¿Dónde esta Rosalie?
Por un momento, mientras el polvo se levantaba alrededor de ellos, Edward estuvo en silencio. Pero tan pronto como logró recuperar la respiración, Isabella luchó contra su oponente. De pronto se oyó una risa, tan genuina y encantadora que asombró a Bella.
-Muchacha inteligente,- dijo con una sonrisa aprobadora. -¿Dónde aprendiste eso?- La pregunta la tomó de sorpresa.
-Mi hermana y yo lo inventamos.- Edward lanzó una mirada desconfiada.
-Lo hicimos.- Su duda renovó su irritación, y trató de desprenderse otra vez -Inventamos mas trucos.- dijo, maldiciendo el agarre poderoso de Edward, parecía que estaba luchando con un oso.
Podía sentir su mirada evaluadora, como si estuviese midiendo su honestidad su valor como luchadora. Cuando ella se atrevió a encontrar sus ojos, lo que encontró era algo más que una evaluación.
Había un peligroso brillo de orgullo o de admiración o de respeto que ella no esperaba. Y mientras ella trataba de absorber esa emoción, otra distinta surgió, una mucho más peligrosa.
Él la deseaba.
La posición en la que se encontraba era humillante, Indicaba no sólo su dominancia sino también la sumisión de Bella, e imitaba el encuentro sexual de una pareja en una cama matrimonial
Él era pesado, a pesar de estar apoyado sobre sus codos. Mientras peleaba para librarse de esa situación ultrajante, se sentía avergonzada ya que una parte de ella ansiaba sentir su peso y su fuerza, estar en la intimidad con él otra vez. Y eso la aterrorizaba.
-Quítate de encima mío -susurró furiosamente, ruborizándose completamente
-No
-Esto es vergonzoso
-Nadie nos ve
-Todavía
Él bajó su mirada hacia su boca, mirándola fijamente como si planeara devorarla.
-No hay nada de lo que estar avergonzado. Estamos recién casados.- dijo con voz ronca.
Isabella y su hermana habían inventado métodos de escape de todo tipo de trampas. Pero no de esa. Sólo podría defenderse con palabras.
-No toleraré esto
-Ah, pero lo harás esposa,- dijo con seguridad.
Tragó con dificultad. Él no tenía intención de tomarla aquí en el campo de entrenamiento, ¿verdad?
Seguramente no estaba tan loco y además aún estaba su promesa de por medio.
-¿Romperás la promesa que le hiciste a mi hermana?
Un lado de su boca se curvó hacia arriba en una sonrisa pícara.
-Quizás
Podría no tener intención de romper el juramento, pero Isabella sabía que tenía ganas de hacerlo. Aún a través de la cota de malla, pudo sentirlo endurecerlo contra su muslo.
-Sólo deseaba hablar con vos,- continuó secamente -en una posición donde vos no puedas tirarme al suelo o hacerme perder mi masculinidad con una patada.
Isabella gruñó, y sólo interesada en desprenderse lo más rápido posible, dejó de forcejear y bajó sus brazos.
-Habla
-Tienes algo de talento.- El cumplido la sorprendió, pero no quería lo supiera.
-Como vos
Edward sonrió, y su estomago chocaba con el de ella con cada suave carcajada.
-Así dicen -Aparentemente, no había ni un gramo de humildad en él. -¿Hace cuanto que entrenas?
-Mi padre dice que nací con la espada en la mano,- le dijo orgullosamente.
-¿Entonces?- La risa bailó en sus ojos. -¿Acuchillaste a tu niñera?
-A los doce años, le corté los dedos a un hombre que trató de sobrepasarse con mi hermana en los establos.
Edward frunció el ceño, y su sonrisa se desvaneció. Estuvo en silencio un rato mientras, la estudiaba pensativamente, y ella casi deseó no haberle contado ese episodio. Después de todo, el hombre era sólo el primero de una larga fila de hombres que había encontrado desgracia y dolor con la punta de su espada.
Finalmente habló. -Tal vez tu padre fue sabio al enseñarte a pelear.
