Mientras Mai acomoda otro par de libros en la caja, su mente regresa a la escena de días anteriores. Casi había tenido un ataque de pánico cuando regresó a la heladería y no había señales de Oliver o los niños, pero solo le bastaron un par de minutos, unas pocas controladas respiraciones y sus instintos, para encontrarlos en una de las tantas bancas del parque, pero aun cuando los encontró, no daba crédito a sus ojos, porque aunque la banca tenía más que suficiente espacio para los tres, Kaori estaba sentada en el regazo de Oliver y Kazuya estaba pegado casi que como una goma a su costado. Y Oliver, Oliver para sorpresa de Mai, se veía tan calmado, como cuando saboreaba su taza de té pensando que nadie le veía. La escena no es como una con la que haya fantaseado jamás, pero eso no la hace menos memorable.

Ahora está segura, que muy probablemente estuvo parada ahí, abriendo y cerrando la boca como un pez fuera del agua por más tiempo del necesario, porque cuando la mirada de Oliver se cruza finalmente con la de ella, se atrevería a decir que vio alivio en ella. Se acerca a ellos y cuando Kazuya llama el suave Mamá, Kaori se desprende de Oliver y por primera vez Mai ve los rastros que dejan las lágrimas ahora secas en sus mejillas.

—¿Qué sucedió? —pregunta tomando a Kaori de los brazos de Oliver.

—Un espíritu —responde levantándose del banco y alisándose el pantalón—, probablemente atado a alguno de los clientes.

—¿Estás bien, cielo? —pregunta Mai apartando los cabellos de la frente de Kaori.

Kaori asiente efusivamente con la cabeza.

—Daddy hizo a los malos sentimientos irse lejos.

Oliver le da una mirada inquisitiva a Mai, pero lo único que recibe por respuesta es un encogimiento de hombros por parte de ella. Porque ella, como él, no puede hacer más que suponer.

—Gracias —gesticula Mai con la boca.

Y eso parece ser suficiente para romper la burbuja.

—Tengo que irme —habla Oliver, aumentando la distancia física entre él y los niños por primera vez en lo que lo va de la tarde, la máscara de indiferencia puesta firmemente en lugar.

—Oh, sí, claro —habla Mai torpemente—, ya hemos tomado suficiente de tu tiempo.

Oliver asiente.

—No olvides evaluar la propuesta que te hicimos.

—Lo haré.

Oliver dirige su mirada a los niños.

—Kazuya, Kaori —les da un asentimiento de cabeza a modo de despedida, antes de comenzar a caminar.

Kaori mira a su madre con el entrecejo fruncido y los labios en puchero.

—¿Por qué Daddy no se despidió de nosotros?

—Lo hizo, cielo. Solo que su manera es un poco diferente a la nuestra.

Kazuya toma la mano que le ofrece su madre.

—Él… es gracioso.

Mai aprieta los labios para no soltar la carcajada. A Oliver podrían llamarlo muchas cosas, pero jamás gracioso, la mente de los niños nunca dejaría de asombrarla.

—…-san, …ai-san, Mai-san.

Mai deja escapar un gritito cuando la mano que se agita frente a sus ojos la regresa al presente.

—Sí, profesor —contesta más alto de lo necesario.

—Guau, estabas muy lejos de aquí, ¿no es así? —pregunta el profesor con una sonrisa, haciendo que racimos de arruguitas aparezcan alrededor de sus ojos.

Las mejillas de Mai se colorean.

—¿Los niños? —pregunta mientras continúa empacando en otra caja.

—No…, sí —se lleva la mano a la cara—, es complicado.

—¿Cuándo no es complicada la vida, Mai-san?

Mai deja su trabajo de empacar y va a servir dos tazas de té. Las sillas y los escritorios ya han sido embalados así que cada uno toma asiento sobre una caja mientras sostienen la taza de té.

—El padre de los niños está de regreso.

