CAPÍTULO INDEPENDIENTE III: DEPARTAMENTO DE SEGURIDAD MÁGICA
En aquellos días posteriores a la guerra, tras el día de la Gran Derrota, el departamento de Seguridad Mágica era un absoluto descontrol. Squire Robinson, antiguo auror de unos sesenta años -mano derecha de Kingsley en la Primera Guerra Mágica y viejo conocido del difunto Alastor Moody- fue nombrado Jefe de la Oficina de Aurores, teniendo que lidiar por tanto con el caos imperante. Aunque posteriormente lo criticarían porque había sido elegido a dedo, lo cierto es que durante las primeras horas consiguió realizar una enorme purga de trabajadores que se encontraban bajo los efectos de la maldición Imperius. De hecho, sus primeros informes denotaban la gran podredumbre que reinaba en el Ministerio.
Squire era un tipo bastante serio, con unos modales chapados a la antigua. Un superviviente nato de la Primera Guerra Mágica que se había refugiado en Estados Unidos por la amenaza del por entonces corrupto Ministerio de magia en la Segunda Guerra Mágica por la amenaza hacia sus hijos, ya que se había casado con una muggle africana. Según sus más allegados su principal destreza recaía en la Defensa contra las Artes Oscuras. De hecho, Albus Dumbledore, en el año 1 997 le había ofrecido el puesto de profesor, a lo cual se había negado por suponer un enorme peligro a su integridad física.
Robinson, Squire Robinson, tenía un carácter militar -si tuviéramos que definirlo de alguna manera- todos los que le conocían se ponían bastante tensos en su presencia, por su habilidad y por su gran capacidad legeremántica. Esbelto, flacucho y con enormes dotes de mando, había dedicado gran parte de su vida a la persecución de magos oscuros. Educadoen Hogwarts y contemporáneo del viejo Ojoloco, se vio obligado a huir en 1 998 a los Estados Unidos de América.
En su despacho, delante de un enorme ventanal -hechizado para que el mismo tuviera vistas-, había un enorme escritorio de madera con sendos rollos de pergaminos. Cansado, dejó la pluma en el tintero y miró su reloj de muñeca, el cual era de oro.
-Las doce y media -dijo en un susurro mientras maldecía para sus adentros el Ministerio de Magia. Cuando había aceptado el puesto de Jefe de la Oficina de Aurores, había creído, erróneamente, que aunque el trabajo fuera duro, no iba a llegar a tales extremos.
El viejo auror sacó del bolsillo interior de su chaqueta un paquete de tabaco arrugado para llevarse un cigarrillo a la boca. Junto a la primera calada se recostó en su asiento. Estaba completamente extenuado, el día había sido bastante largo y aun quedaban un par de informes por revisar. El humo se perdió, difuminándose por toda la habitación. Con los ojos en blanco respondió a los dos toques que dieron a la puerta.
-Adelante.
Justo al terminar de dar su consentimiento, apareció la señorita Persian Portis,la secretaria del Ministro de Magia en funciones.
-Señor Robinson, el ministro desea verle en su despacho.
-¿Qué quiere ahora ese mandón de Kingsley?
-No estoy autorizada, ni tengo esa información-respondió esta sonriendo ante el tono cascarrabias de su interlocutor.
Persian era una chica joven que rondaría los veinte años. Además de ser una trabajadora leal y concienciada con la causa, era bastante atractiva. Tenía una sonrisa espectacular y sabía sacarse partido.
Divertida, le dedicó una última mirada al Jefe de los Aurores y se marchó. Pocos minutos después, refunfuñando, se levantó de su silla para salir. Al cerrar la puerta, le dio a la cerradura un toque con su varita haciendo que esta crujiera. Si por algo se caracterizaba, era por extremar las medidas de seguridad.
El despacho del ministro no quedaba muy lejos, de hecho se encontraban en la misma planta. A paso ligero y aferrando con fuerza su varita, cruzó los pocos metros de separación y entro en el despacho de Kingsley Shaclebolt sin llamar si quiera.
-¿Qué ha pasado ahora? -preguntó en tono severo.
Cuando alzó la mirada vio a un Kingsley bastante serio y algo más delgado. Squire suponía que el trabajo duro en el Ministerio le estaba dando más de un problema. El Jefe de Aurores recordaba que en los tiempos posteriores a la Primera Guerra, el Ministerio había tenido mucho que hacer debido a las contínuas desapariciones derivadas de ajustes de cuentas.
-Ha comenzado -afirmó el Ministro.
-¿A qué te refieres Schalebolt?
-Ventiliatta Jarret, la Jefe del departamento de control y regulación de Criaturas Mágicas ha desaparecido en un bosque Escocés, no muy lejos del Lago Ness.
-¿Extraño, no?
-Si, jamás se ha percibido actividad mágica por allí.
-¿Ahora sí?
-No, eso es lo extraño.
Squire le dio una calada a su cigarrillo mientras le daba vueltas a la situación. Era poco menos que interesante.
-¿No llevaba escolta?
-No, no hay suficiente personal para eso.
-Deberías de hacer algo.
Kingsley hizo caso omiso al requerimento de Squire.
-Tenemos el testimonio de un muggle. Está bastante impactado por lo sucedido. Dice que oyó gritos.
-¿Nombre?
-Joseph Cruckflood, desciende de la nobleza de York.
-Vaya, un noble… -dijo Squire con una sonrisa, -deberemos de sacarle toda la información que podamos.
