MASHED POTATOES
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Disclaimer: Los personajes pertenecen a Meyer. Solamente me adjudico la historia y algunos personajes
Beteado por Lucero Silvero (Betas FFTH)
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Capítulo XII
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La casa de los Cullen era mucho más grande que la nuestra; una de las más bonitas en todo el barrio y todo se debía a la remodelación que James Vanderson había realizado cuando se mudó allí hace un par de años, cuando sus hijastros eran pequeñas criaturas inconscientes de las consecuencias que traería ese hombre en sus vidas.
Crucé con valentía la calle y concluí que tocar la puerta sería una mala idea, así que tomé la decisión de espiar por unos segundos a través de la ventana. Hasta entonces, no me había dado cuenta del viento helado que corría esta noche.
El vidrio de la ventana no era lo suficientemente grueso para evitar que escuchara la discusión que se planteaba en la casa, y eso me sorprendió.
Allí estaban el señor Vanderson, la señora Cullen y Edward.
— ¿Cómo has podido descuidar a tu hermana de esa forma? —Comenzó la discusión el señor Vanderson—. ¿Cómo has podido dejar que esto sucediera bajo tu presencia?
— ¡Yo no tenía idea! —exclamó Edward que, para mi sorpresa, le miraba desafiante.
Esto, obviamente, enfureció al señor Vanderson.
— ¿Cómo te atreves a contestarme así? —gruñó y le propino un golpe en el rostro. Contuve un grito.
— ¡Ya es suficiente, James! —le gritó Esme, afligida—. ¡Ha sido un terrible error, pero es mi hijo! ¡Puedo tolerarlo una sola vez, pero no dos!
¿Se refería a las golpizas? ¿Ella sabía de ellas? ¿Una sola vez? ¿Entonces no sabía de todas? ¿Por qué las aprobaba? ¿Por la misma razón que Edward las justificaba?
— ¡Lo castigaré a mi modo porque por su culpa ha ensuciado el nombre de esta familia! ¿Cómo ha podido dejar que su hermana quedara embarazada en ese baile?
¡¿Alice estaba embarazada?! ¡¿Por lo que pasó después del baile?!
— ¡Pero no es la forma de castigarlo! —bramó Esme, molesta.
— ¡No me dirás cómo hacerlo!—contestó el señor Vanderson enfurecido y esta vez golpeó a la madre de Edward en el rostro, tirándola al suelo.
Oh, Dios. Oh, Dios. Oh, Dios. ¡Tengo que hacer algo!
Edward vio esto y en un arranque de ira, se abalanzó contra el señor Vanderson para golpearlo.
Finalmente Edward se estaba animando a lo que siempre había temido; estaba enfrentándolo. ¡Edward estaba peleando con el señor Vanderson!
Pero él parecía tener más destreza y terminó por golpear a Edward en las costillas, sabiendo que aquella zona la tenía lastimada. Edward gritó de dolor y cayó en el suelo, no sin antes tirarle de la camisa al señor Vanderson para arrojarlo al suelo con él.
Esto estaba saliéndose de control. Tenía que hacer algo. Tenía que parar esto.
En un momento de desenfreno, de temor y pánico, decidí ir hasta la puerta y tocar el timbre varias veces, para luego aporrearla como si de esa forma les alertase que su discusión estaba siendo escuchada y que pararan de una vez con eso.
Pero luego me di cuenta que era una completa estupidez hacerlo, porque en el momento en que el señor Vanderson me encontrara… ¿qué haría conmigo?
Cuando oí que paraban y unos pasos se acercaban a la puerta, decidí que era una pésima idea y corrí hasta la esquina de la casa para ocultarme. Quería ir a mi casa, cruzar la calle y avisarle a mi padre lo que estaba sucediendo, pero correría el riesgo de ser vista por el señor Vanderson.
Él abrió la puerta y recé a Dios que no me buscara para saber quién había presenciado todo el ajetreo en la casa. Sus pasos se hicieron presentes y sentí ganas de gritar y salir corriendo.
Mi corazón saltó con horror cuando él me encontró oculta en la esquina de su casa. Me miraba con malicia.
— S-Señor Vanderson, y-yo… —me tiré al suelo, con la respiración agitada, esperando que no fuese otra víctima más de sus golpes.
¡Que alguien me ayude!
— ¿Has estado oyendo, Isabella? —me preguntó, acercándose paso a paso a mí, con una mirada que helaba por completo.
Justo cuando mi cuerpo me pedía con impaciencia y locura que gritara, una voz llamó nuestra atención.
— ¡Quita tus manos de mi hija!
¡Era mi padre!
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El día lunes, fue un día particularmente especial y renovador en las clases.
Después de que mi padre tuviese suficientes pruebas con la escena que había presenciado, el testimonio de Edward y la acusación de la señora Cullen que era completamente ajena a los maltratos para con sus hijos, James Vanderson fue multado a pagar una suma considerable de dinero y condenado por el pueblo entero. La señora Cullen le pidió el divorcio y se vio obligado a abandonar a la familia, después de tantos años de pertenecer a ella.
Ninguno lamentó su partida. Edward nunca me había contado al respecto, pero Emmett, el hermano mayor cuya presencia yo ignoraba completamente, también se veía sometido al maltrato de Vanderson.
