NOTA: Bueno, antes de comenzar, solo quería disculparme por todo el tiempo que llevo sin actualizar. He estado yendo a terapia y tras las primeras sesiones me encontraba demasiado deprimida como para escribir, así que con este capítulo he ido avanzando con lentitud. Y ya aprovecho para darle las gracias a Pam por todos los comentarios que me deja en cada capítulo (que, como es un Guest, no le puedo enviar mensajes). Me encanta este fic, pero me encanta todavía más ver toda la atención que recibe.

Pues nada, a disfrutar de la lectura ^_^

- Eh, tú, sal de una vez - exigió el niño de forma autoritaria, bastante arrogante para alguien de su edad.

Las hojas de los arbustos comenzaron a agitarse tímidamente hasta que unos inseguros ojos se descubrieron entre la maleza.

- … Hola - saludó aquel pequeño mientras salía de su escondite.

- Venga, date prisa - apremió el muchacho impaciente y, sin ningún tipo de reparo, tiró de su brazo para poder verle de cerca.

Tras el inesperado agarrón, aquel misterioso y temeroso niño trató, avergonzado, de cubrir su vulgar indumentaria, pues los desgarrados harapos que vestía no parecían ni de su tamaño. No obstante, ese detalle no pareció incomodar a su acompañante.

- ¿Cómo te llamas? - quiso saber el niño, quien miraba con curiosidad al tímido muchacho.

En ningún momento soltó su brazo, pues, después de estar siguiendo su rastro durante tanto tiempo, se negaba a dejarle marchar.

- Eh... Yo... - murmuró el pequeño huérfano, incapaz de dar con una respuesta.

- ¿Ni siquiera sabes tu nombre? Eres patético.

El extraño niño tenía su desaliñado cabello tan largo que, cada vez que agachaba la cabeza, su rostro quedaba oculto de miradas ajenas.

- Tendré que ponerte uno - propuso el muchacho.

Ante aquella idea, el niño sin nombre observó a su compañero con un brillo esperanzador en la mirada, pues jamás había recibido tanto afecto de otra persona.

- ¿Tú harías eso por mí? - preguntó ilusionado.

- Es que es molesto no saber cómo dirigirme a ti, idiota - le reprochó, intentando de alguna forma quitarle importancia a su propuesta.

La amplia sonrisa que se estaba dibujando en el niño huérfano terminó por desvanecerse cuando se fijó en la todavía reciente quemadura que afeaba el brazo derecho de su compañero.

- Siento... lo de la otra vez... - murmuró cabizbajo - Todavía me cuesta controlarlo...

- Ah, esto - respondió el otro joven, mirándose la herida - Como si fuera suficiente para hacerme daño - soltó, orgulloso.

A pesar de su actitud engreída, una minúscula parte de él quería reconfortar a su nuevo amigo. Desde el día del incidente era preciso que únicamente se vieran a escondidas puesto que, tras aquel desafortunado acontecimiento, el pequeño huérfano no era visto con buenos ojos por ningún habitante de ese humilde pueblo.

Entonces, sin soltarle el brazo, el muchacho se fijó en que su vagabundo compañero siempre solía dejar que su largo pelo le cubriera el rostro, por lo que decidió aventurarse a retirar su cabello con la mano que tenía libre.

- ¿Qué haces? - preguntó el pequeño niño desaliñado tras sobresaltarse por aquel toque tan cercano.

- Siempre tienes el pelo en toda la cara - se quejó su amigo mientras lo retiraba como podía - Así no te veo los ojos, estúpido.

- Perdón... - murmuró tímidamente el pequeño mientras apartaba la mirada.

El cuerpecito del huérfano tembló ligeramente, pues no podía evitar ponerse nervioso ante el toque tan cercano de su compañero. Que invadiera de aquella forma su espacio personal solo conseguía que un leve rubor cosquilleara sus mejillas, mas no era capaz de oponerse a aquella cercanía.

En ese momento una voz adulta alertó a los dos muchachos, por lo que se giraron hacia aquella llamada. No obstante, uno de los jóvenes permaneció tranquilo al reconocer su nombre.

