Décima historia: Sólo el inicio de la aventura
Esa misma tarde, los heraldos cabalgaron por las calles pregonando una noticia excepcional: El Príncipe Ahmed se había vuelto bueno otra vez y regresaba a casa junto al Príncipe Alí; Habían enfrentado a los sudislandeses, atrapado al Príncipe Hans y arrojado al resto fuera del reino. Por si fuera poco, venía con ellos la Reina de las Nieves, quien los había ayudado a derrotar al enemigo junto con la princesa y su amigo.
Te mentiría si dijera que, apenas sonaron las trompetas que anunciaban la apertura de las puertas y la llegada de los príncipes, la gente estalló en júbilo. En realidad, había en el ambiente una extraña atmósfera de quietud y asombro. Lento y en silencio los habitantes de Agrabah interrumpieron cualquier cosa que estuvieran haciendo: salieron de sus casas, dejaron sus labores, tomaron a sus niños y fueron a las puertas del muro para asegurarse que sus oídos no los engañaban. Vieron a los dos príncipes entrar a pie, con la cabeza descubierta y gacha en señal de humildad; tras ellos iba Elsa, Anna y Kristoff, y más atrás el contingente de soldados con Hans atado sobre su montura, humillado y exhibido ante los ojos mudos de agrabinos comunes.
Elsa había pasado tantos meses escondida que marchar entre tanta reverencia y respeto le causó un extraño desconcierto. Se dio cuenta que, por primera vez en mucho tiempo y ante los ojos de los demás, volvía a ser tratada como reina. Las personas murmuraban o dejaban ir algún tímido comentario entre ellos. No muy lejos de ahí se escuchó un crujido, como si algo se rompiera y después, voces de niños que entonaban una canción de juegos. Corretearon frente al contingente y aquello fue como la chispa de un polvorín, creando una reacción en cadena que en pocos segundos hizo a los presentes pasar del completo silencio a un desborde de gritos, aullidos y exclamaciones de felicidad y alivio. ¡Las noticias eran ciertas! ¡Los niños podían volver a jugar! Ya no había razón para tener temor.
Entusiasmados, se acercaron a los príncipes, los soldados se apresuraron a retener a la multitud, pero Alí y Ahmed intervinieron y los invitaron a unírseles. El príncipe heredero exclamó repetidas veces: "A todos a quienes hice daño, me arrepiento con toda el alma y les compensaré en todo lo que pueda". La sonrisa que se asomaba al rostro de Alí no podía borrársela nadie y tras un momento, unos niños ya estaban trepados sobre los lomos de Sven y Maximus; Kristoff cargaba a otro sobre los hombros, rió fuertemente y le lanzó un guiño a la Princesa Anna con su ojo aún hinchado por el golpe de Hans. Ella le besó la mejilla y le susurró que así se veía "más rebelde". Así realeza, soldados y gente común marcharon juntos hasta las puertas del palacio, donde el Sultán Cassim los esperaba.
Entonces los príncipes se adelantaron y cuando estuvieron frente a su padre, Alí y Ahmed cayeron de rodillas, con duelo y ante los ojos del pueblo, a los pies del Sultán. Inmediatamente el monarca los levantó, les besó las mejillas y los apretó fuertemente contra él. Alí murmuró algo al oído del su padre y señaló a los tres viajeros.
Elsa saludó al Sultán con la reverencia propia de una reina, él devolvió el gesto, abrió los brazos y expresó a las hermanas con su grave voz:
—Majestades, les damos la más cordial bienvenida. Les aseguro que si aún viviera mi querida esposa tendrían una mejor acogida, pero no podríamos haberlo hecho con mejor voluntad. Reina Elsa, lamento que hayas tenido que estar tan lejos de casa, debieron haber pasado un viaje muy duro. Tu hermana y el Príncipe Alí me han contado lo que vivieron juntos, así como de tu gran valentía. Es un honor tenerte aquí con nosotros.
— La hubieras visto, ella sola capturó el Príncipe Hans. — Interrumpió Alí. Los jóvenes se miraron y descubrieron que ya eran amigos.
— ¿Eso hizo, eh? Bueno, eso nos deja con un asunto pendiente. — Miró de reojo al Príncipe Hans, a quien nadie le quitaba su mueca de disgusto. — Pero por lo pronto, deben descansar, que bien se lo tienen merecido. Majestades, les prepararé una alcoba al momento y no se preocupen más por esta odiosa persona. Ya mañana decidiremos qué hacer con él.
