Valiente luchadora
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- ¿Estás caliente, amor? — Isabella le respondió abrazando a Edward por la cintura y pegando sus labios a su cuello. Jamás se cansaría de oírlo llamándola amor. O se hartaría de sentir aquellos brazos fuertes rodeándola, o ese cuerpo caliente y sólido junto al suyo.
En algún momento después del crepúsculo, la había cargado hasta la cabaña. Pasaron la noche alternando la pasión con el descanso. A veces, la tormenta de la pasión los tomaba por sorpresa. Otras, se amaban lenta y lánguidamente, como si tuviesen todo el tiempo del mundo.
Edward sabía que estaba actuando sin escrúpulos. Con cada hora que pasaba en esa cabaña rústica en el bosque, los ingleses se aproximaban. Pero no hallaba el coraje para partir. No ahora que Isabella era finalmente suya. No cuando su corazón desbordaba de amor.
La luz del amanecer ya irrumpía en la oscuridad y estarían obligados a pasar un día más allí, antes de retomar el viaje de manera segura.
Contempló a la mujer que dormitaba en sus brazos. Qué linda era. ¿Quién hubiera creído que revelaría ser tan seductora y apasionada?
— Estás sonriendo, Edward Masen. — Isabella bostezó y, con el dedo, siguió el contorno de sus labios.
— Tal vez tenga pensamientos felices,
— ¿Puedo saber cuáles son?
— Te ruborizarías...
— Creo que después de esta noche, nada me hará ruborizar nuevamente.
— De hecho. Vives sorprendiéndome, mi lady. ¿Quién podría imaginar que la recatada Isabella Swan inventaría tantas...maneras de satisfacerme?
Ella se sentó y, sorprendiéndolo una vez más, se sentó encima de él.
— Prometiste enseñarme otras maneras de... — ella se inclinó y lo besó en la boca.
— Lo Prometí. Pero tal vez sea mejor que esperemos uno o dos días.
Isabella arrugó la boca.
— ¿Por qué?
Él pasó el dedo por sus labios rosados y sonrió cuando ella lo mordió.
— Porque debes estar un poco dolorida hoy.
— Creo que eres tu quien debería preocuparse por posibles dolores — Ella jugaba con el vellos cobrizo del pecho masculino, causándole placer — Fuiste herido gravemente y te levantaste muy pronto sin terminar de recuperarte. Y ahora estás... ejercitándote demasiado.
— Tienes razón — Edward le sujetó la mano, cesando la tortura. — Si no paras con esto, tendría que ejercitar todavía mas. Y serás responsable por lo que me pueda suceder.
Ella sonrió maliciosamente.
— ¿Lo Prometes?
— Oh, Isabella, ¿qué voy a hacer contigo?
Los ojos de ella brillaban con malicia.
— Sugiero que hagas ahora lo que haces tan bien, Edward Masen.
Él suspiró desolado.
— El trabajo de un guerrero nunca termina.
Rodando encima de ella, la besó lenta y profundamente hasta que ella se quedó sin aire.
— Oh, mi guerrero bravo y fuerte... — se burló. Él la besó de nuevo, interrumpiendo su provocación.
— Ah, parece que descubrí un modo de callarte, mujer. Entre suspiros, se deslizaron una vez mas al maravilloso mundo de la pasión. Un mundo donde ya no necesitaban palabras.
— ¿Tienes hambre? — preguntó Edward, con un brazo bajo la nuca y el otro en torno a la cintura de Isabella.
Era tarde y el sol se infiltraba por las hendijas en las paredes.
— Mucha. — Ella apoyó la cabeza en su hombro — No comimos el pescado que trajiste anoche.
Edward enrolló una mecha del cabello de ella en su dedo y admiró el juego de la luz en sus cabellos negros ya que surgían de ellos unos reflejos rojizos de los cuales no se había dado cuenta hasta el momento.