- Es mi madre - aclaró con algo de desánimo al percatarse de que le estaban buscando.

Finalmente, soltó el brazo a aquel chico sin nombre y se dispuso, muy a su pesar, a marcharse.

- Tengo que irme. Tengo clase de piano - explicó.

- Eh... - intervino de forma insegura su compañero - ¿Qué es... el piano? - preguntó tímidamente.

Ante la absurda pregunta proveniente de ese huérfano asocial, el chico esbozó una sonrisa burlona.

- En serio, eres muy patético - concluyó.


De la misma forma en que la condena a muerte de Midoriya se hizo pública, la desaparición del príncipe y la huida del presunto criminal no tardó en recorrer el reino entero. Tras comprobar con certeza que Todoroki no se encontraba en ninguna estancia del castillo, la ansiedad comenzó a crecer entre los miembros de la nobleza.

- ¡Debería condenaros a todos por incompetentes! ¡Inútiles! - vociferaba el rey, pues era evidente el descontento que presentaba hacia sus hombres.

Entre los nobles y el resto de habitantes del reino se había extendido la conjetura de que el palafrenero había escapado de su celda y, posteriormente, había secuestrado al príncipe. Sin embargo, Endeavor no cayó en esa mentira. Sabía que Midoriya no era un rebelde y podía imaginarse que había sido su propio hijo quien había liberado al prisionero, pues, aunque lo aborrecía, no era capaz de ignorar la obsesión que Todoroki tenía por el palafrenero.

El rey no compartió su versión de los hechos con nadie más, ya que el falso secuestro del príncipe serviría para incriminar a Midoriya de una vez por todas.

Aprovechando que los fugitivos solo habían huido durante una noche, comenzaron pues a organizar equipos de búsqueda, aunque, para su desgracia, nadie era capaz de hacerse una idea del lugar hacia el que se dirigían. Por ello, las tropas tardaron en dividirse todos los posibles rumbos.

Por todo el reino solo se escuchaban comentarios de incredulidad ante el inesperado secuestro, plegarias que deseaban el bienestar del príncipe y hasta chismorreos sobre el incierto paradero de los dos muchachos. Desde luego, era imposible no recurrir al mismo tema de conversación.

- ¿Veis a esas gentes? Desconocen la sutil atracción entre el príncipe y su curioso compañero - comentaba Aoyama a los indiferentes perros mientras acariciaba las cuerdas de su laúd.

- ¡Deja de inventar, cuentista! - maldijo una mujer que venía del mercado tras escuchar las habladurías del juglar, pues veía aquel comentario como una descarada broma - Alguien que se atreve a secuestrar a un miembro de la realeza solo puede ser un criminal.

Una joven campesina se encontraba por casualidad escuchando las palabras del juglar, por lo que decidió intervenir al percatarse de la seguridad con la que Aoyama pronunciaba sus relatos.

- ¿Sabes adónde han ido? - preguntó curiosa Uraraka.

Aquella inocente cuestión provocó que la mujer esbozara un gesto de molestia, pues llegó a considerarlo un atrevimiento irrespetuoso.

- No escuches a ese individuo. No está cuerdo - reprochó la mujer - Si fuera sensato, aguardaría a que los caballeros de la corte den caza a ese vándalo.

Tras escuchar ese rudo comentario, Uraraka optó finalmente por encarar a la mujer.

- Mi amigo no es ningún delincuente - aseguró sin ninguna duda - Siempre hace todo lo posible por ayudar a los demás, es un chico trabajador y perseverante y jamás pensaría en hacer daño a nadie - la jovencita pronunció aquellas palabras con tanta seguridad que sus ojos, clavados en la escéptica mirada de la señora, llegaron a brillar.

- No sabes lo que dices - le recriminó la mujer - No podía esperar una respuesta realista de alguien de tu calaña - escupió antes de proseguir su camino, dando así por finalizada su intervención.

