Los personajes de Naruto no me pertenecen, si no a Masashi-Sama. La historia tampoco me pertenece, es una adaptación.

CAPÍTULO X

Los días siguientes al rotundo fracaso de su intento de huida, Hinata no volvió a ver a Kurama. Sin embargo sentía su presencia, tan ineludible como el apagado rugido del mar.

Aunque al despertar por la noche de su sueño inquieto escudriñaba las sombras sólo para descubrir que estaba sola, cada día Konohamaru le llevaba algún nuevo tesoro sacado del arcón mágico y al parecer inagotable de Kurama: un cepillo y un peine dorados con incrustaciones de madreperla, una primera edición de la Historia de los Insectos de René de Réanmur encuadernada en piel de becerro, una bañera redonda de madera llena de agua aromatizada.

La aldea, sus hermanas, e incluso su amado padre, estaban empezando a palidecer bajo la sombra de Kurama, como fantasmas de otra vida. Era como si hubiera sido su esclava mimada no unos días sino siglos.

Su única compañía eran Konohamaru y Toby, y ninguno de los dos era muy comunicativo acerca de su captor.

Konohamaru la entretenía contándole historias de su animosa tía abuela Taif, y se entretenía él pidiéndole que le revelara algunas de las aventuras amorosas más moderadas de Shion y los planes de Fuka para cazar un nuevo marido. Ponía especial atención siempre que ella hablaba de Kitty, aunque siempre tartamudeaba alguna disculpa par marcharse cuando ella mencionaba a Niall, el pícaro pecoso que le robara la inocencia a su hermana.

Toby, por su parte, simplemente se enrollaba en un enorme ovillo peludo a los pies de su cama y pasaba durmiendo las largas horas del día.

Ella le envidiaba la indolencia al gato, porque cada dos por tres se sorprendía paseándose inquieta por la habitación. Aunque Konohamaru continuaba llevándole comidas deliciosas, preparadas con las mejores ofrendas que podía proporcionar la aldea, con más frecuencia que menos no sentía apetito, y se pasaba el rato moviendo la comida de un lado a otro del plato.

Una mañana Konohamaru entró en la habitación tambaleante bajo el peso de una larga carga envuelta en una sábana. Ella bajó de un salto de la cama, sin poder disimular una infantil expectación, expectación que no sentía desde las mañanas de Navidad de antes que muriera su madre. Lo único que se veía de ese nuevo tesoro era un par de patas doradas que parecían garras de dragón cerradas alrededor de bolas de oro. Con un gruñido de alivio, Konohamaru dejó el regalo apoyado en la pared al lado de la mesa, después sacó un papel doblado del bolsillo de su chaleco y se lo entregó.

Mientras Konohamaru se secaba el sudor de la frente, ella pasó la uña bajo el sello de lacre rojo sangre. En el cremoso papel vitela estaba escrita una sola frase: « Sólo deseo que se vea como yo la veo».

—¿La quito? –dijo Konohamaru sonriendo, listo para quitar la sábana.

—¡No! –exclamó ella, adivinando de repente lo que había debajo.

Aunque Konohamaru pareció desconcertado ante su negativa a que descubriera el regalo de Kurama, tuvo el tacto de no volver a mencionarlo.

Esa noche, mucho después de que Konohamaru le llevara la cena y se marchara, ella bajó el libro, disgustada consigo misma por haber leído ocho veces el mismo párrafo. Le era imposible concentrarse en la lectura cuando sus pensamientos volvían una y otra vez a la última visita de Kurama y sus ojos no paraban de mirar hacia su último regalo.

No podía dormir, no podía comer, ni podía leer. Si no fuera una idea ridícula, pensaría que estaba sufriendo de amor. Dios sabía las veces que había visto los síntomas en Shion: las frecuentes miradas soñadoras, la apática falta de apetito, los desolados suspiros.

¿Pero cómo podía estar enamorándose de un hombre al que jamás le había visto la cara? ¿Un hombre que para ella sólo era una voz humosa, una caricia seductora, un embelesador beso?

Se pasó un dedo por los labios, atormentada por un viejo temor. Tal vez era tan vulnerable como Shion a las tentaciones de la carne. Siempre se había creído inmune a esa seducción, y sin embargo había bastado un solo beso de los labios de Kurama para derretirle la voluntad y hacerla ansiar sus caricias.

Desvió la vista del regalo hacia el plato que había dejado abandonado en la mesa, sintiendo el conocido deseo de zamparse de un solo bocado lo que quedaba de su cena.