A la mañana siguiente, el Sultán llamó a consejo y se dieron cita en el salón del trono. Elsa, Anna y Kristoff se sentaron a izquierda del monarca y Alí y Ahmed a su derecha. A su alrededor se pararon los nobles y cortesanos del reino. Ordenaron traer al prisionero y aparecieron dos guardias sosteniendo al Príncipe Hans hasta llevarlo al centro del salón. Estaba pálido, sus ojos y mejillas parecían hundidos; pues aunque le habían dado buena comida y suficiente agua durante la noche anterior, se mantuvo reacio a probar bocado. Sus manos atadas temblaban y sudaban, pero el Príncipe de las Islas del Sur estaba decidido a ocultar cualquier señal que manifestara debilidad. Vio a las hermanas a escasos metros frente a él y lanzó un suspiro que denotaba un soberano desprecio.
— Le aseguro que no sacará nada bueno de esto, Sultán Cassim. Pero aún hay tiempo de enmendar esta ofensa, aún puedo aceptar sus disculpas y fingir que esto no sucedió.
— ¡Tonto, somos dueños de tu cabeza! —Exclamó Alí furioso. Su padre alzó la mano y le avisó que se calmara.
—Príncipe Hans, mi hijo tiene razón. Viniste aquí como nuestro invitado, pero abusaste de nuestra confianza y hechizaste a mi hijo con magia oscura para después aterrorizar a nuestro pueblo: ese tipo de traición te pone al mismo nivel que un asesino. Ahora, ya sea por la Ley de las Naciones o simple prudencia política, tu vida nos pertenece; así que te recomiendo hablar con más sensatez.
—Yo no tomo consejos de una raza de bárbaros y salvajes ¿Qué van hacer? ¿Matarme? Es lo menos que esperaría de gente que camina entre mágicos como si fueran personas normales ¡Sí, me refiero a ustedes dos! Enójense si quieren, pero eso no cambia nada de lo que son: una amenaza y un peligro para todos. — Se burló señalando a Elsa y Alí.
— No vamos a matarte, no ganaríamos nada con eso. —Respondió sereno el Sultán. — Sin embargo, debido a que aún eres muy joven y aún estás obsesionado con obtener la gloria a toda costa, necesitas un castigo ejemplar que te enseñe a respetar a los demás por el resto de tu vida.
—Si por mí fuera, le mandaría a dar mil azotes y lo echaríamos del país. — Comentó un noble al fondo de la sala. Pero Hans se irguió y exclamó indignado:
—Si alguno de ustedes me toca un pelo, Agrabah entera lo va a lamentar. Mi padre y mis hermanos vendrán a vengarme: cortarán cuellos, quemarán las calles y les daremos caza a ti y a tus amigos mágicos. No quedará de Agrabah más que sangre, escombros y ceniza.
El Príncipe Ahmed se paró y habló con firmeza.
— ¡No nos asusta el Rey Leopoldo! Sí, ya vimos que ustedes son astutos. Pero ni él se atrevería a cruzar un gran ejército por el desierto y si así lo hiciera, sabe que lo estaríamos esperando en un lugar que cada agrabino conoce como la palma de su mano.
—No será necesario. —Contestó Hans. — ¿No recuerdan? Aún tenemos el espejo, solo unos pedazos son suficientes para hacer que todo tu pueblo los cuelgue ¿ O me equivoco, Elsa? — Dijo, y la reina tomó una honda bocanada de aire para calmarse y no caer en provocaciones que rayaban en lo patético.
— ¿El mismo por el que tu hermano te abandonó aquí? — Repuso ella. Hubo un pesado silencio en la habitación y el príncipe la miró perplejo, su cara perdió todo color y por más que se esforzó para contestar algo ingenioso, se le formó un nudo en la garganta que le impidió articular palabra.
— Es cierto. — Remató Kristoff en una mezcla de lástima y asombro. —No te queda nada.
