Holaaa, personitas.

¿Saben? Uno o dos capítulos más y esta historia llega a su fin.

Pero bueno, realmente disfruté escribirla y espero les haya gustado también.

Se cuidan mucho y los quiero :'3


Cuando Gumball se despertó por la mañana notó que algo pesaba en su cintura, para su sorpresa era el brazo del vampiro que se encontraba a su lado abrazándolo. Si se despertaba y se daba cuenta, seguro empezaría a hacer uno de sus dramas por lo que con mucho cuidado quitó su brazo de ahí y lo hizo a un lado.

Al menos ahora podría hablar con él sobre el desalojo, pero primero tenía que darse una ducha, no quería que Marshall fuera a meterse a su baño quitándole la oportunidad.

Mientras el agua caía por su cuerpo en la regadera no podía dejar de pensar en todo lo malo que estaba haciendo, era rey y sin embargo estaba tomando las peores decisiones. Estaba mintiendo a Fionna, a Fibi e incluso se estaba mintiendo a sí mismo y eso era lo peor de todo, tenía que reconocerlo, en algún punto de su historia con ese bad boy había comenzado a interesarse por él, pero hacerle eso a quien era como su hermana menor… No sería capaz, ella lo amaba.

Y lo sorprendía el hecho de que ni siquiera pensara en lo que haría Flama con él por engañar a Fibi, se le ponía la piel de gallina de solo pensarlo, las quemaduras en su cuerpo parecían arder nuevamente. No sabía si sería capaz de soportar aquello de nuevo, tal vez lo mejor sí era que Marshall se fuera, así no lo volvería a ver y no tendría más tentaciones.

Salió de bañar ya completamente vestido, no quería tener otro episodio como el que ya había sufrido en el pasado porque probablemente esta vez no querría resistirse.

Él estaba acostado en su cama todavía, pero ya había despertado.

¿En qué momento le fue a gustar este gusano sin chiste?

—Marshall, necesito hablar contigo.

—¿Qué quiere, mi rey? —dijo a modo de burla.

Como casi todo lo que le decía estando sobrio. Le gustaría ver más seguido al ebrio, honestamente le gustaba más.

—Necesito que te vayas del castillo pronto.

—¿Por qué habría de hacerlo? —preguntó alzando una ceja.

Se había sentado en el borde de la cama y ahora parecía prestar más atención a sus palabras, aunque tuviera esa actitud de rebelde todavía.

—Porque Fibi quiere que vivamos solos, como un matrimonio.

Esta vez realmente se lo estaba tomando en serio, se notaba en su expresión que indicaba que estaba pensando.

—Eso no significa que vaya a dejar de molestarte —respondió al fin.

Se levantó parándose frente a él mientras le dedicaba su típica sonrisa de malo.

—Como quieras —respondió sin darle importancia.

A decir verdad, en el fondo le alegraba que hubiera dicho eso. Debía admitir que le sorprendió que accediera tan pronto.

—Ahora tendrás a Flama para defenderte —dijo riendo —, a pesar de que fue él quien te lastimó.

—Eso ya quedó atrás. Somos familia ahora —contestó tratando de ignorar sus provocaciones.

Por supuesto que le tenía miedo a Flama, era una persona sin escrúpulos y sentimientos capaz de cualquier cosa, por fortuna él no viviría con ellos.

—Sigue engañándote a ti mismo.

Salió de la habitación dejándolo solo.

Gumball no quería volver a pensar en eso por ello comenzó a hacer sus tareas reales como gobernante, incluso recibió a algunos dulces que no pudieron ir a la boda, pero que venían felices a felicitarlo por su nueva esposa, entraban preguntando por ella y tenía que explicarles a todos que estaría ahí en cuanto terminaran unos detalles.

Por la tarde una llamada que había estado esperando lo hizo detenerse en sus obligaciones debido a que era, probablemente, lo que había estado esperando.

—¡Bonnibel! Es bueno escuchar tu voz de nuevo.

—Gumball, estoy muy cansada así que iré al punto. Encontré la solución, ahora podrás vivir con Fibi una vida normal —parecía feliz al decirlo.

¿Por qué él no se sentía igual?

—Es magnifico, Bonnie. Eso fue muy pronto…

—No quería que pasaras tanto tiempo lejos de tu esposa.