Se levantó lentamente, pero en lugar de ir hacia la mesa, se acercó al regalo tapado.

Antes de perder el valor, estiró la mano y quitó la sábana.

Ante ella estaba un espejo de cuerpo entero de purísima plata batida, en un hermoso marco de caoba tallada. Podría haberse detenido a admirar su belleza si su atención no hubiera sido cautivada por la mujer reflejada en su pulida superficie. La luz de las velas centelleaba en sus cabellos oscuros y azulados; una bata de seda oriental le caía sobre sus generosas curvas; tenía las mejillas sonrosadas, los ojos luminosos, los labios húmedos y entreabiertos.

No se parecía en nada a la rolliza hermana de mandíbula cuadrada de tres beldades legendarias.

No parecía la cautiva de un loco cruel.

Parecía una mujer a la espera de su amante.

Con las manos temblorosas, volvió a poner la sábana sobre el espejo, convencida de que tenía que estar tan embrujado como el hombre que se lo había regalado. No sólo ansiaba las caricias de un desconocido sino que estaba además en peligro de convertirse en una desconocida para sí misma.

Ya avanzada la noche, se sentó en la cama sin lograr saber qué la había despertado. Esa noche no le hacía falta escudriñar la oscuridad en busca de la sombra de Kurama, por la ventana entraba la luz de la luna llena, bañando en un resplandor espectral la habitación.

Oliscó el aire, pero no detectó ni un asomo de humo de cigarro.

Ladeando la cabeza, aguzó el oído, pero lo único que logró oír fue el apagado rugido del mar. Se levantó y fue hasta la ventana, atraída por su canto de sirena.

Kurama podía haber ordenado que volvieran a poner la reja, quitándole toda esperanza de libertad, pero subiéndose a la mesa y poniéndose de puntillas, por lo menos podía contemplar la espectacular vista de la luna y el mar e inspirar el aire salino hacia sus resecos pulmones.

De pronto se le quedó el aire atascado en la garganta. Un velero venía abriéndose paso por entre las blancas crestas de las olas en dirección al castillo. Con sus hinchadas velas brillantes como alabastro a la luz de la luna, no parecía más sustancial que un velero fantasma cargado con los espíritus de los muertos.

Pestañeó maravillada, medio esperando que el velero se desvaneciera antes sus ojos.

—¡Echad el ancla, muchachos!

Ese grito muy humano fue seguido por un potente chapoteo y la aparición de una lancha que bajaron hasta el agua.

—¡Eh, ahí! —gritó ella, doblando los dedos en la rejilla—. ¡Socorro! ¡Estoy aquí arriba! ¡Auxilio, por favor! ¡Me tienen prisionera!

Y así continuó gritando, saltando sobre las puntas de los pies, desesperada porque la oyeran, mientras las oscuras figuras a bordo de la lancha empezaban a remar hacia las cuevas metidas en el acantilado bajo el castillo, dejando atrás una brillante estela plateada.

Estirando el cuello, observó la lancha hasta que desapareció de su vista, y luego se dejó caer desplomada de rodillas sobre la mesa.

Podía gritar hasta quedar lela, pero eso no le traería la liberación, porque ésos eran los hombres de Kurama, y ése era su barco. El velero explicaba cómo él se había apoderado del castillo sin que se enterara ni una sola alma en Konohakure. Explicaba cómo se las había arreglado para introducir furtivamente en el castillo todos sus lujos hedonistas: la hermosa cama de cuatro postes tallados, el colchón de plumas, las velas de cera de abeja..., tal vez incluso el espejo que reflejaba sólo lo que él quería que ella viera. Y explicaba cómo escaparía una vez que le hubiera extraído a la aldea lo último de su oro y su orgullo.

En otro tiempo ella había sonado con un barco así. Un barco que se la llevara lejos de Konohakure, a un mundo donde viejas y mohosas bibliotecas contenían vastos tesoros encuadernados en piel; un mundo donde salones con hermosos tapices resonaban con conversaciones inteligentes e ideas atrevidas; un mundo donde un hombre podía mirar a una mujer en busca de algo más que una cara acorazonada o la delicada finura de su cintura.

Y de pronto comprendió de quien era ese mundo. Era el mundo de él, de Kurama.

Saltó de la mesa y empezó a pasearse por la habitación, ciega a todo lo que no fuera su creciente furia. Era posible que él se marchara sin siquiera tomarse la molestia de liberarla; los aldeanos ya la creían muerta. ¿Qué más les daba a ellos que se la comiera un dragón o se pudriera en esa elegante prisión? Él podía dejarla pudrirse ahí metida en el vestido de una de sus amantes desechadas, mientras él volvía a ese mundo elegante de bailes y salones, un mundo que ella nunca conocería.