Para la desgracia de la joven, aquella mujer de lengua viperina estaba en lo cierto, pues Uraraka arrastraba una mala reputación desde que sus padres fueron condenados por jugar con magia negra. Aquel acto iniciado sin ninguna intención tirana ni destructiva, únicamente con deseos de aferrarse a una ínfima posibilidad de aumentar sus cosechas, fue contemplado como una amenaza por los ojos del rey.

Desde entonces tanto los movimientos de Uraraka como los de su abuelo, quien ahora se encargaba de cuidar a la pequeña, eran observados con lupa. No obstante, Midoriya nunca dejó de creer en su buena fe y, de esa forma, mantenían una amistad muy especial. Por ello, Uraraka no tenía intención de permitir que nadie asumiera que su mejor amigo era un criminal.

- Imagino que debe de ser duro no ser capaz de encajar en la sociedad - comentó Aoyama.

- Pues yo...

- Mejor dicho: no soy capaz de imaginarlo ya que soy un reconocido artista aceptado y admirado por todos - interrumpió de nuevo el juglar a la muchacha.

Por su parte, la chica dejó escapar un suspiro y decidió insistir en conocer qué sabía exactamente ese juglar.

- ¿De verdad conoces el paradero de Deku y el príncipe Todoroki? - preguntó mientras dirigía su mirada a Aoyama.

- Huyeron hasta perderse en la oscuridad del bosque, más allá de los confines del reino - pronunció mientras tocaba su laúd de manera despreocupada.

- Tengo que encontrarle - expresó con firmeza tras mantenerse pensativa unos segundos - Deku haría lo mismo por mí.

En ese momento Aoyama esgrimió una escéptica sonrisa.

- ¿Qué te hace pensar que quieran ser encontrados? - inquirió.

La joven aldeana parpadeó confundida, pues no se esperaba aquella pregunta.

- Si la guardia real averigua dónde se encuentran, estarán en peligro - insistió la chica - Si siguen pensando que Deku atentó contra la vida del príncipe... - las palabras se quedaron atascadas en su garganta, por lo que no fue capaz de terminar aquella frase - Es mi mejor amigo - murmuró.

- Puede que todavía estén alejándose de tierras conocidas. Puede que no vuelvan - continuó el juglar sin tener en cuenta el estado de ánimo de la jovencita - Una historia fascinante sobre un reino que terminó por quedarse descabezado.

Incapaz de rebatirle nada a Aoyama, pues la muchacha se había quedado sin argumentos, guardó silencio, perdida entre la fantasía y la veracidad de las palabras del juglar. Tras percatarse de que lo único que se escuchaba eran las solitarias notas musicales que provenían de su laúd, Aoyama intervino de nuevo.

- Si quieres encontrar a tu amigo, - comenzó - tendrás que ser más rápido que ellos - explicó, refiriéndose a los hombres del rey - Y no te vendría mal algo de ayuda.

Aunque confiaba en volver a ver a su amigo sano y salvo, la joven aldeana no podía evitar imaginar que Midoriya se encontraba en peligro, por lo que aquella propuesta le resultaba tentadora.

- ¿Vas a ayudarme? - inquirió, esperanzada.

Sin embargo, el juglar dejó de tocar, aparentemente sorprendido por su pregunta.

- Yo no he dicho eso - aclaró, dispuesto a marcharse - Encuéntrales antes que ellos - le recordó.

- ¡Espera! ¿Cómo voy a lograrlo yo sola? Nadie sabe dónde se encuentran.

Antes de abandonar a la chica, Aoyama se detuvo una última vez.

- Midoriya es tu mejor amigo - comentó, repitiendo así las palabras de la propia Uraraka - Me atrevería a decir que estás muy apegada a él... Puede que, después de todo, sepas dónde se encuentra - aseguró antes de comenzar a tocar de nuevo su laúd y emprender su camino - ¡Crea tu propia historia, joven sin talento!


Su marcha no se detuvo. Caminaron sin descanso durante toda la noche con intención de dejar atrás el reino, de no sentir los ojos de la autoritaria aristocracia sobre ellos... de adentrarse cada vez más en tierras desconocidas y, probablemente, no volver nunca. Los músculos de las piernas de los muchachos se encontraban cada vez más cargados, mas su miedo por ser descubiertos les impedía detenerse.