—¿El joven que no sabe que tiene dos hijos del otro lado del mundo?

—Lo sabe ahora —dice Mai sin apartar la vista de su té.

—¿Se lo dijiste? —pregunta con sorpresa.

Mai deja el té sobre otra caja y se levanta de su improvisado asiento antes de comenzar a pasear por lo que solía ser la oficina que compartía con el profesor.

—No, fue una absurda casualidad, de esas cuyas probabilidades están en el orden del 0,01 por ciento.

—Oh, debió ser incómodo.

Mai rueda los ojos.

—Eso es una forma muy sutil de ponerlo.

—¿Y cómo lo ha tomado?

Mai se encoge de hombros.

—Es difícil de decir, ya sabe, cómo dice usted, soy como un libro abierto cuando se trata de mis emociones, bueno, Oliver es como uno cerrado con cerrojos, cadenas y del cual tiraron la llave.

—¿Pero?

Mai juguetea con sus manos.

—Creo que está intentando conocerlos, hacer las paces con este nuevo descubrimiento, no creo que él lo vea, o lo entienda, pero ha empezado a crear lazos con los niños —se sienta de nuevo en la caja y suspira llevándose la manos a la cara—, o quizás soy yo queriendo ver cosas donde no las hay, proyectando…

—Y no solamente se trata de los niños…

Mai lo observa confundida, por lo que el profesor decide elaborar su observación.

—Se trata de ti. Un libro abierto, ¿recuerdas? —bromea—. Sí, el tiempo ha pasado, Mai-san, pero tú y yo sabemos que este Oliver, es mucho más que el padre de tus hijos para ti, y necesitas decidir si además de en la vida de tus hijos, lo quieres de vuelta en la tuya.

Mai abrió la boca lista para replicar, pero cualquier conversación que pudiese seguir es interrumpida por el toque a la puerta.

—Adelante.

—Buenas tardes, somos los de la mudanza.

—Oh, sí, sí —dice el profesor levantándose de la caja—. Solo nos falta terminar de empacar un par de cajas, pero pueden empezar a mover el resto.

El hombre asiente y da instrucciones al resto de sus acompañantes.

—No me cansaré de decir cuánto lo siento, Mai-san —comenta el profesor cambiando de tema.

—Y ya le he dicho, profesor, que no hay necesidad, es la oportunidad que había estado esperando, no puede dejarla pasar.

—Voy a extrañar trabajar contigo todos los días.

—El sentimiento es mutuo, profesor.

—Por cierto —comenta, dándole un nuevo giro a la conversación—, si estés interesada, la profesora Himura del departamento de psicología clínica está buscando una nueva asistente, tiene fama de ser una absoluta cascarrabias, pero todos tenemos defectos —dice con una sonrisa—. Podría referirte si quieres.

—Se lo agradecería muchísimo, profesor.

—Ahora será mejor que terminemos de empacar.

… …

Esta es la quinta o sexta vez que relee la propuesta de Ol…, de JSPR, no hay razón para no aceptarla, el pago es muchísimo mejor de lo que alguna vez fue o lo será en la universidad. No se le estaba ofreciendo un cargo asistencial como el que ostentaba anteriormente, sino uno como investigadora. Además, estaría trabajando con amigos, familia. Y como si fuera poco, le ofrecía posibilidades que en su situación de estudiante y madre eran bastante favorables.

Debería ser una decisión sencilla, de esas que se toman a ojos cerrados, porque simplemente no hay otra mejor, pero cada vez que toma el teléfono dispuesta a llamar, la pregunta que le hizo su profesor días atrás vuelve a repetirse una y otra vez en su mente. ¿Quiere a Oliver de regreso en su vida para bien y para mal? Porque aunque se repita una y otra vez que solo es un trabajo, sabe que es mucho más que eso, sabe que eventualmente las cosas dichas y las que no, les alcanzarán y se pregunta si cuando eso suceda, ¿será capaz de manejarlo? ¿Serán capaces de manejarlo?

