Recuerdo que volví al mundo de los vivos poco a poco. Mis ojos se abrieron lentamente, presentándose ante mi nublada mirada algunas rendijas de luz y sombras. Cuando recuperé del todo la conciencia, pude sentir mis manos maniatadas sobre mi cabeza y mis pies colgando. Me moví levemente haciendo que girara un poco sobre mí misma, como si fuera una peonza. Intenté enfocar mi vista, pero seguía viendo manchurrones oscuros y pequeños atisbos de luz, aunque supuse que estaba encerrada en una especie de habitación pequeña, sin ventanas, siendo las rendijas de la puerta la fuente de luz que iluminaba débilmente la fría estancia. Intenté recordar qué había pasado, pero la última imagen que tenía era la de Sirius tirado en el suelo llorando. La realidad de lo ocurrido cayó sobre mí pesadamente y, sin poder evitarlo, me puse a llorar desconsoladamente.
Lily estaba muerta, junto a James y posiblemente Harry. El pequeño Harry… Por Merlín, si sólo tenía un año… Sin saber por qué y cómo, Sirius había desvelado el secreto que Dumbledore nos confió sobre el paradero de los Potter, llegando a oídos de Voldemort. Me negué a creer que lo había hecho deliberadamente. Quizás en una de sus salidas nocturnas había estado bebiendo más de la cuenta y su lengua se había soltado sin preámbulos. Mis lágrimas resbalaron por mi mejilla y murieron en la camiseta que llevaba puesta y que usaba a modo de pijama. Sea como fuere, los Potter estaban muertos por culpa de Sirius.
De repente, escuché varios gritos de mujer cerca. Miré a ambos lados, haciendo que me moviera más sobre mí misma. Me dolían las manos, las cuales sentía amoratadas. Los gritos de la mujer no cesaron durante varios y largos minutos. El miedo se apoderó de mi cuerpo y mi mente había comenzado a funcionar a duras penas. ¿Había sido raptada por los mortífagos? ¿Lord Voldemort iba a matarme a mí también? Tragué saliva mientras la habitación en la que me encontraba comenzó a aparecer ante mis ojos, desapareciendo la neblina que los cubría. Estaba en una especie de celda. Una muerta de madera se mostraba frente a mí, con un pequeño ventanuco lleno de barrotes.
Efectivamente, era una celda.
Removí mis manos, intentando coger la soga de la que estaba colgada. Miré al suelo y descubrí que entre mis pies y la piedra sólo habían escasos centímetros, los suficientes como para que no tuviera ningún punto de apoyo. Los alaridos de la mujer no paraban, clavándose en mis oídos y haciendo que el miedo que sentía en mi interior me atenazara la garganta, arrancándome un débil sollozo. Al rato, no sé cuánto tiempo, los gritos pararon, envolviendo el silencio en el lugar. Me compadecí de la víctima que estaba sufriendo aquellos tormentos, provocados seguramente por la varita de los mortífagos.
El silencio no duró demasiado. La puerta se abrió de golpe haciendo que tres figuras entraran. Como predije, eran mortífagos. De cerca pude ver sus máscaras de plata y sus túnicas negras. Una de ellas me resultaba vagamente familiar. Tiempo después me di cuenta de que era la misma máscara que llevaba el mortífago que hirió mi pierna.
Sin decir nada, uno de ellos alzó la varita y pronunció unas palabras. Inmediatamente, mi cuerpo empezó a retorcerse de dolor, como si varias cuchillas invisibles arremetieran contra él sin piedad. Me retorcí en mi sitio, dejando escapar un gemido de dolor de mi garganta. El tormento paró tras pasar un tiempo, que a mí se me hizo una eternidad.
-¿Dónde está el Señor Tenebroso?-preguntó el mortífago que había lanzado el Cruciatus, que resultó ser una mujer. Su voz era aguda y chillona con ciertos matices de histeria y provocaban en mí un escalofrío gélido por mi columna vertebral. Volví a encontrarme con esa voz varias veces, siendo Bellatrix Lestrange su dueña. En aquellos momentos, mis labios se mantuvieron cerrados.
-¡Que me lo digas, sucia squib!-gritó Bellatrix, volviendo a arremeter contra mí toda su furia.
Después de eso, sólo recuerdo dolor. Cada cruciatus se chocaba contra mi cuerpo y me envolvía por completo con su cuerpo lleno de espinas, desde el cerebro hasta los pies. Mis gemidos se convirtieron en gritos que desgastaron mis cuerdas vocales. La locura y la furia de la mujer se hacía palpable en cada parte de mi cuerpo, llegando a sumirme en una especie de trance en el que sólo conocía el dolor.
No sé cuánto tiempo estuvimos así. Recuerdo que vomité varias veces hasta que sólo podía expulsar de mi cuerpo bilis y lágrimas.