Según avanzaban en su travesía, la tarde se cernió sobre ellos. Desconocían el rumbo que habían tomado, pues alejarse era su única prioridad. En cuanto el príncipe se percató de que Midoriya había ralentizado la marcha, le tomó de la mano y afianzó el agarre para no permitir que su compañero se quedara rezagado.

No obstante, cuando el aguante del joven palafrenero tocaba su fin, no tuvieron más remedio que realizar una breve pausa y buscar cuanto antes agua y frutos.

"Deberías descansar tú también".

Midoriya solía insistir cada vez que contemplaba cómo Todoroki prefería permanecer de pie, visiblemente inquieto, en lugar de tomarse un descanso. Aquella propuesta bien intencionada siempre iba acompañada de un rotundo "no" por parte del príncipe, quien esperaba ansioso retomar la marcha.

Todoroki, obsesionado con evitar ser localizados, insistía en proseguir su camino cada vez que unos escasos minutos transcurrían desde su pausa, por lo que, en alguna ocasión, llegaba a ser insoportable. Incluso, para el futuro arrepentimiento del príncipe, se tomaba la libertad de recordarle a Midoriya de forma absurda que le debía obediencia. Aquellos fríos comentarios herían los cimientos de su relación, la cual se había construido con esmero durante tanto tiempo.

Sin embargo, el príncipe estaba permitiendo que el cansancio en su cuerpo se apoderase de él, por lo que se encontraba desesperado e impaciente. Por su parte, Midoriya cada vez se veía más incapaz de negarle una petición a Todoroki, por lo que no tenía más remedio que acatar sus demandas. Negándose a descansar, el joven príncipe siguió forzándose y, sin aflojar el agarre de sus manos, continuó avanzando por el frondoso bosque que parecía engullirles.

- Todoroki - llamó Midoriya mientras se dejaba arrastrar por su compañero.

No obstante, el príncipe no se molestó en mostrarle al joven palafrenero ni una intención de responderle. Por el contrario, siguió dirigiendo la marcha con el chico siguiendo sus pasos.

- Todoroki, hace horas que deambulamos por tierras desconocidas - aseguró Midoriya, tratando de sonar calmado.

Le resultaba evidente detectar que Todoroki se encontraba muy alterado, por lo que, a pesar de que no le dirigía la palabra, insistía en tranquilizarle.

- Ni siquiera sabemos adónde nos dirigimos... No nos encontrarán.

- No voy a correr ese riesgo - soltó de manera cortante, dejando claro que no aceptaría más argumentos.

Al comprobar que resultaba inútil dialogar con el príncipe, Midoriya decidió detenerse.

- Estoy agotado - explicó bajo la interrogante mirada de Todoroki.

Finalmente el joven palafrenero se soltó del agarre de su compañero y se sentó en la hierba. No habían dejado de caminar en todo el día y, además, contaban con el cansancio adicional de no haber dormido lo necesario durante la noche anterior. Estaba comenzando a oscurecer, por lo que seguir deambulando sin rumbo podía ser imprudente. Por todos estos inconvenientes, el joven príncipe dejó escapar un suspiro de resignación y optó por buscar un lugar en el ambos pudieran resguardarse antes de que cayera la noche.

- Vamos - apuró a Midoriya - Es el último esfuerzo.

De nuevo, escuchar un tono tan autoritario impidió a Midoriya la posibilidad de rebatirle nada. Por ello, terminó cediendo y caminó tras el príncipe, confiando en que, tal y como aseguraban sus palabras, su próxima caminata fuera la última del día.


Tras haber localizado un refugio idóneo para su situación, Midoriya no tuvo reparo en prácticamente dejarse caer sobre la tierra, la cual, debido al cansancio, se le antojaba hasta cómoda. Por su parte, Todoroki comprobaba que la conformación de aquella cueva fuera segura, pues, después de haber llegado tan lejos, no era atractiva la idea de quedarse atrapados o morir por un derrumbamiento.