El Sultán invitó a los presentes a tomar asiento. Se acercó al prisionero y le expuso con serenidad:
—Príncipe Hans, no hay necesidad de empeorar la cosas. Nos llamas bárbaros a mí y a mi gente ¿Pero hay alguien aquí que te haya tratado mal? ¿No te encerramos en una alcoba con suficiente comida y agua en lugar de una celda? ¿O es que alguien te ha pegado desde que llegaste aquí? Pues para que veas que esto no es en absoluto una venganza personal, haremos valer contigo una antigua ley: No te juzgaré yo ni mis hijos, ni ningún noble agrabino; aquel que decidirá tu castigo será la persona a la que más daño le has hecho en esta sala, es decir, la Princesa Anna de Arendelle, pues además de obligarla a huir de su reino y tratar de matarla el día de ayer, ya hace un tiempo habías intentado acabar con su vida y coronarte rey de su país.
El monarca señaló a Anna y al principio la muchacha no entendió por qué, de repente, todos en la sala se le quedaron viendo. Durante unos instantes se quedó desconcertada, confundida y hasta tuvo la tentación de decirle al sultán que no quería tomar esa decisión; sin embargo, entendió que aquello significaba poner al soberano en ridículo. Meditó unos instantes y asintió, caminó lentamente hacia el centro del salón hasta quedar a sólo un metro de Hans. Prestó atención al rostro del príncipe y descubrió que a sus ojos, entre la dura rudeza de su carácter, brotaba una profunda tristeza propia aquel a quien habían despojado de todo.
En la mente del príncipe desfilaron los recuerdos de un tiempo ya casi olvidado: cuando le pidió que fuera su esposa y prometió hacerla una mujer feliz. Ahora, abandonado por su propia sangre, entendía que una palabra de ella le daría la vida, la muerte o peor aún, la venganza. Con la boca cerrada, observó a la princesa pasear pausadamente de un lado a otro, pensativa. Entonces cerró los ojos en rendición, aspiró profundamente, relajó todos los músculos y esperó dispuesto a aceptar la condena que le esperaba. Finalmente, la princesa se detuvo y cuando anunció la sentencia dejó a los presentes con una buena razón para quedarse boquiabiertos:
— Yo te perdono, Príncipe Hans: Te mandarán a una mejor alcoba y te atenderán los mejores médicos del país. Tendrás toda la comida, bebida y medicina que necesites y no te irás hasta que te hayan curado esa costilla. Una vez que te hayas recuperado, te escoltarán hasta los límites del reino y serás libre de marcharte a donde quieras.
A continuación hubo un murmullo generalizado. El príncipe de las Islas del Sur se quedó helado. Al inicio sospechó que era una nueva forma de humillarlo; y en este punto no debemos juzgarlo tan duramente, pues acostumbrado como estaba a hacer valer la fuerza y el poder antes que la compasión, no se imaginó que alguien más pudiera tratarlo diferente.
Algo dentro él, extraño y poderoso, se desbordó como si se hubiera quebrado en su interior: "¿Qué haces? ¿Por qué?" Musitó en voz baja fuera de sí. Preso de su propia confusión repitió estas palabras hasta que los guardias se lo llevaron fuera del salón.
Esa tarde, Elsa, Anna, Kristoff y Alí se rindieron a un merecido descanso. A petición de la reina, les dieron a ella y a su hermana la misma habitación y apenas se bañaron y merendaron, se tumbaron sobre sus camas y no hubo fuerza humana que las hiciera levantarse. Antes de dormirse, Elsa le preguntó a su hermana por qué había tomado esa decisión con Hans. Anna, pensativa, sonrió con indulgencia y le explicó:
"Cuando lo vi ahí postrado y me di cuenta que no tenía a nadie con quien contar, que su hermano lo había abandonado a su suerte, no pude evitar pensar en cuando yo estaba en la cueva y me sentí igual de sola. En ese momento yo sólo pensaba que, si hubiera tenido otra oportunidad, habría hecho las cosas completamente diferentes y no cometería los mismos errores. Incluso esos instantes que creí eran los últimos de mi vida pude hacer las cosas bien: fue realmente liberador. Pensé que tal vez, y sólo tal vez, si le mostraba un poco de… compasión, Hans también entendería que siempre se puede vivir de otra manera.
— ¿No crees que regrese con su padre y quiera vengarse? — Añadió Elsa.
