Disclaimer: Los personajes de la saga Crepúsculo le pertenecen a la inigualable Stephenie Meyer, yo sólo me divierto junto a ellos ubicándolos en un mundo paralelamente imaginario que brota de mi alocada cabecita soñadora.
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Trato Hecho
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Beteado por Isa :)
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Capítulo Doce: Como perros y gatos
El sol brillaba allá en lo alto. Sofocante, luminoso y muy, muy caluroso. Me sequé el sudor de mi frente, y suspiré resignada. Realmente hacía mucho calor y eso que todavía no había terminado Mayo, lo que significaba que siquiera estábamos en verano. Me até el pelo todavía más alto y consideré cambiarme mi remera de mangas cortas a una musculosa, pero luego deseché el pensamiento y me acurruqué mejor en la reposera.
Si bien mi encuentro con Marlene había sucedido hace algunas horas, todavía podía sentir la rabia correr por mis venas. Estaba muy enojada con ella, pues ¿quién se creía que era para botarme de esa forma de mi habitación? Sé que ya no vivo más aquí, pero no dejaba de ser mi casa, ¿cierto?
Me bebí de un solo trago lo que quedaba de mi jugo de naranja —un poco aguado ya que los hielos se derritieron— y cerré mis ojos, dejando que el sol bañara mi rostro. Claro que el momento de tranquilidad se vio terminado cuando una sombra me cubrió la luz; abrí solo un ojo y me encontré con la figura de mi madre.
—¿Estás más calmada?
Suspiré y me senté recta.
—¿Realmente quieres volver a sacar el tema? —pregunté cansinamente.
No respondió y se sentó a mi lado, en la otra reposera del jardín.
—¿Dónde está Edward?
—Bañándose —respondí al instante. Se había ido hace unos instantes, luego de que ayudara a calmar mis nervios; no sabía cómo lo hacía, pero sólo él lograba tranquilizarme tan rápidamente.
Miré el perfil de mi madre y estallé; no me pude aguantar.
—¿Por qué accedieron a darle mi habitación, mamá? —Renée hizo una mueca de pena, como si a ella no le gustara que mi cuarto ya no sea mi cuarto—. Sé que me fui, que ya no vivo aquí, pero… ese era mi lugar en la casa, allí tenía cosas de mi infancia, adolescencia.
Mi voz se fue apagando. ¿En dónde habían guardado todos mis recuerdos?
—Marlene necesitaba un espacio para su estudio, hija —suspiró, mirando el césped—. No lo hicimos con malas intensiones. No quiero que te lo tomes como que te botamos, porque no es así.
Bueno, en realidad me sentía así.
—Bella, tú siempre serás muy importante en esta familia, creí que tenías en claro eso. —Me mordí la lengua para decirle que si fuese tan importante, no me hubieran hecho a un lado sin consideración—. Lo de la habitación es secundario, no quiero que tu visita aquí se arruine por pelear con Marlene.
Bufé.
—¿Dónde se suponía que nos acomodaríamos, de todos modos? —Esa era una pregunta que daba vueltas y vueltas en mi cabeza—. Porque, evidentemente, Marlene está más que acomodada en mi habitación.
Renée asintió, sacudiendo ligeramente la cabeza.
—Bruno ha donado su habitación para ustedes, él dormirá con Marlene —respondió—. Cariño, iba a decírtelo… pero te me has adelantado. —Tomó una de mis manos y le dio un fuerte apretón—. No quiero que sigan peleando, no me gusta verlas discutir de esa manera.
—No fui yo la que empezó —refunfuñé.
—Parecen un par de chiquillas, Bella —vi que las comisuras en sus labios se alzaban—. Ni cuando tenían ocho años actuaban así. —No, porque con ocho años podía tirarle del pelo o ponerle la traba y eran travesuras; ahora no podía hacerlo—. Sean adultas, sepan comportarse. Si no se soportan, bien, lo entiendo, no tiene por qué caerte bien. Pero realmente quiero disfrutar de ti, de Edward y… tengo muchas preguntas para hacer. Te tengo lejos, no puedo disfrutarte como me gustaría, ¿me concedes ese deseo?
Suspiré pesadamente; en el fondo sabía que tenía razón. Por culpa de la… tontita, me había enojado y mi buen humor desapareció. Sabía que eso era lo que buscaba Marlene: hacerme enojar hasta que no aguante más y me fuera de aquí. Claro que estaba muy equivocada al pensar que me dejaría vencer tan rápidamente.
«Por supuesto, esto recién comienza».
—No puede ser que cada vez que se vean, sean como perros y gatos —añadió, tomando una de mis manos.
«Ella es la perra».
Disimulé mi risa.
—No nos compares con esos animalitos —intenté ocultar mi sonrisa, pero fue imposible evitarlo—. Porque, incluso, los perros y los gatos se llevan mejor que nosotras.
Renée rió y mi buen humor volvió a resurgir.
—Apartando el tema de Marlene y viendo que tu buen humor volvió… Me gustaría tener esa charla de madre e hija que nos debemos —sus ojos brillaron—. ¿Cómo estás?
La miré con una ceja alzada.
—Sé que en la Universidad te está yendo bien, sé que tú estás bien, pues lo veo… —La miré más confundida aún—. Me refiero a ti y Edward.
Oh, claro.
—Estoy bien —sacudí mi cabeza—. Estamos bien.
«¿Ya te dije que me encanta el plural?».
«A cada rato».
«Oh, bueno. ¡Me encanta el plural!».
Rodé los ojos y volví a concentrarme en mi madre.
—¡Oh, pero claro! Cualquiera se daría cuenta de eso —sus ojos claros brillaron con la luz del sol y me dedicó una cálida sonrisa—. Me sorprendieron bastante.
La observadora Renée en acción, me removí incómoda en mi asiento.
—¿Por qué lo dices? —Intenté no sonar nerviosa.
—Bueno, realmente parecen mucho más cercanos de lo que imaginé, a pesar del relativo corto tiempo que llevan juntos —sonrió marcando sus hoyuelos en ambas mejillas—. Es extraño verte tan grande, tan bien y cercana con alguien que no es de la familia y es un hombre de carne y huesos —hizo una pausa riéndose de algo que pasó por su mente—. Imaginé este momento por varios años, pero nunca lo hacías llegar. Hasta planeé comenzar a averiguar hogares de monjas y demás.
Miré para arriba, negando con la cabeza. ¿Un convento de monjas? Qué original…
—Se nota que ambos se tienen mucha confianza —continuó—. Las parejas que funcionan, son aquellas en donde no sólo encuentras amor, sino también amistad y confianza. Créeme cuando te lo digo, lo he aprendido —hizo una mueca y añadió—: Con lo poco que vi, sé que hay mucho cariño entre ustedes, se ven como amigos; viven al pendiente del otro y se buscan, constantemente.
«Interesante… continúa».
—Edward está al pendiente de lo que dices, de lo que haces. Cada vez que hablas es como si nadie más existiera para él. —Corrió su cabello de la frente y volvió a mirarme—. Intenta buscarte continuamente cuando no te tiene a la vista, quiere escuchar tus opiniones y espera tu complicidad cuando responde algo.
Wow, realmente no me había dado cuenta de todas esas cosas. El ojo crítico de mi madre se había desarrollado mucho más de lo que recordaba.
—Tú no te quedas atrás —me guiñó el ojo—. También estás todo el tiempo pendiente de él. —Fruncí el ceño—. No me mires así, me di cuenta de esos gestos pequeños que tienen. Sus manos no se sueltan, se sientan muy cerca el uno con el otro, se murmuran cosas y se dan esas miraditas que sólo ustedes entienden; esos códigos que cada pareja va formando y aprendiendo con el tiempo. Y, eso, me gusta y mucho.
Se quedó en silencio, manteniendo la mirada fija en alguna parte. Por mi parte, imité su silencio, sin saber qué responder a toda su investigación. Lo único bueno que se me ocurrió hacer fue jugar con el dobladillo del short blanco que me había puesto hace unos minutos.
«Renée tiene momentos de lucidez. ¿Te das cuenta que no soy la única que piensa que el trato está siendo más que un trato?».