Estaba otra vez perpleja. Nadie nunca antes le había dicho eso. Su madre, los sirvientes, aún sus propios caballeros, eran de la opinión que las hermanas nunca debían haber tomado las armas. Era sólo por su padre que los entrenamientos habían sido permitidos.
Quizás, Isabella se atrevió a tener fe en eso, Edward lo entendería. Quizás reconocería la sabiduría de permitir que estuviese bien entrenada para pelear… Quizás no sería del todo malo que comandara el ejército de Swan después de todo. Al instante siguiente, sin embargo, sus esperanzas desaparecieron.
-Pero ahora, mi lady,-dijo, su mirada era magnánima y paternalista, -Vos y tus hermanas no necesitan preocupar a sus preciosas cabezas en este tipo de cosas. Los Caballeros de Masen están aquí para protegerlas. Nunca más necesitaras usar la cota de malla, nunca más necesitaras empuñar una espada, nunca más sufrirás las heridas de una batalla. Desde este día en adelante,- juró, -Seré tu campeón y tu protector.
.
.
.
Edward sonreía tiernamente, Isabella estaría agradecida por sus palabras, pero no podía hacer otra cosa más que mirarlo. Sería un gran alivio no tener que confiar en ese grupo dispar que ella llamaba "ejército de Swan" para la defensa de la fortaleza. Ahora que él y sus hombres habían llegado, podía volver a las tareas de costura a cuidar de las flores o a cualquier tipo de tarea femenina.
Y ahora que la tenía donde él quería: dócil, tierna y agradecida, quizás aceptaría un beso.
-¡Isabella!- alguien la llamó de pronto.
Se puso rígida debajo de él. Él levantó su cabeza para ver de quien se trataba. Maldición, era Alice, buscando a su hermana.
-¡Isabella! ¿Dónde estás?
Con Pánico, Isabella forcejeó para sacarse a Edward de encima.
-Sé que estás aquí, Isabella,- la retó, mientras se acercaba. -Oí las espadas. No podrías... ¡ooh!- Los ojos de Alice se redondearon como huevos fritos mientras miraba por la cerca.
Pero Edward se negó a saltar como si fuera un adultero atrapado con su amante. Isabella era su esposa. Este era su campo de entrenamiento. Y si él quería poseer a su esposa en su campo de entrenamiento, era su problema.
Isabella aparentemente no coincidía con su posición. Sus dedos se metieron por debajo de los protectores y la ropa, y le dio un fuerte pellizcó. Con un gruñido de dolor y con reticencia se movió de encima. Y con una mirada de desaprobación, la ayudó a ponerse de pie.
Alice estaba paralizada, su mandíbula caída. Su extraña sirvienta gruñó al lado de ella.
-¿Qué pasa?- preguntó, Edward. Sería mejor que fuera importante, o las colgaría a ambas de sus trenzas.
-Oh... Oh...- Alice balbuceaba, como si no entendiese la situación.
La sirvienta caminó hacia adelante, plantó sus puños en sus caderas y demandó,
-¿Qué le ha hecho a Rosalie?
Edward miró a la vieja, no estaba acostumbrado a ese tipo de enfrentamiento con una sirvienta.
Alice pareció salir de su parálisis. Colocó una mano aplacadora en el brazo de su doncella.
-La busqué por todos lados,- le explicó a Edward. -No puedo encontrarla y no puedo encontrar a tu hombre tampoco.
-¿Qué?- Isabella explotó. Se dio la vuelta para encararlo. -¿Dónde están ellos? Que Dios lo ayude, si le ha tocado un solo pelo de su cabeza
-¡Espera!- dijo, tratando de dominar el pánico de ellas. -No hay nada de que preocuparse. Emmett es confiable. Le dije que la encerrara en la celda. Sin duda la está cuidado ahí.
Casi antes de que terminara de decir esas palabras, Isabella cruzó apresuradamente el campo de entrenamiento. Edward la siguió de vuelta a la fortaleza, rezando para que Emmett, por cierto, hubiera pasado la noche cuidando de Rosalie, y para que no hubiese hecho nada incorrecto o indeseable.