—Tal vez, pero hasta un mentiroso y un criminal puede redimirse si lo decide, la última vez me funcionó ¿Dime qué habría pasado si no le hubiera dado una oportunidad a Alí? — Contestó. Ahora abrazaba una lección que atesoraba en su corazón.
Si esa noche fue de completo descanso, el día siguiente fue de muchísima actividad: Soplaron las trompetas y se decretó día de fiesta. La ciudad entera formó parte del festejo: Desde muy temprano las panaderías prendieron los hornos, los mercados sacaron las frutas de los almacenes y sacaron a hervir gigantescas ollas para preparar diversos y deliciosos platillos, la demanda fue tal que necesitaron contratar manos extra para terminar a tiempo. Aún así, la gente estaba tan contenta que para el final de la tarde regalaron vino, frutas y pan. Los dulceros prepararon postres, la música inundó las calles de toda Agrabah y hombres y mujeres se juntaron en sus casas y las calles para celebrar.
En el palacio del sultán se armó un gran banquete. Elsa y Anna recibieron los más elegantes vestidos de seda y cuando se los probaron, relucían como brillantes estrellas entre las nubes. Kristoff recibió una finísima túnica que contrastaba con su ojo morado; el cual mostraba orgulloso desde que Anna le dijo que le gustaba.
De noche, el Príncipe Alí prendió una fogata frente a palacio y fue la más alta y maravillosa, pues formaba figuras de genios, dragones, caballeros y aves que se expandían, volaban y se difuminaban por el cielo. Corrió el vino, hubo diversión, baile, compartieron historias y contaron chistes. Las hermanas escucharon del Sultán Cassim una curiosa historia sobre cómo él y su padre se habían librado de la ira de una esfinge y otra de cuando decapitaron a un gigante come hombres.
—Adgar era un hombre muy valiente; pero sobre todo, un hombre bueno. Estaría muy feliz en ver las mujeres en las que se han convertido. —Comentó el monarca.
Los músicos tocaron una espléndida melodía alegre y extraña, muy diferente a los valses y cuadrillas de Arendelle. Anna se contagió de aquel ritmo y, como no era de aquellas princesas que temen hacer el ridículo, sacó a Kristoff a bailar e incluso convenció a Elsa de unírseles un rato, aún si la reina no era tan desenvuelta como su hermana ni disfrutaba tanto de bailar frente a otras personas. Alí se percató de esto y le ofreció el escape perfecto cuando la invitó a pasear por el jardín.
Allí caminaron entre la fría oscuridad y se reconciliaron de manera definitiva. Entonces Elsa pudo observar a Alí con más detenimiento: lucía su más elegante traje, se había dado un buen baño y afeitado la cara (que buena falta le hacía); la diferencia era tan grande que apenas lo vio alcanzó a disimular su asombro y hacer una respetuosa reverencia. Aún así, lo que realmente le extrañó fue su conducta: Podía que su cortesía se debiera únicamente a mera etiqueta, pero si antes la había tratado con la punta del pie, ahora se mostraba deseoso de conservar su amistad. Su voz era amable y cálida; sus palabras ya no eran los un joven arrogante y medio bruto como había pensado unas semanas atrás, sino que revelaban un espíritu sencillo pero de enorme dignidad: intercambiaron algunas palabras, conversaron, se rieron y pasaron una espléndida noche. El príncipe se ofreció a enseñarles su hogar y bajo esta promesa se despidieron.
Cuando la reina despertó a la mañana siguiente, se levantó de maravilloso humor. Apenas terminó de desayunar y tuvo unos enormes deseos de ver qué había más allá del palacio. Pues el gran inconveniente de cuando se tiene aventuras es que uno casi siempre está tan apurado que no tiene tiempo de hacer nada más. Ahora que los sudislandeses habían huido y Hans estaba convaleciente, por vez primera en meses pudieron bajar la velocidad y disfrutar la belleza del lugar. Fueron unos días de paz y felicidad en los cuales Elsa, Anna y Kristoff tomaron unas improvisadas vacaciones, Alí los llevó a probar los dulces (que a la princesa le gustaron bastante) y pasearon por las calles, montañas y los rincones del palacio.
