Capítulo V

Había revuelto toda su ropa y nada de lo que allí veía le servía. Sus vestidos eran demasiado finos y delicados para andar a lomos de un caballo, necesitaba algo más cómodo y adecuado para la labor que comenzaría a realizar desde aquella misma tarde. No había nada que pensar, Hermione abandonó su dormitorio, agarró su bolso de mano y se subió al viejo coche de la abuela que a trancas y barrancas, anduvo por los caminos hasta llegar al pueblo. Aunque le gustaba caminar, aquel asunto requería de tiempo y andando hubiese perdido demasiado.

Entró en uno de los dos únicos establecimientos de ropa y complementos que poseía Ottery. Una señora joven, muy bien peinada, con un lunar sobre el labio superior, le atendió amablemente mostrándole diversos vestidos más apropiados para la vida en el campo, y pantalones de mujer para montar a caballo.

—Traje de Londres esta prenda de vestir hace ya algún tiempo pero las mujeres de este pueblo no son muy dadas a comprarlos, creí que nadie lo haría nunca —expresó animada mientras Hermione le pagaba algunas libras por un par de ellos.

Una vez realizada la compra, Hermione agradeció la amabilidad de la joven mujer y abandonó el establecimiento para ir al otro. La segunda tienda era mucho más conservadora que la anterior, empezando por el dueño, un hombre rudo con un espeso bigote y que debía rondar ya los sesenta años. Hermione se alegró de que la anterior dependienta se hubiese animado a traer pantalones de mujer porque estaba segura que aquel hombre no los incluía entre sus productos, por esa razón, ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de preguntar. Cuando Hermione dejó el segundo establecimiento, llevaba en su haber, tres vestidos más que junto con los otros comprados en la anterior tienda y los pantalones, completaban su armario, ahora mucho mas apropiado para la vida en el campo.

Cargada con los paquetes, Hermione apenas veía más allá de su propia nariz, se movía casi por instinto en busca de su coche que había aparcado a pocos metros de las tiendas y aquella dificultad para ver lo que tenía delante, la llevaron a chocar con varias personas, hasta que, finalmente en un tropiezo con una de ellas, sus paquetes fueron al suelo.

—Oh cielos, lo lamento —se disculpó mientras se agachaba para recoger sus cosas sin fijarse en la persona con la que había tropezado.

—¿Señora Mclaggen? Quiero decir ¿Hermione?

La joven levantó entonces la mirada hacia aquella voz de hombre y pudo comprobar que lo conocía perfectamente.

—¡Doctor Scamander! Que sorpresa verlo por aquí.

—Va muy cargada, déjeme que le eche una mano —Dicho esto, el medico se agachó y ayudó a la joven a amontonar de nuevo los paquetes. Entre los dos fue mucho más fácil trasportarlos al coche.

—Muchas gracias, doctor…

—Llámeme Rolf.

—Cierto, gracias Rolf, creo que no hubiese podido llegar yo sola hasta aquí tan cargada. —Colocó en el asiento trasero el último de los bártulos. Luego se giró hacia Rolf y extendió su mano hacia él—. Ni siquiera le he saludado como corresponde, ¿qué tal su nueva vida lejos de la ciudad?

—No está mal, creo que me esta siendo muy fácil adaptarme —contestó él estrechando con suavidad la mano de la joven—. ¿Y usted?

—Yo estoy encantada —señaló Hermione con entusiasmo y sonrió—. ¿Por qué no viene después a tomar té a la granja, quiero agradecerle la ayuda que me ha prestado con todos estos bultos. Además, me vendría bien un poco de vida social, la verdad es que por estos lares no hay mucha.

Rolf rio ante la observación de Hermione. En realidad, la vida social era algo muy activo en la gran ciudad, la gente se hacía visitas, quedaban para tomar café o té en las terrazas cuando el día ofrecía una buena temperatura, compartían charlas sobre arte, literatura, política o cosas más triviales; la gente del campo, sin embargo, era menos propensa a aquella sofisticada vida social, solían visitar las granjas de los otros para vender o comprar productos que ellos mismos fabricaban u obtenían de la tierra o de los animales, se saludaban afectuosamente, intercambiaban algunas palabras y luego se marchaban tal y como habían llegado. El único lugar del pueblo donde la gente se volvía más ociosa era la taberna de Hagrid, el gigantón como todos solían llamarle, allí, sobre todos los hombres, pasaban largos ratos, fumando tabaco y bebiendo cerveza mientras echaban partidas de naipes.

—Sería un placer compartir un té con usted —dijo amablemente el médico.

