortodoxos.

Alex hizo caso de las palabras de la muchacha, calmadamente se cruzó los brazos sobre el pecho y dijo:

– No es fácil razonar contigo, nunca lo fue… – meneó la cabeza de un lado a otro en un gesto de desaprobación. Su cuello tronó y volvió a fijar su mirada ambarina sobre Deborah. – Pudo haber sido de la manera fácil, pero no me voy a arriesgar a esta altura.

Debía ganar tiempo, no sabía muy bien para que, y aunque ignoraba que era lo que aquel sujeto enfermo de la cabeza pensaba hacer con ella, por supuesto que presentía que no era nada cuerdo. Retrocedió unos pasos, hasta que su espalda dio con algo viscoso a pocos metros y sus manos sintieron la piel de un cadáver que por el tacto pegajoso y frío dedujo que se trataba de un cadáver en avanzado estado de descomposición, una montaña de ellos justo por detrás.

Cerró los ojos y ahogó un grito mientras volvía su atención hacia la oscura balconada, Wesker seguía ahí sin quitarle la vista de encima. Estaba acorralada, no había donde correr u ocultarse en esa gélida estancia.

– ¿Qué ganas con todo esto? – ya no se trataba sobre ganar tiempo, solo deseaba saberlo, si tenía que morir en ese preciso minuto; debía conocer el motivo. – ¿Dinero? ¿Poder? – realmente necesitaba tratar de entender. – ¡Cuánta gente inocente tuvo que morir para saciar tus ambiciones enfermas!

¡Maldito desquiciado!

– ¿Por qué tendría que decirte una mierda? – sonrió. – Tú solo eres una diminuta pieza de mi enorme juego, un juego que llevo años construyendo y que finalmente ha dado frutos.

– Dime por qué… solo quiero saber eso.

– No lo entenderías, y además no pretendo dilatar un acontecimiento que será rápido e indoloro.

Diciendo esto último extendió la mano izquierda y disparó la extraña pistola que llevaba consigo desde que abandonó el laboratorio. Giró sobre sus talones y salió a paso apresurado, sin mediar ninguna otra palabra.

Deborah gritó al tiempo que sintió un ardor terrible en la zona lateral del cuello, un calor infernal que se expandía hacia su rostro, brazos y pecho a cada segundo que pasaba, lo que fuera que él le disparó estaba causando efectos febriles en todo su cuerpo.

Cayó sobre sus rodillas y llevó su mano derecha hasta su cuello, y ahí se encontraba… una jeringuilla pequeña y vacía, por lo que su contenido ya estaba viajando por sus venas a cada rincón de su cuerpo.

El pánico se apoderó de su alma por un momento, el temor a lo desconocido se extendía por su mente como la metástasis de un cáncer, haciendo que sus manos temblaran y un segundo después todo su cuerpo entraba en un estado de shock latente.

Trató por un instante convencerse de que nada malo pasaría, los síntomas que había sentido estaban mermando, el ardor desaparecía y su estado de conciencia volvía a estar alerta. Ignoró cuanto tiempo pasó, pero sintió que fueron horas las que estuvo cautiva en su subconsciente.

¿Qué iba a hacer ahora?

Estaba sola en un cuarto de proporciones desconocidas, repleto de cadáveres, en el cual flotaba un hedor nauseabundo y el líquido que lo inundaba le llegaba un poco más arriba de los tobillos, y sin embargo, estaba empapada con el mismo hasta la médula. Comenzó a temblar, no sabía si era por el miedo, por el asco, o por el frío de mil demonios que comenzaba a sentir. Se abrazó a sí misma, buscando el coraje que estaba necesitando… hace unos minutos había decidido rendirse y ahora, una vez más la llama de la supervivencia se encendía dentro de ella.

No pienso morir en este lugar, no sin antes hacer todo lo que este en mi mano por sobrevivir…

Arrojó la jeringuilla varios metros por detrás, con toda la potencia que le fue posible; si iba a morir no sería en ese cuarto, no sería esa noche, y bajo ningún punto sería a causa de lo que acababa de entrar en su organismo. No se rendiría sin pelear, emprendió la marcha hacia adelante pero se detuvo abruptamente al sentir que el piso temblaba y toda la estructura metálica de los pisos superiores chirreaba con un crepitar incesante… algo andaba mal, y solo sintió como su cuerpo era arrastrado por miles de litros de agua que entraron con gran presión ahogando todo a su paso. El aire escapó de sus pulmones como burbujas en un intento de grito frustrado y extendió los brazos tratando de encontrar el tan ansiado oxígeno, pataleó en una tentativa infructuosa por llegar a ese objetivo, pero solo podía sentir más y más agua a su alrededor.

Estaba atrapada…

Jill intentaba recuperar el aliento afirmando las manos sobre sus rodillas, mientras un jadeante Chris seguía escrutando cada rincón del sitio en el que ahora se encontraban; el aire salado les llegaba de lleno en el rostro y el sonido de las olas se escuchaba muy cercano, como si los envolviera en un cantar sereno y armónico. Estaban de vuelta en la terraza que conectaba ambas áreas del castillo: el principal del centro de investigación. Y a quien fuera que perseguían momentos antes, se había esfumado justo frente a sus narices.

– Maldita sea. – exclamó un frustrado capitán.

Su rubia acompañante enfundó su arma con una mueca malograda, estaba claro que el hombre en cuestión no deseaba ser atrapado, y más aún: conocía todo el lugar muchísimo mejor que ellos, por lo que no le había sido difícil despistarlos con un par de vueltas por el castillo.