Teniendo en cuenta los hechos de la noche del banquete y la afectuosa actitud que había nacido entre los dos, Elsa consideró a Alí un amigo nuevo en quién confiar. Verlo la ponía contenta y ya no lo detestaba: aquel sentimiento hace tiempo que se había desvanecido y se sintió avergonzada de albergar en su persona cualquier cosa con ese nombre. Lo respetaba, lo estimaba, le estaba agradecida y deseaba de todo corazón que viviese feliz. No sabía explicárselo, pero podían hablar durante horas, atraída por una misteriosa inclinación.
Recordaba las cosas que había hecho por ellos: El haberlos ayudado a llegar al espejo y cuando los ayudó a derrotar a los sudislandeses; sabía que de no ser por su ayuda, Anna y Kristoff hubieran muerto a tiros; recordaba particularmente el gesto en su mirada cuando rescató a su hermano y, a partir de entonces, su sincera gratitud. Entonces se alegraba por haberse equivocado y descubrir que, detrás de la fachada de un ladrón egoísta y convenenciero, se ocultaba el alma de un hombre bueno: un corazón valiente y noble que nunca se había doblado ante nadie. Provocador ante reyes y príncipes, débil ante su padre; tierno con la muchacha que moría de frío, pero despiadado con el enemigo de su familia y su pueblo.
Pero un día lo fue a buscar y ya no apareció. No estuvo en el desayuno, en los pasillos, ni paseando en el jardín. Un sirviente le dijo que el príncipe había salido a cabalgar temprano y que no volvería hasta el ocaso. Cuando regresó, Elsa fue los establos. Sin embargo cuando se halló frente a él, Alí pareció hacer caso omiso de su presencia, sin molestarse en mirarla siquiera. Ella se acercó a donde estaban Maximus y Sven y trató de empezar una conversación amistosa. Pero Alí le contestó que estaba demasiado cansado y sólo deseaba llegar a dormir. Y aunque se admiró de su actitud cortante, se mostró comprensiva y lo dejó marcharse. Lo mismos sucedió los siguientes dos días: El príncipe salía en la mañana y regresaba con el último rayo de sol sin ganas de ver a nadie.
"¿Qué le pasa? Pensé que ya éramos buenos amigos. ¿Por qué de repente actúa como si ya no quisiera verme?" Se preguntaba Elsa.
—Él es así, no te lo tomes personal. Aunque se pone peor cuando algo lo inquieta. —Le contestó el Príncipe Ahmed.
Esa noche antes de dormir, Anna quiso hablar con ella: La había notado extraña e inusualmente callada, tanto que le preocupó si se había enfermado. Pero Elsa lo negó todo, dio las buenas noches a su hermana y se cubrió con las cobijas. Habían pasado tantas cosas en un tiempo tan corto que perdió varias horas intentando descifrar la maraña de sentimientos que afloraban en ella. Cerraba los ojos y aparecería la visión de unos ojos oscuros y expresivos, una chispa que se encendía y la abrazaba en su calor junto a la voz del Príncipe Alí. Entonces se levantaba, daba vueltas, se apretaba los dedos y se reclamaba a sí misma por no conseguir dormirse. En ese momento notó una sensación muy extraña en su pecho, como una angustia punzante que se mezclaba con una tierna dulzura. Volvió a la cama y antes de cerrar los ojos, acostada y pensativa en la penumbra de la habitación, se preguntó por primera vez en su vida si se había enamorado.
La noche durmió, el viento corrió helado por las calles de la ciudad y, a la mañana siguiente, la ciudad entera fue testigo del estado de su corazón. ¡Vaya sorpresa se llevó quien se levantó temprano al de salir casa! Aún tallándose los ojos del sueño, daría el primer paso en la penumbra y caería presa de un pequeño infarto al descubrir que el piso cedía a sus pies: "¿Qué es esto?" Preguntaría, "Se deshace… ¡Está helado! ¿Y qué es eso en el techo? ¿Por qué todo está blanco? ¡Es nieve!" Exclamaría y haría despertar rápidamente a su familia.
Así la gente salió de sus casas y comprobó que sus ojos no les engañaban. Hombres, mujeres y niños tomaban la nieve con las manos presos de asombro: ¡Era tan fría que quemaba! Poco les importaba. Muchos decidieron no ir a trabajar ese día y prefirieron disfrutar de tan extraordinario acontecimiento. Eran más felices que si hubiesen llovido monedas de oro.
La reina dormía profundamente cuando su hermana la sacudió con entusiasmo:
— ¡Elsa, es increíble! ¿Cómo lo hiciste?