—Entonces nos vemos allí esta tarde, espero que sepa donde se encuentra la granja.

—No se preocupe, mi enfermera me dirá donde está.

—Oh, sí claro, Luna, una buena amiga, trátela bien —le advirtió en tono jocoso—. Hasta esta tarde, doctor.

Rolf, caballerosamente cerró la puerta del coche una vez que Hermione entró dentro y se despidió de ella con un rápido movimiento de la mano cuando el vehículo se alejó rumbo a la granja.

—Una mujer muy interesante —musitó, se giró y continuó su camino.

Cada día le quedaban menos uñas, mordérselas era una fea costumbre que desde muy niño su madre había tratado de quitarle, sin éxito, porque a pesar de tener ya veintinueve años bien cumplidos, Charlie no había podido abandonar aquel hábito. Siempre había sido un tipo inquieto y algo extraño, de carácter afable pero muy reservado cuando se trataba de hablar de ciertos temas. Tenía amigos, pocos, pero como él mismo decía "lo mejor de cada casa", sin embargo, debido a su larga ausencia por culpa de la guerra y tras ella, muchos de ellos ya no estaban tan cerca de él como antaño —algunos se habían casado, otros tuvieron que marcharse en busca de un buen empleo y a dos de ellos nunca más volvería a verlos— sin embargo él no se había casado, ni siquiera tenía la intención de hacerlo, ahora que había vuelto y parecía más asentado, su madre —en las noches en que ambos se quedaban a reposar la cena antes de irse a dormir y mientras compartían un delicioso té— había insinuado varios nombres de muchachas casaderas del pueblo: "la hija del pescadero, Susan, ¿te acuerdas de ella? Es una chica guapa, ¿no entiendo por qué no se ha casado aún? Y esa otra, la sobrina del antiguo alcalde, no recuerdo su nombre, le diré a Audrey que la invite a casa un día de estos, así os podréis conocer y ser amigos"; ser amigos, no significaba para la señora Weasley lo mismo que para su pelirrojo hijo. "Ya estás a punto de cumplir treinta años", insistía, "tienes que buscarte una buena esposa que te de hijos sanos y fuertes y que te haga feliz". Charlie nunca contestó afirmativamente a ninguna de las proposiciones de su celestina madre, únicamente le sonreía y luego continuaba bebiendo su té, con aparente tranquilidad. Mas no era así, nunca se sentía sosegado cuando hablaba de "futuras esposas" con su madre porque sabía que a pesar de lo que ella le dijese, de las veces que insistiese, de todas las chicas que quedasen casaderas en el pueblo y en los alrededores, él nunca tendría una "futura esposa".

La puerta se abrió de golpe y Percy entró en su despacho con las gafas inclinadas sobre la punta de la nariz y en las manos unos documentos a los que echaba un vistazo. Sin decir nada a su hermano, se sentó en su sillón tras el escritorio, siguió ojeando los documentos unos minutos más y luego los apartó, se colocó bien las gafas y dijo con voz autoritaria.

—Sabes que no soy partidario de favoritismos.

—Lo sé.

—Audrey ha insistido mucho y es muy obstinada.

—Lo sé.

—En realidad no tenía nada que ofrecerte por mucho que mi santa esposa hubiese seguido insistiendo pero he recibido muchas quejas de los padres de los alumnos de la escuela y del centro de salud, dicen que los jardines están muy abandonados y las instalaciones necesitan algunos arreglos, desde que el antiguo peón de mantenimiento se jubiló hace algo más de un mes —comenzó a explicar con el mismo tono arbitrario, dándose suma importancia—. Siempre has sido muy manitas y se te da bien arreglar cosas, además la jardinería es uno de tus fuertes.

—Así es.

—Entonces supongo que no tendrás inconveniente en incorporarte mañana mismo como nuevo peón de mantenimiento.

—En absoluto —. Y sus ojos azules brillaron.

—Te dedicarás a que todo en el centro de salud y en la escuela esté al día, nada de enchufes rotos, ni de bombillas sin luz, el césped tendrá que estar bien cortado para que los niños puedan jugar y, aunque ellos se encargan de cuidarlo, no vendrá mal que le eches un ojo al pequeño huerto que tienen, Ginny te pondrá al día de todo lo que necesiten en la escuela y, habla con Luna, ella hará lo propio con el centro de salud.

—Gracias, Percy —expresó Charlie poniéndose en pie extendiendo la mano hacia su hermano.