— Si no me equivoco, teníamos cosas más importantes que hacer.
— Si, pero ahora tienes que alimentarme, Edward Masen.
— ¿Y si no quiero?
Isabella sonrió.
— Quedaré tan débil que no podré besarte más.
El guerrero saltó de la cama y comenzó a vestirse.
— No te muevas. Quédate aquí descansando, que voy a traerte comida, mi lady. No quiero que nada te robe energía ahora.
Ella se arrodilló en el medio de la cama, sin recordar el hecho que estaba desnuda.
— ¡Qué fácil! ¿Basta con que diga eso para que hagas mi voluntad?
Él la sujetó por el cabellos y empujó su cabeza hacia atrás, besándola con una ferocidad que le aceleró el corazón.
— En los próximos cien años, si. Después, probablemente desearás pasar algunos minutos lejos de mí.
Con eso, el irlandés dejó la cabaña.
Mirándolo con adoración, Isabella se convenció de que ni cien años con Edward Masen serían suficientes. Su corazón contenía tanto amor que desbordaba. Sin embargo, sentía una puntada de pesar. No se habían prometido nada el uno al otro. No se habían comprometido de ninguna manera. Y ambos sabían que, cuando retomasen el viaje, él volvería a ser el guerrero endurecido que ella había visto en el puerto por primera vez.
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— No estabas exagerando — Edward liquidó su tercera porción de pescado y bebió un trago de te fuerte — Realmente, cocinas tan bien como Emily.
Llegado su turno de recibir elogios, Isabella ahora entendía como la vieja criada se sentía. Era demasiado agradable.
— Ella me enseñó también a hacer milagros con aguja e hilo. Ves mi vestido. — Ella se lo mostró — Prácticamente lo rasgaste por el medio.
— Tú tenías mucha prisa por librarte de él.
— Ambos teníamos prisa, si mal no recuerdo. — Isabella retomó la costura — La próxima vez, te bastará con pedirme que me lo quite, ¿Entendido?
Isabella sólo vestía su camisa y su enagua, los cabellos caídos hacia adelante en una maraña salvaje de rulos de Ébano brillante. Contemplándola, Edward casi conseguía olvidar el dolor del pasado. Podía fingir que sólo eran un hombre y una mujer locamente enamorados, ajenos al mundo.
Su amada levantó el rostro y captó su expresión preocupada.
— ¿En qué estás pensando, Edward?
— Que no esperaba sentir tanta felicidad otra vez en mi vida.
Isabella puso a un lado el vestido. Cruzando el cuarto, se arrodilló delante de él y le tomó las manos.
— Así es como yo me siento, Edward. Ya no había esperanza de encontrar un hombre que me llegase al alma — Miró sus ojos nublados — ¿Entiendes?
— Entiendo — Él trabó sus manos, impidiéndole moverse. Ella lo miró, ganándose esa sonrisa peligrosa que ya conocía bien.
— Deja de hacer eso.
El guerrero desató los lazos y le quitó la prenda diáfana. En un movimiento rápido, la puso sobre su regazo.
Isabella suspiró al sentir los labios masculinos contra su piel. A continuación, mientras el sol completaba la trayectoria en el cielo, se revelaron el uno al otro, sin una sola palabra, todo el amor que había en sus corazones.
— ya es hora, Isabella — anunció Edward, sin volverse.
Las sombras de la tarde se hacían densas. El crepúsculo caía nuevamente sobre la tierra. Esa siempre había sido la hora favorita del día para Edward. Ahora, sin embargo, temía su llegada. Pues significaba el fin del idilio con Isabella.
— ¿Está lista? — Él colocó un cuchillo en la cintura y otro en la bota.
Detrás de él, Isabella se puso la capa y se subió la capucha para ocultar sus cabellos oscuros.
— Si, estoy lista.
Edward se aseguró que el fuego en la chimenea se hubiera extinguido por completo. Sólo entonces fue a buscar el caballo a la arboleda y volvió a la cabaña.
Isabella cerró la puerta, la trancó y esperó al guerrero.
— Me Gustaría que pudiésemos quedarnos aquí para siempre, escondidos del mundo.
Edward montó el caballo y extendió sus brazos, levantando a Isabella sin dificultad. Mientras ella se acomodaba delante de él, la besó en el rostro.
— Yo también amor. Pero siempre supimos que esto sólo sería una pausa.
Él acicateó el caballo y se internaron de nuevo en el bosque. En cuestión de minutos, el cielo se oscureció y comenzó a llover. El agua pronto se convirtió en un aguacero que les empapó las ropas.
Cuando el caballo comenzó a subir una colina, Edward empujó las riendas con fuerza.
— ¿Qué pasa? — preguntó Isabella, temblando de frío.
— Me Parece que oí algo.
Agudizaron los oídos, pero sólo detectaron el sonido de la lluvia. Edward bajó a Isabella al suelo.
— Espera aquí. Voy a investigar.
El instinto le urgía a aferrarse a su amante e implorarle acompañarlo. Pero aceptó lo que decía, consciente de que las cosas tenían que ser a su modo.
Inmóvil bajo el aguacero, intentó no perderlo de vista.
Caballo y caballero avanzaron. Edward sacó la espada. Segundos después, seis soldados ingleses a caballo formaban una sólida pared delante de él. Instintivamente, él hizo que el caballo diese media vuelta, sólo para toparse con otra línea de soldados saliendo de un escondrijo.
— ¡Baje el arma, Edward Masen! — gritó el líder del regimiento.
— ¿Y si no quiero? El hombre gruñó.
— Estás en clara desventaja, asesino irlandés. Es mejor que obedezcas.
La risa de Edward hizo que ellos quedasen perplejos.
— Están equivocados. Ustedes son los que están en desventaja. Cuando los soldados, aprensivos, miraron por encima de sus hombros para ver si sus compañeros continuaban allí, Edward avanzó en medio de ellos, blandiendo la espada con una habilidad que dejó una senda de sangre y gritos.
— ¡Está solo! — gritó el líder del regimiento — ¡Tomen sus armas y capturen al bandido!
Tres hombres a caballo se lanzaron contra Edward de diversos lados, Pero él consiguió evitar las hojas de las espadas, haciendo que uno de ellos retrocediera empujando a otros dos, que cayeron al suelo. Ellos se levantaron sin demora, listos para atacar, pero Edward hábilmente usaba las patas delanteras del caballo para rechazarlos.
Uno de los soldados disparó una lanza, acertando en el cuello del caballo de Edward. El animal se puso rígido, jadeante, sus ojos muy abiertos por el súbito dolor. Edward saltó de la silla un segundo antes que el garañón cayera de costado.
Desde el punto privilegiado en la colina, Isabella vio movimientos y el ruido de los cascos del caballo al caer. Protegiendo sus ojos del aguacero, distinguió el brillo de la espada de Edward rechazando las envestidas de los soldados que lo atacaban.
Casi estaba venciendo. Le Faltaban unos pocos, Edward se daba ánimo. Pero, al levantar la espada para enfrentar a otro soldado, sintió un dolor agudo, seguido por el calor y la humedad de la sangre. Acababa de recibir un golpe de espada en el hombro recién curado. Ignorando la herida, continuó luchando, haciendo retroceder a los soldados que quedaban. Al intentar levantar el arma, sin embargo, sucedió algo extraño. Su brazo se negaba a obedecer. Miró perplejo al miembro colgando al costado, al mismo tiempo que la espada se deslizaba de sus dedos sin sensibilidad, cayendo al suelo pesadamente. Con la otra mano, intentó sacar el cuchillo de la cintura, pero la punta de una espada se cruzó en el aire hiriendo la palma de la mano. El cuchillo también cayó al suelo.
Con una sonrisa desdeñosa, el líder del regimiento avanzó con la espada en su puño. Estaba listo para perforar el corazón de su enemigo cuando fue atacado por una mujer.
— ¡Gracias a Dios! — gritó Isabella, tirándose en los brazos del militar.
Tomado por sorpresa, él dejó caer su espada
— ¿Lady Swan? ¿Es usted? ¿Todavía está viva?
— Lo estoy. Ustedes me salvaron de este loco.
Ella mantenía la mirada baja, pues no soportaría ver la sangre manando del hombro de Edward. Bajó la capucha de la capa, fue de soldado en soldado, ofreciéndole a cada uno una sonrisa.
Encantados, los hombres sólo miraban a la hermosa mujer que alternaba llantos y risas.
— Pensé que moriría en manos de este... animal — Isabella dio una mirada rápida a Edward, volviendo a mirar a los soldados. — Pero, gracias a todos ustedes, estoy sana y salva ahora. — Batió sus pestañas — Mi padre les agradecerá personalmente a cada uno de ustedes. Y creo que la propia reina les ofrecerá una generosa recompensa por su coraje, cuando le entreguen a Masen.
— ¡¿Entregar a Corazón Negro Masen? — El líder del regimiento empalideció ante la idea de mantener vivo a ese peligroso enemigo. Sería tanto más fácil matarlo y acabar de una vez con esa historia.
— ¡Naturalmente! — reforzó Isabella — La reina va a querer ver al hombre que causó tanto daño en sus tierras. Estoy segura que habrá grandes honras para los bravos soldados que derrotaron a Corazón Negro Masen.
— ¡Atiéndelo inmediatamente! — ordenó el líder, ya se veía siendo presentado en la corte.
Mientras sus subalternos cumplían la tarea, Isabella se abrazó temblando.
— ¿Tendría un poco de cerveza, capitán? Me estoy muriendo de frío...
— Tengo, si, mi lady — El líder mandó a otro hombre.
Cuando el soldado volvió con un barril de cerveza, Isabella le dio su sonrisa más seductora.
— ¿Y podría encender un fuego? Estoy temblando...
En unos minutos, Isabella se acomodaba en una tienda armada con pieles, tomando cerveza y calentándose delante de una hoguera. A poca distancia, Edward se recostaba contra un árbol con sus manos y tobillos atados. Un soldado lo vigilaba, mientras el líder del regimiento y los dos soldados restantes se acomodaban en torno al fuego, oyendo fascinados la historia del secuestro de lady Isabella Swan.
— El bárbaro invadió mi casa y me tomó como rehén cuando se dio cuenta que sería capturado. Jamás lo perdonaré.
Los hombres concordaron enfáticamente. Isabella extendió la copa.
— Me gustaría un poco mas de cerveza.
El líder le sirvió y llenó de nuevo su propia copa y la de sus subalternos.
Isabella levantó sus faldas.
— Mis botas están totalmente empapadas. Un motivo más por el cual odio a Masen.
Los tres hombres no conseguían quitar los ojos de esos tobillos bien torneados.
Ella movió los pies.
— ¿Saben qué me gustaría?
Los hombres sacudieron sus cabezas.
— Quitarle las botas a Masen. Que tenga que recorrer todo el camino a Inglaterra descalzo. ¿No creen que sería un castigo perfecto para este asesino? Isabella se levantó y salió corriendo de la tienda. Al soldado de guardia, le dijo — Su capitán dice que puedo quedarme con las botas de Masen.
— ¿Con... las botas de él, mi lady?
— Si, las mías están empapadas. Quiero las de él. — Isabella movió el rostro en dirección a la tienda — Puede confirmarlo con su capitán, si quiere.
El guardia miró al prisionero, que parecía inconsciente, y después a la mujer, que temblaba bajo la lluvia, y luego al comandante, que le dio autorización sacudiendo la cabeza.