Elsa se asomó a un balcón y sacudió la cabeza en repetidas ocasiones antes de asimilar lo que ocurría afuera. Las calles estaban totalmente cubiertas por un suave y liso manto blanco; el Sol salía por el este y acarició con sus rayos el entorno, tiñendo incluso algunos copos con los colores del arcoíris: "¿Yo hice esto?" pensó. Sonrió a su hermana y asintió:
—Me pareció un buen detalle. — Comentó, aunque las verdaderas razones se las guardó para sí. Corrieron a despertar a Kristoff, salieron juntos al jardín y cuando le nació del corazón, creó unas hermosas esculturas de hielo. Sus movimientos eran más gráciles y había un destello en su mirada, de modo que Anna y Kristoff lo notaron. Entonces llegó el Sultán y la recibió afectuosamente.
— ¿Sabes que no había nevado por aquí en tres siglos? Es un magnífico don, querida, debes de estar siempre orgullosa de él. — Comentó. La reina no le dio las gracias con palabras, sino con la expresión de su cara.
El monarca les anunció que Darfur había regresado con nuevas noticias: El Príncipe Anders había cruzado los Siete Desiertos y tomado rumbo a las Islas del Sur. Avergonzado por su derrota y convencido más que nunca que la hechicería era una amenaza para el mundo civilizado, había jurado no sólo acabar con Elsa y Alí (a quienes llamaba afectuosamente "La bruja de hielo" y "el demonio de fuego"), sino con todo mágico hasta exterminarlos.
— Si Anders va a las Islas del Sur, quiere decir que le planea darle el espejo al Rey Leopoldo. — Indujo la princesa.
— ¿Qué se propone? —Preguntó Kristoff.
— Una vez escuché a Anders decir que mientras la gente pensara que los mágicos son un peligro, podrían mantener a Arendelle de su lado. ¡Eso es! Quiere apoderarse de otros reinos para acabar con los mágicos, justo como hicieron en Arendelle. — Explicó Anna.
— Acabar con gente como yo…— Añadió Elsa.
—Ese hombre es un tonto, quiere hacerse un trono de bayonetas, pero no se podrá sentar mucho tiempo en él. —Expresó el Sultán.
Kristoff observó a Anna con la mirada baja y una expresión seria:
—Conozco esa cara ¿Qué estás tramando?
— No podemos dejar que les hagan a otros lo que hicieron con nosotros. Eso no está bien.
—No, tienes razón. — Replicó la reina.
— ¡Y tenemos una ventaja!—Continuó Anna. — Sabemos del espejo y lo más importante: sabemos que el hechizo se puede deshacer. ¡Con eso podemos recuperar Arendalle y volver a casa!
—Tendríamos que enfrentar a Leopoldo y a sus hijos. —Dijo Elsa.
—Si ¿Pero ya hemos llegado hasta aquí, no es cierto? Aún podemos alcanzar a Anders, evitar que le entregue el espejo a su padre y después recuperar Arendelle ¡Es brillante!— Exclamó Kristoff. — Sí se puede, pero tenemos que salir lo antes posible, sólo necesitaría preparar algunas cosas y saldríamos mañana.
La reina afirmó con la cabeza y bajó ligeramente la mirada. El sultán asintió gravemente:
— ¡Ay! Es una lástima que tengan que irse tan pronto, pero Anna tiene razón. Si Leopoldo consigue más de ese espejo será demasiado peligroso y creerá que puede hacer lo que se le antoje. Tienen una responsabilidad ante su reino y tal vez si no actúan ahora mismo, después será muy tarde. Joven Kristoff, ven conmigo y prepararemos todo lo que necesiten.
En ese momento, la reina se dio cuenta que llegaba el momento de despedirse, tal vez para siempre, de aquel lugar. Tuvo el impulso de buscar a Alí, pero se detuvo y decidió que aquello habría sido impropio. Ahora había cosas mucho más importantes que hacer; debía ser fuerte y aceptar lo que sentía le parecía una debilidad, una que no podía permitirse si iba a recuperar su reino. Por otro lado, pensó, no tendría que preocuparse si nadie se enteraba, guardaría el secreto en lo más profundo de su corazón, sellaría sus labios y habiendo llegado a Arendelle, habría dejado el atrás el asunto.