—Tenía otras opciones, hombres con ganas de trabajar, pero sé que tú lo harás bien y así consigo que tanto mamá, como Audrey dejen de darme la vara. Tengo asuntos más importantes de los que preocuparme.

Estrechó la mano de su hermano y luego, mientras escuchaba como Charlie abandonaba su despacho, recuperó los documentos que había dejado sobre la mesa y continuó estudiándolos.

Cuando Ron vio entrar en las caballerizas a Hermione embutida en unos pantalones tuvo que pestañear varias veces para asegurarse que se trataba de ella.

—Vaya, vaya, vaya, veo que vienes bien preparada.

—¿Te gustan? —preguntó ella casi sin pensarlo, dando una vuelta sobre sí misma.

Ron carraspeó un poco mientras observaba algo ruborizado como la muchacha terminaba de dar su giro y esperaba su respuesta con una sonrisa en los labios.

—Te quedan muy bien —contestó él sin levantar mucho la voz.

—Oh gracias —. Se ruborizó—. Me refería a que si estoy correctamente vestida para montar a caballo.

Ron apartó la vista de Hermione porque notó como su rostro comenzaba a incendiarse.

—Sí, estarás muy cómoda así vestida.

—Eso pretendía. —Se frotó las manos y añadió—. ¿Por dónde empezamos?

Ron, que ya había ensillado a los dos corceles, los agarró por la brida y los sacó fuera del establo. Una brisa suave agitó débilmente la crin de los animales, el pelirrojo soltó la brida de Liberty y acercó a Hermione, que le seguía los talones, el otro caballo.

—Lo primero que debes hacer es aprender a subir a él.

—¿Cómo lo hago? —preguntó Hermione ansiosa.

—Mírame a mí y luego tratarás de imitarme, ¿de acuerdo?

Hermione asintió, Ron puso el pie en el estribo y sin esfuerzo alzó la otra pierna y se sentó a horcajadas sobre el lomo de Winston. Luego, de igual forma, pero deshaciendo su movimiento, descendió de él.

—¿Crees que podrás hacerlo?

—Por supuesto —rebatió Hermione algo ofendida, ella era muy capaz de subirse al jamelgo, no era tan difícil.

Ron levantó las cejas ante la decisión de la joven y tirando de la brida lo acercó a ella.

—Sujétate a los extremos de la silla.

—¿Así? —dudó Hermione mientras trataba de hacer lo que Ron le indicaba.

—Perfecto, ahora pon tu pie izquierdo en el estribo; no te preocupes, yo sujeto a Winston él no se moverá, luego toma impulso y pasa la otra pierna hasta que puedas meterlo en el otro estribo.

Hermione volvió a asentir, puso un pie en el estribo, tomó aire y, tal y como Ron le había explicado, con un fuerte impulso, se elevó, sin embargo, su otra pierna no logró sobrepasar el alto lomo del caballo y se quedó a medio camino; Hermione cayó al suelo sin que nada ni nadie pudiese evitarlo. Ron soltó la brida y corrió al auxilio de la joven.

—¿Estás bien? —le preguntó mientras le ayudaba a ponerse en pie—. No te preocupes, siempre pasa la primera vez.

—Voy a intentarlo de nuevo —exclamó Hermione deshaciéndose de las manos de Ron y caminando hacia el animal.

Ron se adelantó a ella volviendo a sujetar a Winston, Hermione repitió la subida con el mismo resultado.

—¡No puedo creerlo! —gritó muy enojada.

—No pretenderás que te salga a la segunda ¿no?

—No es tan difícil, puedo hacerlo. —Se puso en pie y volvió a intentarlo, pero su pierna parecía no querer sortear el lomo del caballo y nuevamente fue al suelo, aunque esta vez, no dio con las nalgas en la tierra y consiguió sostenerse en pie.

Hubo un cuarto intento, y un quinto en el que casi lo consigue, pero ya había invertido bastante esfuerzo y en el sexto ni siquiera podía elevarse tan alto como las veces anteriores. Ron la observaba impávido, sosteniendo la cabeza de Winston, esperando pacientemente a que aquella terca mujer se diese por vencida y, finalmente, Hermione no tuvo más remedio que rendirse a lo evidente, aquella tarde no podría subir a lomos de Winston sin ayuda.

—Es cuestión de práctica, Hermione, mañana lo conseguirás. Ahora déjame que te ayude a subir y empezaremos dando un paseo. Te enseñaré como debes conseguir que el caballo empiece a andar o se pare cuando lo desees.

Refunfuñando, Hermione dio su brazo a torcer. Ron dejó de sujetar la cabeza de Winston y se acercó a la joven.