Entonces observó cómo Midoriya descansaba de costado, visiblemente exhausto. Tras entrar en razón, Todoroki comprendió que, cegado por lograr sus objetivos, había estado ignorando las necesidades de la misma persona a la que deseaba proteger. Midoriya era un chico torpe, pero en ese momento el joven príncipe era el único que no había sabido adoptar una conducta ejemplar.

Arrepentido por sus insensatas acciones, Todoroki se quitó la capa y, posteriormente, se sentó al lado de su compañero.

- Midoriya - llamó, con lo que consiguió la atención del muchacho.

Entonces carraspeó para aclararse la garganta, pues no podía evitar pensar que se encontraba avergonzado.

- Quiero... pedirte disculpas por mi comportamiento. Solo pensaba en escapar y debo reconocer que la situación me ha superado - confesó, incapaz de mantenerle la mirada a Midoriya.

Por su parte, el joven palafrenero se incorporó lentamente hasta quedar a la misma altura que Todoroki.

- Todoroki, somos un equipo - le recordó - No era necesario que me asustaras para que te obedeciera.

- Lo sé - reconoció el príncipe ante aquella recriminación - La verdad es que yo también estaba asustado. Cuando te arrastraron a los calabozos sentí que te había perdido para siempre. Era una sensación tan impotente que no estaba dispuesto a tener que pasar por ello de nuevo. Por eso has tenido que aguantar mi insufrible actitud.

Tras aquellas explicaciones, Todoroki permaneció cabizbajo, pues reconocer que había obrado mal con la persona que quería le provocaba una punzada de rabia.

- No haber sabido dirigir esta situación como es debido me hace plantearme si seré un rey competente - confesó de pronto, pues su desesperado estado de ánimo le hacía verbalizar sus inseguridades, incluso aunque fueran producto de una paranoia.

- Nadie está preparado para escapar de su hogar e incumplir la ley, Todoroki - le aseguró Midoriya en un intento por alentar al joven príncipe - Estoy seguro de que serás un rey admirable.

Sin poder evitarlo, Todoroki esbozó una pequeña sonrisa. Además del sincero comentario de ánimo, el hecho de escuchar su nombre de los labios de Midoriya cosquilleaba sus oídos de forma juguetona. Después de meses siendo tratado de vos olvidaba la satisfacción que aquella sencilla acción le generaba. Por todo ello, se tomó la libertad de relajarse y, finalmente, la tensión en su cuerpo comenzó a desvanecerse.

- Gracias - le dijo a Midoriya tras levantar la cabeza para observar su rostro.

En el exterior de la cueva el sonido del viento golpeando las hojas de los árboles comenzaba a hacerse notar. Por suerte ambos estaban a salvo del frío temporal en aquel provisional refugio. No gozaban de la seguridad de una fortaleza inexpugnable y, sin embargo, en aquella simple cueva habían encontrado un resguardo incomparable al de una vida rodeado de la nobleza.

No se escuchaba nada. Nada más que el movimiento desordenado de la hierba impulsada por el viento en el exterior. No había guardias, no había murallas, no había rey. Era gratificante sentir que en esos momentos no estaban siendo vigilados. Midoriya recargó la espalda contra la pared y respiró profundamente, convencido de que ambos podrían descansar por fin esa noche, pues con la oscuridad a punto de apoderarse del paisaje no era probable que un equipo de búsqueda rondara los alrededores.

- Midoriya - llamó de nuevo Todoroki, rompiendo de esa manera el silencio - Me gustaría hacerte una proposición.

- ¿De qué se trata, Todoroki? - preguntó el muchacho, intrigado por aquella repentina petición.

Así, el joven príncipe comenzó a buscar las palabras adecuadas para expresar todo lo que rondaba su mente.

- No es fácil... - empezó, haciendo un esfuerzo por no apartar la mirada, pues quería que sus palabras sonaran firmes - Midoriya, meses atrás jamás me habría imaginado que terminaría huyendo de mi propio reino para salvarte. Pensar que existe una mente que todavía cree en la igualdad y en el cambio me da fuerzas para confiar en otra forma de reinado. Si no te hubiera conocido, seguramente nunca me habría planteado enfrentarme a mi padre de la manera en la que lo estoy haciendo ahora. Midoriya, tú me has dado esa fuerza.