«Eso no es verdad, Amanda».
«Realmente eres obstinada, aprende a escuchar a los demás».
«Si te escuchara todo el tiempo, estaría embarazada, presa y con un anillo de bodas».
«Imagino que presa por violación, es una muy buena causa para ir…».
Me reí, poniendo los ojos en blanco y me sumergí en mis pensamientos.
No era tonta, y sabía que la confianza entre Edward y yo había crecido mucho. Ya no éramos las mismas personas que se encontraron por primera vez en el parque y acordaron ese extraño y loco trato. Nos aprendimos a conocer, a entendernos y, sobre todo, a contar con el otro en cualquier momento. Estaba segura que, antes de conocerlo, jamás había tenido la relación con un hombre como la que tengo ahora con Edward —incluso ni con Riley fuimos tan cercanos—, por eso me animo a decir que se transformó en un gran amigo; mi mejor amigo, mas bien.
Quería a Edward, claro que sí… sería imposible no hacerlo. Pero también sabía que nosotros sólo podríamos ser amigos. Simplemente, no estábamos hechos el uno para el otro como todo el mundo pensaba. Él, es un chico que no le gusta el compromiso y, por mi parte, es lo que estoy buscando desde que entiendo el concepto de relación entre dos personas. No era una buena ecuación, no sería fácil balancearla. Él no era el chico del que alguna vez me enamoraría, y estoy completamente segura que yo no era su prototipo de mujer ideal, si es que tenía alguna. ¿O no?
«¿Realmente estás segura?».
¿Lo estaba?
—Sin embargo… —la voz de mi madre me trajo a la realidad—. Hay algo que no me estás diciendo…
Me tensé completamente. ¿Sería capaz que ella? No, no, no, no y no ¡me niego!
—¿D-De qué hablas, mamá?
—No lo sé con exactitud, pero siento que algo me estás escondiendo, te conozco muy bien y sé cuando no me cuentas algo… ¿Estoy en lo cierto?
Tragué pesado y comencé a negar con la cabeza. No, no, no y no, mi madre no nos podía descubrir. No ahora que pensábamos que todo estaba saliendo bien.
Renée me miró con los ojos como platos y creo que mi corazón se detuvo una milésima de segundo, por el terror que me causaba la idea de que se hubiese dado cuenta que nuestro noviazgo no era más que una puesta en escena.
Ay, Dios.
—¡¿Estás embarazada?!
Mi boca se desencajó, mis ojos se abrieron de par en par y lo único que atiné a hacer fue comenzar a reír con risas nerviosas e histéricas.
«¡Oh, vamos! Creí que era un poco más inteligente. ¿Embarazada? ¿De quién, del espíritu santo?».
—Uf, bueno, esa risa tuya me da un poco de tranquilidad —suspiró—. Porque realmente soy muy joven para ser abuela.
—¿Te estás escuchando? —ahogué más risitas.
—Bueno, tampoco es tan trillado pensar de esa manera… —se encogió de hombros—. Yo tuve tu edad, ¿sabes? Sé lo que las personas hacen a los veintitrés años, y sé que tú lo estás haciendo todo el tiempo, con el semejante novio que tienes me extrañaría si fuese lo contrario. Yo, en tu lugar, no podría mantener mis manos para mí.
«Ahora está hablando mi mismo idioma. Escúchala Bellita… ve tomando nota».
—Mamá… —reproché.
—Vamos no seas tímida —puso sus ojos en blanco—. Menos mal que tuvimos «la charla», puedo quedarme tranquila en ese sentido, porque te eduqué muy bien para que sepas qué métodos usar. ¿Qué eliges, pastillas, parches, inyecciones…?
Iba a replicar para que cerrara el pico, pero el sonido de unos pasos acercándose hizo que nuestra conversación estuviese interrumpida. ¡Gracias, Señor! Me volteé hacia la dirección de los pasos y vi a un muy sonriente Edward caminando hacia nosotras. Traía puestas unas bermudas, con una remera mangas cortas negra, su pelo mojado por la ducha de recién y unos lindos lentes de sol, protegiendo sus ojos. Tenía que reconocerlo, verlo así en ese estilo tan relajado, le favorecía y mucho; realmente estaba muy guapo.
—¡Edward! —chilló mi madre, levantándose de su lugar para tomar a Edward del brazo—. Justo estábamos hablando de ti.
—¿Oh, sí? —preguntó el aludido, sentándose obligadamente por Renée en la reposera que había a mi lado.
—Sí, le estaba diciendo a Bella que recuerden cuidarse en sus relaciones sexuales, aunque supongo que lo hacen, más les vale que lo hagan —continuó sin siquiera detenerse a coger aire—. Si quieres, luego puedo recomendarte marcas de condones, ya sabes… mejor prevenir que curar, pues ella aún está joven y no tengo edad para ser abuela.
Los ojos y boca de Edward quedaron completamente abiertos de par en par. Otra vez volví a considerar la idea de ser comida por un tiburón y dejar de pasar por toda esta vergüenza.
—Ehh… yo… —comenzó a balbucear el pobre de Edward.
—¡Mamá! —volví a reprochar, con mi rostro completamente enrojecido y esta vez el calor quedaba en segundo plano.
—Somos adultos, Bella… —rezongó mi madre—. Sé que el sexo es una parte fundamental en una pareja y sé que lo hacen; es absolutamente normal.
«Aún no corremos con esa suerte, querida Renée».
Okay, vuelvo a cerciorarme que realmente mi madre es una desquiciada. ¿Por qué no podía comportarse sólo unos momentos con normalidad? ¿Tan difícil es? Me quedé en blanco, sin saber qué responder. Es decir… ¿qué se supone que tenía que decir?
Por suerte —gracias al cielo al fin me tocó un poco de buena suerte—, Phil se asomó por la puerta trasera y llamó a mi madre. Ella, mirándonos con dulzura y como si no nos hubiese dicho nada embarazoso, se alejó de nosotros y fue junto a su esposo.
Bajé mi vista hasta mis manos, sin saber cómo mirar a Edward a los ojos.
—Lo siento… —musité, sin despegar mi vista de mis manos—. Mi madre es…
—Chist —dijo, palmeando mi rodilla para que lo mirara—. Es lógico que piense eso… digo, llevamos ¿qué, casi cuatro meses de supuesta relación? Los novios suelen acostarse y…
Comencé a pedirle que se detuviera con gestos, para que no profundizara más el tema. Esto era muy incómodo.
—Entiendo, entiendo… —sacudí la mano—. Realmente, ya no quiero hablar más de eso. Por favor, ¿podemos hablar de cualquier otra cosa? —Sip, rogué. Soy patética.
Para mi tranquilidad, Edward comenzó a reír y no volvimos a sacar el tema del sexo, y los métodos anticonceptivos. Menos mal. Luego, una pregunta se vino a mi mente, quería saber si Edward estaba sintiéndose bien aquí. Es decir, el pobre había caído en una casa de locos.
—¿Tienes ganas de huir? —pregunté, por fin.
—No —respondió seguro—. La estoy pasando bien, y no estoy mintiendo —aseguró cuando le hice una mueca—. La familia de tu madre es muy divertida; dudo que en algún momento me aburra.
Bien. Eso era importante, no me gustaría que estuviese incómodo. Aunque me hubiese gustado que los Dwyer fueran un poquito —nótese el sarcasmo— más normales. Pero, evidentemente, los milagros no existen; al menos, en este caso.
—¿Y tú?
Le resté importancia sacudiendo mi mano.
—Yo estoy perfectamente, ¿no me ves? —imité una cara de psicópata y comenzó a reír—. ¿Puedo pedirte un favor?
Él levantó la ceja y asintió.
—¿Te molestaría dormir esta noche en la habitación de Bruno?
—¿Por qué? —soltó—. ¿Dónde dormirás tú?
«¿Te dije que te amo, Bellita? La venganza es dulce…».
Creo que en mis labios se formó la sonrisa del gato de Alicia en el País de las Maravillas. Edward entendió al instante mi risita maquiavélica y sonrió divertido. Quería darle a Marlene un poco de su propia medicina.