—Pon el pie en el estribo, vamos—. Hermione obedeció—. Ahora voy a poner mis manos en tu cintura, cuando cuente tres te impulsaré mientras tú levantas otra la pierna y te quedas sentada sobre él, ¿de acuerdo? —Hermione asintió y puso el pie en el estribo. Sintió entonces como las grandes manos del pelirrojo rodearon su estrecha cintura. Ron tenía la piel muy caliente, podía apreciar su calidez a pesar de la blusa. Inevitablemente, sus latidos se aceleraron—. ¿Preparada? —La voz de Ron revotó en su oído y el aliento le acarició el lóbulo de la oreja. Hermione movió la cabeza indicando un sí—. Contemos tres, uno, dos, tres… ¡arriba! —La elevó como si se tratase de una pluma, como si no existiese gravedad, ella pasó la pierna derecha sobre el lomo de Winston y finalmente quedó sentada a horcajadas sobre la silla de montar. Ron le sonrió orgulloso, había dejado reposar una de sus manos sobre la pierna de ella y no parecía darse cuenta de aquel pequeño detalle; el corazón de Hermione seguía absurdamente latiendo con fuerza. El pelirrojo separó la mano de la pierna de Hermione, dio unos cariñosos golpecitos en el cuello de Winston, agarró una cuerda que había atado a la argolla de las riendas de Winston y sin soltarla, se encaramó a lomos de Liberty que relinchó suavemente cuando notó el peso de Ron sobre ella—. ¿Ves esto? —Mostró a Hermione la cuerda que tenía en las manos—. Tú agárrate a las riendas con tranquilidad, yo controlaré a Winston. Para que el caballo empiece a andar, da un golpecito suave con el estribo en su vientre. Vamos, hazlo.

Con dudas, Hermione golpeó delicadamente al jamelgo y este comenzó a dar pasos. La joven no podía creer que hubiese conseguido mover a aquel enorme animal con tan poco esfuerzo. El caballo sobre el que montaba Ron, caminaba a su lado.

—¿A dónde vamos?

—A la pradera de Southwest.

Le rugía el estómago como si tuviese una camada de leones en su interior, además estaba cansada porque las niñas aquella mañana habían estado más revoltosas que nunca, tal vez era la primavera que alteraba a todos, o tal vez, porque era jueves y los jueves, día previo al viernes, las alumnas estaban más activas y por ende, más inquietas y difíciles de controlar. Ginny giró un par de veces la llave para cerrar a cal y canto el aula y por el pasillo se encontró con los otros tres profesores —uno de ellos también hacía las veces de director— que impartían sus clases en la pequeña escuela del pueblo, se despidieron unos de otros y también de la vieja secretaria que, simplemente, les lanzó una mirada por encima de sus gafas rectangulares. Ginny y Hamish salieron juntos del edificio, compartieron anécdotas de la jornada hasta que ambos llegaron al lugar donde separarían su camino hasta el día siguiente. Hamish se inclinó para dar un amistoso beso a su amiga en la mejilla, cuando dijo:

—¿No es ese tu hermano?

—¿Cuál de ellos? —preguntó girándose hacia donde indicaba el profesor.

—El único que no es pelirrojo.

Efectivamente, Harry estaba medio sentado sobre el asiento de su moto. Aquel era su bien mas preciado, se la había comprado a un viejo irlandés —durante un tiempo estuvo viviendo en Exeter— con el primer dinero de la herencia de sus padres, del que dispuso una vez finalizada la guerra. Siempre que regresaba a Ottery de vacaciones y, sobre todo, ahora que estaba inmiscuido en sus prácticas con el señor Graham y no se separaba del pueblo, a Harry se le veía pasear subido a su moto de aquí para allá. Ginny pudo observar que no se encontraba solo, bajo el umbral de la puerta de la casa donde el joven había alquilado algunas habitaciones para vivir, se encontraba la hija del casero de Harry y era con ella con quien el hombre parecía mantener una animada e incluso atrevida conversación. La chica soltaba risitas nerviosas mientras jugueteaba con un mechón de su largo cabello oscuro y Harry decía algunas palabras y sonreía de forma bobalicona cuando ella reía su comentario. Ginny se sintió molesta con tanta estupidez junta, así que, casi sin despedirse de Hamish, caminó hacia la risueña pareja.

—Hola, Harry —saludó nada más llegar hasta ellos y añadió—: Grace, ¿qué tal estás?

—No puedo estar mejor, Ginny, la compañía de Harry es muy agradable.