Cierra el teléfono y arroja la propuesta en la cesta de la basura más cercana.

… …

Mai termina de recoger sus pertenencias mientras el resto de los estudiantes sale del aula en barullo de conversaciones, cuando escucha el llamado de su profesora.

—Taniyama-san, ¿podría tomar algo de su tiempo?

—Sí, profesora Himura —dice acomodándose el bolso y bajando los escaños—. ¿Qué sería?

—Fue hasta hace poco asistente del profesor Takashi, ¿cierto?

—Sí.

—Él no tenía más que palabras de elogio para usted —dice acomodándose las gafas en el puente de la nariz.

—Oh —es lo único que atina a decir Mai.

La profesora levanta una de sus cejas, claramente poniendo en tela de juicio los elogios de su colega hacia la chica, y arruga la nariz, porque el juicio de la mayoría de los hombres parecía irse al garete ante la presencia de una cara bonita.

—Esperaría de una estudiante notoria, como usted, un poco más de elocuencia.

—Sí, lo siento, me ha tomado por sorpresa, profesora —dice reacomodando los libros que lleva en los brazos—. Estuve trabajando hasta recientemente con el profesor Takashi, poco más de dos años.

—Su trabajo era asistencial, según se me ha dicho.

—Sí, y en algunas ocasiones colaboraba con sus investigaciones —agrega.

—Entiendo —dice removiendo algunos papeles en el escritorio—, asumo entonces que su disponibilidad mínima de horario debería ser de cinco horas en las tardes.

—No exactamente —contradice Mai—. El profesor Takashi me permitía cierta flexibilidad con los horarios y llevar trabajo conmigo a casa.

La profesora Himura frunce el entrecejo.

—¿A cuentas de qué? Si me permite preguntar.

—Tengo dos hijos.

La profesora suspira y niega con la cabeza.

—¿Cuantos años tiene Taniyama-san?

—Veinteiuno—responde con la guardia en alto.

La profesora chasquea la lengua y le dedica esa mirada reprobatoria que muchos le dedican cuando saben lo de sus hijos.

—Jóvenes estos días. No terminan de ser responsables de ellos mismos y ya creen que pueden ser responsables por alguien más —dice, la mirada fija en Mai, que se muerde la lengua para no responderle, algunos comentarios era mejor dejarlos sin respuesta. La profesora se retira las gafas y masajeándose el puente de la nariz vuelve a hablar—. Supongo que si es tan buena en el trabajo como el profesor Takashi decía, no debería ser un problema, en tanto sus hijos no afecten su desempeño.

—… —Mai calla, porque si habla, no será responsable por sus palabras. Sí, era una madre, pero también era una profesional, y esos no eran conceptos mutuamente excluyentes.

—Si le interesa, necesito una nueva asistente, podríamos arreglar para que sus condiciones laborales sean las mismas, obviamente estaría en periodo de prueba durante los siguientes tres meses, entenderá que debo asegurarme que su desempeño no se vea afectado por factores externos.

Mai sujeta con fuerza la correa de su bolsa.

Era lo que quería, ¿no?, se pregunta. Seguir con su vida como siempre, pero no, solo su trabajo en la universidad sería como siempre, y eso era decir mucho, porque la actitud de esta mujer a primera vista, dejaba mucho que desear, y si tenía que aguantarse alguna actitud sería la de… Imágenes, recuerdos, risas, palabras, viajan al mismo tiempo en su mente.

La respuesta que tan esquiva le fue por días, ya no lo era.

—Lo siento —dice realizando una ligera inclinación—, tengo que declinar su oferta, ya tengo trabajo.

... ...

NA. Por mas que quisiera actualizar mas seguido es cada vez mas dificil sacar tiempo para escribir, igual trataré de sacar así sea un capitulo mensual. Gracias por seguir ahí.