Varias horas después, estábamos en la sala, terminando de comer el postre. Esta vez, mi madre se había lucido con una chocotorta, realmente deliciosa. El sol ya se había escondido, y nuestro primer día aquí había sido realmente bueno; con algunos momentos embarazosos, pero bueno al fin. Bruno se notaba muy contento con la presencia de Edward, al igual que los demás. Mi falso novio, se había acoplado muy bien a ellos y me gustaba verlo cómodo. Por otra parte, no había visto a Marlene desde nuestra discusión por la tarde y realmente lo agradecía, porque no quería volver a tener un pleito con ella. Oh, bueno sí quería, pero era agradable respirar un poco de tranquilidad o no tener que soportarla en el mismo espacio que yo.
—Marlene, ven a comer postre —le dijo su padre, cuando ésta bajó por las escaleras.
«Hablando de Roma, el cuco se asoma».
Marlene pasó por mi lado y me sonrió de manera sarcástica. Algo se traía entre manos, podría reconocer esa sonrisita aun si estuviese del otro lado del mundo. Muy tranquilamente se sentó al lado de su hermano y tomó un plato con el pastel de chocolate. Luego, miró a Edward y le sonrió; los pelos de mi nuca se erizaron.
—Lamento no haberte saludado como corresponde, Ken —le dijo, mostrando su lengua afilada. Todos nos quedamos en silencio y yo enterré las uñas en el sofá para evitar clavarlas en su rostro.
—Marlene… —la reprendió mi madre.
—Oh, lo siento… Edward. —Sonrió intentando sonar apenada. ¿A quién quería engañar? Sentí la mano de Edward apoyarse en mi muslo, y mi ira comenzó a aplacarse—. En serio, no sé si felicitarte o darte el pésame, supongo que soportar a… la hija de Renée no debe ser tarea fácil. Sin embargo, tú no tienes la culpa de tu mala suerte.
«¡Mátala! ¡Mátala! ¡Qué alguien le dé a esta perra!».
—¡Ah, no… yo la mato! ¡Te mato, ¿me oíste?! ¡Te mato! —grité, intentando levantarme de mi asiento, pero Edward fue más rápido y me apresó con sus brazos, rodeando mi cintura—. ¿Qué haces? Suéltame, voy a matar a esa desgraciada… —escupí, aunque sólo Edward fue capaz de entenderme.
—¿No ves que eso es lo que busca? —respondió sobre mi oído—. Quiere que estalles, quiere que pierdas los estribos. No le des el gusto, sé que puedes hacerlo.
Calmé mi respiración agitada y apreté bien fuerte la mano de Edward. Tranquilízate, tranquilízate, Bella. Esta perra desgraciada no va a poder conmigo. Volví a focalizar mi vista en ella y vi que mi madre le estaba diciendo unas palabras no tan bonitas. Phil tenía su ceño fruncido y Bruno la miraba con los ojos entrecerrados.
—Quizás fueron palabras fuera de lugar… —El tono de Marlene era irritado; y revoleó los ojos cuando Phil la miró con severidad.
—Muy fuera de lugar, sí —dijo Edward, todos los ojos se posaron en él; sus manos me apretaron más fuerte—. Y, te equivocas, conocer a Bella fue una de las mejores cosas que me sucedió. Puedo asegurarte que no es ninguna mala suerte, sino todo lo contrario.
«¡Oh, mi corazón! No creo que aguante. Chúpate esa mandarina, pedazo de perra desgraciada».
Me lo quedé mirando como estúpida y mi madre chilló un «¡Aww!» y corrió a darle un beso en la mejilla de Edward. Él rió con total frescura y me estrechó a su costado, besando mis cabellos en el proceso. Salí de mi aturdimiento, y entrelacé mis dedos junto a los de Edward y le sonreí fríamente a Marlene. Ella entrecerró sus ojos, y me devolvió la sonrisa con acidez. No debía bajar la guardia en su presencia.
—¿Alguien quiere café? —preguntó Bruno para aligerar el ambiente.
Cada uno se sirvió una taza de café y otra vez se formó un cuestionario hacia Edward. Aunque esta vez, los hombres la monopolizaron, pues la charla estaba centrada en la fabricación y funcionamiento de los benditos coches Cullen. Por el rabillo del ojo, siempre estuve al pendiente de Marlene, siguiendo sus movimientos. Mi instinto me decía que algo estaba tramando y rara vez me confundía con ella.
«¿Qué te parece si la envenenamos?».
«Lo pensé, pero no pienso ir presa por hacerle un bien a la humanidad; además, a pesar que es una perra, Phil y Bruno la quieren mucho. No les podemos hacer eso».
«Tienes razón. ¿Si le cortamos el cabello?».
«Lo hicimos cuando cumplió doce años y nos tiñó el cabello de azul. No es buena idea. Sigue pensando, algo se nos tiene que ocurrir».
En un momento, sus labios volvieron a curvarse y se levantó como si tuviese un resorte en el trasero y corrió hacia el piso de arriba. Sentí un estremecimiento por todo mi cuerpo y soné los huesos de mi cuello, ladeado mi cabeza de un lado para el otro. Su subida a la segunda planta no me gustaba para nada. Tras un corto tiempo volvió a bajar, pero traía en sus manos una caja de DVD. Una sospechosa caja de DVD, debo aclarar.
Se quedó parada en el medio de la sala, justo frente al televisor y miró a su padre con dulzura. Una dulzura muy mal disimulada.
—Tengo que probar este video para la Universidad, ¿puedo hacerlo aquí?
—¿Pasó algo con el ordenador de tu estudio, Marlene? —cuestionó mi madre, alzando una ceja—. Creí que la computadora que te compró tu padre era de último modelo.
¿Su estudio? Mi habitación, carajo ¡mi habitación!
—Lo es —aseguró, sonriéndole—. Es… sólo… sólo que aquí las cosas se ven más grandes. No molestaré, serán sólo dos minutos.
—Pruébalo —la alentó su padre.
Ella, con una sonrisa muy tenebrosa, se dio la vuelta y encendió el reproductor de DVD. Todos los demás siguieron con la conversación, pero yo no me dejaba engañar tan fácilmente. Es decir, si estuvo encerrada todo el día en mi habitación, ¿por qué habría de probar un supuesto video justo en la sala y con nosotros presentes?
Esto me huele mal.
Pulsó el botón de play, y la pantalla se puso en negro. Luego, se comenzaron a escuchar algunas risas y pasos.
—¡Tonto! El lente está cerrado… —Esa voz yo la conocía. ¿Era la de Renée?
El video siguió corriendo y, esta vez, la pantalla dejó de ser negra para mostrar un paisaje arbolado, verde y con el sol allá arriba brillando. Ese era el jardín de la casa de mi padre, en Tacoma. La cinta siguió su curso y apareció el rostro sonriente de mi madre, mucho más joven que ahora. Aproximadamente, unos veinte años atrás.
No. Me. Jodas.
La conversación en la sala murió y todos apoyaron sus ojos en el video que se proyectaba en la televisión. Ese era el jodido video de mi infancia, seguramente, el más embarazoso que existía en mi corta vida.
—Aquí viene, aquí viene —siguió diciendo mi madre del video con la voz cantarina—. Eso, Bella… ven, ven aquí, pimpollito.
La niña —o sea yo pero con dos años de edad o, quizás menos— se acercaba lentamente a su madre, con pasos torpes. Aunque… oh, ya recuerdo por qué este video no me gustaba.
—Charlie, ¿por qué la dejas salir sin pantalones? ¡La niña tiene el culo al aire!
El video siguió mostrando las imágenes de mi mini yo andando con el trasero al aire en pleno día, corriendo de mi madre que quería alcanzarme, y mi padre corriendo detrás de nosotras filmando ese momento embarazoso.
«Me quiero morir».
«¿Me lo dices a mí?».