—Muchas gracias, no tengo cómo agradecerte lo que has hecho, ¿ya lo sabe Fibi?

—Todavía no, deberías darle tú la buena noticia.

—Eso haré —le aseguró.

—Te lo llevaré mañana personalmente, quiero ir a recoger a Marceline.

—¿Así que ya te lo dijo?

Se sentía un poco apenado con ella también, era su novia después de todo y él la estaba echando de su casa por los caprichos de alguien con quien todavía ni siquiera vivía.

—No tienes que sentirte mal, Gumball, es normal. Nos vemos mañana.

—Adiós.

Colgó el teléfono.

Esperaba que Marshall fuera a irse también, había dicho que lo haría, pero tendría que decirle que para mañana a más tardar debía estar fuera de su casa.

No lo había visto en toda la tarde.

Justo estaba pensando eso cuando la pluma que tenía en la mano explotó llenándolo de tinta y manchando todos los papeles a su alrededor, ahora su uniforme, su escritorio y todo lo que debía firmar se había ensuciado.

Marshall entró sin descaro alguno a burlarse, era evidente que estuvo esperando que pasara eso durante todo este tiempo. Si no fuera porque sabía que ya pronto se iría lo mataría él mismo con sus manos pintadas de azul.

—Espero que te divierta porque es tu ultima broma hacía a mí.

—¿Quién dice que es así? —dijo flotando cerca del pelirrosa.

—Bonnibel tiene ya la formula, vendrá mañana y tú tienes que irte de aquí.

—No me importa irme, puedo hacerte bromas de todos modos. Te la pasas paseando por el pueblo —apuntó.

Tenía razón, salía todo el tiempo a ver a sus dulces ciudadanos.

El vampiro se sentó sobre el escritorio tirando todas las hojas manchadas al suelo para no ensuciarse.

—¿Qué quieres de mí, Marshall? ¿Por qué te empeñas tanto en molestarme? —le dijo poniendo los brazos a ambos lados de él en el escritorio.

—Hey, tranquilo, no eres nadie especial. Yo debo molestar, deberías agradecer que no te he hecho gran cosa.

—¿Entonces por qué no vas y molestas a alguien más?

—Porque tú no quieres que te moleste y justo por eso debo hacerlo —respondió encogiéndose de hombros.

—Tú… —murmuró enojado.

—¿Qué pasa? Te ves nervioso —se acercó más —¿Acaso es por estar tan cerca de mí?

Gumball se había prometido a sí mismo ya no ceder a sus impulsos, pero esta vez Marshall no estaba ebrio y seguía ahí, a escasos centímetros suyos retándolo, sabía que esperaba que tuviera la guardia baja e hiciera algo estúpido, al menos eso es lo que pensaba.

Lo besó, no lo pudo evitar teniéndolo contra el escritorio, toda la situación era demasiado como para ignorarla, tomó tan de sorpresa al vampiro que no pudo hacer nada al respecto.

Se acercó hasta quedar sin espacio entre ellos tomándolo con fuerza de la cintura y profundizando un beso que el chico no hacía mucho esfuerzo por parar.

Sería la última vez, era una promesa, después de todo se iría en unas horas y no tendría que lidiar con su odio porque era seguro que iba a odiarlo. Cuando tenían esta clase de encuentros el pelinegro siempre estaba borracho, ahora no y eso era muy peligroso.

Lo recostó sobre el lugar tirando las pocas cosas que quedaban ahí.

Marshall parecía querer decir algo al respecto, pero apenas y lo soltaba para tomar algo de aire y enseguida volvía a besarlo.

Entonces se les acabó la diversión. La puerta se abrió dejando ver a la persona menos indicada para estar ahí en esos momentos.

—Fionna —murmuró Gumball alejándose del chico que enseguida se puso en pie para mirarla.

Ella no podía creerlo, ni siquiera sabía exactamente que acababa, pero no le gustaba nada y salió corriendo antes de ponerse a llorar ahí mismo.

Su novio salió flotando a toda velocidad tras ella mientras se acomodaba la camisa ya que el pelirrosa la había desabotonado.

—¡Fionna, espera! —gritó angustiado.

Ella no hizo caso.

Logró alcanzarla cuando salieron del palacio, solo entonces la tomó de los brazos, quería que lo escuchara, pero ella se veía muy mal, era un mar de lágrimas y no dejaba de patalear y dar manotazos para que la soltara.