-No sé… no lo sé…-balbuceé cuando un segundo mortífago, hombre esta vez, me volvía a hacer la misma pregunta acompañada de otra tanda de maldición imperdonable y de hechizos que impactaban en mí como látigos. Bellatrix me dio una bofetada gritando histérica. Noté un hilillo de líquido espeso recorrer mi mejilla. Miré a mis torturadores pero mi vista se había nublado de nuevo y la cabeza me daba vueltas. Mi cuerpo estaba contraído del dolor y el mínimo roce suponía una lenta pero fuerte agonía.
Cortaron la soga y caí al suelo como una marioneta a la que cortan los hilos. Cerré los ojos sin pensar en nada. Lo único que deseaba era morir y acabar con todo ese sufrimiento. Me sumergí en un mundo de tinieblas, donde el miedo, la desolación y el dolor estaban continuamente presentes, como el canto de las cigarras en verano. El consuelo y la libertad se habían convertido en una utopía para mí. Jamás imaginé que iba a abandonar mi vida de manera cruel y dolorosa.
Escuché una puerta abrirse e instintivamente, el corazón comenzó a acelerarse en mi pecho, haciendo que mi pecho me doliera; mi respiración se volvió entrecortada y una oleada de miedo cubrió cada fibra de mi ser. Mi cuerpo se tensó y cubrí mi cabeza entre mis brazos. Noté un cálido fluido recorrer mis muslos, empapando mis pantalones. Mis ojos no veían bien a causa de la oscuridad que me rodeaba. Mis oídos sólo escuchaban los gritos desgarradores de las otras salas, gritos que se clavaron en lo más profundo de mi cabeza a medida que pasaba el tiempo, hasta que se silenciaron definitivamente…
Unos pasos se acercaron a mí. Una mano se posó en mi nuca, haciendo que alzara la cabeza hacia atrás. No veía bien quién estaba haciendo eso. Seguidamente, un líquido con sabor metálico entró a través de mis labios, tragándolo como acto reflejo. Inmediatamente, mi cuerpo se relajó y volví al mundo de las sombras otra vez…
Alzó la mirada y tragó saliva. Nunca se había imaginado en qué consistían las torturas de los mortífagos ni siquiera el nivel de maldad que tenía Bellatrix Lestrange, conocida por el mundo mágico como la mortífaga más psicópata que se haya conocido, la cual escapó de Azkaban junto con otros nueve mortífagos más. Tragó saliva, con la impresión haciéndole un nudo en el pecho. Volvió a rodar sus ojos por las líneas manuscritas…
Volví a despertarme pero estaba en un entorno bastante diferente. Mi cuerpo no estaba colgando de una soga, sino tumbado en lo que parecía una cama. No sentía nada de dolor, parecía que me habían puesto un relajante muscular. Abrí los ojos y me encontré en un dormitorio. Justo encima de mí había un techo apoyado por cuatro columnas de madera, dando a entender que la cama tenía un dosel. Unas cortinas esmeraldas estaban anudadas en la madera y parecía que no se habían soltado desde hace mucho tiempo. ¿Qué clase de tortura iban a aplicar sobre mí? Quizás estaba ya muerta y aquello era una especie de cielo… aunque si hubiera muerto, ya no sentiría nada… estaría libre de mi cuerpo y me sentiría libre.
Miré a mi alrededor y vi unas vendas cubrir las muñecas de mis manos. Con un tremendo esfuerzo, acaricié mi mejilla y noté una fina costra en ella. Mi mente estaba un tanto perturbada, es más, después de la tortura sufrida por los mortífagos, muchos de mis recuerdos se esfumaron, volviéndose como una neblina espesa en mi mente. No es que hubiera perdido la memoria, simplemente que debido a la intensidad de los cruciatus, mi cerebro había tenido una especie de cortocircuito, dejando en las sombras de mi mente muchos recuerdos.
Cuando tuve la suficiente fuerza para moverme, me incorporé lentamente. Tenía puesta una túnica blanca, como de hospital. De pronto, me fijé que había un pequeño elfo doméstco a los pies de la cama, mirándome fijamente.
-Kiwer se alegra de que la señorita haya despertado. Kiwer tiene la orden de vigilarla.
Su voz chillona no tenía nada que ver con la de Bellatrix. Era parecida a la de un niño pequeño, cosa que me hizo pensar que era bastante joven.
-¿Dónde estoy?-susurré casi sin voz. La garganta me ardía una barbaridad, como si me hubieran metido un hierro candente por ella.
-Kiwer no puede decírselo, señorita. El amo de Kiwer me ha pedido que informe a Albus Dumbledore de su estado y mantenerla en la habitación hasta que él venga.
