La mímica del afecto

Si las palabras de Oliver habían lastimado a Mai, o le habían afectado solo momentáneamente o ella era excepcionalmente buena ocultando sus emociones. De lo poco que la conocía Luella estaba segura que podía descartar la segunda.

Aprovechó que la entrevista de Mai no sería hasta dentro de un par de días y lo bonito del día para mover su agenda e invitar a Mai a recorrer algunos de sus lugares favoritos en Cambridge. Y fue así como terminaron aprovechando las primeras horas de la mañana para visitar de todos los puestos del mercado en el centro de Cambridge, seguidas de todas las tiendas y disfrutar del ambiente de King's Parade, pasando por las increíbles King's College y la Senate House.

Sentadas cómodamente en las ubicaciones proporcionadas por parte de su casa de té favorita, sonríe al verla hablarle animadamente de los que ella considera su familia, una que según ella, no tendría de no ser por Oliver. Le cuenta sobre la sacerdotisa y el monje a los que considera sus padres y deja escapar una risilla al escucharla describir sus famosas y familiares discusiones. Mai habla tan animada y felizmente de todos ellos, con una energía y detalle que Luella podría jurar que los conoce.

Cuando descubrió el interés de su hijo en una chica, no dejaba de preguntarse qué tipo de persona era, quién había sido capaz de atravesar los muros de Oliver, nunca esperó a alguien como Mai, cuán equivocada estaba, pero nunca había estado más feliz de haberse equivocado en su vida.

Luella termina de dar las últimas órdenes en la cocina, cuando Martin entra en la casa.

—Hola, cariño, ¿qué tal tu día? —pregunta Luella ayudándolo a despojarse del abrigo.

—Bien. Estuvimos haciendo algunas pruebas.

—Ya veo —Luella mira la hacia la puerta y una arruga hace aparición en su frente.

—¿Dónde está Oliver?

Martin le ofrece un gesto de disculpa.

—Tenía cosas pendientes, así que se disculpó por no poder estar presente para la cena.

Luella chasquea la lengua de forma muy poco femenina.

—No hagas excusas por él, cada vez que se siente incómodo o molesto se escuda detrás de su trabajo. Eso no es sano, Martin.

—Tuvo un mal día, Lu. Solo por esta vez, déjalo estar.

Luella niega con la cabeza pero no dice más.

Es poco más de media noche noche cuando recorre los desiertos pasillos que llevan desde la cocina a su habitación, Luella rememora la maravillosa cena de esa noche, los nervios iniciales de Mai por conocer finalmente en persona al hombre que la había ayudado tanto, la emoción de Waldo, la curiosidad de Martin, las memorias de los viejos tiempos. Todos habían ganado un poco en esa noche, pero el ganador indiscutible sin duda fue Waldo, que incluso había logrado que Mai accediera a considerar su propuesta de visitar el IIPCC en Sao Paulo durante sus primeras vacaciones.

Su mano se posa en el pomo de la puerta para entrar, pero antes da una última mirada al final del pasillo y deja escapar un suspiro frustrado al ver las luces de la habitación de Oliver aún encendidas, niega con la cabeza y gira la perilla, no ha terminado de abrir la puerta cuando un agudo y terrible grito atraviesa la quietud de la noche. Luella siente su sangre congelarse y antes de que pueda moverse, escucha pasos apresurados y una puerta abrirse. Es Oliver, distingue desde la oscuridad que brinda su posición, cabellos revueltos y ropa desacomodada.

Lo ve entrar a la habitación de Mai. Y ella también camina silenciosamente hacia la habitación de la chica en cuestión.

—Mai —la toma de los hombros—, vamos, Mai, despierta.

Mai continua dando vueltas en la cama, las facciones contorsionadas y las gotas de sudor perlando su frente. Oliver la sacude con más fuerza.

—Mai, despierta, MAI.

Los ojos de Mai se abren y puede ver el terror en ellos antes de ser anegados por las lágrimas.

—Naru —gimotea y se lanza a sus brazos.

Se congela sin saber qué hacer o decir, puede sentir sus lágrimas mojando su camisa, incapaz de hacer nada para calmarla.

Finalmente se relaja y su voz es muy suave cuando habla.

—Es solo un sueño —susurra mientras le da algunas incómodas palmadas en la espalda.

Mai se aferra a su camisa y Oliver levanta el rostro en una súplica muda sobre lo que debe hacer cuando se encuentra con la mirada preocupada de su madre que los observa desde la puerta. Ella solo le sonríe de medio lado y con la mano hace una mímica, una vagamente familiar y señala a Mai. Oliver detiene las palmadas y comienza a hacer sobre la espalda de Mai el gesto que le indicado su madre, círculos suaves. Finalmente Oliver siente a Mai relajarse contra su pecho y le envía un asentimiento a su madre como muestra de agradecimiento. Intenta infructuosamente acomodar a Mai de regreso en la cama, pero ella está aferrada a él como quien se aferra a una almohada. En otros tiempos hubiese luchado, en otros tiempos no le hubiese importado despertarla, pero estos, no eran esos tiempos.

Recuesta la espalda en la cabecera de la cama y la sostiene contra su pecho, solo por un rato se repite, solo hasta que lo suelte. Mira una vez hacia la puerta y escucha a su madre susurrar un Buenas Noches, mientras cierra la puerta.