Ginny esbozó una mueca que pretendió ser sonrisa pero que distó mucho de serlo. Grace Adams era una joven delgada de larga y brillante cabellera oscura y ojos muy claros, tanto que a veces incluso asustaban. A pesar de su belleza, no se le había conocido más novio que el joven hijo del carnicero, pero ambos dejaron en suspenso esa relación porque él decidió que quería hacer algo más que trocear carne en su vida y se fue a Londres, a tratar de labrarse un futuro mejor, prometiéndole a Grace que, cuando lo consiguiera, regresaría a por ella. De esa promesa había pasado ya dos años y a juzgar por cómo la chica tonteaba con Harry, Ginny empezaba a dar por supuesto que se estaba cansando de esperar el regreso del joven hijo del carnicero.

—¿Cenas hoy en casa? —preguntó a Harry tratando de no mirar más a la otra muchacha.

—Sí, me disponía a ir para allá, pero me entretuve charlando con Grace.

—En realidad fui yo quien lo detuvo —irrumpió la hija del casero—. Le comentaba que hay algunos animalitos bastante molestos en la casa y mi padre ha llamado para que lo fumiguen todo, tendremos que cerrar toda la casa, incluido las habitaciones que ocupa Harry, al menos una semana.

—Tendré que pedirle a tu madre que me deje quedarme en mi antigua cama unos días —expresó Harry subiendo completamente a la moto—. ¿Vas a pie, o vienes conmigo? —inquirió guiñándole uno de sus verdes ojos a Ginny.

—¡Me voy contigo! —exclamó la pelirroja mientras se arremangaba la falda y se subía de un salto a la moto de Harry.

A pesar de que era algo realmente incómodo, puesto que aquel aparato sólo estaba adaptado para poder llevar a una persona, Ginny adoraba montarse en aquel inestable y, según su madre, peligroso vehículo de dos ruedas, le encantaba sentir como el viento pegaba con intensidad contra su cara y como ella, entonces, se aferraba muy fuerte a la cintura del joven para no caerse del asiento. Cuando Harry se ponía aquel casco y esas gafas de motociclista sobre las suyas para que no le diese el viento en los ojos, debía reconocer que se veía impresionantemente guapo subido a aquel artilugio veloz y ella, se sentía extrañamente orgullosa de que todo el mundo la viese sentada a horcajadas sobre la parte posterior de la moto, aprisionada contra la espalda de Harry, a sabiendas de que todos criticarían su atrevida forma de actuar. Había que recordar que Ginny Weasley se había criado en compañía de siete chicos, así que no resultaba extraño que compartiese alguno de sus burdos modales.

Cuando al fin llegaron a la Madriguera, la joven tenía revuelto todo el cabello, ninguno de sus bucles mantenía su forma habitual. Harry se bajó de la moto y dejó sobre el manillar las gafas de protección y el casco, luego sacó de un pequeño fardo que tenía en el lateral del vehículo un maletín de piel, se atusó el cabello para intentar que se asentase más, por supuesto, no lo consiguió: el pelo de Harry nunca obedecía órdenes. Ginny esperó pacientemente a que el joven terminase con toda su retahíla de preparativos y demás; lo observaba, desde hacía algún tiempo, cuando Harry estaba cerca de ella le costaba apartar sus ojos de él, incluso había empezado a plantearse cosas que, realmente, le asustaban. Porque si Harry sonreía, ella no podía evitar sonreír también y si él parecía triste o abatido, ella se contagiaba de su estado de ánimo. Últimamente siempre buscaba alguna escusa para discutir con él, por tonterías de las cuales al final siempre acababa arrepintiéndose. Era una tonta forma de que Harry le mostrase un poco más de atención a ella que al resto de la familia. Le molestaba que hablase de chicas o que hablase con chicas, y sentía una fuerte opresión el pecho cuando pasaban más de dos días y no sabía nada de él. Todas aquellas sensaciones e inquietudes habían comenzado a asustar a la muchacha que empezaba a creer que lo que sentía por Harry, iba más allá que un simple sentimiento fraternal.

—Vamos —dijo Harry instándola a seguirle.

Ginny, sin poder apartar sus ojos de él, caminó a su lado. Seguía pensando en el absurdo coqueteo que había tenido con Grace Adams unos minutos antes.

—¿Sabes que tiene novio, verdad?

Harry se detuvo de repente y la miró confuso, frunciendo el ceño.

—¿Quién?

—Grace Adams, con el hijo del carnicero, todavía nadie ha dicho que hayan roto —aclaró la pelirroja.