Miré hacia todos lados en la sala y me encontré con Bruno desparramado a lo largo del sofá por la risa, Phil intentando respirar por el ataque de carcajeo y mi madre completamente roja por las carcajadas que salían de su boca. Volteé mi vista a Edward y lo vi con los ojos llorosos, respirando con dificultad para no comenzar a reír como loco. Sabía que se estaba aguantando, pero no tardaría mucho en reírse a carcajadas como todos en la habitación.
Seguí con el recorrido de mi vista, hasta centrarme en la maldita perra desgraciada. Al ver a Marlene, oh, maldita bruja… mi vista se volvió roja, pero esta vez era de un rojo sangre. ¿Así que ella quería jugar? Se estaba equivocando de víctima, porque yo no pensaba quedarme de brazos cruzados. No, Señor…
«Tres, dos, uno… ¡dispara!».
Me levanté con violencia de mi asiento, y arrebaté el control remoto de sus asquerosas manos. Saqué el video precipitadamente y lo guardé en la cinturilla de mi short. Ella se cruzó de brazos, atajando su estómago de tanto reír.
—Ups… —dijo, entre risas—. Me confundí de video.
Mi pecho subía y bajaba con violencia, pero aún así hablé con voz, aparentemente, tranquila:
—¿Mañana tienes una entrevista de trabajo, verdad?
Ella asintió, un poco desencajada por mi tono tranquilo y la pregunta.
«Demuéstrale que con nosotras no se juega, Bellita».
«Eso haré, Amanda, eso haré».
—Bien… que no se te olvide el maquillaje, hermanita.
Sin más levanté mi puño y se lo di de lleno en su ojo izquierdo. Mi mano comenzó a latir, y las risas de todos cesaron abruptamente y se escucharon algunos jadeos de sorpresa. Marlene se quedó petrificada y se refregó el ojo que le golpeé; sin quitarme su ojo y medio atónitos por mi reacción.
—A ver si con eso te quedan ganas de seguir riéndote, arpía amargada…
Sin más, me di la media vuelta con rudeza y salí corriendo en dirección al jardín trasero. Necesitaba estar lejos de ella para poder tranquilizarme. Al salir al exterior, la cálida brisa me golpeó el rostro, y me senté en la reposera más cercana, alzando mis rodillas para poder descansar allí mi rostro. Sentí la humedad bajar por mis mejillas y supe que lloraba de pura rabia. Esta vez, Marlene se había pasado, había jugado sucio e hizo que llegara a mi límite. Muy pocas veces me sacaba de esa manera, y creo que hacía mucho tiempo que no recorría a la violencia para defenderme. No era una persona violenta, para nada. No tendría que haberla golpeado, pero se lo tenía muy merecido. Maldita perra.
«Yo le hubiese dado en ambos ojos».
Jamás entenderé su odio hacia mí, será siempre una pregunta sin respuesta. Desde que nos conocimos, las chispas de odio saltaron entre nosotras sin compasión y cuando fuimos niñas, hicimos las mil y una: cortadas de cabellos, tintes de colores en el pelo, venganzas de todo tipo. Sabía que tanto Phil como Renée sufrían cada vez que nos comportábamos así. Al principio, ellos intentaron hacer de todo para mejorar nuestra relación, pero con el paso de los años se dieron cuenta que lo nuestro era crónico y, de alguna manera, se dieron por vencidos y sólo intermediaban cuando las cosas se salían de sus estribos.
Menos hoy, claro.
Todavía tenía guardado el sonido de las risas de todos en mis oídos. Ese video de mi niñez, en donde, en ese entonces, comenzaba a caminar hacía poco tiempo, era una de las muchas cosas que escondía en mi antigua habitación. Para mí era muy vergonzoso, pero parecía que para el resto era realmente gracioso. ¿Qué tiene de gracioso mirar el culito desnudo de una niña de dos años de edad? Suspiré con pesadez y sobé mis mocos. Tenía que tranquilizarme, pues Marlene lograría su cometido si me viera en este estado.
Sentí unas suaves manos frotar la parte de mi espalda y no tuve que mirar para saber que se trataba de Edward. No salí de mi escondite, seguí con la cabeza escondida entre mis rodillas.
—Puedes ir adentro a seguir riéndote con los demás… —dije, con la voz entrecortada—. Quiero estar sola.
Él no respondió nada, siguió frotando mi espalda con suavidad. Su toque estaba logrando que me calmase, aunque muy lentamente; todavía no sé cómo lo hace.
—¿Puedes mirarme? —preguntó, con suavidad.
Sequé mis mejillas con mis manos y quité mi cabeza, para mirarlo. Al encontrarse nuestros ojos, visualicé la preocupación en ellos. No me dijo nada más, acunó mi rostro con sus manos, utilizando sus pulgares para secar las pocas lágrimas que caían por mis ojos. Él me miraba con una mueca de preocupación, arrodillado sobre el césped, con una de sus manos puestas sobre mi pierna, y la otra en mi mejilla. Nuestros rostros estaban muy cerca. Me sequé una lágrima con el dorso de mi mano.
—Ya no llores —pidió con ternura—. No me gusta que lo hagas.
Sobé mi nariz, y me guió hasta su pecho para abrazarme con fuerza. Yo no lo rechacé, si no que, al contrario, hice un puño de tela con su remera en mi mano y me abracé a él con fuerza, sollozando sin lágrimas por la bronca contenida que aún fluía por mi cuerpo. Edward sólo me sostuvo, acariciando mis cabellos con ternura.
«Oh, ojitos… eres perfecto».
Estuve de acuerdo con Amanda y me dejé abrazar, enterrando mi nariz en su fuerte pecho para llenarme del delicioso aroma de su perfume; quedándonos en esa misma posición varios minutos. Creo que Edward siempre sabía las cosas que hacer, pues aunque no me hubiese dado cuenta antes, esto era lo que necesitaba. Sentirme apoyada, después de haber pasado una de las peores vergüenzas de mi vida.
—¿Estás mejor? —me preguntó, haciendo que quitara mi cabeza de su pecho para observarme.
—Mucho mejor, gracias —le sonreí débilmente y él hizo lo mismo.
Me separé un poco de él, aunque todavía nos manteníamos abrazados; puse mi cabeza de costado para poder verlo; al menos, su perfil.
—Lamento haber estado a punto de reírme… es que me tomó desprevenido y…
Sacudí mi cabeza.
—Está bien, entiendo que fue divertido para ustedes… yo sólo quiero que la tierra me trague y…
—Chist —me silenció, apoyando un dedo sobre mis labios—. No te niego que no haya sido gracioso, pero tampoco me gusta que haya sido a tu consta. Marlene no tenía derecho a hacer lo que hizo.
No, no tenía derecho, pero lo hizo. Maldita perra.
—Debo admitir que me diste un poco de miedo, incluso un poco más que tu cara psicótica a la salida de tu antigua habitación —enarqué una ceja—. Recordaré pensar dos veces antes de hacerte enojar; tengo que cuidarme muy bien de ti, tienes un gancho que… ¡vaya!
Comencé a reír y él acompañó mi risa.
—No está bien lo que hice —suspiré—. No suelo ser violenta, no me gusta.
—No justifico la violencia, pero se lo merecía… —Lo miré intrigada—. ¿Qué? Yo en tu lugar hubiese hecho exactamente lo mismo.
—Se comportó como una perra —seguí diciendo, ya logré calmarme, no del todo, pero estaba mucho mejor.
—Sí, realmente —asintió—. Aunque tú la convertiste en mitad mapache.
—¿Mitad mapache?
—Ajá —volvió a asentir—. Mañana tendrá un ojo negro, por eso mitad mapache.
Rodé los ojos y comencé a reír. Luego, me puse de pie y le pasé la mano a Edward para que se levantara. Sin aviso previo, me elevé de puntitas y dejé un suave beso en su mejilla, quedándome allí, probablemente, más tiempo del necesario.
«Córrele la cara y dáselo en los labios».
«Amanda».
«Debes aprender a aprovechar el momento, boba».
Edward me sostuvo por la cintura y me sonrió cuando liberé su mejilla.
—Gracias —le dije con sinceridad.
—No tienes que agradecerme, haría cualquier cosa por verte reír.
«¿Escuchaste? Ese fue mi corazón derritiéndose».
No supe qué responder. Edward sonrió, mostrando sus dientes, y encogió sus hombros.
—Creo que es hora que descansemos, ¿no crees? —sugerí, sin saber qué acotar—. El día fue largo, creo que el sueño curará todo el mal humor que la maldita perra logró sacarme.
—Sí, tienes razón —rascó sus sienes—. ¿Sigues con la idea de dormir en su habitación?
—Por supuesto, ahora con más razón —aseguré.
Edward rodó sus ojos y extendió su mano hacia mí.
—Bueno, Mike Tyson (1), vamos a dormir… —Le tomé la mano y comenzamos a caminar hacia el interior. Me pareció ver la sombra de tres personas dentro; rodé los ojos porque lo seguro es que hayan sido Phil, Renée y Bruno espiándonos como viejas chismosas de barrio. Me anoté mentalmente que mañana hablaría con ellos, para pedirles disculpas por mi accionar violento.
Luego, Edward se detuvo y lo vi con la vista fija hacia abajo, justamente en mi parte sur.
—¿Qué?
—Tu culito de dos años era muy tierno —dijo con una sonrisa divertida—. Aunque, sin dudas, me quedo con el veinteañero… nada mal, eh.
«¡Le gusta nuestro culo! Y eso que ni haces ejercicio».
—Eres un tonto —respondí poniendo los ojos en blanco. Aunque seguí con la ruta para ingresar a mi casa contorneando mis caderas, así se marcaba mi trasero. Escuché las risitas de Edward y subimos las escaleras para dividirnos en las habitaciones.
Al llegar a la habitación de Bruno, lo encontramos tomando sus cosas para mudarse al cuato de Marlene. Eso no iba a ocurrir, al menos hoy.
—Bellita, perdóname… no quise reírme, o sea, sí quise… no, no quise…
Le tapé la boca con la mano para callar sus balbuceos.
—Ya está, la vergüenza está hecha y todo el mundo sabe que, de pequeña, fui una exhibicionista —bufé. Estoy segura que nadie olvidará este día jamás, así que debía dejarlo pasar; quizás más adelante yo también me ría y quede como una anécdota graciosa—. Brunito, no necesitas dormir en la recámara de tu hermana hoy… ¿Te molesta compartir habitación con Edward? Te prometo que será sólo por esta noche —añadí, jugando con mis dedos.
Él me miró con una mueca de desconcierto, aunque luego comenzó a negar con la cabeza.
—Eres una jodida peleadora, huh —sonrió y miró a Edward—. ¿Te das una idea de lo que fue convivir con éstas dos? ¡Un trauma! Para que lo imagines, los encuentros entre ellas eran cotidianos; todos los días había algo nuevo. Son como perros y gatos, no pueden ocupar el mismo espacio porque ambas sacan sus garras y comienzan con la batalla.
Mi petizo favorito rodó sus ojos y dejó su pijama sobre su cama.
—Y, lo que aprendí, es que no hay que interferir en sus planes —añadió—. Así que… hombre, hoy dormirás en mi habitación. Tengo algunos tapones para orejas, así no escuchamos los gritos de mis hermanas.
Rodé los ojos y Edward sonrió.
—Es bueno encontrar un refugio —le respondió con burla.
La conversación terminó allí y junto a Edward alistamos un colchón que había por ahí para que él lo utilizara. No tardamos mucho tiempo en terminar de hacer la improvisada cama. Ahogué un bostezo, realmente estaba muy cansada, el día había sido largo.
—Cualquier cosa avísame, ¿sí? —me preguntó Edward, con una mueca de preocupación.
Le sonreí con dulzura.
—No te preocupes, estaré bien. —Ni que fuese que me iba a la guerra.
Sentí los ojos de Bruno puestos en nosotros.
—¿Qué? —pregunté.
—Pueden hacer sus mierdas delante de mí —murmuró—. Sé que ahora viene el rollo del beso de las buenas noches y no sé qué jodidas cosas más.
Claro. El beso de las buenas noches. Teníamos que poner la farsa en acción. Abrí y cerré la boca varias veces sin encontrar nada qué decir. Aunque no tuve que pensar mucho más, puesto que Edward me había ganado. Él le sonrió a Bruno y tiró de mí, apoyando ambas manos en mis caderas. Luego, plantó un beso en mis labios que, si bien no fue con fiereza, sino más bien con delicadeza, hizo que mis piernas tambalearan un poco y tuviera que agarrarme fuerte de su nuca, para no resbalarme. Movió sus labios contra los míos y yo le devolví el beso al instante, aunque una parte de mí no se olvidó que Bruno estaba en la habitación y era menor de edad.
«Echa al chico, olvida la maldita venganza y enróllate con Edward. Joderrr que este hombre sabe besar».
Bruno comenzó a toser a propósito y supe que nuestro acto se había alargado un poquito. Despacio, comenzamos a separarnos y, cuando lo hicimos, nos miramos a los ojos. Edward se notaba confundido y… yo, bueno, mi corazón estaba agitado y creo que también estaba algo aturdida.
—Creo que con eso el beso les dura por toda la semana —musitó Bruno con un sonrisa pícara—. Creo que vomitaré corazoncitos amarillos.
—¿Amarillos? —pregunté con una ceja alzada.
—Como el cartel, pimpollito —respondió batiendo sus pestañas.
Me separé de Edward y fui hasta él para darle un coscorrón.
—Tonto —le saqué la lengua y, luego, besé su mejilla—. Buenas noches, petizo.
—Buenas noches —respondió—. Y ni se te ocurra besarme más, porque aún estoy joven para eso.
Bufé.
—¡Vamos! Estoy segura que debes haber besado a toda tu clase.
Bruno sonrió con suficiencia.
—Debo probar antes de atarme con alguna, ¿sabes? —explicó con tranquilidad—. Soy joven para soportar a una novia.
Edward comenzó a reír y lo miré levantando ambas cejas.
—¿Qué? El chico tiene razón… —se encogió de hombros—. Tener una novia no es fácil, sobre todo, cuando su voz de pito te taladra la cabeza, tener que agudizar los oídos para entenderle todo, recibir patadas por la noche y, por si eso fuera poco, entender que su vida es una completa locura.
—Oh, eso es una buena descripción de mi Bellita —acotó Bruno, levantando su pulgar hacia su supuesto cuñado.
Puse mis brazos en forma de jarras y miré de manera acusatoria a Edward.
—No sabía que era tan problemática la vida en pareja.
Mi falso novio sonrió mostrando todos sus dientes y se acercó a mí; me abrazó y besó mi frente.
—En realidad es mucho mejor de lo que imaginé —volvió a sonreír y ahora besó mi mejilla—. Buenas noches, voz de pito.
Puse los ojos en blanco.
—Buenas noches, tonto —respondí con una sonrisa—. No me extrañes.
—Intentaré no hacerlo —prometió, guiñando su ojo.
Les eché una última mirada y salí de la habitación. Atravesé el pasillo de puntitas por la puerta del baño, pues la arpía se estaba duchando; aunque casi grito cuando me encontré con mi madre, parada en el umbral de la puerta de su habitación.
—Hija, lamento lo que pasó…
Suspiré con pesadez.
—Ya pasó, mamá —repetí las palabras que le dije a Bruno—. Me hubiese gustado que ese video se destruyera, pero no soy reconocida por tener buena suerte.
—Phil habló con Marlene, prometió que se comportaría.
—¿Y le creyeron? —retruqué—. Porque sinceramente yo no. Pero no te preocupes, encontraré la manera de hacer que, al menos, mañana sea un día tranquilo.
Renée entrecerró los ojos aunque se acercó a abrazarme.
—Buenas noches, pimpollito —besó mis cabellos—. Y ojo con lo que harás.
—Sólo una devolución de favores, mamá —besé su mejilla e ingresé a la habitación de Marlene; me instalaría aquí sólo por hoy para darle una lección a la maldita bruja.
Al entrar, todo estaba en perfecto orden. Si había algo que caracterizaba a la hija de Phil era la limpieza. Lo primero que hice, fue colocar mi bolso sobre la cama y buscar mi ropa para dormir. Me coloqué mi pijama —un short y una remera vieja con la cara de Pluto—, y busqué en mi bolso un gorrito que había traído, pues sabía que iba a necesitarlo. No es que se me enfriaba la cabeza cuando duermo, no, es sólo para evitar que la maldita mitad mapache me hiciera algo en el cabello mientras duermo. Una vez me lo tiñó de azul, no volvería a arriesgarme.
«Lástima que la tonta de Alice no nos dejó traer a Fofi».
Un momento… Fofi, Fofi… ¡Claro! ¿Cómo no lo pensé antes?
«Eres una genio, Amanda».
«Eso lo sé pero… ¿qué hice exactamente?».
¿Cuál fue la última ropa que utilicé cuando tuve a Fofi en brazos hoy por la mañana? Comencé a revolver en mi bolso, hasta dar con la remera que había viajado. Miré con detenimiento la tela y sonreí con todas mis ganas cuando encontré lo que necesitaba.
«Entiendo tu punto… ¡Eres mi ídola!».
Quité unos cuantos pelos de Fofi que quedaron adheridos en mi remera y los mudé a la almohada de Marlene, con sumo cuidado. Si ella me declaraba la guerra, guerra le daría. Cuando estuve satisfecha con mi ingenioso plan, dejé la almohada a un lado y me acomodé en su espaciosa cama, desparramándome con el objetivo de ocupar todo el sitio. Cuando entrara a la habitación se llevaría una grata sorpresa.
«Ya quiero ver su cara».
Al poco tiempo, la puerta se abrió y una gran sonrisa de dibujó en mi rostro.
—¿Qué significa esto? —chilló, cuando entró a su cuarto, con una bolsa de hielo en el ojo. Realmente quise sentirme culpable por haberla golpeado, pero no lo hice. Se lo merecía por perra.
—Esto se llama devolución de favores —respondí con tranquilidad—. Ojo por ojo, ¿recuerdas?
—Eres una…
—Tú te estás buscando la guerra —escupí entre dientes—. ¿Creíste que con tu numerito me obligarías a irme de aquí? Pues estás muy equivocada. Si tienes un problema conmigo, sé adulta y enfréntame, porque no tengo ni puta idea de qué es lo que te pasa conmigo. Y, ahora, no me molestes y apaga la luz.
Nos quedamos mirando a los ojos fijamente, destilando el odio mutuo por los poros.
—Te odio —siseó entre dientes.
—No te sientas culpable, el sentimiento es mutuo —respondí en el mismo tono de voz—. Por cierto, aquí está tu almohada —se la tiré y ella la tomó entre sus manos, fulminándome con la mirada. Yo intenté no reír por el contenido del lindo almohadón; sólo esperaba que funcione.
Me di la media vuelta y coloqué una de las tantas almohadas que tenía en su habitación sobre mi cabeza y me hice la dormida. Sentí sus bufidos y gruñidos cuando armaba el colchón, y se acostaba en él refunfuñando por lo bajo. Sabía que estaba más calmada porque tanto Phil como Renée la habían regañado por lo que me hizo. Con una sonrisa en mi rostro por haberla escuchado estornudar, cerré mis ojos y no fue difícil dormirme. El sabor de la victoria era realmente un manjar.
Una de las cosas que más odio cuando duermo, es no poder retener mi vejiga. Luego de lo que pareció poco tiempo, comencé a despertarme con muchas ganas de utilizar el baño. Abrí mis ojos y me acostumbré a la oscuridad del cuarto. Afuera aún era de noche, indicio que todavía no había amanecido. Rodé un poco, ya que mi nomadismo nocturno hizo acto de presencia una vez más y mi cabeza prácticamente colgaba de la cama; me quedé sentada en ella mirando a un punto fijo. Luego, me calcé mis pantuflas y pisé el colchón de la perra para poder salir de la habitación. Sonreí de oreja a oreja cuando la vi rascarse aun estando dormida.
Fofi te amo.
Fui al cuarto de baño y, una vez que salí y me volví para la habitación, bufé frustrada. Era obvio que haría algo así. La muy perra sintió que me había levantado y cerró la puerta con llave para dejarme afuera. Supongo que, al menos, fue considerada en dejar mi bolso y mi mochila fuera de su patético cuarto. Con mucha dignidad, tomé mis cosas en mis manos y saqué una muda de ropa: mi traje de baño —aunque no me metería al agua—, un short negro y una remera de tiras. Ya no tenía sueño y estaba a poco de amanecer, esa era una combinación que me gustaba.
Una vez que estuve lista para salir, pasé por la cocina y me robé una manzana. Ajusté los cordones de mis zapatillas, y tomé mi celular y mi Ipod para salir al exterior. Como suponía, a pesar de que aún no eran ni las seis de la mañana, el clima estaba muy cálido y húmedo; tuve que atar mi cabello en una coleta bien alta. Subí el volumen de mi Ipod, justo en unas canciones que amaba de Snow Patrol —You could be happy— y emprendí camino hacia la playa, caminando al compás de la suave melodía.
El lugar estaba como imaginé —oscuro y vacío— aunque se podía ver como el cielo comenzaba a aclararse muy lentamente. Le di un último mordisco a mi manzana y la boté al cesto de la basura. Dejé que la suave brisa del mar chocara en mi rostro y cerré mis ojos, disfrutando de la sensación. Luego me acerqué un poco al mar, pero sin dejar que me mojara y me senté en la arena, contemplando el paisaje y absorbiendo la tranquilidad del ruido de las olas y el viento.
Antes, cuando vivía aquí, venía muy a menudo. Ver el amanecer en la playa era una de las cosas que más me gustaban hacer en Florida. No entendía el porqué, pero supongo que era porque sólo aquí encontraba esa tranquilidad que muchas veces me hace falta. Jugueteé con la arena entre mis manos y clavé mi vista en el infinito mar, ahora estaba un poco más claro, por ende, no era difícil ver cómo las olas rompían en la costa.
«Escucha eso, es la tranquilidad. ¡Al fin un tiempo sin la familia loca!».
Sonreí y asentí, Amanda estaba muy en lo cierto. Necesitaba salir un poco de esa casa, para no sentirme tan abrumada. Mi vida no estaba siendo muy normal que digamos, sobre todo contando las miles situaciones que tuve que pasar en estos últimos meses.
Mi madre estaba muy contenta con mi llegada y con la de mi supuesto novio, y supe de inmediato que también había mordido el anzuelo y se creyó toda la puesta en escena. No iba a mentir y decir que me sentía orgullosa por mentirle a todo el mundo, porque eso no es cierto; es imposible no sentir un poco de culpa al mirar atrás y contar a todas las personas que engañamos, con tal de lograr que nos dejaran de romper las bolas.
Pese a que al principio estaba aterrada por pensar que Renée se daría cuenta de nuestra mentira, ahora sabía que ella era otra más en la lista de engañados. Renée suele ser muy perceptiva conmigo y no es tarea sencilla mentirle o, simplemente, ocultarle la verdad; aunque esta vez su percepción falló eclipsado por el deseo ciego de ver a su hija enamorada y feliz con un hombre. Sé que ese fue su deseo desde que cumplí los dieciséis años, aunque tuvo que esperar siete años más para ver a su hija "enamorada" de un supuesto novio que no era real. Agradecía el hecho de haber inventado todo este circo, pues de lo contrario, no era de extrañar que me hubiese obsequiado el traje de monja. O, en su defecto, los gatos.
Suspiré pesadamente y volví a posar mis ojos en el agua azul. Todavía no había amanecido, pero estaba mucho más claro de cuando salí de casa. Froté mis manos y abracé mis piernas. Si mi madre se llegaba a enterar de todo este engaño, sería una desilusión muy grande para ella.
Edward se estaba aguantando toda la locura de mi madre y su familia. Ni hablar con los momentos de tensión que se originaban con la estúpida de Marlene; supongo que, de alguna manera, se sentía cómodo con nosotros, pese a toda la chifladura de estos días. Es decir, no cualquier persona se aguantaría la mil y una que hemos pasado en poco tiempo.