– Debemos volver con los demás. – pronunció Jill, algo contrariada. – No hemos logrado nada desde que llegamos a este lugar. – se acercó hasta quedar al lado de Chris. – Si Alex Wesker ya sabía que estábamos aquí, y la verdad es que ya no tengo dudas de eso, lo más probable es que se haya esfumado como años atrás.

– Siempre es igual. – bufó Redfield. – Pero tienes razón. Volvamos con el resto del equipo, sin la ayuda de la central será imposible.

La mujer colocó una mano sobre el hombro de su compañero y le dio un ligero apretón, Chris sonrió pensando en lo bueno que era tenerla cerca. Tantos años haciendo el mismo trabajo, tantos años cerca de ella, por un momento deseó perderse en esos orbes azules como el mar que los rodeaba, estaba perdiendo la cabeza, y no era el mejor momento para ello.

Apartó con sutileza la mano de Jill, y con aire tranquilo le devolvió el gesto. Ella notó su incomodidad, y reconoció que no era el instante para eso. Era mejor volver al trabajo.

Ambos comenzaron a caminar hacia la puerta que los llevaría con el resto de su equipo con pasos seguros y amplios, tres más y estarían dentro. Sin embargo, el ruido que hacen los pies de una criatura viscosa y desagradable arrastrándose contra el piso de roca sólida y el hedor que la acompaña; los hizo voltear al mismo tiempo solo para ver al horripilante ser que se abría paso hacia ellos con andar tembloroso.

– ¿Qué demonios es eso? – la voz de Jill y el chasquido de su arma al ser alzada fueron uno solo.

– Sea lo que sea no podemos dejar que nos siga.

Chris observó a la torpe criatura a medida que se acercaba, sus piernas asimétricas parecían haber sufrido múltiples fracturas de distinta gravedad, ya que en algunos segmentos la piel húmeda y de tonalidad rojiza se divisaba perforada por huesos de color blanquecino y brillante. Probablemente aquellas lesiones habían sido ocasionadas por la enormidad del cuerpo que sostenían, una masa de grasa y carne pútrida que se desprendía en pedazos sobre trozos de alambre de púas, dejando a la vista partes de entrañas y vísceras.

A poco andar, Jill pensó que semejante abominación se desarmaría antes de llegar hasta ellos, tragó saliva y fijó sus orbes azules en lo que aparentemente era la cabeza de ese ser repulsivo y espeluznante, un apéndice pequeño en comparación a los tres o cuatro metros de diámetro de su cuerpo. No tenía ojos pero tampoco parecía que estuviese ciego, ya que los tenía en la mira y sus pasos eran pausados pero seguros en su dirección. Sus pómulos y el resto de lo que debió ser su cara semejaban a la piel de una persona que ha sido rociada con ácido y envuelta en el mismo tipo de alambre que cercaba su abdomen y tórax, algunos segmentos de cabello completaban el cuadro macabro junto a una sonrisa permanente gracias a la falta de labios y piel.

La criatura tiritaba a medida que avanzaba, casi como si estuviera a punto de tener una convulsión, sin embargo, eso la hacía ver aún más desagradable.

Chris apuntó directo a la diminuta cabeza tambaleante, seis metros de distancia los separaban de aquella asquerosa creación… Jill hizo lo mismo, pero no disparó, ya que el castaño lo hizo primero.

¡¿Dónde está?!

El hombre corpulento desvió la mirada rápidamente hacia su compañera en un parpadeo que no duro más de medio segundo, en el cual observó con horror que el monstruo de pasos torpes estaba a menos de cincuenta centímetros de Jill.

No era posible, no había lógica en lo que acababa de ocurrir, la velocidad empleada por la criatura escapaba a su razonamiento en ese preciso instante… el tiempo fue más lento y vislumbró como la rubia esquivaba una estocada que podría haberla perforado, cayendo al suelo y rodando sobre sí misma para levantarse rápidamente y abrir fuego contra el enemigo.

– ¡Detrás de ti! – Gritó Jill, en el instante que su compañero se agachaba y sorteaba un golpe certero.

Continuó disparando. Chris se incorporó y buscó con la vista velozmente su objetivo; quien se dirigía hacia la rubia con furia asesina, aullando con sed de sangre mientras batía sus extremidades superiores, similares a las inferiores, en un frenesí incansable y enfermo.

La capitana retrocedió dando una voltereta pero quedando en el borde de la balconada que rodeaba la terraza. Tocó con la mano izquierda la roca solida detrás de ella, estaba atrapada. No obstante, en ese momento la abominación se detuvo, se volteó en redondo y echó a correr en ese sentido, tenía un nuevo objetivo, uno que disparaba sin cesar.

¡Iba a matar a Chris!

Metió un nuevo cargador en su subametralladora y abrió fuego nuevamente, pero no logró llamar su atención, esta ya se encontraba fijada en una presa que no estaba dispuesta a cambiar.

Justo en el momento en que se arrojaba sobre él, Chris la sostuvo por ambos brazos… comenzando con un forcejeo por su vida mientras movía la cabeza a un lado y otro para evitar ser mordido con los filosos y puntiagudos dientes que emitían un sonido crujiente al chocar entre ellos.

– ¡Jill métele una granada a este hijo de puta!

Su compañera captó el mensaje enseguida, y empezó a correr enérgicamente para cortar la distancia que la separaba de ellos, dio un salto al llegar por detrás de la criatura, sacando la granada de su cinturón antes de aterrizar sobre el suelo de roca posterior al castaño. Le quitó la anilla de seguridad, se giró y estiró su brazo izquierdo con fuerza para introducirla en el abdomen blando y abierto del monstruo. Tomó a Chris por la cintura empujándolo para quitarlo del camino del bicho horripilante quien cayó de bruces contra el piso, y posteriormente saltando para salir ella misma del radio de la explosión. Chris giró sobre sí mismo alejándose velozmente, pero su compañera no tuvo suerte, y no se dio cuenta cuando la onda expansiva la alcanzó por la espalda junto a varios trozos de hueso y carne chamuscada.