Tal y como había sospechado desde aquella noche, Alice había cobrado las consecuencias de una vida bajo tendencias promiscuas y había quedado embarazada en la noche del baile. Se sabía que la familia Cullen y la familia Hale esperaban que sus hijos se casaran, pero yo no tuve la oportunidad de hablar demasiado con ella porque había dejado de ir a la escuela.
En realidad, ninguno de los Cullen asistió a clases en lo que restaba de la semana, ahora que el pueblo entero sabía que habían sido maltratados por aquél vil hombre que terminó por abandonar el pueblo debido a su pésima reputación actual.
Mientras abría mi casillero para guardar un par de cuadernos, oí que aquellos que solían ser mis amigos molestaban a Ángela Weber, ahora que el rumor de que ella había sido quien nos acusó esa noche en el baile se propagó por toda la escuela.
Muy en el fondo, sabía que ella me había hecho un gran favor al ponerle un freno al ritmo de vida que estaba llevando en ese entonces; así que no justificaba el acoso hacia ella por el simple hecho de que no justificaba el acoso a ninguna persona.
Interferí en la discusión y la pandilla me observó con asombro.
— Dejen de molestarla ya, no vale la pena —suspiré, restándole importancia.
Me miraron de la misma forma en que me habían observado aquella vez cuando Edward me presentó al grupo entero: con indiferencia. Muy en el fondo, ellos eran amigables conmigo únicamente porque yo estaba con Edward. No sentían empatía por mí en lo absoluto.
Se marcharon sin decir nada, porque eso era lo que había quedado de nuestra amistad: nada.
Ángela Weber, con cierta timidez y una sonrisa que comenzaba a dibujarse en la comisura de sus labios, me agradeció.
— Gracias, Bella.
Le miré a los ojos, completamente seria.
— Sé que me hiciste un gran favor esa noche y te lo agradezco, pero eso no nos convierte en amigas, porque sé que tus verdaderas intensiones no eran tan valerosas como todos creen —dije.
Ella quedó muda, porque sabía perfectamente que yo estaba en lo cierto. Ángela Weber nunca intentó ayudarme; nunca pretendió ser la salvadora de pobres inocentes. Ella quería arruinar mi relación con Edward. Podía verlo en la forma en que ella lo miraba: lo seguía amando.
Mi humor no era especialmente optimista, pese a que Edward ya no fuese sometido al maltrato del señor Vanderson, únicamente porque aquella noticia era opacada por una más trágica: La familia de Edward, con todo el escándalo que llevaban encima en este pequeño pueblo, habían decidido mudarse a Luisiana.
Desde el patio de mi casa podía observar la gran mudanza que llevaba realizando la familia de Edward. Al principio, quise protestar ante esta idea pero ¿qué podían hacer? La señora Cullen se sentía avergonzada por su tremenda ceguera en toda la historia. ¿Cómo se le iba a pasar por alto que sus hijos se viesen maltratados de esa forma? ¿Y cómo solucionarían todo el rollo de Alice que planeaba tener ese bebé junto a Jasper?
Los Hale no reconocían a Alice ni lo que Jasper había hecho, así que él terminaría por mudarse junto a la familia de ella a Luisiana.
Mallory decía que cada uno llegaba a esta vida por una razón y aunque fuese muy temprano para ella, el Señor la había bendecido y la familia Hale lo reconocería tarde o temprano.
Lo único que me mantenía optimista era saber que la escuela terminaría en unos meses; me enfocaría en estudiar para entrar a la Universidad Estatal de Luisiana, donde podría pasar el resto de mis años universitarios en compañía de Edward.
No le había comentado mis planes todavía, porque aún no habíamos hablado al respecto; pero daba por sentado que ambos estudiaríamos en la misma Universidad.
Mi padre dejó que Edward me visitara en el dormitorio un día antes de su mudanza oficial. Uno creería que iba a dejar que Edward y yo tuviésemos una despedida oficial, pero ése no era el caso ya que se encontraba en el primer piso hablando con la madre de Edward.
— Muy en el fondo, sospeché de Tanya —le dije a Edward – quien estaba sentado a mi lado de la cama – respecto a Ángela Weber—. Creí que se había vengado de mí por haberle dicho al rector que ella había fumando en el baño con sus amigas.
— Al menos me iré sabiendo la verdad —se rió él encogiéndose de hombros y yo lo acompañé.
Estaba abrazando mi almohada mientras me mordía el labio; debíamos hablar.
— Entonces, ya he estado haciendo mis planes para entrar a la Universidad estatal de Luisiana —solté, desplegando una gran sonrisa. Él se sorprendió—. Papá dice que podrá pagármela. Quería que estudie aquí, pero le gusta la opción de estudiar en un lugar donde no vivan ninguno de mis padres.
Este último detalle me hizo reír porque él preferiría que viviese en compañía de los Cullen, en vez de Phil y Reneé.
Edward frunció sus labios, concentrado.
— Porque… vamos a estudiar juntos, ¿verdad? —le pregunté yo, sintiendo que si decía que no, algo muy feo estrujaría mi corazón.
Él no iba a darme una respuesta positiva y eso me heló por completo.
— Bella… yo… no voy a estudiar en la Universidad —dijo con lentitud.
Solté la almohada de entre mis brazos. Me miró fijamente a los ojos.
— Me enlistaré en el ejército —terminó por contar.
En un rato subo el epílogo {:
