Capítulo 11.
Tres semanas después Kagome se despertó con la luz del sol y buscó a Inuyasha con la mano, pero él no estaba en la cama. Ella se incorporó con rapidez y observó el lugar vacío que Inuyasha debería estar ocupando.
Desde el incidente ocurrido en el jardín de rosas él estaba extraño. Dos días después del acontecimiento Kagome se había acostado sola, y cuando él llegó ella ya dormía. Al despertar, Kagome se dio cuenta de que Inuyasha ya no estaba en la cama. Desde entonces y durante las tres semanas transcurridas no había tenido oportunidad de hablar con él.
Cuando lo buscaba se encontraba con que se había encerrado con llave al otro lado de una de las puertas del vestíbulo. Sango le dijo que allí había un pequeño despacho que él mismo había organizado. Kagome se había cansado de llamar a la puerta día tras día hasta que, finalmente, se aburrió y decidió entretenerse en otras cosas. Pero ya estaba harta. Quería hablar con él.
Se levantó de la cama y escuchó que llamaban a la puerta. Probablemente sería Sango, que acudía como cada mañana para ayudarla con aquellos complicados vestidos.
-Adelante.
Tal como había esperado, la joven entró tarareando una melodía. Se acercó a Kagome y le sonrió con alegría.
-Buenos días. ¿Qué tal te encuentras?
-Bien -le respondió la joven-. ¿A qué viene tanta felicidad?
-Bueno... -la chica titubeó, se sonrojó y finalmente suspiró. Con una sonrisa abrazó a Kagome-. ¡Miroku me ha pedido que me case con él cuando termine esta maldición!
-¿De verdad? ¡Me alegro mucho por ti! -ambas se abrazaron y saltaron de alegría.
Y entonces, Kagome se mareó y tuvo que sentarse. Se le revolvió el estómago, se puso pálida y corrió al lavabo para vomitar.
-¿Kagome? -Sango entró preocupada tras ella-. ¿Te sientes bien?
-No es nada -respondió la joven tras limpiarse la boca-. Llevo varios días mareándome y vomitando a veces, pero no creo que sea nada grave.
Sango la miró atónita, y entonces sospechó algo.
-Kagome -dijo con cara seria-, ¿hace cuánto no tienes el período?
-Tendría que haberlo tenido hace una semana, pero ya te lo he dicho, solo será un retraso.
-Puedes estar embarazada -soltó Sango.
Kagome la miró con extrañeza. ¿Embarazada? ¿Un hijo de Inuyasha? No se esperaba aquello. Pero bien podía ser verdad. Sus cálculos no eran erróneos. Hacía unas cuatro semanas que había mantenido relaciones con Inuyasha, y el período se le retrasaba. Entonces podría ser probable.
-¿Me equivoco? -añadió la morena sonriendo.
-No -respondió Kagome volviendo a la habitación y sentándose en la cama-. Es posible.
-Tendrás que hablar con Inuyasha -dijo Sango, y sin dejarle tiempo de protestar añadió-: Vamos, te ayudaré a vestirte.
Kagome le hizo caso y no dijo nada más. Solamente se dedicó a pensar en cómo sería tener un hijo de Inuyasha. ¿Qué pensaría él al respecto? ¿Estaría feliz con la idea?
Sango acompañó a Kagome hasta el salón y le sirvió el desayuno. Luego se excusó diciendo que necesitaba ir a limpiar el vestíbulo y salió prácticamente corriendo. Kagome la miró desconcertada pero luego, recordando que quizás debería comer por dos a partir de entonces, comenzó a devorar los exquisitos manjares que Sango le había preparado.
La joven recorrió el vestíbulo y se detuvo frente a una puerta. Llamó varias veces, pero al no obtener respuesta, sacó de entre la falda unas llaves. Las miró una por una y, cuando encontró la que buscaba, la introdujo en la cerradura y abrió la puerta.
Atravesó el umbral y entró en el lugar cerrando la puerta a sus espaldas. Apenas podía ver nada pues todo estaba oscuro, salvo por una leve luz que entraba por una pequeña ventana situada en un rincón de la estancia. Gracias a esa leve claridad pudo distinguir una figura sentada en una silla al otro lado de una mesa, con los pies sobre ésta.
-Tenemos que hablar -dijo entonces Sango poniendo las manos en las caderas en actitud desafiante.
-Sango, no quiero que me molesten, ¿comprendes? -le respondieron desde la mesa.
-¡Inuyasha, por favor! -exclamó con ironía-. Vamos a hablar quieras o no, me estoy cansando de tus estupideces.
Inuyasha apartó los pies de la mesa y apoyó los brazos en ésta. Luego, a través de la oscuridad, escudriñó el rostro de Sango.
-¿Por qué te escondes de ella? -le preguntó la chica desafiante-. ¿Qué temes?
-¡Sango, mírame, maldición! -gritó entonces él, levantándose y encendiendo la luz de una lámpara.
La joven lo observó con atención.
-Te veo, Inuyasha. Estás cambiando. Ella te está cambiando.