-Céntrate en los medios legales.
El viejo auror asintió con la cabeza. Como todo buen Slytherin, aunque de ideales limpios, era bastante astuto y pensaba, al igual que Maquiavelo, que el fin justifica los medios. Hecho que le había granjeado respeto y temor a partes iguales.
-¿Puedo hablar con él?
Kingsley sonrió y sacó un viejo cuaderno que Squire supo de momento que era. Sonrió y terminó de fumarse el cigarro.
-Es un traslador, tienes tres segundos. Ahora dos. Buena suerte.
-Maldita sea -masculló mientras agarraba con velocidad el viejo cuaderno.
Justo en ese momento, el traslador se activó dando paso a una vertiginosa espiral que hizo desaparecer por completo a Squire Robinson. Aún en su despacho, el Ministro de Magia en funciones observó con cara de circunstancias las cenizas esparcidaspor la abrupta desaparición.
-Buena suerte -susurró Kingsley Shaclebolt antes de volverá enfrascarse en sus pergaminos.
[…]
El viaje fue estremecedor, pero más estremecedor fue la bocanada de aíre frío que Squire sintió al volver a apoyar sus pies en el suelo.
-Bienvenido señor Robinson, estábamos esperándole -dijo una voz que provenía de un lugar indeterminado no muy lejano.
Este saludó con la mano al auror que tenía justo en frente suya mientras daba un par de pasos hacia delante. Pensativo, intentó acordarse del nombre de su interlocutor, pero fue imposible. Aunque le daba importancia a los hombres que tenía a su mando, era incapaz de acordarse de los nombres de sus subordinados.
-¿Dónde está el señor Cruckflood? -preguntó el superior mirando a su alrededor en "alerta permanente".
-Un poco más adelante -dijo señalando el lugar exacto, -el Ministro nos ha ordenado montar un destacamento permanente.
Juntos caminaron durante cuatro o cinco minutos -que Squire aprovechó para fumarse otro cigarro- hasta llegar a un campamento improvisado con tres tiendas de campañas. El auror reconoció a cuatro de sus hombres y a un quinto, que supuso que sería el desciende de York.
-Buenas noches, soy Squire y soy el jefe de policía del condado -saludó.
-¿Qué le ha pasado al viejo Thomas? -contestó el anciano decrépito con curiosidad. Tenía los ojos saltones y un aspecto bastante anciano. -¿Se ha jubilado?
-En efecto -contestó el auror disimulando. No tenía ganas de tener que llamar al destacamento de reversión de accidentes mágicos, por lo que ocultarían a toda costa su condición. -Dígame, ¿qué ha escuchado?
-Los gritos de una mujer que pedía socorro -contestó. -Eran bastante claros, aunque aquí con la cantidad de lobos que ahí y que aúllan con fuerza, es complicado gritar por encima de ellos.
-¿No decía nada en particular? -inquirió con curiosidad.
-No,lo cierto es que parecían ser exclamaciones de terror y de socorro.
-Está bien señor Crucflood, ¿le importaría quedarse aquí para poder garantizar su seguridad?
Este afirmó en silencio con la cabeza.
-Chicos, uno de vosotros vendrá conmigo. Haremos una barrida rápido por la zona y esperaremos a mañana. Vamos.
Uno de sus subordinados se acercó a él sonriéndole. Squire, que admiraba la valentía le dio una palmada en el hombro para después cubrirse el rostro con la capucha de la capa del departamento de Seguridad Mágica.
-Si entramos en problemas y no tenemos escapatoria física, no dudes en Aparecerte -ordenó.
El viento corría con fuerza y el frío y la humedad calaban hasta los huesos. Con gesto severo y serio, superior y subordinado andaban a toda velocidad alumbrando con las varitas el camino a seguir.
Tardaron pocos minutos en descubrir la primera pista.
-Señor a mi izquierda veo huellas.
-Está bien, quédate quieto mientras las observo y aumenta la potencia de iluminación.
-Pero señor podríamos desvelar nuestra posici…
-Es una orden, chico.
Con más luz que antes, el viejo auror se agachó con rapidez -para su edad- y observó el número de huellas, su frescura, etcétera.
-Hay tres tipos de huellas y una de ellas deja de ser visible en este revoltijo. Parece que hubo una especie de pelea. Lo cual me lleva a pensar que no se enfrentó a magos. ¿Pero por qué no uso magia?
El auror más joven se encogió de hombros. Mientras,Squire recordó que tenía que haberle preguntado al ministro el por qué de la estadía de la trabajadora ministerial en aquel bosque.
-Sigamos.
Avanzaron pocos minutos más hasta un claro dentro del bosque.
-Señor, hay marcas en los árboles.
Curioso,Squire se acercó a uno de ellos y observó lo que parecían ser cortes bastante profundos.
-Aquí si hubo una pelea. De hecho aparecen las huellas de la que presumo será la víctima y desaparec… ¡Joder! -exclamó el auror que por poco pierde el equilibrio debido a un bulto en el suelo.
-¿Se encuentra bien?
-¿Pero qué demonios es esto?
Cuando el chico miró, bajando la mirada en dirección al suelo, encontró a un ser humano tendido, inerte. El único problema era que no era normal, ya que tenía más pelo de la cuenta y el morro mucho más prominente que la media.
-Hoy no es luna llena, ¿verdad? -dijo Squire mirando al cielo.
-No señor…