El joven palafrenero escuchaba aquellas palabras con terrible curiosidad y agradecimiento, pues quería saber qué había llevado al príncipe a pronunciar tantos halagos hacia su persona.

- Midoriya... cuando llegue a ser rey me gustaría que tú reinaras a mi lado - expresó con seguridad ante la atenta escucha de su compañero - Sé que este refugio no es un lecho digno de dos futuros gobernadores, pero ignoro cuándo será la próxima vez que volvamos a encontrarnos en un lugar tan apartado del reino, donde la ley actual impera.

Tras comprobar que el muchacho le seguía la conversación, Todoroki se acercó al chico, permitiendo que unos escasos centímetros les separasen.

- Midoriya, quiero que la distancia entre nosotros deje de existir - confesó - Quiero que me hagas el amor.


Invadido por el hastío y la preocupación, el pequeño roedor se dispuso a tocar una sencilla melodía en el mismo piano con el que impartía clases al joven príncipe. Además de distraer su mente, aquella actividad le servía para ejercitar su gastada audición, pues su oreja no fue rebanada al azar: Endeavor sabía perfectamente que, para un profesor de piano, la sordera significaba su ruina absoluta, por lo que el castigo de Nedzu fue ideado de forma calculadora.

- Es una pieza maravillosa - comentó Yaoyorozu.

La joven, tras enterarse de la desaparición del príncipe había acudido al lugar lo más rápido que su embarcación le permitió, por lo que consiguió llegar cuando la noche había caído. Al seguir estando comprometida con Todoroki, era deber suyo mostrar su apoyo y el de sus gentes en aquellos momentos de desasosiego.

- Sois muy amable, princesa Yaoyorozu - respondió Nedzu a modo de agradecimiento sin dejar de tocar.

A pesar de que intentaba disfrutar de la música de Nedzu, la princesa estaba inmersa en sus pensamientos, preocupada por el bienestar del príncipe. La fría noche había caído y, por seguridad, los equipos de búsqueda habían aplazado su misión hasta el próximo amanecer.

- Yo también espero que esté bien - comentó de pronto el roedor.

Yaoyorozu dirigió la mirada al profesor y se dio cuenta entonces de que la música se había detenido.

- Lo siento - expresó la joven al percatarse de que su actitud ausente resultaba innegable - Confiemos en que así sea.

- ¿Sabéis? El príncipe Todoroki me recuerda a un antiguo alumno al que instruía hace años - confesó con intención de que ambos abandonaran aquellas dañinas reflexiones.

Entonces Nedzu comenzó a rebuscar con lentitud una obra musical en concreto y, entre todas las partituras amontonadas sobre el piano, consiguió localizar aquella que tanto le interesaba.

- El mismo alumno que compuso esta melodía - aclaró.

Con el fin de observar de cerca la pieza la princesa Yaoyorozu caminó hasta quedar al lado de Nedzu, quien seguía sentado al piano.

- "Nuestra despedida" - leyó el título la joven - Suena bastante desolador.

- Es posible - comentó el roedor antes de dejar escapar un suspiro.

Aunque había debatido con el príncipe Todoroki las posibles interpretaciones de esa partitura, en esos momentos Nedzu se encontraba descorazonado.

- Ambos se parecen - continuó el profesor sin dejar de pensar en sus alumnos - Sus personalidades son distintas, pero el simple hecho de haber conocido a una persona les ha impulsado a perseguir aquello en lo que tanto creen - explicó mientras se permitía adoptar una actitud melancólica - Me gustaría volver a verles pronto.

- ¿Recordáis cómo se llamaba vuestro antiguo alumno? - preguntó con curiosidad la princesa Yaoyorozu, quien escuchaba con atención cada palabra de Nedzu.

- Por supuesto. ¿Cómo olvidarle? - respondió el roedor mientras sonreía al pensar en él - ¿Cómo olvidar a un terremoto como Katsuki Bakugou?