El nombre de Dumbledore resonó en mis oídos e hizo que mi cuerpo se estremeciera. No entendía nada de lo que estaba pasando. Todo me parecía demasiado surrealista. Miré de nuevo a la pequeña criatura, que me observaba con cierto temor a que desobedeciera las órdenes que su amo le había impuesto.
-Ve a buscar a Dumbledore…-susurré de nuevo, haciendo una mueca.
El elfo hizo una exagerada reverencia y desapareció dando un chasquido con sus dedos. Intenté levantarme, consiguiéndolo al final tras mucho esfuerzo. La pierna me dolía a horrores. No tenía el bastón que solía usar. Seguramente estaría en la calle de la casa de Sirius, abandonado.
Sirius… al recordarle, una punzada se instaló en mi interior. En ese momento, cargué sobre sus hombros la culpa de todo lo que había pasado. Si no hubiera dicho nada… si no hubiera traicionado a su mejor amigo…
Caminé despacio hacia la puerta, agarrándome a la pared como si la vida me fuera en ello. Me fijé en más detalles de la casa. Si no fuera porque en la cama hubiera sábanas limpias, diría que aquella casa estaba abandonada. Al menos tenía un aire abandonado. Las paredes grises estaban desnudas, sin decoración alguna. El pasillo era medianamente largo, acabando en unas escaleras que supuse que bajaban a la planta primera.
Aquella habitación precedía el pasillo. A la izquierda me fijé que había una puerta cerrada y a la derecha, otra abierta en cuyo interior había un cuarto de baño. Varios candelabros con velas consumidas daban el broche final a una estampa un tanto tétrica. Caminé despacio por el pasillo, haciendo crujir la madera del suelo. De pronto, escuché un leve gemido en la puerta que estaba cerrada, como si en aquella habitación hubiera alguien encerrado. Me acerqué a la puerta y envolví el pomo de la puerta con mi mano vendada, dispuesta a girarlo…
-Será mejor que no entre ahí, querida. No es de buena educación husmear en las habitaciones de nuestro anfitrión.
La voz de Dumbledore me sobresaltó. Giré la cabeza y vi al viejo director en marco de la puerta, con su característica sonrisa afable. Kiwer estaba a su lado y tenía los ojos desorbitados, con la expresión de terror dibujada en su rostro.
-Lo… lo…-susurré, apoyándome en la pared de enfrente mientras contraía mis labios en una mueca de dolor. El efecto del tranquilizante parece que estaba desapareciendo y mi cuerpo empezaba a quejarse de nuevo.
-Sé que lo sientes, Sarah. Vamos, te llevaré a un lugar donde puedan atenderte en condiciones. No debemos importunar más al pobre Kiwer y a su amo.
Dumbledore me sujetó con fuerza del brazo. Todo a mi alrededor comenzó a dar vueltas. Al instante siguiente, nos encontrábamos en una inmensa habitación con grandes ventanas. Varias camas blancas y pulcras se disponían a ambos lados de ésta y una enorme lámpara de telaraña flotaba en el techo con varias velas encendidas. La cabeza me daba vueltas y sentía cómo las fuerzas me fallaban de nuevo.
-Oh por Merlín, Albus… me habías dejado muy preocupada con tu nota.
Una mujer se acercó a nuestro encuentro. Iba vestida de blanco y llevaba una especie de pañuelo que cubría parte de su cabello oscuro y rizado. Tenía un rostro bastante sereno y su mirada azul transmitía cierta calidez.
-Poppy, atiende a esta joven inmediatamente. Han arremetido un cruciatus sobre ella. Está bastante débil y necesita ayuda urgente.-respondió Dumbledore.
-Ven, ponla aquí, le haré una rápida observación ahora mismo…
Entre los dos, me llevaron a una de las camillas, la más apartada de todas. Corrieron unas cortinas alrededor mío, dejándonos solamente a mí y a la enfermera solas entre la tela blanca.
-Avísame cuando acabes, Poppy. Es de vital importancia que no haya perdido la cordura…
-Descuida Albus, haré lo que pueda.
Intenté decir algo pero las palabras no salían de mi dolorosa garganta. La mujer me desnudó sobre la cama. Con gesto concentrado, comenzó a palpar con sus manos mis costados y mi barriga. No tuve tiempo de sentir pudor ante aquello, pues el dolor había vuelto a hacerse notar en cada fibra de él.
-Te duele, es normal…-murmuró la mujer con voz tranquila-Toma, bebe esto. Podré inspeccionarte mejor y no sufrirás tanto…
Me dio un frasquito con un líquido transparente. Bebí dócilmente tal y como me dijo. Si Dumbledore confiaba en ella, no iba a hacerme ningún daño. Una sensación tremendamente familiar me volvió a embriagar, sumiéndome en un profundo sueño.
Sin saberlo todavía en ese momento, esa fue la primera vez que pisé Hogwarts…