Pero cuando llegaron a la celda, sus peores miedos se confirmaron. Estaba completamente vacía.
.
.
.
-Jasper y Garrett, tomen el camino del este,- ordenó Edward mientras el muchacho de los establos ensillaba varios caballos y los llevaba al jardín. -Benjamin y Nahuel, al oeste. Isabella, ya has...
-Paul,- lo interrumpió siempre un paso delante de él, -manda hombres de Swan al norte y al sur. Y vos Alice, haz que todos los siervos revisen la fortaleza otra vez. No dejes ni un rincón sin revisar.
-Bien,- decidió Edward.
Nunca había estado tan furioso con Emmett. El caballero temerariamente había desaparecido con una mujer noble, poniendo el honor de Edward en cuestionamiento. Aún ahora, la gente de Swan lo miraba con una hostilidad apenas disfrazada. Si Edward no podía cuidar de la hija del Lord, ¿cómo podría defender toda la fortaleza?
Si, en el instante en que Emmett asomase un pelo, volviendo de su escapada romántica, Edward tenía la intención de bajarle unos cuantos dientes. Isabella sin duda gozaría con su error. Era merecido. Pero por el momento, estaba demasiado preocupada por su hermana, y no lo retó ni lo condenó.
Isabella dio la orden, y los portones de Swan se abrieron para permitir el paso de los primeros jinetes. Pero antes que los hombres partiesen, Sir Garrett divisó a un monje aproximándose al castillo, agitando un pergamino enrollado en su mano.
-Mi lord, un mensajero
-Esperen - Edward rápidamente montó su propio caballo.
-Llévame con vos.- Las palabras de Isabella era más una orden que una petición, pero bajo las circunstancias, él la obedeció. Bajó su brazo y permitió que se subiese a la montura detrás de él.
Tan pronto como estuvo acomodada espoleó el caballo y salieron al galope hasta el portón para encontrar al monje.
-¿Qué tienes ahí?
-Una m...misiva, mi lord.
-¿De quién?
-Me dijeron que la entregue a una mujer llamada Isabella.
Isabella se deslizó fácilmente de la montura y recibió el pergamino.
- Soy Isabella.
Edward desmontó. Tenía ganas de arrancarle la misiva de las manos. Después de todo, seguramente podía leer mucho más rápido que una mujer. Pero esperó impacientemente. Mientras ella estudiaba el contenido del mensaje.
Cuando sus hombros se hundieron, él temió lo peor.
-¿Qué? ¿Qué pasa?
Ella no respondió, sólo dejó caer su mano, y él atrapó el pergamino antes que se resbalase de sus dedos.
-"Isabella" - Edward leyó en voz alta, -He tomado al normando como rehén -Eso no podía ser.
Lo leyó otra vez, mas despacio -He tomado al normando como rehén. No lo devolveré hasta que el matrimonio sea anulado. Rosalie.
Por un momento, todo lo que pudo hacer fue mirar atónito a la escritura infantil.
-Mierda,- murmuró Bella, asombrando al monje, quien, decidiendo que era tiempo de continuar su viaje, fue hacia el camino.
Entonces una verdad acerca de Emmett golpeó a Edward como un ladrillo en la cabeza. El encantador y astuto caballero había encontrado una mujer que podía equipararse a él.
Una risa burbujeante subió por el pecho de Edward y sacudió sus hombros.
Isabella gruñó y le arrancó el pergamino de su mano, lo enrolló y lo golpeó en el brazo
-No es un tema para reírse.
-Oh, si, lo es,- dijo riéndose -Todavía no conoces a Emmett.
-Y vos no conoces a Rosalie.
-Es una muchacha,- dijo quitándole importancia.
-Sin embargo de alguna manera logró tomarlo como rehén por sus propios medios,- señaló.
El gruñó -Sin duda lo atrapó con la guardia baja. Edward no tenía ninguna prisa en ir al rescate de su hombre.
Edward entrecerró su mirada. - Ella esta... esta… medio loca
-Ella es impulsiva.
-Qué implica "¿impulsiva?"
-Deberías saberlo. Trató de matarte.
-Estaba muy bebida.