La lluvia seguía azotando la ciudad, sin dar tregua a los pobres y pocos transeúntes que aun vagaban por las calles de la ciudad de Washington D.C.

Las gotas arremetían contra el cristal de la ventana en la que se encontraba apoyada Claire Redfield desde algunos minutos atrás. Hoy se había prometido dormir temprano, pero le fue imposible pegar ojo. Una extraña incertidumbre se acrecentaba dentro de su pecho conforme pasaban los minutos, una sensación parecida a la que solía sentir cuando presentía que Chris estaba metido en problemas.

Suspiró y limpió el vidrio empañado frente a ella, a pesar de que su departamento estaba sumido en la oscuridad, las luces provenientes del exterior iluminaban parte de su sala de estar.

Era tan exasperante lo que estaba sintiendo, no quería reconocerlo, pero en el fondo tenía la certeza de que algo no andaba bien con su hermano mayor. Era risorio que aunque él tuviese ya cuarenta años ella siguiese preocupándose como si tuviera quince, y más aun siendo que era la menor de los dos. Chris siempre había tenido más habilidad para caer en aprietos, y la mayoría de las veces, sin querer, ella terminaba metida en los mismos.

Como en todo esto de las bio – armas.

El timbre sonó haciéndola dar un respingo, nadie solía visitarla a esas horas, eran cerca de las 21:30, y no tenía mensajes en su buzón de voz, por lo que dedujo sería algún vecino que necesitaba algo. Decidió ignorar al llamado, seguro pensarían que se encontraba durmiendo y se irían, después de todo, no tenía ganas de recibir una charla sobre la vida o de lo complicado que es quedarse sin café o azúcar a esa hora y con ese clima.

– ¿Claire? – era la voz de Leon. – ¿Estás ahí?

Se volteó con pereza y observó la puerta por un instante, ¿Qué podría querer Leon? No era su costumbre visitarla sin avisar, y mucho menos un día de semana. Cruzó la estancia encendiendo la luz a su paso, quito las cadenas y soltó la cerradura, y ahí estaba el rubio; con un semblante que desbordaba contrariedad y preocupación.

En seguida se hizo a un lado, en un ademán de invitarlo a entrar, a lo que él obedeció sin titubear.

– Disculpa la presencia. – expresó, mientras señalaba su pijama corto de color rosa. – Pero podrías haberme avisado que venías. – cerró la puerta y se cruzó de brazos. – ¿Quieres un café?

– Si, gracias. – contestó el agente, siguiéndola hasta la cocina.

La pelirroja no tardó mucho en servir las dos tazas y sentarse junto a él en el sobrio y pequeño comedor de cuatro sillas, con unas escuetas flores sobre la mesa de madera. Estaba claro que Claire no era una decoradora de interiores en potencia, o simplemente no tenía mucho tiempo para dedicarse a ello.

– Y bien, señor Kennedy. – dijo Claire, bebió un sorbo de su café y fijo su mirada aguamarina en los orbes de su visitante. – ¿A que debo el honor de su visita?

– Claire yo… – se quedó en silencio por unos segundos. – La verdad es que tengo malas noticias, y quería ser yo quien te lo dijera. – al ver la expresión en el rostro de Claire, se apresuró a agregar. – La BSAA ha perdido contacto con el equipo de Chris.

– ¿Qué? – preguntó, con voz trémula poniéndose de pie. – ¿Cómo? ¿Desde cuándo?

– Esta tarde.

– Dios, no…

Leon se levantó y la abrazó para contenerla, en ese momento ella lo necesitaba y no era necesario que se lo dijera, no era necesario nada más que el silencio; la falta de cuestionamientos y la ausencia de vocablos innecesarios.

Piers corría como alma que lleva el diablo, subiendo los peldaños de las escalinatas de piedra de dos en dos. Hart iba detrás de él y tras ella le pisaban los talones Arnold y Dean.

Habían pasado por las habitaciones en donde habían permanecido encerrados, uno o dos pisos más abajo, y la construcción seguía albergando habitaciones en los niveles superiores.

El joven soldado sentía que la cabeza le estallaría en cualquier momento, el aire pútrido y viciado comenzaba a causarle náuseas y su corazón acelerado no dejaba de golpear contra su esternón, recordándole a cada latido la razón de la culpa que sentía.

– ¡Aquí! – el timbre de voz de Dean inundó el largo pasillo que se abría frente a ellos. – Este debe de ser el lugar que conecta con la terraza que une ambas construcciones.

– ¿Cómo lo sabes? – inquirió Piers, al tiempo que tomaba un respiro.

– La extensión es distinta a los demás. – señaló un puerta blindada al final del corredor. – Esa debe de ser la salida.

El torrente bestial se escuchó más cercano, como si el agua estuviese tras las paredes de piedra que los rodeaban. El castaño apoyó la oreja en la muralla para concentrar la audición a un solo punto y luego se irguió para seguir el rugir, no estaba del todo seguro, pero tenía que haber una puerta que diera paso a la habitación que a ciencia cierta estaría completamente sumergida; y dentro de la misma estaría Deborah.

Unos cuantos metros en línea recta, y en seguida el corredor giraba en dirección oeste para continuar derecho hacia el sur, aún podía oír el afluente en un gran rugido a su izquierda. Siguió con paso firme, con los tres soldados a su espalda, tenía que dar con una puerta, tenía que encontrarla pronto. Sus manos comenzaron a temblar y deseó en su fuero interno, no perder la poca voluntad que le quedaba.