Sin embargo esa tarde, cuando se enteró que Alí se encontraba en su habitación, se dijo a sí misma: "Bueno, Elsa, tampoco hay que ser maleducada. Me despediré por mera cortesía, nos diremos adiós como buenos amigos y nos apartaremos, tal como debe ser."
Encontró al Príncipe Alí solo y recargado sobre un balcón vista a las montañas. El día llegaba a su fin y el Sol ya asomaba su dorado manto sobre los restos de nieve junto a las nubes color rosado. Él miraba atento el paisaje y pareció no reparar en su llegada.
— ¿Príncipe Alí? —Llamó y entró con unos golpecitos en la puerta.
—Majestad. — Contestó con un guiño sereno, aunque había algo en su voz que denotaba inquietud. No podía adivinar si a Alí le daba placer o disgusto al verla, pero se le veía desconcertado.
— ¿Puedo quedarme?— Dijo la reina dejándose caer al otro lado del balcón.
—¡Oh si!— Asintió.
— ¿No me habías dicho que no soportabas el frío?
— ¡Claro! No lo aguanto ¿Pero no crees que algo así valga la pena? — Contestó y señaló las montañas completamente blancas. Deseaba expresarle lo maravilloso que le parecía su poder y que nunca había visto algo tan bello, pero pensó que tal vez elogiarla sería malinterpretado. Cambió de semblante y no dijo más mientras la mirada de ella decía "¿No ha advertido nada?"
—Supimos que Anders va camino a las Islas del Sur, trataremos de alcanzarlo antes que llegue con Leopoldo, así que partiremos mañana en la mañana.
—Ya veo. —Dijo y permaneció callado. — ¿Disfrutaste tu estadía?
—Todos son muy amables, tu padre, es un hombre tan bueno.
—Lo es. — Contestó y volteó hacia ella. — ¿Esta es la despedida entonces?
Elsa asintió con la cabeza. Hubo un silencio en el que ambos se quedaron quietos. Hicieron una pausa y respiraron hondamente como si cada uno supiese lo que el otro fuera a decir, pero no se atreviesen. Él observó su palidez dulce, sus formas de dama junto a su boca pequeña y fría que jamás había sido besada; ella sus ojos negros, su gesto tímido y la forma fuerte de su espalda. Finalmente, fue el príncipe quien se levantó, tomó una bocanada de aire y dijo fríamente:
—En ese caso, Majestad, le deseo buena suerte y espero poder encontrarla en otra situación más agradable para todos. Si no desea confundirse, le ruego por favor que no me dé las gracias.
Aquello fue el colmo para Elsa. Se puso colorada y se sintió ofendida, Su semblante cambió y ya no fue una expresión de curiosidad y agradecimiento, sino el coraje de una decisión furiosa. Se alzó lo más erguida que pudo y con el mentón alto exclamó:
— Bien, Príncipe Alí. No veo razones por las cuales no desea que conservemos una buena amistad, pero si es así dejaré de molestarlo. Usted cumplió con su parte del trato y nosotros la nuestra. Vine aquí a agradecerle, a despedirme y ya lo hice. Así que… usted y yo no nos debemos nada ¡Adiós!
Dio la vuelta y apresuró sus pasos hacia la puerta
— ¡Elsa, espera! ¡Por favor, espera un momento!— La reina se volvió, sus miradas se cruzaron en silencio, el hielo estaba roto y lo que hace un instante parecía imposible, se convirtió en la semilla de una inevitable realidad.
Al día siguiente Kristoff se levantó temprano. Antes de que asomara el primer rayo de Sol visitó a Sven, a Maximus y los sacó a calentar los músculos al aire fresco. Le proporcionaron buena alfalfa, agua suficiente, ropa, comida y demás cosas necesarias para un largo viaje. Las empacó sobre los animales y las hermanas llegaron en un rato a ayudar. Entonces el Sultán se acercó a Elsa con un regalo muy especial: una yegua. Al principio, la reina la rechazó argumentando que nunca había aprendido a montar. Pero el hombre se puso firme y le advirtió severamente:
—Ya te habrás dado cuenta que en el camino tu hermana y tu amigo se han convertido en jinetes expertos. En este viaje irás a lugares y te encontrarás en situaciones donde no te podrás dar el lujo de montar a espaldas de alguien más a riesgo de que te quedes atrás o, peor, pongas en peligro a otras personas. Si quieres tener éxito, deberás aprender a montar por ti misma. —La miró profundamente, con la ternura propia de un padre amoroso y continuó. —Escúchame, Elsa, la valentía no viene de saber ganar tus batallas ni de poseer un enorme poder, sino de saber mirar el miedo a los ojos y mantenerte firme, fiel a tus principios. Ésta yegua es fuerte y con mucha energía, pero también es dócil, así que te servirá bien.