—Déjame explicarte lo que pasó.

—¡No quiero tus estúpidas explicaciones! Y yo preocupándome porque se conocieran mejor —dijo con ironía.

Sacó su espada de pronto y lo golpeó con ella, no para herirlo, solo para alejarlo. Y de nuevo corrió con todas sus fuerzas.

Ya no tenía caso que la siguiera, no iba a escucharlo, la había herido. La única persona en el mundo que lograba entenderlo y que lo quería a pesar de lo que era ya no estaba más en su vida y todo por culpa del dichoso príncipe de Aaa.

Entró de nuevo hecho una furia hasta llegar al despacho donde Gumball seguía con las manos apoyadas en el escritorio y la cabeza gacha mirando fijamente al suelo.

—¿¡Qué diablos pasa contigo, Gumball!? —explotó el vampiro.

—Yo…

Era incapaz de responder, lo había arruinado, su vida se iría a la basura.

—¿¡Por qué hiciste algo como eso!? ¡Me gustan las mujeres, y Fionna es mi novia! —gritó desesperado.

Se veía muy molesto, pero no era justo que se enfadara solo con él.

—Parecías estarlo disfrutando bastante —contratacó.

—¡Por supuesto que no!

—¡Baja la maldita voz, idiota! —gritó mirándolo de frente con las manos en puño esperando poder quitarle lo altanero.

Fue el vampiro quien inicio la pelea, le saltó encima convirtiéndose en monstruo, no estaba parejos si hacía eso, pero poco le importaba, en su cabeza solo existía la palabra "venganza". Obviamente Gumball era quien estaba llevándose la peor parte, podía pelear fácilmente contra Marshall siempre y cuando no se convirtiera en eso y le triplicara el tamaño.

Lo tomó con una de sus grandes patas arrojándolo contra el escritorio y rompiéndolo en el proceso para luego patearlo hasta la estantería que tenía al fondo. No se estaba controlando.

El alboroto llegó a oídos de la señora menta quien llamó a la guardia, pero unas simples bananas no pudieron hacer mucho y retrocedieron asustados de ser golpeados también, la que pudo pararlos fue Marceline quien se terminó transformando al igual que su hermano solo para poder tranquilizarlo y detenerlo.

Marshall volvió a su forma normal, tenía un par de moretones y rasguños, nada serio en comparación a cómo se veía el pelirrosa ahora. Le echó un último vistazo y salió enojado del lugar mientras la vampiresa trataba de despertar al príncipe que al parecer había quedado inconsciente por tanto golpe.

—Llamen a un médico —pidió.

Todos corrieron fuera para conseguirlo.

Ella lo levantó y lo llevó hasta su habitación como si estuviera cargando un costal de papas, tal vez parecía algo grosero hacer eso, pero no tenía planeado cargarlo como a una princesa.

Lo dejó en su cama esperando que llegara pronto quien lo atendiera. Dejó a la señora menta con él y fue a ver dónde diablos se había metido su hermano, tenía muchas cosas que explicarle.

Pronto llegó el médico y con él, Tortuga, que al parecer estaba en la enfermería cuando fueron los guardias a avisar y decidió ir a ver cómo estaba su amigo.

Dejaron al médico hacer lo suyo y después de un par de revisiones declaró que no tenía nada serio, solo se había desmayado por un golpe en la cabeza. Tenía unas tres costillas rotas, un esguince en el tobillo derecho, además de algunos raspones y moretones, pero viviría.

Tortuga se quedó sentado en un banco al lado de su cama hasta que lo vio abrir los ojos. Todos habían vuelto a sus trabajos habituales porque debían mantener el castillo en orden y la señora menta preparaba la comida para cuando el príncipe despertara.

—Es bueno verte vivo, Gumball —le dijo cuándo volteó a verlo.

—¿Tortuga? —preguntó tratando de sentarse en la cama.

Tuvo que desistir por el dolor.

—¿Qué haces aquí?

—Escuché que te habían golpeado y vine a ver cómo estabas. Ya veo que no muy bien.

—El estúpido de Marshall me golpeó.

—¿Marshall te hizo esto? —preguntó sorprendido.

Después de todo el cariño que se habían dado, no entendía cómo terminaron así.