-Si,- admitió, -pero también estaba desesperada por salvar a Alice.
-Pero eso ya lo hicisteis vos,- dijo amargamente. La idea de las tres hermanas peleando para ver quien asumía la desgracia de convertirse en su esposa aún le dolía.
-Pero ella no lo sabe. Ella supone que te casaste con Alice.
-Emmett le dirá la verdad.
-No si lo tiene atado y con una mordaza.
La imagen de Emmett atado lo divertía.
-Creo que sé donde lo llevó. Hay una cabaña abandonada cerca de...
-Déjalos.
-¿Qué?
-Déjalos. Si Emmett dejó que una mujer lo atrapase, deja que el tonto encuentre el modo de liberarse.
Ella frunció el ceño, sorprendida.
-¿No estás preocupado por tu hombre?
-Emmett puede cuidarse solo.- Una sonrisa asomó en sus labios. -Yo estaría mas preocupado por tu hermana que está en compañía de un caballero experto en palabras dulces.
Un brillo peligroso se vio en los ojos de Isabella. -Confía en mí. Rosalie es muy fuerte respecto a la seducción masculina.
-¿Si?- él dibujó una sonrisa pícara. -Entonces estoy agradecido que no sea un rasgo de toda la familia.
Se dio vuelta y se marchó hacia la fortaleza,.
-Qué le diremos a ellos - dijo, señalando a la gente del castillo reunida en los portones.
Isabella lo pensó por un momento.
-Diremos que ella lo llevó para robar ganado.
-¿Robar ganado?
-Ella lo hace siempre.
Él levantó una ceja.
-Una secuestradora, una asesina y una ladrona de ganado.
-Ella sólo roba el ganado que los demás nos roban a nosotros.
Edward sonrió y sacudió la cabeza. ¡Madre de Dios!, Emmett estaba hasta el cuello. Estos escoceses eran sin duda criaturas extrañas.
.
.
.
Mientras Emmett estaba tirado en el suelo de esa sucia cabaña, no dejaba de pensar en lo que había sucedido el día de la Boda de Sir Edward, aún se preguntaba como había sido tan tonto….
-Buenos día, Diablita. ¿Estás despierta?
No hubo respuesta.
-¿Lady Rosalie?
Ella de repente se lanzó contra la puerta con gran impulso. Atónito, retrocedió.
-Ayuda,- gritó a través de la rendija en la puerta. -¡Ayuda ! ¡Por favor! No puedo resp... respirar...
Alarmado, dejó caer el pan en el suelo, y luego avanzó, corriendo el cerrojo y abriendo la puerta. Con su corazón invadido de un temor mortal, rápidamente revisó el recinto mal iluminado.
Ella se había presionado contra la pared, y cuando entró, aún antes que tuviera tiempo de lamentar su falta de cautela, cargó hacia él, empujándolo contra la pared con un cuchillo puesto en su garganta.
-Haz un ruido, y te corto,- murmuró entre dientes. -Mueve un músculo, y te corto. Si piensas en resistirte, te juro que derramaré tu asquerosa sangre Normanda en el suelo de este sótano.
Todavía en shock, murmuró- De dónde sacaste...-
Sintió un pinchazo en su carne y se estremeció. ¡Jesús!, la muchacha era asunto serio, tan serio como su hermana, quien había marcado a Edward con su espada el día anterior.
- Es tu propia daga, idiota,- se burló.
La daga que se le había caído en las escaleras la noche anterior... de alguna manera la había encontrado.
Con su mano libre, ella irreverentemente lo palpó en la zona de la cintura y los muslos, encontrando y descartando su cuchillo de comer, dejándole la moneda que le había ganado su padre la noche anterior. Bajo circunstancias diferentes, Emmett podría haber disfrutado semejante trato agresivo por parte de una mujer.
Pero no había nada seductor o afectivo en su contacto, y para su ira, comenzó a sentir que estaba a la merced de la muchacha.
Jajajajaja, que les pareció Rosalie, es mi idolo ahora...jejejejejeje. pobre Emmett.
Nos leemos guapas,, bsotes.
