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Los pasos constantes en las escaleras hacían a Harry sentirse más pequeño. Sabía muy bien que Ginny habitaba esa casa con él, pero ya era suficientemente duro pensar en ella casi todo el día, para también sentirla tan cerca… y la vez tan lejos.

Era la primera vez que la chica salía con alguien desde que vivían juntos en Grimmauld Place, lo que hizo cuestionarse al mago sobre el número de chicos que habían tenido una cita con su pelirroja todo ese tiempo. Golpeó la almohada con un puño feroz, deseando con todas sus ansias que las plumas fueran la mandíbula del tal Thomas que la había recogido esa tarde.

Observó el reloj. Medianoche y la chica acababa de llegar. Se ilusionó con la idea de que Thomas hubiera sido un completo burro y la hubiera dejado decepcionada. Al menos eso compensaría la ansiedad y el hecho de que no pudiera pegar ojo desde que se recostó en su cama.

Pero, obviamente, el burro era él. Por no acercarse de vez en cuando y ofrecerle un cumplido. Por no ser valiente y temer su rechazo cuando le mandara flotando la idea de volver a ser como antes. Suspiró. Era horrible sentirse tan impotente.

Un piso más abajo, Ginny compartió el suspiro con él. Thomas no era nada comparado con lo que Harry era. Era agradable, sí, pero (sin contar el hecho de que era su primera cita en bastantes años) se le había quitado el gusto de salir con hombres constantemente. Esperaba por el indicado, y se removió inquieta al pensar que su vida había transcurrido en eso: esperar por Harry.

Tal vez era el momento de dejar de esperar.

Tenía que hacer algo.

Y ella sabía exactamente qué.