Con las manos temblorosas por la reacción, buscó la caja de cerillas y encendió todas las velas. Estaba furiosa con su captor sin rostro, pero estaba más furiosa consigo misma por haber caído tan estúpidamente bajo su hechizo.

Recorrió la habitación con la vista. Gracias a la pródiga generosidad de su anfitrión, no escaseaban allí los objetos con los cuales podía aplastarle la cabeza la próxima vez que pasara por esa puerta panel. Pero al parecer él estaba evitando su compañía con el mismo empeño con que antes la había buscado.

Sus ojos se posaron en la cena a medio comer. Conque milord Kurama creía que podía conquistar su favor con pródigos regalos y palabras bonitas escritas en papel caro, ¿eh?

Bueno, tal vez era hora de que Hinata Hyūga le demostrara que estaba hecha de un material más resistente.

konohamaru entró en la antesala a las mazmorras y dejó la bandeja sobre la mesa. Kurama continuó haciendo anotaciones en su libro de cuentas encuadernado en piel. Su letra podía contener rasgos de pasión, pero las cifras de las columnas eran tan claras y precisas como las de una tía solterona.

—Te dije que no tengo hambre, Kon —dijo, y pasando una página sin siquiera alzar la vista— Pero este ventoso mausoleo me ha helado hasta los huesos. No logro encontrar mi capa. ¿La has visto?

—No me imagino dónde podría haberse metido —repuso Konohamaru, y se aclaró la garganta antes de poner la bandeja encima del libro—. Pero por lo visto no eres el único que no tiene hambre.

Kurama estuvo un largo rato contemplando la bandeja con su contenido intacto, después miro a Konohamaru.

—¿Está enferma?

—No tiene aspecto de estarlo. Pero esta es la sexta comida que rechaza.

—Dos días —musitó Kurama, empujándose hacia atrás con las manos en el borde de la mesa—. Dos días sin alimento ¡Qué clase de juego es este!

—Uno peligroso, si quieres mi opinión. Esta noche no pude dejar de notar lo pálida que está. Además, se tambaleó, y se habría caído si yo no la hubiera sujetado por el codo.

Con los dedos tensos, Kurama se echó hacia atrás el mechón rebelde que le caía sobre la frente. La falta de sueño no le mejoraba nada su vivo genio. Su primer impulso fue coger la bandeja, ir directamente a la torre y obligarla a comer aunque tuviera que meterle a cucharadas la comida por la garganta.

Comprendiendo que este era también su segundo impulso, se levantó y cogió la bandeja.

Konohamaru lo detuvo poniéndole una mano en el brazo.

—El sol recién se está poniendo –le advirtió—. Todavía no está totalmente oscuro.

Soltando una maldición, Kurama volvió a sentarse. Él había elegido su papel, por lo tanto, como cualquier predador nocturno, tendría que esperar que cayera la oscuridad para ir a enfrentar a su presa.

—¿Adónde vas? –gritó, mirando ceñudo la espalda de Konohamaru, que iba saliendo.

—A aterrorizar a los aldeanos, como sabes. Se me ocurrió que esta noche podría saltarme el toque de gaita y comenzar temprano.

—Comenzar temprano y terminar tarde, supongo. Últimamente has estado acometiendo tus deberes con encomiable entusiasmo. Anoche ya era bien pasada la medianoche cuando te sentí llegar.

—Ya sabes lo que dicen –dijo Konohamaru, sonriendo con sonrisa angelical y saliendo por la puerta—. El demonio nunca termina su trabajo.

—No –musitó Kurama, con los ojos sombríos, mientras cogía una galleta dulce de la bandeja y metiéndosela en la boca—. Supongo que no.

Hinata había estado esperando a Kurama, pero de todos modos pegó un salto cuando el panel se abrió con tanta fuerza que fue a chocar contra la pared, despertándola.

Se acurrucó junto a la cabecera de la cama, con el corazón palpitándole en la garganta. La luna aún no pasaba sobre su ventana, de modo que en la oscuridad sólo logró distinguir una figura negra. El sonido desapacible de su respiración le dijo que si fuera un dragón de verdad, estaría echando fuego por las narices, fuego que le abrasaría los mechones que se le habían salido del gorro de noche.