—Es algo que se da por supuesto, hace años que se fue —rebatió Harry mientras reanudaba la marcha.

—Pues lo dará por supuesto ella porque yo no tengo constancia de que él haya roto la relación, le prometió que volvería por ella, se fue a Londres sólo para ofrecerle algo mejor. Es una egoísta si ahora empieza a coquetear de esa forma tan descarada con otros hombres. —El rostro de Ginny se había vuelto del color de su pelo.

—A mí me ha contado que hace meses que no recibe noticias de él.

—¿Y eso le da derecho a faltarle el respeto de esa forma? Tal vez no haya tenido tiempo para escribirle —le justificó Ginny, aunque a ella, en el fondo, también le parecía extraño tanto tiempo sin que Grace supiese de su novio.

—No hay justificación para no escribirle a tu chica aunque sólo sea para que se quede tranquila y para que sepa que la ama. Si yo estuviese con alguien como Grace, le escribiría cartas todos los días para que nunca se olvidase de mí y no empezara a coquetear, como dices tú, con otros hombres.

Ahora fue Ginny la que paró su caminata.

—Así que lo admites, Grace te gusta.

—A todos nos gusta Grace, pregúntale a cualquiera de tus hermanos, o cualquiera que la conozca.

—Pues la verdad, no creo que sea para tanto —murmuró Ginny, que había vuelto a caminar. Harry la había oído.

—Tú eres tan bonita como ella, Ginny, pero en esa valoración no debemos incluirnos ni tus hermanos ni yo.

—Tú no eres mi hermano —le recordó.

—Pero como si lo fuera.

Harry le revolvió el pelo a Ginny, despeinándoselo aún más, ella trató de hacer lo mismo pero el joven fue más rápido y emprendió una carrera hasta la casa sin que la pelirroja pudiese darle alcance.

Hermione necesitaba descansar comenzaba a dolerle un poco la espalda del traqueteo del andar de Winston. Sentía también una molestia en el cuello y en la zona interior de los muslos. Paseaban por el prado de South West —que en esa época parecía un lienzo verde salpicado por pequeñas pinceladas de colores. Las flores adornaban e impregnaban de un suave aroma—, el paisaje era tan absolutamente majestuoso y abrumador, que Hermione se preguntó por qué no había estado allí antes.

—¿Que te parece si descansamos un rato? —La sugerencia de Ron sonó como música celestial en los oídos de la joven. El pelirrojo bajó de su caballo y se acercó a Hermione mientras le indicaba cómo debía colocarse para descender sin peligro de caer del animal. Ella lo intentó, pero dudó un poco, Ron volvió a colocar sus grandes y fuertes manos alrededor de la diminuta cintura de Hermione—. Hoy voy a ayudarte pero mañana lo harás tú sola. Agárrate a mí.

Hermione pasó el brazo por el cuello de Ron asiéndose fuertemente a él. Ron olía bien pero distinto a todos los hombres con los que se cruzaba en Londres, distinto sobre todo a Cormac. No había ni una sola gota de perfume en su piel, sin embargo, su aroma era embriagador, instintivamente cerró los ojos dejándose envolver en él. Ron la dejó en suelo suavemente, Hermione continuó aferrada a su cuello con los ojos cerrados.

—¿Te encuentras bien? ¿Estás mareada?

La joven abrió súbitamente los ojos y se dio cuenta que aún estaba abrazada a su cuello y con su rostro demasiado cerca del de Ron. Notó algo revolverse en su interior mientras observaba de cerca como el pelirrojo, bajo su piel bronceada por el sol de la granja, seguía conservando sus infantiles pecas, sobre todo aquellas que se amontonaban sobre su larga nariz.

—Estoy bien, algo cansada —respondió alejándose disimuladamente de él. Se abanicó con la mano—. Hace calor, ¿verdad?

—No mucho. Más bien hace un poco de fresco—. Le rebatió Ron, encogiéndose de hombros. Hermione sonrió azorada, en efecto no hacía nada de calor, era ella la que ardía—. Ven, voy a enseñarte algo.

Ron dejó a los caballos pastando tranquilamente y se alejó a través de la extensa y verde pradera, Hermione lo siguió sin hacer preguntas. Caminaba detrás de él, a pesar de que le dolía enormemente las piernas, se le habían quedado algo arqueadas; se sintió ridícula mientras veía a Ron que andaba como si nada. Sin proponérselo, se quedó contemplando su figura, alta, bien formada, recia y volvió a sentir mucho calor ¿Qué le estaba ocurriendo? Ni siquiera podía pensar, algo no iba bien en su cerebro, ella siempre era capaz de meditarlo todo, de sopesar las cosas, de no dar pasos en falso, sin embargo, si Ron le pedía que le acompañase ella le seguía sin hacer una sola pregunta, algo le estaba pasando.