¡Y allí estaba! El alivio lo invadió por escasos segundos, pero pronto la decepción y la impotencia reemplazaron aquella sensación en un principio tan agradable; por una patada en el estómago. Una enorme puerta de metal se erguía ante ellos, con un gran cierre electrónico en el centro.

Piers golpeó la puerta con furia en un vano intento de abrir el gigantesco cerrojo, sin embargo, este no cedió ni un solo milímetro.

Hart observó el entorno, al lado de la pesada puerta se encontraba un panel numérico para ingresar una contraseña que, demás estaba decir: desconocían. Intentó inspirar hondo y pensar con claridad, había agua saliendo por debajo del gran panel de acero un tanto oxidado. Aquel tenía que ser el cuarto que estaban buscando, pero entrar era imposible sin la ayuda de…

– ¡Atrás! – Wells fue quien tomó la iniciativa antes que ella.

Todos se alejaron, ocultándose en el mismo corredor por el que habían llegado. Arnold comprobó que todos estuvieran a cubierto antes de quitar la anilla de seguridad y hacer rodar el pequeño cilindro por el suelo.

Nicole cubrió su cabeza, rezando porque el nivel del agua no fuese suficiente para salir disparado a gran presión junto con la puerta y aplastarlos.

Otra vez el polvo se desprendía del techo junto con pequeños pedazos de piedra, un escenario que comenzaba a serles demasiado familiar desde que habían llegado a ese sitio. El agua se abrió paso hasta mojarles las botas y los pies descalzos a Piers quien ya estaba corriendo con rumbo fijo.

– ¡Deborah! – exclamó, adentrándose en la sombría estancia… no hubo respuesta.

Los tres soldados entraron detrás de él con las botas originando chapoteo y encendieron las linternas en sus sienes, iluminando el lugar. Un barandal de fierro oxidado, un cuarto enorme del mismo material, maquinaria sumergida bajo miles de litros de agua, algunos cadáveres flotando en la superficie al mismo nivel que el suelo en el que estaban parados… y una boca de metal escupiendo líquido vital a borbotones desde el techo a unos cinco metros por encima de sus cabezas, era lo que finalizaba la enfermiza decoración.

Nicole guio su haz de luz a los cuerpos y enseguida reconoció el pijama de la chica.

– ¡Nivans allí! – reveló, apuntando con el dedo índice.

Un momento después Piers ya estaba bajo el agua buscando a la muchacha, el frío le llegó hasta los huesos haciendo que el aire durara menos en sus pulmones, empezó a escudriñar a su alrededor, moviendo masas de carne podrida y restos de lo que seguramente antes componía paredes o mobiliario de la misma estancia. Los dedos huesudos de algunos de los cuerpos en descomposición rosaron la piel desnuda de su torso provocándole una sensación incomoda y un escalofrío que le recorrió desde la nuca hasta el coxis.

– A tu derecha. – indicó la morena, llevando la luz en esa dirección junto al resto del equipo.

El corazón se le congeló y la sangre pareció no seguir su curso en el interior de sus venas y arterias cuando logró vislumbrarla. Flotaba boca abajo entre una docena de despojos inertes, lo que hacía que se viera como uno más de ellos… muerta, como los demás.

No…

Su mente se repetía una y otra vez, negándose a la realidad incuestionable. Sintió ganas de llorar, esas ganas que no sentía desde hace varios años. Sacudió la cabeza de forma instintiva y nadó hasta ella, volteándola con cuidado. Posicionó sus dedos índice y mayor sobre el cuello de Deborah, pero no logró sentir el pulso. Debía sacarla del agua, se apresuró en ese cometido arrastrándola hasta la orilla del barandal, donde ambos hombres al otro lado le ayudaron a posicionarla sobre el suelo.

Pasó de un salto hasta situarse junto a ella, acercó su oído hasta su nariz… no estaba respirando.

– No me hagas esto. – musitó, colocando ambas manos entre los pechos de la chica, para comenzar con la reanimación cardio - pulmonar. – Por favor, Deborah.

Pero pronto aquel procedimiento se volvió infructuoso, y los tres soldados observaban en silencio la escena. A decir verdad, ninguno de ellos creía que el esfuerzo que hacía Nivans por revivir a la chica diera algún resultado. Su rostro pálido, sus labios amoratados y las diversas lesiones a lo largo de todo su cuerpo avalaban esa teoría.

Wells salió de la estancia, seguido por Morris para quedarse en el corredor. El moreno asumía que debían darle a Piers unos minutos para aceptar que su compañera no lo había logrado.

Hart se quedó mirando la escena con una mescolanza de sentimientos que no podía comprender; viendo como el castaño presionaba una y otra vez el tórax de Deborah, como insuflaba aire a sus pulmones que, evidentemente estaban más que colapsados.

– ¡Maldición! – gritó, dando un golpe rudo y directo en el esternón de la castaña.

Nicole dio un salto, y reparó con tristeza en que Piers tenía la cabeza apoyada en el pecho de su compañera fallecida. Anheló poder abrazarlo, decirle que todo estaría bien… pero todo eso no era más que una ilusión. Él estaba hecho pedazos, y mientras tanto caía lentamente en el vacío de la desesperanza. En contraparte se encontraba ella, quien entendía a la perfección lo que él estaba sintiendo en ese momento… lo mismo que había sentido un año atrás, y que aún hoy sentía; pérdida.