Acto seguido colocó la rienda en sus manos, la abrazó y se aproximó a Anna:
—Y tú, querida mía, me da gusto ver que has aprendido una valiosa lección. Actúa siempre como lo hiciste con el Príncipe Hans y tendrás presente el poder que vence al espejo, pues quien sabe perdonar, sabe llevar a Dios dentro del alma.
Se despidieron y entonces Anna, Elsa y Kristoff se apresuraron a montar a sus animales. La Reina, habrá que decirlo, subió con un tanto de dificultad y batalló un poco para mantenerse en equilibrio apenas comenzaron a avanzar. Kristoff acarició el lomo de Sven y le susurró: "Vamos amigo, a recuperar nuestra casa". Cruzaron la pendiente rocosa y al llegar al otro lado de la montaña no quedaba ningún rastro de nieve. Llegaron a las primeras dunas cuando Anna comentó a su hermana:
—Primera lección: Andar sobre una yegua sin nombre es de mala suerte ¿Cómo piensas llamarla?
Elsa reflexionó unos minutos:
—Hoppa. —Dijo mientras acariciaba su crin.
— ¿Hoppa? Vaya nombrecito. —Dijo Kristoff. — ¿Por qué?
— No lo sé, me gusta.
—Como quieras, ahora es tuya. ¡Hey! Creo que le están dando la bienvenida. — y Señaló a Sven y Maximus que bufaban, moviendo la cabeza graciosamente de arriba abajo. Continuaron un rato y se detuvieron al mediodía, cuando escucharon por detrás el sonido de cascos rompiendo sobre el arenal y los gritos de Príncipe Alí a la distancia. Los alcanzó, se colocó frente a ellos con su caballo jadeante y él mismo empapado de sudor.
— ¡Alí! — Lo recibió Anna contenta.
— ¿Sucede algo? — Preguntó Kristoff.
— ¿Cómo que si sucede algo? — Contestó e hizo una pausa para recuperar el aliento. — Juré estar de lado de Anna, pase lo que pase ¿No recuerdas? Además el Príncipe Anders le declaró la guerra a todos los mágicos, o sea que me le declaró a mí también y, aquí entre nos, me da mucha curiosidad saber dónde hay otros mágicos. Por si fuera poco, confío muy poco en su habilidad para cruzar el desierto sin mi ayuda: después de todo, ya vieron que el desierto no es lugar para la Reina de las Nieves.
Elsa arrugó la nariz y rió para sus adentros, ya conocía lo suficiente a Alí para saber cuándo estaba bromeando. El príncipe se encorvó ligeramente y bajó la voz penosamente: "¿Qué dicen, me aceptan?". Anna y Kristoff se miraron en una mueca de complicidad y susurraron algo inaudible junto a Elsa. La reina contestó:
—Déjame pensarlo, después de todo… si logramos atrapar a Anders y volver a casa, llegaríamos a Arendelle en invierno, no sea si sea lugar para un príncipe de fuego.
Alí bajó la cabeza y asintió en carcajadas: — De acuerdo, me la aplicaste.
— ¡Pero claro que puedes venir!— Exclamó Anna. —¡Viva, ahora somos un cuarteto! Ese Leopoldo no sabe lo que le espera.
Apenas bajó el sol y encaminaron sus pasos al Oeste, hacia el Norte. Adelante había un cielo enteramente azul y la única certeza de que aquello sólo era el principio de sus aventuras.
Fin de "La Reina, la Princesa y El Cristal Encantado"
Agradecimientos:
A Frida. Gracias por creer en mí y amarme como nadie lo había hecho
A Regina: A tu ilusión, a tu cariño e infinita capacidad de asombro. Nunca dejes morir tu imaginación y descubrirás que el mundo es, de verdad, un lugar mágico.