-Sí, pero no quiero que suceda.
-Lo deseas tanto como yo o como Miroku. Pero temes que, cuando la maldición se rompa, Kagome se vaya de tu lado y te abandone -Sango lo miró con severidad-. Tú temor es perderla. Estás enamorado de ella, pero no quieres aceptarlo.
-¡Claro que no estoy enamorado!
-¡Puedes engañarte a ti mismo, estúpido idiota! -gritó Sango furiosa-. ¡Pero no puedes engañar a los que te rodean!
-¡No estoy engañando a nadie! ¡Esta es mi realidad! ¡No la quiero!
-¿No? Si no la quisieras no te habrías preocupado por ella, ni la hubieras cuidado, ni le habrías hecho el amor. Si no la quisieras no estarías convirtiéndote en un humano.
Inuyasha calló de inmediato al no tener una respuesta que ofrecer.
-Escúchame -añadió Sango, esta vez con tono dulce-, no tienes nada que temer. Estoy segura de que Kagome te quiere y no se irá de tu lado. Y menos con lo que le está sucediendo.
-¿Qué le pasa? -dejando a un lado su actitud rebelde y grosera, Inuyasha mostró la preocupación en su rostro y Sango sonrió satisfecha.
-Está embarazada, tonto. A ella no se lo aseguré, pero a ti puedo decírtelo con certeza: vas a tener un hijo de Kagome.
Inuyasha la observó con atención. Primero se asombró, y luego los ojos le brillaron.
-¿Embarazada? -preguntó sin poder asimilarlo.
-Sí -le respondió Sango-. Y lo mejor será que aceptes tus sentimientos cuanto antes. De lo contrario, ella podría sentirse dolida por tu comportamiento y, cuando te dieras cuenta de que la amas, ya sería demasiado tarde.
-No quiero que me vea con este aspecto -dijo él señalándose a sí mismo.
-Antes o después te verá y se dará cuenta de que ya no eres un demonio. Simplemente serás Inuyasha, un humano normal y corriente.
Con esas palabras Sango salió de la estancia y volvió a cerrar con llave la puerta. Se apoyó contra ella mientras pensaba.
Sonrió satisfecha. Inuyasha se estaba convirtiendo en humano, lo que quería decir que la maldición se rompía. Pronto, muy pronto, estarían libres y podrían llevar una vida normal.
Sólo le preocupaba el hecho de no saber cómo reaccionaría ante esa vida. Se había acostumbrado a la inmortalidad, al hecho de no poder tener hijos mientras estuviera maldita, y ahora, de repente, todo volvía a la normalidad.
-Sango, te estaba buscando -Miroku bajaba las escaleras en dirección hacia ella.
-¿Qué sucede?
-Voy a llevar a Kagome a pasear. Inuyasha me lo pidió ayer por la noche, y no puedo decirle que no.
-Miroku, una cosa -dijo Sango mientras le acariciaba la mejilla-. La maldición se rompe. ¿Has visto a Inuyasha?
-Sí, lo vi -sonrió el mientras la abrazaba-. Todo volverá a ser como antes, Sango. Muy pronto.
-Lo sé -respondió ella y, feliz, le robó un beso.
-¿Kagome? –Miroku entró en el salón buscando con la mirada a Kagome. La encontró sentada mientras terminaba lo que sin duda había sido un excelente desayuno-. ¿Quieres salir a pasear?
-Me encantaría –sonrió la joven mientras se levantaba de su asiento y se acercaba a Miroku.
Sango apareció detrás de ellos con una bonita capa azul. Con una sonrisa, ayudó a que Kagome se la pusiera.
-Quiero que regreséis pronto. Ahí fuera hace frío, y no quiero que Kagome corra ningún riesgo.
-Tranquila, Sango. Sólo voy a llevarla a pasear un poco por las cercanías del bosque, nada más.
-Eso espero.
Kagome siguió a Miroku hasta las caballerizas, donde, sonriendo, la joven se detuvo a acariciar la crin del caballo blanco. Mientras el joven abría las puertas, Kagome observó los ojos negros del animal, que tenían un brillo especial. El caballo relinchó cuando ella enredó los dedos en su blanca crin.
-Se llama Yuki, que significa nieve. Inuyasha le puso ese nombre por su color.
-Es un animal precioso –exclamó Kagome mirando el caballo con ternura.
-Sí, pero sin duda el mejor ejemplar que tenemos aquí es Colmillo, el caballo de Inuyasha –Miroku señaló al enorme corcel negro en el que Kagome había montado con Inuyasha.
-Colmillo... –la chica observó al caballo, que levantó la cabeza con orgullo. Ella soltó una carcajada y sacudió la cabeza-. Es tan orgulloso como su dueño.
-Probablemente –Miroku rió con ella-. Ahora, vamos.