Él colocó algo sobre la mesa y se giró a mirarla. Incluso en la oscuridad, su mirada era tan palpable como su contacto. Hinata no logró desechar la sensación de que sus ojos veían perfectamente bien en la oscuridad, de que le veía claramente el alocado palpitar del pulso en la garganta, el desacompasado subir y bajar de su pecho.

Debería haber sabido que él la iba obligar a romper el tenso silencio.

—Buenas noches, milord Kurama. ¿A qué debo el honor de esta visita?

—A su estupidez. Konohamaru me ha dicho que durante dos días no ha comido nada.

Ella levantó un hombro en elegante gesto de indiferencia.

—No tiene por qué preocuparse, señor. Como puede ver, sin duda, me haría falta saltarme mucho más de unas cuantas comidas para enflaquecer de modo peligroso.

Él echó a andar hacia la cama. Ella ya se creía muy capaz de no amilanarse ante él; pero estaba muy equivocada.

No sabía bien qué nefando acto de villanía esperaba que él cometiera, pero ciertamente no era que la cogiera en los brazos como si no pesara más que Hanabi y la llevara hasta la mesa. Allí se sentó en la silla con ella en sobre los muslos.

—Abra la boca —le ordenó, sujetándola con tanta fuerza que le hacía difícil, si no imposible, debatirse.

La primera confusa idea de ella fue que tal vez él pretendía besarla más concienzudamente de lo que había hecho antes. Pero no fue su boca la que le toco los labios sino una lisa y fría cuchara.

—Abra la boca y pruebe un poco, ¿ya? —susurró él, con un ronco matiz de súplica en la voz.

Hinata no logró recordar ninguna ocasión en que la hubieran instado a comer. Lo que siempre solía oír era «Deja esa última galleta para Kitty, ¿ya?», o sentía el golpe que le daba Chiyo en los nudillos con la cuchara de palo cuando estiraba la mano para servirse otra ración de avena. El fuerte olor a canela le recordó lo hambrienta que estaba. Le partía el corazón resistirse a él...

—No —masculló con los dientes apretados, agitando la cabeza como una malhumorada niñita de dos años.

Los dos sabían muy bien que él tenía la fuerza para meterle la cuchara por entre los dientes si lo deseaba. Pero resultó que no fue ese su deseo. Desapareció la cuchara, siendo reemplazada por el seductor y cálido aliento de él sobre la comisura de sus labios.

Ese tierno susurro de aliento fue seguido por el ligerísimo roce de sus labios sobre los de ella. Le pareció que los labios se le ablandaban y entreabrían como por voluntad propia, y cuando él aprovechó esa blandura para introducir la lengua entre ellos, ella gimió por la impresión.

Antes que lograra despejar su aturdida mente, él ya había reemplazado la lengua por la cuchara y vertido el contenido caliente en su garganta. Ella trató de escupirlo, pero él volvió a cubrirle la boca con la de él, obligándola a tragarse la deliciosa cucharada de pudin de pan.

El pudin era dulce, pero no tanto como la deliciosa lengua de él moviéndose sobre la suya.

Lo empujó por el pecho, obligándolo a interrumpir el beso, pero cuando abrió la boca para emitir una ofendida protesta, él simplemente volvió a meterle la cuchara llena por entre los labios, como si ella fuera una pajarilla recién nacida caída del nido y él el naturalista resuelto a salvarla.

Antes que él pudiera volver a levantar la cuchara, ella ya había logrado recuperar el sentido común que él le había desperdigado con tanta pericia.

—Si me pone una cucharada más de eso en la boca sin mi permiso se lo escupiré en la cara.

—Vamos, vamos, no querrá herirle los sentimientos a Kon, ¿verdad? Él se cree todo un chef de cocina, ¿sabe? Debería haberlo dejado que probara en usted su nueva receta de haggis —añadió, refiriéndose al popular plato escocés de tripas de cordero rellenas con hierbas.

—Kon puede ser un buen cocinero, señor, pero usted es un despreciable déspota.

—Sólo cuando me veo obligado a tratar con una cría tozuda.

Hinata trató de zafarse de sus brazos, hirviendo de furia.

—¿Qué soy, milord Kurama, un animalito mimado o una cría tozuda? ¿O eso depende de mi docilidad para someterme a sus caprichos?

Él la estrechó con más fuerza.

—No sabe nada de mis caprichos, si lo supiera dejaría de moverse de esa enloquecedora manera.