El sonido de las olas y del viento al mecer los arboles a lo lejos, lo volvió a la realidad, una realidad que parecía efímera y distante. La cabeza le daba vueltas, pero nada más aparte de ese mínimo malestar. Chris se incorporó buscando inmediatamente a su compañera y al encontrarla, su aliento se desestabilizó y la razón se le nubló.

Jill yacía decúbito prono sobre el gélido suelo de roca, dejando a la vista una herida de proporciones sobre su espalda, una mezcla de piel, musculo, sangre y restos de la tela de su traje táctico de color negro.

Ágilmente se acercó hasta ella, posicionándose acuclillado lo más cerca que le fue posible del rostro de la mujer.

– Jill… – su voz escapó en un murmullo pasmado. – ¿Puedes oírme?

Su mente trazaba mil posibilidades en tiempo record, pensando en todas las variantes que se les podían presentar. Necesitaban al resto del equipo, y los necesitaban para ayer; si algo decidía atacarlos es ese momento estarían realmente jodidos. Se maldijo en voz baja por no prever que Jill podría haber salido lastimada de tal gravedad, pero todo había sucedido tan deprisa que ninguno de los dos se detuvo a meditarlo en demasía.

– ¿Chris? – aquel vocablo se oyó más como un quejido que una palabra, y el aludido rápidamente puso toda su atención en su compañera caída. – Mierda, esto duele como el infierno.

– ¿Puedes moverte? – la interrumpió sutilmente.

– Si… eso creo.

Una oleada de dolor la invadió en el momento que se flexionó levemente para ponerse de pie, soltando un grito desgarrador que hizo que Chris se apresurara y la sostuviera para evitarle una nueva caída. Juntos se dirigieron hasta el barandal y Jill se apoyó de medio lado, deslizándose hasta quedar sentada otra vez sobre el piso.

El castaño se agacho para situarse frente a ella, la miró con gesto preocupado y nervioso, había perdido la cuenta de las veces que su compañera le había salvado el cuello, y no estaba dispuesto a perderla, no a Jill, jamás a Jill, no de nuevo; no era capaz de soportar ni siquiera la idea... nadie más debía morir por salvarle la vida a Chris Redfield.

– Debes encontrar a Hart, ella tiene los suministros médicos. – dijo la rubia cerrando los ojos por un breve instante. – No moriré de esto, pero necesito analgésicos y limpieza quirúrgica.

– No puedo dejarte. – afirmó con decisión. – No en este lugar…

– Chris, debes hacerlo… por favor.

– No hay discusión al respecto, ellos deben llegar aquí. Este es el punto de encuentro.

Jill respiró hondamente dejando escapar el aire con lentitud, estaba claro que el terco de Redfield no iba a abandonarla por ningún motivo, y a pesar de su dolor y de la necesidad latente por esos analgésicos, en el fondo, tampoco deseaba quedarse sola.

– ¡Capitán!

La voz de Nicole llenó el espacio que los separaba, Chris volteó al oírla y vislumbró la imagen que se mostraba frente a él con asombro infinito. Su corazón se aceleró llevándolo a un estado de shock que duró varios minutos, mientras tanto, sus pupilas se dilataban intentando enfocar esa escena que parecía tan irreal como un sueño. Se paró lentamente y Jill, aun tendida sobre la pequeña columna de piedra, observó en la dirección en que su equipo regresaba hacia ellos, su mandíbula cedió abriendo la boca mientras sus ojos hacían lo mismo, de par en par debido al asombro que le causó ver a Piers acercarse junto a Hart, Wells y Morris.

– No puede ser… – balbuceó la capitana.

Piers colocó con cuidado a Deborah sobre el suelo, Wells le ayudó sosteniéndola desde la espalda del castaño. Una vez finalizó su cometido, dirigió la mirada a los atónitos capitanes, sonriendo ligeramente en una mezcla de alivio y agradecimiento que no sabía con claridad cómo expresar.

Chris aún permanecía preso en su propia incredulidad, aunque se había planteado la hipótesis de que su último compañero de operaciones podía encontrarse con vida, verlo así, a dos metros de él… Las imágenes de sus últimos momentos azotaron su atormentada mente: la capsula de escape, la mano enguantada de Piers arrojándolo dentro de esta, su tenue sonrisa de aceptación tan similar a la misma que mostraban sus labios en ese preciso instante. Posó sus iris pardos en las cicatrices que recorrían la porción superior del cuerpo de su joven camarada, aquellas líneas que mostraban el sufrimiento de un soldado caído en batalla que regresa a la vida… obviamente nada podía ser igual que antes de pasar por el infierno, que supuso, había tenido que soportar Piers.

La culpa que sentía se apartó de en medio, dando paso a un sentimiento de consuelo, que atenuaba como un suave bálsamo el sufrimiento que había sobrellevado los últimos meses, las nubes grises se apartaban dando cabida al sol cálido y brillante.

– Piers… – soltó con timbre dócil.

– Chris. – respondió el más joven, esbozando una sonrisa.

El veterano envolvió en un fraternal abrazo a quien consideraba como un hermano menor, con quien había compartido tantas jornadas de entrenamiento como ocio, a quien dio su vida a cambio de la de él; simplemente a la persona que había demostrado que los héroes si existían en el mundo real y que ese mundo podía convertirse en un lugar mejor.

Todos observaban la emotiva escena en silencio, Jill secó una solitaria lagrima de su mejilla derecha, después de todo había sido testigo de los días amargos del capitán Redfield, y no podía evitar sentirse conmovida de que aquel periodo depresivo se viera concluido.

Un pitido ensordecedor los hizo volver a la realidad de la situación, el ruido constante de una alarma comenzó a escucharse por todo el castillo seguido de un mensaje transmitido a la distancia.