—Sí —respondió tomándose las costillas.

Vaya que le dolía.

Sabía que siempre estaban peleando, pero se supone que ya no y nunca habían llegado al grado de hacerse tanto daño. Todo por un maldito error de su parte, era obvio que el vampiro solo lo quería para tener sexo estando ebrio. Que idiota.

—¿Qué pasó?

—Estábamos a punto de hacerlo sobre el escritorio —paró un segundo para moverse haciendo muecas —, Fionna entró y nos vio. El mayor problema es que Marshall estaba sobrio y comenzó a reclamarme, entonces le respondí y comenzamos a pelear.

—Y te molió a golpes.

—Es fácil cuando te puedes transformar en un monstruo gigante —contestó irritado.

—Vaya, Gumball, parece que arruinaron su… —lo pensó un segundo —Lo que sea que tuvieran.

—Eso parece —suspiró —. Me preocupa más Fionna, ella es la niña de mis ojos y ahora seguro que me odia.

—¿Quieres que lo averigüe por ti?

—¿Harías eso? —preguntó esperanzado.

—Por supuesto. Vuelvo en un rato.

Le dijo adiós con la mano y salió del cuarto, no podía creer que esos dos hubieran terminado tan mal.

Apenas iba dando vuelta cuando un diablillo apareció en su vista y por poco suelta un grito, lo que sí hizo fue caer de espaldas al piso.

El pequeño ser lo envolvió con sus brazos y pasó por el portal que había abierto y que se cerró en cuanto ellos entraron.

Sabía a donde iban, aunque no estaba seguro de querer ir.

Un hombre de cabello negro y voz atemorizante lo llamó sentado en su trono viéndolo hacía abajo como a todos los demás. El diablillo se había alejado, pero no se fue; en realidad había al menos veinte seres iguales alrededor viendo como temblaba antes el mismísimo rey de la nocheosfera.

—¿Y bien? Ya deberías saber algo.

—Yo… —se armó de valor todo lo que pudo —No quiero seguir haciendo esto. Está mal, y no revelaré nada de lo que sepa, se lo debo a un amigo.

Hudson Abadeer quedó sorprendido por la estupidez del chico. Lo había contratado para que le reportara si su hijo estaba haciendo un buen trabajo, eso era todo lo que tenía que hacer y ahora se negaba a cooperar por lo que le iba a salir muy caro su osadía.

—Encerradlo. Ya saben qué hacer —dijo sin necesidad de levantar la voz —. Terminará por hablar.

Todos lo obedecieron y en un segundo se vio rodeado de diablillos que lo tomaron con fuerza y lo llevaron hasta una celda donde lo único que había era una silla con correas. Lo dejaron ahí amarrado mientras cada uno de ellos se dedicó a hacerle algo distinto según fuera su especialidad.

Uno lo quemaba con su cola que estaba en llamas, otro golpeaba sus manos con un martillo rompiéndole los dedos uno por uno, el siguiente golpeó su abdomen con una varilla y así sucesivamente.

Él era un espía, uno que había renunciado a su trabajo para no traicionar a su amigo y que ahora estaba a punto de rendirse ante tanto dolor.

No lo soportó, terminó diciendo todo lo que sabía sobre Marshall, incluida su relación clandestina con Gumball. Solo entonces consiguió que lo dejaran tranquilo, que lo soltaran y lo dejaran en algún punto del reino de Aaa abandonado, esperando morir o ser rescatado si tenía suerte.

Casi no podía moverse, pero veía el castillo desde ahí, no faltaba mucho así que trató de llegar, apenas había puesto una mano en el suelo y se desmayó al sentir el daño hecho a su cuerpo. Quería avisarle que tuviera cuidado, sin embargo, no iba a poder llegar a tiempo.

Gumball seguía tirado en su cama sin poder levantarse.

Un ruido lo asustó, parecía haber una especie de discusión en su sala. Le dolía mucho el cuerpo y no quería intervenir ya que ni siquiera habían ido a hablarle, pero como gobernante hay cosas que debes hacer y mediar problemas era una de ellas.

Sin contar que estaba cansado de tantos problemas, solo en ese día ya había terminado así. Bajar las escaleras fue un verdadero dolor, creyó que no llegaría.