Ella dejó de moverse. La oscuridad que los envolvía parecía sensibilizarle más todos los sentidos; sentía intensificados la resollante cadencia de su respiración y el golpeteo de su corazón en la palma; el vello crespo que le salía por el cuello abierto de la camisa le hacía hormiguear las yemas de los dedos. Pero fue la forma rígida y cálida que sintió debajo del trasero la que le produjo un estremecimiento de terror por todo el cuerpo. Se tensó, quedándose tan rígida como una marioneta.

—Ahora bien –dijo él, en tono mortalmente serio—, ¿va a comer o tengo que volver a besarla?

Su aliento le rozó la ardiente mejilla, advirtiéndole que tenía toda la intención de cumplir su amenaza.

—Comeré –ladró, abriendo la boca.

—Conoce muy bien la manera de desinflar la opinión de un hombre sobre sus encantos —comentó él, pesaroso, dándole una cuchara a rebosar de pudin.

El conocimiento de ella de la anatomía masculina podía limitarse a lo que había oído en las conversaciones entre Shion y Fuka, pero por lo que podía decir, los encantos de él no daban señales de desinflarse. Tragó.

—La mayoría de los hombres no se sienten impulsados a ofrecer besos como forma de castigo.

—Vamos, en el pasado he conocido damas que los consideraban una recompensa.

—¿Las tenía cautivas o esta es una diversión reciente para usted?

—Puedo asegurarle que ninguna de ellas era tan divertida como usted –contestó él, pasándole la cuchara bajo el labio inferior para recoger un poco de pudin que le había caído.

La enloquecía estar tan cerca de él y no poder distinguir nada de su fisonomía aparte de una máscara de oscuridad. Tendría que resultarle insoportablemente violento estar así acunada en el regazo de un desconocido, pero en algún momento entre su primer encuentro y ese momento, él había dejado de ser un desconocido. Podía no ser nada más que un fantasma hecho de sombras y texturas, pero esas sombras y texturas se le estaban haciendo tan familiares como el fino pelo de su padre entre sus dedos y el sonido de la respiración de Kitty en la oscuridad.

—Vi el barco —dijo, desesperada por distraerlos a los dos de la manera como sus alientos mezclados parecían ir acercando sus labios.

Le tocó a él ponerse rígido.

—Ah, ¿y eso fue lo que le estropeó el apetito?

—Sí, porque todavía no logro entender por qué un hombre de sus evidentes recursos quiere robarles a personas que tienen tan poco.

—Tal vez no lo considero un robo. Tal vez simplemente lo considero aligerarlos de algo que nunca fue legítimamente de ellos para empezar.

—Si se refiere a las mil libras, ¡no existen! Nunca han existido.

—¿Y por que habría de creerle, señorita Hyūga? -preguntó él, nuevamente con ese enfurecedor matiz de diversión en la voz.— Sólo hace unos días no creía que existieran los dragones.

—Y sigo sin creerlo. Y aun falta que me demuestre que estoy equivocada.

—Entonces tal vez yo tampoco creo en las doncellas. ¿Está dispuesta a demostrarme que existen?

Hinata no encontró respuesta para ese provocativo reto. Sólo pudo echar atrás la cabeza para mirar el brillo de sus ojos.

Él cogió una de las guedejas negras escapadas de su gorro y se la enrolló en los dedos.

—Tenerla aquí... –le dijo, bajando la voz a un ronco susurro—, así... ¿Tiene una idea de lo que le hace eso a un hombre como yo?

—¿Le adormece las piernas? –osó preguntar ella.

Él estuvo un largo rato en silencio y de pronto se le escapó un agudo ladrido de risa.

Sin dejar de reírse, la levantó en los brazos y se dirigió a la cama. Sin siquiera inclinarse un poco, la lanzó sobre el colchón. Ella reptó hasta la cabecera de la cama, creyendo por un instante que él podría tener la intención de acostarse también.

Pero él se sentó a su lado y apoyó las palmas en la cabecera, dejándola aprisionada entre sus brazos.

— Come, Hinata Hyūga –le ordenó, acercando su cara a la de ella—, porque si no te comes todo lo que hay en esa bandeja, volveré con el haggis de Konohamaru. Y entonces lamentarás no haber elegido mejor mis malditos besos.

Un instante después, ya había desaparecido por el panel, dejándola sola, pensando si no lo lamentaba ya.

Continuará...

Lucky the Skeleton: Hola! Yo también adoro a Konohamaru de esta historia. Es terriblemente gracioso y tiene un carisma especial. Jaja.

JuuHinamoru: ¿Viniendo de Naruto? Pueden pasar muchas cosas jaja o¿no? Te lo dejo a tu criterio jaja