«O quizás te quiere mucho, ¿no te has planteado eso?».
Podía ser, no lo negaba. Es decir, en este tiempo que llevamos conociéndonos yo me había encariñado mucho con él y, sinceramente, no me imaginaba no tenerlo en mi vida. Por eso estaba feliz por saber que luego que todo el circo terminara, seguiríamos siendo muy buenos amigos. Y, cuando seamos viejos, nos riamos de los métodos extraños y locos que tuvimos que utilizar para que nos dejaran en paz.
El sol comenzaba a salir y posé mi vista en el horizonte, justo en el punto en donde el sol y el agua se tocan.
—Una vista verdaderamente hermosa —dijo una voz conocida sentándose a mi lado.
Bruscamente —en esos movimientos en que no te rompes el cuello por pura casualidad— moví mi cabeza y me encontré con Edward. Sus ojos estaban adormecidos y, si conociera mejor su guardarropa, podría jugar que todavía tenía puesta la misma ropa que usó para dormir. A pesar de verse así, estaba muy guapo.
—No te tenía como una mujer romántica, ¿sabes?
Lo miré con interés.
—¿Romántica?
—De esas que se levantan a la madrugada para perseguir el amanecer —respondió.
—Bueno, supongo que soy un poco romántica porque me encanta ver el amanecer en la playa, es el único lugar en donde me tranquilizo. El ruido de las olas, el viento… nada de madres locas, ni hermanastras psicópatas… tú me entiendes.
—Te entiendo —sonrió y clavó su vista en el sol naciente—. Jamás había visto este espectáculo sin otra persona que no fuese mi madre. Cuando era pequeño, era como una rutina: pasar el verano en la casa de la playa y levantarnos bien temprano para ver el amanecer. Hace muchos años que no lo hago… ver el amanecer, quiero decir.
—Otra cosa más que agregar a la lista —murmuré, sonriendo.
—Otra más, sí —respondió—. Por cierto, buenos días.
«Oh, mi ojitos hermoso. Te extrañé anoche».
Rodé los ojos.
—Buenos días.
Ambos nos quedamos en silencio, con la vista perdida en el cielo teñido de celeste, azul, rojo, anaranjado y amarillo. La verdad, era un espectáculo impresionante. En Nueva York no puedes apreciar este momento con esta libertad.
—Nunca pensé hacer esto… —musitó, mirándome.
Apoyé mi mejilla sobre mi rodilla y clavé mis ojos en los suyos; mirándolo con diversión.
—¿Ver el amanecer con una chica que no es tu madre?
Rodó sus ojos y reí.
—No eso —mordió su labio mirándome con burla—. Hacer esto… pasar un fin de semana en la casa de la familia de mi supuesta novia, sentir la adrenalina de conocer a lo más parecido a una suegra que tendré en la vida… es, extraño.
Asentí.
—Es raro… —mordí mi uña—. Se nota que estamos muy desesperados.
Comenzó a reír.
—Lo estamos —aseguró—. Pero… de igual forma, estoy muy contento que hayamos inventado toda esta locura. De lo contrario, no te hubiese conocido…
«Creo que necesito RCP (2)».
«No seas exagerada».
—Te estás convirtiendo en alguien muy importante para mí, ¿sabes? —No respondí, sólo me limité a mirarlo y morderme el labio con ansiedad.
«Okay, creo que morí».
—Jamás pensé tener tanta confianza con alguien que no fuera parte de mi familia… hasta creo que, a veces, ni con ellos puedo ser yo mismo como cuando estoy contigo —me sonrió con dulzura y tomó una de mis manos—. Eres mi mejor amiga, voz de pito.
«Ojitos, eso fue una daga en medio de mi corazón. ¿Tu mejor amiga?».
«¿Qué esperabas, Amanda?».
«Algo mejor, pero bueno… por algo se empieza ¿cierto? No me daré por vencida».
—También eres mi mejor amigo, tonto —le hice una mueca y rió—. Yo tampoco esperaba encariñarme tanto, ¿sabes?
—¿Así que me quieres? —preguntó con los ojos brillando de diversión.
—No hubiese aguantado toda esta mierda si fuera lo contrario, ¿no crees?
Asintió, satisfecho con mi respuesta.
—Tienes razón —dijo, luego de unos momentos—. Y yo también te quiero, mi loca voz de pito.
«Pip, pip, pip… piiiiiip. Sí, ese fue mi jodido corazón… ¿planeas matarme, ojitos?».
Comencé a reír y Edward abrió sus brazos para incitarme a ir allí y no lo dudé, arrastré un poco mi culo por la arena y me acerqué más a él, hundiendo mi cabeza en su hombro mientras él pasaba sus brazos a mi alrededor. Sonreí con la vista clavada en el sol, y nos quedamos unos momentos en silencio. Sólo disfrutando de nosotros y el espectáculo de la naturaleza.
—No escuchamos gritos ayer —dijo, luego de unos instantes. Quité mi cabeza de su hombro y lo miré—. Hay dos opciones: primero, durmieron sin pelear o, segundo, aprovechaste el momento y la ahogaste con la almohada.
«Esa es una muy buena idea. Que parezca un accidente».
«No podemos matarla, Amanda».
«Cierto, cierto».
—En realidad, tuvimos una noche muy pacífica —sonreí con maldad al recordar el regalito que dejamos en su almohadón.
—Lo que significa que algo te traes entre manos, si es que no lo hiciste ya. Y, por algún extraño motivo, Marlene te echó de su habitación tan temprano.
Me encogí de hombros, sonriendo y tiré mi cuerpo para delante, estirando mis piernas. Sentí la vista fija de Edward en mi espalda y giré un poco mi cuello para verlo. Su vista se clavaba justo en mi omóplato derecho. Abrió y cerró la boca varias veces, sin pronunciar palabra.
—¿Qué es eso? —preguntó, sin apartar la vista de mi espalda.
—Oh, eso… me comí un calamar y se manchó mi piel con su tinta —sonreí con gracia—. Eso, se llama tatuaje, genio.
Puso los ojos en blanco.
—Sé que es un tatuaje, mujer —respondió—. Pero no sabía que tenías uno.
Asentí. En realidad, muchas veces me olvidaba que tenía uno, supongo que eso pasa cuando lo tienes hace muchos años. Me lo había hecho a los dieciocho, sólo una semana después de haberme mudado a la Gran Manzana. No era un tatuaje muy elaborado; se trataba de un diente de león negro, el cual liberaba unas cuantas espigas, como ocurre cuando los soplas y van en dirección al viento. Lo tenía en la espalda, justo debajo del hombro derecho. Apenas vi el diseño, me enamoré completamente de él y fue imposible no hacérmelo.
—¿Qué significa? —preguntó sin quitar su mirada de él.
—Tiene varios significados, en realidad —dije—. A mí me gusta más el que dice que representa la inocencia, pureza y nostalgia. Creo que describía exactamente cómo me sentí cuando me mudé a Nueva York… además, necesitaba tener algo que me recuerde el gran cambio que hice.
Alzó su dedo y luego lo bajó.
—Puedes tocarlo, si quieres —ofrecí, al ver que eso era lo que quería hacer.
«Puedes tocar lo que quieras, ojitos. Todo tuyo».
«Amanda…».
Vacilando, llevó su dedo índice hacia mi tatuaje y lo apoyó muy suavemente. Luego, comenzó a acariciarlo con ternura.
—Siempre quise hacerme uno, pero nunca supe qué hacer —dijo, tocando con ternura el tatuaje—. ¿Tienes más?
Se me ocurrió una idea genial. Sonriendo de oreja a oreja, me levanté de la arena, sacudí mi trasero y amagué a bajarme el short. Edward me miró con los ojos bien abiertos pero clavó su vista fija en mi trasero, sin quitar su vista de ahí.
—¡Eres un cochino! —lo pateé ligeramente, comenzando a reír—. ¿Realmente pensabas que me bajaría los pantalones en frente de ti?
Sus mejillas se tiñeron ligeramente de rojo.
—Tú… tú te los ibas a bajar… —dijo, aunque le falló la voz—. ¿Tienes un tatuaje en el…?