La estática de la radio resonó en los auriculares de cada uno de ellos, seguido del rugir del motor de una aeronave que se elevaba a lo lejos, solo entonces la voz de Alex Wesker; ronca y estoica, hizo su aparición.

– Me entristece no poder quedarme a charlar con ustedes, pero como pueden ver, ya no tengo nada más que hacer aquí. – todos se miraron con incredulidad. – Les he dejado un pequeño regalo de despedida, y aunque veo pocas probabilidades, les deseo suerte en su afán de sobrevivencia. – Piers los observaba sin entender que era lo que estaba sucediendo. – Tal vez nos volvamos a encontrar…

La transmisión se cortó y el avión inmediatamente se alejó a gran velocidad, los cuatro soldados del equipo alpha corrieron tras la aeronave de forma instintiva en un fútil intento por evitar que Wesker escapara. Jill, aun tendida en el suelo refunfuñó con rabia mientras maldecía una y otra vez al mal nacido de Alex Wesker y su suerte de mil demonios.

– No puede ser… – dijo Dean contemplando el cielo nocturno.

– Aquí central. – todos llevaron sus dedos índice y mayor a los auriculares. – Hemos podido reestablecer comunicaciones, el helicóptero de rescate se dirige hacia su posición. Lamentablemente no tenemos la ubicación exacta.

– Recibido, central. Nosotros nos encargaremos de montar una señal. – respondió Chris dedicándole una mirada a Jill quien cargaba las bengalas. Y luego se dirigió al resto del equipo. – ¿Están listos para salir de aquí?

– Es el sistema de autodestrucción… – exclamó Piers. – Tenemos que irnos ahora mismo.

– ¡¿Qué?! – vociferó Hart con miedo en su timbre.

– El mensaje que se escucha a lo lejos, eso es lo que dice.

La desesperación se apoderó del grupo, y la rubia comenzó a buscar entre sus cosas lo necesario para ejecutar la señal para el helicóptero; pero las bengalas ya no estaban donde las había dejado.

¡Mierda!

– No están. – logró articular en un susurro.

– ¿Qué? ¿Qué no está? – cuestionó el capitán.

– Las bengalas, debieron haberse caído durante la persecución. – sus orbes denotaban horror y pánico. – Debemos volver por ellas.

Intentó ponerse de pie, y una nueva oleada de dolor la arrojó de vuelta a su lugar. Hart se apresuró a ayudar a la capitana, debía inspeccionar esa herida cuanto antes, sacó todo lo necesario del maletín en su cadera mientras intentaba no pensar en nada más que en lo que estaba a punto de hacer, por supuesto, no era médico de campo pero era la que tenía más conocimientos del grupo, solo una noción de ellos; pero al fin y al cabo era algo.

– Esto te dolerá un poco.

Chris contemplaba el rostro de Jill abatido por el dolor, y a su vez trataba de recordar el recorrido que habían seguido dentro de los salones que habían alcanzado a registrar, las zonas en donde existía la posibilidad de que parte de los implementos de la rubia pudiesen haberse caído.

– Chris hay que volver. – la voz del castaño lo sacó de sus cavilaciones. – Sin una señal clara, el helicóptero podría no encontrarnos a tiempo.

– Lo sé, lo sé. – se refregó la cara con una mano. – Esto es lo que haremos. – se dirigió a todos los presentes. – Piers y yo iremos por las bengalas, Wells y Morris ustedes vigilen el perímetro.

– Sí, señor.

Dicho esto, ambos hombres emprendieron la marcha sorteando los restos de la criatura hecha añicos sobre un enorme charco de sangre y fluidos, cruzaron la pesada puerta cerrándola tras ellos, desapareciendo así de la vista de los demás.

El pitido incesante de la alarma a la distancia se hacía cada vez más insoportable y monótono; y para la capitana del equipo alpha parecía haberse tornado más desagradable que para el resto de los soldados que permanecían de pie con sus armas en alto, con los sentidos alerta a cualquier amenaza que pudiera hacerse presente en los próximos minutos. Pasó su vista por cada uno de ellos, sin duda Wells era el más concentrado en su objetivo, con la mirada fija en la puerta que daba hacia el centro de experimentación. Morris, el más joven de ellos estaba vigilando la zona sur, por donde Chris y Piers se habían marchado un momento antes. Hart barría el perímetro con su beretta empuñada, paseándose de un lado a otro, aquella mujer había hecho un gran trabajo con la herida que la aquejaba, el dolor había disminuido gracias a los calmantes endovenosos y el vendaje que había aplicado sobre su espalda.

Se mordió el labio inferior con nerviosismo, ignoraba por cuanto tiempo había sido programado el temporizador que convertiría ese enorme castillo en cenizas, pero si se basaba en su experiencia; no serían más de diez minutos. Una punzada de adrenalina fue liberada en su torrente sanguíneo, y deseó con todas sus fuerzas que sus compañeros pudieran dar con las bengalas antes de que los cimientos de la enorme construcción volaran por los aires.

Se acomodó en su posición, la pierna derecha comenzaba a entumecérsele por lo que llevó su peso a su extremidad izquierda… sus orbes se puntualizaron sobre la delicada figura de la chica que yacía a unos dos metros de ella.

La contempló unos segundos con detalle: tenía el cabello mojado al igual que la poca ropa que traía encima, su piel en extremo pálida se igualaba a la de un cadáver que ha pasado demasiado tiempo en el agua, y para finalizar sus parpados estaban cerrados. Por lo que Jill podría haber jurado que esa muchacha de aspecto frágil que estaba tendida a su lado se encontraba irremediablemente muerta. Sin embargo, su tórax se expandía en leves movimientos respiratorios.