— Si el capitán está de acuerdo, mi lady, se las quitaré ahora mismo.
El hombre se inclinó sobre el prisionero y comenzó a quitarle el calzado, observado de cerca por Isabella. Ella los tomó sin perder tiempo. Palpando con su mano el cuchillo de Edward, lo escondió entre los pliegues de su falda. Entonces, al volverse, ella dejó el arma caer en el regazo de él.
En la tienda, aturdidos por el exceso de cerveza, los soldados se relajaban en torno a la hoguera. Callados, observaban a la hermosa dama quitarse sus botas. Sin la menor prisa, Isabella levantó un poco más su falda y se masajeó un tobillo.
— Hum... — gimió, con los ojos cerrados — Adoraría poder ponerme ropas secas y acostarme en una cama caliente.
Uno de los soldados suspiró. Isabella le dedicó una sonrisa. Su sonrisa se congeló cuando una espada traspasó la piel que formaba la pared del fondo de la tienda. El soldado se puso rígido y luego cayó hacia adelante. Antes que los otros dos pudiesen reaccionar, Edward desarmó la tienda a patadas y los miró.
— Usted... — El líder todavía sacó la espada, pero era demasiado tarde.
La espada que Edward le había sacado al guardia le atravesó el corazón. El líder estaba muerto antes de caer. Otro soldado retrocedió, dio media vuelta y salió corriendo. Edward le lanzó el cuchillo, acertando de lleno en el blanco. El soldado gritó y cayó al suelo.
Isabella contemplaba la escena como si despertase de un sueño. Ya había considerado que Edward Masen era un bárbaro. Esa vez, sin embargo, no podía culparlo. Ella misma había participado de la muerte de esos hombres, leales soldados ingleses. La idea era aterradora.
Antes que ella cayese de rodillas, Edward la abrazaba con fuerza.
— ¿Estás bien, amor?
— Si... si... — Isabella respiró profundamente. Él la miraba detenidamente.
— Veo que si. Serías una perfecta forajida, Isabella.
— No lo creo. Oh, Edward, estoy aterrorizada...
— Es una reacción natural. Lo que importa es tu manera de lidiar con ese miedo que sientes. — Él le acarició el rostro — Podrías haberte quedado escondida en el bosque y nadie te culparía. Finalmente, eres una noble gentil — La apretó contra su pecho y la besó sonoramente — Es la segunda vez que quedo en deuda contigo por salvarme la vida.
Ella le acarició la mejilla.
— Estoy segura que me la voy a cobrar, Edward Masen.
— Puedes cobrarla cuando y como quieras.
Él la condujo junto al fuego. A continuación, examinó cada cadáver antes de recoger los caballos y las armas ahora sin dueño.
Edward escogió el animal mas robusto, ató a los demás en la retaguardia y empujó la fila de animales hasta el lugar donde estaba Isabella.
— Ponte las botas y la capa, amor. Tenemos que estar muy lejos cuando el resto del regimiento llegue a buscar a sus compañeros.
— Está bien — Isabella se aprontó y se unió a Edward, quien apagaba la hoguera — Estaba pensando... Emily y Sam me creían demasiado ingenua para mantener una mentira delante de lord James. Creo que he probado lo contrario.
Su risa murió en su garganta al ver los cadáveres de los soldados muertos. Sólo ahora se daba cuenta de la gravedad de lo que había hecho. Pálida como un fantasma, sintió que sus piernas no la sostenían.
Edward la sujetó por los brazos y la abrazó con fuerza.
— Si, mi valiente luchadora — murmuró junto a su rostro — Lo Probaste. Nos Probaste a todos que eres una mujer valiente.
Pero Isabella ya no oía, hundida en la inconsciencia de su desmayo.
Astuta la muchacha, no creen¿?, Edward tiene que estar dando gracias al cielo por ese angel...jejejeje. un besote nos leemos. muakis