—Mira allí. —Y con su largo dedo señaló hacia una colina que se divisaba al fondo—. Luna vive justamente detrás.

—¿Tan lejos?

Ron asintió mientras decía.

—Hay un atajo hacia el pueblo al otro lado, por la zona del bosque. Si cruzas la pradera tienes que andar mucho más tiempo y el camino es más largo. Por eso nunca antes habías pasado por aquí, no solemos cruzar la pradera.

—Pues es una verdadera lástima no haberlo descubierto antes, siento que me he perdido mucho todos estos años.

—Londres no está tan mal.

—Londres está casi destruida, sigue habiendo demasiada gente, gente que ni te conoce y ya ni siquiera mis padres viven allí —se lamentó.

—Tienes a tu esposo —le recordó Ron con el ceño un poco fruncido.

—Cormac —susurró Hermione, ya ni se acordaba de él—. Es un hombre muy ocupado, apenas tiene tiempo para otras cosas que no sean sus asuntos.

—¿Por eso no está aquí contigo?

—Ya te lo he dicho es un hombre muy ocupado —reiteró Hermione y suspiró.

—No lo entiendo, tendría que estar contigo, si yo fuera él no podría dejar a la mujer que amo sola, por muchos asuntos importantes que tuviera, buscaría el tiempo para acompañarla si me necesita.

Hermione clavó sus ojos en los de él.

—¿Estás enamorado de Lavender?

La pregunta fue tan directa que Ron pestañeó varias veces pensando que no había escuchado bien.

—¿A dónde diablos quieres llegar preguntándome algo así? —se molestó.

—Discúlpame —Hermione enrojeció, no debía haber dicho aquello pero una vez más, no había pensado—. No he querido ofenderte, es que he oído rumores…

—Oh, vaya, debí imaginarlo, ¿Sarah? —Hermione se encogió de hombros—. Ha debido ser ella. Los rumores hacen daño, Hermione, pero en esta ocasión no van desencaminados. —La joven abrió mucho los ojos sorprendida por la confesión del pelirrojo—. Nos conocemos desde niños, no voy a mentirte, la razón por la que me casé con Lavender es el bebé que tiene en su vientre, no la hice mi esposa por amor, sólo porque debía hacerlo para salvaguardar su honor y para darle un hogar a un niño que no era culpable de nada y al que, sin duda, sí amo. Cada mañana me despierto con la intención de enamorarme de mi esposa, la trato con respeto, cuando puedo le llevo algún detalle que la anime e intento que esos rumores no lleguen a sus oídos, porque no hay nada más humillante que la lástima. Y sé que lo conseguiré, con el tiempo sé que voy a amarla, cuando nazca mi hijo habrá algo que nos mantendrá unidos y eso es muy importante.

Hermione estaba escuchándolo como si flotase en una nube, de pronto había sentido una deplorable envidia malsana por Lavender. La forma en que Ron hacia esfuerzos para conseguir amarla y hacerla feliz, le produjo un fuerte vacío en su interior. Si Cormac se hubiese esforzada un poco, sólo un poco de lo que debió esforzarse, ella lo habría amado por el resto de sus días.

—Yo sí me casé enamorada —le debía a Ron su historia ya que él había sido sincero con ella—. Muy enamorada, era le hombre de mi vida, poseía todo lo que yo deseaba la persona con la que quería compartir mi existencia. Aquel "sí quiero" lo dije con el corazón en la mano, porque lo sentí así. Él era el príncipe azul con la que todas las niñas soñamos de pequeñas. Pero en mi caso, a cada beso, el príncipe se volvía cada vez más sapo y todo ese amor que sentía por él se tornó en asco y apatía. Necesitaba huir de Londres y de él. La herencia de mi abuela, que Dios la tenga en su gloria, ha sido una vía de escape que no podía dejar pasar. Sé que no será por mucho tiempo, sé que un día vendrá y me llevará con él de nuevo a mi prisión, pero hasta entonces, quiero ser feliz y olvidarme de todo lo demás.

Hermione no pudo evitar que una lágrima resbalara por su mejilla. Ron alargó la mano y atrapó aquella lágrima entre sus dedos, acariciando suavemente el rostro de la joven. Ella, al sentir el roce, cerró los ojos y todos los vellos que cubrían su piel se erizaron.