No podía ver… por más que trataba de distinguir algo entre la oscuridad solo conseguía vislumbrar una sombra negruzca que abarcaba toda la inmensidad bruna que la rodeaba. Respiró, el aire no llegaba a sus pulmones, su tráquea permanecía cerrada. Llevó sus manos a su cuello y abrió la boca para inspirar una gran bocanada de aire, no lo logró.

Nadó buscando la superficie, pero no sabía hacia donde debía ir: todo a su alrededor era de una penumbra espesa, entonces algo la golpeó en la espalda. Quiso gritar y la voz no le salió, sin embargo, sintió las burbujas rodear su rostro, y esta vez algo pegó más duro en su cadera derecha. Pataleó con todas las fuerzas que le quedaban, derecho y hacía arriba, pero la corriente iracunda la arrastraba en un remolino que la desorientaba… No podía recordar nada más, solo oscuridad.

Un nuevo impacto, esta vez en su corazón que volvía a latir con sutileza y desgano, despacio, precavido. Un beso, un beso suave, un beso dulce, de labios que ya había probado. Otro golpe en el pecho, más inclemente que el anterior. Su núcleo se contrajo con normalidad y el aire por fin pudo abrirse paso hacía su interior. No obstante, las penumbras no la dejarían escapar, no todavía… aun debía luchar.

Su cuerpo temblaba, tenía más frío del que era capaz de remembrar. Su piel se erizó y se sentó de un salto que le provocó mareos y nauseas, intentó ver algo entre la oscuridad que nuevamente la rodeaba. El aire salado le dio de lleno en la cara y el sonido del oleaje abordó su audición.

– ¿Dónde estoy? – preguntó a quien fuera que pudiese escucharla.

– Tranquila, estas a salvo. – una voz suave le respondió. – Soy Jill Valentine, capitana del equipo alpha de la BSAA. ¿Te encuentras bien?

Deborah la miró fijamente, desorientada, aturdida y muy mareada. Temió perder la conciencia nuevamente, así que puso su mayor esfuerzo en mantener la conversación.

– Si, eso creo. – deslizó sus dedos hasta su frente, estaba humedecida por un líquido viscoso y tibio.

– ¿Cómo te llamas?

– Deborah, Deborah Harper. – volvió a colocar su mano sobre el piso, desviando su atención. – Piers… – murmuró.

Jill notó su inquietud, y se criticó internamente por no preguntar por la chica antes. Los demás estaban demasiado apartados como para hacerlo ahora, pero conjeturó que ella y el castaño se conocían a causa de su encierro en ese lugar.

– Piers pronto volverá. – su tono fue alentador. – Y cuando lo haga, nos iremos de aquí.

La veterana de la BSAA ansiaba con todo su ser creer que todo sería tan fácil como acababa de mencionar, pero como era bien sabido por cada uno de los sobrevivientes de Raccoon City, esos asuntos tendían a pasar de predecibles a descontrolados.

Y casi como si se tratase de una profecía o una broma de muy mal gusto, Jill vio como el cuerpo de Arnold era lanzado cortando el aire justo frente a ellas, dirigió la mirada hacía la puerta del laboratorio como acto reflejo, al igual hicieron todos los demás; menos Hart quien corría a auxiliar a su compañero caído.

La luna plateada posada en medio del cielo iluminaba la figura descomunal que hacía su entrada en terreno abierto. La escena ocurrió en cámara lenta, mientras la bestia de proporciones movía sus extremidades atestadas de enormes músculos, caminando despacio en dirección a ellos.

Deborah se puso de pie, no podía creer lo que estaba viendo; ese ser le era extrañamente familiar, y casi como si un rayo cayera sobre su cerebro, lo recordó.

¡El tanque del laboratorio!

Su respiración se tornó dificultosa y su pulso acelerado, los cabellos de la nuca se le erizaron y sintió que su cuerpo se tensaba y luego empezaba a temblar.

Había cambiado, sus extremidades inferiores eran la mezcla entre un equino y un gran reptil, ambos en estado avanzado de descomposición, no poseía sexo diferenciado y su gigantesco torso continuaba teniendo al menos dos o tres metros de circunferencia, con unos brazos que eran pura musculatura podrida. La castaña pensó que un golpe con esos apéndices sería suficiente para matar a cualquiera de ellos. Donde debían estar sus uñas, habían restos de huesos o enormes garras semejantes a cuchillos de unos cincuenta centímetros de largo.

Pero sin duda, lo peor de aquella abominación creada por una manga de enfermos mentales, era su cabeza y lo que debía ser su rostro.

Deborah se estremeció con violencia, conteniendo las náuseas mientras agradecía no haberlo conocido en su totalidad ese día que la llevaron al laboratorio. Su cabello de color negro formaba un contraste macabro con la palidez cadavérica de su piel cubierta de venas moradas, donde debían estar sus ojos, solo habían un par de agujeros negros sangrantes. Sus dientes afilados eran similares a los de un lagarto al igual que sus labios, o la falta de ellos, siendo reemplazados por gruesas escamas verduzcas, simulando un hocico. No poseía nariz, porque al igual que sus ojos, solo era otro agujero más que alrededor dejaba entrever en hueso de color blanco entre musculo rojo.

No…

Jill movió la cabeza, negando la realidad, deseando que todo eso no estuviera pasando. Se puso en pie a duras penas, si tenía que morir esa noche lo haría peleando hasta el final. Extrajo sus subametralladoras desde sus pierneras y extendió los brazos apuntando a la cabeza repulsiva de la criatura. Deborah vio que el rubio corría hacia ellas disparando y temió por los dos soldados que estaban a escasos metros de la trayectoria que seguía el monstruo.