En la sala se encontraba Hudson Abadeer en persona junto a Marshall, su padre parecía muy molesto y él muy aterrorizado.

—Vas a venir quieras o no, niño —amenazó.

Podía dejar que se lo llevara y así librarse de él de una vez por todas, vengarse por lo que le había hecho, todas las heridas y el dolor, el único problema es que él no era así.

De modo que entró y enfrentó cara a cara al hombre que estaba haciendo tanto alboroto en su casa y que al parecer tenía asustados a todos sus sirvientes.

—¿Qué hace aquí, señor? —preguntó lo más amable que pudo.

—Eres igual de decepcionante que tu hermana —continuó sin prestarle atención al pelirrosa.

Marshall sí lo había visto.

—Lo lamento…

—Es mejor que vengas por tu propia cuenta, lo sabes.

—No me obligues a esto, por favor. No es lo que piensas —se excusaba tímidamente.

Nunca lo había visto así, estaba temblando.

Se acercó más hasta quedar frente a él de modo que no tuvo más remedio que voltear a verlo.

—Le pido que se retire y deje a mis invitados en paz. Marshall está aquí porque yo así lo quiero y usted no tiene ningún derecho a…

—¿Quién te crees que eres? —lo interrumpió —Solo porque te hayas acostado con él no tienes que defenderlo.

Gumball se quedó boquiabierto, no tenía idea de cómo es que sabía eso.

—¿Qué dice? Yo no…

—¡No mientas! —exclamó —Ya lo sé todo.

—Si me dejaras explicarte —volvió a empezar Marshall.

Un golpe lo tiró al sillón y no quiso levantarse de ahí. Tenía mucho miedo, su padre enojado daba miedo, era cruel y controlador, si iba con él era capaz de causarle mucho sufrimiento.

—No haga eso, era totalmente innecesario —dijo el pelirrosa.

—Será mejor que no te metas o terminaré por llevarte a ti.

—Hazlo —se oyó decir al pelinegro.

El príncipe no podía creerlo, tenía que estar bromeando.

—¿Qué estás diciendo?

Apretó los puños en sus rodillas sin atreverse a mirarlos.

—Llévalo a él y déjame quedarme para seguir aterrorizando gente como tú quieres —pidió.

Hudson pareció pensarlo.

Al fin tomó a Gumball con un brazo y tras transformarse en bestia salió volando de ahí. El chico no tuvo tiempo ni de gritar, todo había ocurrido demasiado rápido.

Marshall sabía que no estaba bien lo que acababa de hacer, era un cobarde.

Fue por una botella de vino que se encontraba en un mueble de la sala, se acostó en el sillón y comenzó a beber.

No volvería a verlo, eso era seguro.

Marceline apareció poco rato después, al parecer había pasado todo el día buscándolo y él estuvo todo el tiempo en el castillo.

—¿Qué haces bebiendo de nuevo, Marshall? —lo regañó.

—Lo necesitaba.

Ella solo rodó los ojos, ya se estaba acostumbrando a esto.

—Iré a ver cómo sigue Gumball.

—Él no está.

—¿A qué te refieres? No puede salir de cama todavía.

—Lo entregué.

Una lágrima resbaló por su mejilla mientras se tomaba todo lo que quedaba del alcohol.

—Marshall, estás asustándome.

Se acercó quedando a pocos metros de él.

—Di su vida por la mía. Dejé que papá se lo llevara y todo porque soy un cobarde que no puede admitir que le gusta otro hombre —ahora sí estaba llorando —. Lo arruiné todo, Marcy, ahora no volveré a verlo. Nadie lo hará y todo porque no quise sufrir más daño.

—Cómo pudiste…

Marceline estaba comenzando a entrar en pánico, conocía muy bien a su padre y sabía que al pelirrosa no le esperaba nada bueno. Era obvio que había perdonado a su hijo porque nadie es capaz de entregar así a otra persona para salvarse a sí mismo.

—Él me defendió y yo lo traicioné.

Lo abrazó.

Sacaría a su amigo de ahí. No tenía idea de cómo, pero no podía dejar que Gumball sufriera así, no después de todo lo que habían pasado, todo porque tenía un hermano cobarde.

Estaba molesta con él, pero lo entendía porque conocía de lo que era capaz su padre incluso con sus propios hijos.

Tendría que pedir ayuda.