—¡No! —chillé, sin poder aguantar la risa. Me llevé los brazos a mi estómago, convulsionando por las carcajadas—. Y si así fuera, no te lo mostraría tan campante, tonto.
—¡Y yo qué sé! —Exclamó aunque rió un poco—. Eres mala… y… ahora por eso… ya verás.
Sus ojos brillaron de maldad y supe que algo se traía entre manos.
«No sé tú, pero yo comenzaría a correr».
«Buena idea».
Chillé completamente divertida y salí corriendo en dirección al mar, con la sensación de Edward siguiéndome desde atrás. Al espiar un poco detrás de mí, supe que no sólo era una sensación, sino que, efectivamente, Edward corría hacia mí con aire felino. Comencé a gritar, aunque las carcajadas me traicionaban y terminé riendo con ganas, comenzando a correr en zigzag para evitar que no le fuera fácil alcanzarme. Mis pies descalzos estaban completamente embarrados de arena y mi short se había mojado un poco, por correr en la orilla del mar. Como mi estado atlético es tan malo como el de un perezoso pariente de un koala, comencé a bajar la intensidad de mi carrera y no fue difícil que Edward me atrapara. Comencé a patalear mientras él me alzó en sus brazos, colgándome en su hombro.
—¡Bájame! —grité, riendo.
—No —respondió con diversión—. Esto te pasa por reírte de mí.
Comencé a patalear y moverme para hacerle dificultosa la tarea de alzarme y logré desestabilizarlo. Aproveché el momento y, cuando me bajé de él, corrí hacia la otra dirección; esta vez él fue más rápido y tiró de mi cintura para hacerme caer encima de su cuerpo. Terminamos los dos tendidos en medio de la arena mojada, empapándonos con el agua que traían las olas al romper.
Mi pecho subía y bajaba por las carcajadas que aún no podía mantener al margen y también por el cansancio de la carrera que Edward me obligó a hacer. Lo miré a los ojos y me di cuenta que él también reía con ganas y su respiración era agitada. Luego de un momento, me di cuenta en la posición en la que estábamos: él tendido sobre la arena, con sus manos apresándome por la cintura. Por mi parte, estaba encima de él, con mis piernas a cada lado de sus caderas, mis dos manos adheridas a su pecho y mi cabeza a la altura de la suya; si me acercaba un poco más, podría chocar mi nariz con la suya.
—Me encanta escucharte reír —dijo. Desde esta perspectiva sus ojos se veían de un verde mucho más bonito y profundo—. Se transformó en mi sonido favorito.
«Volví a morir. ¡Bésalo, tarada!».
No sé qué fue lo que me sucedió. No sé si fue el momento, o Amanda, o… lo que sea. Pero me vi acercando mi rostro al de Edward lentamente; él se acercó más, haciendo que nuestras narices se rozaran y… mandé todo a la mierda.
«¡Al fin!».
Mi boca cayó sobre la suya y nos quedamos congelados unos segundos, hasta que la duda del principio pasó y comenzamos a mover nuestros labios sincronizadamente. Mis manos enrollaron su cabello y, de vez en cuando, jalaba algún que otro mechón. Si bien nos habíamos besado antes —varias veces, la verdad—, ahora había algo diferente. Aquí no estábamos fingiendo delante de nadie… sólo estábamos nosotros y… esto era extraño.
¿Qué estoy haciendo?
Como si me quemara, me separé de él bruscamente. Mi cabeza estaba sintiendo un remolino de sensaciones desconocidas. Un completo caos. Jamás lo había besado porque sí. Jamás siquiera se me cruzó por la cabeza hacerlo. Y jamás había quedado tan confundida después de un beso. Aunque este beso, no había sido cualquier beso. Fue diferente y eso… me gustó, más de lo que debería hacerlo.
«Oh, oh. Houston, tenemos un problema».
—Lo siento… —balbuceé cubriendo mi rostro con ambas manos; sin saber qué decir, pues ni yo misma sabía qué me estaba pasado—. Ay, Edward… lo siento mucho.
Lo miré aunque quise no haberlo hecho. Sus ojos estaban abiertos de par en par y su ceño completamente fruncido, en total signo de confusión. Yo no estaba muy diferente, mi cabeza estaba trabajando a toda la velocidad, incluso más rápido que los veloces golpeteos de mi corazón. Tenía miedo por sentirme de esta manera; no podía sentirme así. ¡Carajo, ¿qué pasa conmigo?!
En algún momento, nuestros ojos volvieron a encontrarse y él, con el rostro cubierto de desconcierto, me tomó firmemente de la nuca y me besó fuerte y duro; haciendo que mi sorpresa creciera y mi caos sentimental y emocional comenzara a hacer una fiesta con lo confundida que me sentía. Los labios de Edward eran insistentes contra los míos, se movían con desasosiego, como si él también quisiera obtener alguna respuesta de lo que estaba pasando entre nosotros. De lo que, posiblemente, estaba cambiando. Nunca me había besado de esta manera y el sentimiento de terror volvió a atacarme, aunque me olvidé de él, momentáneamente, cuando lo sentí morder mi labio inferior.
Un molesto sonido se interpuso entre nosotros, y creo que ese fue el detonante para que Edward y yo nos separáramos. Pude sentir su vista clavada en mí, pero yo me había quedado petrificada; no era capaz de mover ningún músculo. El sonido se escuchó más fuerte y claro y Edward lo sacó del bolsillo delantero de mi short y presionó el botón para contestar la llamada.
—Hola… Renée, sí… —dijo, con la voz pausada; no lo miré—. ¿Qué? Oh… no, estamos en la playa… —percibí en su voz un atisbo de sonrisa—. Sí, bien… vamos para ahí.
Edward suspiró pesadamente y extendió su mano para devolverme el celular. Recién en ese momento fui capaz de observarlo, aunque con cierta timidez. ¿Qué se supone que debo decir?
—Tu madre… —dijo, mirando hacia un punto fijo detrás de mí—. ¿Vamos a desayunar? Nos están esperando —añadió, sacudiendo la cabeza mientras se levantaba de la arena, sacudía un poco su ropa y me tendía la mano para ayudarme a ponerme de pie.
Asentí un poco ida, intentando ocultar mi lucha interna con una mueca de tranquilidad, para no demostrar cuán confundida estaba. Tomé la mano que me ofreció, y sentí su calidez y un extraño hormigueo. Sacudí mi cabeza, intentando acomodar mis ideas, y seguí sus pasos cuando comenzó a caminar en dirección a la calle.
Una sola cosa pensé cuando íbamos marchando, de la mano, igual que la pareja de novios que acaba de ingresar a la playa, pasando por nuestro lado. Yo no me podía enamorar de él, pues eso significaría un gran salto al vacío con una caída muy extensa y dolorosa, y no me sentía preparada para ello.
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(1) Mike Tyson: es un exboxeador estadounidense. Ganó dos veces el título mundial de los pesos pesados en la década de los 80 y es el boxeador más joven de la historia en conseguir un título mundial de los pesos pesados.
(2) RCP: reanimación cardiopulmonar. Es un procedimiento de emergencia para salvar vidas que se utiliza cuando la persona ha dejado de respirar o el corazón ha cesado de palpitar.
¡Holaa a todos! Nuevo viernes, nuevo capítulo. Realmente no sé qué decir, vi que era el momento para "confundir" a nuestra pareja de loquillos; ya veremos como marcha ese asunto. Amanda y Bella no se la dejaron fácil a Marlene, ¿vieron? Jajajajaja, esas dos son unos personajes.
Gracias, gracias y gracias por todo el apoyo, chicas.; los reviews, alertas, favoritos y por el sólo hecho de leer. En serio, saber que están del otro lado es sumamente gratificante. Isa, gracias por toda tu ayuda, no sé qué haría sin ti. Te amodoro (L)
Les recuerdo que tienen el grupo de Facebook a su disposición, en mi perfil están los links. Pidan unirse que todos son bienvenidos :D
Ahora sí, hasta el próximo viernes. Muchos besos :* :*
Alie~