—Lo siento, no sabía que te sentías así, pensé que tu vida era fácil y agradable. Parece que los dos estamos atrapados.

Hermione elevó los ojos hacia él, y con su mano atrapó la de Ron.

—Pero tú todavía tienes posibilidades de ser feliz.

El pelirrojo con suavidad, se deshizo de la mano de Hermione y dijo en un tono más seco:

—Se hace tarde, será mejor que volvamos.

—Claro —asintió ella aturdida—. Además, tengo una visita.

Ron ayudó a Hermione a subir a Winston y de nuevo, juntos, emprendieron el regreso a la granja sin que entre los dos hubiese ni una sola palabra más.

Mientras se daba un baño y se vestía para poder recibir al doctor Scamander, Hermione pensaba en su conversación con Ron en Southwest. En como él le había hablado de su interés en conseguir enamorarse de Lavender, eso le produjo un nuevo sentimiento mal sano hacia aquella mujer ¿por qué Cormac no era como Ron? ¿por qué no trataba de hacerla feliz como Ron, aun sin amarla, trataba de hacer feliz a Lavender? El sentimiento horrible hacia Lavender crecía por momentos.

Rolf llegó puntual, y Hermione ya le esperaba en el salón con una buena tetera y unas hermosas tazas de porcelana en la mesa. Se veía que el médico se había puesto sus mejores galas para la ocasión, aquel gesto halagó a Hermione.

—Cuénteme doctor, ¿qué tal todo por su consulta?

—Ajetreado —contestó mientras seguía con la mirada como la fina mano de Hermione vertía el té en su taza—. La verdad es que el anterior colega, y no es por desprestigiarlo, lo tenía todo manga por hombro. La ayuda de su amiga, la enfermera, Luna, es bastante estimable, pero es una mujer un tanto peculiar —observó.

—Sí, Luna siempre fue especial. Yo le tengo mucho cariño, es una gran mujer.

—Este lugar está lleno de grandes mujeres y muy hermosas. —Se produjo un incómodo silencio porque Rolf se había quedado sonriéndole con cara de bobalicón. Hermione, azorada, bajó la vista y trató de cambiar de conversación; no tuvo éxito—. ¿Piensa quedarse mucho tiempo aquí?

Ron había terminado su trabajo y entraba en la cocina justo cuando charlaban de forma amena en el salón, al escuchar voces, quiso pasar inadvertido, pero no pudo evitar oír la conversación de Hermione y su acompañante.

—En principio no tengo intención de marcharme.

—Es una buena noticia, así podremos disfrutar mucho más de su agradable presencia.
Hermione sintió que Rolf volvía a halagarla, usaba un tono demasiado meloso al hablar. Ron frunció el ceño, también había percibido lo mismo que Hermione.

—Gracias, su presencia también es interesante.

Sí, interesante era una palabra muy acorde.

—Debería visitar un día la consulta, así podría enseñarle cual es nuestro trabajo allí y podría ver a su amiga.

—Es una gran idea —sostuvo Hermione—. Tal vez me pase pronto.

—La recibiremos con mucho gusto.

"Y tanto" susurró Ron, que decidió no seguir oyendo la conversación. Había entrado sólo para beber un poco de agua y luego se iría su casa para no regresar hasta el día siguiente. Sin embargo, un estruendo, alguien que entró a toda prisa en la casa y sin ningún tipo de cortesía, hizo que todos se sobresaltasen.

—¿Dónde está Ron?

—Cielos, George… está, pienso que en las caballerizas… supongo —tartamudeó Hermione con el corazón agitado.

—Estoy aquí, ¿qué ocurre, hermano?

Ron se había descubierto al fin, Hermione se sorprendió aún más cuando lo vio salir de la cocina.

—Se trata de tu esposa, algo va mal, ha vuelto a sangrar y tiene fiebre.

Rolf se puso en pie de inmediato.

—Vamos, no perdamos el tiempo —se giró hacia Hermione, le besó el dorso de la mano y añadió—: continuaremos esta conversación otro día señora Mclaggen.

Sin embargo, Hermione apenas le hizo caso, sus pensamientos estaban con Ron, en la forma en que al pelirrojo se le había descompuesto el rostro con la mala noticia y en la celeridad con la que había abandonado la casa.


Hola, por fin estoy de vuelta, siento la tardanza ha sido un mes complicado con gripes, resfriados mal curados, bronquitis, rinitis alérgicas, en fin, un desastre.

Gracias por la paciencia y por los comentarios, espero que os haya gustado en nuevo capítulo. Besos.