Todo acabaría en un par de minutos, si la explosión no los borraba de la faz de la tierra la horrenda criatura lo haría.

La castaña emprendió una marcha incierta, recta y con paso firme, directo en el sentido que la enorme bio – arma se aproximaba. Haciéndole frente, sin estar al tanto verdaderamente de la razón que la impulsaba, solo caminando con seguridad.

Wells estaba inconsciente, no reaccionaba pero respiraba, aún estaba vivo… a pesar de eso, morirían en menos de un segundo. Nicole Hart cayó en estado de shock al darse cuenta de que aquel despojo de reptil mutante, los golpearía con su enorme extremidad. Cerró los ojos, sabiendo que no era capaz de abandonar a su camarada y salir huyendo… Moriría con honor, lloró en silencio por su inevitable final y pensó en su familia que, aunque distantes, de una forma u otra siempre estaban presentes.

Los disparos de Dean y Jill se oían a kilómetros de distancia, y estaba consciente de que la criatura ya había elegido su objetivo.

Contuvo la respiración y contó hasta cinco, los disparos cesaron y ella continuaba con vida. Abrió los ojos con lentitud y los dejó así, abiertos, muy abiertos. Deborah sostenía el grandísimo brazo de la abominación con un esfuerzo que hacía que su cuerpo destellara fuego, o eso le pareció.

– Aléjense lo más que puedan. – ordenó con tono autoritario.

– Pero…

– ¡Solo hazlo!

En ese preciso instante, Dean llegó para auxiliarlos. Cargó a Wells sobre su hombro y se llevó a Nicole sin mediar palabras.

Las cartas estaban echadas, y la castaña comprendió a que se refería el demente de Alex Wesker. Un calor inhumano, un fuego que la incineraba por dentro… una sensación de deja vú que no era capaz de ignorar. El dolor se apoderó de su cuerpo y mente, y el infierno la dominó consumiendo su forma humana para abrir paso a la bestia que habitaba dentro de ella. La batalla por la supervivencia estaba a punto de desatarse.


Wooow, fueron casi 17.400 palabras, quizás si me excedí un poco, pero la espera lo ameritaba… creo.

Espero que nadie quiera asesinarme, además de Lirio por supuesto XD

Paso a responder reviews:

Amanda: Jajaja, linda creo que sí, el capi debió titularse "Reencuentros" en plural, pero creo que el titulo era por ambos. Muchas gracias por tus alentadoras palabras!

Hamerun21: Aaaah, linda, no sé qué haría sin tu apoyo, amo leer tus comentarios. Si, Deborah no lo pasó muy bien en el capi anterior, bueno, no es que aquí lo haya pasado mucho mejor, pero creo que en algo voy esclareciendo los sentimientos de ambos. Tienes razón se viene el clímax, creo que ya lo empecé a desarrollar, por lo que se nos viene fic ^^

M. Bidden: Oooooh, que lindo eres amiguito :D creo que pensaré en la posibilidad de hacerme millonaria escribiendo jajaja, sería un sueño maravilloso XD. Pero hasta entonces lo seguiré haciendo por hobbie, aunque he de pensar que si ese sueño fuera cierto, tendríamos en el mercado historias maravillosas escritas por ti. Aquí está el otro capi, un poco tarde… pero llegó, espero que te guste tanto como el anterior.

Anamariaeugenia: Muchas gracias linda! Me alegra que te haya gustado todo, y espero que te haya gustado este también :)

Ary Lee: Jajaja, si, la educación superior es del terror! Pero ánimos para ti, sé que lo harás excepcional ;) Aaaaaaah! Creo que lloraré, en serio, amo que te gusté Piers gracias a mi fic, linda TwT… Si, hubiese sido raro, o por no decir muy raro que Deborah le atinara de una al zombi en la cabeza, es una universitaria no una soldado con entrenamiento, así que me pareció adecuado, justo después tenía que llegar Piers a salvarla, aunque tampoco pretendo que sea una damisela en peligro, ya sabes, las mujeres también podemos defendernos solas! Como siempre amo tus comentarios hermanita!

CMosser: Jajajaja, creo que ahora fui más malvada D: pero completé el drama novelero del capi anterior. Espero que te guste este capi linda! Y sigo esperando CTR ¬¬

Ale98nenita: Aquí está por fin, me demoré unos "pocos" meses, pero finalmente salió. Muchas gracias por tus palabras linda!

Rampling: (Te cambiaste el Nick, me gusta), Si, jajaja pero ahora sí ocurrió el encuentro entre ellos, la verdad es que me la pensé demasiado, quería que quedará bien sin caer en lo cursi jajaja, espero que me haya resultado. Muchas gracias por leer querida!

Beky Redfield: Muchísimas gracias por pasar y comentar, y bienvenida! Me alegra que te guste mi historia, pronto se viene el Valenfield, si es que sobreviven. :D

...

Muchísimas gracias a todos los guest también, les agradecería que me dejarán un nombre para poder agradecerles de forma más objetiva ;)

Gracias a todos por sus palabras, son las que me animan a continuar escribiendo.

Mencionar también a mis queridos: Lirio Negro, coipo y Stacy Adler, que no comentaron pero sé que me leen, los adoro!

Ahora sí, me retiro… esperando que nos leamos pronto, todo depende de mi muy jodida inspiración, a veces tengo ganas de matarla jajajaja! Supongo que nos pasa a todas quienes escribimos :P

Nos leemos por ahí! Los quieeeeroooo!

Besotes y abrazotes!

Atte. yo, o sea Jill Filth.