Kagome disfrutó del paseo, a pesar de haber creído que se aburriría. Miroku resultó ser una muy buena compañía, por lo que cuando le dijo que era hora de regresar, sino Sango los mataría, ella estuvo tentada de rehusar su petición. Pero al mirarlo a los ojos y ver las ansias que se dibujaban en su mirada por volver con la mujer a la que amaba, el corazón de Kagome se llenó de ternura. Entonces, sonriendo con tristeza, deseó con todas sus fuerzas que Inuyasha pudiera amarla. Deseaba que la abrazara mientras le susurraba al oído que la quería, tenerlo a su lado hasta el fin de sus días.
-¿Sucede algo? –preguntó Miroku preocupado al observar con detenimiento su semblante triste.
-No, no te preocupes –le respondió ella-. Sólo estaba pensando.
-En Inuyasha, ¿o me equivoco?
-Sí, en él.
-No te mortifiques –añadió el joven, sonriéndole con sinceridad-. Antes o después se dará cuenta de que te quiere.
-Eso espero, Miroku.
Sin decir ninguna palabra más ambos se dirigieron hacia el castillo, que con el paso de los días se estaba convirtiendo en el hogar de la chica.
Kagome se movió inquieta en la cama. Estaba cansada, pero no era capaz de dormir. Llevaba todo el día pensando en las palabras de Miroku. "Antes o después se dará cuenta de que te quiere", había dicho el joven. ¿Sería eso verdad? ¿Era posible que la quisiera?
Miró hacia la ventana para observar las estrellas, pero las densas nubes las cubrían. Suspiró resignada. Seguramente ya era muy tarde, pensó con el ceño fruncido. A esas horas Inuyasha siempre estaba con ella en la cama, pero parecía ser que esa noche las cosas no transcurrían igual que anteriormente.
Aburrida ya de tanto esperar, se levantó y se puso una bata blanca por encima del camisón. Salió al pasillo y se quedó en la cima de las escaleras que la llevarían al vestíbulo, un poco asustada. ¿Qué era lo que había visto?
Dio un paso adelante decidida a bajar las escaleras, pero una voz grave la hizo detenerse.
-Deberías estar dormida.
Kagome entornó los ojos tratando de observar al emisor de aquellas palabras. A pesar de la oscuridad, pudo distinguir una figura masculina que se ocultaba entre las sombras junto a una de las puertas.
-Inuyasha, tenemos que hablar. Ya me cansé de jugar a que te escondas de mí –se cruzó de brazos-. Necesitamos hablar.
-Hablaremos, pero no en este momento. Ahora, vuelve a la cama y...
Cansada de sus constantes desapariciones tras la puerta de su supuesto despacho y de sus ausencias en las comidas y cuando ella estaba despierta, no pudo evitar que la ira que llevaba reprimiendo todo el tiempo surgiera de su interior con impaciencia.
-¡No! –gritó enfadada, haciéndolo callar-. ¡Vamos a hablar ahora! Estoy harta de tus tonterías y de que siempre trates de esquivarme. ¿Qué te pasa? ¿No me quieres cerca? Si es así sólo tienes que decírmelo, pues me marcharé en cuanto pueda para no molestarte con mi presencia.
Inuyasha la miró a través de la oscuridad. A pesar de que ella no podía verlo bien, sintió un escalofrío de pánico al sentir su mirada. Si el le decía que se fuera, entonces su corazón se rompería y moriría de dolor. Nunca se había arrepentido tanto de sus palabras como en ese momento.
-Kagome, las cosas no son así –dijo el con voz tranquila.
-Entonces, ¿qué demonios te sucede? –exclamó ella angustiada.
-No me sucede... –guardó silencio un momento-. Nada.
-No me mientas, maldita sea. No soporto que me mientan –una lágrima se deslizó por su mejilla.
-No te pongas a llorar –dijo él entonces, nervioso.
-¿Y crees que puedo evitarlo? –gimió ella dolorosamente-. Te abrí mi corazón. Eres y serás el único hombre al que pueda amar, y sin embargo, además de no mostrar ningún interés por mí, dices quererme. Si me quisieras aunque sólo fuera un poco no te esconderías, ni evitarías hablar conmigo, ni...
-¡Claro que te quiero! –estalló él-. Pero debes entenderme. He tenido una vida muy difícil, me cuesta demostrar mis sentimientos. Deja de hacerte la víctima y entiende que he sufrido mucho, maldita sea.
-¿Que me hago la víctima? ¿Crees que yo no he sufrido en toda mi vida? ¡No eres el único que lo ha pasado mal!
-Kagome, lo siento, no pretendía decir eso...
-Pero lo has dicho –murmuró ella mientras derramaba más lágrimas.
-Kagome, no...
-Déjalo así –repuso ella, dolida-. Esto jamás funcionaría aunque me amaras.
Con lentitud comenzó a bajar las escaleras, pero cuando a penas llevaba unos escalones, la cabeza le dio vueltas. Se sintió mareada y volvieron las nauseas. Entonces se le nubló la vista y sintió que comenzaba a caer lentamente.
Aquí otro capítulo más. Cada vez estamos más cerca del final ;D
Atte: Sandritah
